11/6/10

A propósito de Adorno, el mayo francés y la cultura de masas



Una reflexión en torno al concepto "cultura de masas", el mayo francés y el papel de los intelectuales

Kaos en la Red

Cultura de elite y cultura popular

Argumentan legiones de intelectuales el constante deterioro que se viene dando en el gusto popular desde mediados del siglo XIX en adelante. A cobijo de pesos pesados como Adorno, Walter Benjamín o incluso el reciente Premio príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, el señor Jurgen Habermas, despotrican indefensos, al ver cómo la producción industrial de la cultura y el acceso de las clases populares a la misma, la han pervertido, corrompido, convertido en un objeto de consumo más; Vivaldi ¡en cd! unas estanterías más allá de David Bisbal. El fontanero dice tener el Gernika en su salón y Charles, ayer me encontré una obra de Sheakspeare ¡reproducida en un libro y no interpretada en la Royal Opera House de Londres por actores! al alcance de cualquier pelagatos, están en oferta en Carrefour… Por San Jorge que la cultura ya no es lo que era.

Quieran o no, el odio visceral que algunos profesan por la cultura de masas, encierra una raíz aristocrática evidente, un elitismo decrépito y decadente que añora tiempos mejores. Escupen a la cultura de masas pero en el fondo escupen a toda la masa, a todos y cada uno de los individuos que recientemente se subieron al carro de eso llamado alfabetización y que con el paso del tiempo, colocaron a El código Davinci número uno en ventas mientras las novelas de Goethe y Scottch -whisky- Fitzgerald albergaban telarañas en un rincón. Vomitan nostalgia «por una época en que los valores culturales eran siempre un privilegio de clase y no eran puestos a disposición de todos indiscriminadamente»[1]. El conflicto no es nuevo, ya en la Grecia clásica Platón despotricaba de la mismísima escritura, argumentaba que ésta atrofiaría la mente y reduciría la capacidad memorística, retórica y dialéctica del sabio, que la oralidad debía prevalecer, pero él por si acaso dejó todos sus pensamientos escritos por lo que pudiera pasar.De la misma forma alegaba que el pueblo llano no debía acceder a ciertos conocimientos o espacios eruditos pues las huestes iletradas pisotearían el trabajo que desde el principio de los hombres, se venía dando el los círculos del saber.

En el fondo no es un problema cultural, la cultura y su evidente depreciación al hacerse accesible a la mayoría es sólo una excusa, esta supuesta tragedia responde en realidad a poderosos intereses de clase y por tanto de Poder. Si el acceso de la masa ignorante y sometida a la cultura únicamente respondiera a la depreciación de la misma, el debate no hubiera resonado con el mismo eco. La alta cultura prevalece y se encuentra a disposición de quién la quiera disfrutar o mejor, de quién la pueda pagar; la existencia de discos de Bisbal no ha eliminado a orquestas filarmónicas que interpreten a Bach o Wagner, de la misma forma que la aparición de novelas folletín de Corín Tellado othrilers de Angel Zafón no ha hecho desaparecer el Quijote de Cervantes,Los episodios nacionales de Benito Pérez Galdós o los poemas de Baudelaire. Es más, el acceso de las clases populares a la cultura y la posterior aparición de la cultura de masas, han elitizado más si cabe, a la alta cultura.

Sucede que el acceso de la masa ignorante y sometida a la cultura-y al margen de la aparición de la cultura de masas-conlleva una serie de daños colaterales potencialmente peligrosos para los intereses de la elite capacitada. Cuando las masas iletradas se alfabetizan, inequívocamente se produce un conflicto de Poder. El antiguo iletrado ahora piensa por sí mismo, o le inducen otros a pensar pero quizá desde una perspectiva contraria al orden establecido. Puede leer novelas de Jane Austen pero también panfletos de Marx y Engels o el periódico mensual del sindicato. Puede no entender la sección de cultura del New York Times porque la alta cultura escapa a su conocimiento, pero entiende a la perfección el Daily Worker de principio a fin. Se organiza, crea grupos de presión, talleres, universidades obreras, partidos políticos… Lo más peligroso, el acceso de la masa ignorante y sometida a la cultura crea líderes o pensadores que producen una cultura y conocimiento que choca frontalmente con la cultura e ideología dominantes. Antonio Gramsci o Ken Loach son dos ejemplos claros de cómo se puede generar opinión díscola desde muy abajo[2]. Existe una alta cultura musical, literaria… pero también existe la cultura popular, asamblearia, sindical, participativa y horizontal. Los apocalípticos, desde lo alto de su trono del saber, no alcanzan a observar la verdadera naturaleza que supone el problema de la cultura de masas.

Dicotomía cultural

Lo que les cuesta reconocer es que existen dos claros tipos o modelos de culturas de masas, perfectamente distinguibles e identificables. Una de carácter dominante y totalitaria y otra segunda sometida de tipo underground y plural. En la primera prima lo chabacano, lo vulgar y lo kitch; el cine de Almodóvar y de Tom Hanks, los discos de Bisbal, best-sellers de Ken Follet y realities en la línea de Fama a bailar o Tienes talento. La segunda, en toda su horizontalidad, albergaría el cine de Emir Kusturika o Costa Gavras, el movimiento punk o los discos de Charlie Parker. Hay que ser muy obtuso (o sufrir un grave trastorno bipolar) para equiparar bajo el mismo paraguas cultural, un disco de Abba con una sesión de trompeta de Miles Davis. De la misma forma que es inconcebible establecer paralelismos entre Sed de mal de Orson Welles o Las uvas de la ira de John Ford con Menudo Santa Klaus de Jim Carrey. Todos los ejemplos son sin lugar a dudas cultura de masas pero no ver la diferencia es vivir en la luna.

La cultura de masas dominante se convierte en un arma de doble filo, por un lado, desde el punto de vista académico, alimenta el discurso de los apocalípticos, satisfechos de sí mismos en su nube de conocimiento erudito[3]. Por otra parte y desde una perspectiva de clase, esa misma cultura de masas, al reproducir valores, actitudes y modelos que promueven una visión acrítica, feliz y conformista de la sociedad, sustenta la consolidación del sistema establecido. El trabajador es doblemente alienado; primero como asalariado, mediante la división del trabajo y el producto de éste que le resulta un objeto ajeno (Marx), pero cuando sale de la fábrica u oficina, vuelve a ser alienado por razón de innumerables productos culturales (Debord) que monopolizan su ocio, su tiempo libre. En la sociedad de consumidores, el asalariado no dispone de tiempo para sí y la plusvalía (la parte del tiempo que el asalariado trabaja gratis para el propietario que se convierte en capital) deja de ser una porción de su fuerza de trabajo para convertirse toda ella en su conjunto, en capital y beneficio para la clase propietaria, pues en el momento que abandona la fábrica u oficina invierte su salario en adquirir múltiples productos culturales y objetos de dudosa utilidad que obstaculizan la toma de conciencia (Marcuse) respecto a su primera alienación en el puesto de trabajo, ya que ofrecen esa visión acrítica y son puro entretenimiento y espectáculo, el círculo vicioso se cierra sin remisión.

El asalariado dedica todo su tiempo vital y dinero a su natural clase enemiga, la burguesía, a la que primero enriquece en su puesto de trabajo y después en su tiempo de ocio. Debord no estaba tan alejado de Marx como él creía (o muchos leninistas creen): este doble sistema alienante recuerda en gran medida la época de Marx y su periodo histórico, cuando por ejemplo el minero, con el mismo dinero en pago a un trabajo alienante, compraba productos básicos en la tienda que era propiedad del dueño de la explotación minera. Hoy sucede algo muy parecido, el asalariado gasta su jornal en la tienda propiedad de los mismos que lo explotan, el centro comercial. El círculo se estrecha más y más ya que la concentración de capitales y monopolios ha aumentado espectacularmente en las últimas décadas. Y como sucedía en aquellas tiendas del siglo XIX, al asalariado se le fía (y por tanto se le endeuda) mediante tarjetas de crédito y el pago a plazos, la diferencia es que ahora no se fía una cuarta de pan o dos litros de leche sino un teléfono móvil, un GPS o un televisor de plasma que presidirá su salón y además le dirá lo bueno de comprar ese nuevo teléfono con cámara o ese GPS. A su vez, el medio de comunicación que anuncia dichos bienes y objetos, es propiedad de la misma entidad bancaria a la que mensualidad a mensualidad, pagamos la hipoteca del piso en el que vivimos. Igualito que en esas explotaciones mineras del siglo XIX en las que el minero, al margen de comprar los productos en la tienda propiedad de la compañía, vivía con toda su familia en la precaria casa prefabricada también propiedad de la misma compañía minera ¿no es para volverse loco? Claro que sí, no es casualidad que los antidepresivos sean uno de los negocios más lucrativos vinculados a la industria farmacéutica. La diferencia radica en que hoy día que una joven pareja viva en un agujero de 25 ó 30 metros cuadrados es incluso cool y progre, tal es el nivel de alienación. Es el paradigma del mundo al revés, del lenguaje orweliano, del menos es más: una cocina office con un cuadro de Wharhol y biombos en lugar de puertas y habitaciones puede resultar de lo más chic. Aunque cuando duermas tengas los pies en el baño y la cabeza en la cocina, aunque escuches al vecino pegar unos polvos salvajes y a ti te toque masturbarte porque tu novia va de turno de noche y sobre todo, aunque dicho agujero sea propiedad del banco y termines de pagarlo cuando tengas edad de tener nietos. ¿He dicho nietos? Al asalariado occidental se le ha abocado a una suerte de eugenesia de corte malthusiana, perpetuar la especie es una pieza de museo que sólo puede permitirse la burguesía y los funcionarios (o el lumpenproletariado o núcleos completamente marginales). Y en este mundo al revés, el drama de no poder tener hijos se disfraza de obstáculo para la carrera profesional y por tanto de independencia y lo que es peor, se convierte casi en una cuestión ecológica; somos demasiados y el sistema es insostenible, las teorías del decrecimiento hacen estragos entre algunos sectores de la izquierda. La alienación es tan demoledora, tan completa y sublime, que no sólo nos mean y luego los periódicos dicen que llueve como afirma Galeano, sino que además después de la intensa lluvia dorada, se la espolsamos y les subimos la bragueta con mimo.

No es más que un moderno sistema de esclavitud en el que se obliga a «ser libre», la paradoja es brutal.Libre de elegir una serie de cartas marcadas, libre de elegir el patrón al que devolver la poca plusvalía que en el trabajo no nos habían robado. Libre de elegir el ventanuco o el color de los barrotes que queremos para nuestro agujero-chabola (el cuadro de Wharhol o el póster del Che). Un sistema en donde lo verdaderamente revolucionario es alcanzar esa toma de conciencia para no tener que elegir una carta marcada: el acto revolucionario primero es levantarse de la mesa y abandonar la partida, reconquistar nuestro tiempo de ocio.

Entretanto, la cultura de masas sometida, gracias a su capacidad para generar conflictos, ya sean de índole social, cultural o ideológica, es arrinconada (en ocasiones denostada y criminalizada) por los grandes medios, que se centrarán en promover la hegemonía de esa cultura de masas que enarbola lo cutre, lo acrítico y lo inocuo por bandera.

Movimientos contraculturales y la función del intelectual

Para reforzar nuestra tesis, añadiremos que, y ateniéndonos a la historia reciente, cualquier movimiento de carácter social que se haya dado en una sociedad industrialmente avanzada, se genera cuando la cultura de masas sometida se convierte en dominante. Cuando la cultura de masas tradicionalmente sometida pasa a ocupar una posición hegemónica, el conflicto está servido, el modelo establecido se tambalea y en la mayoría de las ocasiones los valores cambian. El jazz, el movimiento punk en Inglaterra, los hippies en Estados Unidos, la Nouvelle Vage y los Beatnicks o recientemente el hip hop en EEUU en los años 90, son claros ejemplos de cómo la cultura de masas consigue lo que jamás consiguieron decenas de teóricos vinculados a la tradición marxista o neo marxista: cuestionar el orden y la moral del sistema vigente. Si dichas teorías tienen como fin último la transformación de la sociedad, no pueden dar la espalda a lo que ocurre en las calles. Toda transformación social pasa por la movilización del mayor número posible de individuos, visto el poder de la cultura de masas, se trata de identificar y estudiar las teclas adecuadas que hacen saltar la chispa. La estrategia es canalizar ese poder con la meta ulterior de cuestionar la estructura de poder jerarquizada moderna. Se trata de alguna manera de paliar la histórica falla que sufre la intelectualidad o el mundo teórico de discurso netamente anticapitalista: el evidente alejamiento de las clases populares. Encontramos nobles excepciones. Los estudios culturales en Inglaterra a finales de los años sesenta, la corriente de investigación vinculada a la Escuela de Birmingham, nos demostraron que el oficio desempeñado, la edad, el género o la identidad étnica, influyen de manera tajante en las relaciones con la cultura. Que los estilos de vida alternativos de la juventud pueden ser formas de resistencia. Que la cuestión de una democracia de trabajadores frente a una aristocracia de personas cultas puede introducirse en el debate sin complejos. Que es imposible abstraer la cultura de las relaciones de poder y las estrategias de cambio social. Lo de Williams, Hoggart, Hall y otros autores es puro trabajo de campo, muchos de ellos (de origen humilde) desempeñan docencia en centros de formación para adultos en castigados barrios de tinte decididamente obrero. Pondrán de manifiesto que la cotidianeidad de la working class puede generar en determinadas circunstancias, poderosas armas de resistencia frente al modelo cultural e ideológico dominante. La búsqueda de la tan manida «evasión» de las clases populares, puede convertirse en el principio impreciso de numerosas prácticas culturales de resistencia. Acudimos inevitablemente a Gramsci y sus reflexiones en torno al papel que deben desempeñar los intelectuales respecto a la clases trabajadoras, sobre la desigual capacidad para generar líderes y portavoces que defiendan sus intereses y posiciones respecto de la elite dominante, tradicionalmente asentada en los círculos culturales y académicos.

Paulo Freire desde Brasil y su pedagogía de los oprimidos también explicará cómo desde el ámbito académico se puede teorizar bajo el prismadel escalafón más bajo de la pirámide social. En nuestro país, iniciativas del calado de Educación para la ciudadanía. Capitalismo democracia y ciudadanía[4], son el vivo ejemplo de cómo el académico, el intelectual, se debe al pueblo llano.La cultura debe ser un medio, no un fin en sí mismo. Un medio para la emancipación del individuo, para la ruptura con la falsa conciencia que lo deshumaniza. La cultura no puede convertirse, en ningún caso, en un mero objeto de debate académico, en el peor de los casos, desligado completamente de las relaciones de poder y por tanto, de la parte más numerosa de la sociedad que sufre dichas relaciones totalizantes: el proletariado que dirían los modernos, o los espectadores o consumidores que dirían los postmodernos o los neo marxistas, el término me importa tanto como el coma irreversible de Ariel Sharon.

Adorno afirmaba en su ensayo Dialéctica de la ilustración, en el bello pero decadente y derrotista capítulo en el que formuló el concepto Industria Cultural, que «divertirse significa estar de acuerdo», dando a entender que la evasión y el ocio no hacen sino perpetuar el orden dominante. Pero la frase es tramposa, estar de acuerdo (sobre todo un número importante de individuos) puede convertirse en un modo de resistencia, de hecho ésta siempre se genera cuando un determinado grupo de personas coinciden, el cómo se consigue ese consenso es lo verdaderamente fundamental, puede llegar gracias a un nuevo movimiento contracultural o gracias a las fiestas populares de determinado barrio. Estar de acuerdo, ¿respecto a qué? Los cientos de alumnos (y alumnas) que tomaron su aula por asalto para llamarle reaccionario en el mayo francés, es evidente que estaban de acuerdo, al menos en ocupar su clase y enseñarle las tetas. Y sus defensores señalarán que el desenlace del mayo dio la razón al filósofo alemán, no nos engañemos, sólo parcialmente. Es bajo una perspectiva netamente culturalista (y por tanto insuficiente) cuando se puede afirmar que la cultura de masas (sometida) no sirve para cuestionar el orden vigente, yo no he dicho lo contrario, mi posición es que esa cultura de masas puede ser el ariete, la punta de lanza que abra el camino, pero cuando llega a ese punto de desarrollo yde penetración en parte de la población no puede dar más de sí, no podemos esperar más de ella. Posteriormente, es el tejido industrial, el asalariado y no el estudiante, la economía y no la cultura, el líder político o sindical y no el académico, los que consiguen invertir la propiedad de los medios de producción, una transformación social no se puede realizar desde las aulas, desde el teatro o desde un museo. Desde el mundo de la cultura se puede prender la chispa, abrir fisuras, despejar la maleza del sendero a la emancipación y el mayo francés es el ejemplo paradigmático: los estudiantes prenden la chispa, movilizan a 10 millones de obreros que se declaran en huelga general indefinida, las condiciones subjetivas han sido forzadas a un ritmo acelerado. Entonces llega el partido comunista, el mismo que debe abogar por ese elemento temerario y casi suicida como es colocarse en la vanguardia de dichas movilizaciones, y se orina en los pantalones, negocia cuatro migajas y sus diputados continúan en las cómodas poltronas del parlamentarismo burgués (por poco tiempo: esta traición a la clase obrera la pagaron con la misma sangría de votos que Carrrillo sufrió por renunciar a la tricolor y al marxismo-leninismo en 1977). Lo más punzante es que luego muchos, vuelven a desviar la explicación al campo cultural para argumentar por qué el sueño se ha venido abajo, y como necios y cobardes que son, culpan a las masas tildándolas de atrasadas, de inmaduras y lo que es peor, de incultas y no preparadas para la transformación social, el ejercicio de cinismo es excelso. Es entonces cuando sólo nos queda parafrasear a Zizek para recordar aquello de: ¡es la economía, estúpidos!

Notas
[1] Apocalípticos e integrados Umberto Eco Fábula Tusquets Editores
[2] El ejemplo no podría ser más adecuado, ambos provienen de familias muy humildes. Gramsci elabora un conocimiento vinculado a la alta cultura pero contrario a la perspectiva dominante. Por su parte Ken Loach cuestiona también el orden establecido desde el mundo del cine, pura cultura de masas.
[3] O alabando las ventajas del modelo neo liberal europeo y su ejemplar constitución, como hizo el señor Habermas en su discurso tras recoger el Príncipe de Asturias, con mención al terrorismo internacional y todo, Marcuse debió retorcerse en su tumba.
[4] Pedro Fernández Liria, Luis Alegre Zahonero, Miguel Brieva y Carlos Fernández Liria. Educación para la ciudadanía. Capitalismo, democracia y ciudadanía, Editorial Akal