24/12/10

Trotsky: ya no saben qué inventar para desacreditarlo



Este año se difundieron dos obras –no tan distintas en cuanto a su objetivo político-ideológico- referidas a León Trotsky, producidas durante 2009. Desde lo “académico”, un libro: una biografía del historiador inglés Robert Service –una polémica biografía, a la que nos referiremos en otra ocasión-; y, por otro, una comedia canadiense. Vamos a comentar brevemente esta última.

The Trotsky relata las peripecias de un joven de colegio secundario que, por portar el mismo nombre del revolucionario ruso, se cree su reencarnación. Comienza a leer la autobiografía del creador y dirigente del Ejército Rojo, y asume una actitud activa, “militante” podríamos decir.

Interpretado por Jay Baruchel, este “joven Bronstein” (apellido real de Trotsky) dirige una huelga de hambre en la empresa de su padre, el patrón. Harto de sus discursos y rebeldías, como castigo –y para poner a prueba el “temple” revolucionario del joven- lo saca de la escuela privada y lo envía a una estatal. Esto a “Trotsky” no lo incomoda, ya que cree seguir recibiendo señales que, aseguran, es la reencarnación del viejo León (por ejemplo, conoce a una mujer nueve años mayor que él, tal como ocurrió con el real Trotsky y su primera compañera, Alexandra).

Lo que hay aquí es una típica comedia adolescente high school, de jóvenes rebeldes, con el típico final feliz, donde el personaje no necesariamente “triunfa” por la justeza de sus ideales y objetivos, sino porque simplemente es “bueno” o “inocente” (por ello hay además un profesor que lo apaña y trata de “comprender” y ayudar). Si bien hay un “duelo” o desafío entre el director y el joven León, por ver si los estudiantes son apáticos o indiferentes, o si son receptivos a la lucha a la que son llamados, este es un pequeño episodio que sólo se concretiza de alguna manera hacia el final, cuando “León” toma el establecimiento, la policía rodea el edificio y hay una movilización de algunas decenas de estudiantes en su apoyo…

Lo que me importa señalar, o criticar mejor dicho, en esta comedia que escribió y dirigió Jacob Tierney, es el objetivo (político) de la parodia: mostrar lo que hacen –o podrían hacer- las ideas de Trotsky en el siglo XXI: transformar a una persona en un loco ultraizquierdista; en un fanático. Porque este “Trotsky reencarnado”, por ejemplo, lo único que hace es gritarle “¡fascista!” a su padre, a los profesores, directores y autoridades establecidas (como la policía), en una actitud completamente infantil y (casi) desquiciada.

Quiero decir: se sabe que el original León Trotsky –como todos los grandes revolucionarios de la historia: Marx y Engels, Lenin, Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, entre los episodios históricos más conocidos- jamás temieron “quedarse solos”, luchando a contracorriente por sus ideas políticas. Pero de ahí a mostrar una casi predilección o regodeo con situaciones de incomprensión o aislamiento, es deformar la realidad histórica para defenestrar las ideas y militancia política de la izquierda hoy. En este sentido la comedia acompaña y –fundamentalmente- trata de recrear y mantener ideológicamente “los signos de los tiempos” de los últimos 30 años de reaccionario neoliberalismo.

De hecho, pese a “lo progresivo” que puede tener –si quiere leerse así- algún momento de la película (como cuando el joven Bronstein va al “sindicato” de estudiantes de su nuevo colegio estatal y encuentra sólo a tres personas: un joven que fuma y una pareja besándose, y de inmediato los pone activos para dirigirse a todos los estudiantes), The Trotsky es en verdad una burla farsesca al personaje histórico, y a las posibilidades reales de que sectores de la juventud recuperen sus ideas y perspectivas políticas, alternativas al capitalismo.

Que el subtítulo anuncie que “la revolución comienza en el secundario” también puede leerse como un mensaje: acercarse a Trotsky –al real, al verdadero revolucionario- es, o debería ser, sólo un “pecado de juventud”.