11/12/10

Selección de Reflexiones de Sören Kierkegaard

Asger Jorn (Dinamarca) Daneses beodos

Los hombres son absurdos. Jamás emplean las libertades que tienen, sino que exigen las que no tienen. Tienen libertad de pensamiento, pero exigen libertad de expresión.

Como se sabe, hay insectos que mueren en el momento de la fecundación. Tal ocurre con el placer: el momento más exuberante e intenso de goce que nos ofrece la vida va acompañado de la muerte.

Es una imperfección humana alcanzar lo que anhelamos sólo a través de lo contrario. No quiero hablar de la complejidad de formación, que todavía puede dar mucho trabajo al psicólogo (el melancólico tiene un insuperable sentido de la comicidad, el más voluptuoso suele ser de lo más idílico, el disoluto suele tener un sentido moral agudísimo, el escéptico es casi siempre un espíritu muy religioso), sino tan sólo recordar que únicamente a través del pecado se ve la bienaventuranza.

Aparte de mis numerosas relaciones tengo aún un confidente íntimo: mi melancolía. En medio de mi alegría, en medio de mi trabajo, me hace una señal, me llama a un lado, aunque físicamente permanezca en mi sitio. Mi melancolía es la amante más fiel que he conocido. ¿Qué hay de extraño, pues, en que la vuelva a amar?

¡Y si todo lo del mundo fue una equivocación! ¡Y si la risa fuera en realidad llanto!

Yo digo de mi pena lo que el inglés dice de su casa: Mi pena "is my castle" (es mi palacio) . Muchas personas consideran el tener pena como una de las comodidades de la vida.

Siento la alegría que tiene que sentir un peón de ajedrez al oír decir al adversario: "Ese peón no puede moverse".

La puerta de la felicidad no se abre; por eso de nada sirve asaltarla y echarla abajo. Se abre después y se ve que no hay nada que hacer.

No tengo valor para ocupar, para poseer nada. La mayoría de la gente se queja de que el mundo es muy prosaico, de que en la vida no ocurren las cosas como en las novelas, donde las ocasiones siempre son propicias. Yo me quejo de que la vida no es como las novelas, donde uno tiene que luchar contra padres desalmados, contra duendes y trasgos; donde uno tiene que liberar a princesas encantadas. ¿Qué son todos esos enemigos juntos comparados con los pálidos, exangües, longevos y nocturnos espectros con lo que yo tengo que luchar y a quienes doy vida y existencia?

El espectáculo más ridículo para mí es el de andar apresurado por todo, el que ofrece un hombre que se mata trabajando y buscando comida. Por eso cuando veo que una mosca se posa en la nariz de un negociante en el momento crítico, o que éste es salpicado por un carro que pasa ante él con más prisa aún, o que se hunde un puente de madera, o que se le cayó encima una teja y le mató, me río con verdaderas ganas. ¿Y quién podría dejar de reir? ¿Qué arreglan con sus prisas esos hombres? ¿No les ocurre acaso lo que a aquella mujer que, al declararse un incendio en su casa, en su prisa salvó las tenazas de la lumbre? ¿Qué otra cosa salvaron ellos del gran incendio de la vida?

¿Y qué decir de las inocentes alegrías de la vida? Que están bien, a excepción de que tienen el defecto de ser inocentes. Incluso se disfrutan mesuradamente. Cuando mi médico me ordena dieta, no dice ningún disparate. Durante cierto tiempo me abstengo de tomar ciertos alimentos; pero ser dietético guardando dieta... ¡eso es demasiado pedir!

La vida se me ha convertido en una bebida amarga. Sin embargo, tengo que beberla gota a gota, lentamente, contando.

"El tiempo pasa, la vida es un río..." dicen los hombres. Yo no lo noto. El tiempo está parado y yo también. Todos los planes que lanzo vuelven directamente a mí. Cuando quiero escupir, me escupo a mí mismo en la cara.

El hechicero Virgilio se dejó hacer picadillo y meter en una olla para ser cocido durante ocho días con el fin de rejuvenecerse. Le pusieron un pato para que cuidase de que ningún extraño mirase en la olla. El vigilante no pudo, sin embargo, resistir la tentación. Era demasiado pronto: Virgilio desapareció como un niñito, dando un grito. Yo también he mirado demasiado pronto en la olla, en la olla de la vida y de su evolución histórica, y jamás pude dejar de ser niño.

Que se quejen los demás de que el tiempo es malo. Yo no me quejo de que es ruin, pues no tiene pasiones. Los pensamientos de los hombres son pesados y frágiles como encajes; los mismos hombres son dignos de lástima, como las encajeras. Los pensamientos de sus corazones son demasiado mezquinos para ser pecaminosos. Para un gusano quizás fuera pecado alimentar tales pensamientos, pero no para un hombre que está hecho a la imagen de Dios. Sus placeres son sosegados y apáticos; sus pasiones, soñolientas. Estos mercenarios cumplen sus obligaciones, pero se permiten, como los usureros, achicar un poquito las monedas. Creen que si nuestro Señor sigue llevando los libros ordenadamente podrán salvarse de haberse burlado de El un poco. ¡Que la vergüenza caiga sobre ellos! Por eso mi alma se vuelve siempre al Viejo Testamento y a Shakespeare. Aquí se ve que hay hombres que hablan, se ve que se odia, que se ama, que se mata al enemigo, que se maldice su descendencia en todas las generaciones; que se peca.

Ser un hombre perfecto es lo más elevado. Me acaban de salir unos juanetes: siempre hay algo que nos ayuda.

La mejor prueba de la miseria de la existencia es la que da la contemplación de su gloria.

La mayoría de los hombres corren demasiado tras los placeres, pasando ante ellos sin gozarlos. Les pasa lo que a aquel enano que cuidaba en su palacio de un princesa cautiva. Un día se puso a dormir la siesta y al despertarse una hora después, se encontró con que la princesa se había escapado. Se calzó a toda prisa las botas de cien leguas; y de un solo paso ya la había dejado muy atrás.

La ley es ésta: si la proclamación es verdad, debe producir lo que proclama.

La expresión "la verdad desnuda" puede interpretarse de este modo: relacionarse verdaderamente con la verdad significa que todas las vestimentas internas y externas de la ilusión tienen que descartarse.

La verdad está incesantemente sometida a fraude, particularmente por parte de aquellos más cercanos a ella. Puesto que la verdad nunca se decide por el "qué" sino por el "cómo", es claro que siempre tendremos falsas ediciones de la misma verdad.

El opuesto exacto de la verdad es "lo probable". La verdad no consiste en una aproximación. Aquello que yace más cerca de la verdad no es más verdadero -no, ésta es la más peligrosa de todas las ilusiones, la más peligrosa simplemente porque está tan cerca de la verdad sin ser la verdad.

Seamos honestos acerca de ello. Tememos más a la verdad que a la muerte.

¡Mezquino destino! En vano arreglas tu arrugado rostro como una vieja prostituta, en vano armas ruido con cascabeles de bufón. Me repugnas. Sin embargo es lo mismo, un ídem per ídem. Ningún cambio; siempre recalentamiento. ¡Ven, sueño y muerte! ¡Tú no prometes nada y cumples todo!

En un teatro se declaró un incendio en los bastidores. Salió el payaso a dar la noticia al público. Pero éste, creyendo que se trataba de un chiste, aplaudió. Repitió el payaso la noticia y el público le aplaudió más aún. Así pienso que perecerá el mundo: bajo el júbilo general de cabezas alegres que creerán que se trata de un chiste.

¿Qué sentido tiene esta vida? Si se divide a la humanidad en dos grandes grupos, puede decirse que uno trabaja para vivir y que el otro no tiene necesidad de trabajar. Pero el trabajar para vivir no puede ser el sentido de la vida, puesto que es una contradicción decir que proporcionar constantemente las condiciones sea la respuesta a la pregunta sobre su sentido, que con ayuda de ellas ha de condicionarse. La vida de los demás en general tampoco tiene más sentido que la de devorar esas mismas condiciones. Si se quiere decir que el sentido de la vida es morir, me parece de nuevo una contradicción.

Es curioso: en las dos oposiciones más terribles se adquiere una idea de la eternidad. Si me imagino a aquel infeliz contable que perdió la razón al ver con desesperación que, por haber sumado siete más seis igual a catorce, había arruinado a una casa comercial; si me lo imagino día va y día viene, abstraído de todo lo demás, repetir para sí mismo que siete y seis son catorce, tendré una idea de la eternidad. Si me imagino una espléndida belleza en un harén, descansando en toda su gracia en un sofá, sin preocuparse para nada del mundo, entonces tendré una idea de la eternidad.

Lo que los filósofos dicen acerca de la realidad suele ser tan decepcionante como cuando en lo de un comerciante se lee en un letrero "Aquí se plancha". Va uno con su ropa para que se la planche y se lleva el gran chasco: el letrero estaba allí para vender.

Vivir en el recuerdo es la vida más completa que podemos imaginar. El recuerdo alimenta más ricamente que la realidad y tiene una tranquilidad que ninguna realidad posee. Una circunstancia recordada ya ha entrado en la eternidad y no tiene interés temporal alguno.

Sólo tengo un amigo: el eco. ¿Y por qué es mi amigo? Porque yo amo mi pena y él no me la quita. Yo sólo tengo un confidente: el silencio. ¿Y por qué es mi confidente? Porque se calla.

Mi alma ha perdido la posibilidad. Si yo tuviese que desear algo, no desearía riquezas ni poder, sino la pasión de la posibilidad, el ojo que en todas partes ve la posibilidad eternamente joven, eternamente ardiente. El placer decepciona, la posibilidad no. ¡Y qué vino es tan espumoso, tan oloroso, tan embriagador!

El salmón es de suyo un manjar delicado; pero si se come en exceso es peligroso para la salud, pues es indigesto. Por eso cuando en cierta ocasión se cogió en Hamburgo una gran cantidad de este pescado, la policía ordenó a todos los señores de casa que diesen a su servidumbre salmón una sola vez por semana. Sería de desear que se diese una orden semejante respecto al sentimentalismo.
 
Todos, incluido el más aplicado, estamos un buen trozo por delante de nosotros mismos en imaginación, sentimientos, ideas y lenguaje, más allá de lo que verdaderamente somos en acción y realidad. La mayoría de nosotros somos como un tren del cual ha huido la locomotora -estamos tan lejos por delante de nosotros mismo, estamos tan lejos por detrás!

En cierto sentido todos estamos corriendo. Corremos detrás del dinero, del status, del placer. Corremos con habladurías, rumores, charla sucia, con mentiras, ficciones y trivialidades. Corremos ahora al este y ahora al oeste, jadeando por nuestros continuos encargos. Pero no corremos por la pista de carreras.

Así es como la naturaleza humana se relaciona con lo divino: los discípulos duermen -mientras Cristo sufre.

Cuando la gente o cuando una generación vive meramente por metas finitas, la vida se vuelve un torbellino sin sentido y con ello una desespearada arrogancia o una desesperada angustia. Debe haber peso -así como el reloj y su émbolo necesitan un contrapeso para funcionar adecuadamente, y el barco necesita lastre. El cristianismo proporciona este peso, este peso regulador, dando con ello el significado de la vida de cada individuo. El cristianismo pone en juego la eternidad. En medio de todos estos objetivos finitos. El cristianismo introduce el peso, y este peso tiene por objeto regular la vida temporal, tanto sus días buenos como sus días malos. Y porque este peso ha desaparecido el reloj no puede funcionar, el barco va a la deriva - la vida humana es un torbellino.

El resultado del progreso humano es que todo se vuelve más y más magro. El resultado de la divina providencia es todo se vuelve más profundo y más interior.

Te exhorto a la desesperación, no como a un consuelo, como a un estado en el que debes permanecer, sino como a un acto que requiere toda la fuerza, toda la seriedad y todo el recogimiento del alma; pues mi convicción, mi victoria sobre el mundo, es que todo hombre que no ha gustado la amargura de la desesperación se engaña siempre acerca del sentido de la vida, aún en el caso de que haya conocido la alegría y la belleza.

Hay hombres que se apoyaron en sí mismos y triunfaron en todo, otros lo sacrificaron todo; pero el más grande de todos es quien creyó en Dios. Y hubo hombres grandes por sus energías, saber, esperanza o amor; pero Abraham fue el más grande de todos: grande por la energía cuya fuerza es debilidad, por el saber cuyo secreto es la locura; por la esperanza cuya forma es demencia; por el amor que es odio de sí mismo.

Hay una cosa que no puede comprender ni en media hora una asamblea ruidosa o un "público altamente estimable", y ésto es el carácter de la verdadera abnegación cristiana. Para comprenderla se requiere temor y temblor, silenciosa soledad y un largo espacio de tiempo.

Detenerse no es un reposo indolente. Detenerse también es movimiento. Es el movimiento interior del corazón. Detenerse es profundizarse uno mismo en interioridad. En cambio continuar y continuar es ir directamente al abismo de la superficialidad

Ser maestro no significa simplemente afirmar que una cosa es así, o recomendar una lectura, etcétera. No, ser maestro en el sentido justo es ser aprendiz. La instrucción empieza cuando tú, el maestro, aprendes del aprendiz, te pones en su lugar de modo que puedas entender lo que él entiende y de la forma que él lo entiende, caso de que no lo hayas entendido antes, y si lo has entendido antes, le permitaas someterte a un examen de manera que pueda asegurarse de que tú sabes tu papel.

La gente confunde el concepto de hacerse viejo en el sentido del tiempo con el de hacerse viejo en el sentido de la eternidad.

A cada instante y a cada punto la táctica debe adaptarse a una lucha que se lleva contra un concepto, una ilusión.

Llegar a ser cristiano en la cristiandad significa, o bien llegar a ser lo que uno es (la interioridad de la reflexión o el llegar a ser interior a través de la reflexión), o bien que lo primero es desembarazarse de los lazos de la propia ilusión, lo cual es también una modificación reflexiva.

Sólo hay salvación en una cosa, en convertirse en individuo, en el pensamiento de que "lo individual" es una categoría esencial.

Mi relación con Dios es una relación reflexiva, es la interioridad en la reflexión, como en general el rasgo distintivo de mi personalidad es la reflexión, de forma que hasta en la plegaria mi fuerte es la acción de gracias.

Desde el principio he sido como si estuviera arrestado y en cada instante he percibido que no era yo quien interpretaba el papel de amo, sino que otro era el Amo. He percibido este hecho con temor y temblor cuando El me ha hecho sentir Su omnipotencia y mi nulidad; lo he percibido con indescriptible dicha cuando me he vuelto hacia El y he hecho mi trabajo con obediencia incondicional. El factor dialéctico de esto estriba en que, por muy extraordinario que fuera el don que se me entregaba, se me entregaba como una medida de precaución, con tal elasticidad, que si yo no obedecía podía llevarme a la muerte. Es como si un padre dijera a su hijo: Puedes llevártelo todo, es tuyo; pero si no eres obediente y lo utilizas como yo deseo.... bien, yo no te castigaré quitándotelo, no, quédatelo: te aplastará.

Sin Dios soy demasiado fuerte para mí mismo, y tal vez estoy deshecho en la más desesperada de las maneras.

Ha hallado felicidad en la experiencia de estar literalmente solo en todo el vasto mundo, solo porque, dondequiera que estuviese, tanto ante todos como ante un amigo, siempre estaba oculto bajo el traje de mi engaño, de forma que entonces estaba tan solo como en las tinieblas de la noche; solo, no en las selvas americanas con sus terrores y sus peligros, sino solo en compañía de las más terribles posibilidades, que transforman incluso la más espantosa actualización en un alivio y un descanso; solo, casi con el lenguaje humano contra mí; solo con los tormentos que me han enseñado más que una nueva anotación en el texto sobre la espina en la carne; solo con decisiones en las que uno necesitaría la ayuda de amigos, y de toda la humanidad si fuera posible; solo en tensiones dialécticas que (sin Dios) conducirían a la locura a cualquier hombre con mi imaginación ; solo en la angustia hasta la muerte; solo frente al sinsentido de la existencia, sin ser capaz -aunque quisiera- de hacerme a mí mismo inteligible a una sola alma; ¿pero qué estoy diciendo, "una sola alma"? No, había veces en que no se podría decir "sólo esa faltaba", veces en que yo no podía hacerme inteligible a mí mismo. Cuando ahora reflexiono sobre esos años que pasé de esta manera ¡cómo me estremezco!

Ha sido inexplicable para mí que circunstancias que parecían triviales y accidentales en mi vida (las cuales, es preciso decirlo, eran agrandadas excesivamente por mi imaginación) me llevaran a una definida situación que yo mismo no comprendía y se convertía en melancolía, y entonces engendraban un determinado talante, precisamente el talante que debía usar en relación con el trabajo con que me ocupaba entonces y precisamente en el lugar justo.

De niño estuve bajo el imperio de una prodigiosa melancolía, cuya profundidad encuentra su justa medida sólo en la igualmente prodigiosa habilidad que tenía para esconderla bajo una aparente alegría y joie de vivre. Hasta donde alcanza mi recuerdo, mi única alegría consistía en que nadie pudiera descubrir lo desdichado que me sentía. Esta proporción (la magnitud igualmente grande de melancolía y de arte de simulación) significa que estaba relegado a mí mismo y a la relación con Dios.

Nunca, en ningún instante de mi vida, me ha abandonado la fe de que uno puede hacer aquello que quiere a excepción de una cosa; todo lo demás incondicionalmente, pero una cosa no: el escapar de la melancolía en cuyo poder me hallaba.... Nunca se me ocurrió que, aunque intentara la más audaz de las hazañas, no saldría victorioso, a excepción de una cosa, todas las demás absolutamente, pero una cosa no: el desprenderme de la melancolía de la cual, y de cuyo acompañante el sufrimiento, nunca estuve enteramente libre ni siquiera por un día. Esto, sin embargo, debe entenderse en relación con el hecho de que fui iniciado muy tempranamente en la idea de que conquistar significa conquistar en un sentido infinito, lo cual en un sentido finito significa sufrir. Así pues, esto correspondía con mi melancólico convencimiento interior de que, en un sentido finito, yo no servía para nada. Lo que me reconciliaba con mi destino y con mis sufrimientos era que yo, tan desdichado, tan torturado prisionero, había alcanzado esta ilimitada capacidad de engañar, de forma que podía quedarme absolutamente a solas con mi dolor.... Yo me hallaba de acuerdo conmigo en una cosa: para mí no había consuelo o ayuda que buscar en otros... Y así, en mi melancolía, me consideraba elegido para este destino.

Sólo feliz en el pensamiento de la eternidad, porque lo temporal no es , ni nunca será, el elemento del espíritu, sino que en cierto sentido ha de ser su sufrimiento.

Supongamos que, si viviera más, el tiempo me privara de todo y supongamos que la próxima época me diera plena satisfacción. ¿Qué daño puede realmente hacerme, o de qué provecho puede servirme? Lo primero no puede dañarme si tan sólo procuro estar ausente, y lo segundo no puede serme de ningún provecho, ya que entonces me habré convertido, en el solemne sentido de la expresión, en "un ausente".

Tan poco práctico como es, el hombre religioso constituye sin embargo el traductor transfigurado del mejor sueño del político. Ninguna política ni ninguna mundanalidad ha llevado a cabo ni ha podido pensar o realizar hasta sus últimas consecuencias el pensamiento de la igualdad humana. Pues es imposible realizar la completa igualdad en medio de la mundanalidad, es decir, realizarla en un medio cuya naturaleza implica diferencias, y realizarla de una forma mundana, es decir, afirmando diferencias... porque si se tuviera que alcanzar una completa igualdad, la mundanalidad terminaría. Mas ¿no es una especie de obsesión por parte de la mundanalidad el haberse metido en la cabeza la idea de desear la completa igualdad y querer llevarla a cabo por medio mundanales... en un medio mundanal? Sólo la religión, con la ayuda de la eternidad, puede llevar la igualdad humana al límite: la divina, la esencial, la no mundana, la verdadera, la única posible igualdad humana. Y por tanto la religión es la verdadera humanidad.

Lo que la época necesita en el sentido más profundo puede decirse total y completamente en una sola palabra: necesita... eternidad. La desdicha de nuestro tiempo es justamente ésta: que se ha convertido simplemente en nada más que "tiempo", lo temporal, que no tolera oír hablar de eternidad; y así (con las mejores intenciones o furiosamente) haría la eternidad totalmente superflua mediante una falsedad, sagazmente planeada, la cual sin embargo, no tendrá éxito ni en toda la eternidad: porque cuanto más se cree uno capaz de vivir sin lo eterno, más siente la esencial necesidad de ello.

La Verdad sólo puede ser comunicada y recibida por "el individuo", el cual puede ser cualquier hombre viviente. La señal que distingue a este hombre es simplemente la de la verdad, en oposición a lo abstracto, a lo fantástico, lo impersonal, lo multitudinario, lo numérico, lo público, que excluye a Dios como término medio y, por tanto, excluye también a la verdad.

¿Dónde está la salvación? Hay salvación sólo en una cosa: en volverse un individuo único. La persona verdaderamente espiritual es capaz de soportar el aislamiento, de detenerse "para profundizarse uno mismo en interioridad" ante Dios y su Palabra. Aunque en esta vida uno pueda hallar solaz de las demandas radicales de Dios en la multitud, "en la eternidad en vano buscarás la multitud. En vanos escucharás para hallar dónde está el ruido y la reunión, de modo que puedas correr hacia ello". De hecho, para el Uno Infinito no hay lugar: el individuo mismo es el lugar.

Nadie, nadie en absoluto está excluído de llegar a ser un individuo, excepto aquél que se excluye a sí mismo convirtiéndose en multitud.

Nunca la colectividad y el individuo dentro de ella descubrirán tan profundamente que ella y todo individuo en ella, necesita y anhela tener algo que se mantenga incondicionalmente por sí mismo, anhela lo que la amante Divinidad descubrió en el amor: lo incondicional.... Pedid al navegante que navegue sin lastre; zozobrará. Dejad que la colectividad o que cada individuo hagan el experimento de prescindir de lo incondicional; es un torbellino y seguirá siéndolo. Mientras tanto, durante un periodo más o menos largo, puede parecer que lo contrario es semejante a la seguridad y la estabilidad. Pero en el fondo es y seguirá siendo un torbellino. Hasta los mayores acontecimiento y las vidas más laboriosas son torbellinos, o son como coser sin hacer un nudo en el hilo, hasta que se tiene de nuevo el extremo, por el hecho de que lo incondicional ha vuelto a aparecer; o que el individuo, por muy remotamente que sea, vuelve a relacionarse con lo incondicional. Vivir en lo incondicional, respirando solamente lo incondicional, es imposible para el hombre; perece como el pez obligado a vivir en el aire. Pero por otra parte, sin relacionarse con lo incondicional,

el hombre no puede decir que "vive en el sentido más profundo". Abandona su espíritu; es decir, tal vez siga viviendo, pero sin espíritu.

Lo incondicional es más necesario cuanto más supera el individuo la dependencia infantil de otros hombres. De ahí que "el individuo" debe relacionarse con lo incondicional. Esto es por lo que yo, en proporción a lo talentos que me fueron dados, con el mayor gasto de esfuerzo y con muchos sacrificios, he estado luchando, luchando contra toda tiranía, incluyendo la del número.

Si quieres ser repugnante para Dios, simplemente corre con el rebaño.

La eternidad es una idea muy radical y por tanto es un tema de interioridad. Siempre que se afirma la realidad de lo eterno, el presente se vuelve algo enteramente distinto de lo que era separado de ello. Precisamente por esto los seres humanos le temen (bajo el disfraz de temer a la muerte). Con frecuencia se oye que un determinado gobierno teme a los elementos inquietos de la sociedad. Yo prefiero decir que toda la época es un tirano que vive en temor del elemento inquieto: la idea de la eternidad. No se atreve a pensar en ello. ¿Por qué? Porque se derrumba bajo el peso de la interioridad -y esto es lo que evita más que otra cosa.

La verdad es una incertidumbre objetiva sujeta mediante apropiación personal con la más apasionada interioridad. Esta es la verdad más elevada que pueda haber para una persona existente. En el punto en que el camino se divide, el conocimiento objetivo se suspende, y uno sólo tiene incertidumbre, pero esto es precisamente lo que intensifica la infinita pasión de la interioridad. La verdad subjetiva es precisamente la osada aventura de escoger la incertidumbre objetiva con la pasión de lo infinito.

La desesperación viene bajo diferentes disfraces. Carecer de infinitud es una limitación que desespera. Consiste en atribuir valor infinito a lo trivial y a lo temporal. Aquí uno mismo está perdido al ser reducido a lo finito. La desesperación de la finitud permite ser embaucado y privado de uno mismo por "los otros". La persona, al ver la multitud de gentes y cosas alrededor, al ocuparse con todo tipo de asuntos mundanos, al ser sabia en los modos del mundo, se olvida de sí misma, olvida su propio nombre, no se atreve a creer en sí misma, encuentra que ser sí misma es demasiado arriesgado, encuentra mucho más fácil y seguro ser como los demás, volverse una repetición, un número junto con la multitud.

Ahora bien, esta forma de desesperación pasa virtualmente inadvertida en el mundo. Precisamente al perderse a sí misma de esta manera, la persona obtiene todo lo que se necesita para una actuación impecable en la vida cotidiana, sí, para ser un gran éxito en la vida. Y entonces se es un fundamento tan seguro como un pedrusco. Lejos de que cualquiera piense que tal persona está desesperada; ¡si es justamente lo que un ser humano debiera ser!. Es alabada por los demás, honrada, estimada y está ocupada con todos los objetivos de la vida temporal. Sí, lo que llamamos mundanalidad simplemente consiste en gentes tales que, para decirlo así, se empeñan a sí mismas por el mundo. Usan sus capacidades, amasan fortuna, realizan empresas, hacen cálculos prudentes y cosas afines, y acaso hasta son mencionadas en la historia, pero no son auténticamente sí mismas. Son copias. En un sentido espiritual no tienen yo, no tienen yo por cuyo fin pudieran aventurarlo todo, no tienen yo para Dios, no importa cuan consumadas sean en otro sentido.

Si olvidas de introducir el silencio en tu casa, entonces falta lo más importante. El silencio no es algo específico, ni consiste simplemente en la ausencia de conversación. No, el silencio es como el la iluminación suave en un cuarto agradable, como la calidez en un cuarto modesto. No es algo acerca de lo que se habla, pero está allí y ejerce su poder benefactor. El silencio es como ese tono, el tono fundamental, al que no se le da preeminencia y es llamado tono fundamental precisamente porque yace a la base. Y el silencio puesto en casa: ese es el arte de la eternidad de hacer de una casa un hogar.

¡Ah, hoy todo es ruidoso! Así como se dice que una bebida fuerte agita la sangre, así todo en nuestro día, incluso el proyecto más insignificante, hasta la comunicación mas vacía, está diseñado meramente para sacudir los sentidos o para agitar las masas, la multitud, el público: ¡ruido! Y nosotros los humanos, nosotros gente inteligente, parecemos habernos vueltos insomnes a fin de inventar siempre nuevos medios para aumentar el ruido, para desparramar el ruido y la insignificancia con la mayor facilidad posible y a la mayor escala posible. Sí, todo se ha dado vuelta. ¡Los medios de comunicación se han perfeccionado, pero lo que se publica con tal prisa y ardor es basura! ¡Oh, haced silencio!