28/12/10

José Lezama Lima: poesía perenne

José Lezama Lima  por Juan David

Alfredo Herrera Flores

Nacido José María Andrés Fernando, un 19 de diciembre de hace cien años en La Habana, en un campamento militar donde su padre ejercía su profesión, José Lezama Lima se convertiría en el más importante poeta cubano del siglo veinte, a pesar de, o gracias a, que construyó una densa obra poética y narrativa muy íntima, ambigua y que lindaba con lo oscuro y lo secreto, una poesía cercana a la filosofía más tupida, que los críticos no supieron clasificar a su debido tiempo, encasillándola finalmente en lo barroco.

Ya desde Góngora y Quevedo, en el lejano siglo de oro español, el barroco fue extendiéndose a lo largo de la cultura occidental montado en todas las artes, especialmente en la música y la arquitectura, y volvería en el siglo pasado a posesionarse, como un elefante sobre un campo de flores, o como el propio Lezama diría, “como un caracol nocturno en un rectángulo de agua”, en la poesía, gracias a él. Los adornos exagerados, las palabras bonitas pero rebuscadas y casi sin significado, los sonidos exaltados y enredados, los colores densos y ajenos al contraste, eran características superficiales del barroco, pero la poesía le devolvió su apariencia fina y su trasfondo culto. 

En manos de Lezama la poesía recobró su estructura formal y la alimentó de claves, misterios, combinaciones sutiles, secretos e incógnitas, haciendo del lector su cómplice en el nuevo proceso de descifrar su propia escritura.

Sin embargo, esa fama de oscuridad y densidad que analíticamente envuelve a su obra, permite una lectura abierta y reveladora, que ha influido en la poesía contemporánea, como muchos importantes poetas de generaciones posteriores a la suya han reconocido. Es cierto que no es fácil acercarse a la obra de Lezama, pero una vez que el lector se haya introducido en ese mundo exagerado, delicado y exquisito, no podrá regresar porque le encontrará el gusto y el placer de recorrer el laberinto.

Así, la poesía de Lezama, desde la publicación de “Muerte de Narciso”, en 1937, se inventa y forma sobre una estética de intuiciones y ambigüedades que impulsan, mejor sugieren, al lector distintos caminos que finalmente lo llevarán a un destino común: el disfrute de la palabra: “La nieve que en los sistros no penetra, arguye/ en hojas, recta destroza vidrio en el oído,/ nidos blancos, en su centro ya encienden tibios los corales,/ huidos los donceles en sus ciervos de hastío, en sus bosques rosados…”

Pero es en su segundo libro, “Enemigo rumor”, de 1941, donde se manifiesta con mayor intensidad su propuesta poética, rompiendo moldes y tradiciones que despertarían tímidas adhesiones y, por entonces, pocos seguidores. Lezama logra conjugar el lenguaje culto y casi negado para el lector de poesía, tradicionalmente romántico, sensible, pasional y emotivo, con el filosófico y clarividente, que no espantó al lector, sino que le ofreció una nueva forma de ver su intimidad: “Al llover sobre cerco deslucido,/ tú mismo, confundido,/ ya confundes la gracia/ del manantial seco y del jazmín/ torcido de tu sueño.” (Queda de ceniza).

Se recobra la musicalidad y el ritmo de la poesía formal. En “Enemigo rumor” se incluye un conjunto de sonetos titulado “Sonetos infieles”, en los que más allá de demostrar el dominio de la forma tradicional del soneto, en estructura, rima y medida, se aventura con éxito a la reflexión y la cavilación sobre su propia intimidad: “Ahora que estoy, golpeo, no me siento,/ rompo de nuevo la armadura hendida,/ empiezo falseando mi lamento,/ concluyo durmiéndome en la herida, // que no en mi, en la pared, procura el viento,/ y no es mi herida, si la luz perdida/ procura ironizar el firmamento/ o se recuesta en al cometa huida…” (“Ahora que estoy”).

Lezama Lima publicaría luego, en 1945 “Aventuras sigilosas”, y en 1949 “La fijeza”, pero será en “Dador” (1960) donde concentrará toda su esencia como poeta. La obra de Lezama se extenderá hasta límites insospechados, como sombra que gira alrededor de su cuerpo, desde el amor hasta la pasión, desde el culto por la palabra hasta el entusiasmo por el erotismo, de la observación de la araña hasta la abstracción por los ritos y la religión, su poesía llega a los confines del misticismo.

Hasta “Dador” fue como si se desarrollara un extraordinario capítulo de la vida literaria de Lezama. Hasta entonces había promovido varias revistas fundamentales en la literatura cubana y se había convertido en un promotor literario serio y respetado, con una imagen de escritor sumergido de cabeza entre sus libros y ajeno a la intrascendencia de las fiestas literarias. En 1966 publica su novela “Paradiso”, aunque había adelantado algunos capítulos en las revistas que promovió, el hecho es un fenómeno. Obra calificada de monumental por los más serios lectores y como “pornográfica” por los intransigentes, rápidamente la novela se convirtió en un referente de la narrativa latinoamericana, que por entonces, no está demás decirlo, ya se veía emergente y fortalecida con los autores del tan famoso y manoseado “boom”.

Esa etapa fue como un segundo capítulo en la literaria y casi encubierta vida de José Lezama Lima. Le hizo una finta a la fama, siguió metido en sus libros y sus especulaciones poéticas. En 1972 se le otorga el premio Maldoror, en España, y en Italia se le da el premio a la mejor obra latinoamericana traducida al italiano, pero eso no es lo que buscaba Lezama.

La obra de Lezama se complementa con cuentos, ensayos, antologías, discursos y una novela inconclusa, trunca continuación de “Paradiso”, convirtiéndose en uno de los puntos cardinales de la literatura hispanoamericana (sin necesidad de exagerar). Poco a poco, la poesía completa de Lezama Lima irá apareciendo, mejor dicho reapareciendo, en las principales capitales culturales, y su estilo se irá filtrando generación tras generación hasta convertirse en un modelo difícil de seguir. Sin embargo, una larga lista de nombres podría construirse a partir del rastro de su particular forma de concebir la poesía y escribirla.

Poesía perenne, esencial y entrañable la de Lezama Lima, que se inició oscura y difícil, como si se escribiera desde la otra orilla, donde la metáfora es la única salvación. A cien años de su nacimiento, vale la pena rebuscar entre sus páginas, bucear entre su ilimitada imaginación, escudriñar entre sus versos en busca de la palabra iluminadora, disfrutar de la aplastante estructura de un castillo de flores, donde la poesía también dice lo suyo.

José Lezama Lima murió en agosto de 1976, a consecuencia de las complicaciones que le causó el asma que llevó consigo desde niño, como un recuerdo de escuela, y que no se pudo curar, tal vez por su sobrepeso, exagerado como su propia poesía, y por los habanos que copaban sus labios y coronaban con las piruetas de su humo su cabeza de niño bueno.