3/6/10

Crónica de una tragedia anunciada


Guillermo Romero [El Salvador] “Encuentros y formas”

Boaventura de Sousa Santos / Rebelión

La tragedia griega de la Antigüedad clásica se ha distinguido por ser portadora de preguntas universales. Las preguntas ya habían sido planteadas con anterioridad en otros lugares y por otras culturas, pero se volvieron universales al servir de base a la cultura europea. La tragedia griega actual no escapa a la regla. Identifiquemos las principales cuestiones y lecciones que podemos aprender de ella.

Los castillos neofeudales: de Disneylandia a Eurolandia

Todo lo que ha sucedido en los últimos meses en el sur de Europa ocurrió antes en muchos países del Sur global, pero como sucedió en “el resto del mundo” se vio como un mal necesario impuesto globalmente para corregir errores locales y promover el enriquecimiento general del mundo. La existencia de un doble rasero para los mismos errores —la deuda externa de Estados Unidos excede el valor total de la deuda de los países europeos, africanos y asiáticos; comparado con los fraudes cometidos por Wall Street, el fraude griego es un truco mal hecho por falta de práctica— ha pasado inadvertida y lo mismo ha ocurrido con las estrategias y decisiones de actores muy poderosos con vistas a obtener un resultado bien identificado: el empobrecimiento general de los habitantes del planeta y el enriquecimiento de unos pocos señores neofeudales empeñados en librarse de dos obstáculos que el siglo pasado puso en su delirante camino: los movimientos sociales y el Estado democrático —la eliminación del tercer obstáculo, el comunismo, se la pusieron en bandeja los voceros del "fin de la Historia"—. La tragedia griega ha revelado todo esto.

Estos días se habla con detalle —con nombres y apellidos, hora y dirección en Manhattan— sobre una reunión de directores de fondos de inversión especulativos de alto riesgo (hedge funds) en la que se tomó la decisión de atacar el euro a través de su eslabón más débil, Grecia. Algunos días después, el 26 de febrero de 2010, el Wall Street Journal informaba del ataque en preparación. En la reunión participaron, entre otros, el representante del banco Goldman Sachs, que había sido el que facilitó el sobreendeudamiento de Grecia y su disfraz, y el representante del especulador más exitoso y menos sancionado de la historia de la humanidad, George Soros, que en 1988 dirigió el ataque sobre la Société Générale y en 1992 planeó el hundimiento de la libra esterlina, ganando en un solo día 1.000 millones de dólares. La idea del mercado como un ser vivo que reacciona y actúa racionalmente ha dejado de ser una contradicción para pasar a ser un mito: el mercado financiero es el castillo de los señores neofeudales.

Lo que las informaciones raramente mencionan es que los inversores institucionales reunidos en Manhattan una noche de febrero sentían que estaban cumpliendo una misión patriótica: liquidar la pretensión del euro de rivalizar con el dólar como moneda internacional. Estados Unidos es hoy un país insostenible sin la prerrogativa del dólar. Si los países emergentes, los países con recursos naturales y productores de commodities —que el capital financiero hace mucho que identificó con el nuevo El Dorado— cayeran en la tentación de poner sus reservas en euros —como lo intentó Saddam Hussein, por lo que tuvo que pagar un precio muy alto—, el dólar correría el riesgo de dejar de ser el saqueo institucionalizado de las reservas mundiales y el privilegio extraordinario de imprimir billetes de dólar de poco valdría a Estados Unidos. La operación se ejecutó con peso y medida: a Estados Unidos le interesa un euro estable, siempre que esta estabilidad esté bajo la tutela del dólar. Esto es lo que está en curso y ésta es la misión del Fondo Monetario Internacional (FMI). Tal y como sucedió en el pasado, el poder financiero es lo último a perder por el poder hegemónico en el sistema mundial. En la larga transición, “los intereses convergentes" están principalmente en los países emergentes —en este caso China, India y Brasil— y no en el rival más directo, el capitalismo europeo. Todo esto quedó patente en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático celebrada el pasado mes de diciembre en Copenhague.

La falta que hace el comunismo

Los economistas latinoamericanos Óscar Ugarteche y Alberto Acosta [1] describen cómo, el 27 de febrero de 1953, fue acordada por los acreedores la regularización de la inmensa deuda externa de la entonces República Federal Alemana. Este país obtuvo una reducción de entre el 50% y el 75% de la deuda derivada, directa o indirectamente, de las dos guerras mundiales; las tasas de interés se redujeron drásticamente hasta entre el 0 y el 5%; se amplió el plazo para los pagos; el cálculo del servicio de la deuda se estableció en función de la capacidad de pago de la economía alemana y, por tanto, vinculándolo al proceso de reconstrucción del país. La definición de esta capacidad se encargó al banquero alemán Hermann Abs, que encabezó la delegación alemana en las negociaciones. Se creó un sistema de arbitraje que nunca se utilizó, dadas las condiciones ventajosas ofrecidas al deudor.

Este acuerdo tuvo muchas justificaciones. Sin embargo, la menos comentada fue la necesidad de, en plena Guerra Fría, llevar el éxito del capitalismo hasta muy cerca del Telón de Acero. El mercado financiero tenía entonces, como ahora, motivaciones políticas, sólo que las de entonces eran muy diferentes a las de hoy. La diferencia se explica en buena parte por el hecho de que la democracia liberal se ha convertido en la bebida energética del capitalismo, que en apariencia lo vuelve invencible — sólo no lo defiende de sí mismo, como ya profetizó Schumpeter — . Angela Merkel nacería un año después y sólo después de 1989 conocería de primera mano el mundo de este lado del Telón. Nació políticamente bebiendo esa bebida energética, hecho que, junto con la ignorancia militante de la historia que el capitalismo impone a los políticos, transforma su falta de solidaridad con el proyecto europeo en un acto de coraje político. Sesenta años después de la "Declaración de Interdependencia" de Robert Schuman y Jean Monet, la guerra sigue siendo "impensable y materialmente imposible". Sin embargo, parafraseando a Clausewitz, cabe preguntarse si la guerra no ha vuelto por otros medios.

El Estado como imaginación del Estado

Vengo sosteniendo que la moderna regulación moderna occidental se basa en tres pilares: el principio del mercado, el principio del Estado y el principio de la comunidad [2]. Estos principios, sobre todo los dos primeros, han alternado históricamente su protagonismo en la definición de la lógica de la regulación social. Convencionalmente, se ha entendido que la regulación social del periodo de posguerra hasta 1980 estuvo dominada por el principio del Estado y que desde entonces pasó a dominar el principio del mercado, más conocido como neoliberalismo. Muchos vieron en la crisis del subprime y la debacle financiera de 2008 el regreso del principio del Estado y el consecuente fin del neoliberalismo. Esta conclusión fue precipitada. Debería haber servido como señal de alerta la rapidez con la que los mismos actores que durante la noche neoliberal consideraron el Estado como el "gran problema", pasaron a considerarlo como la "gran solución". La verdad es que, en los últimos treinta años, el principio del mercado ha colonizado de tal manera el principio del Estado que éste ha pasado a funcionar como un sucedáneo del mercado. Por esta razón, el Estado que era el problema era muy diferente del Estado que llegó a ser la solución. La diferencia pasó inadvertida porque sólo el Estado sabe imaginarse como Estado independientemente de lo que hace en cuanto Estado. El síntoma más evidente de esta colonización ha sido la adopción de la doctrina neoliberal por parte de la izquierda europea y mundial, que la ha dejado desarmada y carente de alternativas al estallar la crisis. De aquí el triunfo de la derecha sobre las ruinas de la devastación social que ha creado. De aquí que los gobiernos socialistas de Grecia, Portugal y España consideren más natural reducir los salarios y las pensiones que gravar los impuestos a los beneficios financieros o eliminar los paraísos fiscales. De aquí, por último, que la Unión Europea ofrezca el mayor rescate del capital financiero de la historia moderna sin imponer la estricta regulación del sistema financiero.

El fascismo dentro de la democracia

Durante los años veinte del siglo pasado, tras una larga estancia en Italia, José Carlos Mariátegui, el gran intelectual y líder marxista peruano, consideraba que la Europa de aquella época se caracteriza por la aparición de dos violentas negaciones de la democracia liberal: el comunismo y el fascismo [3]. Cada una a su manera, trataría de destruir la democracia liberal. Después de un siglo, podemos decir que, en nuestro tiempo, las dos negaciones de la democracia liberal — que hoy podríamos llamar socialismo y fascismo — no se enfrentan a la democracia desde el exterior, sino que la enfrentan desde su interior. Las fuerzas socialistas son hoy particularmente visibles en América Latina. Se afirman como revoluciones de nuevo tipo: la revolución bolivariana (Venezuela), la revolución ciudadana (Ecuador) y la revolución comunitaria (Bolivia). Lo común a todas ellas es el hecho de haber emergido de procesos electorales propios de la democracia liberal. En vez de negar la democracia liberal, la enriquecen con otras formas de la democracia: la democracia participativa y la democracia comunitaria. Si consideramos la democracia liberal como un dispositivo político hegemónico, las luchas socialistas de hoy configuran un uso contrahegemónico de un instrumento hegemónico.

A su vez, las fuerzas fascistas actúan globalmente para mostrar que sólo es viable una democracia de muy baja intensidad — sin capacidad de redistribución social — , confinada a la alternativa: ser irrelevante — no afectar a los intereses dominantes — o ser ingobernable. En vez de promover el fascismo político, promueven el fascismo social. No se trata del regreso al fascismo del siglo pasado. No es un régimen político, sino un régimen social. En vez de sacrificar la democracia a las exigencias del capitalismo, el fascismo social promueve una versión empobrecida de la democracia que vuelve innecesario, e incluso inconveniente, el sacrificio. Se trata, por tanto, de un fascismo pluralista y, en virtud de ello, de una forma de fascismo que nunca ha existido. El fascismo social es una forma de sociabilidad en la que las relaciones de poder son tan desiguales que la parte más poderosa adquiere el derecho de veto sobre las condiciones de sostenibilidad de vida de la parte más débil. Quien está sujeto al fascismo social no vive en la sociedad civil; vive realmente en un nuevo estado de la naturaleza, la sociedad civil incivil.

Una de las formas de sociabilidad fascista es el fascismo financiero, hoy en día quizás la más virulenta. Es el que impera en los mercados financieros de valores y divisas, la especulación financiera global. Es todo un conjunto que hoy se designa como “economía de casino”. Esta forma de fascismo social es la más pluralista en la medida que los movimientos financieros son el producto de decisiones de inversores individuales o institucionales esparcidos por todo el mundo y, además, sin nada en común fuera de su deseo de rentabilizar sus activos. Por ser el más pluralista es también el más agresivo debido a que su espacio-tiempo es el más refractario a cualquier intervención democrática. Significativa fue, a este respecto, la respuesta del agente de bolsa de valores cuando le preguntaron qué era para él el largo plazo: “Para mí, largo plazo son los próximos diez minutos". Este espacio-tiempo virtualmente instantáneo y global, combinado con la lógica del beneficio especulativo que lo apoya, le otorga un inmenso poder discrecional al capital financiero, prácticamente incontrolable a pesar de ser lo suficientemente poderoso como para sacudir, en cuestión de segundos, la economía real o la estabilidad política de cualquier país. La virulencia del fascismo financiero reside en que, al ser el más internacional, está sirviendo de modelo para las instituciones de regulación global cada vez más importantes, que ahora comienzan a ser conocidas por el gran público. Entre ellas, las agencias de calificación —incluso después del descrédito que sufrieron durante la crisis de 2008—, las empresas internacionalmente acreditadas para evaluar la situación financiera de los Estados y los consecuentes riesgos y oportunidades que ofrecen a los inversores internacionales. Las calificaciones concedidas son determinantes para las condiciones en que un país o empresa de un país puede acceder al crédito internacional. Cuanto más alta es la calificación, mejores son las condiciones.

Estas empresas tienen un poder extraordinario. Según el columnista del New York Times, Thomas Friedman, "el mundo posterior a la Guerra Fría tiene dos superpotencias: los Estados Unidos y la agencia Moody's". Friedman justifica su afirmación añadiendo que "si es verdad que los Estados Unidos pueden aniquilar a un enemigo utilizando su arsenal militar, la agencia de calificación financiera Moody's tiene el poder de estrangular financieramente a un país, atribuyéndole una mala calificación En un momento en que los deudores públicos y privados entran en una batalla mundial para atraer capitales, una mala calificación podría significar el colapso financiero del país. Los criterios adoptados por las agencias de calificación son en gran medida arbitrarios, refuerzan las desigualdades en el sistema mundial y llevan a efectos perversos: el mero rumor de una próxima descalificación puede provocar una enorme convulsión en el mercado de valores de un país. El poder discrecional de estas agencias es aún mayor en tanto que les asiste la prerrogativa de atribuir calificaciones no solicitadas por los países o deudores en cuestión. El hecho de ser también un poder corrupto — las agencias están pagadas por los bancos que evalúan y actúan sobre la especulación financiera, teniendo, por tanto, intereses particulares en las calificaciones que hacen — no ha merecido hasta ahora ninguna atención. La virulencia del fascismo financiero reside en su potencial de destrucción, en su capacidad para lanzar al abismo de la exclusión a países pobres enteros. Cuando el presupuesto del Estado queda expuesto a la especulación financiera — como sucede hoy en los países del sur de Europa —, las reglas del juego democrático que éste refleja se vuelven irrelevantes, la estabilidad de expectativas que estas reglas promueven se desvanecen en el aire.

Todo lo sólido se desvanece en el aire

Es bien conocida la manera en la que Manifiesto Comunista de 1848 describe la revolución incesante de los instrumentos de producción de la burguesía: "Todo lo estamental y estable se evapora; todo lo sagrado es profanado y los hombres, al fin, se ven forzados a contemplar con ojos desapasionados su posición frente a la vida, sus relaciones mutuas". Cuando la usurpación de la política por parte de una "econopolícia" salvaje alcanza los lugares sagrados de la democracia, los derechos humanos, el contrato social y el primado del derecho, que hasta hace poco servían de santuario de peregrinación para personas y pueblos de todo el mundo, la perturbación y el desasosiego son los restos de la solidez. La gran incógnita es la de saber hasta qué punto el empobrecimiento del mundo y la democracia producido por el casino financiero seguirá ocurriendo en el contexto del marco formal democrático, incluso de baja intensidad. ¿Es posible olvidar a Mariátegui?

Notas
[1] Ugarteche, Óscar y Acosta, Alberto, Repensando una propuesta global para un problema global. Disponible en: < http://alainet.org/active/38038 > y < http://www.erlassjahr.de/themen/schiedsverfahren-ftap/veroeffentlichungen/tiads.html > [consultados el 11 de mayo de 2010].
[2] Santos, Boaventura de Sousa, Vers un nouveau sens commun juridique: Droit, science et politique dans la transition paradigmatique. Paris: Librairie Général de Droit et Jurisprudence, 2004.[3] Mariátegui, José Carlos, Ensayos escogidos. Lima: Editorial Universo, 1925.


Boaventura de Sousa Santos es sociólogo y profesor catedrático de la Facultad de Economía de la Universidad de Coimbra (Portugal). Distinguished Legal Scholar de la Universidad de Wisconsin-Madison y Global Legal Scholar de la Universidad de Warwick.

¿Llegó la hora de poner fin a la globalización?


Keith Mallet [EEUU] Sisters of the sun

Walden Bello / SinPermiso

El actual desplome global, el peor desde la Gran Depresión de hace 70 años, vino a remachar el último clavo en el ataúd de la globalización. Ya asediada por unos hechos que mostraban el incremento de la pobreza y de la desigualdad cuando los países más pobres experimentaron poco o ningún crecimiento económico, la globalización se ha visto terminalmente desacreditada en los dos últimos años, cuando el proceso, anunciado a bombo y platillo, de la interdependencia financiera y comercial invirtió su marcha para convertirse en correa de transmisión, no de prosperidad, sino de crisis y colapso económicos.

Fin de una era

En sus respuestas a la actual crisis económica, los gobiernos hablan con la boca pequeña de coordinación global, pero impulsan programas separados de estímulo económico para revitalizar sus mercados nacionales. Al hacerlo, los gobiernos pospusieron el crecimiento orientado a la exportación, motor principal de tantas economías, aun rindiendo el tributo de rigor a la promoción de la liberalización comercial como medio de contrarrestar el desplome global concluyendo la Ronda Doha de negociaciones comerciales bajo los auspicios de la Organización Mundial de Comercio.

Se reconoce cada vez más que no hay posibilidad de regresar a un mundo centralmente dependiente del gasto ilimitado de los consumidores norteamericanos, puesto que éstos se hallan en la bancarrota y nadie se apresta a ocupar su lugar.

Además, ya sea mediante acuerdos internacionales o unilateralmente ejecutadas por gobiernos nacionales, es lo más seguro que se imponga un rimero de restricciones al capital financiero, la desembridad movilidad del cual ha sido el percutor de la presente crisis.

Sin embargo, el discurso intelectual todavía no ha mostrado demasiados signos de ruptura con la ortodoxia. El neoliberalismo, con su énfasis en el libre comercio, la primacía de la empresa privada y un papel minimalista del Estado, sigue siendo la lengua franca de los fabricantes de políticas.

Los críticos del fundamentalismo de mercado que pertenecen al establishment, incluidas luminarias como los Premios Nobel Joseph Stigitz y Paul Krugman, se han enmarañado en interminables debates sobre el grado de duración que deben tener los programas de estímulos y sobre si el Estado debería mantener su presencia intervencionista en la industria automotriz y en el sector financiero, o, si, una vez lograda la estabilización, debería devolver las compañías y los bancos al sector privado. Además, algunos, como el propio Stiglitz, siguen creyendo en lo que lo que ellos perciben como beneficios económicos de la globalización, a condición de mitigar sus costes sociales.

Pero las tendencias en curso están desbordando a toda velocidad tanto a los ideólogos de la globalización neoliberal como a muchos de sus críticos, y desarrollos impensables hace unos pocos años van cobrando vida. "La integración de la economía mundial se halla en práctico retroceso por doquiera", escribe The Economist. Aunque la revista observa que las corporaciones empresariales siguen creyendo en la eficacia de las cadenas de oferta global, "como cualquier cadena, éstas son tan fuertes como su eslabón más débil. El momento peligroso llegará cuando las empresas decidan que este modo de organizar la producción ha llegado a su fin".

La "desglobalización", un término que The Economist me atribuye, es un desarrollo que la revista, el primer bastión mundial de la ideología del libre mercado, contempla como negativo. Sin embargo, yo creo que la desglobalización es una oportunidad. En efecto, mis colegas de Focus on the Global South y yo fuimos los primeros en proponer la desglobalización como un paradigma general para reemplazar a la globalización neoliberal. Y lo hicimos hace una década, cuando las tensiones, las presiones y las contradicciones que ésta ha traído consigo se hicieron dolorosamente evidentes.

Elaborado como una alternativa sobre todo para los países en desarrollo, el paradigma de la desglobalización no deja de ser pertinente para las economías capitalistas centrales.

Los 11 pilares de la alternativa

El paradigma de la desglobalización tiene 11 puntos clave:

1. La producción para el mercado interior tiene que volver a ser el centro de gravedad de la economía, antes que la producción para los mercados de exportación.

2. El principio de subsidiariedad debería respetarse como un tesoro en la vida económica promoviendo la producción de bienes a escala comunitaria y a escala nacional, si ello puede hacerse a coste razonable, a fin de preservar la comunidad.

3. La política comercial –es decir, cupos y aranceles— tiene que servir para proteger a la economía local de la destrucción inducida por mercancías subsidiadas por grandes las corporaciones con precios artificialmente bajos.

4. La política industrial –incluidos subsidios, aranceles y comercio— tendría que servir para revitalizar y robustecer al sector manufacturero.

5. Unas medidas, inveteradamente pospuestas, de redistribución equitativa del ingreso y de redistribución de la tierra (incluida una reforma del suelo urbano) podrían crear un mercado interno vigoroso que serviría de ancla de la economía y generaría los recursos financieros locales para la inversión.

6. Restar importancia al crecimiento, dar importancia a la mejora de la calidad de vida y maximizar la equidad reducirá el desequilibrio medioambiental.

7. Hay que propiciar el desarrollo y la difusión de tecnología que se compadezca bien con el medio ambiente, tanto en la agricultura como en la industria.

8. Las decisiones económicas estratégicas no pueden abandonarse ni al mercado ni a los tecnócratas. En cambio, hay que aumentar el radio de alcance de la toma democrática de decisiones en la vida económica, hasta que todas las cuestiones vitales (como qué industrias desarrollar o condenar, qué proporción del presupuesto público hay que dedicar a la agricultura, etc.) estén sujetas a la discusión y a la elección democráticas.

9. La sociedad civil tiene que controlar y supervisar constantemente al sector privado y al Estado, un proceso que debería institucionalizarse.

10. El complejo institucional de la propiedad debería transformarse en una "economía mixta" que incluyera cooperativas comunitarias, empresas privadas y empresas estatales y excluyera a las corporaciones transnacionales.

11. Las instituciones globales centralizadas, como el FMI y el Banco Mundial, deberían ser substituidas por instituciones regionales fundadas, no en el libre comercio y la libre movilidad de capitales, sino en principios de cooperación que, para usar las palabras de Hugo Chávez en su descripción de la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), "transcienda la lógica del capitalismo".

Del culto a la eficiencia a la economía eficaz

El propósito del paradigma de la desglobalización es superar la economía de la eficiencia estrecha, cuyo único criterio clave es la reducción del coste por unidad, por no hablar de la desestabilización social y ecológica que el proceso inducido por el respecto supersticioso de ese criterio trae consigo. Es superar un sistema de cálculo económico que, por decirlo con palabras de John Maynard Keynes, "convierte todo el comportamiento vital … en una suerte de paradójica pesadilla de contables". Una economía eficaz, en cambio, robustece la solidaridad social subordinando las operaciones del mercado a los valores de equidad, justicia y comunidad y ensanchando la esfera del proceso de toma democrática de decisiones. Para servirnos del lenguaje del gran pensador húngaro Karl Polanyi en su libro La gran transformación, la desglobalización monta tanto como "reincrustar" la economía en la sociedad, en vez de dejar a la sociedad abandonada al control de la economía.

El paradigma de la desglobalización sostiene también que un modelo extremistamente unidimensional, como el neoliberalismo o como el socialismo burocrático centralizado, es disfuncional y desestabilizador. En cambio, habría que esperar e incentivar la diversidad, como en la naturaleza. La teoría económica alternativa tiene principios compartidos, y esos principios han aparecido ya substancialmente en la lucha contra y en la reflexión crítica sobre el fracaso del capitalismo y del socialismo centralizado.

Sin embargo, la articulación concreta de esos principios –los más importantes de los cuales acaban de ser mencionados— dependerá de los valores, de los ritmos y de las elecciones estratégicas de cada sociedad.


El pedigrí de la desglobalización


Aunque pueda sonar radical, lo cierto es que la desglobalización no es ninguna novedad. Su pedigrí incluye los escritos del eminente economista británico Keynes, quien, en el momento culminante de la Gran Depresión, se avilantó a dejar esto dicho: "No deseamos… estar a merced de fuerzas mundiales que generan, o tratan de generar, algún equilibrio uniforme, de acuerdo con principios de capitalismo de laissez faire". En efecto, proseguía, para "un abanico crecientemente extendido de productos industriales, y tal vez también agrícolas, se me ha hecho dudoso que el coste económico de la autosuficiencia sea lo bastante grande como para contrarrestar las otras ventajas dimanantes de reunir gradualmente al productor y al consumidor en el ámbito de la misma organización nacional, económica y financiera. Se acumula la experiencia probatoria de que el grueso de los procesos de la moderna producción en masa pueden ejecutarse en la mayoría de los países y en la mayoría de los climas con una eficiencia prácticamente idéntica".


Y con palabras que suenan muy contemporáneas, concluía Keynes: "Yo simpatizo… más con quienes querrían minimizar que con quienes querrían maximizar la urdimbre de imbricación económica entre las naciones. Las ideas, el saber, el arte, la hospitalidad, los viajes; todas esas cosas deberían, por su propia naturaleza, ser internacionales. Pero dejemos que los bienes se hagan en casa cuando ello sea razonable y convenientemente posible; y sobre todo, dejemos que las finanzas sean prioritariamente nacionales."

Walden Bello, profesor de ciencias políticas y sociales en la Universidad de Filipinas (Manila), es miembro del Transnational Institute de Amsterdam y presidente de Freedom from Debt Coalition, así como analista sénior en Focus on the Global South.