29/12/10

"Partirás al amanecer", las memorias de Wole Soyinka


Mariana Enríquez

Wole Soyinka, primer Premio Nobel de Literatura africano, dramaturgo, narrador, docente y poeta, jamás llevó un diario, de modo que cada vez que escribió sus memorias, repartidas en varios volúmenes, debió recurrir a recuerdos traicioneros, material de archivo, y estudiosos que le aportaron material. En 1981 publicó Aké, la recreación de su infancia en Abeokuta, Nigeria; en 1994 Ibadan, The Penkelemes Years recuerda su adolescencia signada por la independencia de su patria; en 1972 reconstruyó su experiencia como preso político –dos años en prisión, la mayor parte del tiempo en una celda de aislamiento– en The Man Died. Partirás al amanecer (You Shall Set Forth At Dawn) es la última entrega de sus memorias, publicada en 2006, cuando el autor tenía 72 años, y acaba de aparecer en castellano con una notable y bienvenida traducción de Marcelo Cohen.

Los años que recorre Partirás al amanecer van, más o menos, desde la creación de la república de Nigeria en 1963 y su primer golpe de Estado en 1966, hasta la muerte del dictador Sani Abacha en 1998. Durante todos esos años, Wole Soyinka participó activamente de la política de su país, no sólo como satirista y narrador, sino como hombre público, negociador, miembro de la resistencia, conspirador. Las 700 páginas describen esa intensidad vital, llena de contradicciones y frustraciones, con gran humor, un afecto conmovedor por ese país tan complicado en el que le tocó nacer, pequeñas anécdotas de sus amigos y familiares –entre ellos el mítico músico Fela Kuti, su primo–, viajes, locuras, la relación mística con el dios Ogún, excursiones de caza, comilonas.


Soyinka es larger than life y no es para nada tímido. Es –se nota– un gran conversador: las páginas de estas memorias, intencionalmente desordenadas y poco rigurosas, buscan ser una larga charla que va desde los datos duros de la imposible política nigeriana hasta las anécdotas más insólitas. Partirás al amanecer es una historia política de Nigeria y del propio Soyinka, y también una colección de excentricidades, y ambos aspectos conviven en franca armonía. Así, por ejemplo, en la cuarta parte, “Cenando con un demonio y un avatar”, Soyinka se refiere a sus encuentros ocasionales con los gobernantes nigerianos, que suelen ser dictadores desde el momento en que toman el poder o acaban siéndolo con los años: como hombre público de un continente donde la regla no es ni por asomo la democracia, tiene que dirigirse a las autoridades si quiere conseguir cambios sociales. Y, por mucho que lo lamenten quienes preferirían verlo exiliado en alguna democracia occidental en vez de activo en Nigeria, en general esas autoridades pertenecen a un gobierno autoritario. “Todo aquel que pretenda vivir en el mundo real se encontrará sujeto al clamor de qué se puede y vale la pena extraer del usurpador de la autoridad en pro de un país, en pro de la humanidad palpable, no estadística, que es el ambiente donde uno se mueve. Para un temperamento como el mío nunca ha sido posible evitar una sensación de reproche por todo lo que se pierde, se desperdicia o se degrada día a día, todo lo que se vuelve irrecuperable o se daña irreparablemente al mantener esa posición de cómoda altivez del purista: la distancia innegociable. Sin embargo hay que trazar una línea. Al otro lado de la mía se encuentran los regímenes asesinos: el de Idi Amín, el del emperador Bokassa, el del sargento Doe, el de Mobutu Sese Seko y por supuesto el del general Sani Abacha.” Este último, que murió en 1998 durante una orgía con prostitutas asiáticas, obligó a Soyinka al exilio a mediados de los ‘90, cuando ya tenía más de 60 años. La crónica de esa escapada nocturna por el bosque es uno de los momentos más alucinantes de la biografía.

O quizá no. También podrían sumarse como momentos lisérgicos su búsqueda de la Ori Olokun, la perdida cabeza de una deidad mayor yoruba que, según le aseguran investigadores de la Universidad de Ife, se encuentra en Brasil; hacia allí parte el profesor Soyinka, se roba la cabeza de una colección privada en Bahía, descubre muy tarde que no es la original, y vuelve a intentar la recuperación del objeto sagrado ¡en el Museo Británico! O su participación en el festival de teatro de Siena, Italia, cuando para levantar la moral de la troupe decide traer desde Nigeria un eta (animal típico del país) para hacer un asado: la carne congelada, fruto de la caza, consigue pasar, milagrosamente, todos los controles aduaneros. O la entrada a Lagos –ex capital de Nigeria y todavía su centro comercial– en 1993, durante una brutal rebelión popular tras un fraude electoral, con el tráfico aéreo interrumpido, toque de queda y todas las actividades paralizadas, Soyinka entró en taxi, solo con un chofer medio loco, atravesando cada barricada gracias a su poder de persuasión y su fama (en su país es, sencillamente, el Profe): “Paramos a uno para preguntarle cómo se llegaba a Agege. Señaló hacia una dirección y nos previno: ‘Pero no hay que ir allí’. ‘¿Soldados?’, pregunté yo. No. Aquellos eran de la Policía Móvil, los ‘mato y me voy’, también conocidos como POMOs. Sólo en aquella zona habían matado a seis. Si doblábamos por la primera calle, veríamos los cadáveres; habían aparecido disparando como locos”.

De Kingston a Estocolmo, de Roma a Londres, de Atlanta a Benin, de Nadine Gordimer y Chinua Achebe a Stephen Spender y W. H. Auden, Partirás al amanecer también cuenta con los roces sociales típicos de un Premio Nobel, pero son los momentos menos atractivos del volumen. Lo más notables son todos esos nudos en los que se juega la vida y el destino, que definen qué es ser un intelectual comprometido y cuentan éxitos y fracasos que son los de Nigeria pero también los del continente africano y, en un sentido amplio, los de esa región que para bien y para mal llamamos Tercer Mundo.

Fuente: Página 12, Buenos Aires