28/11/10

Karl Marx y Felix Mendelssohn: Paralelismo imposible

Felix Mendelssohn

Fernando Martínez Heredia

Karl Marx y Felix Mendelssohn pertenecían a familias judías cristianizadas, pero sus vidas transcurrieron en un paralelismo imposible. Felix nació en 1809 en la rica ciudad y puerto de Hamburgo, refugio de los primeros protestantes, y era nieto del famoso judío alemán Moses Mendelssohn. Este filósofo iluminista preconizaba la religión natural, que no debe ser gobernada por ningún poder eclesiástico ni poseer poder político alguno; naturalmente, postulaba también una total libertad de conciencia.

Moses pretendía que los judíos participaran como tales dentro de la cultura alemana, pero sus descendientes cristianos protestantes vieron como aquella idea patriótica y filantrópica se batía en retirada, bajo el antisemitismo chovinista germano, y hasta el rebelde Heinrich Heine se convirtió al cristianismo. "El certificado de bautismo es el billete de entrada a la cultura europea", escribió el poeta. Karl era nieto de Marx Leví, un rabino de Tréveris, la pequeña pero antiquísima ciudad de origen celta, capital romana del noroeste, centro arzobispal medieval, francesa bajo Napoleón y ahora prusiana, pero perteneciente a una Renania liberal.

Foto: Karl Marx
El tío mayor de Karl, Samuel, también fue rabino, y su padre, bautizado con el nombre de Hirschel, se casó con una judía holandesa, Enriqueta Pressburg, en cuya familia había habido varios rabinos; eran usuales los matrimonios entre familias con prosapia rabínica. Pero Hirschel se hizo abogado, y más que a un iluminismo judío, este lector de Voltaire, Rousseau y Kant se plegaba a la legalidad prusiana.

Para ejercer con provecho y ascender a Consejero de justicia se vio forzado en 1816 -quizás sin mayor reparo-- a convertirse en el cristiano Heidrich Marx. Pero esperó la muerte de su padre para bautizar a sus ocho niños, en 1824, seguramente para franquearles mejores oportunidades en la vida. Heidrich era deísta, y recomendaba a Karl "la fe pura en Dios" como un buen fundamento para la moral. Si su abuelo se carteaba con Enmanuel Kant, el niño Felix conoció a Goethe, y era tan precoz que debutó como pianista en 1818, el año en que nació Karl.

A los once, Felix compuso música por primera vez; a los diecisiete, creó El sueño de una noche de verano, que sigue siendo una de las oberturas más famosas. Se puso además un segundo apellido, Bartholdy, por el dinero que un pariente le dejó en herencia a la familia, pero la posteridad no suele hacer caso a esa adición.

Karl fue un muchacho más normal. Fue realmente un buen alumno en un buen colegio jesuita. El ejercicio escrito del joven bachiller está lleno de un hermoso idealismo, aunque aclara que la elección de una profesión no es del todo libre: "nuestras relaciones sociales ya han empezado, más o menos, antes que nosotros podamos determinarlas".

Se inscribió para estudiar Derecho, aunque gustaba mucho de la Historia y amaba la Filosofía, tomó cerveza, compuso versos de amor que no han trascendido y sostuvo un prolongado noviazgo de siete años con Jenny de Westfalia, una aristócrata bellísima, cuatro años mayor que él. No faltaron obstáculos familiares, pero el futuro suegro fue con él amigo y casi preceptor, y su esposa lo estimó mucho. Karl era tan trigueño que los íntimos le llamaban el moro.

Felix fue siempre un triunfador, Karl no. A los veintiséis, ya Felix era muy famoso. Había hecho giras triunfantes y compuesto una sinfonía muy notable; dirigía en Leipzig la Gewandhaus, una orquesta que hasta hoy goza de gran fama. Por su parte, Karl se doctoró en Filosofía tres semanas antes de cumplir veintitrés años, con una tesis muy radical sobre Epicuro y el ateísmo. Compartía con filósofos algo mayores que él, los llamados jóvenes hegelianos, pero a diferencia de la mayoría de ellos se mantuvo intransigente ante el poder.

El cerril régimen prusiano --que le había negado una cátedra a Heine cuando ya era un poeta famoso-- le cerró el camino a la docencia universitaria.

En vez de ponerse a escribir libros abstrusos, Karl se lanzó a un periodismo radical, como redactor jefe de la Gaceta del Rhin, en Colonia. Comenzó una campaña a partir del análisis de la censura, pero el periódico era demasiado democrático para la monarquía, que estaba liquidando toda libertad de expresión; en marzo de 1843 Karl renunció, mientras la Gaceta esperaba su cierre.

En junio, al fin, Karl se casó con Jenny. Pasaron el verano en casa de su suegra, en Kreuznach, donde escribió en treinta y nueve cuadernos su crítica a la filosofía del derecho de Hegel, el documento de una nueva posición contra el liberalismo, que se mueve entre la filosofía y la ciencia social, y exige el estudio de la sociedad civil regida por la burguesía.

Pero lo decisivo fue la breve Introducción que hizo después a aquella crítica. En el mismo camino que Graco Babeuf, Charles Fourier y su paisano, el sastre Wilhelm Weitling, Karl estableció la diferencia abismal entre la revolución política y la revolución humana, esto es, entre la burguesa y la proletaria. Asumió la posición comunista -en la que cabían actitudes y personalidades diferentes entre sí--, como habían hecho los neohegelianos Moses Hess, Arnold Ruge y Federico Engels, más joven que ellos.

Karl escribió un breve manifiesto muy subversivo, en el que se agolpan ideas fundamentales que desarrollará a lo largo de su vida.

La profecía de que el proletariado se convertirá en el protagonista revolucionario de la historia y liberará consigo a toda la humanidad es una de esas ideas, que no tienen tanta fundamentación como la profunda convicción que expresan.

Pero serán sus hipótesis de trabajo teórico, y en los treinta años siguientes levantará un edificio intelectual incomparable.

Lo que no necesitará desarrollar es su motivación suprema, que le dará sentido a su vida: "el imperativo categórico de echar por tierra todas las relaciones en que el hombre sea una esencia humillada, esclavizada, abandonada y despreciable".

Mientras, Felix escribió, por encargo del rey Federico, la música incidental para El sueño de una noche de verano. La obra contiene la más famosa marcha nupcial que hasta hoy se interpreta en Occidente, a cuyos acordes se han casado millones de personas que en su mayoría desconocen el nombre del compositor. Ignoro la opinión que hayan tenido el desempleado y su musa -mudados a París desde noviembre-- acerca de aquella pieza tan célebre.

Cinco sinfonías, música coral, sonatas, preludios, obras para órgano -con las cuales logró ser reconocido como el continuador del gran Bach--, oberturas y romanzas, cimentaron el lugar de Felix como uno de los compositores principales de la primera mitad del siglo XIX.

Por su parte, Karl escribía y estudiaba de manera febril, al tiempo que militaba en sectas de obreros germanos y franceses, en un medio político más avanzado que el alemán.

En París escribió unos manuscritos sobre filosofía y economía que, al ser publicados por dos eruditos casi noventa años después, fueron la base para que en los años cincuenta se añadiera esa primera juventud intelectual de Karl -bajo el marbete de "el joven Marx"-- a la fama que desde su edad madura adquirió el doctor alemán.

En ese mismo año de 1844, Felix escribió un extraordinario concierto para violín, que está entre lo que más me gusta de él. Por su parte, Karl ya nunca se detuvo. Brillante y polémico, muy pronto fundó una tendencia intelectual e ideológica propia, y brilló en los medios "de izquierda" por su talento, su radicalismo y su capacidad polémica. La joven pareja también tuvo una niña, y Jenny viajó a Alemania, a mostrarla a la familia.

En París, Karl intimó con Heine, exiliado allí desde 1831, e influyó en la profundización de las ideas del poeta contra el sistema de opresión y de explotación capitalista: un ejemplo es la sátira de Heine, Alemania. Cuento de invierno. Karl se convirtió en un estudioso incansable y un pensador brillante acerca de la "cuestión social", metido a fondo con la economía política inglesa, el proceso político y del pensamiento del último siglo en Francia, las ideas socialistas, pero todo en busca de una política revolucionaria para Alemania.

No sacaba su comunismo de un pasado humano supuestamente feliz, sino de las potencias que la modernidad capitalista estaba desatando, si el proletariado se volvía capaz de combatir para apropiarse de sus fuerzas y derrocar su orden burgués.

Empezó a adquirir fama de sabio, pero su academia era la reunión: "la fraternidad no es una frase en las reuniones de los artesanos comunistas, sino la verdad; y la nobleza de la humanidad nos ilumina en el trabajo de estas figuras endurecidas".

Felix fue un viajero impenitente, Karl --que alcanzó a vivir casi sesenta y cinco años--, fue un exiliado durante el resto de su vida. A Felix lo admiraban mucho la Reina Victoria de la Gran Bretaña y Alberto, su amado y muy conservador esposo alemán; al mísero comunista Karl pronto lo acosarían sin tregua los dueños de las casas modestísimas que alquilaba y los tenderos londinenses.

El paralelo entre ambos era imposible, pero, además, se interrumpió bruscamente. Felix le hizo honor al espíritu del romanticismo, muriendo de dolor en Leipzig a los treinta y ocho años, el 4 de noviembre de 1847, a causa del fallecimiento de su hermana Fanny.

Avecindado en Bélgica desde su expulsión de Francia en 1845, Karl tuvo ese mes actividades como directivo de una asociación de trabajadores democráticos de varios países europeos, pero sobre todo el congreso constitutivo de la Liga de los Comunistas, en Londres, el día 29, que les encomendó escribir un opúsculo con los principios teóricos y la estrategia de la organización, a él y a Federico Engels, con el que Karl había establecido una alianza intelectual desde que lo visitó en París en septiembre de 1844, pronto convertida en amistad para toda la vida.

Ambos habían trabajado textos sintéticos con ese objetivo. Karl se encargó de redactarlo, pero era tan perfeccionista como fogoso, por lo cual sólo lo entregó cuando sus camaradas lo conminaron, el 24 de enero de 1848. Aquel texto se llamó Manifiesto Comunista.