14/12/10

Herbert Marcuse: Cultura y sociedad


Editorial Sur, año 1967. Tamaño 20 x 12 cm. Traducción de E. Bulygin y E. Garzón Valdés. 128 págs.

Herbert Marcuse (1898-1979) fue un filósofo y sociólogo alemán, nacido en Berlín. Estudió filosofía primero en Berlín y luego en Friburgo, donde se licenció en 1921. Desde los inicios se dedicó a los estudios sociales en el Institut für Sozialforschung de Frankfurt, donde tuvo como compañeros a Theodor Adorno, Walter Benjamin y Max Horkheimer –grupo conocido bajo el nombre de Escuela de Frankfurt-. Con el auge del nazismo en Alemania se expatrió a Ginebra y desde allí, y luego de una estancia en París, se instaló en Estados Unidos, donde adquirió la nacionalidad en 1942.

En su obra analiza el carácter destructor de las sociedades industriales avanzadas y la manipulación que éstas efectúan sobre la libertad humana a través del señuelo consumista. En el Prólogo al presente libro Marcuse escribe: “Los ensayos reunidos en este libro fueron escritos entre los años 1934 y 1938. Son el resultado de mi trabajo en el Instituto de Investigaciones Sociales de Nueva York y fueron discutidos con el entonces director del Instituto, mi amigo Max Horkheimer y sus colaboradores. Los publico nuevamente sin modificación alguna. Ninguna reelaboración podría superar el abismo que separa aquella época de la presente (1964). Entonces no era tan claro que la dominación militar y administrativa del fascismo modernizaría y haría más eficaces las estructuras sociales de las que surgiera, sin lograr eliminarlas.


Estaba aún abierta la cuestión de si esta dominación no sería superada a su vez por fuerzas históricas más dinámicas y generales: la antigua sociedad modernizada no había revelado todavía todo su poder y toda su razón, y el destino del movimiento obrero era aún incierto.

Con esta incertidumbre termina el primero de estos ensayos —incertidumbre que es común a todos ellos. Y también con la esperanza de que el fascismo fuera quizás vencido por fuerzas (o mejor, que su derrota pusiese en movimiento fuerzas) que hicieran posible una sociedad más humana y más racional. Pues si de algo estaban seguros el autor de estos ensayos y sus amigos del Instituto era de que el estado fascista era la sociedad fascista y de que el poder totalitario y la razón totalitaria tenían su origen en una sociedad que estaba a punto de superar su pasado liberal y de incorporar su negación histórica. De esta manera, la tarea de la teoría crítica de la sociedad consistía en la identificación de las tendencias que vinculaban el pasado liberal a su superación totalitaria. Esta superación no fue exclusiva de los estados totalitarios, sino que llegó a ser realidad en algunas democracias, precisamente en las más desarrolladas.

El protestantismo y las revoluciones burguesas proclamaron la libertad de pensamiento y de conciencia: eran las formas sancionadas de la contradicción —a menudo las únicas— y el preciado refugio de la esperanza. La sociedad burguesa raras veces, y sólo en casos excepcionales, se atrevía a violar este refugio. Alma y espíritu eran para ella (al menos oficialmente) algo sagrado y misterioso: en el ámbito de lo anímico y de lo espiritual, el hombre debía ser lo más autónomo posible; en esto consistía su libertad interna, es decir, su libertad auténtica y esencial. Del resto se ocupaban la economía y el estado. Normalmente la sociedad no necesitaba intervenir en estas esferas: no hacia falta someter a los individuos a un ordenamiento total. Las fuerzas de producción no habían alcanzado aún aquel grado de desarrollo en el que la colocación del producto del trabajo social exigiría la organización sistemática de las necesidades —también de las intelectuales—; el mercado regulaba mal que mal el rendimiento de un mecanismo de trabajo que todavía no dependía de un consumo masivo ininterrumpido.

Como la sociedad burguesa se encontraba aún en una etapa inferior del desarrollo de las fuerzas de producción, no disponía todavía de los medios para hacerse cargo de la administración del alma y del espíritu sin desacreditar esta administración con el poder del terror. En la actualidad, existe la necesidad de la administración total y también se dispone de los medios suficientes: la satisfacción de las masas, la investigación del mercado, la psicología industrial, los “computer mathematics” y la llamada “science of human relations” se encargan de armonizar, sin recurrir al terror, democrática, espontánea y automáticamente, las necesidades individuales y las que son socialmente necesarias, la autonomía y la heteronomía — la elección libre de aquello y de aquellos que tienen que ser elegidos, para que este sistema se mantenga y prospere. Aquellas corrientes positivistas y positivas de la filosofía, la sociología y la psicología, que convierten al sistema de lo existente en el marco insuperable de la formación y desenvolvimiento conceptuales, se encargan, en la “educación superior”, de la eliminación democrática del pensar, eliminación que el “common man” experimenta y realiza por sí mismo (en el trabajo, en el uso y goce del aparato de producción y consumo). 

Pero si la organización y administración social del espíritu pudo realizarse tan rápidamente, cabría preguntarse, entonces, si este mismo espíritu no ha sido también culpable de este desarrollo. Con otras palabras: ¿no ha preparado acaso la cultura intelectual su propia liquidación? ¿No estaban su autonomía, su interioridad, su pureza, aquella felicidad y plenitud que prometía, impregnadas ya de falta de libertad, de oportunismo, de desgracia y dispuestas a cualquier concesión? ¿Tenía esta cultura carácter afirmativo aun allí en donde era la negación de lo existente? Guiado por estas preguntas investigué algunos conceptos fundamentales del idealismo y del materialismo.

Ideas tales como las de esencia, felicidad, teoría, mostraron su dualidad interna: concebían auténticamente las verdaderas posibilidades del hombre y de la naturaleza como contradicción de la realidad dada; eran conceptos eminentemente críticos pero, al mismo tiempo, debilitaban esta contradicción al estabilizarse ontológicamente. Tal era la situación específica del idealismo, que culmina en la filosofía hegeliana: la contradicción es la forma de la verdad y del movimiento mismo, que luego es incluida e interiorizada en el sistema. En los ensayos de aquella época lo que interesaba era la herencia del idealismo, lo que había de verdad en su filosofía represiva; sin embargo, interesaba también la herencia y la verdad del materialismo, no sólo del materialismo histórico. En la insistencia del pensamiento en la eliminación de la miseria y la penuria, en la felicidad y el placer en tanto contenidos de la libertad humana, se conservaban, como tabúes, las consignas de la revolución, consignas que hacía tiempo ya habían sido desplazadas y postergadas, incluso en la teoría y la práctica socialistas. A medida que la sociedad en los países industrializados se volvía más “materialista”, es decir, aumentaba el nivel de las masas, se veía con mayor claridad hasta qué punto este progreso estabilizaba la miseria y la desgracia, de qué manera esta productividad encerraba en sí misma la destrucción y cómo la tecnología transformaba un medio de liberación en instrumento de una esclavitud.

Frente a una sociedad en la que el bienestar va acompañado por una creciente explotación, el materialismo combatiente adopta una actitud negativa y revolucionaria (aun cuando la explotación se vuelva más cómoda y no se tenga conciencia de ella): su idea de felicidad y de liberación puede sólo realizarse mediante la praxis política cuyo objetivo, desde el punto de vista. cualitativo, es la creación de nuevas formas de existencia humana. El hecho de que todo esto haya sido escrito antes de Auschwitz lo separa profundamente del presente. Lo que allí había de verdad, quizás hoy no sea falso, pero sí menos actual. Ciertamente, la preocupación por la filosofía que estos ensayos revelan era, ya entonces, en los años 30, preocupación por el pasado: recuerdo de algo que en algún momento perdió su realidad y que había que recuperar. Las fuerzas sociales, en las que se unían libertad y revolución, fueron precisamente entonces entregadas, vencidas o traicionadas a las fuerzas dominantes.

Era el fin de una época histórica y lo terrible del período siguiente se anunciaba en la simultaneidad de la guerra civil en España y de los procesos en Moscú. En este nuevo período se produce la opresión, el debilitamiento y nivelación de las clases y fuerzas que, debido a sus intereses reales, encarnaban la esperanza en el fin de lo inhumano. En los países industrializados, los oprimidos quedan sometidos a un ordenamiento total mediante la administración de las fuerzas de producción y la satisfacción creciente de las necesidades, poniéndose coto, así, a cambios indispensables de la sociedad. La productividad y la prosperidad aliadas a una tecnología al servicio de una política monopolista, parecen inmunizar las estructuras existentes de la sociedad industrial progresista.

Índice: Prólogo. 1- La lucha contra el liberalismo en la concepción totalitaria del estado. 2- Acerca del carácter afirmativo de la cultura. 3- Filosofía y teoría crítica. 4- A propósito de la crítica del hedonismo.