28/5/10

Italia: En las raíces de la decadencia

Rossana Rossanda

Rossana Rossanda

Sobre Italia se extiende un río de fango, escribe Asor Rosa. Lo repite Albero Burgio. Está recién publicado por la editorial Bollati Boringhieri el libro de Franco Cordero El caldo de las Once –el que le era servido al condenado antes de ahorcarlo—, donde el más erudito e iracundo de nuestros juristas nos pinta, tras de un primer capítulo sobre las fechorías de otro tiempo, la Italia de Berlusconi

¿Por qué esta masa apestosa se propaga ahora? Y ¿a qué cabe achacarla? ¿Únicamente a Berlusconi? Sus intereses, pensamientos y modales –entre sus defectos no está la hipocresía, sino, al contrario, la insistencia inoportuna— eran notorios para los italianos que lo han votado en tres ocasiones, y cada vez durante mandatos más largos. Habían sido bastante más cautos con respecto a Bettino Craxi, que era el amigo de Berlusconi y el hombre al que Enrico Berlinguer le echó en cara el problema moral.

¿Existe en Italia quizá una inclinación a corromperse y a ser corrompido, debida a los siglos de sometimiento bajo el dominio extranjero o a prepotentes señores locales, con la excepción del luminoso intervalo del periodo municipal? Pero incluso en Dante halló malversadores en su Infierno, y Petrarca se sentaba, melancólico, a orillas del Arno observando las plagas mortales de la Italia de su tiempo. Se puede decir que parece ser algo fatal la adherencia al poder de una dosis de inmoralidad. No existe país alguno, por otro lado, en donde los escándalos no se produzcan , y estamos apenas al comienzo -mejor dicho, estamos ya dentro- de una tempestad mundial de delitos financieros, a lo que parece, bastante difícil de castigar y de prevenir, y por sumas tan asombrosas, que los cinco mil euros públicos que el ex alcalde de Bolonia hizo que le fuesen librados a la mujer de su corazón, para no hablar de los mil o dos mil a los invitados de Berlusconi, parecen una simple propinilla. Y sin embargo, no se puede decir que la principal característica de los EEUU de Madoff sea la malversación por doquier acompañada del escarnio contra la magistratura y los cambios en la ley para favorecer al presidente. Por el contrario, entre nosotros, sí. Hablar de Italia significa hablar de esto, tanto, que en el extranjero se ha convertido en signo de fair play no mencionarlo. Hemos desaparecido de la escena internacional

¿Cómo hemos venido a parar en esto? Ya habíamos inventado el fascismo apenas acabada la unificación nacional, pero incluso después del duro despertar de la guerra y de una resistencia que quiso limpiar el país y se dio una de las mejores constituciones europeas, no faltaron las porquerías . Para no hablar de la Mafia y de la Camorra, percibidas como un mal genético, la inmoralidad privada/pública estuvo siempre asediándonos, desde Lauro, que compraba votos con paquetes de pasta, hasta otros ejemplos que no podrían ser considerados meros casos de inmoralidad local. No lo fueron ciertamente las fechorías de la Federconsorzi de Bonomi, las oscuridades de la Casa del Mezzogiorno, el escándalo de Lockheed (exactamente, ¿quién habrá sido Antílope Cobbler?) por citar los primeros que se me vienen a la mente, y por no hablar de Gladio y de los servicios secretos, perpetuamente desviados de su cometido. Todo esto pesaba sobre los hombros de la Democracia Cristiana, el partido convertido en Estado, pero –como dijo Aldo Moro en el parlamento sin que temblasen los escaños— la Democracia Cristiana no se procesa. Y en efecto, no supieron entender su memorial, no solo las Brigadas Rojas conducidas a la porpia ruina por su secuestro y asesinato, sino tampoco las dos cámaras de la Comisión de investigación. ¿Distraídos? ¿Cómplices?

No lo creo. En tiempos más serios, el PCI y el primer PSI invitaban a no confundir la clase dominante con los pinches de cocina, y a distinguir las distintas responsabilidades y culpas de una y otros, haciendo salir a luz en las Cámaras y en los consejos municipales, tal como sucedió en el caso de Roma, los escándalos, y haciendo aprobar, prescindiendo de los números de mayoría y oposición, las únicas reformas que tuvo el país. No se identificó nunca a Italia ni a la detestada Democracia Cristiana con sus, gordos, episodios de inmoralidad

Durante los años 70 la escena política cambió. El PCI persiguió inútilmente un acuerdo “histórico” con la DC, desarmando y dividiendo a la oposición institucional y desorientando las listas de izquierda. Con la muerte de Aldo Moro, a quien la DC no trató de salvar tal como él pedía y ella hubiera hecho de ser otro el que hubiera estado en su lugar, el partido democristiano quedó sumido en la mayor confusión, mientras que Berlinguer echaba en falta al único interlocutor que resultaba haber tenido, lo cual convertía en completamente vana la estrategia que había perseguido. De golpe, en el 79 cambiaba la línea, obstaculizado por un grupo dirigente y por cuadros locales que estaban, por el contrario, a la búsqueda de “amplios acuerdos” cuyos únicos resultados fueron el desmesurado crecimiento de los costes de la clase política y el fin de la oposición parlamentaria y popular. Así una mayoría ya sin un verdadero jefe y una izquierda desnortada se enfrentaron, sin verla, a una ofensiva capitalista de escala mundial que emprendía un vuelco de tendencia, reorganizando brutalmente la propiedad y la organización del trabajo. En 1984 el referéndum sobre la escala móvil acarreaba, por primera vez desde 1948, una derrota de los trabajadores, y tres años después, las elecciones de 1987 esbozaban el resquebrajamiento de los equilibrios de la primera república. Dos años después, y sobre un PCI ya en dificultades, caía el hacha del 89, ante la cual Occheto ofrecía voluntariosamente el cuello; a Craxi y al gobierno DC- PSI, tangentópoli les daba el golpe de gracia

A varios años de distancia, se ve que bien pocos de los peces gordos imputados por Manos Limpias permanecieron en las redes de la justicia. Pero el impacto político, sumado a los procesos antes mencionados fue enorme porque la corrupción no dejó de crecer. Sobre un paisaje de partidos devastados por recíprocos tsunamis, aparecía en escena Berlusconi, símbolo del beneficio, de la empresa en estado puro, de la competencia sin escrúpulos que de golpe se presentaba como el único anclaje sólido con respecto a patrañas “ideológicas” tales como las clases, la explotación del trabajo, la perversidad de la especulación financiera e inmobiliaria, el primado del bien común o la necesidad de una ética pública…

Anclaje sólido y de manga ancha. Si su único precepto era producir al precio más bajo, hacer cesar cualquier mediación social para ser más generosos con el capital y los accionistas, vender a los ricos y obligar a los más pobres a comprar lo que no podían ya producir (¿qué otra cosa es, si no, el África?) especular a mansalva con el riesgo y con lo inexistente, ¿por qué demonizar cierta astucia, cierto modo de hacer la vista gorda, cierta mercantilización de la cosa pública? En el fondo, en los Estados Unidos, la compraventa de los miembros del Congreso y del Senado está legitimada por los lobbies, con los cuales está tratando Obama para lograr hacer pasar al menos un tercio de su proyecto de reforma sanitaria. Entre nosotros, el lobby más poderoso es una mayoría blindada mediante el voto de confianza, del cual nadie puede desembarazarse sin perecer. Las instituciones pierden por completo su naturaleza neutra en el caso de que la hayan tenido nunca, y todos dan por bueno que se privaticen funciones o bienes públicos. Si la ley se opone a ello, se cambia la ley. El parlamento podría ser cerrado también, tal como Berlusconi no ha dudado en decir, proponiendo que se sienten a votar solo los jefes de grupo parlamentario, en proporción con los electores que representan, y ni tan siquiera en esta ocasión las cámaras se alzaron aullando. Nuestro hombre tiene el nivel cultural de Sarah Palin y la falta de escrúpulos de Dick Cheney. Sólo que la mitad de los norteamericanos ha votado en contra de ambos, mientras que un poco más de la mitad de los italianos se pronuncia por él

Entre los años setenta y los ochenta están las raíces de la actual proliferación de esta mala hierba. Contra la cual se yergue sin vacilaciones tan solo un magistrado ambicioso, para el cual la sociedad entera se compone de y divide entre honrados y corruptos. Antes había propuesto esta filosofía a los industriales reunidos en Cernobbio; ahora hace fortuna entre el pueblo, más o menos violeta, de una ex izquierda o dimisionaria o hecha trizas. Y luego hay quien especula sutilmente sobre el origen de la antipolítica.

Rossana Rossanda, es una escritora y analista política italiana, cofundadora del cotidiano comunista italiano "Il Manifesto". Recientemente ha aparecido en España la versión castellana de sus muy recomendables memorias políticas: La ragazza del secolo scorso [La muchacha del siglo pasado, Editorial Foca, Madrid, 2008].

Antonio Gramsci un intelectual orgánico de carne y hueso



A propósito de "Vida de Antonio Gramsci", de Giussepe Fiori, Editorial Peón Negro, Buenos Aires, 2009


Hernán Ouviña


A mediados de 1928, durante su primer período de encierro y en un casi total aislamiento afectivo y político, Antonio Gramsci llegó a expresarle a su madre en una carta enviada desde la cárcel de San Vittore en Milán:

“Carissima mamma, no querría repetirte lo que ya frecuentemente te he escrito para tranquilizarte en cuanto a mis condiciones físicas y morales. Para estar tranquilo yo, querría que tú no te asustaras ni te turbaras demasiado, cualquiera que sea la condena que me pongan. Y que comprendas bien, incluso con el sentimiento, que yo soy un detenido político, que no tengo ni tendré nunca que avergonzarme de esta situación. Que, en el fondo, la detención y la condena las he querido yo mismo en cierto modo, porque nunca he querido abandonar mis opiniones, por las cuales estaría dispuesto a dar la vida, y no sólo a estar en la cárcel. Y que por eso mismo yo no puedo estar sino tranquilo y contento de mí mismo. Querida madre, querría abrazarte muy fuerte para que sintieras cuánto te quiero y cómo me gustaría consolarte de este disgusto que te doy; pero no podía hacer otra cosa. La vida es así, muy dura, los hijos tienen que dar de vez en cuando a sus madres grandes dolores si quieren conservar el honor y la dignidad de los hombres”

Lejos de toda victimización y de cualquier aprovechamiento personal o colectivo de la dramática situación que padecía, Gramsci seguía sintiéndose un militante comprometido. Es que toda su vida resultó ser la de un combatiente, en el sentido más amplio del término: combatir toda injusticia, desde ya, pero también cualquier tipo de dogmatismo, falta de autocrítica, modorra intelectual, desapego a la historia viva de cada sociedad o anquilosamiento del pensamiento; ese fue, sin duda, su faro utópico permanente. Un combatiente integro e integral, que odiaba a los indiferentes.

Pero a sabiendas de esta postura vital, lejos estaba de ser una persona exenta de contradicciones e impurezas. Nino era precisamente por esto mismo demasiado humano y no tenía despecho en explicitarlo en sus escritos y en cada uno de los gestos y vínculos familiares, políticos y de amistad que entablaba, como en aquella emotiva carta a su madre. De ahí que quizás valga la pena rescatar del olvido uno de esos tantos artículos de L’ Ordine nuovo, redactados de acuerdo a sus propias palabras para que mueran al día siguiente de ser publicados, pero que a pesar de ello escamotean hoy su supuesto carácter efímero, dejando traslucir esa profunda filosofía humanista que tanto lo caracterizaba.

Hombres de carne y hueso es un compasivo texto cuya hechura está signada por la trágica derrota de la ocupación de fábricas por parte de los trabajadores turineses durante el llamado bienio rojo. “Los obreros de la Fiat han retornado al trabajo. ¿Traición? ¿Negación de los ideales revolucionarios?”, se pregunta con fina ironía Gramsci. Nada de eso, responde. Han resistido durante un mes en medio de penurias y de un ambiente general de hostilidad, y al fin y al cabo “se trata de hombres comunes, hombres reales, sometidos a las mismas debilidades de todos los hombres comunes que se ven pasar en las calles, beber en las tabernas, conversar en medio de rumores en las plazas, que se cansan, que tienen hambre y frío, que se conmueven al sentir llorar a sus hijos y lamentarse agriamente a sus mujeres”.

Una lectura atenta de la recientemente editada biografía de Giussepe Fiori, Vida de Antonio Gramsci, ratifica esta virtud inherente del pensador sardo. En efecto, él encarnó como pocos esa figura del intelectual orgánico que supo teorizar durante su forzado encierro carcelario, sin dejar de ser un humano de carne y hueso, a imagen y semejanza de aquellos pares turineses para quienes escribía y con los que convivía a diario. Moviéndose como pez en el agua entre el sentir popular y la sabia reflexión teórica, supo combinar mágicamente el rol de “especialista y organizador”, dos cualidades que eran de acuerdo a Gramsci condición sine qua non para estar en presencia de un filósofo de la praxis cabal, alejado tanto del perfil del pedante intelectual académico recluido detrás de un escritorio, como del practicista revolucionario profesional, que cuenta con garganta y pulmones de sobra, pero carece de pensamiento crítico. Y es que para Nino ambos personajes, por si hiciera falta aclararlo, rascan donde no pica.

A contrapelo de estas tendencias, el suyo fue por sobre todo un marxismo humanista, viviente y creativo, algo que se evidencia por demás al adentrarnos en el relato enhebrado pacientemente por Fiori en su biografía. Sin embargo, su derrotero socialista no fue lineal ni evolutivo. Antes bien, habría que concebirlo en términos pendulares, fluctuando entre un mayor acercamiento a la “instrumentalidad” leninista (de 1921 a 1924) y a la prefiguración de nuevas prácticas políticas (de 1917 a 1920, y de 1926 a 1935), aunque este cambiante transitar nunca implique retornar al mismo punto, porque cierto es que el último Gramsci, el de los dispersos Cuadernos, carga con la experiencia y el frío balance de un doble descalabro (el producido por el fascismo y el stalinismo), y de eso no se vuelve, salvo que se pretenda replicar la tragedia como farsa.

De ahí que conocer desde cerca y en filigrana sus vivencias, proyectos, flaquezas y balbuceos de eterno aprendiz, resulte fundamental si queremos pasarle el cepillo a contrapelo a su filosofía de la praxis y no canonizarla como nuevo dogma. El libro de Giussepe Fiori, más allá las limitaciones ancladas en la época en la cual fue escrito, nos aleja del Gramsci heroico y sabelotodo, acercándonos a una figura más humana que no por ello pierde estatura histórica. Y si de alturas se trata, cabe tal vez rescatar del olvido aquella anécdota relatada por Nino en una de sus tantas comunicaciones epistolares, en la cual comenta a su familia con un dejo de sarcasmo lo que le ocurrió ni bien arribó a la cárcel de Turi y debió presentarse frente a sus colegas presos: “¡No es posible!”, exclamó con desconfianza uno de ellos a ese petizo deforme que mencionó su gracia. “El es un señor gigante, no un hombre tan pequeño”, le habría dicho el preso, mirándolo entre atónito y desilusionado. Algo similar había ocurrido ya durante uno de los interrogatorios a los que fue sometido antes de ser encarcelado. En aquel entonces, un brigadier de la escolta le preguntó si era “pariente del famoso diputado Gramsci”, confesándole luego que había imaginado su persona como “ciclópea”. Es que Gramsci era, una vez más, demasiado humano. ¿Cómo “il capo” de la clase obrera iba a medir un metro cincuenta, ser jorobado, autodidacta y para colmo provenir del atrasado sur de Italia?

E pur si muove, podría haber sido una sabia respuesta para aquellos desconfiados reclusos. No solo su maltratado físico, sino ese abultado cerebro (que al decir del fiscal fascista que contribuyó a su condena, se “debía impedir que pensara al menos por veinte años”) continuó en movimiento, inquieto y cargado de dinamismo. Fiori nos invita, también, a asomarnos por la indiscreta mirilla del presidio para espiar a un Gramsci que pule sus ideas y las plasma minuciosamente en provisionales notas, y que hasta en los peores momentos de encierro, sin bajar los brazos, no deja de ser de carne y hueso. Un rebelde común y corriente, como provocativamente lo denominarían los zapatistas del sur de México. O por qué no, para decirlo en palabras del Che: un revolucionario guiado por grandes sentimientos de amor.