15/6/10

Bolívar Echeverría (1941-2010), un marxista crítico


Carlos Cruz-Diez [Venezuela] Lote Nº 10




 Nicolás González Varela
(Especial para "Gramscimanía)
“El hombre moderno está desgarrado, obedece a dos lógicas totalmente contrapuestas, una más poderosa que la otra: la lógica cualitativa del mundo de la vida y la lógica abstracta y cuantitativa del valor.” (Bolívar Echeverría, 2007)
 Bolívar Vinicio Echeverría Andrade era antes que nada un humanista, un marxista atípico, un fino traductor y en último lugar un filósofo profesional. En plena barbarie posmoderna, tratando de no desarbolar los valores universales de la Modernidad, siguió pensando críticamente  a contra corriente las vastas cuestiones del hombre, más allá de las modas académicas. Aunque ecuatoriano de nacimiento, su aporte, junto a otros inmigrantes ilustres en la solidaria tierra mexicana, como Wenceslao Roces o Adolfo Sánchez Vázquez, han hecho posible la lenta maduración un pensamiento crítico latinoamericano.
Creo que su obra más madura y compleja, aunque no coincida con lo cronológico, es sin lugar a dudas su libro El discurso crítico de Marx, de 1986. [1] Un libro raro, subestimado, silenciado por los círculos académicos, que reunía una colección de ensayos que abarcaba la reflexión de Echeverría entre los años 1974 y 1980. Allí se posicionaba con firmeza, en pleno inicio de la borrachera ideológica de la globalización y el fin de la historia, afirmando que el siglo XX no era otra cosa que mera barbarie de egoísmo y explotación, “un cuento incoherente y violento”. No se quedaba en lo testimonial, en su mismo prólogo defendía al pensamiento de Marx como una “presencia real de un proyecto de sentido o, mejor, de contra-sentido para la Historia contemporánea: El Comunismo; a la materialización de éste en una entidad sociopolítica peculiar: la Izquierda; a su manifestación en conceptos mediante un discurso propio: el Marxismo.” Echeverría, tan atento a la escritura y los signos del lenguaje (muchos de sus ensayos hay que cribarlos de la excesiva carga semiológica muy de moda a fines del siglo XX), le colocaba estratégicamente las mayúsculas a la vapuleada tríada, “fuente del discurso de la rebeldía”. No tenía ninguna hipoteca institucional o ideológica en defender a Marx de los ataques superficiales, construidos a bases de malas lecturas y distorsiones ideológicas, de Nietzsche, Heidegger o Foucault. Tampoco dudaba a la hora de remarcar la patética tosquedad del mal llamado “Materialismo Dialéctico”, una ciencia de la legitimación del estado stalinista. Siempre defendió un marxismo abierto, una teoría que debe respetar una “búsqueda inacabada de unificación que conecta entre sí a los distintos esbozos espontáneos de identidad que hay en el propio Marx”. Recuperaba para el pensamiento crítico los marxismos olvidados, perdedores, marginales, (y Echeverría traía a primer plano a Luxemburgo, consejistas como Hermann Goerter, Korsch, Lukács, filósofos alejados del DiaMat stalinista, como Karel Kosik o líderes de la nueva izquierda europea como Rudi Dutschke) que superaban al “marxismo demasiado realista”. Si el marxismo tiene una “encomienda” en la Historia, señalaba en su “Presentación”, debe romper los límites de la versión falseada y predominante, debe quebrar el corset sociologista, estatalista y progresista. Tan atípico que para él era central para renovar el filo crítico de la vulgata marxista, recuperar “el teorema crítico central de El Capital”, se trata de recuperar la idea de que “todos los conflictos de la sociedad contemporánea giran… en torno a una fundamental contradicción entre Valor de Uso y Valor de Cambio, entre dos ‘Formas de Existencia’ del proceso de reproducción social: una, ‘social-natural’, trans-histórica, que es determinante, y otra históricamente superpuesta a la primera, parasitaria pero dominante, que es la forma de “Valor que se Valoriza”, de acumulación del capital.” El libro era curioso porque cruzaba los sacrosantos campos profesionales: era a la vez, un libro de crítica de la economía política y de contra-filosofía. Se hablaba de filosofía en un grado de abstracción altísimo desde el corazón mismo de la producción de plusvalor. Se profundizaba sobre el Materialismo de Marx y sobre su carácter científico, que implicaba para Echeverría “la des-construcción crítica del discurso científico espontáneo, al desquiciamiento sistemático de su horizonte de inteligibilidad, como la estrategia epistemológica adecuada para un discurso cuya producción de conocimiento debe cumplirse cuando la Historia que ha culminado en el capitalismo transita hacia una nueva historia.” Pero lo más atrayente y novedoso en lo teórico seguía siendo su recuperación en valencia crítico-política de Das Kapital, y en particular su puesta en primer plano del “Valor de Uso”, devolviendo al centro de gravedad de la lectura de Marx la Ley del Valor y con ella de la crisis como cortocircuito permanente del modo de producción de mercancías. Era obvio que para Echeverría existía una necesidad para la Teoría de “volverse Teoría de la Revolución, y la necesidad, para la Revolución, de ampliarse como Revolución en la Teoría.”
Su integral humanismo seguramente se retroalimentó de su trabajo como sensible traductor, de Sartre a Habermas, pasando por el propio Karl Marx y sus Manuscritos de París de 1844, Horkheimer, Musil, Brecht y Benjamin. Su talento era reconocido además internacionalmente, había sido elegido miembro del Comité Científico junto a grandes intelectuales para asesorar los contenidos de una de las obras enciclopedias multinacionales más ambiciosas sobre Marx, el Historisch-kritisches Wörterbuch des Marxismus, un Diccionario total histórico-crítico sobre el Marxismo. [2] El epígrafe de su obra, todavía por difundirse, todavía por conocerse, seguirá siendo el planteamiento del dilema mortal que acecha al pensamiento de Marx: “el discurso del Comunismo sólo puede ser tal, si es estructuralmente crítico, es decir: si vive de la muerte del discurso del Poder: de minarlo sistemáticamente…”
Notas



[1] Echeverría, Bolívar; El discurso crítico de Marx, ed. Era, México, 1986.
[2] Haug, Fritz Wolfgang (Hrg.); Historisch-kritisches Wörterbuch des Marxismus, Band 1, Abbau des Staates bis Avantgarde, Argument, Berlin, 1994. Es un proyecto editorial en proceso, que reunirá un total de 1500 conceptos centrales del Marxismo, una obra colectiva en quince volúmenes, de los cuales en la actualidad se ha publicado hasta el tomo 7, correspondiente a las voces “Kaderpartei bis Klonen”.

Doce comentarios sobre Marx y Bolívar

Ramón Vásquez Brito (Venezuela) Se ocultó la esperanza

Marcelo Pamapa
He leído planteamientos recientes de compañeros corresponsales de la ABP y por azar he coincidido en la inquietud de escribir sobre los mismos temas. Me llama la atención el debate sobre la cuarta y la quinta internacional y el problema del oportunismo, lo mismo que el tema de las heterodoxias en la izquierda. No deseo ahondar en diferencias sino hacer unas reflexiones generales en la necesidad de unificar conceptos contra el enemigo de la humanidad en su conjunto.
El capitalismo en la expresión del imperialismo estadounidense. Aquí está mi aporte en el que no preveo distinciones sustanciales con los compañeros, aunque tal vez las diferencias sean de forma. Continuar la lectura pulsando donde dice "Más información

Arthur Schopenhauer, filósofo "increíble"

Foto: Arthur Schopenhauer


Arthur Schopenhauer nació en Danzig, por entonces ciudad libre junto al mar del Norte, en 1778, el mismo año en que Kant, del que se declaró siempre discípulo, publicó su “Crítica de la razón práctica”.
La abuela del filósofo, Anna Renata Soermans,  padecía  estados de perturbación mental, y se ha dicho que introdujo en la familia un factor enfermizo que se cree reconocer en Arthur, el “gran pesimista”.
El padre,  Heinrich Floris, era un comerciante enérgico, admirador fanático del modo de vida inglés. Murió en el derrumbe de la estantería de su negocio, en lo que posiblemente fue un suicidio.
La madre de Schopenhauer,  a diferencia notable del padre adusto y severo, era alegre y comunicativa, sociable y extrovertida, pero muy superficial, al punto que chocó siempre con el joven hosco y reconcentrado que fue Arthur, al que terminó desheredando.
En Dresde, la capital alemana del arte en aquella época, donde residió tras pelear con su madre, Schopenhauer escribió su obra fundamental: “El  mundo como voluntad y representación”  (Die Welt als Wille und Vorstellung), después de la publicación de su primera obra: “Sobre la cuádruple raíz del principio de razón suficiente”.
“He vivido para escribir un libro, por esto está hecho y asegurado el 99% de lo que quería y debía  hacer en este mundo, el resto es cosa accesoria, como mi persona y su destino”, escribió en una carta a un amigo después de la publicación de su obra principal.
Pero  tres años antes  de su muerte, cuando parecía que su obra iba a quedar ignorada, tuvo un éxito inesperado y consagratorio con “Parerga y Paralipomena”, escritos asistemáticos y dispersos, que contienen los “Aforismos  sobre  la sabiduría de la vida”, que le permitió  salir del anonimato.
Por esta obra Ricardo Wagner le mandó dedicado un  ejemplar del “Anillo de los Nibelungos” y Federico Nietzsche le dedicó una de sus “Consideraciones inactuales”.

Uno de los fundadores de la escuela de Frankfurt, Max  Horkheimer, tras  considerar a  Schopenhauer un filófoso “increíble” justifica  su doctrina, aunque con reservas acerca de un presunto contenido “religioso”, más particularmente cristiano.
“En Schopenhauer, a mi modo de ver, el pesimismo no es tan  incondicionado como correspondería a la situación actual.  Este filósofo enseñó que  el retorno a la voluntad universal  de aquellos que supieron vencer el egoísmo  constituye una especie de redención”.
Es decir, para Horkheimer la situación actual es tal que merece una respuesta mucho más pesimista que la de Schopenhauer
La raíz del  filosofar de Schopenhauer es una intuición genial: la de la voluntad que subyace más allá del mundo fenoménico  y que constituye la “cosa en sí”. “Toda representación, todo objeto es un fenómeno, una manifestación visible u objetivación de la voluntad”.
Finalmente interpretando a su modo algunos puntos del budismo, Schopenhauer entendió que la realidad del dolor puede ser transcendida mediante el ascetismo que niega el mundo fenoménico y declara su carácter ilusorio. La negación ascética es el único acto humano de libertad auténtica, pero a diferencia del budismo y de toda doctrina oriental  conduce a la nada, que es la paz del hombre libre de deseos.
Fue el introductor en occidente de obras del pensamiento oriental, al punto que decía que las Upanishads, escritos hinduistas ortodoxos que constituyen el Vedanta,  eran sus libros de cabecera.
Su interpretación del hinduismo no ha sido considerada favorablemente por los especialistas, que han hecho notar que nunca el Vedanta se detiene en el pesimismo ni en el optimismo ni hace valoración alguna de ellos porque no es dualista ni se coloca en ese punto de vista, sino que se abre a posibilidades ilimitadas que no pueden ser contenidas en ningún sistema de filosofía.

“Es verdaderamente increíble cuán fútil e insignificante transcurre, vista desde fuera, la vida de la mayoría de los hombres, y cuán obtusa e irreflexiva cuando es sentida desde dentro. Es un opaco añorar y atormentarse, una marcha somnolienta a través de las cuatro edades de la vida hasta la muerte, con el acompañamiento de unos cuantos pensamientos triviales.
Se parecen a relojes a los que se ha dado cuerda y marchan sin saber porqué. Cada vez que un hombre es engendrado y nace se da cuerda de nuevo a un reloj de la vida humana para que de nuevo repita, frase por frase, compás por compás, con variaciones insignificantes, la cantinela ya tocada innumerables veces.
Cada individuo, cada rostro humano con su existencia, no es más que un breve ensueño más de la naturaleza infinita, de la eterna voluntad de vivir, no es más que un bosquejo fugitivo más que ella traza  jugando sobre su lienzo infinito – el espacio y el tiempo- y que deja subsistir por un instante mínimo para borrarlo y dar lugar a otros.
Y sin embargo, y aquí está el aspecto serio de la vida, cada uno de estos fugitivos esbozos, de estos triviales antojos, tiene que ser pagado por la entera voluntad de vivir con toda violencia, con muchos y hondos dolores, y finalmente, con una amarga muerte largamente temida,  pero que a la  postre llega”.