14/6/10

El movimiento obrero y la crisis del capitalismo


Alirio Palacios (Venezuela) El caballo de Khan cruza el bosque


Juan Ignacio Ramos
A finales de verano de 2008 la burguesía no podía dar crédito a lo que estaba ocurriendo: el conjunto del sistema financiero se desplomaba y la economía mundial entraba en la senda de una recesión de proporciones históricas. El pánico, la incertidumbre por el futuro y por las consecuencias políticas y sociales del hundimiento, se apoderaron de los centros de poder en todos los continentes.
La crisis actual acabó bruscamente con los sueños de un crecimiento económico sostenido. Parecía imposible pero así ha sido. Pero no sólo eso: el tinglado ideológico de que el capitalismo era el mejor de los mundos posibles, los axiomas del fundamentalismo neoliberal con el que la burguesía sacaba pecho tras el colapso del estalinismo y seducía a los dirigentes reformistas del movimiento obrero, se han desmoronado, rápida y estrepitosamente. El fin de la historia no era tal, ni mucho menos.
La crisis está afectando duramente a la credibilidad y la estabilidad general del sistema, mientras el desconcierto y la desorientación dominan los foros internacionales y la política de los gobiernos. Es imposible fiarse de las previsiones: las correcciones de las perspectivas económicas que trazan los institutos económicos son constantes, hasta el punto que las recientes expectativas han dado paso a un horizonte lleno de dudas y desánimo por el futuro. No es para menos.
Las causas del hundimiento
La virulencia de la actual recesión se explica, dialécticamente, por el carácter del boom económico precedente. El ciclo de acumulación capitalista que se desarrolló en las dos últimas décadas hunde sus raíces en factores derivados de la lucha de clases [1] y en la gran expansión del comercio mundial, factores ambos que ayudaron al abaratamiento de los costes de producción y a contrarrestar la tendencia decreciente de la tasa de ganancias. También jugaron un papel destacado la caída de los precios de las materias primas, las privatizaciones, así como la nueva tecnología de la información.
El desarrollo de la economía china fue otro factor de primera magnitud a la hora de contener la amenaza de recesión en Occidente a finales de la década de los ochenta del siglo pasado.[2] Pero sobre todo, el boom económico se prolongó durante mucho más tiempo debido a la extrema desregulación del mercado financiero y al recurso generalizado del crédito, que además de sostener las actividades puramente especulativas, alimentó el consumo de la principal economía del planeta (EEUU) y la producción de una parte importante de las manufacturas mundiales.
Como hemos explicado en numerosas ocasiones, el crédito barato generó una espectacular burbuja bursátil e inmobiliaria que atrajo miles de millones de euros acumulados en años de explotación intensiva de la fuerza de trabajo, y que obtuvieron plusvalías muy altas sin tener que pasar por el doloroso proceso de la inversión productiva.[3] Pero el crédito masivo que generó altos beneficios también dio luz verde a un endeudamiento privado y empresarial sin precedentes que se cubría con más deudas. Y estas deudas multimillonarias, gracias a la ingeniería financiera, se transformaron en "activos" que cotizaban al alza en las bolsas, hasta que todo el sistema estalló en verano de 2007 con los impagos masivos de las hipotecas subprime en EEUU.
Cuando el sistema financiero de EEUU se vio afectado por el retroceso que estaba experimentando la economía real y el crecimiento del desempleo, el desplome de los grandes bancos de inversión, comprometidos como estaban hasta los tuétanos con la especulación inmobiliaria y bursátil, se precipitó. Esto tuvo efectos inmediatos provocando que la crisis de sobreproducción latente emergiera a la superficie con toda virulencia y empeorara aún más la situación insostenible del sistema financiero. Estalló entonces una crisis clásica del sistema capitalista, de sobreproducción de mercancías, bienes y servicios, precisamente, en el pico agudo del boom económico.[4]
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Gramsci y el marxismo


Renato Guttuso [Italia] Mamma adorata
Javier Úbeda Ibáñez
El marxismo -hay que hacerle cumplida justicia- es algo de más entidad que una simple metodología, en el sentido que este término tiene en el lenguaje realista; es un cuerpo doctrinal, fundado en el dogma del materialismo ateo y la dialéctica de la lucha de clases, y todo auténtico marxista necesita ser consecuente con esta férrea dogmática.
Hace falta decirlo con todo respeto para las personas, pero también con toda claridad, el marxismo no es una simple metodología, es una dogmática fundada en unos principios absolutamente incompatibles con la doctrina de Cristo.
El hombre y su problemática vienen a ser, en definitiva, el eje y la clave de la política marxista. Por eso, Antonio Gramsci, que fue uno de los doctrinarios más sagaces, sostuvo que, para la construcción de una humanidad marxista, no bastaba con lograr un cambio en las estructuras económicas. Había que llegar más lejos, hasta la transformación de la sociedad y de la cultura; había que ir todavía más allá y obrar la transformación última y realmente decisiva, la del propio hombre, dándole la vuelta como un calcetín y cambiándole hasta lo que tiene de más íntimo y elemental, que es el sentido común. El marxismo, en suma -según el pensamiento de Gramsci- aspira a vaciar a la persona del sentido común que es fruto de la ley natural y de más de veinte siglos de inspiración cristiana, para injertarle un sentido común nuevo, que le haga reaccionar espontáneamente con arreglo a las categorías y valores del materialismo marxista.

Axel Honneth apuesta por refrescar las ideas socialistas








Lidia Penelo
Ante cualquier pregunta, aunque sólo se trate de responder a la invitación de tomar un café, Axel Honneth (Alemania, 1949), se toma unos segundos antes de hablar. Filósofo y sociólogo, el actual director de la Escuela de Frankfurt es un hombre prudente. Su campo es el de la filosofía social y práctica, y para él, la crisis mundial ayudará a redefinir el modelo de las sociedades democráticas. "La desregularización de los mercados capitalistas ha ido demasiado lejos y sería necesario refrescar las ideas socialistas. Deberíamos redefinir la forma en que las sociedades liberales entienden la libertad desde el sentido normativo. Seguramente, hace falta una revalorización de esferas, que en los últimos 30 años han sido marginadas, como la de la vida íntima y la del trabajo satisfactorio", argumenta.
Consumismo bajo control
Honneth está convencido de que el marxismo continúa teniendo elementos fructíferos: "Tenemos que volver a tomar en serio el marxismo. Viendo ciertas crisis ecológicas, deberíamos establecer límites a nuestras necesidades consumistas". Sin embargo, el sucesor de Adorno no confía en que haya alternativas a una economía de mercado capitalista. "Yo creo que el futuro de las sociedades democráticas liberales acabará ubicándose en una regularización mucho más intensa y en un control de mercado. En un núcleo económico el marxismo no tiene futuro, pero sí lo tiene en determinadas patologías producidas por el capitalismo. Aunque eso no significa que constituya una alternativa sólida en la economía planificada de mercado", sostiene.
Honneth está convencido de que las personas no saben relacionarse
Autor de varios estudios sobre la teoría del reconocimiento, -Reificación, es el más extendido- , Honneth está convencido de que las personas no saben relacionarse. "Todavía no hemos aprendido. El fracaso de las relaciones tiene que ver con la independencia de actitudes cognitivas fundamentadas sobre el éxito y el dominio instrumental de nuestro entorno, de modo que nosotros ya no somos capaces de percibirnos desde el punto de vista del reconocimiento, y eso implica una expansión de visiones instrumentalistas".
La carrera académica de este filosófo deja pasmado a cualquiera, pero no sólo de teoría vive el hombre: cuando Axel Honneth cuenta a un desconocido a qué dedica su tiempo, empieza diciendo que tiene dos hijos. "La mayor satisfacción, además de estar con mi mujer y mis hijos, surge del auténtico trabajo, y ese constituye el leitmotif de mi vida. Trabajo para elaborar y desarrollar ideas especulativas e innovadoras sobre ideas formuladas anteriormente", remata claro.
Sentado en su escritorio, dedica cuatro horas al día a las ideas. En ese espacio no permite ninguna interrupción ni compañía, sólo la de las fotografías de la familia y de sus tres héroes: Hegel, Rousseau y Freud.
Renovación del mobiliario
Sucesor de Adorno y Habermas, lleva la dirección de la Escuela de Frankfurt con miedo. La posibilidad de ser sobrevalorado le intimida. "Cuando me convertí en el sucesor de Habermas, cambié totalmente el mobiliario de la habitación. Cuando tomé la oficina de Adorno tiré todos sus muebles. Durante mucho tiempo ni siquiera quise jugar con la idea de prolongar esa tradición. La presión exterior es intensa, cada vez es más difícil no vincularse a esa corriente de pensamiento. Preferiría ser una figura independiente", admite. Axel Honneth no quiere que lo cosifiquen, ni siquiera como el pensador empeñado en hacer posibles los sueños de la Escuela de Frankfurt.

Karl Marx, el hombre



Foto: Karl Marx y Jenny von Westphalen




El malentendimiento y la malinterpretación de los escritos de Marx sólo tienen un paralelo en la malinterpretación de su personalidad. Así como en el caso de sus teorías, la deformación de su personalidad se origina también en un cliché repetido por periodistas, políticos e inclusive estudiosos de las ciencias sociales que deberían estar mejor enterados. Se le describe como un hombre "solitario", aislado de sus semejantes, agresivo, arrogante y autoritario. Cualquiera que tenga el más superficial conocimiento de la vida de Marx tropezará con grandes dificultades para aceptar esto porque no podría reconciliarlo con el retrato de Marx como esposo, padre y amigo.
Son quizás, muy escasos los matrimonios que haya conocido el mundo como realización humana tan extraordinaria como es el caso del matrimonio de Karl Marx y Jenny Marx. Él, hijo de un abogado judío, se enamoró aún adolescente de Jenny von Westphalen, hija de una familia feudal prusiana y descendiente de una de las más antiguas familias escocesas. Se casaron cuando él tenía veinticuatro años y Marx solo sobrevivió algo más de un año luego de la muerte de ella. Era un matrimonio en que, a pesar de las diferencias de origen, a pesar de una vida continua de pobreza material y de enfermedades, existió un amor y una felicidad mutua inconmovibles, algo que sólo puede darse en el caso de dos personas con una capacidad extraordinaria de amor y profundamente enamorados uno de otra.
La hija más joven, Eleanor, describió la relación entre sus padres en una carta donde se refiere a unos días antes de la muerte de su madre y cerca de un año de la muerte de su padre. "Moor [el apodo de Marx] -escribe- se recuperó nuevamente de su enfermedad. Nunca olvidaré la mañana en que se sintió lo suficientemente fuerte como para entrar en el cuarto de mamá. Cuando estaban juntos eran otra vez jóvenes -ella una muchacha y él un joven enamorado- ambos en el umbral de la vida y no un hombre viejo, atacado por la enfermedad, y una mujer anciana, moribunda, despidiéndose para siempre uno del otro".
La relación de Marx con sus hijos estaba tan libre de todo matiz de dominio y tan llena de amor productivo como la relación con su mujer. Basta con leer la descripción que hace su hija Eleanor de los paseos que daba con sus hijos, contándoles cuentos que se medían por millas, no por capítulos. "Cuéntanos otra milla", era la demanda de las niñas. "Nos leyó todo Homero, todo el Nibelungenlied, Gudrun, Don Quijote, Las mil y una noches, etc. Shakespeare era la Biblia de nuestra casa y pocas veces no estaba en nuestras manos o en nuestros labios. Cuando cumplí seis años me sabía de memoria todas las escenas de Shakespeare".
Su amistad con Frederick Engels es quizás todavía más excepcional que su matrimonio y la relación con sus hijas. El propio Engels era un hombre de extraordinarias cualidades humanas e intelectuales. Siempre reconoció y admiró el talento superior de Marx. Dedicó su vida a la obra de Marx pero nunca se mostró reacio a aportar su propia contribución ni tampoco la subestimaba. Jamás hubo fricciones en la relación de estos dos hombres ni la menor competencia, sino un sentido de la camaradería arraigada en el más profundo afecto mutuo que pueda darse entre dos seres humanos.
Marx era ese hombre productivo, desenajenado, independiente que era contemplado en sus obras como el hombre de una sociedad nueva. Relacionado productivamente con el mundo como un todo, con los demás hombres, con las ideas, era lo que pensaba. Hombre que leía a Esquilo y a Shakespeare todos los años en sus idiomas originales y que, durante su época más triste, la de la enfermedad de su mujer, se sumergió en las matemáticas y se puso a estudiar cálculo. Marx era un humanista completo. Nada le producía mayor admiración que el hombre y expresaba este sentimiento en una cita de Hegel que repetía con frecuencia: "aun el pensamiento criminal de un malvado tiene más grandeza y nobleza que las fantasías del cielo". Sus respuestas al cuestionario compuesto por su hija Laura revelan mucho del hombre: su idea de la desgracia era la sumisión; el vicio que más detestaba era el servilismo y sus máximas favoritas eran "nada humano me es ajeno" y "hay que dudar de todo".
¿Por qué se dio por supuesto que este hombre era solitario, arrogante y autoritario? Aparte del motivo de la calumnia, hubo algunas razones para fomentar el malentendido. Primero, Marx (como Engels) tenía un estilo sarcástico, especialmente en sus escritos, y era un luchador con mucha agresividad. Pero, lo que resulta más importante, era un hombre totalmente incapacitado para tolerar el disimulo y el engaño y con una enorme seriedad respecto de los problemas de la existencia humana. Era incapaz de racionalizaciones deshonestas o explicaciones ficticias de cuestiones importantes con amabilidad y con una sonrisa. Era incapaz de esa clase de insinceridad, ya se refiriera a las relaciones personales o a las ideas. Como la mayoría de la gente prefiere pensar en ficciones más que en realidades y engañarse a sí mismos y a los demás en cuanto a los hechos que caracterizan la vida individual y social, deben considerar necesariamente a Marx como una persona arrogante y fría, pero este juicio nos dice más de ellos que de Marx.
Cuando el mundo vuelva a la tradición del humanismo y supere el deterioro de la cultura occidental, tanto en su forma soviética como en la capitalista, se comprenderá efectivamente que Marx no fue ni un fanático ni un oportunista, que representó el florecimiento del humanismo occidental y que fue un hombre con un sentido intransigente de la verdad, que penetraba hasta la esencia misma de la realidad y no se dejaba engañar por su falaz superficie; de una honda preocupación por el hombre y su futuro; sin egoísmo, vanidad, ni ambición de poder; siempre vivo y capaz de imprimir vida a cuanto tocara. Representaba a la tradición occidental en sus mejores rasgos: su fe en la razón y en progreso del hombre. Representaba, en realidad, ese mismo concepto del hombre que constituía el centro de su pensamiento. El hombre que es mucho y tiene poco; el hombre que es rico porque tiene necesidad de sus semejantes.
Extracto del libro “Marx y su concepto del hombre”, de Erich Fromm, 1962

Correspondencia 1925-1975. Hanna Arendt-Martin Heidegger


Editorial: Herder / Cantidad de páginas: 450 / Lugar de publicación: Barcelona / Fecha de publicación: Enero de 2000
La filosofía alemana, muy prolífica durante el siglo pasado, se organiza esencialmente en torno de dos corrientes: de un lado, la ontología de Martin Heidegger, del otro, la Escuela de Frankfurt, de inspiración marxista, impulsada por Theodoro Adorno y Max Horckheimer. Entre los dos –y durante varios decenios– reina una antipatía marcada por el desprecio y el odio. Dos obras –de la misma naturaleza, es decir, “testimonios libres”– que aparecen simultáneamente, ilustran muy bien esta ruptura profundamente activadas por fracturas del siglo (1).
A la luz de la lectura de la selección de cartas intercambiadas entre Martin Heidegger y Hanna Arendt, se impone una primera constatación: esta correspondencia entre dos pensadores mayores del siglo, que se extiende sobre cincuenta años, es parcial y fragmentada, lo cual en el continuum de una edición cronológica lamentablemente no siempre aparece. Los numerosos blancos, ligados a la historia política de Alemania pero también sin duda a los azares de una relación tormentosa, tienen casi tanta importancia como la correspondencia misma. Parcial también porque numerosas cartas de Arendt no figuran en respuesta a las de Heidegger. ¿Equivale esto a decir que el iniciador del existencialismo no ha querido, voluntariamente, conservar estos documentos, por temor o negligencia, demasiado ocupado como estaba en la producción de su obra? Esta inequidad revela algo sobre la mirada recíproca de los dos filósofos pero también hombre y mujer, mal que le pese a la poco feminista Hanna Arendt. La lectura del postfacio de Ursula Ludz, editora alemana de la selección, es indispensable para aprehender mejor estas lagunas.
Para quienes quieren una mejor aproximación a la historia intelectual occidental hay mucho, sin embargo, para extraer de estas cartas: la evolución de una relación pasional (que guarda su misterio) a través principalmente de las líneas de Heidegger, en una lengua única y a menudo desconcertante; las explicaciones defensivas de Heidegger sobre su antisemitismo supuesto y sus miedos proclamados –después de 1950– respecto de la marejada comunista o de una nueva guerra futura; las peripecias de la traducción de su obra al otro lado del Atlántico; la constatación de la devoción de Hanna Arendt a los Heidegger, marido y mujer, a pesar de las punzadas de los celos; pero también los cuestionamientos de Arendt, sus dudas para construir su pensamiento, su antipatía por la Escuela de Frankfurt.
Como en un espejo invertido, Arendt y la Escuela de Frankfurt figuran en el centro de otro libro, que resume una entrevista con Günter Anders, primer marido de Arendt, alumno también de Heidegger, también judío y emigrado a Estados Unidos después de 1933. Muy involucrado en la lucha contra el nazismo, Anders se acerca rápidamente a Adorno y Horkheimer, los fundadores, desacreditados por Arendt y Heidegger, de la muy izquierdista Escuela de Frankfurt. En esta larga conversación al término de su vida, Anders vuelve sobre una desesperanza positiva, radical y violenta, nacida de Auschwitz y de Hiroshima, que guía sus pasos ulteriores, especialmente contra la amenaza nuclear y la guerra de Vietnam.
1 Günters Anders, Et si je suis désespéré que voulez vous que j’y fasse?; Allia, París, 2001, 96 páginas. Aún sin versión en castellano.

Habermas y la sabiduría convencional europea

William George Apperley [Inglaterra]  Images


Vicenç Navarro


Existe una nueva sabiduría convencional extendida entre grandes sectores de los establishments políticos, intelectuales y mediáticos europeos –reflejada en el artículo, publicado en El País, de Jürgen Habermas (23-05-10)– que asume que la crisis del euro y de la Unión Europea se debe a la falta de liderazgo de Alemania, reflejada por la tardía respuesta de la canciller Angela Merkel a la crisis de la deuda pública del Gobierno griego, retraso que se atribuye al surgimiento preocupante del nacionalismo en aquel país.

Considero esta interpretación de lo que está ocurriendo en Europa errónea en sus supuestos, consecuencia de la limitación de su método de análisis. Miremos los hechos y recuperemos algunas categorías analíticas olvidadas por Habermas y por la mayoría de analistas de la realidad europea. Y entre ellas, la categoría de clase social continúa siendo de una enorme importancia. Alemania es un país de 82 millones de habitantes que pertenecen a distintas clases sociales. La clase empresarial alemana (banca e industria exportadora) ha promocionado una economía basada en la exportación, cuyo éxito se basa en su gran competitividad, resultado de que los salarios han ido aumentando mucho menos que la productividad. Como consecuencia, las rentas del trabajo han ido descendiendo de una manera muy marcada y las rentas del capital han alcanzado niveles exuberantes. La clase empresarial ha ido acumulando mucho dinero y, puesto que siempre tiene un gran surplus en su comercio (es decir, que exporta mucho más que importa), tiene una enorme plusvalía de euros (1,3 billones), consecuencia de que dos terceras partes de las exportaciones alemanas se hacen a los países de la UE que pagan en euros.

¿Qué ha hecho la clase empresarial –y muy en especial los bancos– en Alemania con tantos euros? Una posibilidad hubiera sido que se distribuyeran entre los trabajadores alemanes, aumentando sus sueldos y su capacidad de consumo, con lo cual el motor de la economía alemana dependería más de la demanda doméstica y menos de las exportaciones (esta era la alternativa propuesta en su día por Oskar Lafontaine, entonces ministro de Economía del Gobierno de Gerhard Schroeder). Tal medida habría tenido un gran impacto estimulante en una economía que ha estado estancada desde hace ya años, estímulo que habría ayudado también a la economía europea, cuyo centro es la alemana. Pero la clase trabajadora alemana no tuvo suficiente fuerza para poder imponer esta alternativa. El canciller Schroeder (próximo a la banca y a los grandes grupos empresariales exportadores, para los cuales ahora trabaja) continuó, junto con Angela Merkel, enfatizando las exportaciones como motor de la economía, con lo cual la banca acumuló una gran cantidad de euros, que prestó a los bancos de países como Grecia, Portugal y España, que estaban muy endeudados (como consecuencia también de que las rentas del trabajo han disminuido también en estos países). La banca alemana fue la que prestó más dinero a la banca española en su inversión en el complejo banca-sector inmobiliario-industria de la construcción que creó la burbuja inmobiliaria en nuestro país. También compró gran cantidad de deuda pública con intereses muy elevados (que iban de un 3,5% en España a un 9% en Grecia). Los estados de los países mediterráneos, en lugar de aumentar los impuestos de los ricos y corregir el enorme fraude fiscal para pagar sus gastos públicos y sociales, pidieron prestado dinero a la banca alemana, la mayor propietaria de bonos públicos hoy en la UE.

Ahora bien, cuando las burbujas explotaron, todo el entramado quedó al descubierto. De pronto, la clase empresarial alemana se encontró con un problema grave, pues los otros países de la UE, incluyendo los periféricos, que les compraban sus productos, no podían seguir comprándolos, consecuencia del gran descenso de la capacidad adquisitiva de sus clases populares. Y, por otra parte, los bancos alemanes poseían enormes cantidades de deuda –tanto pública como privada–, que los países deudores periféricos no podrían pagar. La banca alemana tenía –y tiene–, pues, un gran problema, compartido con la banca de Francia y otros países del centro de la UE.

¿Cuál es la solución que han impuesto? Una enorme austeridad de gasto público para permitir a los estados periféricos pagarle a la banca alemana y a la de otros países centrales. Para ello, la UE y el Fondo Monetario Internacional han prestado dinero en condiciones leoninas a los estados periféricos para que estos puedan pagarles lo que deben a aquellos bancos. Estas políticas de austeridad crearán una enorme recesión en los países periféricos. Ahora bien, para que estas políticas sean exitosas tienen que presentarse como necesarias, a consecuencia del despilfarro causado por las clases populares de la periferia (haciendo referencia a su supuestamente excesiva protección social) y enfrentando a la clase trabajadora alemana con las clases populares de la periferia, tal como hacen diariamente los mayores medios de información próximos al establishment financiero alemán.

Las clases populares alemanas, sin embargo, tienen mucho más en común con las clases populares de los países periféricos que con las clases financieras e industriales alemanas. Hoy los mayores problemas en la UE no son ni los déficits ni las deudas públicas de sus estados, sino el escaso crecimiento económico y el elevado desempleo. Frente a ello, lo que se necesita no es destinar los fondos, de casi un billón de euros, a ayudar a los bancos, sino hacer una enorme inversión pública, política que el establishment neoliberal europeo (liderado por el alemán) no hará, pues está aprovechando esta crisis para realizar lo que ha deseado siempre: el desmantelamiento de la Europa social y el descenso de las rentas del trabajo. Es la lucha de clases a nivel continental.

Vicenç Navarro es catedrático de Políticas Públicas de la Universitat Pompeu Fabra y profesor de ‘Public Policy’ en The Johns Hopkins University.