6/12/10

La URSS: de la revolución socialista al capitalismo de Estado

 
Ignacio Iglesias

Publicado por el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista)  en la revista Cuadernos de La Batalla, fechado el 15 de agosto de 1952. 

1.Preámbulo (1)

La cuestión rusa o, dicho en términos más precisos, la naturaleza de clase del Estado ruso, ha venido siendo al correr de los años –particularmente en estos veinte últimos- la piedra de toque en las discusiones internas y públicas de las organizaciones, grupos y grupitos revolucionarios.

Mas lo que antaño era mera discusión teórica, de importancia estrictamente ideológica y a largo plazo por así decirlo, se ha convertido ahora en algo tan fundamental e insoslayable que puede afirmarse rotundamente que deslinda sin equívoco posible las posiciones políticas. Y no sólo políticas. Las condiciones en que se ha afirmado el expansionismo soviético –reflejo tanto de las contradicciones existentes entre la URSS y el resto del mundo, como de la evolución interior de la URSS misma- ofrecen materiales que permiten emprender desde un ángulo enteramente nuevo y con perspectiva mucho más grande, el examen del problema ruso. En efecto, la segunda guerra mundial ha cambiado radicalmente no sólo la situación internacional y las relaciones de fuerza entre los diferentes países, sino los aspectos mismos de la cuestión rusa; al final de la misma, la burocracia estalinista apareció como habiendo desbordado los cuadros naturales de la Unión Soviética, convirtiéndose en fuerza dominante en una docena de países limítrofes, en los que ejerce el poder de manera directa o indirecta. La cuestión de la URSS ya no es sólo la cuestión de la URSS.
Hoy día nadie puede ser, como acontecía en el pasado, partidario de aquella entonces intrascendental consigna de la defensa de la URSS sin que esto deje de acarrear la aprobación más o menos tácita, o al menos un sostén confesado o no de la política exterior rusa, así como del sistema de explotación inhumano imperante en la URSS con su secuela de terror y de totalitarismo, que como muy bien dijo Trotski era la característica del régimen ruso mucho antes de que la expresión nos viniese de la Alemania hitleriana; este mismo sistema de explotación es el que actualmente rige en todo el llamado glacis soviético, sometido a la URSS tanto política como económicamente. De nada sirven, pues, las extorsiones teóricas o seudoteóricas de ciertos casuistas, ni menos aún los distingos de los que, al ejemplo de los trotskistas, hablan de un sostén crítico. La realidad social, insoslayable e imperativa, no deja lugar para los pedagogos que quisieran comportarse respecto al estalinismo como dicen que Francisco de Asís se comportaba respecto al lobo, al hermano lobo. Tratar de llevar al estalinismo al buen camino, a la vía revolucionaria e internacionalista; ofrecer día y noche gratuitos consejos de buena conducta con una inocencia virginal y esforzarse en facilitar su tarea -su criminal tarea, añadamos para ser más justos y concretos- a cambio de que permita escuchar algún que otro sermón franciscano, todo esto sería verdaderamente cómico si en el fondo de las cosas no resultase trágico. Trágico porque se trata del destino inmediato y futuro de la clase trabajadora y del socialismo. El estalinismo, según otra frase feliz de Trotski, es la lepra de la URSS y la sífilis del movimiento obrero internacional. Pues bien: la lepra y la sífilis no se curan con cataplasmas caseras y buenos consejos, por más que nos lo afirmen ciertos curanderos trotskistas y otros. Resumiendo sobre este asunto: la defensa de la URSS supone en la actualidad ni más ni menos que ir a la cola del estalinismo en no importa qué país y en no importa qué situación.

Nuestro Partido, el POUM, dada la heterogeneidad de sus componentes en el momento de la fusión de lo que hasta entonces fueron Bloque Obrero y Campesino e Izquierda Comunista, adoptó en sus primeros tiempos una posición un tanto empírica, aunque no obstante resultaba bastante clara. En medio de la desgracia que supuso la intervención rusa en España –Moscú apuñaló la revolución española antes que el propio franquismo-, esa intervención hizo que los militantes del POUM y no sólo del POUM aprendiesen en la práctica durante aquel periodo de 1936 a 1939 infinitamente más que otros lograron aprender en veinte años de discusiones teóricas y casi siempre bizantinas. El más miope de nuestros compañeros pudo ver y constatar inequívocamente que la URSS no era el país aquel que encerrado en sus fronteras se empeñaba en desentenderse del resto del mundo para construir el socialismo de acuerdo con la teoría de Stalin; país que decía partir de la realidad y posibilidades rusas para lograr establecer el socialismo en un solo país abandonando el resto de la clase obrera mundial a su sola suerte y sin otra misión que defender a la URSS en caso de agresión capitalista. Esa experiencia nuestra no fue jamás olvidada, porque no podía serlo, y al pasar la frontera camino del exilio llevábamos todos en el macuto una posición definitiva respecto al estalinismo y al régimen de la URSS (2) .  Hechos más recientes y por lo tanto innecesariamente recordables no hicieron sino reforzar esa actitud nuestra. Por otra parte, recordemos que el POUM se formó en lucha contra el estalinismo y que contra el estalinismo y la URSS defendió la revolución española en una lucha política de todos los días y hasta de todas las horas, lucha en la que sacrificó a sus militantes e incluso a sus dirigentes. El POUM cuenta con méritos más que suficientes para ostentar un consecuente y límpido antiestalinismo. No es de ahora que es antiestalinista; lo fue siempre. Y ese antistalinismo nuestro no lo es por reacción social -la aclaración huelga, indudablemente- sino por socialistas revolucionarios. Nadie puede ponerlo en duda.

La burocracia estalinista y la legión de lacayos que a sus órdenes ofician de escribas, no dejan de explotar el hecho verídico e innegable de que no pocos antiguos comunistas embarcados sin vergüenza ni temor –aunque tal vez con más temor que vergüenza- en el anticomunismo made in USA, han terminado por hacerse los abogados interesados de la reacción burguesa. Y, en consecuencia, una de sus expresiones más repetidas es la de que fuera del partido, es decir, fuera del estalinismo, no existe salud posible, especie de excomunión a priori con la que tratan de reforzar la fe de sus adeptos, lo mismo que el clero asusta a sus fieles descarriados o prestos al descarrío con las abrumadoras descripciones del infierno. Pero no estará de más el señalar igualmente que bastantes antiguos revolucionarios, embarcados también sin temor ni vergüenza –sin duda, asimismo, con menos vergüenza que temor- en el estalinismo han terminado por convertirse en vulgares verdugos de la clase obrera. Recordemos a los faltos de memoria y a los que ignoran un pasado todavía reciente, que al formarse el POUM hubo una pequeña e intrascendental escisión, la de los Colomer y demás congéneres, que tuvo por base la actitud tomada respecto a la URSS y al estalinismo. No fue casual ni mucho menos que todos aquellos individuos, que se alejaron de nuestro lado para asentar sus posaderas en el campo estalinista, fuesen los primeros en ser los brazos ejecutores de la represión llevada a cabo contra nuestro Partido a partir de junio de 1937. La defensa incondicional de la URSS y el amancebamiento con el estalinismo obliga, cuando la ocasión se presenta, a desempeñar el papel de policía y hasta de verdugo respecto a antiguos camaradas de lucha.

En consecuencia, nuestra actitud respecto al estalinismo y respecto a la URSS debe partir de consideraciones distintas a las meramente psicológicas o dictadas por oportunismos circunstanciales, sin tener en cuenta más que una sola y única cosa: la realidad intrínseca del régimen imperante en la URSS. Queremos decir que no puede hacer mella en nosotros esa especie de terror que el estalinismo extiende a través de todas las fronteras, cubriendo de improperios a cuantos no se someten a su dictado, motejándolos ayer de fascistas y hoy de pro-americanos; tampoco puede ser aceptado ese criterio simplista de los que obran por simple silogismo y que partiendo del hecho de que un cierto sector de la clase obrera es stalinista, y de que nuestro deber es estar siempre al lado de la clase obrera, deducen que no puede combatirse al stalinismo sin combatir a esa misma clase obrera, y que para defender a ésta se precisa juntarse al stalinismo. (A esta gente puede recordársele que también el hitlerismo contaba con un sector de la clase obrera alemana y que antes de apoderarse del poder organizaban huelgas de toda índole, por cierto, al alimón con el estalinismo). Ni qué decir tiene, igualmente, que la consideración de que la URSS es denunciada por el capitalismo no puede ni debe apartarnos de nuestra línea de conducta, que es la de decir las cosas tal como son, amén de que habría de demostrarse quién hace más daño a la causa del socialismo, si el capitalismo con sus ataques o el estalinismo con su conducta. Existen chantajes que van durando demasiado y que va siendo hora de desterrar de los medios obreros.

El caracterizar el régimen ruso como el de un capitalismo de Estado no responde a una presión de la situación actual –a una presión del capitalismo, como arguyen los trotskistas-, ni a una reacción personal fruto de las experiencias sufridas con los estalinistas, ni menos aún a una actitud de desesperación o pérdida de fe en las posibilidades de la clase trabajadora. Lejos de esto. El definir a la URSS como un régimen de capitalismo de Estado es un hecho que se impone a la luz de un estudio incluso sumario de la realidad social imperante en el país. Juzgar el régimen ruso por la aparente ausencia de la propiedad privada, de la propiedad individual que liquidó la revolución de Octubre; por la estatización de los medios de producción y asimismo por las transformaciones de la propiedad realizadas bajo la égida stalinista en tal o cual país o territorio, es decir, en los distintos países del glacis, es pura y simplemente tomar el rábano por las hojas, o sea, contentarse con una explicación cortical que no llega ni con mucho al meollo de las cosas. La nueva clase social rusa, que no quiere en modo alguno compartir o repartir el Poder y sus privilegios con las antiguas clases gobernantes, se ha visto obligada a efectuar en todo el Este europeo una serie de modificaciones sociales que a fin de cuentas no responde a la realización de un programa socialista, sino justamente, repetimos, al reforzamiento de su hegemonía mediante la estatización de la propiedad y el control directo y total del Estado, con lo cual la propiedad queda por completo en sus manos.

La URSS régimen de capitalismo de Estado; la burocracia rusa nueva clase social explotadora; el estalinismo movimiento político que responde a los intereses sociales del capitalismo de Estado de la URSS y de su clase dominadora. Tal es la conclusión o conclusiones que se imponen. Sin duda puede parecer a algunos un poco precipitada, y sobre todo en contradicción con nuestras pasadas posiciones. Pudiera ser que exista quien guste de husmear en el pasado y trate inocentemente de poner en evidencia lo que pensábamos y decíamos entonces y lo que pensamos y decimos ahora. A decir verdad, la refutación de este tonto ejercicio no merece ni tan siquiera una sola línea, tanto más por cuanto no existe en nosotros un cambio brusco e inesperado. En la medida que el lenguaje es un reflejo de las ideas y una manera de expresarlas públicamente, es natural que el nuestro no sea hoy día el mismo de hace años, por no serlo tampoco las ideas, reflejo a su vez de la realidad social de las cosas que les da vida y a las cuales responden. Hace una veintena de años resultaba harto atrevido afirmar que una nueva clase social había surgido en la URSS; si ésta había surgido, sus perfiles eran en todo caso aún poco definidos, y, por otra parte, nosotros mismos éramos presa de concepciones que ya entonces no respondían a la realidad concreta -actualmente lo sabemos y comprendemos bien- pero que tenían todavía que pasar por el tamiz de una experiencia a realizar. Para nosotros, marxistas, la dialéctica no es una expresión más, una denominación carente de sentido preciso: la dialéctica es y continúa siendo, como la definió Engels, la ciencia de las leyes del movimiento y del desarrollo de la naturaleza, de la sociedad y del pensamiento. Desarrollo del pensamiento... Con esto queda dicho todo.

Las líneas que siguen tratan de abordar algunos de los principales aspectos del problema de la URSS, sin la pretensión de sentar cátedra ni orientar a los camaradas. Simplemente se exponen unas cuantas ideas, las fundamentales, con la mayor claridad posible y con el deseo de que los demás las contrasten con las suyas propias y establezcan las deducciones necesarias. Lo único que lamenta el autor es que la falta de tiempo y de documentación adecuada haya obligado a sintetizar demasiado y a dejar de lado aspectos que bien merecen asimismo una cierta atención.
Febrero de 1952

2. Trascendencia y particularidades de la revolución de octubre de 1917

La revolución rusa de Octubre ha sido, sin la menor duda, el acontecimiento social más importante del siglo. Como señaló Rosa Luxemburgo (3) ,  su explosión, su radicalismo sin ejemplo, la poderosa extensión que tomó, la acción profunda mediante la cual trastornó todos los valores de clase y desarrolló todos los problemas sociales pasando del primer estadio del republicanismo burgués a fases socialistas, todo esto evidencia hasta la saciedad que no se trató de un hecho político episódico, sino de la culminación de un largo y penoso proceso de preparación revolucionaria en el que la socialdemocracia, y los bolcheviques sobre todo, jugó un papel, año tras año, importante y fundamental.

Desde comienzos de siglo, incluso antes, los grupos revolucionarios rusos discutían ya los caracteres y alcance de la futura revolución. La socialdemocracia, dividida pronto en bolcheviques y mencheviques más que nada por cuestiones de organización, definió esa revolución como democrático-burguesa; consideraba que Rusia tendría que seguir el mismo proceso histórico que la Europa occidental, o sea, como decía Plejanov, “pasar por el purgatorio capitalista”. Los bolcheviques, que también reconocían el carácter democrático-burgués de la revolución, discrepaban de los mencheviques en lo referente a las fuerzas motrices de la misma. Éstos estimaban que la dirección correspondía a la burguesía, puesto que la revolución era burguesa, mientras aquellos entendían que en razón del atraso del capitalismo ruso, sería el proletariado el que, aliado con los campesinos, se pondría a la cabeza. “Cuanto más completa, más decisiva y más consecuente sea la revolución burguesa, tanto más garantizada se hallará la lucha del proletariado contra la burguesía por el socialismo”, escribía Lenin (4) .  Por lo demás, Lenin buscaba las fuentes de la revolución en la tradición nacional rusa, considerando la cuestión agraria como la espina dorsal de la revolución y a los campesinos pobres como la reserva principal de energía revolucionaria, con lo cual se acercaba al antiguo programa de los narondnikis (populistas) y se alejaba de los mencheviques. Pero dos opiniones más avanzadas, que superaban en mucho a bolcheviques y mencheviques, fueron expuestas ya en 1905 por Rosa Luxemburgo y León Trotski. Ambos coincidían en el fondo al estimar que el proletariado, a la vanguardia de la revolución, no sólo pondría al orden del día los problemas de índole democrática, sino asimismo los de carácter socialista; la revolución toma entonces un sentido ininterrumpido, permanente. En 1917 la teoría de la revolución permanente elaborada por León Trotski halló su confirmación más definitiva. Éste último escribió más tarde: “La insignificancia de la burguesía rusa hizo que los objetivos democráticos de la Rusia atrasada, tales como la liquidación de la monarquía y de una servidumbre de campesinos semisiervos, no pudieron alcanzarse sino por la dictadura del proletariado. Pero, habiendo conquistado el poder a la cabeza de las masas campesinas, el proletariado no pudo limitarse a las realizaciones democráticas. La revolución burguesa se confundió inmediatamente con la primera fase de la revolución socialista”(5) . 

La revolución de Octubre, pues, dado el atraso económico del país tuvo que enfrentarse con tareas socialistas y tareas burguesas. Los bolcheviques en el poder emprendieron unas y otras, imprimiendo así a la revolución un carácter mixto, es decir, democrático-socialista. Por un lado nacionalización de la industria, del comercio y de las bancas; por otro, reparto de tierras a los campesinos, libre autodeterminación nacional. No cabe la menor duda que éstas dos últimas medidas, tan importantes y decisivas, obedecieron más que a consideraciones ideológicas, a mero oportunismo político: el reparto de tierras, sobre todo, constituía la manera más simple y más contundente de romper la gran propiedad agraria y ganar la simpatía de las grandes masas campesinas. Pero, en el fondo, nada tenía que ver con el socialismo. Como lo observó Rosa Luxemburgo, esta medida de los bolcheviques tendía a acumular dificultades insuperables en la futura transformación de las condiciones de la agricultura en un sentido socialista. “La reforma agraria de Lenin –escribió aquella en su citada obra- ha creado para el socialismo en el campo una nueva y poderosa categoría de enemigos cuya resistencia será mucho más peligrosa y más obstinada que no lo era la de los grandes terratenientes aristócratas”. La colectivización en el campo, emprendida diez años más tarde por Stalin con una violencia inaudita, ha justificado en parte las aprensiones de la gran militante socialista que fue Rosa Luxemburgo. Sin embargo, para ser objetivos, falta saber -¿y quién lo sabe?- si los bolcheviques hubieran podido sostenerse en el poder sin haber ganado previamente a las masas campesinas mediante el reparto de tierras. A decir verdad, esta contradicción entre el fin y los medios es fruto del carácter mismo de la revolución rusa, determinado por su atraso económico.

Es indudable que la economía semifeudal rusa, cuya producción había caído casi a cero durante los primeros tiempos de la conquista del poder y que había de atravesar luego los años difíciles de la guerra civil, no podía dar el salto que la transformase de la noche a la mañana en una economía socialista. En consecuencia, durante el primer periodo revolucionario representó un sistema combinado que iba de la primitiva economía natural en el campo hasta el sector nacionalizado de la industria y del comercio. A fin de cuentas, la edificación de una economía y de una sociedad socialistas en Rusia estaba totalmente condicionada por la victoria de la revolución en la Europa occidental, particularmente en Alemania. El problema podía ser planteado en Rusia, pero no resuelto. Incluso bastantes de las medidas socializadoras lo fueron como consecuencia de las necesidades inmediatas de la guerra civil, que impuso una especie de comunismo de guerra. “El comunismo de guerra -explicó Lenin- nos había sido impuesto por la guerra y la ruina. No fue ni podía ser una política que respondiese a las tareas económicas del proletariado”. “Los objetivos económicos del poder de los soviets -explicó por su parte Trotski- se reducen principalmente a sostener las industrias de guerra y a sacar partido de las débiles reservas existentes para combatir y salvar el hambre a las poblaciones de las ciudades. El comunismo de guerra era en el fondo la reglamentación del consumo en una fortaleza sitiada”. Las dificultades económicas llevaron, a través del impuesto en especie y después del insoportable periodo de comunismo de guerra, hasta la NEP. La NEP significaba o era la expresión económica del retroceso de la revolución.

Las dificultades económicas del país tuvieron su reflejo inmediato en el terreno político. La excesiva centralización impuesta por las necesidades militares y la eliminación progresiva de la democracia soviética culminaron con la anulación de todos los partidos políticos, salvo el bolchevique. La dictadura del proletariado se convirtió pronto en la dictadura de los bolcheviques. De esta manera se suprimió toda la vida política, toda actividad, todo control. Rosa Luxemburgo escribió páginas encendidas y plenas de pasión criticando la acción de Lenin y su partido. “La libertad -decía- reservada a los solos partidarios del Gobierno, a los solos miembros de un partido, por numerosos que ellos sean, no es la libertad”. “La condición que supone tácitamente la teoría de la dictadura del proletariado según Lenin y Trotski, es que la transformación socialista es una cosa para la cual el partido de la revolución tiene en el bolsillo una receta ya preparada que sólo tiene necesidad de aplicar con energía. Por desgracia –o más bien por fortuna- no es así”.”La práctica del socialismo exige toda una transformación intelectual en las masas degradadas por siglos de dominación burguesa. Instintos sociales en lugar de instintos egoístas, iniciativa de las masas en lugar de inercia, idealismo que se eleve por encima de todos los sufrimientos, etc. Nadie sabe mejor esto, ni lo describe con mayor fuerza, ni lo repite con mayor obstinación que Lenin. Solamente él se engaña por completo en cuanto a los medios: decretos, poder dictatorial de los inspectores de fábricas, penalidades draconianas, reino del terror son otros tantos paliativos. El único camino que conduce al renacimiento, es la escuela misma de la vida pública, la democracia más amplia y más ilimitada, la opinión pública. Es justamente el terror el que desmoraliza. ¿Qué queda si se quita todo esto? Lenin y Trotski han colocado en el lugar de los organismos representativos surgidos de elecciones populares generales a los soviets como la sola representación verdadera de las masas obreras. Pero, ahogando la vida política en todo el país, es fatal que la vida se paralice cada vez más en los propios soviets. Sin elecciones generales, sin libertad ilimitada de prensa y de reunión, sin lucha libre entre las opiniones, la vida se muere en todas las instituciones públicas, se convierte en una vida aparente en la que la burocracia es el solo elemento que permanece activo. Es una ley a la que nadie puede sustraerse. La vida pública se adormece gradualmente; varias docenas de jefes de partido, de una energía inagotable y de un idealismo sin límites, dirigen y gobiernan; entre ellos, la dirección está en realidad en manos de una docena de hombres de eminente cerebro, y una élite de la clase obrera es convocada de vez en cuando a reuniones para aplaudir los discursos de los jefes, votar por unanimidad las resoluciones que se le presenta. Se trata, pues, en el fondo, de un gobierno de camarilla; de una dictadura, es cierto, pero no de la dictadura del proletariado, sino de la dictadura de un puñado de políticos, es decir, una dictadura en el sentido burgués, en el sentido de la dominación jacobina”.

La revolución rusa se encontró encerrada en un círculo de contradicciones. Por un lado, el atraso económico del país y la descomposición en la producción que produjo la guerra no ofrecía otra socialización que la de la miseria; por otro, las medidas tomadas tendentes a superar esa miseria -reparto de tierras y otras- no tenían nada de socialistas. Por si fuese poco, la organización del llamado comunismo de guerra condujo ineluctablemente a una centralización que ahogaba toda iniciativa, que daba vuelos a la burocracia y que terminaba con la democracia obrera, instaurándose la dictadura de un partido primero, de una camarilla luego, y no la dictadura del proletariado; a la lucha contra las demás organizaciones siguió pronto la lucha contra las oposiciones que surgían en el seno mismo del partido bolchevique. No hay duda de que el grupo dirigente, con Lenin a la cabeza, trataba de ganar tiempo y conservar el poder en espera de que la revolución se extendiera a otros países más industrializados, a Alemania sobre todo. Mil veces repitieron que sin el triunfo de la revolución alemana la revolución rusa estaba perdida. Para ellos, la revolución rusa no era sino el comienzo, el paso primero a dar hacia la revolución internacional socialista. “Solamente la victoria del proletariado de Occidente puede proteger a Rusia contra la restauración capitalista y asegurar la instauración del socialismo”, escribía Trotski. Rusia, repetimos una vez más, había planteado el problema; la solución, por así decirlo, correspondía a otros países, a los que podían aportar esa solución en razón de su desarrollo social. De lo contrario, replegada sobre sí misma, la revolución rusa se vería obligada a retroceder, a sufrir la triple presión del campesinado, de la burocracia y de la dictadura bolchevique, todo lo cual tenía fatalmente que terminar a su vez en la imposición de una camarilla: la estaliniana (6) . 

En efecto, la revolución internacional no se produjo; ni tan siquiera en Alemania pudieron vencer las fuerzas revolucionarias, y esto por causas distintas que escapan o se salen fuera del marco de este estudio, aunque sí vale la pena el apuntar que no fue tanto la capacidad de resistencia y de recuperación del capitalismo como el craso error bolchevique de querer imponer ya por doquier el esquema de la revolución rusa uno de los motivos principales de los fracasos cosechados en el frente revolucionario internacional, muy particularmente en la Europa central. Las consecuencias de esos fracasos no dejaron de sentirse, no sólo en los países donde la clase obrera se vio vencida, sino asimismo en la URSS. De hecho el proletariado ruso perdió el poder, la propia dictadura se convirtió en una dictadura reaccionaria de la burocracia termidoriana. La economía rusa pasó del comunismo de guerra a la NEP y de la NEP al triunfo burocrático que la llevaría luego a la instauración del capitalismo de Estado bajo la égida de Stalin.

3. Burocratización del Partido Bolchevique y del Estado

La grave situación económica que hubo de vivir el naciente Estado obrero como consecuencia de la herencia zarista y de los estragos de la guerra civil, y, sobre todo, el fracaso de la revolución proletaria en la Europa occidental -la abortada revolución alemana de 1923 fue el golpe definitivo- hubieron de pesar ineluctablemente y de manera definitiva sobre los destinos ulteriores de la revolución rusa. “Una revolución proletaria victoriosa en Alemania hubiera roto de un golpe, con enorme facilitad, la cáscara del imperialismo y hubiera realizado, con toda seguridad, la victoria del socialismo en escala mundial sin dificultades o con dificultades muy pequeñas”. (Lenin: Sobre la actual economía rusa).

La llamada Nueva Política Económica (NEP), recurso último al que recurrieron los bolcheviques para salvarse de la catástrofe económica, supuso la vuelta a la producción libre, artesanal, con la consiguiente venta libre de los productos campesinos en el mercado, y hasta la empresa capitalista libre. Y esto, a su vez, supuso el nuevo resurgimiento de la lucha de clases que la guerra civil parecía haber suprimido definitivamente. Merced a estas dificultades económicas, y por lo tanto políticas -baste recordar el recrudecimiento de la lucha de fracciones en el seno del propio partido bolchevique-, la nueva burocracia soviética fue creciendo y ganando posiciones no sólo en las instituciones del Estado, sino en los medios mismos del partido. La revolución y la dura guerra civil había devorado las mejores energías del proletariado ruso, cuya vanguardia quedó en extremo debilitada. No faltaba más que el fracaso de la revolución en el terreno internacional para que las tendencias del nacionalismo y del burocratismo, íntimamente ligadas e inseparables, se viesen favorecidas. Estas tendencias buscaron su expresión en el aparato gobernante. La ascensión de Stalin fue el triunfo de las mismas.

A este particular Trotski escribió en su obra La revolución traicionada lo que sigue: “Sería ingenuo creer que Stalin, desconocido entre las masas, salió de repente de los bastidores, armado de un plan estratégico. No, antes que él entreviese su camino, la misma burocracia lo había adivinado. Dábale todas las garantías necesarias: el prestigio de viejo bolchevique, un carácter firme, un espíritu estrecho, lazos indisolubles con los bureaux, la única fuente de influencia personal. Al principio, Stalin se sorprendió de su propio éxito. Era la aprobación de la nueva capa dirigente que trataba de liberarse de los viejos principios como el control de las masas, y que necesitaba de un arbitrio seguro en sus asuntos interiores. Figura de segundo plano ante las masas y la revolución, Stalin se evidenció como el jefe indiscutible de la burocracia termidoriana, como el primero entre los termidorianos”.

¿Cómo se formó esa burocracia, es decir, con qué elementos? El fermento se hallaba ya, por poco que se busque, en la contextura misma del partido bolchevique. Rosa Luxemburgo lo había denunciado con una pasión y visión ejemplares. Pero los elementos decisivos los facilitó la desmovilización de los cinco millones de hombres que durante la guerra civil formaron el ejército de la revolución. Los soldados victoriosos se reintegraron a su trabajo en fábricas o campos, pero los jefes, en su mayoría, ocuparon los puestos más importantes en los soviets, en los organismos dirigentes de la producción y de la distribución, en las escuelas, en los distintos organismos estatales y del partido, llevando a todas partes un espíritu de mando único e indiscutible. Las masas trabajadoras fueron eliminadas poco a poco de toda participación efectiva y real en el poder. “La joven burocracia -señaló Trotski-, formada al principio para servir al proletariado, se sintió árbitro entre las clases y se hizo cada vez más autónoma”. En realidad, las tendencias burocráticas que la dictadura del proletariado engendra inevitablemente, se abrazaron con las particularidades de un partido acostumbrado a prescindir del control de las masas y a decidir según el buen entender del centro dirigente. (Para los bolcheviques el revolucionario profesional lo era todo y la espontaneidad de las masas no era nada). En otro lugar hemos estudiado un poco más en detalle esta cuestión (7) . 
En el proceso de degeneración de la revolución rusa, los antiguos revolucionarios se transformaron en burócratas sin escrúpulos, ávidos de poder personal y megalómanos en extremo, hallando natural que los triunfos de la revolución victoriosa los recogieran ellas y no la masa de trabajadores. La ambición de nuevas generaciones, ansiosas de hacer carrera, encontró en el burocratismo el canal por el cual se podía más fácilmente triunfar. El proceso en cuestión alcanzó en la URSS proporciones insospechadas, incluso inimaginables, desarrollándose a un ritmo rapidísimo. Trotski, entre otros, trató de evaluar numéricamente la burocracia rusa, a base de informes y de deducciones distintas. Vale la pena transcribir in extenso lo que a este respecto escribió en su citada obra La revolución traicionada.

“Los burós centrales del Estado contaban el 1º de noviembre de 1933, según datos oficiales, aproximadamente con 55.000 personas pertenecientes al personal dirigente. Pero esta cifra, muy acrecentada en el curso de los últimos años, no comprende ni los servicios del ejército, de la flota y de la GPU, ni la dirección de las cooperativas y lo que se denominan sociedades, Aviación-Química y otras. Cada República tiene además su aparato gubernamental propio. Paralelamente a los estados mayores del Estado, de los sindicatos, de las cooperativas y otros, confundiéndose parcialmente con ellos, existe, por último, el poderoso estado mayor del partido. En modo alguno exageraremos si estimamos en 400.000 almas las que componen los medios dirigentes de la URSS y de las Repúblicas que pertenecen a la Unión. Puede que alcancen hoy el medio millón. No se trata de simples funcionarios, sino de altos funcionarios, de los jefes, que forman una casta dirigente en el lato sentido de la palabra, sin duda dividida jerárquicamente por muy importantes separaciones horizontales”.

“Esta capa social superior está sostenida por una pesada pirámide administrativa de base amplia y múltiple. Los comités ejecutivos de los soviets de regiones, de ciudades y de distritos, doblados por los órganos paralelos del partido, de los sindicatos, de las juventudes comunistas, de los trasportes, del ejército, de la marina y de la seguridad general, deber dar la cifra de un orden de 2 millones de hombres. No olvidemos tampoco los presidentes de los soviets de 600.000 pueblos y aldeas”.

“La dirección de las empresas industriales estaba en 1933 en manos de 17.000 directores y subdirectores. El personal administrativo y técnico de las fábricas, talleres y minas, comprendidos los cuadros inferiores y hasta los contramaestres contaba 250.000 almas (de las cuales 54.000 especialistas que no desempeñan funciones administrativas en el sentido propio de la palabra). Es necesario añadir a estos números el personal del partido, de los sindicatos y de las empresas administradas, como es sabido, por el triángulo (dirección, partido, sindicato). No será exagerado estimar en medio millón de hombres el personal administrativo de las empresas de primera importancia. Sería preciso añadir el personal de las empresas que dependen de las Repúblicas nacionales y de los soviets locales.”

“Desde otro ángulo, la estadística oficial indica en 1933 más de 860.000 administradores y especialistas en el conjunto de la economía soviética. De este número más de 480.000 en la industria, más de 100.000 en los transportes, 93.000 en la agricultura, 25.000 en el comercio. Estas cifras comprenden los especialistas que no ejercen funciones administrativas, pero no el personal de las cooperativas y de los koljoses. Y han sido sensiblemente superadas en el curso de los dos años últimos”.

“Teniendo sólo en cuenta los presidentes y organizadores comunistas, 250.000 koljoses nos dan un millón de administradores. En realidad hay muchos más. Con los dirigentes de los sovjose y de las estaciones de máquinas y tractores, el mando de la agricultura socializada supera con mucho al millón”.

“El Estado disponía en 1935 de 113.000 establecimientos comerciales; la cooperación tenía 200.000. Los gerentes de los unos y de los otros no son, a decir verdad, meros dependientes, sino funcionarios, y funcionarios de un monopolio de Estado...”

“La categoría social que, sin proporcionar un trabajo productivo directo, manda, administra, dirige y distribuye los castigos y las recompensas (sin tener en cuenta a los maestros) debe ser estimada en cinco o seis millones de almas...”

“En la masa burocrática, los comunistas y jóvenes comunistas forman un bloque de 1.500.000 a 2.000.000 de hombres... Es la osamenta del poder. Los mismos hombres constituyen el esqueleto del partido y de las juventudes comunistas. El ex partido bolchevique ya no es la vanguardia del proletariado, sin la organización política de la burocracia. El conjunto de los miembros del partido y de las juventudes sólo sirve para proporcionar activistas; es, en otros términos, la reserva de la burocracia..”.

“Se puede admitir como hipótesis probatoria que la aristocracia obrera y koljosiana es aproximadamente igual en número a la burocracia, o sea, de 5 a 6 millones de almas... Con las familias, estas dos capas sociales que se penetran pueden abrazar de 20 a 25 millones de hombres”.

Paralelamente a esto, el partido se ha visto por completo modificado desde el punto de vista de su composición. En el XVIII Congreso celebrado en 1938, un informe señalaba que solamente el 9,3% de los delegados eran obreros que trabajaban en las fábricas y que los obreros representaban el 1,3% de sus adherentes en el país. El informe del jefe del servicio de propaganda del Comité Central del partido publicado en enero de 1947, se limita a notar que a pesar de la pérdida de centenares de miles de miembros, los efectivos del partido habían pasado de 3,5 millones a 6 millones. El informe en cuestión sólo añade que más de 400.000 cuentan con una instrucción superior, aproximadamente 1,3 millones con instrucción secundaria, 149.000 ingenieros, 24.000 agrónomos y 40.000 médicos, pero no dice cuántos miembros del partido son aún obreros y cuántos trabajan en las fábricas.

Esta burocratización no se ha efectuado sólo en la URSS, a tenor de ciertas particularidades sociales, sino asimismo en el resto de los países satélites, lo cual evidencia la naturaleza burocrática del estalinismo. Por ejemplo, según datos oficiales, Checoslovaquia cuenta en la actualidad con 200.000 funcionarios públicos más que en 1938, siendo así que su población ha disminuido en un 20% (8) . 

Y no sólo se ha efectuado en los países donde el estalinismo tiene el poder en sus manos, sino también en todo el mundo occidental. El yugoslavo Djilas ha escrito lo que sigue: “Se puede juzgar el grado de burocratización de los partidos comunistas occidentales (ni siquiera hablamos de los partidos comunistas en el poder) y de la medida en la cual se ha convertido en la tendencia dominante en el seno de esos partidos, por los hechos siguientes: el partido comunista del Land renano-westfaliano contaba en 1932 con 32 funcionarios retribuidos. Cuenta hoy con 960. Si tomamos como cifra media de funcionarios retribuidos por Land en 1932 la de 32, entonces su número habría sido para toda Alemania occidental de 352. Se puede incluso suponer que este número era un poco menor, pongamos aproximadamente 260, puesto que los otros Laender tenían una industria menos desarrollada y menos miembros inscritos en el partido. Ahora, si tomamos la cifra de 960, que representa el número de funcionarios retribuidos en el Land westfaliano-renano, como media actual de funcionarios del partido retribuidos por Land y la multiplicamos por los once Laender, el total sería de 10.560 funcionarios. Si deducimos el 25% en los otros Laender, menos desarrollados desde el punto de vista industrial, el número de funcionarios del partido retribuidos se elevaría hoy en la Alemania occidental a 7.920 aproximadamente. Se llega a resultados aún más aplastantes mediante el análisis de los PC de Francia y de Italia” (9) . 

La burocratización del partido y del Estado ruso llevó a la pérdida de hecho del poder por la clase trabajadora y equivalió también de hecho a una derrota total y definitiva de la economía socialista. Es decir, el sector nacionalizado perdió su carácter socialista, puesto que la importancia del elemento socialista en la economía soviética se basaba principalmente en el carácter obrero del poder, adquiriendo una nueva fisonomía estática, burocrática y totalitaria.

4. Las etapas de la contrarrevolución estalinista

Las etapas de la contrarrevolución estalinista en la URSS son las de la destrucción de la libertad, de toda clase de libertades, incluso las más mínimas. A medida que la burocracia se afirmaba, la clase obrera iba perdiendo paulatina y progresivamente todas las libertades políticas y económicas conquistadas merced a la revolución de Octubre. Y la burocracia se consolidaba con cada derrota del proletariado internacional, pues si la dirección burocrática contribuía a las derrotas, las derrotas contribuían a su vez a la afirmación de esa misma dirección burocrática. No es ésta la única paradoja que nos ofrece el estalinismo, ideología que afirma representar el socialismo y que es fundamentalmente antisocialista.

Esas etapas las podemos establecer, grosso modo, así: 1917-18, momento en que existe una democracia casi integral para las diferentes tendencias del movimiento obrero ruso; socialistas-revolucionarios, mencheviques, anarquistas y bolcheviques cohabitan en los soviets, en los sindicatos y en los diversos organismos del nuevo régimen; es un periodo de libertad de prensa, de libertad de organización, de libertad total de manifestación. 1919-23, periodo en el que la guerra civil conduce poco a poco a la hegemonía total del partido bolchevique: todas las demás organizaciones son suprimidas, perseguidas y destruidas; las necesidades militares cubren en apariencia esta transformación de la dictadura del proletariado en dictadura de los bolcheviques; pero en el seno del partido bolchevique continúan enfrentándose diversas tendencias; no existe en la URSS más que una sola organización, pero en su interior la democracia es respetada. 1924-27, años en los que, tras la muerte de Lenin se inicia la lucha entre las distintas tendencias, lucha que finaliza con la victoria completa de Stalin, representante típico de la burocracia soviética; esta victoria entraña el fin de toda democracia en el interior mismo del partido y por tanto en el país entero; el aplastamiento de la oposición trotskista en 1927 consume la derrota definitiva de la clase obrera rusa y establece el Termidor, primera etapa de la contrarrevolución stalinista. 1928, año en el que se inician los planes quinquenales, la industrialización a ultranza y la colectivización forzosa en el campo, que en su forma externa terminó con la liquidación de la economía individual agraria; la etapa termidoriana se transformó primero en régimen bonapartista, para terminar en el totalitarismo de una nueva sociedad asentada sobre la base del capitalismo de Estado. “El régimen -escribió Trotski- había adquirido un carácter totalitario varios años antes que la palabra viniese de Alemania”.
 
La burocracia estalinista llevó a cabo su ofensiva primera contra el poder obrero y el sector socialista de la economía rusa, sirviéndose de la parcial restauración de la empresa libre y del mercado, es decir, del capitalismo representado por la NEP. Lenin depositaba su confianza en el poder obrero para poner un freno a los males de la NEP; Stalin se sirvió justamente de los males de la NEP para destruir el poder obrero. La nueva política económica atrajo al régimen soviético a los elementos capitalistas y sobre todo pequeñoburgueses, formándose de hecho una alianza entre la burocracia y el pequeño propietario del campo. El “¡Campesinos, enriqueceos!”, lanzado por la camarilla estalinista tendía a algo más que a mejorar la situación del mercado interior; a decir verdad, resumía toda su orientación política, francamente antiobrera y contrarrevolucionaria. La expresión en cifras de esta política es la siguiente: en 1917 el número de unidades económicas campesinas individuales era de 18 millones; en 1928 alcanzó 25 millones. El número de koljoses existentes en 1925 era de 21.900, que representaban el 1,2% de las granjas campesinas; en 1927 descendió a 14.880, que representaban sólo el 0,8% (10) .  La productividad ofrecida por los campesinos ricos era mayor que la de los campesinos medios y pobres. La burocracia se encontró frente al peligro de una supremacía del campesinado rico en el terreno económico. La ofensiva contra el campesinado, caracterizada por una colectivización a ultranza de una brutalidad inusitada, tendió a liquidar ese peligro.

Cuando en 1929 se proclamó el primer plan quinquenal, éste preveía la colectivización del 18% de las tierras cultivables. Pero la nueva política contra el campesinado se llevó a un ritmo tal que en 1931, en lugar del 18% previsto para el final del plan quinquenal, la colectivización alcanzaba el 67,8% de las tierras; en 1935, era del 94,1%; en 1940, del 99,9%. Tales son, al menos, los datos de carácter oficial.

Sin embargo, para intentar pacificar el campo, dolorido de la terrible guerra civil que significó la colectivización forzosa, la burocracia estalinista se vio obligada a ir otorgando sucesivas concesiones a las tendencias individualistas y al espíritu de propiedad de los campesinos, comenzando por la entrega de la tierra a los koljoses en disfrute perpetuo. Esta medida última supone ni más ni menos que la liquidación de hecho de la nacionalización del suelo. A este respecto Trotski escribió: “¿Ficción jurídica? Según la relación de fuerzas puede convertirse en realidad y constituir próximamente un gran obstáculo a la economía planificada. No obstante es mucho más importante el que el Estado se haya visto obligado a permitir la resurrección de las empresas campesinas individuales, en parcelas diminutas, con sus vacas, sus cerdos, sus carneros, sus aves de corral, etc. A cambio de este golpe a la socialización y esta limitación de la colectivización, el campesino consiente en trabajar tranquilamente en los koljoses, aunque sin gran celo por el momento, lo que le da la posibilidad de cumplir sus obligaciones hacia el Estado y de disponer de algunos bienes. Estas nuevas relaciones presentan aún formas talmente imprecisas que sería difícil expresarlas en cifras, incluso aunque las estadísticas soviéticas fuesen más sinceras. Numerosas razones permiten no obstante suponer que para el campesino, su minúsculo bien individual tiene más importancia hoy día que el koljós. Es decir, que la lucha entre las tendencias individualistas y colectivistas impregna todavía toda la vida del campo y no está decidido cómo terminará” (11) .

Esta tendencia del campesinado hacia la propiedad individual y el afán de lucro de los burócratas locales hizo que se asistiese en los años que siguieron a la última guerra mundial a una apropiación pura y simple de las mejores tierras en detrimento de los koljoses y bienes comunales. El autor del citado libro La Glacis soviétique recoge distintas manifestaciones de la prensa rusa en las que se descubren esas apropiaciones. Citemos algunas: un diario agrícola señalaba el 6 de febrero de 1947 que a consecuencia de la ordenanza gubernamental que prescribía el fin de las violaciones del estatuto de los koljoses, “más de 4 millones de hectáreas de tierras ilegalmente arrebatadas a los koljoses les han sido restituidas en el curso de los cinco meses últimos”. La Pravda del 18 de diciembre de 1946 escribía que a consecuencia de un control parcial se había puesto de manifiesto “7.607 casos de expoliación en 1945, y en la primera mitad de 1946, 11.760 casos de apropiación ilegal de terreno comunal y de aumento excesivo de parcelas individuales”. Y el mismo periódico añadía: “Frecuentemente ha sido organizado un verdadero pillaje de las granjas colectivas, por iniciativa del soviet local y de los organismos regionales que toleran apropiaciones ilegales en los haberes de estas granjas, poniendo a disposición de diversas organizaciones o personas, con la disculpa de creaciones de pretendidas empresas subsidiarias, una parte de las tierras de los koljoses. Tales actos han alentado el acaparamiento por parte de los elementos individuales de tierras pertenecientes a la comunidad”.

A través de todas las etapas de la contrarrevolución estalinista, sólo el proletariado no ha logrado reconquistar ninguna de sus libertades perdidas. Su pérdida del poder político significó la pérdida de la dirección de la economía y por ende el fin de su evolución hacia el socialismo. Encontrándose el Estado en manos de la burocracia, en las condiciones particulares de una economía nacionalizada, estatizada, toda la riqueza estatal o nacional resulta ser propiedad de la burocracia. El poder estalinista, basado justamente en la propiedad nacionalizada, se convirtió en un monopolio económico. En esto radica la base del llamado, con razón, totalitarismo ruso.

5. El concepto marxista del Estado y la realidad que ofrece la URSS

La cuestión del Estado fue, como es bien sabido, de capital importancia en la obra de los fundadores del marxismo. Baste recordar que fue precisamente refiriéndose al origen, naturaleza y función del Estado que Marx emprendió, en 1837, la crítica de Hegel y de todo su sistema filosófico. En Hegel la idea de la moralidad absoluta es el Estado, al que otorga categoría de ser perfecto; en tanto idea de la comunidad moral, este último era dividido por Hegel en dos esferas: la familia y la sociedad civil. Marx, en su Crítica de la filosofía del Estado de Hegel, invirtió los términos de la cuestión: la familia y la sociedad civil son integrantes reales del Estado, modos de existencia suyos, merced a lo cual es Estado no existe más que en tanto existen aquellas. Concretamente: el Estado no puede existir sin la base natural de la familia y la base artificial de la sociedad civil.

Planteado así el problema por Marx, éste le dio una solución años más tarde. Es en El 18 Brumario de Luis Bonaparte donde subraya que todas las revoluciones anteriores habían perfeccionado la máquina del Estado, siendo así que lo que se precisaba para la necesaria transformación de la sociedad era romperla, destruirla, hacer que el Estado desaparezca. “Esta conclusión -comentó Lenin- es lo principal, lo fundamental en la doctrina marxista sobre el Estado”. En efecto, el concepto marxista sobre tal cuestión quedaba completado. No sólo el Estado es un órgano de dominación de clase, sino que su destrucción resulta absolutamente necesaria e ineluctable. ¿Qué necesidad puede haber del Estado una vez desaparecidas las clases? Ninguna. En La miseria de la filosofía, Marx escribió: “En el transcurso del desarrollo, la clase obrera sustituirá la antigua sociedad burguesa por una asociación que excluya las clases y su antagonismo; y no existirá ya un verdadero poder político, pues el poder político es precisamente la expresión oficial del antagonismo de clases dentro de la sociedad”. Y Engels, en su Anti-Duhring , se explicaba más claramente aún: “Cuando no se trate ya de mantener en la opresión a ninguna clase social, cuando desaparezcan, junto con la lucha por la existencia individual engendrada por la actual anarquía de la producción, los choques y los excesos resultantes de esta lucha, no habrá nada que reprimir ni hará por tanto falta ese poder especial de represión, el Estado... La intervención de la autoridad del Estado en las relaciones sociales será superflua e irá desapareciendo por sí misma sucesivamente de cada uno de los distintos campos de la vida social. El gobierno sobre las personas es sustituido por la administración de las cosas y por la dirección de los procesos de producción. El Estado no será abolido; irá extinguiéndose”.

Las conclusiones del marxismo sobre esta cuestión son, pues, las siguientes: el Estado es un producto de la sociedad, surgido del seno de la misma cuando se llegó a un cierto grado de desarrollo; el Estado es un órgano de dominación de clase, el arma empleada por la clase dominante contra la otra clase oprimida; la supresión de las diferentes clases supone ipso facto la gradual desaparición del Estado; finalmente, el Estado no tendrá razón alguna de existencia en una sociedad en la que no existan las clases. “Tan pronto como pueda hablarse de libertad -escribía Engels a Bebel en 1875-, el Estado como tal dejará de existir”. Lenin, por su parte, ofreció esta fórmula lapidaria: “Mientras exista el Estado, no existe libertad. Cuando haya libertad, no habrá Estado”.

El Estado no puede abolirse de la noche a la mañana, pero se va extinguiendo a medida que se avanza por la senda del socialismo, es decir, a medida que van desapareciendo las clases y sus antagonismos y a medida, por lo tanto, en que se va conquistando la libertad. Estado y libertad son antagónicos, como lo son el agua y el fuego. Por lo tanto, todo reforzamiento de la autoridad estatal es una merma que sufre la democracia obrera, es un atentando a la conquista de la libertad; es pues, en el fondo, un acto contrarrevolucionario.

Nadie puede negar que el proceso seguido por la URSS bajo la égida estaliniana se ha desarrollado en un sentido diametralmente opuesto al esquema marxista sobre la cuestión del Estado. No sólo no ha habido extinción alguna del Estado, sino que se ha fortalecido de tal manera y ha extendido de tal modo su control sobre toda la vida del país que ha producido un totalitarismo superior incluso al que el nazismo había implantado en Alemania. La máquina totalitaria aplasta con su peso la inmensa mayoría del país; el organismo de represión pertenece a una minoría y es empleado contra una mayoría, la de los trabajadores; las funciones del poder, lejos de ser ejercidas por el conjunto de los productores, se ha convertido en el monopolio de una burocracia privilegiada; el ejército ya no es el pueblo en armas, sino que a imagen y semejanza de todos los ejércitos del mundo capitalista tiene establecido en su seno el régimen de clases y su misión es defender los intereses de la burocracia. En fin, coronando esta inmensa pirámide, en cuya cúspide se halla la burocracia opresora y en la base los trabajadores oprimidos, un jefe todopoderoso al que se le otorga oficialmente poderes omnipotentes y casi divinos, detenta en sus manos todos los poderes que antaño pertenecían al partido, a los soviets, a los sindicatos, en una palabra, a los obreros y campesinos pobres.

Trotski tenía perfectamente razón al escribir: “Cualquiera interpretación que se de respecto a la naturaleza del Estado soviético, una cosa es innegable: al final de sus veinte años primeros está lejos de haberse debilitado, ni siquiera ha comenzado a debilitarse; peor aún, se ha convertido en un aparato de coerción sin precedentes en la historia; la burocracia, lejos de desaparecer, se ha convertido en una fuerza incontrolada que domina a las masas; el ejército, lejos de haber sido reemplazado por el pueblo en armas, se ha formado una casta de oficiales privilegiados en lo alto de la cual han aparecido los mariscales, mientras que el pueblo... se ve negar en la URSS hasta la posesión de un arma blanca. La fantasía más exaltada difícilmente concebiría contraste más sorprendente que el existente entre el esquema del Estado obrero de Marx-Engels-Lenin y el Estado a cuya cabeza se encuentra hoy día Stalin”.
La desaparición del Estado supone la existencia de una sociedad sin clases. Y una sociedad sin clases no puede establecerse en un solo país, en medio de un mundo en el que el capitalismo está lejos todavía de hallarse en situación comatosa. Por estas razones bien simples no puede exigirse que en la URSS el Estado como tal haya desaparecido o esté a punto de desaparecer. La cuestión no es ésta, por más que se empeñen algunos casuístas y ergotizantes, cuyo único afán es tratar de justificar lo injustificable. No, la cuestión es otra. Nosotros acusamos al estalinismo de su mixtificación al propagar que en la URSS han desaparecido las clases y ha alcanzado el estadio del socialismo, habiendo entrado la sociedad soviética en la senda definitiva del comunismo. Y lo acusamos sobre todo de su falsificación de los principios marxistas sobre al cuestión del Estado, puesto que tratan de presentar el monstruoso reforzamiento de este último como una conquista más del socialismo. El hecho de que a los treinta y cinco años del triunfo de la revolución de Octubre, el Estado lejos de irse extinguiendo y por ende de ir otorgando al pueblo productor mayores libertades, se haya hecho más absorbente, más tiránico, hasta un punto tal que ha ahogado toda libertad y ha monopolizado por completo toda la vida social del país, es a nuestro juicio la condena más concluyente del estalinismo y, sobre todo, el más rotundo mentís a su propaganda mixtificadora.


Lejos de haber avanzado, de haber logrado nuevas conquistas, los trabajadores rusos se hallan hoy día, desde el punto de vista político, en situación inferior al período de la guerra civil. Ninguna libertad queda en pie; ninguna posibilidad de manifestar una opinión, salvo la que se ajuste exactamente a la expresada por la camarilla dirigente; nadie es libre ni tan siquiera de levantar un dedo de su propia mano, que tampoco es propia por no ser suya ni poder disponer de ella. ¿Qué existe del primer régimen soviético instaurado por la revolución triunfante de Octubre de 1917? Nada, mil veces nada. Refiriéndose a la famosa Constitución rusa –famosa por la estrepitosa propaganda hecha por los estalinianos en torno a la misma, presentada como la más progresiva y avanzada del mundo entero-, Trotski escribió estas líneas atinadísimas: “Sin duda los reformadores han decidido, después de algunos titubeos, dejar al estado la denominación de soviético. No es sino un subterfugio, dictado por razones análogas a las que hicieron que el Imperio napoleónico guardase durante un cierto tiempo la denominación republicana”.

La URSS, gracias a la nueva clase surgida de la burocracia, se encuentra actualmente más alejada que nunca del socialismo. El Estado estalinista es el prototipo del Estado totalitario, antisocialista por lo tanto.

6. Carácter del régimen ruso: capitalismo de Estado

Marx dejó señalado que entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista se extenderá un período de transición, en el que la forma del régimen será la dictadura del proletariado. Para que ese período de transición se cumpla satisfactoriamente y sea lo más breve posible, es necesario que las fuerzas productivas se desarrollen rápidamente, de modo y manera que eleven de manera constante el nivel de vida material de las masas y también su nivel de vida cultural mediante una reducción progresiva de las horas de trabajo. En caso contrario, es decir si se produce el proceso inverso, si el desarrollo de las fuerzas productivas no redunda en beneficio de las masas trabajadoras sino que sirve para acrecentar el poder de las capas parasitarias y facilitar el triunfo definitivo de la burocracia, entonces el final será la instauración de una nueva economía de explotación que mediante otra forma distinta reproducirá lo esencial de la dominación capitalista. Ni que decir tiene que en tal caso la perspectiva del socialismo queda cerrada y nos encontraremos ante una especie de restauración capitalista, que en el caso de no instaurarse la propiedad individual y detentar la burocracia el Poder en todos los dominios sobre la base de una economía estatizada, tomará la forma de capitalismo de Estado.    
 
El triunfo de la burocracia estalinista se inscribe en esa perspectiva. Bien se ve, por lo apuntado, que el proceso de formación del capitalismo de Estado en la URSS siguió caminos totalmente diferentes al del capitalismo de Estado alemán. En este caso último se trataba de la culminación de la evolución seguida por el capital financiero, entrado en una fase de total concentración: la concentración en torno al Estado. En la URSS no podía darse este proceso por el hecho de que la revolución había liquidado la propiedad privada, pero al concentrar la propiedad en manos del Estado, la burocracia estalinista alcanzó por caminos distintos el mismo final: el capitalismo de Estado. La restauración estalinista no podía ni tenía interés alguno en resucitar las formas económicas del pasado, ya muertas. La economía rusa, no obstante su atraso con respecto a los países capitalistas más avanzados, pasó en manos de la burocracia a una forma superior de organización que no podía en modo alguno adaptarse a la de la propiedad individual. La burocracia estalinista, que creció y triunfó sobre la base superior de la propiedad colectiva instaurada por la revolución de Octubre, no podía volver a la forma primitiva de propiedad privada. Así, conservó por necesidad lógica la propiedad nacionalizada, estatizada, como base de su existencia económica y social, dándole, claro está, un contenido totalmente distinto al de la propiedad socialista. Ésta anula la explotación del hombre por el hombre; aquella acrecienta la explotación humana y la opresión social.

En la URSS se formó, por tanto, un nuevo tipo de propiedad, una forma nueva de propiedad privada del Estado, es decir, el capitalismo de Estado. Fenómeno nuevo éste en la historia, por más que la tendencia hacia el capitalismo de Estado sea la dominante hoy día en el mundo capitalista, por imperativos económicos. Y la particularidad de dicho fenómeno es que su tendencia no es la de ir descentralizándose en beneficio de las masas trabajadoras, sino bien al contrario, la de acrecentar si cabe su centralización o mantenerla indefinidamente en beneficio exclusivo de una minoría privilegiada. Esta minoría, la nueva clase surgida de la burocracia, detenta en sus solas manos el poder, lo cual quiere decir que es propietaria a su vez del Estado propietario. La estatización juega pues en provecho exclusivo suyo y la restauración de la propiedad privada, repetimos una vez más, no tiene sentido alguno en el caso de la URSS.

Trotski, que siempre se negó a aceptar la definición del régimen de la URSS como el de un capitalismo de Estado, se elevó con energía contra los que alimentan el mito de la propiedad estatal como forma socialista –con defectos o sin ellos, degenerado o no- por el solo hecho de mantener estatizada la propiedad. “La propiedad privada -escribió- para convertirse en social, debe ineluctablemente pasar por la estatificación, lo mismo que la oruga para convertirse en mariposa tiene que pasar por el estado de crisálida. Mas la crisálida no es una mariposa. La propiedad del Estado no se convierte en propiedad del pueblo entero más que en la medida en que desaparecen los privilegios y las distinciones sociales, y en que por consecuencia el Estado pierde su razón de ser. Dicho de otro modo: la propiedad de Estado se transforma en propiedad socialista a medida que cesa de ser propiedad del Estado. Pero al contrario: cuanto más se eleve el Estado soviético por encima del pueblo, más duramente se opone al pueblo dilapidador como el guardián de la propiedad y más claramente testimonia contra el carácter socialista de la propiedad estatal”.

Efectivamente, el hecho de que la propiedad sea estatal puede significar mucho y puede no significar nada. La cuestión fundamental, esencial, consiste pura y simplemente en saber quien detenta el poder, o sea, en manos de quien se encuentra esa propiedad estatizada. Es esto lo que determina las relaciones económicas y sociales, que son las esenciales, y no la forma jurídica o legal que puedan presentar. Los medios de producción pueden hallarse estatizados y en cambio continuar rigiendo las mismas leyes económicas del capitalismo clásico. Tal es el caso actual de la URSS, que utiliza todos los mecanismos de tipo capitalista. En otro lugar hemos escrito lo que sigue: “Como muy acertadamente señaló el economista Dunayevskaya, los trusts, carteles y combinados soviéticos, así como las empresas aisladas, se rigen según los principios de la contabilidad del precio de coste. Los precios de los bienes se basan en los costes de producción integrales, comprendidos los salarios, los precios de las materias primas, los gastos de dirección, las cargas de amortización, el interés, más un beneficio planificado y los diferentes impuestos para el entretenimiento del Estado. Crédito garantizado, interés, letras de cambio, cheques, billetes, aseguramientos, etc., son instituciones indispensables al funcionamiento de la industria soviética” (12) .  La existencia de estas categorías es justificada por la burocracia estalinista diciendo que la ley del valor, en su acepción marxista, funciona asimismo en régimen socialista, esa ley del valor que el marxismo ha afirmado siempre que supone el concepto de trabajo enajenado y, por consiguiente, el de plusvalía.

La ley del valor es una de las más fundamentales del sistema de producción capitalista. Según dicha ley, la fuerza de trabajo representa una mercancía suyo valor se mide de acuerdo con los medios que precisa el obrero para mantenerse y sostener su capacidad de trabajo. Pero la fuerza de trabajo produce más valores que los necesarios para su reproducción; este sobreproducto es la llamada plusvalía, que representa llanamente el secreto del desarrollo capitalista basado en la ganancia o beneficio. Pues bien, este beneficio capitalista representa el incentivo principal de la producción en la URSS; es más, el grado de explotación de la fuerza de trabajo es en el régimen ruso actual mayor que en los países capitalistas. La acumulación en la URSS alcanzó en 1940 el 32,5% de las inversiones de capitales, siendo así que en los Estados Unidos, por ejemplo, no pasó nunca del 9%. El grado de acumulación primitiva en Rusia recuerda solamente los periodos del capitalismo naciente y de la explotación de trabajo en los pueblos coloniales, afirma muy justamente Juan Reytan en su citada obra. Más adelante veremos, al estudiar la formación de la nueva clase social surgida de la burocracia estalinista, a quien va a parar la mayor parte de la plusvalía lograda mediante esa forma de acumulación primitiva.

El ritmo cada día más acelerado de la acumulación primitiva y el creciente aumento de las inversiones industriales, junto con la concentración del poder económico y político en manos de la burocracia estalinista, van acompañados de un desarrollo de la miseria en la inmensa mayoría de la población rusa. Trotski afirmó que “por la amplitud de la desigualdad en la retribución del trabajo, la URSS ha alcanzado y ampliamente superado a los países capitalistas”. En franca oposición a la consigna lanzada por Lenin en sus famosas tesis del mes de abril de 1917, según la cual “los sueldos de los más altos funcionarios no deben superar el salario medio de un buen obrero”, la burocracia ha establecido desigualdades inimaginables, que van de 3.000 rublos por año a 300.000. Esta bárbara desigualdad social representa, a decir verdad, la expresión externa de las relaciones capitalistas en la producción, llevadas a su extremo máximo: la apropiación de los medios de producción y del Estado por la burocracia estalinista; la acumulación primitiva del capaital y la acumulación de la miseria; la composición orgánica del capital, en la que el capital variable, destinado a mantener la fuerza de trabajo, disminuye rápidamente a favor del capital constante, que es el invertido en los medios de producción; en fin, la ley del valor, la producción tendente al beneficio, el mercado, los precios, el dinero, etc., son todos fenómenos y leyes de la producción capitalista que rigen también en la URSS, si bien en forma inmensamente más brutal que en el capitalismo privado y que recuerda, como ya hemos dicho, la explotación que se ha llevado y lleva aún a cabo en los países coloniales.

El marxismo señaló siempre que la tendencia más fundamental de la evolución capitalista, es la tendencia a la concentración, acelerada en los momentos de crisis y como consecuencia de las guerras, pues es entonces cuando los grupos capitalistas más débiles son eliminados en beneficio de los más fuertes. La culminación de ese proceso de concentración es, después de pasar por la dominación de los monopolios, la estatización de todos los medios de producción, es decir, el capitalismo de Estado, régimen económico que supone la fusión del Estado y del capital. En su importante obra Anti-Duhring, Engels escribió a este respecto: “A un cierto grado de desarrollo esta forma incluso -la forma de explotación capitalista- ya no es suficiente: el representante oficial de la sociedad, el Estado, se ve obligado a tomar la dirección”. “Es solamente en el caso en que los medios de producción o de comunicación escapan realmente, por su crecimiento desmesurado, a la dirección de las sociedades por acciones, es solamente entonces cuando la estatificación se hace económicamente inevitable...”. Otros marxistas insistieron más tarde sobre este problema, coincidiendo con la perspectiva apuntada por Engels de que el proceso de concentración, salvo si se ve interrumpido por la revolución socialista, no tiene más que un límite teórico: la concentración a escala mundial del capital en manos de un solo grupo de poseedores. Pero este es un problema teórico que tal vez no alcance la solución expresada en razón de las propias contradicciones que roen el capitalismo. En todo caso, por lo que a la escala nacional se refiere, la tendencia a la concentración ofrece la posibilidad de un capitalismo de Estado.
La URSS ha alcanzado este estadio del capitalismo de Estado sin pasar por las otras etapas inevitables en un régimen capitalista, y ello a merced al gran salto hacia delante que supuso la revolución de Octubre. Habiendo liquidado la propiedad privada y estatizado todos los medios de producción, la URSS fue a parar por el canal de la contrarrevolución estalinista al capitalismo de Estado, régimen que ofrece a la burocracia inconmensurables ventajas puesto que el capital se halla en manos del Estado y el Estado se encuentra en manos de esa misma burocracia.

7. La burocracia estalinista, nueva clase social

Cuantos niegan el carácter de clase de la burocracia estalinista se apoyan en el concepto marxista que define las clases como un producto de la infraestructura económica de la sociedad, siendo así que aquella parece haber surgido en la superestructura, es decir, mediante el desarrollo del Estado y en el seno del mismo. Los que tal alegan olvidan, simplemente, que desde el momento que el Estado es dueño total de la economía, es decir, desde el momento que los medios de producción están estatificados, infraestructura y superestructura tienen a confundirse. Ésta y no otra es la particularidad que ofrece la URSS. Por todo esto será más exacto definir una clase por el lugar que ocupa en la economía y, sobre todo, en relación con los medios de producción. Nuestro criterio respecto a la burocracia estalinista se ajusta a esta última definición.

En nuestro estudio sobre la burocracia y el capitalismo de Estado, ya citado, hemos manifestado los inconvenientes que presenta el empleo de un término tan genérico desde el punto de vista sociológico cual es el de la palabra burocracia para denominar a la nueva clase social rusa. Uno de esos inconvenientes es la confusión que puede producirse en ciertos espíritus entre burocracia estalinista y burocracia reformista surgida en el seno del movimiento obrero; sin embargo, un poco de atención y de sentido común puede salvar fácilmente el equívoco. Cierto es que la burocracia estalinista se emparenta con la reformista por sus innegables orígenes obreros, y con la estatal por la influencia que ejerce sobre el Estado, pero la función de cada una de ellas es tan distinta que sólo la pobreza de nuestra terminología hace que se les denomine de manera común.

Ya hemos visto como se fue burocratizando el partido bolchevique y el propio Estado obrero. El triunfo político de la burocracia supuso al mismo tiempo una imposición en el terreno económico, merced a la estatificación de los medios de producción. El formidable desarrollo industrial logrado a través de los planes quinquenales no hizo sino reforzar la base real del poder de la burocracia estalinista y diferenciar económicamente ésta última del resto de la población, particularmente de la clase trabajadora. Hoy día los privilegios de la burocracia son algo más que unas simples ventajas obtenidas merced a su posición privilegiada en los procesos de producción y distribución. A decir verdad, las clases existen en la URSS: clases privilegiadas y clases explotadas, clases dominantes y clases dominadas. Entre ellas, el nivel de vida se delimita netamente. Las clases distintas de los vagones de ferrocarril, por ejemplo, corresponden exactamente a las clases sociales; lo mismo ocurre con las de los buques, las de los restaurantes, las de los espectáculos, las de los almacenes, etc. Para unos se yerguen palacios en los lugares más agradables, para otros son vulgares barracas de madera en los sitios insalubres próximos a los lugares de trabajo. En ningún país la desigualdad es más brutal e irritante. “Por la amplitud de la desigualdad -escribió Trotski- la URSS ha alcanzado y ampliamente superado a los países capitalistas”. Y esto, escrito hace quince años, es mayor verdad hoy día. “Puede parecer -escribió el mismo Trotski- que ninguna diferencia existe desde el ángulo de la propiedad privada de los medios de producción entre el mariscal y la doméstica, el directos de un trust y el peón, el hijo del Comisario del Pueblo y el joven vagabundo. Sin embargo, unos ocupan hermosos pisos, disponen de varias casas de campo en diversos rincones del país, tienen los mejores automóviles y desde hace mucho tiempo ya no saben lo que es limpiarse los zapatos; los otros viven en barracas generalmente sin tabiques, se han familiarizado con el hambre y no se limpian los zapatos porque andan con los pies descalzos. El dignatario estima que esta diferencia es despreciable. El peón, no sin razón, la encuentra fundamental”.

Se arguye que durante un cierto tiempo, hasta que el desarrollo de los medios de producción sea capaz de satisfacer por completo las necesidades de toda la sociedad, las formas burguesas de distribución son inevitables; es decir, que la desigualdad continuará persistiendo en régimen socialista, como resto último de la herencia legada por la burguesía. Pero incluso admitiendo la necesidad histórica de la desigualdad durante un tiempo más o menos largo, que, indudablemente, no puede establecerse a priori, no hay duda alguna de que existen unos límites bien precisos a esa desigualdad. Superar esos límites, hacer que la diferencia crezca en proporción casi geométrica en lugar de ir disminuyendo de modo y manera que el aumento de la producción sirva, no para ir liquidando las normas burguesas de distribución, sino para reforzarlas y acrecentarlas, es establecer de nuevo las relaciones económicas de dueño a criado, de explotador a explotado, es decir, transformarlas en diferencias de clase. La diferencia social supone la explotación del hombre por el hombre. “La condición de la madre de familia, comunista respetada -continuó apuntando Trotski-, que tiene una criada, un teléfono para pasar sus encargos a los almacenes, un automóvil para sus desplazamientos, etc., presenta poca similitud con la de la obrera que corre las tiendas, hace su comida, va a buscar a sus hijos al jardín infantil, cuando puede disponer de un jardín infantil.

Ninguna etiqueta socialista puede ocultar este contraste social no menos grande que el que distingue en todo país de occidente la dama burguesa de la proletaria”.

La dictadura totalitaria de la burocracia no es una superestructura accidental o vulgar excrescencia de una economía socialista. Es la expresión política propia y legítima del hecho económico provocado por la explotación que esa burocracia lleva a cabo respecto a las masas trabajadoras. El reparto de bienes no es nunca un factor de segunda clase, de importancia menos en una sociedad que lo son las formas de producción. No es la producción la que sobresale respecto a la distribución. Producción y distribución son partes integrantes de un mismo proceso económico; la distribución es un producto de la producción o, como señalaba Marx, “la organización de la distribución está enteramente determinada por la organización de la producción”. Por otra parte, la separación o contradicción entre las formas de propiedad y las normas de reparto no puede aumentar indefinidamente. O las normas burguesas de distribución acaban por extenderse a los modos de producción socialistas o éstos terminan por implantar normas socialistas de distribución. Porque no debe de olvidarse que con las diferencias en el reparto aparecen fatalmente las distinciones de clase. Como escribió Engels: “La sociedad se escinde en clases privilegiadas e inferiores, explotadoras y explotadas, dominantes y dominadas, y el Estado... tiene en lo sucesivo igualmente por objetivo mantener por la fuerza las condiciones de existencia y de supremacía de la clase dominante contra la clase dominada” (13) .  

Si resulta dificilísimo, por no decir imposible, establecer la importancia numérica de la burocracia estalinista, más difícil resulta todavía apreciar sus ingresos, o sea, saber qué parte de plusvalía devora. Fue preciso, por ejemplo, como lo escribió Rakovski en 1930, una querella momentánea entre los burócratas del partido y los de los sindicatos para que se supiese que de los 400 millones de rublos del presupuesto sindical, más de 80 millones eran engullidos por su burocracia. Señalemos que se trataba sólo, en tal caso, del presupuesto legal, puesto que la burocracia tiene otras formas de ingresos indirectos, más o menos lícitos o ilícitos, pero, en todo caso, habituales en los medios burocráticos. Además, el progreso social en su conjunto se realiza en la URSS principalmente en beneficio de los medios dirigentes, que monopolizan todas las conquistas viejas y nuevas. Desde el punto de vista formal, estas conquistas -urbanismo, cultura, etc.- son accesibles al conjunto de la población; en realidad, sólo se beneficia de ellas muy excepcionalmente. La burocracia, por el contrario, dispone como quiere y cuando quiere cual si fuesen bienes personales suyos. “Si se añaden los emolumentos –continúa Trotski- todas las ventajas materiales, todos los beneficios complementarios medio lícitos y, para terminar, la parte de la burocracia en los espectáculos, villas de recreo, hospitales, sanatorios, casas de reposo, museos, clubs, instalaciones deportivas, obligado es concluir que éste 15 ó 20% de la población disfruta de tantos bienes como el otro 80 u 85%”.
 
Estas ventajas de la burocracia estalinista se reflejan en el sistema fiscal imperante en la URSS, que puede definirse de este modo: quien más gana menos impuestos paga. En efecto, hasta 12.000 rublos de renta o de ingresos, el impuesto es moderadamente progresivo. La progresión se detiene en ese punto: la tasa fiscal se estabiliza en el 13%. Así, el que gana 6.000 rublos al año (lo que supone el salario medio de un buen operario) vierte al fisco el 5,2%; el que gana 60.000 está impuesto con el 13% y el que percibe 150.000 cede al erario menos de 20.000 rublos. Para que se vea el contraste, diremos que en los Estados Unidos el que gana 50.000 dólares, por ejemplo, paga 25.668 al erario, es decir, más de la mitad de lo ganado. La tasa fiscal, en vez de ascender hasta una cifra tope uniforme como máximo a imponer, crece a medida que aumenta la ganancia sometida al impuesto. En 1950 figuraba en los presupuestos del Estado ruso un gasto global de 420 millares de rublos; de ellos, el fisco obtuvo 100 millares de las industrias nacionalizadas, apenas 30 del impuesto directo sobre las rentas y casi todo el resto, 280 millares, del impuesto indirecto sobre el consumo. Cuando una madre de familia compra un kilo de azúcar o cuando un obrero adquiere un traje de trabajo, da al fisco del 50 al 90% del precio que paga por el artículo. Vemos pues cómo este régimen fiscal increíble es de los más gravosos para los trabajadores, de todos los sistemas fiscales existentes en el mundo de nuestros días; en cambio, es un verdadero paraíso para los que obtienen grandes ganancias, es decir, los altos burócratas y privilegiados del régimen. Éstos han implantado una sociedad soviética a su medida y ventaja.

Y para que una gran parte de estos privilegios no se pierdan y puedan transmitirse a su familia, la burocracia ha restablecido el derecho de sucesión, pudiendo testar a favor de tal o cual familiar. Ahora bien, el derecho de testar es inseparable de la noción de propiedad, pues sólo se lega lo que se tiene, se dispone o se posee. El restablecimiento del sistema de sucesión es la prueba más concluyente de la cristalización de la nueva clase surgida de la burocracia. La herencia había sido suprimida totalmente merced a un decreto del 27 de abril de 1918, que decía: “Las sucesiones quedan prohibidas. Los bienes de todo individuo, muebles o inmuebles, pasan a su muerte a ser propiedad de las Repúblicas soviéticas”. En 1922 este rigor draconiano fue levemente atenuado, volviéndose a admitir la herencia pero sólo en línea de descendencia directa y hasta un máximo de 10.000 rublos. En 1943 toda cortapisa fue abolida y la herencia restablecida sin condición ni tasa alguna. Por otra parte, la URSS es, tal vez, el único país en el mundo donde la sucesión no sufre impuesto alguno.

Restaurada la familia, restablecida la herencia, impuesta la validez de los privilegios de cuna -todos los hijos de los grandes personajes son designados para ocupar puestos importantes, sin tener en cuenta su edad o preparación, como se dio el caso con el hijo de Stalin, nombrado general a los 25 años mal contados-, la actual sociedad rusa aparece clara e inequívocamente delimitada. Los estratos superiores de la gran pirámide social no disponen, es cierto, de la propiedad individual de los medios de producción y de cambio, pero tienen en sus manos las fuentes de riqueza en su conjunto en vez de tener las fracciones. Se enriquecen, ahorran, se transmiten la riqueza y refuerzan constantemente el muro que les separa de las clases inferiores. Son los millonarios del nuevo régimen estalinista. No poseen industrias o paquetes de acciones industriales, ni grandes patrimonios agrarios, pero tienen palacios, mobiliarios y cuadros de gran valor, alhajas, pieles, automóviles y cuentas corrientes en los bancos que les produce del 3 al 5% de interés anual.

Frente a estos privilegiados, enfrentados a esta nueva clase social, se encuentran los trabajadores de la ciudad y del campo, obligados a trabajar a destajo, a vivir en necesidad perpetua, privados de toda libertad y sometidos perennemente al terror polcíaco: es la clase explotada y oprimida.

8. El imperialismo ruso y sus raíces económicas

El imperialismo no ha aparecido en la historia junto con el moderno capitalismo. Las tropas de Alejandro, por ejemplo, llevaron a cabo una acción imperialista; igual sucedió con las legiones de Roma, con los tercios de Felipe II y con los ejércitos de Luis XIV. Por lo demás, no siempre el imperialismo ha tomado una forma militar.

Cuando Lenin definió el imperialismo como la fase superior del capitalismo basado en la exportación del capital financiero, se refería a un momento concreto de la historia, teniendo en cuenta el cuadro que entonces ofrecía la economía mundial con sus conexiones internacionales; más concretamente, estudió el imperialismo en el periodo comprendido entre los comienzos del siglo XX y el estallido de la primera guerra mundial, es decir, aquel en que el capitalismo alcanzó su mayor desarrollo y expansión por los métodos de la exportación de capitales. Kautsky consideraba como rasgo particular del imperialismo la anexión de las regiones agrarias por las naciones industriales, mientras Lenin juzgaba como característica del imperialismo precisamente la tendencia a la anexión no sólo de las regiones agrarias, sino también de las más industriales. En todo caso, como expuso Hilferding (14) ,  el capital financiero persigue un triple fin en su acción imperialista: en primer lugar, la creación de un territorio económico lo más vasto posible; en segundo, la defensa de ese territorio contra toda concurrencia extranjera y, en tercer lugar, la transformación de éste en campo de explotación por los monopolios del país expansionista.

La causa primordial del imperialismo de la época capitalista reside en el proceso de acumulación, cuya contradicción tiende a disminuir la cuota del beneficio. Pero la razón de la producción capitalista y su móvil reside justamente en el beneficio, es decir, en la realización de la plusvalía. Para realizar esta plusvalía, para poder obtener beneficios, el moderno imperialismo exporta el capital financiero a todos los territorios incluidos en su zona de influencia, y no sólo el capital financiero, puesto que en los últimos tiempos hemos podido asistir a una exportación de ejércitos, burócratas, etc. La producción capitalista, pues, muere cuando no puede lograr el beneficio. Empero, la ley general de la acumulación capitalista está en contradicción con esta tendencia fundamental, que es la de aumentar la masa del beneficio. Cuanto más aumenta el capital en el proceso de producción, tanto más disminuye la participación de la fuerza de trabajo en ese proceso. Cuanto más crece el capital constante C invertido en los medios de producción, tanto más disminuye el capital variable V invertido en la fuerza de trabajo y, por consiguiente, disminuye la cuota del beneficio. Esta contradicción explica por lo tanto la decadencia del capitalismo y la causa del imperialismo moderno, que tiende a salvar o retardar esa decadencia inexorable. El capitalismo de la época liberal realizaba el imperialismo mediante la exportación de mercancías; el capitalismo monopolista busca su expansión mediante la exportación de capitales. Últimamente hemos asistido, sobre todo por parte de los Estados Unidos, a una expansión combinada de capitales y mercancías.

Los que niegan el carácter imperialista de la expansión rusa, alegando que según la teoría de Lenin el imperialismo descansa sobre la base de la exportación del capital financiero, se atienen más a la forma que al fondo. Ya hemos indicado que la exportación del capital financiero, que según la teoría leninista constituye la expresión del imperialismo, es por así decirlo un fenómeno secundario, o, dicho de otra manera: la manifestación exterior de una necesidad imperiosa para el imperialismo -el ruso como los otros-, que es la búsqueda del beneficio. Basta observar los tratados comerciales establecidos entre la URSS y sus satélites –mejor sería decir impuestos por la URSS a sus satélites- para que quede confirmado el carácter en el fondo capitalista del imperialismo ruso. La URSS exporta en grado limitadísimo el capital financiero y también sus mercancías, por la razón de que se ha servido de otros procedimientos más primitivos y de la más pura rapiña, con mayor parentesco con la política esclavista de la antigua Roma que con la del capitalismo contemporáneo. Pero no por ello su expansión deja de ser imperialista, puesto que el móvil de la acción rusa es el beneficio comercial. La necesidad de aumentar la masa del beneficio por medio del acrecentamiento del capital constante, empuja al sistema de capitalismo de Estado ruso a imponer su expansión por los países vecinos. Y es empujado a ello, no en razón de haber alcanzado su máximo desarrollo productivo, como le ocurre a los Estados Unidos, sino justamente a causa de su atraso en los medios de producción. Esto explica, además, los métodos de rapiña empleados.

La URSS exporta muy poco capital financiero, hemos dicho, porque se lo impide su atraso, por lo que se dedica a la acumulación por todos los medios. Pero su imperialismo está engendrado por la necesidad de realizar la plusvalía. La acumulación primitiva ha obligado a la URSS a convertirse en un Estado ladrón, brutal, que despoja a los países subyugados de todo cuanto tiene un valor, ya sea máquinas o instalaciones industriales completas, materias primas, fuerza de trabajo, etc., es decir, de todo cuanto signifique riqueza. Lo único que exporta en abundancia es lo inherente a su sistema de explotación, o sea, oficiales, burócratas, etc., es decir, los elementos necesarios para aplicar su política de dominio y explotación. La nota característica del imperialismo ruso es que asocia los métodos más antiguos a los modernos. Habiendo nacido en un país atrasado, asocia estos métodos de explotación y de acumulación primitiva al hecho fundamental de que la economía rusa descansa sobre un monopolio estatal, sobre el capitalismo de Estado. Siendo la burocracia la dueña del Estado, este monopolio de producción se convierte en el monopolio de la burocracia, de la nueva clase social, siendo en esencia una especie de monopolio capitalista. Y este monopolio, como todos los monopolios, vigoriza la tendencia a la expansión como medio de realizar la plusvalía y aumentar la masa del beneficio. Pero siendo su sistema de producción muy atrasado, la expansión adquiere formas brutales y primitivas. El imperialismo estalinista no sólo es expansivo, como todos los imperialismos, sino también absorbente en el sentido económico de la palabra. Así hemos visto cómo ha desmantelado industrias enteras en Alemania, Checoslovaquia, Polonia y otros países caídos bajo su esfera de explotación, llevándoselas a Rusia. Igualmente se ha adueñado y se adueña aún de las más importantes materias primas de esos mismos países por medio del ingenioso sistema de las sociedades mixtas, a las que luego nos referiremos y que en el fondo viene a ser algo así como el conocido timo de las misas. Por si fuese poco, en sus tratados comerciales impone unos precios totalmente arbitrarios, sin relación alguna con los imperantes en el mercado internacional.

Examinemos otros aspectos no menos interesantes:

A final de la segunda guerra mundial, la URSS procedió a una serie de anexiones, presentadas bien como recuperación de antiguos territorios rusos de los tiempos zaristas, o bien como conquistas impuestas por necesidades estratégicas. A este doble título, la URSS ocupó en el norte 40.000 kms. cuadrados, antaño finlandeses; los países bálticos, o sea, 169.000 kms. cuadrados; un trozo de territorio de 5.000 kms. perteneciente a Prusia; 181.000 kms. cuadrados polacos y 50.400 rumanos, sobre la base de los acuerdos que habían sido concluidos con la Alemania hitleriana en 1939; 12.600 kms. cuadrados checoslovacos; en fin, varias islas antiguamente japonesas, con un total de más de 90.000 kms. cuadrados. Asimismo obtuvo de China la copropiedad del ferrocarril del Este chino, la utilización durante treinta años de Puerto Arturo como base naval y una zona franca en Dairen. La brutalidad de estas anexiones se pone todavía más de manifiesto si se tiene en cuenta que al propio tiempo se ha asistido a un desplazamiento o deportación total de las poblaciones.

Los armisticios firmados entre la URSS y los distintos países vecinos impusieron a éstos, a título de reparaciones, las cantidades siguientes: a Rumanía y a Finlandia, la entrega sobre la base de los precios de 1938 de mercancías por un valor de 300 millones de dólares; a Hungría también por valor de 300 millones de dólares-oro; a Bulgaria, por 70 millones; a Alemania, 10.000 millones de dólares-oro... En otros países, donde no pudo imponer el pago de reparaciones, por ejemplo en Austria, la URSS se dedicó a desmantelar su zona de ocupación, habiéndose llevado por valor de 100 a 150 millones de dólares. Por si fuese poco, a parte de lo requisado por las tropas rusas de ocupación, cuya suma es también elevadísima, la URSS transformó en trabajadores forzados a 5 millones de prisioneros alemanes, a 700.000 prisioneros japoneses, a varios millares de prisioneros húngaros, rumanos e italianos, así como a trabajadores y técnicos de otros países ocupados, sobre todo alemanes.

Para acrecentar el volumen de sus reparaciones, la URSS se apoderó de todos los bienes alemanes en los países ocupados, incluso en los casos muy numerosos en que estos bienes alemanes eran producto de la rapiña hitleriana. Dueño de una gigantesca sucesión, la URSS comenzó por crear una gran red de sociedades mixtas en las cuales la participación rusa estaba representada bien por los bines antiguamente alemanes o bien por bienes del propio país requisados a título de botín de guerra. Estas sociedades mixtas se extendieron a la industria, a los transportes, al comercio y a la agricultura (15).   En el discurso pronunciado el 27-28 de noviembre de 1951, ante la Comisión política especial de la ONU por el representante yugoslavo Milovan Djilas, se proporcionaron interesentes informes sobre la base de la experiencia yugoslava. Con razón dijo Djilas: “El Gobierno soviético se ha esforzado por medio de tales sociedades mixtas de apoderarse no solamente de las ramas esenciales de la economía, y comprendido la parte más importante de nuestros ingresos en divisas, sino que asimismo ha buscado el ejercer las funciones de Estado correspondientes a estas ramas de la economía. Cuando las relaciones son esas, no existe plaza desde luego para esos bonitos cuentos sobre la igualdad en derechos, ayuda fraternal, socialismo, etc. Si los negocios son los negocios, hay que hablar de negocios y obrar como los hombres de negocios”.

Estableciendo una pesada hipoteca sobre los países satélites; apoderándose de bases y concesiones estratégicas; explotándolos en su conjunto sobre la base del desmantelamiento industrial, de la requisición de parte de la producción corriente y de la deportación de la mano de obra; instituyendo tratados comerciales con unos cambios favorables; implantando las sociedades mixtas que permiten poner la mano sobre las principales riquezas económicas, comportándose de esta manera, la URSS ha puesto inequívocamente de manifiesto su carácter imperialista.

9. Conclusiones sumarias

La revolución rusa fue, desde luego, el acontecimiento más importante del siglo veinte desde el punto de vista social. Pero nació en medio de contradicciones históricas formidables, que determinaron en parte su curso ulterior. Marx y los marxistas habían estimado que el desarrollo mismo del capitalismo habría de conducir a los países más industrializados –Inglaterra y Alemania sobre todo- a la revolución socialista; sin embargo, por haberse roto la cadena imperialista por su eslabón más débil, según frase leninista, la revolución en cuestión se produjo en un país atrasadísimo y con predominio decisivo agrario en su economía, es decir, en Rusia. Este hecho trascendental, y el que la revolución no se extendiese al Occidente, provocó el aislamiento del primer Estado obrero y facilitó el desarrollo de la burocracia, que habían de conducirla al pináculo del poder y a su transformación en una nueva clase social sobre la base del capitalismo de Estado.

La situación paradójica en que se halló la URSS en los primeros años de su existencia, sólo podía resolverse o bien lanzándose a la aventura de imponer por las armas la revolución en otros países, aprovechándose para ello del desconcierto y desorganización del capitalismo en los años de la posguerra primera y de la ilusión revolucionaria producida en el proletariado europeo como consecuencia de la revolución victoriosa de Octubre, o bien replegarse transitoriamente sobre sí misma en espera de que las condiciones revolucionarias objetivas y subjetivas se diesen en el resto de Europa, pero consciente de que sus intereses eran los del resto de la clase obrera mundial y que a éstos debían de ser supeditados los suyos. El triunfo de la burocracia en el interior del partido bolchevique y, por ende, del Estado, torció esta última perspectiva, que aparecía como la más razonable. Los intereses del proletariado mundial fueron sometidos por completo, a través de los partidos comunistas burocratizados, a los exclusivamente nacionales de la URSS. La Internacional Comunista, que fue creada como un arma de y para la revolución socialista mundial, se convirtió pura y simplemente en un instrumento de la burocracia del Kremlin; los distintos partidos comunistas no fueron luego sino meras agencias de los intereses rusos; la menor acción, la más insignificante huelga, eran llevadas a cabo si Moscú estimaba que favorecían a su política exterior. La burocracia estalinista se aprovechó de todo el significado de la revolución de Octubre para mixtificar al proletariado y hacerle juguete de sus propósitos. Esta mixtificación aún dura y perdura.

Una rica experiencia sobre el papel jugado por esta burocracia existe: ahí está ante los ojos de todos, al menos de todos cuantos quieran ver. Las sucesivas transformaciones sufridas por la URSS también son evidentes como la luz del día. Cerrar los ojos en aras de un pasado ya liquidado, otorgar a la burocracia un papel progresivo que no tiene, empeñarse en ver en la URSS lo que no es otra cosa que vulgar apariencia –nacionalización, planificación, etc.-, apariencia porque lo fundamental es otra cosa, es decir, saber quién detenta el poder y en beneficio de quién juegan las realizaciones económicas; todo esto no es más que llevar consciente o inconscientemente el agua al molino stalinista. Y todos sabemos qué clases de moliendas nos ofrece el molino en cuestión. Baste recordar que en todo momento y ocasión el estalinismo ha aparecido y ha actuado como el verdugo más implacable de las vanguardias revolucionarias y de los elementos más clarividentes de la clase trabajadora.
Hace años, en los comienzos de la segunda guerra mundial, cuando aún se daba ante la historia el espectáculo vergonzoso e inolvidable del pacto de la Rusia de Stalin con la Alemania de Hitler, León Trotski insistió en que “sería de una monstruosa absurdidad separarse de camaradas que en la cuestión de la naturaleza sociológica de la URSS sostienen una opinión diferente”. Y es que Trotski ponía su confianza en las consecuencias a su juicio ineluctable de la guerra, que habían de provocar el hundimiento para siempre de la burocracia estalinista y el triunfo de la revolución socialista en Europa. En caso contrario, advertía, la burocracia habrá de ser considerada como una nueva clase explotadora. Pues bien, ha sido este segundo pronóstico el que desgraciadamente se ha realizado: la burocracia es una nueva clase explotadora.

Notas

(1)  El C.E. del POUM nombró a los compañeros Rebull e Iglesias para que redactasen una ponencia sobre la cuestión rusa. El estudio que hoy ofrecemos a nuestros lectores ha sido íntegramente concebido y redactado por Iglesias, pero refleja los puntos de vista de los dos ponentes.
(2)  Los comunistas yugoeslavos pecan de indudable estrechez de miras al insistir una y otra vez que sólo a partir de su ruptura con el Kominform se ha puesto al descubierto el verdadero carácter de la URSS. Uno de sus dirigentes más notorios, Milovan Djilas, cuyo esfuerzo teórico es por otra parte digno de encomio, escribió no hace mucho: “No ha sido posible descubrir en qué consiste la esencia de la organización social de la URSS así como su política exterior, que depende estrechamente, ni por el solo estudio de los clásicos del marxismo-leninismo, ni siquiera por la comparación de sus tesis con la realidad “soviética”. Este descubrimiento no pudo hacerse más que en una lucha y a través de una práctica revolucionaria excepcionalmente rica de otro partido comunista y de un país que ha tomado otra vía de desarrollo, una vía socialista. Este partido no ha sido ni podía ser otro que el Partido Comunista de Yugoeslava, y ese país Yugoeslava, y esto gracias a que nuestro país y nuestro partido han tenido un desarrollo revolucionario borrascoso y particular y se han entregado sin desfallecimiento a la edificación del socialismo”. (Questions actuelles du socialisme, nº 1-2, pág. 59). Queremos creer que si Djilas conociese un poco mejor la verdadera historia de la revolución española –no la que le han enseñado en Moscú o desde Moscú, sino la otra, justamente la que fue escrita en algunas de sus mejores páginas con sangre de camaradas nuestros- si estuviese al corriente del papel jugado por el POUM, repetimos, su juicio sería menos unilateral y más objetivo. Cuando se produjo la resolución del Kominform y la consiguiente ruptura del Partido Comunista de Yugoeslava con Moscú, hacía doce años que los trabajadores españoles habían visto a la luz del día la verdadera faz de la URSS.
(3)  Rosa Luxemburgo, La revolución rusa.
(4)  V.I. Lenin, Dos tácticas de la socialdemocracia en la reolución democrática.
(5)  L. Trotski, La revolución traicionada.
(6)  Esta revolución no fue debida al azar, puesto que se inscribe en la lógica misma de los hechos. Repetimos que una de las causas principales de la degeneración que entronizó el estalinismo reside en no haberse extendido la revolución rusa a los países del Occidente, es decir, al aislamiento en que quedó el primer Estado obrero. Stalin trató de llenar teórica y políticamente el vacío producido con su teoría del socialismo en solo país. Pero esa teoría, como tantas veces se ha dicho, es una grosera mixtificación, en contradicción con el marxismo y el propio bolchevismo. Recordemos, por ejemplo, que en el Manifiesto del IV Congreso de la Internacional Comunista se dice que “la revolución proletaria no podrá triunfar jamás en el interior de un solo país, sino en el cuadro internacional, en tanto que revolución proletaria mundial”. Así han pensado siempre los bolcheviques, Lenin a la cabeza. Pero, ¿qué importa a los estalinistas, falsificadores profesionales?
(7)  Véanse los artículos que con el título general “Burocracia y capitalismo de Estado ” fueron publicados por mí en los números 101, 102, 103 y 104 del periódico La Batalla, órgano del POUM en Francia.
(8)  Cifras tomadas de la interesante obra La Glacis soviètique , publicada en 1948 por Nicolás Clarion.
(9)  Djilas: Questions actuelles du socialisme. Nº 1-2.
(10)  Juan Reytan: Restauración capitalista en Rusia .
(11)  León Trotski: La revolución traicionada .
(12)  Artículos publicados por mí en los números 101, 102, 103 y 104 del periódico La Batalla, con el título general de "Burocracia y capitalismo de Estado ".
(13)  F. Engels: Anti-Duhring.
(14)  R. Hilferding: El capital financiero.
(15) Para ilustrarse sobre el carácter y extensión de estas sociedades mixtas, léase el interesante libro de Nicolas Clarion Le Glacis soviétique, ya citado anteriormente