22/6/10

Edward Said: la nueva odisea


Foto: Edwar Said "se prepara para aventar una piedra que tiene en la mano, a los soldados israelíes."



Luis Hernández Navarro       


Tengo frente a mí un ejemplar de La Jornada del 26 de septiembre de 2003. En su primera plana informa sobre el fallecimiento de Edward W. Said. Hay allí una foto suya. No es una imagen cualquiera. Fue tomada el 3 de julio de 2000. Tenía entonces sesenta y cuatro años de edad y mucho tiempo de luchar contra la leucemia. Unos días antes el ejército israelí había salido del sur de Líbano. Said lleva una gorra y lentes oscuros. Viste una camisola clara arremangada. Su brazo derecho está extendido hacia atrás y su cuerpo inclinado para tomar impulso. Se prepara para aventar una piedra que tiene en la mano, a los soldados israelíes.  No hay una imagen que dé cuenta de lo que sucedió después pero las crónicas aseguran que la piedra fue arrojada, de la misma manera que desde muchos años atrás había lanzado contra los invasores de su tierra sus escritos. Ese día, en su viaje a Ítaca, Said encaró a los cíclopes como David enfrentó a Goliat. En medio del escándalo de quienes justifican que se lancen misiles, sin arrepentirse explicó que su actitud había sido “un gesto simbólico de irreflexiva alegría” por la liberación de Líbano.


Hijo de estadounidense de origen palestino y madre palestina, ambos protestantes, Edward Said nació en Jerusalén. Educado en Egipto, Líbano y en las universidades de Princeton y Harvard, derivó parte sustancial de la producción de su conciencia de ser “oriental” y de haber crecido en dos colonias británicas. Retomó así la advertencia de Antonio Gramsci de que “el punto de partida de cualquier elaboración crítica es la toma de conciencia de lo que uno es”. Su estilo de pensamiento está marcado por el dolor y el sufrimiento personal, por su condición de exiliado, por la permanente sensación de encontrarse “fuera de lugar”.         Con esa piedra aventada a un ejército colonial, Said enfrentó también, muy probablemente, la no existencia, el ninguneo, la deformación histórica presentes en las hirientes palabras de Golda Meir en 1969. “No hay palestinos”, dijo la dirigente israelí en 1969, y eso despertó en él, como recordó en alguna ocasión, “el desafío un tanto insensato de impugnarla, de comenzar a organizar la historia de pérdidas y expoliaciones que había que extraer, minuto a minuto, palabra a palabra, pulgada a pulgada, de la historia verdadera del poblamiento, la existencia y los logros de Israel.”