6/12/10

¿Qué puede aprender la Revolución Bolivariana de la crítica de Rosa Luxemburgo a la Revolución Rusa?

Rosa Luxemburgo

Javier Biardeau

“La libertad sólo para los que apoyan el gobierno, sólo para los miembros de un partido (por numerosos que éstos sean), no es libertad en absoluto. La libertad es siempre y exclusivamente libertad para el que piensa de manera diferente. No a causa de ningún concepto fanático de "justicia", sino porque todo lo que es instructivo, totalizador y purificante en la libertad política depende de esta característica esencial, y su eficacia desaparece tan pronto como la "libertad" se convierte en un privilegio especial. Los mismos bolcheviques no se atreverían a negar con la mano en el corazón, que ellos tienen que tantear paso a paso el terreno, probar, experimentar, tentar ora un camino, ora otro, y que muchas de sus medidas no son inapreciables perlas de sabiduría. Así deberá ocurrir y ocurrirá con todos nosotros cuando lleguemos hasta el punto al que han llegado ellos, aunque en todos lados no se presenten las mismas circunstancias difíciles.” (La Revolución Rusa. Rosa Luxemburgo)

I.- LA MANIDA “SOCIALDEMOCRACIA” COMO INSULTO

Cuando uno plantea la necesidad de clarificar que cosa es el socialismo participativo y democrático, aquella variante radical del socialismo democrático y en más estricto sentido, de democracia socialista que cabe en la Constitución de 1999, que no la desbarata, que puede ser consistente con ella, e incluso ir más allá de ella en un proceso popular constituyente como revolución democrática permanente, hay quienes se comportan desde los reflejos condicionados y posesos del viejo socialismo real del siglo XX.

La fórmula más común que etiqueta estos enunciados es la de “socialdemócrata” en tono despectivo, también “reformista” un poco más descalificativo, hasta llegar a los despreciables: “pequeño burgueses”, “anarcoides”, y finalmente a lo más abyecto: “traidores”. En fin, de la etiqueta al estigma, del estigma a la criminalización: “Enemigos del pueblo”. Stalin reciclaba así las fórmulas jurídicas del terror jacobino.

He planteado que no hay mejor forma de ser estalinista en el siglo XXI, que actuar a lo estalinista sin decirlo, e incluso sin saberlo. Me encuentro entre quienes consideramos imprescindible un retorno excesivo y casi filológico a Marx, no para crear una nueva secta o nuevo evangelio, sino para ir mas allá de Marx, para no solo des-dogmatizarlo, sino para descolonizar a Marx (y con él a nosotros mismos, metiendo los pies en la realidad específica de Nuestra América indo-afro-popular que sigue resistiendo de diversas maneras al racismo, la explotación, la opresión y la exclusión), para enriquecer la teoría, los saberes y los pensamientos contra-hegemónicos; en fin para explorar alternativas post-capitalistas y post-occidentales (no imaginadas ni pensadas).

La razón es muy simple. Aun hoy creo no se ha reconocido que las revoluciones del siglo XX se hicieron en gran medida a espaldas de Marx; y paradójicamente, utilizándolo como “ideología de justificación”, como apología. Creo que en eso consiste en parte una “diferencia específica”, de cierta potencia del nuevo socialismo-siglo XXI. Hay una parte que es efectivamente un retorno a la “tradición de los muertos” (sin que oprima como una pesadilla el cerebro de los vivos), para abordarla críticamente; para realizar un balance de inventario descarnado de las sombras, tragedias y desastres, que aún son sedimentos actuales, son inercias y hábitos, que en muchos sentidos se presentan como automatismos ideológicos.

La otra parte es el imaginario social radical, la auto-actividad de la potencia de las multitudes (sin necesidad de convertirse en un guardián protector ó escriba de la verdad revelada “en nombre de un Toni Negri y sus amigos”, por ejemplo), del pueblo trabajador, de la praxis instituyente; es el “Inventamos o Erramos” (Simón Rodríguez), o la “creación heroica” (J.C Mariátegui). Así, las opciones ético-políticas para fundar alternativas al capitalismo mundial “realmente existente”, dependen de una inédita confluencia de historias, políticas, de experiencias y saberes propios de la auto-actividad revolucionaria de las multitudes plebeyas, así como del aporte de las ciencias sociales e históricas críticas.

No es cuestión de dogmas, de creencias incuestionables, de ausencia de debates, aunque hay una necesaria dosis de pasión, de afectos, de un horizonte mítico asumido, cuyo emblema se condensa en la palabra “Revolución”. Pero el mito revolucionario no se desprende simplemente de un sueño diurno, de una fantasía ideológica, sino de la insoportable realidad del capitalismo, con sus explotaciones, negaciones y opresiones múltiples.

La ética revolucionaria nace del “a priori histórico del dolor”, que no puede confundirse con un dolor estructural, sino que apunta directamente a la represión impuesta por un régimen histórico de producción y de dominación (una estructura histórica de mando y explotación). Si no podemos superar esta opresión histórica, menos podremos abordar otras alienaciones estructurales, asociadas a los hechos de Cultura, de las cuales cierto psicoanálisis y sus críticos, nos han dado rutas de acceso.

Se trata de una ética mínima: "echar por tierra todas las relaciones en que el ser humano sea un ser humillado, sojuzgado, abandonado y despreciable.” (Marx; Introducción a la crítica a de la filosofía del derecho de Hegel).

Algunos malamañosos y sicofantes, querrán confundir este humanismo práctico-crítico de Marx, con la propaganda sobre el “humanismo” de corte estalinista”, para justificar una nueva versión del anti-humanismo. Peor para ellos. Es lamentable que confundan a Marx con Stalin. Allí se parecen mas a un neo-adeco como Manuel Rosales, metiendo “peras al horno”

Sin embargo, mas allá de nuestras insólitas anécdotas (labradas de tantas frases adecas) habrá que pasearse por aquellas estrofas socialdemócratas de los programa de Gotha (1875) y de Eufurt (1891), para dar cuenta de cómo Marx y Engels, cada uno con sus estilos, no se rindieron frente a los “hechos cumplidos”, sino que elaboraron sendas críticas revolucionarias a los mismos programas. Eran pues “socialdemócratas revolucionarios”, muy distintos a nuestros “socialdemócratas neo-liberales” de hoy.

Quisiera sugerir esto: antes de repetir fanáticos estribillos auto-complacientes acerca de la revolución bolchevique, ó colocar sobre la escena los contrastes entre la codificación socialdemócrata a lo Kaustky, y la codificación bolchevique a lo Lenin, es sumamente más fecunda una lectura crítica y a fondo de Marx, Engels y de Rosa Luxemburgo, entre otras voces, que por razones de espacio y tiempo, merecen igual dignidad y reconocimiento. Sin embargo, si en Nuestra América hubiese que referirse a algunas palancas para la construcción del pensamiento crítico y revolucionario del siglo XXI, sería conveniente tomarse en serio a Simón Rodríguez y a José Carlos Mariátegui. Nos evitaríamos así lo que abunda de pensamiento dogmático y castrante, de calco y copia, de lo que bloquea históricamente el pensamiento crítico, creativo y revolucionario. Sigamos.

En 1891, Engels escribía su contribución a la crítica del proyecto de programa socialdemócrata, y decía que éste se distingue muy ventajosamente del viejo programa de Gotha (1875). Se eliminaban en lo fundamental, las peores huellas del “Socialismo de Estado” y del “reformismo” de Lasalle. Engels criticaba la forma y el fondo, al igual que Marx quien se detuvo a analizar como la forma lingüística encubre y configura contenidos ideológicos, en su crítica al programa de Gotha. No hay ideología sin signos ideológicos. Las formaciones de discurso y las formaciones ideológicas se implicaban mutuamente, en tanto que las reglas de formación de los enunciados remitían a sus sistemas de producción, a los archivos y su fábrica semiótica oculta, completamente imbricada en una estructura de mando y explotación, a sus prácticas de reproducción. Quebrar todo esto era y es asunto de lucha, de antagonismo, de relaciones de fuerzas.

Y es interesante, a diferencia de los que quieren administrar consignas cortas y sencillas, lo que plantea Engels en términos de educación política de las clases trabajadoras: “No se pueden hacer demasiadas concesiones en aras de la popularidad; no se deben subestimar las facultades intelectuales y el grado de cultura de muchos obreros, ya que han comprendido cosas mucho más difíciles que lo que les puede presentar el programa más conciso y más corto; y si el período de la ley de excepción contra los socialistas hizo más difícil y, en algunos lugares, impidió por entero la propagación de conocimientos universales entre las masas recién conquistadas, bajo la dirección de los viejos, será ahora fácil de recuperar lo perdido, ya que se puede otra vez guardar y leer libremente nuestras publicaciones propagandísticas.”

Un cambio de condiciones con relación a la “libertad de propaganda” que no era un pequeño asunto, luego de la oscurantista “Ley de excepción contra los Socialistas” en Alemania". Aquí en Venezuela, comparando un poco, tendremos desde la Constitución Gomecista de 1931 hasta el inciso sexto con López Contreras, la misma intencionalidad política sobre el orden de las ideas, formas de hacer y decir, sobre prácticas y discursos: liquidar las ideologías y acciones colectivas de izquierda, sean libertarias, socialistas o comunistas. Impedir la acción colectiva, aplastando la micro-política insurgente, rompiendo la conexión entre el plano de las minorías activas, sus redes de comunicación-acción y la acción colectiva (cualquier célula, grupo o núcleo revolucionario, era pues el “objeto malo” para el régimen).

Al reformarse el inciso 6° del artículo 32 de la Constitución de 1931, quedó prohibida la propaganda de las doctrinas comunista y anarquista, y se consideró “traidores a la patria” a quienes las profesasen, permitiendo al Ejecutivo su expulsión del país. Así se le daba un duro golpe a la oposición de izquierda de entonces. Y por allí pasa la subcultura anti-comunista y reaccionaria de los venezolanos y venezolanas. En cierto sentido, en Venezuela hay todavía nostálgicos de la autocracia gomecista. Para ellos, una combinación de gomecismo y neo-liberalismo sería la solución perfecta contra la Revolución Bolivariana. Serían los partidarios de una dictadura políticamente reaccionaria. Sin embargo, alrededor de ellos hay un “ala luminosa” que propone una salida modernizadora: un “Estado de Seguridad Nacional” con algunas formalidades democráticas, para aleccionar al pueblo bolivariano, para extirpar de raíz a la revolución bolivariana. Y este es un proyecto que se labra desde la “geopolítica del pentagonismo” y sus “esquemas de transición democrática”. Y para eso hay que modificar la situación estratégica de conjunto. Pero sigamos.

Engels cuestionó tres aspectos indisolubles de la realidad capitalista: la “miseria social”, la “degradación intelectual” y la “dependencia política”. También colocaba sobre la mesa la necesidad de la “producción socialista practicada en beneficio de toda la sociedad y con arreglo a un plan trazado de antemano”, también hablaba de la emancipación de la clase obrera, y de su relación con la emancipación de todos los miembros de la sociedad, sin excepción. Allí plantea matices tan importantes como aquel que indicaba: “En lugar de «con conciencia de clase» [klassen bewusst] abreviatura que en nuestros medios es evidentemente fácil de comprender, yo diría, en aras de facilitar su comprensión y su traducción a los idiomas extranjeros: «con los obreros que han adquirido la conciencia de su situación de clase», o alguna cosa por el estilo.”

Se trataba de acentos importantes: “obreros que han adquirido la conciencia de su situación de clase.” Engels plantea: “La supresión de las clases es nuestra reivindicación fundamental, sin la cual la supresión de la dominación de clase es una necedad desde el punto de vista económico.” También proponía revisar aspectos como los siguientes: “Desde el punto de vista de los derechos que se conceden al pueblo y a su representación, la Constitución del Imperio es una simple copia de la Constitución prusiana de 1850, Constitución en cuyos artículos ha hallado expresión la más extrema reacción, Constitución que concede toda la plenitud de poder al gobierno, mientras que las cámaras no poseen siquiera el derecho de rechazar los impuestos, Constitución con la que, como ha mostrado el período del conflicto constitucional, el gobierno podía hacer todo lo que se le antojaba. Los derechos del Reichstag son exactamente los mismos que los de la Cámara prusiana, y precisamente por eso Liebknecht denominó el Reichstag hoja de parra del absolutismo.”
No solo habría que comprender las condiciones históricas de una concepción dominante reaccionaria en Alemania, sino su impacto en la anulación de formas de lucha política que pusieran en cuestión la concentración de poderes en la rama ejecutiva, como sucedía efectivamente también en la autocracia gomecista.

Y Engels, planteaba el viejo tópico de la relación entre Constitución y Revolución de acuerdo a las circunstancias históricas específicas y particulares: “Se puede concebir que la vieja sociedad sería capaz de integrarse pacíficamente en la nueva en los países donde la representación popular concentra en sus manos todo el poder, donde se puede hacer por vía constitucional todo lo que se quiera, siempre que uno cuente con la mayoría del pueblo: en las repúblicas democráticas, como Francia y Norteamérica, en monarquías, como Inglaterra, donde la inminente abdicación de la dinastía por una recompensa en metálico se debate a diario en la prensa y donde esta dinastía no puede hacer nada contra la voluntad del pueblo. Pero en Alemania, donde el gobierno es casi omnipotente, donde el Reichstag y todas las demás instituciones representativas carecen de poder efectivo, proclamar en Alemania tales cosas y, además, sin necesidad, significa quitar la hoja de parra al absolutismo y colocarse uno mismo para encubrir la desnudez.”

Repite Engels que “Está absolutamente fuera de duda que nuestro partido y la clase obrera sólo pueden llegar a la dominación bajo la forma de la República Democrática. Esta última es incluso la forma específica de la dictadura del proletariado, como lo ha mostrado ya la Gran Revolución francesa.”

Esta frase será luego deformada por Lenin en “El Estado y la Revolución”, adulterando su significación y sentido, derivando consecuencias políticas opuestas de este cambio de sentido: liquidar la democracia política en nombre de la dictadura del partido revolucionario, que habla en nombre de la dictadura del proletariado (que habla en nombre desde 1921, cuando ya no contaba con el mismo apoyo de los obreros). En pocas palabras, Lenin omite que no hay Socialismo sin “República Democrática”. Y esto no es una cuestión de Stalin, es una cuestión de la dirección política bolchevique, que trato de mezclar el agua con el aceite, una política marxista con una política jacobina.

Hoy pocos se adentran en el significado preciso de este enunciado. Aquí Engels es mucho más preciso incluso que nuestros neo-bolcheviques del siglo 21: “concentración de todo el poder político en manos de la representación del pueblo”, pre-ambulo necesario para ir mucho más allá: democracia socialista: “concentración de todo el poder político en manos de la participación protagónica del pueblo”, no de una partidocracia, o de un buro político de un partido-único, de una nueva clase político-económica, o en manos de una nomenclatura.

Para Engels, por otra parte, la concentración en pocas manos de los medios de trabajo, es decir, de las fuentes de vida, es la base de todas las formas de esclavitud: miseria social, menoscabo intelectual y dependencia política. Bajo esta explotación, la acumulación de la riqueza producida por los explotados aumenta en las manos de los explotadores, los capitalistas y los grandes propietarios de tierras, con creciente rapidez; la distribución del producto del trabajo entre los explotadores y los explotados se hace cada vez más desigual, crece el número de proletarios y se agrava más y más el carácter precario de su existencia.

Y era tan claro el ataque de Engels al gran capital industrial o los grandes terratenientes que hablaba de la “ruina de las clases medias urbanas y rurales, los pequeños burgueses y los pequeños campesinos, hacen más ancho (o más profundo) el abismo que media entre los poseedores y los desposeídos, erigen en estado normal de la sociedad, la inseguridad general y ofrecen la prueba de que la clase de los acaparadores de los medios de trabajo sociales han perdido tanto la misión como la capacidad de ejercer la dirección económica y política.”

Con esto, quedaba clara la apuesta de Engels contra el oponente principal: los monopolios y oligopolios en la producción, tanto en la dirección política (plutocracia) como económica. Y aquí comenzamos a entrar en el meollo del asunto que nos llevará a Rosa Luxemburgo: “La emancipación de la clase obrera sólo puede ser obra de la clase obrera misma. De suyo se entiende que no puede confiar su emancipación a los capitalistas ni a los grandes propietarios de tierras, sus enemigos y explotadores, ni a los pequeños burgueses y pequeños campesinos, agobiados por la competencia de los grandes explotadores y situados ante el dilema: ponerse al lado de estos últimos o al lado de los obreros.”

Y para esto, el movimiento de los trabajadores, del pueblo trabajador: “Debe comenzar por conquistar una arena libre para el movimiento, suprimir los múltiples vestigios del feudalismo y del absolutismo, finalmente, ejecutar el trabajo que los partidos burgueses alemanes no son capaces de llevar a cabo, porque han sido y siguen siendo demasiado pusilánimes para ello.”

¿Y cual era ese trabajo? realizar las tareas democráticas que esos partidos pusilánimes no eran capaces de realizar, entre ellas, que efectivamente el poder político no fuera expropiado ni alienado de la voluntad del pueblo trabajador, de la inmensa mayoría. Lo que los críticos superficiales de la “socialdemocracia” (así, a secas, sin contextos ni marcos concretos) no comprenden es la importancia de un programa revolucionario en la propia socialdemocracia alemana.

El programa revolucionario indicaba claramente que las clases trabajadoras debían conquistar el poder político para llevar a cabo la transformación socialista de la sociedad. Y dejaba bien claro, algo que todos los traductores bolcheviques pasaron bajo la mesa: que la tesis sobre la dictadura del proletariado implicaba necesariamente una República Democrática como momento institucional de transformación socialista de la sociedad. Pues sin República democrática se abrían todas las compuertas a fenómenos autoritarios (de izquierda) y reaccionarios (de derecha), que justificaron por ejemplo, aquella ley de excepción contra los socialistas promulgada en Alemania el 21 de octubre de 1878. En virtud de esta ley fueron prohibidas todas las organizaciones del Partido Socialdemócrata y las organizaciones obreras de masas, suspendida la prensa obrera, confiscadas las publicaciones socialistas y sometidos a represión los socialdemócratas. Bajo la presión del “movimiento obrero de masas”, esta ley fue derogada el 1 de octubre de 1890. Lo que había que evitar entonces, era el blanquismo revolucionario (que liquida el movimiento de masas como protagonista consciente de la emancipación) o la reacción conservadora (que liquida el protagonismo de masas en nombre de la “ley y del orden”). Todavía no aparecía el tercer obstáculo de las revoluciones socialistas: las llamadas “revoluciones conservadoras”, las “contra-revoluciones fascistas”.

II.- LA VERSIÓN OFICIOSA SOBRE LA CRÍTICA DE ROSA LUXEMBURGO:

En algunas de las versiones oficiosas sobre el escrito “La Revolución Rusa” de Luxemburgo; es decir, “versiones construidas desde la gramática bolchevique” se señala que: “(…) el folleto fue escrito en la cárcel, donde era muy restringido el acceso a la información sobre los acontecimientos que se sucedían en ese momento. Incluso fuera de los muros de la prisión, el gobierno alemán no tenía ningún interés en proporcionar a los obreros de su país, cada vez más rebeldes, un informe diario de cómo hacer una revolución. Los dirigentes de la Liga Espartaco que estaban en libertad adoptaron una política extremadamente cautelosa hacia cualquier crítica a los bolcheviques, a causa de la dificultad para obtener información desprejuiciada y exacta, y porque su responsabilidad fundamental era defender la Revolución Rusa y explicar su significación a los obreros alemanes. Eso era lo esencial, y no querían que hubiera ninguna ambigüedad respecto a quién apoyaba en Alemania a la Revolución Rusa.”

Justamente cuando Rosa Luxemburgo criticaba aspectos centrales de la política bolchevique, los enviados del partido intentaban disuadirla para dejar de publicarlos. El viejo argumento de siempre: ¿Dar armas a los enemigos de la Revolución Rusa? ¿Llevar agua al molino de la contra-revolución? Y con este chantaje lo que se pretendía lograr era acallar la crítica, la polémica, el debate. Sin embargo, Rosa Luxemburgo le dedicó este tan olvidado folleto a uno de estos enviados (Su abogado y amante, Paul Levi, que simplemente tuvo que rectificar años después al llegar a las mismas conclusiones que Rosa Luxemburgo): “Escribo esto para ti, y si logro convencerte a ti el esfuerzo no estará perdido”.

Y la versión oficiosa plantea que Paul Levi “(…) nunca lo publicó ni intentó hacerlo; fue recién después que a Levi se lo expulsó del Partido Comunista Alemán que éste lo publicó por su cuenta en 1922.” Sin embargo, gracias al trabajo de reconstrucción de documentos de la Fundación Rosa Luxemburgo en Alemania, nos encontramos con otras verdades. Lenin planteó en 1922:

“Paul Levi pretende ahora quedar especialmente bien con la burguesía, y consecuentemente con la segunda, y la segunda y media Internacional, quienes son sus agentes, mediante la reedición precisamente de aquellos trabajos de Rosa Luxemburgo en los que se equivocó…Pero también en el traspatio del movimiento de los trabajadores, y entre montones de estiércol, pollos de la clase de Paul Levi, Scheidemann, Kaustky y toda esa ralea, van a extasiarse especialmente, por supuesto, con las fallas de esta gran comunista.” (Lenin; 1922)
Todo esto parecerá un sin sentido para Nuestra América, si no fuera por la manera como el comunismo bolchevique trataba de hegemonizar el campo revolucionario europeo, y luego a escala mundial, con la Internacional Comunista.

3.- HABRÍA QUE REVISAR QUE PASÓ TAMBIÉN CON JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI:

En Nuestra América, tampoco hay que olvidar las tensiones entre la Internacional Comunista (también denominada Tercera Internacional) y José Carlos Mariátegui, reconociendo que el debate suscitado fue un debate al interior de las filas de la Revolución. Muchos reducen esta discrepancia a una cuestión formal del nombre del partido (en las 21 condiciones de ingreso para la Internacional Comunista se exigía utilizar el nombre de Partido Comunista, y el circulo de Mariátegui mantenía la tesis de llamarlo Partido Socialista del Perú). Pero había debates más profundos, sobre el carácter de la revolución en el Perú y América Latina, lo cual a su vez conllevaba discrepancias acerca del carácter de las sociedades en nuestro continente y el papel jugado en ésta por la burguesía y la pequeña burguesía.

El eurocentrismo de los partidos comunistas era primero patente, y luego ambivalente, en la caracterización de los países coloniales o semi-coloniales y dependientes: los consideraba primero, dentro del término de “bárbaros”, entendiendo como tales a todos aquellos pueblos que no perteneciesen a la civilización europea central (“Manifiesto Comunista”), y mas tarde, una actitud de reconocimiento, consideración e interés por éstos, con principal interés en la India, Irlanda y China. Recién el VI Congreso de la Internacional Comunista, realizado del 17/07/ al 01/09/1928, en Moscú, con la asistencia de una delegación latinoamericana, abordara el punto “Sobre el movimiento revolucionario en las colonias y semi-colonias”, tratase sobre el caso de América Latina, e inmediatamente después del Informe sobre la Situación Internacional y las Tareas de la Internacional Comunista, por Nicolai I. Bujarín, el delegado del Brasil, Lacerda, precisase: “Desearía empezar con una pequeña observación. Se lee en la tesis del camarada Bujarin, que el movimiento comunista ha llegado por primera vez a los países de América Latina. Camaradas, esto no es muy exacto. No es el movimiento comunista el que ha llegado por primera vez a América Latina, es la Internacional Comunista la que por primera vez se ha interesado en el movimiento comunista de América Latina” (Si bien el II Congreso de la Internacional trató sobre el movimiento comunista en América, se refirió exclusivamente a los Estados Unidos de América (USA), interpretando que solo realizada la Revolución en éste podría realizarse las tareas revolucionarias en América Latina).

El VI Congreso contó además con el Informe de Otto Kuusinen sobre “Los problemas del movimiento revolucionario en las colonias”, el Informe de Jules Humbert-Droz, “Sobre los países de América Latina”, y el Informe de la delegación latinoamericana, en el propio debate sobre el problema colonial. En síntesis, la posición del VI Congreso de la Internacional Comunista sobre la Revolución en América Latina era que en los países coloniales y semi-coloniales, con desarrollo económico muy restringido, con un proletariado poco numeroso e incapaz de ser la fuerza motriz de la revolución, pese al apoyo del campesinado, la revolución democrático burguesa constituía su tarea inmediata, sin perder de vista que la cuestión básica era la emancipación nacional, y su tarea fundamental en el campo interno, la revolución agraria, la misma que debía llevarse a cabo a través de la conquista de la hegemonía por el proletariado, por ser la burguesía nacional en estos países, o muy débil o vinculada a los terratenientes y al imperialismo; posición que se calcaba sobre la rica experiencia de la Revolución China, llevada a cabo por el Partido Comunista Chino, el mas grande del mundo colonial y semi-colonial.

La versión dominante planteó que esta era “una revolución anti-imperialista y de liberación nacional, que por su contenido objetivo, era una revolución democrática burguesa (la misma que se encontraba en la fase inicial de su desarrollo, en la que sus fuerzas motrices eran el proletariado, los campesinos, la burguesía pequeña y media, y una parte de la gran burguesía, unidos en un bloque antiimperialista), llamada a liberar al pueblo del yugo extranjero, unir el país, establecer la dictadura democrático-revolucionaria de la clase obrera y el campesinado y solucionar los problemas relacionados con la nacionalización de la tierra y la confiscación de la propiedad del capital extranjero”.

Sin embargo, mientras la I Conferencia Comunista latinoamericana, convocada por el Secretariado o Buró, Sudamericano, de la Internacional Comunista llevaba a Moscú los acuerdos alcanzados al respecto de la Revolución en los países coloniales y semi-coloniales, no había que olvidar que con motivo del congreso constituyente de la Confederación Sindical Latinoamericana, efectuado en Montevideo, en Mayo de 1929 y con las posiciones traídas a este evento por la delegación del Partido Socialista del Perú (constituido como Comité organizador, el 07/10/1928), integrada por Julio C. Portocarrero y Hugo Pesce, habían posiciones encontradas.

Una de estas posiciones encontradas era relativa al nombre, pues, a tono con una de las 21 condiciones exigidas por el II Congreso de la Internacional, para la afiliación de los Partidos, éstos debían denominarse “Partido Comunista de”…. (Sección de la Internacional Comunista), mientras que el Partido constituido por Mariátegui se denominaba Socialista.

José Carlos Mariátegui señalaba en “Aniversario y Balance” (Septiembre de 1928), que “En Europa, la degeneración parlamentaria y reformista del socialismo ha impuesto, después de la guerra, designaciones específicas. En los pueblos donde ese fenómeno no se ha producido, porque el socialismo aparece recién en su proceso histórico, la vieja y grande palabra conserva intacta su grandeza. La guardará también mañana, cuando las necesidades contingentes y convencionales de demarcación que hoy distinguen practicas y métodos, hayan desaparecido”, añadiendo “Capitalismo o Socialismo. Este es el problema de nuestra época. No nos anticipemos a las síntesis, a las transacciones, que sólo pueden operarse en la historia”.

Esta controversia reapareció incluso entre algunos de los que observaban la propia emergencia del PSUV en Venezuela. Ustedes: ¿Son comunistas, socialistas, ó qué carajo?
Sin embargo, no es conveniente juzgar los partidos por lo que dicen ser en sus discursos, sino por lo que hacen efectivamente de cara a la realidad. Llamarse democrático, socialista, comunista o lo que fuera, y no ajustar su acción colectiva a los discursos proclamados rimbombantemente, es parte de una historia de inconsecuencias. Y este debate Socialista-Comunista no es nuevo.

El propio Engels señala en el Prefacio a la edición alemana de 1890, de “El Manifiesto de la Liga de los Comunistas” o Manifiesto Comunista (originalmente publicado en Febrero de 1848), “(…) cuando apareció no pudimos titularle Manifiesto Socialista. En 1847, se comprendía con el nombre de socialista a dos categorías de personas. De un lado, los partidarios de diferentes sistemas utópicos, particularmente los owenistas en Inglaterra y los fourieristas en Francia, que no eran ya sino simples sectas en proceso de extinción paulatina. De otra parte, toda suerte de curanderos sociales que aspiraban a suprimir, con sus variadas panaceas y emplastos de toda suerte, las lacras sociales sin dañar en lo más mínimo al capital ni a la ganancia. En ambos casos, gentes que se hallaban fuera del movimiento obrero y que buscaban apoyo más bien de las clases “instruidas”. En cambio, la parte de los obreros que, convencida de la insuficiencia de las revoluciones meramente políticas, exigía una transformación radical de la sociedad, se llamaba entonces comunista”.

Por tanto, ¿qué significa hoy, luego de las experiencias de los socialismos reales o de los comunismos de estado, llamarse “socialista” o “comunista”? Sin una crítica radical a estas experiencias históricas, ¿cómo volver a utilizar estos nombres sin cargar con un campo de connotaciones que apunta a desastrosas experiencias? Aquí al menos hay múltiples opciones, pero me detengo en dos: o se abandonan los términos socialista y comunista, lo que han hecho muchos ex marxistas, ex socialistas y e ex comunistas, entregándose a ser funcionarios orgánicos o inorgánicos del Capital; o se asume la crítica radical al socialismo real y el comunismo burocrático, re-significando prácticas y discursos. Eso se llama rectificación profunda, crítica profunda, reinvención profunda, creación profunda. Sigamos.

En la versión oficiosa todo se redujo a una simple cuestión nominal (o Partido Socialista del Perú o Partido Comunista Peruano). Pero hay datos históricos que aportan evidencia posible para otra interpretación. En un artículo titulado “Perú, a las puertas de la revolución obrera y campesina”, del dirigente comunista argentino, Paulino González Alberti, fecha el 13/04/31, incluido en la Revista Comunista (publicación teórica del movimiento comunista latinoamericano, publicó en su número de May-Junio de 1931), señala “Mariátegui, un núcleo de intelectuales y unos pocos obreros, formaron hace pocos años el Partido Socialista del Perú, que entró en contacto con la Internacional Comunista. Este grupo fue esencialmente un círculo de capacitación, manteniendo en su orientación varias de las concepciones apristas (partido de varias clases y no partido esencialmente proletario: no acordar al proletariado el rol dirigente que históricamente le corresponde en la revolución obrero y campesina”(Revista Socialismo y Participación Nº 11).

También, en un folleto titulado “La situación revolucionaria del Perú y las tareas del Partido comunista peruano”, subtitulado “Tesis del Bureau Sudamericano de la Internacional Comunista”, publicado en Enero de 1932, se reiterará “Los restos de ideología no comunistas han estado muy extendidos entre nuestros compañeros, subsisten aún en algunos y se han manifestado en el fundador de los primeros núcleos comunistas, el camarada Mariátegui, quien ha señalado una enérgica trayectoria hacia las concepciones del marxismo-leninista (sic), sin que esa trayectoria pudiera ser más que parcial, debido a su muerte prematura”.

Mas tarde aún, en “Materiales sobre la actividad de las secciones de la Comitern/América del Sur y América Central”, incluidos en los documentos preparatorios del VII Congreso de la IC, realizado en Moscú, del 25/07 al 21/08/1935, “En 1928, este grupo formó con Mariátegui al frente, uno de los dirigentes del aprismo de izquierda, y más tarde uno de los fundadores del Partido Comunista Peruano) el Partido Socialista, en cuya ideología preponderaban concepciones social-reformistas. La lucha interna en este Partido llevó a la escisión, y en 1930 fue fundado el Partido Comunista peruano (con el grupo de Mariátegui, los elementos de izquierda de la APRA y elementos anarquistas aislados)”, añadiendo mas adelante: “Mariátegui (fallecido en 1930): “no pudo librarse íntegramente de los residuos de su pasado aprista. Vaciló en la cuestión de la creación del Partido Comunista como partido de clase del proletariado y no comprendió del todo su significado. Conservó su ilusión sobre el papel revolucionario de la burguesía peruana y subestimó la cuestión nacional indígena, que el identificaba con la cuestión campesina. En el partido peruano, incluso hasta hoy se hacen sentir diversos residuos del mariateguismo, que repercuten en su trabajo práctico.” (Revista Socialismo y Participación Nº 11)

En Diciembre de 1933 o Enero de 1934, como correlato de las divergencias ocurridas con la Internacional Comunista y los cambios operados en la organización fundada por Mariátegui, el Comité Central, del ahora Partido Comunista del Perú, Sección Peruana de la Internacional Comunista, publica un documento mimeografiado titulado “¡Bajo la Bandera de Lenin!” “Instructivas sobre la jornada de las tres LLL”, en el cual se lee: “El mariateguismo es una confusión de ideas procedentes de las más diversas fuentes. No hay casi tendencia que no esté representada en él. Antes de haber bebido de la fuente del marxismo y particularmente del leninismo, Mariátegui había conocido del movimiento revolucionario a través de las más diversas tendencias no proletarias. Tuvo grandes errores no sólo teóricos sino también prácticos. Son en realidad muy pocos los puntos de contacto entre el leninismo y el mariateguismo y estos contactos son mas bien incidentales. El mariateguismo confunde el problema nacional con el problema agrario; atribuye al imperialismo y al capitalismo en el Perú una función progresista; sustituye la táctica y la estrategia revolucionarias por el debate y la discusión, etc. Nuestra posición frente al mariateguismo es y tiene que ser de combate implacable e irreconciliable.”(Revista Socialismo y Participación Nº 11)

Como vemos, al que ahora se le considera el primer marxista crítico latinoamericano, se lo categorizaba bajo el signo de la desviación ideológica, un gran confusionista de ideas que bebían en fuentes distintas al “leninismo oficial” de 1933. ¿Qué nos enseña la historia? La reiteración de las mismas posiciones ante cualquier pensamiento crítico, divergente o controversial. Frente a estas heterodoxias, hay que aplicar “un combate implacable e irreconciliable”. El discurso del partido-aparato se había devorado por completo la posibilidad de debates, el conflicto de interpretaciones, la riqueza del pensamiento critico. La consigna era clara: critica sí… pero “crítica al pensamiento crítico”, como “combate implacable e irreconciliable”.

5.- ¿Y QUE FUE LO QUE DIJO ROSA LUXEMBURGO PARA QUE EL ESTALINISMO INVENTARA EL LUXEMBURGISMO COMO “DESVIACIÓN IDEOLÓGICA”?

Sin democracia socialista, no podrá edificarse una transición al socialismo que no recaiga en errores despóticos. Rosa Luxemburgo tuvo la lucidez de plantear es sus escritos: “Problemas de Organización de la Socialdemocracia Rusa” y “La Revolución Rusa”, una crítica sin ambigüedades a la reactivación del imaginario jacobino-blanquista en el seno de la socialdemocracia revolucionaria rusa. Sus enseñanzas deber ser analizadas a la luz de la crítica socialista del imaginario jacobino-blanquista de la revolución, y de todas aquellas corrientes que cultivan una predisposición por la “pureza revolucionaria”; por tanto, por el sectarismo y el despotismo.

Marx desconfiaba de quienes no colocaban el acento de una revolución de multitudes populares, de las clases trabajadoras, en el hecho de estar conducida desde órganos democráticos de dirección política revolucionaria. Obviamente existen instancias de dirección, de liderazgo y organización, pero de carácter colectivo y democrático.

Rosa Luxemburgo, en su texto: “Problemas organizativos de la socialdemocracia rusa” que apareció simultáneamente en Neue Zeit y en Iskra en 1904, elabora una respuesta al ¿Qué hacer? y a “Un paso adelante, dos pasos atrás”, ambos de Lenin. Para Luxemburgo, era claro que la prefiguración del nuevo Estado de transición hacia el Socialismo, se realizaba desde la conformación del propio partido revolucionario. Si el partido nacía con un carácter ultra-centralista o despótico, esto sellaría la construcción del Estado de transición.

Esto fue lo que ocurrió en la URSS, una organización partidaria con un carácter ultra-centralista, generó condiciones necesarias y facilitadoras para un liderazgo despótico. Dice Luxemburgo: “El libro (…) escrito por el camarada Lenin, uno de los dirigentes y luchadores más notables de "Iskra" en su campaña preparatoria del congreso ruso es la exposición más sistemática de la tendencia ultra-centralista en el partido ruso. La concepción que se manifiesta en esta obra del modo más penetrante y exhaustivo es la de un centralismo sin contemplaciones. Su principio vital es, por un lado, poner claramente de manifiesto la separación entre los destacamentos organizados de revolucionarios decididos y activos y el medio que los rodea, desorganizado pero activo revolucionariamente; por otro lado, la disciplina férrea y la injerencia directa, decisiva y determinante de las autoridades centrales en todas las manifestaciones de las organizaciones locales del partido.”

Para Lenin, es el comité central del Partido el que resulta ser el núcleo realmente activo, el espacio donde se diseñan efectivamente las decisiones del partido, mientras que las demás instancias de la organización, se limitan a ser instrumentos de ejecución de sus decisiones. Para Lenin, se trataba idealmente de la unión entre el centralismo de la organización y el movimiento socialdemócrata de masas, de allí la fórmula de “centralismo democrático”, una suerte de dogma organizativo de la ortodoxia soviética, que fluctuó entre el “centralismo conspirativo” leninista y el “centralismo burocrático” estalinista.

Frente a esta posición, Luxemburgo planteó: “La socialdemocracia origina una forma de organización completamente distinta a la de los movimientos socialistas anteriores, por ejemplo, los de carácter jacobino-blanquista”. Mientras Lenin sostiene que el revolucionario socialdemócrata no es otra cosa que un "jacobino inseparablemente unido a la organización del proletariado con conciencia de clase", Luxemburgo cuestiona esta concepción partidaria de la “conjura de una minoría”. Esto implica “una valoración distinta de los conceptos de organización, un contenido completamente nuevo para el concepto del centralismo y una concepción también novedosa de la relación mutua entre la organización y la lucha.

Luxemburgo parte de la diferencia específica entre Marx-Engels y el método jacobino-blanquista de organización. El blanquismo no precisaba de ninguna organización de masas populares para llevar a cabo la “conjura de una minoría”, y la táctica y las tareas inmediatas de la actividad se podían determinar con todo detalle de antemano, fijándolas y prescribiéndolas con arreglo a un plan determinado. Por esta razón los miembros activos de la organización solían transformarse en órganos ejecutivos puros de una voluntad ajena a su campo de actividad y determinada previamente, es decir, en instrumentos de ejecución del comité central.
Esto producía a su vez la segunda característica del “centralismo conspirativo”: la supeditación ciega y absoluta de los órganos inferiores del partido a las autoridades centrales y la ampliación de las atribuciones decisorias de éstas, hasta alcanzar la periferia más extrema de la organización del partido. Luxemburgo habla de “centralismo conspirativo” para caracterizar el leninismo organizativo, no de “centralismo burocrático”, pues lo sustantivo era el carácter ultra-centralista del espacio donde se diseñaban las decisiones, no el tamaño del aparato, su pesadez, inercia, o complejidad organizativa.

Para Luxemburgo, el centralismo socialdemócrata que ella justificaba a diferencia del “centralismo conspirativo”, no se puede basar en la obediencia ciega o en la supeditación mecánica de los miembros más combativos del partido a un poder central. Tampoco puede levantarse un muro de separación entre el núcleo de proletarios conscientes, ya organizados en cuadros fijos del partido, y el medio circundante, la base de masas, afectada por la lucha de clases y que se encuentra en proceso de ilustración respecto a sus intereses de clase. Por tanto, el “centralismo socialdemócrata” no puede ser otra cosa que “la concentración impetuosa de la voluntad de la vanguardia consciente y militante de la clase obrera frente a sus grupos e individuos aislados”; es decir, el "auto-centralismo" del sector dirigente del proletariado, el dominio de la mayoría dentro de su propia organización de partido.

Luxemburgo enfatiza el “dominio de la mayoría” dentro de la propia organización del partido, esto significa: “órganos democráticos de la dirección revolucionaria”, y por tanto, “democracia interna”. De allí la critica al ultra-centralismo de Lenin:

“Conceder a la dirección del partido ese poder absoluto de carácter negativo que Lenin propone, implica elevar a una potencia peligrosísima el carácter conservador que tiene esencialmente toda dirección. Si es todo el partido, o aún mejor, todo el movimiento el que determina la táctica socialdemócrata, en lugar de un comité central, cada organización del partido precisará el margen de maniobra que le permita la utilización completa de todos los medios para la intensificación de la lucha, así como la extensión de la iniciativa revolucionaria que cada situación ofrece. El ultra-centralismo que propugna Lenin, sin embargo, no nos parece impregnado en su esencia por un espíritu positivo creador, sino por un espíritu de vigilante. Su razonamiento se orienta, fundamentalmente, a conseguir el control de la actividad del partido y no a su enriquecimiento; a su restricción y no a su ampliación, en perjuicio y no en beneficio del movimiento”.

Y es a partir de este espíritu de vigilante central (una suerte de panoptismo político, siguiendo a Foucault), no de las cualidades que promueve Luxemburgo de espíritu creador, crítico, fecundación del debate, ampliación de su influencia social en la opinión pública, de enriquecimiento del movimiento de masas, que Lenin justifica la tutela de un “comité central omnisciente y omnipresente”.La crítica de Luxemburgo reside en la crítica de una modalidad de combinación entre ultra-centralismo y el decisionismo político encarnado en un pequeño grupo dirigente: “el mismo subjetivismo que ya ha jugado con frecuencia alguna mala pasada a la idea socialista en Rusia”. Dice Luxemburgo: “El Yo destruido y despedazado por el absolutismo ruso toma su revancha en su mundo revolucionario imaginario, instalándose en el trono y declarándose omnipotente, como un comité de conspiradores y en nombre de una "voluntad popular" inexistente”.

Justamente allí reside el imaginario jacobino-blanquista, En vez de masas populares organizadas y conscientes, de la multitud popular, de la puesta en acto de la democracia ilimitada, se proyecta en el plano de la fantasía un “mundo revolucionario imaginario”, un desdoblamiento que es a la vez disociación de la experiencia de un movimiento de masas real, movimiento que depende de correlaciones de fuerzas, de flujos y reflujos, con planos de consistencia material determinables. Así mismo, para Rosa: “(…) aparece en el cuadro un hijo aún más legítimo del proceso histórico, esto es, el movimiento obrero ruso, cuya hermosa tarea será la de crear una voluntad popular real por primera vez en la historia rusa. El "Yo" del revolucionario ruso aprovecha para dar un viraje rápido y declararse de nuevo dirigente todopoderoso de la historia, esta vez bajo la forma de la majestad suprema de un comité central del movimiento obrero socialdemócrata. Este acróbata audaz olvida que el único sujeto al que corresponde esta función dirigente es el Yo-masa de la clase obrera, empeñada por todas partes en cometer errores y en aprender por sí misma la dialéctica de la historia.”
El Comité central, el secretario general o presidente del partido se declaran dirigentes todopoderosos de la historia, una suerte de semblante de la majestad suprema del absolutismo que se pretendía derrocar. La sombra de la monarquía absolutista se interiorizaba como sombra de poder, como contra-identificación por parte de la “majestad del comité central”. En vez de la vieja corte absolutista, se enarbola una nueva corte de revolucionarios profesionales, que no logran realizar una ruptura paradigmática con el imaginario del opresor.
No es casual, entonces, que Luxemburgo hable del carácter conservador de toda dirección política, pues teme perder el control de los acontecimientos, al pretender fundir la voluntad de saber con la voluntad de orden. Se trata de ordenar y controlar desde arriba los acontecimientos revolucionarios, en vez de abrir las compuertas a las dinámicas instituyentes.

Se trata de aspectos no solo de orden político, sino también de orden epistemológico que el leninismo no logró desmantelar de raíz, pues presupone la fusión de la “vanguardia intelectual” con la “vanguardia política” (la herencia de Kaustky en el leninismo), hecho que justifica un posición autoritaria en el terreno del saber y el conocimiento, fundando el monopolio de la decisión en la garantía dialéctica de un saber basado en la subjetividad ultra-centralista. El “acróbata audaz” reaparece en su dimensión estrictamente epistemológica y no solo política, como “monopolio de la verdad”. La centralización de la autoridad epistémica es correlativa a la centralización de la autoridad política, fundamento del imaginario jacobino-blanquista. De allí que sea posible comprender el desplazamiento de la autoridad desde la mayoría del partido a la mayoría del buro político, y de esta a la mayoría del comité central, hasta llegar a una mayoría imaginaría, encarnada en el caso del estalinismo, en la fantasía del líder de poseer el “saber absoluto” sobre la “voluntad popular”.

Esta cadena de sustituciones desde la fuerza motriz a la minoría dirigente se explica por la aversión que el imaginario jacobino-blanquista tiene por las instituciones democráticas y por la presencia de voces múltiples, con acuerdos y desacuerdos circunstanciales. De allí la crítica de Luxemburgo:

“(…) el medicamento que han encontrado Lenin y Trotski, esto es, la supresión de la democracia, es aún peor que el mal que pretenden curar, puesto que en realidad, sepulta el manantial vivo que permite corregir todas las insuficiencias natas de las instituciones sociales, es decir, la vida política activa, libre y enérgica de las masas populares más amplias”.

Rosa Luxemburgo plantea su diferencia explícitamente frente a Lenin y a Trotsky:

“(…) digámoslo claramente: desde el punto de vista de la historia, los errores cometidos por un movimiento obrero verdaderamente revolucionario son infinitamente más fructíferos y valiosos que la infalibilidad del mejor "comité central".

No hay ni comité central infalible, ni mucho menos, Líder infalible y supremo. Se trata de repensar la dictadura del proletariado como democracia radical, no como dictadura de camarillas o personalista:

“Una vez conquistado el poder, el proletariado (...) debe -y a eso está obligado- aplicar medidas socialistas inmediatas del modo más enérgico, inflexible y sin contemplaciones, es decir, tiene que ejercer la dictadura, pero la dictadura de la clase y no la de un partido o una camarilla; dictadura de la clase que supone la publicidad más extensa, la participación más activa y sin trabas de las masas populares, la democracia ilimitada.”

Y esta participación más activa, esta publicidad más extensa, esta supresión de trabas de las masas populares, contrasta con la dictadura de un partido, una camarilla o una persona, como en el caso del estalinismo. Una democracia ilimitada de masas populares se enfrenta al imaginario jacobino-blanquista de la dictadura revolucionaria de la minoría consciente.

Dice Luxemburgo en su crítica a Lenin y a Trotsky: “Sin sufragio universal, libertad ilimitada de prensa y de reunión y sin contraste libre de opiniones, se extingue la vida de toda institución pública, se convierte en una vida aparente, en la que la burocracia queda como único elemento activo. Al ir entumeciéndose la vida pública, todo lo dirigen y gobiernan unas docenas de jefes del partido, dotados de una energía inagotable y un idealismo sin límites; la dirección entre ellos, en realidad, corresponde a una docena de inteligencias superiores; de vez en cuando se convoca a una asamblea a una minoría selecta de los trabajadores, para que aplauda los discursos de los dirigentes, apruebe por unanimidad las resoluciones presentadas. En definitiva, una camarilla, una dictadura, ciertamente, pero no la del proletariado, sino una dictadura de un puñado de políticos, o sea, una dictadura en el sentido burgués, en el sentido del jacobinismo (recuérdese la prolongación de los plazos entre los congresos de los soviets, de tres a seis meses).”

Una dictadura de un “puñado de políticos”, dictadura en sentido burgués, plantea Luxemburgo. Los jacobinos podrán ser revolucionarios, pero lo son de una revolución burguesa. La alternativa es otra. Más exactamente:“Una vez en el poder, la tarea histórica del proletariado es sustituir a la democracia burguesa por la democracia socialista, y no abolir toda clase de democracia. La democracia socialista, sin embargo, no se puede dejar para la tierra prometida, cuando se dé la economía socialista, como un regalo de Reyes para el pueblo obediente que, entre tanto, ha sostenido fielmente al puñado de dictadores socialistas.”

Frente a la dictadura de minorías (“revolucionarias” o no), frente a la forma de gobierno y paradigma político de las democracias restringidas, del elitismo en política, de la dominación espiritual de las clases dominantes, Luxemburgo plantea: “Pero esta dictadura (del proletariado) tiene que ser la obra de una clase y no la de una pequeña minoría dirigente, en nombre de una clase; esto es, tiene que ir resultando paso a paso de la participación activa de las masas, asimilar su influencia inmediata, someterse al control de toda opinión pública, surgir de la educación política creciente de las masas populares.”

Más allá del reconocimiento de los logros que Luxemburgo hace al Bolchevismo en múltiples aspectos económico-sociales de la Revolución rusa, Luxemburgo logra articular una crítica abierta al ultra-centralismo y al jacobinismo, elementos que inhiben la construcción de una democracia socialista. Luxemburgo cuestiona la “democracia dirigida” desde arriba, la concepción de que una minoría revolucionaria podría conquistar el poder político y mantenerlo en sus manos, y que esto es la conquista de la dominación por el proletariado. El rechazo a la doctrina de la “minoría revolucionaria”, se hace pues conduce a un poder aparente, a victorias aparentes y con ello a graves derrotas. Pues el imaginario jacobino-blanquista, a pesar de sus defensores, es parte de la vida espiritual burguesa que ha empapado el conjunto de la sociedad, que ha creado una organización y una disciplina espirituales que, a través de miles de canales, penetraron en las masas y las dominaron. Que se resume en: Pocos arriba, mandando; muchas abajo, gentes obedeciendo.

No hay revolución socialista en el plano de las conquistas económico-sociales sin democracia socialista en el terreno político. Para Luxemburgo: la revolución solamente puede venir de las masas, y solamente por las masas es llevada a cabo: “La práctica del socialismo exige una transformación espiritual completa de las masas, degradadas por siglos de dominación burguesa de clase. Instintos sociales en lugar de instintos egoístas, iniciativa de las masas en lugar de la desidia; el idealismo, que hace superar todos los sufrimientos, etc.. (...) La única posibilidad de un renacimiento reside en la escuela de la propia vida pública, en la democracia más amplia y más ilimitada, en la opinión pública. Lo único que hace el terror es desmoralizar.”

¿A que le temen los estalinistas? A vida del debate público, a la democracia más amplia y más ilimitada, en la opinión pública y en todos los terrenos, púes siguen presos del elitismo revolucionario, que como todo elitismo y apología de la oligarquía política, es el cementerio de la democracia radical.

SIEMPRE LA MISMA PERSONA

Porque querida Clara, lo digo abiertamente: el bagaje que los rusos en estos momentos le están cargando al comunismo, difícilmente podríamos arrastrarlo nosotros los comunistas de Alemania -dios me perdone porque me encuentro también entre ellos- si aún tuviéramos un partido comunista-dios me perdone si no tomo en cuenta el que hay actualmente- Aunque los rusos poseen un cómodo método. Si alguien se expresa contra ellos es un menchevique. Considero éste como un deber actual, el de analizar los mas profundos orígenes de los errores de los rusos precisamente en lo ideológico, y ami juicio, mostrar ahí como estas fallas provienen de una interpretación leninista, contra la cual lucho Rosa Luxemburgo hace unos 20 años y quiero en esta tarea, por la causa y en búsqueda de un método comprensible para todos, marcar la distancia con el menchevismo. La necesidad de hacerlo me la demostró claramente asimismo el hecho de que también un tal Lenin sea capas de presentar mis artículos escritos por mí como mencheviques. Un tal Lenin debería saber finalmente que el menchevismo es algo totalmente diferente, y voy a intentar demostrarlo. Y creo al fin existe una diferencia sustancial para Rosa, con respecto a los mencheviques, así como a los bolcheviques. Yo pienso querida camarada Clara, que comete usted con Rosa una injusticia igual o hasta mayor cuando remite todo solamente a malentendidos, a mala información -Risa estaba muy bién informada- , o su mala disposición personal. Una persona con una concepción del mundo tan acabada como Rosa de hecho es siempre la misma en todos lados: si escribe el programa Espartaco, o si critica a los bolcheviques; si escribe artículos o libros, si da una conferencia, o toma decisiones tácticas: es siempre la misma persona y esto es siempre lo reconfortante, que exista algo así, o que haya existido... Paul Levi, 23 de septiembre de 1921 a Clara Setkin, quién intentó por encargo de Lenin, convencer a Levi de no publicar el manuscrito de Rosa Luxemburgo sobre la Revolución Rusa.