17/11/10

La decapitación de los jefes

Italo Calvino

Las páginas que siguen son esbozos de capítulos de un libro que proyecto desde hace tiempo, y que quisiera proponer un nuevo modelo de sociedad, es decir, un sistema político basado en la matanza ritual de toda la clase dirigente a intervalos de tiempo regulares. Todavía no he decidido qué forma tendrá el libro. Cada uno de los capítulos que ahora presento podría ser el comienzo de un libro diferente; la numeración que llevan no implica una sucesión. 

El día en que llegué a la capital debía de ser víspera de fiesta. En las plazas se construían palcos, se izaban banderas, bandas, palmas. Se oía martillear por todas partes.

– ¿La fiesta nacional? –pregunté al del bar. Señaló la fila de retratos a sus espaldas.

– Nuestros jefes –respondió–. Es la fiesta de los jefes.
Pensé que era una proclamación de los nuevos elegidos.

– ¿Nuevos? –pregunté.
Entre los martillazos, la prueba de los altavoces, el chirrido de las grúas que levantaban catafalcos, tenía que lanzar frases breves, casi gritando, para hacerme oír.

El hombre del bar hizo un gesto negativo: no se trataba de nuevos jefes, ya estaban desde hacía un tiempo.
Pregunté:

– ¿El aniversario de la asunción del mando?

–Algo así –explicó un parroquiano a mi lado–. Periódicamente llega el día de la fiesta y les toca a ellos.

– ¿Les toca qué?

– Subir al palco.

– ¿Qué palco? He visto muchos, uno en cada cruce de calles.

– A cada uno le toca un palco. Nuestros jefes son muchos.

– ¿Y qué hacen? ¿Discursos?

–No, discursos no.

– ¿Suben y qué hacen?

– ¿Qué quiere que hagan? Esperan un poco, lo que duran los preparativos, después la ceremonia termina en dos minutos.

– ¿Y ustedes?

– Miramos.
En el bar había un ir y venir: carpinteros, operarios que descargaban de los camiones objetos para decorar los palcos –hachas, cepos, cestas– y se detenían a beber una cerveza. Yo hacía preguntas a alguien y siempre me contestaba otro.
–En una palabra, ¿es una especie de reelección? ¿Una confirmación de los cargos, de los mandatos, digamos?

– ¡No, no –me corrigieron–, no lo ha entendido usted! Es el plazo, ha expirado el plazo.

– ¿Y entonces?

– Entonces dejan de ser jefes, de estar arriba: caen.

– ¿Y por qué suben a los palcos?

– En los palcos se ve bien cómo cae la cabeza, el salto que da, el tajo limpio, y cómo termina en la cesta.

Yo empezaba a entender, pero no estaba muy seguro.

– ¿Quiere decir la cabeza de los jefes? ¿En la cesta?

Hacían un gesto afirmativo.

–Eso mismo. La decapitación. Justamente eso. La decapitación de los jefes.

Yo acababa de llegar, no sabía nada, no había leído nada en los diarios.

– ¿Así que mañana, de golpe?

–Al que le toca, le toca –decían–. Esta vez cae en mitad de la semana. Es día de fiesta. Todo cerrado.

Un viejo añadió, sentencioso:

–Cuando está maduro el fruto se recoge, el jefe se decapita. ¿Dejarías pudrir el fruto en el árbol?
Los carpinteros adelantaban su trabajo: en algunos palcos instalaban los armazones de pesadas guillotinas; en otros fijaban sólidamente los cepos para la degollación con hacha, adosados a cómodos reclinatorios (uno de los ayudantes hacía la prueba de apoyar el cuello en el cepo para verificar si estaba a la altura justa); en otros preparaban especies de bancos de carnicero, con canaladuras para que corriera la sangre. En la tarima de los palcos se extendía un hule y ya estaban preparadas las esponjas para limpiar las salpicaduras. Todos trabajaban con brío; se les oía reír, silbar.
– ¿Entonces están contentos? ¿Los odiaban? ¿Eran jefes malos?

– No, ¿quién ha dicho eso? –se miraron entre ellos, sorprendidos–. Buenos. En fin, ni mejores ni peores que otros. Ya se sabe cómo son: jefes, dirigentes, comandantes... El que llega a esos puestos...

– Sin embargo –dijo uno de ellos–, a mí éstos me gustaban.

– A mí también. También a mí –hicieron eco otros–. Yo nunca he tenido nada en contra.

– ¿Y no les sabe mal que los maten? –dije.

– ¿Qué vamos a hacer? El que acepta ser jefe ya sabe cómo termina. ¡No pretenderá morir en su cama!

Los otros rieron.

– ¡Sería cómodo! Uno dirige, dirige y después, como si nada, abandona, y vuelve a su casa.

Uno dijo:

– ¡Entonces, lo que yo digo, todos querrían ser jefes! ¡También yo estaría dispuesto, aquí me tienen!

–Yo también, yo también –dijeron muchos riendo. –En cambio yo no –dijo alguien con gafas–, así no: ¿qué sentido tendría?

– Es cierto. ¿Qué gusto daría ser jefe de esa manera? –intervinieron varias voces–.
Una cosa es hacer ese trabajo sabiendo lo que te espera, y otra es... ¿pero cómo se podría hacer, si no?
El de las gafas, que debía de ser el más culto, explicó:

– La autoridad sobre los demás y el derecho que tienen los demás de hacerte subir al palco y matarte, en un día no muy lejano, son una sola cosa... ¿Qué autoridad tendría un jefe, si no estuviese envuelto en esa espera? ¿Y si no se leyera en sus ojos, los de él, esa espera, durante todo el tiempo de su cargo, segundo por segundo? Las instituciones civiles reposan sobre este doble aspecto de la autoridad; jamás se vio una civilización que adoptara otro sistema.

– Sin embargo –objeté–, yo podría citar casos...

– Digo: verdadera civilización –insistió el de las gafas–, no hablo de los intervalos de barbarie que han durado más o menos en la historia de los pueblos...
El viejo sentencioso, el que antes había hablado de los frutos en las ramas, refunfuñaba algo para sí. Exclamó:

– El jefe manda hasta que lo pillan por el cuello.

– ¿Qué quieres decir? –le preguntaron los otros–. ¿Quieres decir que suponiendo que un jefe supere el plazo, pongamos por caso, y no se le corta la cabeza, se quedará allí dirigiendo toda la vida?

– Así eran las cosas –asintió el viejo– en los tiempos en que no estaba claro que quien escoge ser jefe escoge ser decapitado en breve plazo. El que tenía el poder no lo soltaba...
Aquí yo hubiera podido intervenir, citar ejemplos, pero nadie me hacía caso.

– ¿Y entonces? ¿Cómo hacían? –le preguntaban al viejo.

– Tenían que decapitar a los jefes a la fuerza, por las malas, contra su propia voluntad.
¡Y no en fechas fijas, sino sólo cuando no podían más! Esto sucedía antes de que las cosas se reglamentaran, antes de que los jefes aceptasen...

– ¡Ah, nos gustaría ver que no aceptaran! –dijeron los otros–. ¡Quisiéramos verlo!

–Las cosas no son como decís –intervino el de las gafas–. No es cierto que los jefes estén obligados a sufrir las ejecuciones. Si decimos esto perdemos el sentido verdadero de nuestro reglamento, la verdadera relación que vincula a los jefes con el resto de la población. Sólo los jefes pueden ser decapitados, de modo que no se puede querer ser jefe sin querer al mismo tiempo el tajo del hacha. Sólo quien siente esta vocación puede convertirse en jefe, sólo el que se siente decapitado desde el momento mismo en que asume un puesto de mando.
Poco a poco fueron escaseando los parroquianos del bar, cada uno volvía a su trabajo. Comprendí que el hombre de las gafas sólo me hablaba a mí.

– El poder es eso –continuó–, esta espera. Toda la autoridad de la que alguien goza no es sino el preanuncio de la hoja que silba en el aire y cae con un tajo limpio, todos los aplausos no son sino el comienzo del aplauso final que acoge el rodar de la cabeza sobre el hule del palco.
Se quitó las gafas para limpiarlas con el pañuelo. Comprendí que tenía los ojos llenos de lágrimas. Pagó la cerveza y salió.
El hombre del bar me dijo al oído.

– Es uno de ellos –dijo–. ¿Ve? –Sacó una pila de retratos que guardaba bajo el mostrador–. Mañana tengo que quitar aquéllos y colgar estos otros. –El retrato más alto era el del hombre de las gafas, una mala ampliación de una fotografía de carnet–. Fue elegido para suceder a los que dejan el cargo. Mañana asumirá su puesto. Ahora le toca a él. A mí me parece que hacen mal en decírselo el día antes. ¿Vio en qué tono hablaba? Mañana asistirá a las ejecuciones como si ya fuese la suya. Todos hacen así, los primeros días; se impresionan, se exaltan, les parece Dios sabe qué. La «vocación»: ¡que palabreja sacaba a relucir!

– ¿Y después?

– Se resignará, como todos. Tienen tanto que hacer, no lo pensarán más hasta que llegue el día de la fiesta también para ellos. En todo caso: ¿quién puede leer en el corazón de los jefes? Hacen como si no lo pensaran. ¿Otra cerveza?
2
La televisión ha cambiado muchas cosas. Hubo un tiempo en que el poder permanecía distante, figuras lejanas, engalladas en un palco, o retratos con gesto de arrogancia convencional, símbolos de una autoridad difícil de referir a individuos de carne y hueso. Ahora, con la televisión, la presencia física de los hombres políticos es algo cercano y familiar; sus caras, agrandadas en el televisor, visitan cotidianamente las casas de los ciudadanos privados; cualquiera puede, tranquilamente instalado en su sillón, relajado, escrutar el más mínimo movimiento de los rasgos, el batir de los párpados incomodados por la luz de los reflectores, los labios nerviosamente humedecidos entre una palabra y la otra... En las convulsiones de la agonía, especialmente, el rostro, ya muy conocido por haber sido encuadrado muchas veces en ocasiones solemnes o festivas, en posturas oratorias o en desfiles, se expresa cabalmente: en ese momento, más que en ningún otro, es cuando el simple ciudadano siente suyo al gobernante, algo que le pertenece para siempre. Pero ya desde antes, durante todos los meses anteriores, cada vez que lo veía aparecer en la pantalla pequeña con ocasión del cumplimiento de alguna de sus obligaciones –por ejemplo inaugurando unas excavaciones arqueológicas, colgando medallas en el pecho de quienes las merecen, o bajando las escalerillas de un avión y agitando la mano abierta– ya estudiaba en ese rostro las posibles contracciones de dolor, trataba de imaginar los espasmos que precederían el rigor mortis, de distinguir en la pronunciación de los discursos y de los brindis los acentos que caracterizarían el estertor final. En esto consiste justamente el ascendiente del hombre público sobre la multitud: es el hombre que tendrá una muerte pública, el hombre a cuya muerte estamos seguros de asistir, todos juntos, y por eso le rodea en vida nuestro interés ansioso, anticipatorio. Ahora no conseguimos imaginar cómo era antes, en tiempos en que los hombres públicos morían escondidos; hoy nos reímos al escuchar que algunas de las reglamentaciones de entonces definían la democracia; para nosotros la democracia sólo empieza el día en que se tiene la seguridad de que en la fecha establecida las telecámaras encuadrarán la agonía de nuestra clase dirigente en su totalidad, y al final del mismo programa (pero muchos de los espectadores apagan en ese momento) la instalación del nuevo personal que permanecerá en el cargo (y en vida) por un período equivalente. Sabemos que también en otras épocas el mecanismo del poder se basaba en matanzas, en hecatombes, unas veces lentas otras súbitas, pero los sacrificados eran, salvo raras excepciones, personas oscuras, subalternas, difícilmente identificables; las masacres se hacían a menudo en silencio, eran ignoradas oficialmente o justificadas con motivos especiosos. Sólo esta conquista, hoy definitiva, la unificación de los papeles del verdugo y de la víctima en una rotación continua, ha permitido extinguir en los ánimos todo resto de odio y de piedad. El primer plano de las mandíbulas que se estiran, se abren, la carótida que se debate en el cuello echado hacia atrás, la mano que sube contraída y rasga el pecho donde centellean las condecoraciones, son contemplados por millones de espectadores con sereno recogimiento, como quien observa los movimientos de los cuerpos celestes en su cíclica repetición, espectáculo que cuanto más extraño tanto más tranquilizador nos parece.
3

– ¿Pero no querréis matarnos ahora mismo?

Esta frase, pronunciada por Virguili Ossipovich con un leve temblor que contrastaba con el tono casi protocolar, aunque cargado de ásperos acentos polémicos, en que se había desarrollado la discusión hasta ese momento, rompió la tensión de la asamblea del movimiento Volia i Raviopravie. Virguili era el miembro más joven del Comité directivo; un vello fino le sombreaba el labio prominente; guedejas rubias llovían sobre sus alargados ojos grises; aquellas manos de nudillos enrojecidos cuyas muñecas asomaban siempre de las mangas de camisa demasiado cortas, no habían temblado al activar la bomba debajo del carruaje del Zar.

Los militantes de base ocupaban todos los lugares en torno al recinto bajo y humoso del subsuelo, los más, sentados en bancos y escaños, algunos acuclillados en el suelo, otros de pie, de brazos cruzados, apoyados en las paredes. El Comité directivo estaba sentado en el centro, ocho muchachos encorvados en torno a la mesa cubierta de papeles, como un grupo de compañeros de curso dedicados al esfuerzo final antes de los exámenes de verano. A las interrupciones de los militantes que llovían de todas partes, respondían sin levantarse y sin alzar la cabeza. Por momentos una ola de protesta o de aprobación se levantaba de la asamblea y –como muchos se ponían de pie y se adelantaban– parecía converger desde las paredes hacia la mesa para sumergir las espaldas del Comité directivo.

Libori Serapionovich, el hirsuto secretario, ya había pronunciado varias veces la máxima lapidaria a la que recurría a menudo para calmar las divergencias irreductibles: «Allí donde el compañero se separa del compañero, el enemigo se une al enemigo», y la asamblea replicaba rítmicamente a coro: «La cabeza que esté a la cabeza después de la victoria, victoriosa y con honra al día siguiente caerá», advertencia ritual que los militantes del Volia i Raviopravie no dejaban de hacer a sus dirigentes cada vez que les hablaban, y que los dirigentes mismos intercambiaban entre si como expresión de saludo.

El movimiento luchaba por instaurar, sobre las ruinas de la autocracia y de la Duma, una sociedad igualitaria en la que el poder estuviera regulado por la matanza periódica de los jefes electivos. La disciplina del movimiento, tanto más necesaria cuanto más dura la represión de la policía imperial, requería que todos los militantes estuviesen obligados a seguir sin discusión las decisiones del directivo; al mismo tiempo la teoría recordaba en todos sus textos que toda función de mando sólo era admisible si quien la ejercía renunciaba a gozar de los privilegios del poder, y si virtualmente no se le podía considerar ya entre el número de los vivos.

Los jóvenes jefes del movimiento no pensaban nunca en la suerte que les reservaba un futuro todavía utópico: por el momento la represión zarista era la que facilitaba una renovación desdichadamente cada vez más rápida de los cuadros; el peligro de los arrestos y de la horca era demasiado real y cotidiano como para que las conjeturas de la teoría cobraran forma en la fantasía de cada uno. Un gesto juvenilmente irónico, despectivo, servía para cancelar de la conciencia el aspecto más destacado de la doctrina. Los militantes de base sabían todo esto, y así como compartían con los miembros del directivo riesgos y molestias, también comprendían su espíritu; no obstante custodiaban el sentido oscuro de su destino de justicieros, que había de ejercerse no sólo sobre los poderes constituidos sino también sobre los futuros, e incapaces de expresarlo de otra manera, ostentaban en las asambleas una actitud proterva que aunque se limitaba a un comportamiento formal, no dejaba de cernirse sobre los jefes como una amenaza.

– Mientras el enemigo que tenemos delante sea el Zar –había dicho Virguili Ossipovich– necio sería quien buscara al Zar en el compañero, –afirmación tal vez inoportuna y sin duda mal recibida por la ruidosa asamblea.

Virguili sintió que una mano estrechaba la suya; sentada en el suelo a sus pies estaba Evguenia Ephraimovna, las rodillas juntas bajo la falda plegada, los cabellos sujetos en la nuca y colgando a los lados del rostro como las curvas de una madeja leonada. Una mano de Evguenia había subido por las botas de Virguili hasta encontrar la mano del joven cerrada en un puño, había rozado el dorso en una caricia consoladora y después le había clavado las uñas agudas arañándolo lentamente hasta hacerle sangrar. Virguili comprendió que lo que se movía ese día en la asamblea era una determinación obstinada y precisa, algo que les incumbía directamente a ellos, los dirigentes, y que se revelaría poco después.

– Ninguno de nosotros olvida nunca, compañeros –intervino para calmar los ánimos Ignati Apollonovich, el más viejo del comité que pasaba por el espíritu más conciliador– lo que no se debe olvidar... de todos modos, es justo que vosotros nos lo recordéis de vez en cuando... aunque –añadió, riendo para sí– ya piensan bastante en recordárnoslo el conde Galitzin y los cascos de sus caballos... –Aludía al comandante de la guardia imperial que con una carga de caballería había desbaratado poco antes una manifestación de protesta en el puente del Picadero.

Una voz, quién sabe de dónde, lo interrumpió:

– ¡Idealista!

E Ignati Apollonovich perdió el hilo.

– ¿Y por qué? –preguntó, desconcertado.

–¿Crees que basta custodiar en la memoria las palabras de nuestra doctrina? –dijo, desde otro lugar de la sala, un larguirucho que se había hecho notar entre los más agitados de la última leva–. ¿Sabes por qué nuestra doctrina no puede confundirse con las de todos los otros movimientos?

– Claro que lo sabemos. ¡Porque es la única doctrina que cuando haya conquistado el poder no podrá ser corrompida por el poder! –rezongó inclinada sobre los papeles, la cabeza rapada de Femia, a quien llamaban «el ideólogo».

– ¿Y por qué esperar a ponerla en práctica –insistió el larguirucho– el día en que hayamos conquistado el poder, palomitas mías?

– ¡Ahora! ¡Aquí! –se oyó gritar desde distintos lugares.

Las hermanas Marianze, llamadas «las tres Marías», se abrieron paso entre los escaños diciendo con voces cantarinas: «!Pardon! iPardon!» y enzarzándose con sus largas trenzas. Llevaban en los brazos manteles doblados y apartaban a los muchachos empujándolos, como si estuvieran preparando las mesas para tomar un refresco en la veranda de su casa de Ismáilovo.

– ¡La diferencia con nuestra doctrina –el larguirucho continuaba su prédica– es que sólo puede escribirse con el tajo de una hoja afilada sobre la persona física de nuestros amados dirigentes!

Hubo un movimiento de escaños volcados porque muchos de los presentes se habían levantado y se adelantaban. Las que daban más empujones y alzaban la voz eran las mujeres:

– ¡Sentaos, hermanitos míos! ¡Queremos ver! ¡Qué prepotencia, madre santa! ¡Desde aquí no se ve absolutamente nada! –y asomaban entre las espaldas de los varones sus caras de maestritas a quienes el pelo corto bajo la gorra de visera quería dar un aire resuelto.

Una sola cosa podía hacer vacilar el coraje de Virguili: cualquier signo de hostilidad del lado femenino. Se había levantado, chupándose la sangre de los arañazos de Evguenia en el dorso de la mano, y apenas se le había escapado aquella frase:

– ¿Pero no querréis matarnos ahora mismo? –cuando se abrió la puerta y entró la comitiva con delantales blancos empujando los carritos cargados de brillantes instrumentos quirúrgicos. A partir de ese momento algo cambió en la actitud de la asamblea. Empezaron a llover tandas de frases:

– Pero no... ¿quién habló de mataros?... a vosotros, nuestros dirigentes... con el afecto que os tenemos y todo lo demás... ¿qué haremos sin vosotros?... queda todavía un largo camino... siempre estaremos cerca de vosotros... – y el larguirucho, las muchachas, todos lo que antes parecían constituir la oposición, no sabían cómo alentar a los jefes, en tono tranquilizador, casi protector.

– Es sólo una cosita de nada, de gran significado pero en sí nada grave, oy oy oy, un poco dolorosa, seguramente, pero es para que se os pueda reconocer como verdaderos jefes, nuestros jefes queridos, una mutilación, sólo eso, una vez hecha ya está, una pequeña mutilación de vez en cuando, no os enfadaréis con nosotros por tan poco, esto es lo que distingue a los jefes de nuestro movimiento, ¿qué otra cosa, si no?

Los miembros del directivo habían sido inmovilizados por decenas de brazos robustos. En la mesa se disponían las gasas, las cubetas con el algodón, los cuchillos dentados. El olor del éter impregnaba el ambiente. Las muchachas rápidas, diligentes, lo disponían todo como si cada una de ellas se hubiera estado preparando desde hacía tiempo para esta tarea.

– Ahora el doctor os explicará todo con detalle. ¡Anda, Tolia!

Anatol Spiridionovich, oyente de medicina, se adelantó, las manos con guantes de goma roja apoyadas en el estómago ya obeso. Era un extraño tipo este Tolia, que tal vez para disimular su timidez se defendía con una cómica mueca infantil y una sarta de chistes sin gracia.

– La mano... Eh, la manita... la mano es un órgano prensil... eh, eh... muy útil... por eso tenemos dos... y los dedos generalmente son diez... cada dedo se compone de tres segmentos óseos llamados falanges... por lo menos en nuestro país les llaman así... falange falangina falangeta...

– ¡Basta! ¡Nos tienes hartos! ¡No vas a explicarnos ahora la lección! –gritaba la asamblea. (Este Tolia en el fondo no le caía simpático a nadie)–. ¡A los hechos! ¡Hala! ¡Empecemos!

Primero trajeron a Virguili. Cuando entendió que sólo le amputarían la primera falange del anular recobró el coraje y soportó el dolor con una fuerza digna de él. En cambio otros gritaron: hubo que sujetarlos entre varios; afortunadamente en cierto momento casi todos se desmayaban. Las amputaciones se practicaban en dedos distintos según la persona, pero en general no más de dos falanges para los dirigentes más importantes (las otras se cortarían después, poco a poco; era preciso prever que estas ceremonias se repetirían muchas veces en años sucesivos). La sangre perdida era más de la prevista; las muchachas, atentas, la enjugaban.

Los dedos amputados, en fila sobre el mantel, parecían pececitos degollados por el anzuelo y tendidos en la orilla. En seguida se encogían y ennegrecían, y después de una breve discusión sobre la oportunidad de conservarlos en un estuche, los arrojaban a la basura.

El sistema de la poda de los jefes tuvo éxito. Con un daño físico relativamente modesto se obtenían notables resultados morales. El ascendiente de los jefes aumentaba con las mutilaciones periódicas. Cuando una mano de dedos mochados se alzaba sobre las barricadas, los manifestantes formaban una barrera y los ulanos a caballo no lograban dispersar a la multitud vociferante que los sumergía. Los cantos, los batacazos, los relinchos, los gritos: «¡Volia i Raviopravie!», «¡Muerte al Zar!», «¡Victoriosa y honrada, mañana caerá!» corrían por el aire helado, sobrevolaban las orillas del Neva, llegaban a la fortaleza de Pedro y Pablo, se escuchaban incluso en las celdas más profundas donde los compañeros presos marcaban el ritmo con sus cadenas y pasaban los muñones entre las rejas.

4

Los jóvenes dirigentes, cada vez que adelantaban la mano para firmar un documento o para subrayar con un gesto seco una frase de un informe, encontraban ante sus ojos los dedos mochados y esto tenía una eficacia mnemónica inmediata, estableciendo una asociación de ideas entre el órgano de mando y el tiempo que se acortaba. Era sobre todo un sistema práctico: las amputaciones podían ser ejecutadas por simples estudiantes y enfermeros, en Salas operatorias improvisadas, con un instrumental precario; si la policía, siempre tras ellos, los descubría y arrestaba, las penas previstas para una simple mutilación eran ligeras o en todo caso no comparables a las que hubieran sufrido de haber seguido al pie de la letra lo prescrito por la teoría. Eran todavía tiempos en que ni las autoridades ni la opinión pública habían comprendido la muerte pura y simple de los jefes; los ejecutores habrían sido condenados como asesinos, se buscaría el móvil en alguna rivalidad o venganza.

En cada organización local y en cada instancia del movimiento, un grupo de militantes, diferente del grupo dirigente, y cuyos miembros cambiaban constantemente, se encargaba de las amputaciones; establecía los plazos, las partes del cuerpo, la compra de los desinfectantes y, con el consejo de algunos expertos, hacía personalmente uso de los instrumentos. Era una especie de comité de prohombres que no influía en las decisiones políticas, rígidamente centralizadas en el directivo.

Cuando empezaron a escasear los dedos de los jefes, se estudió el modo de introducir alguna variante anatómica. Lo primero que atrajo la atención fue la lengua: no sólo se prestaba a la ablación sucesiva de tajaditas o fibrillas, sino que como valor simbólico y mnemónico era de lo más indicado: cada pequeño corte incidía directamente en la fonación y en las virtudes oratorias. Pero las dificultades técnicas inherentes a la delicadeza del órgano fueron superiores a lo previsto. Después de una primera serie de intervenciones, las lenguas se dejaron de lado, y hubo un repliegue a mutilaciones más vistosas pero menos comprometidas: orejas, narices, algunos dientes. (En cuanto a la ablación de los testículos, aunque sin excluirlo del todo, casi siempre se evitó, porque se prestaba a alusiones sexuales.)

El camino es largo. La hora de la revolución aún no ha sonado. Los dirigentes del movimiento siguen sometiéndose al bisturí. ¿Cuándo llegarán al poder? Por tarde que sea, serán los primeros jefes que no defrauden las esperanzas puestas en ellos. Ya los vemos desfilar por las calles embanderadas el día de la entronización: arrancando con la pierna de madera quien tenga todavía una pierna entera; o empujando la silla de ruedas con un brazo quien tenga todavía un brazo para empujarla, las caras ocultas por máscaras emplumadas para esconder las escarnaduras más repugnantes a la vista, algunos ostentando el propio escalpo como un trofeo. En ese momento estará claro que sólo en ese mínimo de carne que les queda podrá encarnarse el poder, si es que para entonces el poder todavía existe.