1/12/10

Si el vino viene… (... y si de Argentina, mejor)

La presidenta Cristina Fernández declaró al vino como la bebida nacional en un claro gesto de promoción productiva y reconocimiento cultural.
Sergio Peralta
“El mejor vino no es necesariamente el más caro, sino el que se comparte”, dijo alguna vez el cantautor francés y anarquista George Brassens. Las leyendas -que son las formas de ponerle magia a la historia- sobre la aparición del vino sobre la faz de la tierra, son tantas como las suposiciones sobre su llegada a la República Argentina.
Algunos le atribuyen a Dionisio la idea de cultivar la vid y de ella extraer el vino, otros ven en un pastor llamado Estáfilo al descubridor de la noble bebida quien después de observar a unas cabras comer unos redondos y negros frutos en el campo, se habría sumado al festín y dejó fermentar por casualidad un poco de jugo que después probó y no pudo parar de probar.
También se cuenta por ahí que el Rey Djemchid de Persia nombró al vino como Darou é Shah (el remedio del rey) después que bebiera el jugo fermentado de unos frutos negros, se durmiera y al despertar se sintiera reconfortado. Su descendiente Cambises fundó Persépolis, los agricultores que formaban parte de su pueblo plantaron alrededor del muro de la ciudad unas parras características que, según cuenta la leyenda, son las bisabuelas del célebre vino Shiraz.

Viñedos de la provincia de San Juan
Saturno era el dueño de los famosos viñedos romanos, de los cuales obtenían vinos que -debido a su método de elaboración durante el cual le agregaban miel, alquitrán y otras sustancias para conservarlos-, hoy no obtendrían ninguna distinción internacional, fueron, también, los encargados de comenzar la distribución de la vitis vinifera, que es el nombre de abolengo de la salvaje y noble parra. 
Se le asigna a Pedro del Castillo, primer fundador de Mendoza, la introducción desde Chile de las iniciales parras que formaron los primitivos viñedos mendocinos y argentinos. Otros le conceden tan magna tarea a Juan Jufré, segundo fundador de la ciudad junto al padre Cidrón, aproximadamente allá por 1569 o 1575.
Vuelto a romper el manual de estilo y escribir en primera persona es imposible no festejar. No puedo ser objetivo, en algún momento con mi amigo Oscar D’Angelo hicimos vino, recordando fórmulas de su papá y leyendo consejos de Enrique Queirat., nos metimos despacito en el mundo de las levaduras y las temperaturas, el color y el corte con otro varietal, y el resultado gustó. Con los años y la experiencia sigo sin percibir los descriptores de los distintos tipos de vinos, los aromas de frutos rojos, los de melón, los de humo, menta, manteca ni nada que se le parezca. Siguen sin revelárseme. El único racimo que distingo es el cabernet, porque tiene el palito color canela, pero el vino, para mi, es una fiesta y seguramente muchos van a brindar por el decreto presidencial.

Mucho vino y un gran sacrificio han pasado bajo el puente para llegar a los 1310 millones de litros que se han comercializado este año, según datos aportados por el decreto firmado por la presidenta de la Nación, Cristina Fernández, mediante el cual se declaró al vino bebida nacional.

El 79 por ciento de esa cantidad queda en el mercado interno y demuestra que somos buenos bebedores. Un largo proceso de reconversión de plantíos ha llevado lentamente a la búsqueda de la calidad en lugar de la cantidad. Las viejas cepas de uvas criollas que producían muchos quintales han sido cambiadas por varietales que producen menos, se adaptan mejor a las distintas zonas climáticas del país y generan vinos de calidad mundial. Un ejemplo son los soberbios blancos al estilo del Torrontés salteño, riojano o sanjuanino. Los tintos, con el Malbec como emblema, afincado en los pedregosos terruños mendocinos. Los tintos más suaves como los Pinot que habitan el sur argentino.Todas estas cepas son hijas del trabajo anual, cosecha, poda, atado, fertilizado, riego, protección contra heladas tardías y el granizo. 
Indudablemente la presidenta, con la designación del vino como bebida nacional ha puesto a los señores bodegueros en un lugar que deben asumir. Lógicamente que esta designación, la promoción institucional y todo lo que suma como valor agregado al vino,hará crecer las ganancias. También es cierto que para que todos festejen el obrero de viñas debe ganar de manera adecuada, tener los aportes necesarios, cobrar un precio justo por el tacho de cosecha que acarrea, los pequeños productores deben obtener un precio digno por su vino, por tanto trabajo acumulado, tanta angustia contenida ante la tormenta.
Cristina Fernández no rinde culto a quien bien oculta, no es partidaria de la política del disfraz. Ese disfraz que tan bien lucen las crispadas oposicionista Elisa Carrió y su insostenible discurso, Graciela Camaño y su dolorosa piña, Cynthia Hotton y su dañina “ingenuidad”, Patricia Bullrich y su camaleónica visión, Hilda “Chiche” Duhalde y su “manzanera” forma de ver la política, y siguen las firmas.
Ojala que la alegría del brindis sea de todos en este país que empieza a tener motivos para brindar más seguido. ¡Salud!

Fuente: Agencia Periodística Mercosur APM, http://www.prensamercosur.com.ar/apm/nota_completa.php?idnota=4906