6/12/10

Walter Benjamin: Los juguetes antiguos

Desde hace algunas semanas se puede ver en el Märkischen Museum [Museo de la Marca de Brandeburgo] de Berlín una exposición de juguetes. Ocupa solamente una sala de medianas dimensiones, de lo cual se infiere que no se trata de mostrar productos suntuosos y gigantescos, muñecos de tamaño natural para los hijos de príncipes, extensas redes ferroviarias, o enormes caballos de madera. Se trata de exhibir, en primer lugar, lo que en materia de juguetes se producía en el Berlín de los siglos XVIII y XIX con características propias y, en segundo término, el posible contenido de un cofre de juguetes bien provisto en el hogar de un ciudadano berlinés de aquella época.
 Por eso se ha atribuido un valor especial a aquellas piezas que siguen siendo propiedad de antiguas familias berlinesas.

En segundo lugar se hallan las piezas de coleccionistas. Señalemos primeramente con pocas palabras lo peculiar de esa exposición: no sólo reúne juguetes en el sentido estricto de la palabra sino además material que está muy próximo a los límites de este terreno. ¿En qué otro lugar podrían juntarse tan hermosos juegos de sociedad, cajas de construcción, pirámides navideñas, cámaras oscuras, además de libros, estampas y láminas para la enseñanza intuitiva?

Todos esos detalles, a veces un tanto insólitos, ofrecen un cuadro total más vivo que el que podría brindar una exposición sistemáticamente estructurada. Y se advierte también en el catálogo la presencia de la misma mano feliz que ordenó la sala. No es éste una árida lista de los objetos expuestos, sino un texto coherente, lleno de una precisa documentación referente a cada una de las piezas, pero que contiene también exactas indicaciones acerca de la edad, fabricación y difusión de grupos enteros de juguetes.

De éstos, el estudiado más detenidamente es probablemente, desde la monografía publicada por Hampe, del Museo Germánico, el soldadito de plomo. Delante de atractivos fondos —decorados de teatro de títeres berlineses— los vemos formando escenas de género, junto con otras figuritas burguesas o bucólicas. En Berlín, su fabricación se inició tardíamente. En el siglo XVIII, era negocio de los ferreteros ofrecer los productos del sur de Alemania. Sólo de eso es posible deducir que el juguetero propiamente dicho sólo poco a poco entró en escena, hacia el final de un período de la más rigurosa especialización comercial. Sus precursores fueron, por una parte, los vendedores de artículos de tornería, de hierro, papel y fantasía y, en ciudades y ferias, los buhoneros.

En un nicho con la inscripción “Artículos de Confitería” encontramos un tipo muy especial de figuras. Allí se ve al muñeco de confitura, cuyo recuerdo se ha conservado gracias a los Cuentos de Hoffmann, junto con monumentos de azúcar y antiguas figuras de pan de miel. En la Alemania protestante esas cosas desaparecieron; en Francia, en cambio, incluso en los barrios más apacibles de París, el viajero atento puede encontrar aún dos de las principales figuras de esa antigua repostería: bebés en su cunita, para obsequiar a los niños mayores al llegar un hermanito, y niños vestidos de primera comunión que rezan arrodillados sobre almohadones de azúcar celeste o rosa, con un cirio y el libro de oraciones entre las manos, a veces ante un reclinatorio del mismo material. Parece, sin embargo, que la variante más alambicada de esas figuras se ha perdido: eran muñecos chatos de azúcar, también corazones y otras figuras, fáciles de partir en sentido longitudinal en cuyo centro, donde se juntaban las dos mitades, había un papelito que contenía un verso.

Actualmente, los juguetes antiguos adquieren importancia desde muchos puntos de vista. Son tema fructífero para el folklore, el psicoanálisis y la historia del arte. Pero esto no es la única causa de que la pequeña sala de exposición nunca esté vacía y de que, además de los colegios, muchos centenares de adultos la visitaran en las últimas semanas. (...)