13/12/10

El Gendarme Necesario


Laureano Vallenilla Lanz

Si en todos los países y en todos los tiempos —aún en estos modernísimos en que tanto nos ufanamos de haber conquistado para la razón humana una vasta porción del terreno en que antes imperaban en absoluto los instintos— se ha comprobado que por encima de cuantos mecanismos institucionales se hallan hoy establecidos, existe siempre, como una necesidad fatal «el gendarme electivo o hereditario de ojo avizor, de mano dura, que por las vías de hecho inspira el temor y que por el temor mantiene la paz» (1), es evidente que en casi todas estas naciones de Hispano América, condenadas por causas complejas a una vida turbulenta, el Caudillo ha constituido la única fuerza de conservación social, realizándose aún el fenómeno que los hombres de ciencia señalan en las primeras etapas de integración de las sociedades: los jefes no se eligen sino se imponen. La elección y la herencia, aún en la forma irregular en que comienzan, constituyen un proceso posterior (2).

Es el carácter típico del estado guerrero, en que la preservación de la vida social contra las agresiones incesantes exige la subordinación obligatoria a un Jefe (3).

Cualquiera que con espíritu desprevenido lea la historia de Venezuela, encuentra que, aún después de asegurada la Independencia, la preservación social no podía de ninguna manera encomendarse a las leyes sino a los caudillos prestigiosos y más temibles, del modo como había sucedido en los campamentos. «En el estado guerrero el ejército es la sociedad movilizada. Y la sociedad es el ejército en reposo».

Nada más lógico que Páez, Bermúdez, Monagas, fuesen los gendarmes capaces de contener por la fuerza de su brazo y el imperio de su autoridad personal a las montoneras semibárbaras, dispuestas a cada instante y con cualquier pretexto, a repetir las invasiones y los crímenes horrendos que destruyeron en 1814, según la elocuente frase de Bolívar, «tres siglos de cultura, de ilustración y de industria».

Don Fernando de Peñalver escribía en 1823:

«Es una verdad que nadie podría negar, que la tranquilidad de que ha disfrutado Venezuela desde que la ocuparon nuestras armas, se ha debido al General Páez, y también lo es, que si él se alejase de su suelo, quedaría expuesto a que se hiciese la explosión, pues sólo falta, para que suceda esta desgracia que se apliquen las mechas a la mina» (4).

El señor Peñalver fue de los primeros en comprender la importantísima función que Páez ejercía en Venezuela, sin embargo de que, como había dicho en 1821, sólo existía «un pueblo compuesto de distintas castas y colores, acostumbrado al despotismo y a la superstición, sumamente ignorante, pobre, y lleno al mismo tiempo de los vicios del Gobierno español, y de los que habían nacido en los diez años de revolución», y creía el fiel amigo de Bolívar, que la República «necesitaba por mucho tiempo de un conductor virtuoso, cuyo ejemplo sirviese de modelo, particularmente a los que habían hecho servicios importantes y que por esta razón se consideraban con derechos que no tenían, ni podían pertenecer a ninguna persona» (5).

Pero al estallar la revolución del 26, provocada por los que creían en la panacea de las constituciones escritas (6) sin sospechar siquiera la existencia de las constituciones orgánicas que son las que gobiernan las naciones, estampa este consejo seguido tan fielmente por el Libertador, cuya conducta fue censurada con grande acritud, principalmente por Santander, «el hombre de las Leyes», despechado por el tacto político con que trató a Páez, alzado contra la Constitución y contra el Gobierno de la Gran Colombia.

«Creo que este General (Páez) —decía D. Fernando— debe ser tratado con mucha lenidad por ti y por el Gobierno, pues si se quiere emplear en él el rigor de las leyes y no la política, pueden muy bien resultar las más funestas consecuencias. Tú conoces más que nadie los elementos de que se compone nuestro país, cuyos combustibles, inflamados por una persona como el General Páez, harían los más horribles estragos» (7).

Briceño Méndez, que pensaba también muy hondo, critica las medidas tomadas por Santander, con la pretensión de cohonestar la influencia de Páez y «contener el progreso de la revolución con pequeñas intrigas».

«Quizás el General Santander —decía— no conoce el peligro, pero Soublette que ha visto el país y que debe tener penetrado al corifeo de la gente colorada, no puede ser dispensado. Yo voy a ver si alcanzo que me oigan, aunque temo mucho que los partidos sofoquen mi voz, si no me condenasen desde antes de oírme» (8).

Si el Libertador, inspirándose en Santander y en los constitucionalistas, hubiese declarado a Páez «fuera de la Ley»; si por sostener los preceptos abstractos de un Código, que no era otra cosa que un plagio, una servil imitación de las instituciones democráticas de la Francia revolucionaria antes de la reacción thermidoriana; si prescindiendo de sus propias convicciones, se deja guiar por los falsos esclavos de la Constitución, los escasos restos de cultura salvados de la Guerra Magna habrían desaparecido en una lucha semejante a las de los años 13 y 14.

Los historiadores que se contentan con las fuentes oficiales, prescinden del estudio pormenorizado de aquellos años, en que la mayor parte de la población de Venezuela vivía en los montes como las tribus aborígenes; en que los ¡laneros realistas, retirados de Carabobo en número de cuatro mil y unidos a los patriotas que hablan sido licenciados, andaban en caravanas robando y asesinando como en sus mejores tiempos; y los oficiales patriotas envalentonados con sus laureles, se creían dueños y señores de vidas y haciendas, al punto que Aramendi —por ejemplo— llegó a convertirse en un azote de las poblaciones del llano y hubieron al fin de cazarle como a un tigre; en que las sublevaciones de la gente de color se sucedían a diario en todo el país; y en Cumaná, Barcelona, Guayana, Barinas y aún en las cercanías del mismo Caracas, se repetía el grito pavoroso de 1814: ¡Viva el rey! ¡Mueran los blancos! (9). ¿Cuál era el papel que, en un medio social semejante, podían representar la Constitución del Rosario de Cúcuta y las leyes sancionadas por el Congreso?

Las sublevaciones no se contenían sino con los fusilamientos en masa. Páez, Bermúdez, Monagas, Urdaneta, tenían que cumplir el deber supremo de amparar, con su autoridad, el renaciente orden social contra aquellas bandas que asolaban los campos, saqueaban a incendiaban las poblaciones, vejaban a las autoridades, y asesinaban a los blancos.

Los detalles, los hechos menudos, les petits faits, que tanto desdeñaban los historiadores retardados, constituyen la trama de multitud de sucesos, que hasta hoy no han podido explicársenos.

Cuándo se examina la situación de Venezuela después de la guerra; cuando se ve que la gran riqueza acumulada, sobre todo, en los últimos setenta años de la Colonia, había desaparecido; que la clase elevada, los poseedores de la ilustración, de la cultura y de la riqueza hablan sucumbido o emigrado, y que el pueblo, la masa de esclavos, de gente de color y de indígenas, se hallaba en plena evolución regresiva por catorce años de aquella guerra asoladora, es fácil explicarse la supremacía, el encumbramiento de los más valientes y de los más temidos. «Entregado a si mismo, retrotraído súbitamente al estado natural, el rebaño humano —dice Taine— no sabría más que agitarse, pelear, hasta que la fuerza bruta llegara al fin a dominar como en los tiempos bárbaros, y del fragor de la lucha surgiera un Caudillo militar, el cual, generalmente, es un verdugo» (10).

Páez no lo fue nunca; y es esa la faz más noble y sorprendente de su descollante figura.

II

Otras causas contribuían a mantener aquel estado de anarquía espontánea.

La miseria llegó a ser espantosa. Bolívar, que todo lo poetizaba, decía a Sucre desde Caracas el 10 de febrero de 1827: «Es verdad que hemos ahogado en su nacimiento la guerra civil; más la miseria nos espanta, pues no puede usted imaginarse la pobreza que aflige a este país. Caracas llena de gloria, perece por su misma gloria, y representa muy a lo vivo lo que se piensa de la Libertad, que se ve sentada sobre ruinas. Venezuela toda ofrece ese hermoso pero triste espectáculo.. Cumaná está tranquila, pero como el resto de Venezuela, gime en la más espontánea miseria» (11).

«El comercio estaba paralizado; los giros suspendidos; nada se compraba o se vendía por mayor; los detalles eran limitadísimos; las aduanas nada producían, porque eran muy raras las entradas de buques; nada se recaudaba por la contribución directa y los deudores se aprovechaban del desorden y alegaban las dificultades para vender los frutos así como su abatido precio» (12).

En 1828 el General Briceño Méndez, Intendente entonces del Departamento de Venezuela, dice: «El gran mal que tenemos aquí es la miseria. No puede describirse el estado del país. Nadie tiene nada y poco ha faltado para que el hambre se haya convertido en peste» (13).

El Doctor Álamo, Jefe de la Alta Policía, escribía al Libertador por los mismos años: «Continúa cada vez más la miseria en Caracas, de un modo que no alcanza la ponderación; basta decirle que hasta sus amigos (los de Bolívar), los más previsivos, están sin medio; ningún fruto vale y a ningún precio se compra... nuestros artesanos, con sus discípulos y oficiales, se han abandonado al ocio y aún a las maldades, en términos que los presidios y las cárceles están llenos de hombres que hemos conocido en otro tiempo de una conducta regular y laboriosa. Esto da horror, mi General; de noche se encuentra por las calles porción de mujeres cambiando silletas, mesas, cajas y demás muebles por comida, y casi no se enciende lumbre en Caracas» (14).

El Gobierno, sin embargo, se ha manifestado inflexible con los deudores a fondos públicos y el Congreso apelaba al triste expediente de dictar leyes severísimas contra los ladrones, castigándolos con la pena de muerte y condenando a los vagos -en cuyo número se contaban millares de hombres que no trabajaban por no hallar donde hacerlo- a servir por años como soldados en la marina de guerra (15).
«La Ley contra los deudores tiene bastantes adversarios —decía el Intendente Briceño Méndez— y merece meditarse, porque como hoy todos son deudores, y la mayor parte son tramposos, es temible excitar su indignación» (16).

Muchos de esos tramposos eran hombres de grande importancia social y política. El Doctor Francisco Aranda, por ejemplo, que se encontraba en 1828 «sin poder cumplir varios compromisos en que entró para comprar y mejorar una hacienda; ahora —dice Briceño Méndez— se encuentra con todos los plazos vencidos y estrechado por sus acreedores, de tal modo que yo, en mi pobreza, he tenido que prestarle 2.000 pesos para que no lo pusieran en la cárcel. El es hombre de bien y quiere pagar». Entre tanto, se negaba el doctor Aranda a aceptar el puesto de Ministro Juez de la Corte, que Bolívar le ofrecía, «para que no le censuren el que siendo un tramposo esté dando sentencias contra los que están en su mismo caso» (17).

El Libertador, había creído también que el mal no estaba sino en la falta de cumplimiento de las leyes, o en su lenidad, y desde que pisó tierra venezolana en 1826, comenzó a dictar medidas tremendas, que en mucho contribuyeron a desprestigiarle, en un pueblo donde la popularidad se alcanzaba entonces con la impunidad para todos los delitos. José Tomás Boves fue el primero que empezó a demostrarlo elocuentemente (18).

Desde Coro dijo al General Urdaneta: «Parece como si se quiere saquear la República para abandonarla después. Cada día me convenzo más por lo que veo y oigo en el país, que la hermosa organización de la República lo ha convertido en otra gran Sierra Morena. No hay más que bandoleros en ella.-¡¡Esto es un horror!! y lo peor de todo es, que como un mártir, voy a batirme por la santidad de las leyes» (19).

Era cierto: Venezuela entera vivía del fraude en todas sus formas; y podían contarse los empleados que tenían las manos puras de peculado. Había Departamentos como el de Maturín (que comprendía las provincias de Barcelona, Cumaná, Maturín y Margarita), «donde los males de la paz, lo han arruinado más que los de la guerra; donde un enjambre de empleados absorbe cantidad inmensa de numerario que no produce su Erario agonizante. Un Tribunal de Cuentas sin cuentas que examinar.. Y por desgracia —agregaba el secretario Doctor Revenga— no tiene datos el Libertador para creer exagerados estos informes».

La severidad de las leyes —como lo demuestra la historia de las instituciones jurídicas— es la prueba más cierta de la fuerza de los vicios que esas leyes pretendían corregir (20).

El decreto de 8 de marzo de 1827 reglamentando la Hacienda Pública, dictado por el Libertador, castigaba con la pena de muerte a los defraudadores de las rentas del Estado: «por pequeña que fuese la cantidad sustraída».

«Cada vez se va haciendo más profundo el abismo en que nos hallamos —decía Bolívar a Páez el 20 de marzo—. En Cumaná y Barcelona continúan las insurrecciones. Tres o cuatro cantones de aquellas Provincias se han puesto en armas contra sus jefes. El General Rojas (Andrés) me da parte de todo esto, aconsejando al mismo tiempo tome providencias muy enérgicas y muy resueltas» (21).

Ya habla empezado a tomarlas sin esperar el consejo. A la rebeldía de algunas tropas acantonadas en Valencia, respondió el Libertador con su acostumbrada energía: «Los individuos que aprehendan a Dragones, Artillería y Anzoátegui comprendidos en la rebelión de Valencia, serán fusilados en el acto que los tomen las partidas que Ud. mande y mande también el coronel Alcántara de los Valles de Aragua; de suerte que los que sean aprehendidos en los Llanos vengan aquí y los que Uds. cojan en el territorio que les he enseñado sean fusilados en el acto» (22).

Estas sublevaciones de la tropa obedecían a la falta de paga y al temor de que se les embarcara para el sur de Colombia, de donde bien sabían que no se dejaba regresar a los oficiales de color por temor a las constantes insurrecciones (23).

«Estamos en una crisis horrorosa —escribía días más tarde el Libertador— no ha quedado en la República más que un punto de apoyo, y este mismo punto ha sido atacado por todas partes, hasta el caso que Ud. lo ve, pues ya las tropas de Colombia han perdido el prestigio que me tenían, según lo que se ha visto con esos soldados de Valencia por una simple sospecha de que los querían embarcar».

Y eran esos hombres peligrosos, por su audacia, por su valor, por sus tendencias comunistas y por sus instintos igualitarios, contra quienes se daban órdenes de fusilamiento sin fórmula de juicio. Fatal necesidad, y más fatal aún por el resultado que debía producir.

Convencido el Libertador de que era necesario desplegar una «energía cruel, para entonar el Gobierno» (24). no se detenía en las medidas de represión y castigo, por más duras que fuesen:

«Ya he dado orden de que fusilen a todos los rebeldes, y cuatro que han venido aquí se fusilan hoy... Yo me he mostrado inexorable en esta circunstancia con respecto a todo, todo. He mandado castigar de muerte a los criminales y a meter en la cárcel los deudores del Estado» (25).

«Yo estoy resuelto a todo: por libertar a mi patria declaré la, guerra a muerte, sometiéndome por consiguiente a todo su rigor; por salvar este mismo país estoy resuelto a hacer la guerra a los rebeldes, aunque caiga en medio de sus puñales. Yo no puedo abandonar a Venezuela al cuchillo de la anarquía; debo sacrificarme por impedir su ruina» (26).

Las consecuencias de ese rigorismo son fáciles de deducir, en un pueblo donde la causa de la independencia no había tenido prestigio; donde la gran mayoría no sólo analfabeta sino bárbara, apenas concebía otra patria que el pedazo de tierra donde había nacido; ni podía tener otra idea de libertad que la de una absoluta licencia, limitada únicamente por el temor a un Jefe. Por todas partes circulaban las más peregrinas especies, sobre todo en los llanos, donde era general la creencia de que el Libertador «estaba embarcando a los pardos para pagar a los ingleses la deuda de la República, añadiendo que las jóvenes también debían recogerse para esta entrega» (27).

El peligro era inmenso, porque aquel pueblo no se asemejaba por ningún respecto a las indiadas sumisas de la Nueva Granada, del Ecuador, del Perú y de Bolivia. Nuestros mismos indígenas ya escasos para la época, conservaban las virtudes guerreras que hicieron de la conquista de la Tierra Firme la más sangrienta de la América.

«Gente feroz y perezosa —dijo Morillo— que aún en los tiempos de paz hablan errado en caravanas por la inmensa extensión de las llanuras, robando y saqueando los hatos y las poblaciones inmediatas», habían llegado al completo desarrollo de sus instintos depredadores en catorce años de anarquía.

Se refería especialmente a los llaneros el General español; pero hay que tomar en cuenta, además, que en la masa de la población urbana, tampoco preponderaba el indio reducido, ni el mestizo «de carácter dulce y bondadoso», sino el mulato de imaginación ardiente; individualista, nivelador, trepador y anárquico, «raza servil y trepadora», como la calificó el argentino Sarmiento, en la cual parece que la disgregación de los caracteres somáticos correspondiera, como una consecuencia necesaria, a la disgregación de los caracteres psicológicos de las razas madres, relajando los lazos que pudieran unirla a la una o a la otra, para producir un tipo aislado, sin ideas ni sentimientos colectivistas, sin espíritu de sociabilidad, confiando siempre en sus propias fuerzas para allanar con violencia los obstáculos que se opusieran a su elevación. Terreno admirablemente preparado para recibir y hacer fructificar rápidamente los principios demoledores y niveladores del jacobinismo imperante.

IV

Ya no había esclavos. Desde 1812, patriotas y realistas hablan de hecho y de derecho realizado la emancipación y todo retroceso hacia la antigua disciplina constituía un grave peligro para el partido que la pretendiera. «Los ponen en libertad completa —escribía el General Don Pablo Morillo, criticando a los patriotas— los llaman ciudadanos y entran a ser capitanes, coroneles y generales... y aunque el país en que se hallen vuelva a ser ocupado por las armas del Rey, entran a reclamarlos sus amos o se dispersan por los campos y aumenta el número de forajidos» (28).

«No hay medios —continúa el General español— de reducir de nuevo al trabajo a unos hombres regostados con la vida militar», porque «es moralmente imposible que un hombre que haya disfrutado de la libertad viva tranquilo y sosegado en la servidumbre... su calma es la de los volcanes que se encuentran en quietud mientras se reúnen los materiales que algún día deben formar la explosión más horrorosa» (29).

Perseguidos por las autoridades realistas, sometidos por la fuerza al trabajo de las haciendas o a la dura disciplina del ejército peninsular, se unían a los liberales y huían a los llanos, donde «iban reuniéndose en pequeñas partidas, proclamando la Independencia que era la voz con que podían continuar robando», después de haber comenzado su obra de depredaciones proclamando al Rey de España.

Los patriotas, por su parte ' estaban en la imperiosa necesidad de acogerlos en sus filas y de recompensar sus servicios, sin pensar siquiera en las consecuencias, porque para ellos no existía ni debía existir entonces otro propósito que el de vencer al enemigo, realizar la Independencia, crear la Patria; y aquellos hombres eran tan venezolanos como los otros. Otra ventaja de carácter social aparejaba para los patriotas el convertir los esclavos en soldados. En 1819 ordena el Libertador la conscripción de cinco mil esclavos jóvenes y robustos para aumentar el ejército. El Vice-Presidente Santander hizo como siempre observaciones legales sobre esta medida por la multitud de brazos útiles que se arrancaba a la agricultura; pero el Libertador mandó cumplirla, «manifestando ser altamente justa para restablecer la igualdad civil y política, porque mantendría el equilibrio entre las diversas razas de la población. La raza blanca era la que había soportado el peso de la guerra» (30).

Realizada la Independencia, surge, junto con los prejuicios de clase y la necesidad de la conservación social, el poderoso móvil de los intereses materiales; y al mismo tiempo que el Congreso restablece en cierto modo la esclavitud, con la Ley de Manumisión, las opiniones de los realistas concuerdan en absoluto con las de los patriotas, clamando contra el peligro que representaba la libertad de los negros.

«Bolívar, como un déspota insolente —escribía el furibundo realista José Domingo Díaz— dispone de vuestras propiedades con la libertad de vuestros esclavos; os condena a la miseria despojándolos de vuestra principal riqueza, y os prepara males cuya espantosa perspectiva es necesario considerar en silencio» (31).

Y el General Pedro Briceño Méndez decía al Libertador en 1828: «Los esclavos están perdidos. No hablan más que de derechos, y se han olvidado enteramente de los deberes». Y opinaba por establecer la disciplina antigua para no favorecer «la holgazanería, los vicios y la insubordinación de aquella clase soez y brutal que puede sernos peligrosa» (32).

V

Si hasta 1824 no existía para Bolívar otra necesidad primordial que la de la Independencia, fue a partir de aquella fecha la reorganización social, la necesidad de refrenar la anarquía, de establecer el orden, de imponer el respeto a la autoridad, el pensamiento que iba a prevalecer por completo en la mente del Grande Hombre. Pero sus altas nociones de justicia y de moral; su pulcritud, jamás puesta en duda ni por sus peores enemigos; su educación y su estirpe, que le alejaban por completo de aquella nivelación oclocrática que no era de ningún modo la igualdad preconizada por los teóricos de la democracia, todo contribuía a poner al Libertador en choque abierto con los hechos emanados de! determinismo histórico, condenándolo necesariamente a la más absoluta impopularidad.

Entonces no se recordaron más sus glorias; sus enemigos, antiguos realistas en su gran mayoría, llegaron a discutir pública mente no sólo sus grandes servicios a la Independencia de América, sino que su genio extraordinario, reconocido ya en el mundo entero, quisieron ponerlo en duda; y se revivieron en la memoria del pueblo los hechos sangrientos de 1814, sin una sola atenuación. Y a tiempo que su prestigio decaía y se iban haciendo por todas partes los elementos reaccionarios que debían producir la disolución de la Gran Colombia, e¡ General José Antonio Páez, quizás maliciosamente, se le exhibía como el representante legítimo del pueblo de Venezuela, como el Jefe nato de las grandes mayorías populares -valiéndose de la jerga de nuestros jacobinos como el representativo de su pueblo, como el genuino exponente del medio social profundamente transformado por la revolución y más aún por la fuerte preponderancia del llaneraje semibárbaro.

Desde su señorío de Apure le escribía al Libertador en 1827: «Aquí no se me ha dado a reconocer ni como Comandante General, y si se me obedece es más por costumbre y conformidad que porque yo esté facultado para mandar; es porque estos habitantes me consultan como protector de la República, pidiéndome curas y composiciones de Iglesias; como abogado, para que decida sus pleitos; como militar, para reclamar sus haberes, sueldos, despachos y grados; como Jefe, para que les administre justicia; como amigo, para que los socorra en sus necesidades, y hasta los esclavos a quienes se dio libertad en tiempos pasados y que algunos amos imprudentes reclaman, se quejan de mí, y sólo aguardan mi decisión para continuar en la esclavitud o llamarse libres» (33).

¿De cuál Constitución republicana y democrática podían emanar tan amplias atribuciones gubernativas?

El viajero que comparó a Páez con un Kan de tártaros, con un Jeque árabe, estuvo en lo cierto. Y al asemejarle a Artigas, sentó un paralelo entre los pueblos de llanuras que produjeron los dos grandes caudillos (34).

A la elevada estructura moral de Don Simón Bolívar, no podía. ajustar esta investidura semibárbara.

Para 1826 el Libertador había ya representado su papel. El no era ni podía ser el hombre representativo en ninguna de las nacionalidades que después del triunfo de la Independencia comenzaban su trabajo de organización interna. Demasiado grande, su figura no cabía en los estrechos moldes de ninguna de aquellas democracias incipientes. Acá, en su país nativo, él no habla sido el exponente de la masa venezolana que como fuerza colectiva no existía al estallar la revolución. Dividida la población colonia¡, como hemos visto, en clases netamente jerarquizadas y antagónicas y en castas separadas por los más fuertes prejuicios, donde cada grupo constituía como un organismo perfectamente diferenciado, Bolívar no podía ser considerado como «la cristalización» del sentimiento colectivo de los venezolanos, porque, precisamente, la colectividad, el núcleo nacional estaba por crearse, y eso fue aquí, como en todas partes, el resultado de la guerra, en cuyos senos ardientes, como en un crisol, se ha fundido el sentimiento de Nacionalidad y de Patria. Bolívar fue, y así lo reconoce hoy el mundo, el más alto representante de la causa general de la Emancipación hispanoamericana. En él se refundieron, se encarnaron las ideas, las tendencias, las ambiciones, los ideales de la elevada clase social, de la aristocracia colonial que inició la revolución en todo el Continente En Venezuela como en muchos otros países de nuestra América los hombres representativos, los exponentes genuinos de las masas populares sublevadas, fueron de otro carácter: surgieron de las entrañas profundas de la revolución cuando la anarquía, removiendo hasta las más bajas capas sociales, abrió a los más valientes el camino de la ascensión militar y política, acogiéndose instintivamente a la causa que hablan proclamado los nobles, y que en definitiva era la que convenía a sus intereses y a sus naturales ambiciones de predominio; porque la restauración del régimen colonial traía como consecuencia necesaria e ineludible la antigua jerarquización, la superposición de clases y de castas que de nuevo sometería las clases bajas a la misma situación de inferioridad en que hablan vivido. Por eso hubo un momento en que Bolívar y los hombres de su clase se confundieron con los caudillos populares en un mismo propósito; pero alcanzado el triunfo, la separación era fatal e inevitable.

Aquéllos que critican al Libertador y lo tachan de débil, porque lejos de fusilar a Páez en 1827, no sólo le perdona su rebelión contra la Constitución y contra el Gobierno de Bogotá, sino que separando de hecho a Venezuela de la unión colombiana le confiere el mando de todo el país con extensas facultades, no se detienen a pensar que ya el Caudillo llanero, engrandecido por sus proezas legendarias, en un pueblo que profesa hasta el fanatismo el culto del valor personal, era el Jefe nato de los venezolanos, el hijo legitimo de nuestra democracia igualitaria, empujada violentamente por razones étnicas y geográficas, hacia un régimen, caracterizado por «una ascensión social y política sin selección y sin esfuerzo depurador»; en tanto que el Libertador continuaba siendo, as! para el pueblo como para la mesocracia realista o goda, el aristócrata, el mantuano, el gran señor, el superviviente de la alta clase social que por siglos había ejercido «la tiranía doméstica, activa y dominante»; el más alto representante de «la minoría audaz» naufragada en el mar de sangre de la revolución y quien era ya considerado en el mundo como el símbolo del ideal republicano. Su grandeza misma lo hacía sospechoso para la democracia triunfante, de aspiraciones monárquicas; porque vivo aún el respeto supersticioso por la realeza se pensaba que sólo una corona podía ceñir aquella cabeza prodigiosa.

La lucha entre Bolívar y Páez, «el corifeo de la gente colorada» —como le llamó Peñalver—, habría desatado de nuevo sobre Venezuela la lucha de castas, la guerra de colores que no sólo estaba aún latente, sino que hacía explosiones parciales en todo el país. Las palabras del Libertador en aquellos días, y que tan profundo desagrado debían causar en el Vice-Presidente Santander, para quien las leyes fueron siempre el mejor auxilio de sus pasiones y de su descabellada rivalidad, tienen, examinadas desde el punto de vista venezolano, que era el único justo y verdadero, una inmensa significación: «El General Páez ha salvado la República». «El General Páez es el primer hombre de Venezuela».

VI

Pero por fortuna para la Patria adolescente, el General Páez llegó a ser un verdadero Hombre de Estado. Concepto éste que considerarán extraño aquéllos que se figuran aún que la ciencia de gobernar se aprende en los libros y no se dan cuenta de las enseñanzas positivas de la Historia. Se nace hombre de gobierno como se nace poeta. Cuando se lee con criterio desprevenido la vida de Páez; se recuerda su origen humilde, su falta absoluta de instrucción, el género de guerra que le tocó hacer y en la cual se destaca más como un jefe de nómadas, como un conductor de caravanas (35), que como un Comandante militar en el rígido concepto del vocablo, su actuación en el gobierno regular del país en medio de aquel desorden orgánico, de aquella espantosa anarquía creada por la guerra y acentuada por el desbarajuste político y administrativo de la Gran Colombia, es digna de los mayores encomios, y parecería un hecho singular si la historia no presentara a cada paso ejemplos semejantes.

Cuando los hijos de Trancredo de Hauteville invadieron la Italia meridional, como verdaderos salteadores de caminos, y Roberto Guiscar, el más valiente y atrevido de todos ellos se conduce «como un legitimo ladrón» según reza la Crónica de Amatus, citada por Démolins (36) «admira cómo al establecer definitivamente su dominio se transforman en hombres de gobierno, haciendo renacer el trabajo, desenvolviendo la cultura, amparando la propiedad, constituyendo la jerarquización social, y sustituyendo, en fin, el orden a la anarquía». «Aquellos rudos batalladores —dice Lenormant— que en sus comienzos no se ruborizaron de ejercer un oficio de verdaderos salteadores, que eran en realidad absolutamente ¡letrados, fueron después admirables promotores del progreso y de las luces. Favorecieron con amor en sus Estados y en su Corte a las artes y las ciencias sin hacer distingos en su protección entre católicos, griegos y musulmanes, convirtiéndose ellos mismos en hombres cultos, excitando el talento, recompensado el mérito y la capacidad en cualquier región en que se manifestasen» (37).

Acá, en nuestra América, el eminente publicista Alberdi, escribía en 1852 refiriéndose a su país, en las célebres Bases de la Constitución: «Los que antes eran repelidos con el dictado de caciques, hoy son aceptados en el seno de la sociedad de que se han hecho dignos, adquiriendo hábitos más cultos, sentimientos más civilizados. Esos jefes, antes rudos y selváticos, han cultivado su espíritu y carácter en la escuela del mando, donde muchas veces los hombres inferiores se ennoblecen e ilustran. Gobernar diez años es hacer un curso de política y de administración» (38).

«Nada es más justo —dice Proal— que el régimen en el cual los ciudadanos todos, por medio del trabajo, el mérito y el patriotismo pueden alcanzar las más altas posiciones. Pero es lo cierto que los mejores ministros y los mejores Presidentes no han sido siempre los letrados ni mucho menos los oradores. En los Estados Unidos se ha presentado el fenómeno de que antiguos obreros han llegado a ser hombres de Estado eminentísimos. Franklin fue impresor; Lincoln, carnicero; Horacio Mann, labrador; Johnson, sastre; y Grant, curtidor como Félix Faure, el Presidente de Francia... Los pueblos de raza latina, que tan apasionadamente aman la elocuencia, se figuran que sólo el don de la palabra confiere todas las suficiencias y en especial el talento de gobernar. De allí el número siempre creciente de oradores profesionales que llenan las asambleas, a pesar de que la historia de todos los pueblos civilizados está diciendo que han sido los industriales y comerciantes, los ingenieros, los agricultores, los antiguos administradores, antes que los oradores brillantes, quienes han producido los políticos más avisados, los gobernantes más aptos; porque regularmente los oradores no son más que artistas de quienes puede decirse; verba et voces, proetereaque nihil. Muchos oradores experimentan la necesidad de hablar como los cantores la necesidad de cantar y los músicos la de tocar su instrumento, sin cuidarse de las consecuencias de sus palabras, ni de la precisión de sus ideas, ni de la exactitud de sus afirmaciones. Virtuosos de la palabra, aman la tribuna, como un músico ama su violín, con el único propósito de arrancarle bellos acordes. El don de la palabra no puede tomarse como una señal inequívoca de mérito; él no implica lo más necesario en un hombre de gobierno: un juicio recto y la experiencia de los hombres y de las cosas; se puede muy bien hablar de todo, sostener con éxito las tesis más contradictorias, y carecer al mismo tiempo de las cualidades más elementales de un buen gobernante» (39).

El General José Antonio Páez, que apenas sabía leer en 1818, «y hasta que los ingleses llegaron a los llanos no conocía el uso del tenedor y del cuchillo, tan tosca y falta de cultura habla sido su educación anterior» apenas comenzó a rozarse con los oficiales de la Legión Británica, imitó sus modales, costumbres y traje y en todo se conducía como ellos hasta donde se lo permitían los hábitos de su primera educación» (40). Y este rudo llanero, colocado a la cabeza del movimiento separatista de Venezuela, con los escasos elementos cultos que se habían salvado de la guerra y con los muy contados que volvían de la emigración, tuvo el talento, el patriotismo y la elevación de carácter suficiente, no para «someterse a la constitución» —como han dicho sus idólatras—, porque sus amplias facultades no emanaban de preceptos constitucionales, sino para proteger con su autoridad personal el establecimiento de un gobierno regular, que fue para aquella época el más ordenado, el más civilizador y el de mayor crédito que tuvo la América recién emancipada. E, instintivamente, dando as! más sólidos fundamentos a su preponderancia política, llegó a ser el más fuerte propietario territorial del país, como si hubiera adivinado aquel célebre aforismo de John Adams, uno de los fundadores de los Estados Unidos, comprobado hasta la saciedad por la historia de todos los pueblos: «Aquéllos que poseen la tierra tienen en sus manos los destinos de las naciones» (41).

Hay que tomar en cuenta, además, que la influencia del Libertador tuvo que ser poderosa sobre la mentalidad de los Caudillos. Respetándole, admirándole, deslumbrados, mejor dicho, por su genio y por el grandioso ideal de la Independencia, acostumbráronse desde temprano a ver con cierta consideración a los hombres de superioridad intelectual. Este rasgo lo observó O'Leary en el General Páez: «En presencia de personas a quienes él suponía instruidas, era callado y hasta tímido, absteniéndose de tomar parte en la conversación o de hacer observaciones» (42).

No puede decirse por lo tanto de nuestros Caudillos lo que Ayarragaray observa de los argentinos: «más dispuestos naturalmente al motín que a las ocupaciones sedentarias y técnicas que reclama un gobierno regular.. toda iniciativa o personalismo intelectual desaparece bajo el cacique político que ejerce el dominio indisputado» (43). La organización de la República de Venezuela en 1830, es la prueba más elocuente de que bajo la autoridad del General Páez, los hombres intelectuales de la época, cualesquiera que hubiesen sido sus pasadas opiniones, tuvieron la libertad de sus iniciativas encaminadas noble y decorosamente a darle un matiz de civilización a aquella dolorosa nacionalidad que surgía a la vida de entre las ruinas ensangrentadas de la cultura colonial. «Por instinto, antes que por reflexión —como acertadamente lo observa Gil Fortoul— tendía a desempeñar el papel de ciertos reyes constitucionales prefiriendo ejercer solamente las funciones de aparato, mientras no surgía algún gran conflicto nacional, y descargando sobre sus Ministros la diaria tarea gubernativa» (44).

Si el desarrollo del progreso no fue mayor; si desde entonces no se echaron las bases de un gran desenvolvimiento económico que reparara en algunos años los espantosos estratos de la guerra, preparando el país para la inmigración europea, como lo pensó el Libertador, la culpa no fue del Caudillo que tuvo siempre la virtud de dejar hacer a los que él creía intelectualmente superiores, sino de la falta de verdadera cultura, de sentido práctico y de sentido histórico característicos de la época, y de la creencia que todavía, desgraciadamente, persiste en el ambiente intelectual de casi todos estos países, de que la resolución de todos los problemas sociales, políticos y económicos, consiste en la práctica de principios abstractos que la mayor parte de los semiletrados dirigentes conocía por doctrinas fragmentarias de los enciclopedistas y de los jacobinos franceses. Todos ellos, godos y liberales, imbuidos en un radicalismo tan exótico como intransigente, solicitaban el remedio de nuestros males profundos en la libertad del sufragio, en la libertad de la prensa y, sobre todo, en la alternabilidad del Jefe supremo, sin pensar que el poder ejercido entonces por el General Páez en la República, as! como el de los caudillos regionales, era intransmisible porque era personalísimo; no emanaba de ninguna doctrina política ni de ningún precepto constitucional, porque sus raíces se hundían en los más profundos instintos políticos de nuestras mayorías populares y sobre todo de las masas llaneras cuya preponderancia se había forjado en el candente crisol de la revolución.

Como el bárbaro germano en el antiguo mundo, el llanero venezolano al entrar en la historia introdujo un sentimiento que era desconocido en la sociedad colonial, vivo reflejo de la sociedad romana, según lo observó don Andrés Bello. El llanero como el bárbaro, como el nómada en todos los tiempos y en todas las latitudes, se caracteriza por «la afición a la independencia individual, por el placer de solazarse con sus bríos y su libertad en medio de los vaivenes del mundo y de la existencia; por la alegría de la actividad sin el trabajo; por la afición a un destino azaroso, lleno de eventualidades, de desigualdad y de peligros; tales eran sus sentimientos dominantes y la necesidad moral que ponla en movimiento aquellas masas humanas. Mas a pesar de esta mezcla de brutalidad, de materialismo y de egoísmo estúpido, el amor a la independencia individual es un sentimiento noble, moral, cuyo poder procede de la humana inteligencia; es el placer de sentirse hombre; el sentimiento profundo de la personalidad, de la voluntad humana en la más libre expresión de su desarrollo». En la ausencia del colectivismo, del gregarismo creado por las leyes de origen romano y por el catolicismo, que no tuvieron jamás influencia en nuestras llanuras (45) y cuyas instituciones ahogan al individuo en la ocasión y tienden, sobre todo la Iglesia, a imponer el sacrificio, la renunciación personal en pro de la humanidad toda entera, el individualismo surgido de las ruinas de la sociedad colonial, impuso un nuevo elemento de gobierno, desconocido hasta entonces entre nosotros, como habla sido desconocido en el mundo antiguo antes de la destrucción del imperio romano, y que no ha existido propiamente en nuestra América, en aquellos pueblos que no tienen llanuras ni caballos, y cuya evolución, se ha realizado dentro de los más puros moldes coloniales, con la debilidad de los gobiernos, la preponderancia del clero y el predominio de las viejas oligarquías. Ese elemento fue el patrocinio militar, la supremacía del más fuerte, del más sagaz, del más vigoroso, del más valiente (46); el vínculo establecido entre los individuos, entre los guerreros, que sin destruir la libertad individual ni la igualdad característica de los pueblos pastores, ni aquel orgullo personal de que habló el Libertador: «llaneros determinados que nunca se creen iguales a los otros hombres que valen más o aparecen mejor», estableció sin embargo una subordinación jerárquica de donde surgió también, como en la Edad Media europea, nuestro feudalismo caudillesco. Desde entonces se creó como base fundamental de nuestra constitución orgánica y de nuestra moral política, «el compromiso de hombre a hombre, el vínculo social de individuo a individuo, la lealtad personal sin obligación colectiva fundada en los principios generales de la sociedad» (47), para llegar, por una evolución necesaria, al reconocimiento de un Jefe Supremo como representante y defensor de la unidad nacional. «¡General! Usted es la Patria», le dijeron a Páez los separatistas en 1830.

Notas

(1) Taine. Les Origines, t. 1. pág. 341.
(2) Mariano Cornejo. Sociología General, t. U, pág. 501.
(3) Spencer, Príncipes de Sociologie— Bourdeau, Les maîtres de la pensée contemporaine.
(4) O'Leary, Correspondencia, tomo VIll, página 397.
(5) Op. cit., t. Vifi, pág. 370.
(6) El partido civilista de Caracas acusé a Páez ante el Congreso, por violación de las garantías constitucionales y fueron hombres civiles, entre los que se contaban antiguos realistas, quienes dieron curso a la acusación instigados por el Vicepresidente Santander que no sólo quería vengar viejas rencillas, apoyándose como siempre en la Constitución y en las leyes, sino destruir y anular a Páez, a quien consideraba como el único obstáculo para hacer sentir en Venezuela la autoridad del Gobierno de Bogotá, aceptado a regañadientes por los venezolanos. A las exhortaciones de Santander para que Páez compareciera ante el Congreso, éste le contestaba con amarga y penetrante ironía: «Algunos enemigos gratuitos o envidiosos de glorias que no pueden adquirir, han tratado de destruir hasta mi propia reputación forzándome a que ocupe también la plaza de un filósofo... ¡Qué cosa tan extraña, querer hacer de un llanero un filósofo! Si lo consiguen será un nuevo fenómeno en la revolución». Archivo Santander, tomo XIV, página 222.
(7) O'Leary. Op. cit.
(8) Op.cit. VIII, pág. 212.
(9) Restrepo. Historia de Colombia. T.111, Capítulo VilL Páez.Autobiografía, y su Correspondencia, en O'Leary, T. U- De 1821 y 1830 se contaron más de cincuenta sublevaciones de negros, reprimidos sin fórmula de juicio. El señor F. González Guinán, en su voluminosa Historia Contemporánea de Venezuela (T.I., pág.79), asegura, sin embargo, que no «existió jamás en Venezuela la cuestión de castas».
(10) Op. cit. l., pág. 345.
(11) O'Leary, Correspondencia del Libertador. Este concepto de la Libertad, desnuda o vestida de harapos, y rodeada de ruinas o surgiendo de un suelo lleno de cadáveres, como la soñó Coto Paúl, ha sido funestísimo para todos los pueblos de Hispano-América; pues todo aquél que se subleva contra el gobierno, se ha creído con derecho a considerarse un libertador; y toda revolución ha venido siempre a libertar la República.
(12) Op. cit. VIII, página 421.
(13) Op. cit. VIII, página 271.
(14) Op. cit., tomo H, página 379.
(15) V. Cuerpo de Leyes de Colombia, Edición Espinal, 1840, páginas 524 y siguientes.
(16),O'Leary, Vil¡, página 273.
(17) Op. cit., tomo VIII, página 296.- Esto explica el origen de las ideas económicas del doctor Aranda, su proyecto de Banco Hipotecario para salvar la agricultura de las garras de los usureros y su filiación en el Partido Agrícola que más tarde se refundió en el Liberal. En igual caso se hallaron Tomás Lander y otros que formaron en la oposición liberal en 1840.
(18) Restrepo, Historia de Colombia, tomo 1 l- Baralt, Resumen de Historia de Venezuela, tomo 1.
(19) O'Leary, Cartas del Libertador, tomo XXXI, página 299 y siguientes. Lo subrayado está así en el texto.
(20) Bougié, Les idées égalitaires— Giraud, Droit français au moyen âge,tomo 1, página 190.
(21) O'Leary, tomo XXX, página 367. Al General Páez, Caracas, 20 de marzo de 1827.
(22) Op. cit.., página 361.
(23) Op.cit., tomo Vil¡, página 20. El Coronel Diego Ibarra al Libertador. (24) Op. cit.., Correspondencia del Libertador, tomo XXXI, páginas 371 y 372.
(25) Op. cit.., página 373.
(26) Op. cit., página 365.
(27) Op. cit.., tomo U, página 87.- Páez al Libertador desde Achaguas, el 31 de marzo de 1827:
Es curioso observar cómo esta fábula surge en cada conmoción, hasta aún después de haberse abolido la esclavitud. En 1859 era general el convencimiento de que se iba a restablecer la esclavitud «los pobres creían que se les iba a vender a los ingleses para con sus carnes hacer jabón y con sus huesos cachas de cuchillos, bastones y sombrillas». V. Laureano Villanueva, Biografía de Zamora, página 291. Gil Fortoul, Historia Constitucional de Venezuela, tomo II, página 38. Lisandro Alvarado, Historia de la Revolución Federal en Venezuela, página 48. Se ve cómo a través de todas las pseudo-transformaciones constitucionales, el medio social continuaba siendo el mismo. ¿Por qué hablan de cambiar sus productos?
(28) Rodríguez Villa, Biografía Documentada del General Morillo. Volumen III, página 434.
(29) Ibid, Ibid.
(30) Restrepo, Historia de Colombia, Tomo M, página 19.
(31) Recuerdos de la Rebelión de Caracas, página 371.
(32) O'Leary, op. cit., tomo Vil, página 274.
(33) O'Leary. Correspondencia, tomo W Páez. al Libertador desde Achaguas, 31 de marzo de 1827. Recuérdese que el año 22, había escrito Páez a Santander «yo he sido uno de los altos representantes acostumbrados a obrar por si... yo mandé un cuerpo de hombres sin más leyes que mi voluntad, yo grabé moneda e hice todo aquello que un señor absoluto puede hacer en sus Estados».
(34) Mollien. Voyage dans la République de Colombie en 1823; tomo II, páginas 202 y 203: «Cet homme, qui pouvait jouer sur les rives de I'Orénoque le rôle d'Artigas, sur celles de la Plata, reste fidèle à Bolívar, dont les manières affables et généreuses I'ont gagné».
(35) Refiriéndose a los pueblos pastores dice Démolins: «... estas sociedades no producen otros jefes públicos que el Jefe o conductor de caravanas». Op.cit.
(36) Les Grandes Routes des Peuples, tomo II, página 321.
(37) La Grande Grèce, tomo II, página 415.
(38) Organización de la Confederación Argentina, tomo 1. página 126. Edición de Besanzofi, 1858.
(39) Proal La Criminalité Politique, Préface, páginas XXII y XXIII.
(40) Cita que hace el mismo General Páez en su Autobiografía. Vol.l, página 142 y siguientes de un libro escrito por uno de los oficiales de la Legión Británica titulado Recollections of a service of three during the war-of-extermination in the Republics of Venezuela and Colombia. London, 1828.
(41) Citado por Loria en Les Bases Économiques de la Constitution Sociale, página 370, donde el célebre sociólogo italiano estudia ampliamente las relaciones de la propiedad con la constitución política de los pueblos. «Un hecho verdaderamente característico —dice— es que estas verdades evidentes, ignoradas de los economistas modernos fueron perfectamente comprendidas por muchos escritores de los siglos pasados», y cita entre otros al inglés James Harrington, quien en presencia de lo que ocurría en su patria para 1656 afirmó que «si la propiedad monetaria no tiene importancia relativamente a la constitución política, la propiedad rural según el modo como esté repartida, determina el equilibrio político y produce un gobierno de naturaleza análoga». Página 368.
(42) Narración, tomo 1, página 441.
(43) La Anarquía Argentina y el Caudillismo.
(44) Historia Constitucional, tomo II, página 142.
Hacía contraste esta admirable conducta de nuestro rudo ¡lanero, con la del ilustrado General Francisco de Pauta Santander, El Hombre de las Leyes, quien, para la misma época, ejercía la Presidencia de la Nueva Granada (hoy República de Colombia). Mientras que el primero interponía su poderosa influencia para contener los odios y atraer a sus antiguos adversarios, el General Santander arrastrado por sus pasiones políticas, perseguía y fusilaba sin piedad a sus enemigos. «No hubo perdón ni para las mujeres. A la antigua querida de Bolívar, doña Manuela Sáenz, sindicada de recibir en su casa a los conspiradores, la destierra para el Ecuador, vengando así antiguos rencores. Bien entendido que el gran talento de estadista del General Santander no produjo ningún beneficio de trascendencia al progreso moral y material de su país.
(45) «... no practican ningún culto» —dice Amiano Marcelino, al trazar el retrato de los pastores. Cita de Démolins. Obra citada, tomo 1, página 96.
El General Páez dice de nuestros llaneros: « Distantes de las ciudades oían hablar de ellas como lugares de difícil acceso, pues estaban situadas más allá del horizonte que alcanzaban con su vista. Jamás llegaba a sus oídos el tañido de la campana que recuerda los deberes religiosos, y vivían y morian como hombres a quienes no cupo otro destino que luchar con los elementos y las fieras. Autobiografía. Tomo 1, pág.7.
(46) Para mantener el orden en pueblos de esta constitución social, ha escrito Démolins: «es necesario un jefe que posea una gran autoridad personal, habituado al mando y sabiendo hacerse obedecer. Es evidente que este papel no puede representarlo el primero que llegue; se necesita un hombre muy eminente, un verdadero, patrón». Obra citada, tomo 1, página 74.
(47) V. Guizot. Historia de la Civilización en Europa. Tesoro de Autores Ilustres. Tomo XCVIII. Páginas 46 y 47.

Tomado del libro Cesarismo democrático de Laureano Vallenilla Lanz, , Caracas: Monte Ávila, 1990, p. 165-92.