29/12/10

Un siglo de Cesare Pavese

Lucio Fontana (Argentina) Concepto espacial

Rodolfo Alonso

Piamontés universal, Cesare Pavese es sin duda uno de los más significativos escritores italianos del siglo XX. Nacido el 9 de setiembre de 1908 en el medio campesino de Santo Stefano Belbo, en las Langhe, hijo de un secretario de juzgado en Turín, iba a concluir poniendo fin a su vida (“Palabras no. Un gesto. No escribiré más”, son las últimas líneas de su indeleble diario, El oficio de vivir), en un cuarto de hotel en Turín, el 27 de agosto de 1950. Esa vida –y esa obra- se irían cubriendo de significados a la vez hondos y nítidos, donde conviven voces ancestrales y moderna lucidez, cuya riqueza, perfección formal, perdurabilidad y resonancia permiten considerarlo un auténtico clásico.

Dueño de una apasionada inteligencia, una bella sensibilidad y una indomable voluntad de raciocinio, en pocos como en él, se reunieron en su época, a la vez como evidencia estética y como testimonio intelectual.


Por un lado la entereza de un humanismo capaz de pensar y de intentar un mundo para todos (“en medio de la sangre y el fragor de los días que vivimos va articulándose una concepción distinta del hombre. Técnicamente especializado, pero radicado en una sociedad cuyo ideal no puede dejar de ser el siempre mayor conocimiento de cada uno –lo que significa la máxima eficiencia del trabajo individual, pero conciente del trabajo de todos-, el hombre nuevo será puesto en condiciones de vivir la propia cultura... y de reproducirla para los otros, no en abstracto, sino en un intercambio cotidiano y fecundo de vida”). Junto a ello, la devoción por una belleza que no se niega a ninguna verdad, por aparentemente oscura que llegara a parecer (“La fuente de la poesía es siempre un misterio, una inspiración, una conmovida perplejidad ante lo irracional, tierra desconocida”). En esa tensión, de la que su obra –tan tersa y límpida como cargada de profundos y primigenios contenidos, amplia de géneros pero siempre coherente en forma y sentido- no supo dejar afuera a su propia vida, alcanza una tensión y una calidad especialmente tocantes. Y sin embargo, ese humanismo ejemplar convive con la aguda conciencia del tiempo y de la muerte, ese humanismo (como debe ser) no se niega a ningún dato de la realidad humana, y aunque el suicidio parece constituir el broche de la angustia, hay una tozuda, lúcida y fecunda voluntad de vida, de belleza y de trabajo que emerge limpiamente de sus palabras.

Se graduó en letras (Turín, 1930) con una tesis sobre Whitman. Profesor de escuelas nocturnas, ese mismo año comenzó a traducir del inglés y a colaborar con ensayos sobre literatura norteamericana en la revista La Cultura. Su juventud creció con el fascismo, que lo arrestó el 15 de mayo de 1935 y lo confinó, como opositor político, en Brancaleone Calabro, de donde volvió en marzo de 1936. Pero no cambiado. A la bochinchera y grandilocuente cultura oficial del fascismo supo oponerse, lúcidamente, como su impar compañero de generación, Elio Vittorini, con la traducción y el análisis crítico de la gran literatura norteamericana: Melville, Lee Masters, Sinclair Lewis, Sherwood Anderson, O. Henry, Dos Passos, Dreiser, Whitman, Gertrude Stein, Faulkner y otros. Pero también con ingleses de la talla de Dickens, Defoe, Stevenson o Conrad. Fueron vertidos o estudiados por él con la clara voluntad de oponer, a la retórica patriotera y a la charlatanería verborrágica del fascismo, una literatura de alta calidad y profundamente auténtica, enraizada limpiamente en su idioma, su sociedad y su cultura, capaz de rozar a la vez las cumbres del estilo y los abismos de la condición y la sociedad humana.

Heredero de un mundo campesino que nunca cesó de nutrirlo, su primer libro, Lavorare stanca (Solaria, 1936, con reedición aumentada de Einaudi, 1943), es un nuevo ciclo abierto y cerrado por él en la poesía italiana moderna, tanto como una revisión exhaustiva de ese mundo natal, lleno de atavismos que, a pura luz de razón, se convierten en auténticas iluminaciones. Y ese mundo está siempre presente en su gran narrativa. Y hasta en sus resplandecientes ensayos, donde la percepción del claro espacio mítico que es el campo, la viña, el bosque, la sangre, la noche, los astros, se convierte en alimento de esclarecedoras conclusiones sobre el hombre y su poesía.

Llegó a triunfar en Turín, la gran ciudad de sus sueños de infancia, como intelectual y como artista: pudo ser director literario de la prestigiosa editorial Einaudi, y poco antes de morir recibió el consagratorio Premio Strega. Fue uno de los principales animadores y directivos de la citada editorial, que publicó su primera novela: Paesi tuoi (1941). La posguerra fue un período de intensa actividad, cuando su arte alcanzó una perfección y una riqueza ampliamente reconocidos. En 1942, Lettere d´Oggi edita en Roma la novela La spiaggia. Y a partir deFeria d´agosto (relatos y prosas, 1946), Einaudi vuelve a lanzar todas sus obras: la novela Il compagno (1947); Dialoghi con Leucò (1947); y las novelas Prima che il gallo canti (contiene Il carcere y La casa in collina); La bella estate (contiene el texto homónimo, Il diavolo sulle colline y Tra donne sole) en 1949, y finalmente La luna e i falò (1950, el mismo año de su muerte).

En 1936, Pavese regresaba a Turín del confinamiento político en Calabria, con 28 años y un libro de poemas casi desconocido, una bellísima traducción de Melville, las primeras páginas de un diario y la herida fresca de una pasión desdichada. Y allí nace el Pavese narrador, con los relatos de Notte di festa, inéditos hasta después de su muerte. Allí aparecen, junto con las vivencias de la cárcel pero también la tristeza y el ansia amorosa, el campo y la ciudad como lugares míticos y vivos, hombres y mujeres hechos de sangre y de melancolía, las hosterías de la periferia, los obreros desocupados, las mujeres misteriosamente alegres y portadoras de fecundos y anonadantes misterios, la infancia y la adolescencia como descubrimientos no siempre deslumbrantes, el mundo que Pavese iba a desplegar gallardamente en su obra posterior.

Ítalo Calvino reunió tras su muerte todos sus relatos en un grueso volumen: Racconti (Einaudi). Allí resplandece el Pavese escritor: tersura de un estilo claro, directo y sin embargo distante (“Narrar es como nadar”, supo decir, aludiendo a los ritmos combinados con que el nadador desplaza su cuerpo en el agua, y también “Narrar es monótono”, por supuesto en el sentido de la insistencia, de la persistencia en un tono, en un clima, que nunca es puramente verbal aunque está hecho de lenguaje. Las palabras de los hombres a las que supo aludir cálida y sabiamente, como “esas tiernas cosas, intratables y vivas”.)

Ítalo Calvino estuvo ligado a Pavese desde su juventud, y lo sucedió en Einaudi, donde editó sus trascendentes obras póstumas: los tocantes poemas de Verrà la morte e avrà i tuoi occhi (1951), La letteratura americana e altri saggi (1951) y su indeleble diario Il mestiere di vivere (1952). Calvino advirtió lo imposible de imaginar hacia dónde habrían llevado a Pavese las inquietudes etnográficas y antropológicas que lo apasionaban. Y ya antes percibió su compleja y angustiada personalidad, esa voluntad de razón iluminista que sin embargo no abandona una temblorosa auscultación instintiva: “Que los dos motivos estuvieron ligados –dice Calvino-, y fueron inseparables para él, está claro: la misma concepción de la poesía como una operación racional y liberadora no es posible sino en relación a la irracionalidad de su objeto, el descubrimiento mítico”. Y mucho de ello se advierte en los inteligentes y lúcidos ensayos que reunimos y tradujimos con Hugo Gola, no mucho después de su muerte, con el título de El oficio de poeta(Nueva Visión, Buenos Aires, 1957) donde en El mito escribe Pavese: “Remontando el camino de la civilización de cualquier pueblo, vemos a sus distintas expresiones de vida colorearse más de miticidad, hasta que llega el momento en que nada se hace ni se piensa ya en el ámbito de la tribu que no dependa de un modelo mítico.” Para concluir: “Antes que fábula, casi maravilloso, el mito fue una simple norma, un comportamiento significativo, un rito que santificó la realidad. Y fue también el impulso, la carga magnética que pudo, ella sola, inducir a los hombres a realizar obras.”

Hay en todo Pavese la felicidad del trabajo consumado, esa satisfacción por el logro tras el esfuerzo, pero también la insatisfacción permanente ante el vacío posterior, ante la incapacidad de volver a colmarlo o el temor de no lograrlo. A ese vacío aludió como uno de los motivos de su suicidio, y aunque nunca lo podamos saber con exactitud (¿quién podría?), resulta imposible no advertir que el hombre capaz de realizar en sólo 42 años de vida una obra semejante, difícilmente estuviera terminado como artista. El mismo que, horas antes de tomar una trágica decisión, escribía en su diario: “Mi parte pública la he hecho –lo que podía-. He trabajado, he dado poesía a los hombres, he compartido las penas de muchos.”

No pocas veces reiteró Pavese que consideraba a Dialoghi con Leucò “la cosa menos infeliz que yo haya escrito”. ¿Cómo no coincidir con él ante esos diálogos de transido lirismo y humanísima resonancia, que logran el casi milagroso resurgir, como una moderna fuente de vida, de los fundacionales mitos griegos? (Y recordemos que ese libro quedó abierto junto a su lecho, en el cuarto de hotel donde se suicidó.) Porque con la diáfana transparencia de un lenguaje de temblorosa precisión, reviven allí los dioses humanísimos y los humanos héroes de la fecunda mitología griega. Pero no para escudarse en modelos prestigiosos, sino para hablarnos, a través de ellos, de los temas permanentes que constituyen, y cuestionan, a la condición humana. Libro de belleza singular, revitaliza (lo que no es poca ambición) los mitos perennes de la gran mitología griega, volviendo a hacer dialogar a los hombres, en busca de una luz de razón, con esos dioses nacidos de su propia entraña, de los hondos anhelos y sueños de los hombres.

Pavese mismo reconoce, en una reveladora entrevista radial de 1950, muy poco antes de su muerte, que “no ha renunciado hasta ahora a su ambigua naturaleza, a la ambición de fundir en unidad las dos inspiraciones que allí se han combatido, desde el principio: mirada abierta a la realidad inmediata, cotidiana, 'rugosa', y recato profesional, artesano, humanista –hábito de los clásicos como si fueran contemporáneos, y de los contemporáneos como si fueran clásicos-, es decir, la cultura entendida como oficio. De la civilización humana esta obra –se refiere siempre a la suya—quiere conservar (dicho sea con toda humildad) el relieve contemplativo y formal, el gusto de las estructuras intelectuales, la lección dantesca y baudeleriana de un mundo estilísticamente cerrado y, en definitiva, simbólico. De la realidad contemporánea, quiere dar el ritmo, la pasión, el sabor, con la misma casual inmediatez de un Cellini, de un Defoe, de un charlatán encontrado en el café.” A lo que su honestidad de fondo le hace agregar de inmediato, a continuación: “Exigencias difícilmente conciliables, es cierto.”

Y ese mismo año, en una de las entradas finales de su diario, puede leerse esta frase reveladora: “En mi oficio, pues, soy rey.” Lo que, en un hombre siempre ligado a los demás por hondas convicciones, no representa sino su otra convicción de la necesaria autonomía artesanal para el ejercicio de un oficio tan exigente como el arte. Y también la asunción de las propias responsabilidades, por lo hecho, lo escrito y lo vivido.

Que su palabra fue escuchada, lo probaron tanto su persistente repercusión como la estima de sus contemporáneos. Emilio Cecchi lo dijo quizá mejor que nadie: “Reconozcamos, una vez más, que de su generación Pavese fue de los espíritus no sólo artísticamente más dotados, sino, en el conjunto de todas las facultades, intelectualmente y moralmente más ejemplares.”