16/10/10

Notas sobre un Gramsci poco conocido

Julia Schucht y los hijos de Gramsci

Todo hace pensar que muchas de las cosas escritas por y sobre Antonio Gramsci, ocultan (o no muestran) otras facetas más humanas de este personaje, que ha sido estudiado particularmente por Paolo Spriano, en su obra Gramsci in Carcere e il Partito, L´Unitá, Roma, 1988. Otros autores son, Valentino Gerratana, en el libro Introducción a Gramsci, Lettere dal carcere, vol. 2, L´Unitá, Roma, 1988; Antonio A. Santucci, Antonio Gramsci (1891-1937), Guida al pensiero e agli scritti, Editori Riuniti, Roma, 1987; Giorgio Baratta, “Spirito popolare creativo”, en Emigrazione, año XIX, nº 8/9 (agosto/septiembre de 1987).

Ningún otro pensador revolucionario había tratado de vincular tan estrechamente lo privado y lo público, lo personal y lo político, el amor y la actividad revolucionaria, en suma, como lo hizo Gramsci en una carta dirigida a Julia Schucht y fechada en Viena el 6 de marzo de 1924: “Cuántas veces me he preguntado si era posible ligarse a una masa cuando no se había querido a nadie, ni siquiera a la propia familia, si era posible amar a una colectividad cuando no se había amado profundamente a criaturas humanas individuales. ¿No iba a tener eso un reflejo en mi vida de militante?, ¿no iba a esterilizar y a reducir a mero hecho individual, a puro cálculo matemático, mi cualidad de revolucionario?”
Antonio Gramsci y el amor

En las Cartas de la Cárcel, publicadas originariamente en Italia en 1986 y que fueron dadas a conocer por primera vez en castellano, en versión de Ezequiel Raggio, dirigidas a su mujer, Julia Schucht –o Julca, como la llamaba Gramsci–, y a su hijo Giuliano, lo muestran con toda su sensibilidad a flor de piel, en esa plena humanidad que no dañaron la ardua lucha ni la cárcel. El transformador social también necesita del amor, parece alertarnos.

Gramsci teórico, opaca y distorsiona la imagen de Gramsci, político militante, luchador incansable, soñador de la ciudad futura.

En diferentes fragmentos de los Cuadernos aparece tambien el concepto de “pasión”: “El elemento popular siente, pero no comprende o no sabe; el elemento intelectual sabe, pero no siempre comprende o, especialmente, siente[…]. El error del intelectual consiste en creer que puede saber sin comprender y, especialmente, sin sentir y ser apasionado (no sólo del saber en sí, sino también por el objeto del saber) es decir, que el intelectual puede serlo aún alejado y desgajado del pueblo-nación, es decir, sin sentir las pasiones elementales del pueblo […] vinculándolas dialécticamente a las leyes de la historia, a una superior concepción del mundo, científica y coherentemente elaborada."

Gramsci fue ante todo un revolucionario. Las cartas que dirige a su esposa, su querida Julca, desde Viena y desde la cárcel, lo muestran en toda su dimensión humana. La ternura, el amor y la pasión aparecen conmovedoramente. Al mismo tiempo engrandecen su elección ética: sus años de lucha, el tiempo dedicado a los consejos de fábrica, a la construcción del partido, el exilio y su no claudicación en la cárcel durante once años (encierro del que sólo lo liberó la muerte). Con estas cartas recuperadas del tiempo comenzaremos a recuperar a Gramsci, el hombre.

Gramsci y la mujer

Enfermo crónico y revolucionario profesional, conoció a Julia Schucht en septiembre de 1922 en la Unión Soviética, en un sanatorio de Serebriani Bor, donde se encontraba recluida Eugenia, la primera de las hermanas Schucht. Este acontecimiento tuvo lugar durante su primera estancia en la URSS. Julia viajó posteriormente a Italia. Llegó a Roma, con Delio y Eugenia, en octubre de 1925. Y volvió encinta del segundo hijo, a la URSS, el 7 de agosto de 1926. Delio se había quedado en Italia con el padre durante el mes de agosto de 1926. Gramsci pasó con Delio unos días en Trafoi (Bolzano). No volvió a ver Julia Schucht ni a Delio, ni conoció a su segundo hijo, Giuliano, que nació en la Unión Soviética el 30 de agosto de 1926.

Los hijos de Gramsci nacieron ambos en Moscú –1924/1926– mientras él vivía en Italia. De ellos sólo vio al primero ya que seguidamente –1926– ingresó en la cárcel de la cual sólo saldría para su internación y luego su muerte, que se produjo el 27 de abril de 1937.

Su experiencia matrimonial y familiar de conjunto le fue totalmente ajena, como él mismo se encargó de reconocer en más de una ocasión. Ya antes de su adolescencia además, su vida había transcurrido fuera de su hogar paterno, rodeado por las más grande grandes penurias, y en medio del resentimiento, que lo acompañó hasta el fin de sus días. En síntesis, su conocimiento en esta materia, es prácticamente nulo. No obstante, pensó acerca de la mujer en la gestación de la revolución.

El resentimiento como móvil

Gramsci era un estratega, similar a Lenin, pero no igual. Ambos buscaron concretar la quintaesencia del marxismo, esto es, un Nuevo Orden o Civilización Proletaria Socialista que se contrapusiera a todo lo conocido anteriormente.

Para hacer la Revolución por antonomasia –y aquí va la quintaesencia del leninismo– hay que estudiar el terreno, la realidad, yendo de lo general a lo particular y viceversa, y del pasado hasta el presente, a fin de extraer las premisas que, a corto (Lenin) o largo plazo (Gramsci), permitan el “asalto al Palacio de Invierno de Sn Petersburgo” o aparatos del Estado afrontando la menor resistencia posible. Todo se resume, como siempre se ha enseñado, en la famosa tesis leninista de Berna (Suiza) – febrero 27 de 1915 – la cual prescribe “… que en la guerra la más sana estrategia es posponer las operaciones, hasta que la desintegración moral del enemigo haga posible y fácil el lanzamiento de un golpe mortal”. (Liddell Hart, B.H. “Estrategia.

Para lograrlo debe contarse con la masa humana dispuesta ciega y odiosamente a todo (como enseña Clausewitz, sea el proletario o lumpen del siglo XIX de Marx, el campesinado de Mao Tse-Tung o la burguesía intelectual de Gramsci, eso sí, tomando siempre en cuenta las características del terreno sobre el cual se va a “operar”. Más el hilo conductor en todos los casos es la nota de marginalidad social. No importa qué marginalidad social, lo esencial es el resentimiento frente a la sociedad que, en todas las oportunidades, en ricos o pobres, es el resorte psicológico fundamental.

Como subraya Marta Harnecker: “Sólo una enorme mayoría puede vencer a una minoría organizada y dominante. Generalmente esa enorme mayoría está integrada por fuerzas sociales que representen diversos intereses de clase pero tienen, sin embargo, ciertos objetivos comunes que los mueven a golpear al régimen establecido” (“Estrategia y táctica”, Colección latinoamericana de Antarca, Buenos Aires, 1986, p. 30).

Estamos en presencia, pues, de una alianza o frente integrado por aquellos que no han podido sublimar la injusticia o como señala Gramsci con crudo realismo, de esos “hechos [que] me han dejado cicatrices” y que por ello han contribuido a que su “instinto de rebelión” desde el primer momento, se dirigiera “contra los ricos porque yo, que había conseguido diez en todas las materias de la escuela elemental, no podía seguir estudiando, mientras que sí podían hacerlo el hijo del carnicero, el del farmacéutico, el del negociante de tejidos. Luego (ese sentimiento…) se extendió a todos los ricos que oprimían (hasta tal grado que…) cuántas veces me he preguntado si era posible ligarse a una masa cuando nunca se había querido a nadie, ni siquiera a la familia”.

Este resentimiento se expresa a través de las “demandas por sectores de la sociedad”, “como representación de una multiplicidad de “movimientos autoorganizados en la Sociedad Civil misma, alrededor de problemas que pugnan por darse universalidad del nivel estatal: Ecología, narcotráfico, libertad sexual, derechos de los enfermos, feminismo, discriminación racial, xenofobia, pacifismo.

La democracia requiere de decisiones continuas. “Los individuos son muchos sujetos a la vez, que cumplen roles diferenciador […] lo que pone roles diferenciado […] lo que pone en marcha el proceso de emancipación es la suma (no aritmética), la multiplicación, la acumulación de reivindicaciones provenientes de esa diversidad de roles, sean raciales, sexuales, laborales, o medioambientales pues un proyecto socialista, en la medida en que implica crear una mayoría social a favor de la democratización de la política y de la economía, puede ser perfectamente pluriclasista”.

El 27 de abril de 1975, en el treinta y ocho aniversario de la muerte de Gramsci, se abrió en Ghilarza – en la casa de un solo piso, donde vivió – un museo y una biblioteca. Se custodian allí objetos que usó, páginas autógrafos, cintas magnetofónicas con recuerdos de los compañeros de la cárcel, los libros escritos en la prisión, etc.
La madre de Gramsci falleció el 3 de diciembre de 1932; el padre, el 16 de mayo de 1937. Entre las dos hermanas, Graziella, murió en 1962, a los setenta y cinco años, y Teresina a los ochenta y uno, en 1976. De los hermanos, Gennaro, el socialista, fue perseguido por el fascismo, salió de Italia, vivió en Francia y en España y, vuelto a Italia, trabajo de cajero en una farmacia de un barrio periférico de Roma. Murió a los ochenta y un años, atropellado por un autobús. Otro de de los hermanos, Mario, que había sido secretario fascista en Varese cerca de Milán -, fue hecho prisionero de guerra y en el campo de prisionero contrajo una enfermedad incurable, de la que murió en 1945, a los cincuenta y dos años. Carlo, otro hermano, murió en Milán en edad avanzada.

Los dos hijos – Delio y Giuliano, viven en Rusia. Delio es coronel de la marina soviética. Giuliano es violinista -como su madre-, en una orquesta de música clásica. Un hijo de Giuliano se llama Antonio, como su abuelo.

Carta a Julia

Carissima Giulia (Cárcel de Turi, 18 de mayo de 1931)
"Es verdad que desde hace algún tiempo me sentía muy deprimido a fuerza de rumiar tantos pequeños episodios del pasado. Porque no es verdad que sólo tú fueras pasiva. Recuerdo, por ejemplo, que una vez tuvimos casi una escena de la "terrible señora Ciccone", como decía Delio, cosa que yo había previsto. Tú dijiste entonces que, puesto que yo la había previsto, habría debido imponerme a tu criterio, cosa que te habría gustado o algo parecido; en resumidas cuentas, querías decir que no era justo que en ciertos casos (cuando yo sabía que tenía razón) no te manifestara mi voluntad. Recuerdo que esas afirmaciones tuyas me impresionaron mucho (pero ya eran los últimos días de tu estancia en Roma) y me dieron que pensar. Eso significaba precisamente que el llamado respeto de los demás es a veces una forma de "esteticismo", por decirlo así, o sea, que a veces el otro se convierte en un "objeto" precisamente cuando más se cree haber respetado su subjetividad.

En conclusión: el mundo es grande y terrible y complicado, y nosotros dos nos estamos haciendo de una sabiduría que llegará a ser proverbial. Yo por lo menos creo ser ya más sabio que Laotsé, que al nacer tenía el saber y la compostura de un hombre de ochenta años; creo que me he olvidado completamente de tirar piedras y de cazar lagartijas. Y Delio y Giuliano, ¿saben tirar piedras lejos y hacerlas zumbar y rebotar cuatro o cinco veces en el agua? Siento no haber podido enseñarles todas esas habilidades y algunas otras más. Creo que desde este punto de vista están creciendo un poco a lo niña. Te abrazo tiernamente, Antonio."