28/12/10

Las confesiones romanas de Elvira Orphée

Foto: Piazza del Popolo

Figura original y exótica de la literatura argentina, a punto de cumplir 90 años la escritora habla de sus días en Roma con Moravia, Calvino y Elsa Morante.

Leopoldo Brizuela

Roma me conquistó por la gente común”, dice Elvira Orphée, casi noventa años, en Buenos Aires. “Cierro los ojos, y me veo embarazada de mi tercera hija, esperando el tranvía. Uno, dos, tres automóviles con familias frenan sin que yo se los haya pedido… ‘¡Venga, signora , suba la llevamos!’ Llego al mercado y una señora me dice: ‘mire, mire, ¡ quanto bene di dio!’ Quería hablarme de la guerra, ¿comprendés? Vuelvo del mercado y veo a mi hija Paula, de tres años, gritando en el balcón: ‘ ¡Ciao, Roberto! ¡Come stai, Goffredo! ¡Arrivederci, Maria! ’ Eran el repartidor, el cartero, la portera que ya la conocían y ya la adoraban.


Por eso”, dice, “yo bauticé a Italia: la tierra dove il bambino é ré . Y después, poco a poco fui haciéndome amigos.”

Para Elvira Orphée, que se describe como un “ser de soledad”, y que había permanecido tan ajena a sus compañeros de Filosofía y Letras como del círculo de Victoria Ocampo, prima hermana de su marido, la fraternidad literaria era una novedad. “Por simple intermediación de una pintora, nos llegó una invitación de una señora de sociedad que recibía en su garage, todos los jueves, a la intelligentzia romana; algo tan campechano que cada uno se llevaba su comida. Del primer día recuerdo a Mastroianni, que me impresionó modestamente, con su pelo teñido de rojizo, a Fellini, a Giulietta, y por fin, a Alberto Moravia y su mujer, Elsa Morante, que enseguida se apasionó por mí. No sé por qué. Elsa era así, fuego.”

Los Moravia, recuerda Orphée, vivían en la Piazza del Popolo, en los altos del “café de los escritores”. “Al otro lado de la plaza estaba el café de los pintores, donde yo dejaba a Miguel y me volvía a charlar con Elsa o con los mozos, a los que se podía dejar mensajes para cualquier escritor italiano”. Entre aquellas mesas, por las que habían pasado Lord Byron, Goethe o Leopardo, Morante ya era un mito. Mucho menos conocida internacionalmente que Moravia –quien, según cuenta Orphée, guiaba una vez por semana un tour de fans norteamericanas por los escenarios de sus propias novelas–; muy discutida en lo literario –pocos escritores italianos aprobaban el modelo decimonónico que había elegido para su primera novela, mientras que Georg Lukács la consideraba “el mayor genio literario del siglo XX”, Morante fascinaba una personalidad única, casi extravagante. Judía, hija de un hogar desavenido de los barrios populares, ocasionalmente prostituta en los durísimos tiempos previos a conocer a Moravia, a quien de inmediato veneró, Morante vivía desgarrada por amores imposibles por homosexuales como Luchino Visconti o Bill Morrow, el pintor norteamericano que al suicidarse la sumiría lentamente en el desequilibro mental...

Foto: Alberto Moravia, Elsa Morante y algunos amigos
Excesiva, apasionada, fanática de los gatos, la lectura de Antonio Gramsci y los poetas malditos, Morante se concebía casi como una gurú: llegaba a sostener que “un nuevo monstruo recorre el mundo: la falsa revolución” y ya lideraba un círculo de jóvenes, “comunistas sin raza ni partido” (Giorgio Agamben, Fleur Jaeggy, Sandro Penna, el mismo Morrow), en el que la figura de Elvira Orphée calzó natural y perturbadoramente. Aunque ninguno de ellos podía leer en español su primera y extraordinaria novela, Dos veranos (1956), que acababa de publicarse en la Argentina, Orphée, de una belleza aindiada, aire de fugitiva y laconismo demoledor, deslumbraba ya con los rasgos de sus futuros libros: independencia, originalidad y esa ferocidad cuya fama la envuelve aún hoy, pero que, acaso, no era más que el hábito de combatir la hipocresía provinciana a puras estocadas de sinceridad brutal.

“Llegué por primera vez a casa de los Moravia la noche del 24 de diciembre. Cuando entré, justo detrás de mí subía Pasolini con un arbolito de Navidad que, según dijo, acababa de robar para Elsa, de un restaurante finísimo... Tan pronto me vio me detestó”, dice Orphée, que en sus memorias le retribuye llamándole “escritor en lunfardo” y “cara de calavera”. “Estoy segura de que fueron celos...

Pero te confieso que tampoco Moravia me prestó demasiada atención. Elsa y él vivían en pisos diferentes, lo que yo nunca había visto que hiciera un matrimonio y me pareció muy bien, aprendí mucho. Pero Moravia estaba tan absorbido por su carrera que hasta se jactaba de restringir al máximo su vida sexual... Y cuando bajaba a distraerse un rato quería que le contaran historias... ¡Era de esos escritores obsesionados por los hechos, todo lo que quieren son hechos...! Yo me negaba a contarle las obviedades, las cursilerías, las vaguedades que él esperaba de una muchacha subtropical. Y siempre he sido de guardarme los secretos que sólo dice la poesía. En cambio, a Elsa los hechos no le importaban nada. Como yo, sólo quería poesía.” Poesía, dice Orphée, que no es lo que se escribe, sino, antes, una necesidad de librar a la vida, y a la memoria, de la tiranía del lenguaje cotidiano. “Yo nunca había sabido de nadie que viviera con esa necesidad permanente, estado de poesía. Nadie, salvo yo misma.” En verdad, más allá de la diferencia de edad y formación, las dos amigas, cada una en un estudio distinto de la vieja Roma, atravesaban momentos muy parecidos. Después de sus respectivos debuts literarios, sólo apreciados por algunos colegas eminentes, ambas estaban abocadas a un segundo proyecto, el que debía certificar su pertenencia al gremio de los escritores. Pero a diferencia de Morante, a quien el ejemplo de Moravia había afirmado más de lo que ella misma estaba dispuesta a admitir, Elvira Orphée parecía más perdida que nunca, y, en la desesperación por encontrar lectores, parecía dispuesta a escribir lo que otros querían de ella.

Uno (1960), su segunda novela de Orphée, aspira a ser un fresco de la clase social a la que había ingresado al casarse... Elsa Morante, en cambio, estaba escribiendo La isla de Arturo , empleando procedimientos que las amigas discutían. “El libro es una fábula protagonizada por Arturo, un muchacho común, huérfano, de la isla napolitana de Procida. A diferencia de Cassola, Elsa sabía que el tratamiento realista de los desamparados no es el más eficaz. Su método es retratar a las gentes sencillas con el lenguaje que éstas hablan, agravando esa poesía natural que tiene la gente del pueblo, haciendo que los personajes digan mucho más que lo que dicen, y sus paisajes dejen de ser reales para ser metafísicos... Era lo que yo no había llegado a hacer en Dos veranos , mi primera novela, cuyo protagonista, Sixto Riera, es un criado de padres desconocidos que mira la sociedad tucumana de un modo totalmente original”. Sin saberlo, Morante puso a Orphée en lo que la llevó literariamente de vuelta a Tucumán, al voltaje poético del habla del norte argentino, al culto de Juan Rulof, y, por fin, a la escritura de Aire Tan dulce (1966), ese esplendoroso tratamiento del lenguaje que influiría tan decisivamente a, entre otros, Sara Gallardo y Tomás Eloy Martínez.

Foto: Italo Calvino
“Muy bien, un día Elsa me llamó por teléfono con voz de conjura urgente: ‘Tienes que venir mañana, que va a venir un hombre bellísimo, ¡bellísimo!’ Yo fui. Era Italo Calvino. ‘Pero Elsa, ¿este uccellino te parece a ti un uomo bellísimo?’ Porque Italo tenía en la cumbre de la cabeza una especie de pirinchito, y en la boca algo como un repulgue herencia de un antepasado conejo... No me gustó nada. Por eso, o porque yo estaba casada, no le presté mucha atención. Hasta que un día llegó y me dijo: ‘Por favor, vamos al festival de Deux Mondes, Elvira’ ‘¿Con Elsa al volante?’, me espanté. ‘¡Ni loca!’ ‘Ah, Elvira’, me dijo entonces furioso, mordiendo las palabras, los ojos inyectados... ¡C ome sei snob !’, Yo me quedé de piedra. ¿Qué podía tener que ver el snobismo con el terror a los automóviles...? Hasta que de golpe entendí, y lo llamé, y convinimos una cita.

Fue en uno de esos cafés al aire libre, que yo amaba, porque siempre venía un mozo a cantarte canzonettas. Creo que empezamos hablando de un libro suyo, El sendero de los nidos de araña , un libro de una poesía simple, bella, que después abandonó, por una fantasía más rebuscada que ya no aprecio... ‘Pero Elvira’, me interrumpió de pronto. ‘¿Cómo quieres que se aprecie tu cuerpo con ese vestido que parece una bolsa?’ Era un vestido de seda, elegantísimo, pero con forma de bolsa. Yo le dije que tanto daba, porque estaba en los cuarenta y nueve quilos... Y ¿podés creer?, cuando nos quisimos acordar estábamos hablando de mis enfermedades, que me habían acosado desde que tengo memoria, y hablábamos con una erudición y con una pasión... porque mi madre y su padre habían sido químicos. Le dije que algo me devoraba por dentro, y él creyó entender.” “No”, dijo Orphée a Calvino, “lo suyo no era la augusta tenia saginata que María Callas había dejado vivir dentro de sí para bajar de peso. Eran las feroces amebas ictiolíticas que me había pegado en Tucumán y que me roían el vientre como una carcoma. ‘Las amebas no se bañan dos veces en nuestros mismos ríos’”, bromeó tímidamente Italo, “aunque nosotros para ellas somos el universo... Yo le respondí: ‘Somos las trampas que la mentalidad de Dios…’ (‘Si existiera’, me interrumpió él ) ‘...les puso para hacerlas creerse imperecederas dentro de nosotros. Lo mismo que nos hace creer a nosotros, humanos, que seremos eternos parásitos, letales, dentro del organismo del mundo...” “Eso hablamos ese día, y durante años hablamos así. A veces me aburría con Italo; creo que él, como yo, necesitaba del trampolín del otro para divertirse. Quizá porque tenía su romanticismo, eso que toda mujer necesita aunque lo niegue, guardado bajo siete llaves... Pero me doy cuenta de que me amó mucho aun sin que yo le correspondiera y que fue uno de mis grandes amigos. Sentí tanto cuando se murió ¿Sabías que fui yo quien le presentó a su mujer, a Chichita Singer, la argentina con la que se casó? Yo tuve mucho que ver con eso.