19/10/10

Balzac, los osos, y la homosexualidad

Honoré de Balzac por Louis Boulanger - Museo de Tours

Vautrin, uno de los personajes de "La comedia humana", sería el primer "bear" de la literatura, un movimiento dentro de la comunidad gay. Y permite una indagación sobre las "sexualidades desviadas".

Laura Ramos

El concepto de bear u oso como subcultura dentro de la comunidad gay apareció a finales de los años ochenta en San Francisco, pero el primer ours descrito por la literatura fue el Vautrin de Balzac en La comedia humana (la primera edición data de 1842; su aniversario se celebró en el mes de julio).

Hasta que Oscar Wilde, Gide y Proust descubrieran la misteriosa sustancia gay de Vautrin, las escenas de Las ilusiones perdidas y Esplendores y Miserias de las cortesanas contaban el ascenso y caída de Lucien de Rubempré, el héroe más bello y atormentado de la literatura francesa. Después de ellos, la saga pertenece a Vautrin.

La mística de Vautrin, el corruptor, si se hace caso omiso al Mal que su personaje encarna, es la mística bear. El movimiento de osos, político dentro de la comunidad gay, surgió como desafío al prototipo de belleza masculina estandarizada que exigía cuerpos jóvenes, esbeltos y depilados; el oso revela un cuerpo velludo y voluminoso de leñador, una edad madura y un gesto potente ante la vida. La descripción casi entomológica que hace Balzac de Vautrin parece dictar todas y cada una de las características que definen a un oso moderno. Balzac se usó a sí mismo como modelo al atribuirle a su oso un torso florido y complexión gruesa y musculosa, cabeza ciclópea y estatura baja. (En defensa de su tipo físico, Balzac decía que un cuello grueso y corto era ventajoso porque las ideas tardaban menos en ir del cerebro a la mano.) Pero además bendijo a Vautrin con la actitud bear : la amistad y la camaradería, el enaltecimiento de lo masculino, el distanciamiento hasta el rechazo por las formas femeninas.

Ninguna de las setenta y cinco novelas de Balzac, menos aún sus estudios filosóficos o de costumbres atrajo tantos enardecimientos literarios, sentimentales y políticos como Las ilusiones perdidas. Lucien de Rubempré, su héroe y objeto de amor de Vautrin, es un joven Rimbaud transpuesto de formato, un personaje literario de tal profundidad que devino en tipo y en mártir y aparece, explícita o implícitamente, en todas las novelas arquetípicas acerca de artistas o de escritores, desde La educación sentimental de Gustave Flaubert a Bel-Ami de Maupassant.

Las ilusiones perdidas son, escribe Proust en su ensayo “Contra Sainte-Beuve”, las de Lucien Chardon, hijo de boticario con un lejano antecesor Rubempré por el lado materno: Lucien fracasa en su anhelo de hacer carrera como poeta en París y descubre que la mujer de la que se creía enamorado es un ser ridículo y provinciano, que los periodistas son unos canallas, que el mundo es implacable. Con el propósito de colocarse piedras en los bolsillos para tirarse a las aguas de un pozo, sube una cuesta al costado del camino. Antes de arrojarse se topa con Vautrin, un ex presidiario travestido en sacerdote español a quien se entrega para pagar sus deudas y volver a París a triunfar. (Ilusión en francés, y sobre todo en el francés balzaciano, rima con ambición.) Al encontrarse con la belleza lánguida de Lucien, que trae en sus manos un ramo de sedum, flor amarilla recogida bajo las piedras de un viñedo cercano, Vautrin se conmueve por su belleza y le murmura que con esos telefios parece el triste dios del himeneo. Esta evocación es toda una declaración amorosa, hermética para sus contemporáneos y además profética. Vautrin aludía al dios griego invocado en las ceremonias nupciales al cual los mitos atribuyen una muerte precoz y una extraordinaria belleza, al punto de confundirle con una muchacha. Vautrin ofrece a Lucien un cigarro y Lucien, luego de dos largas negativas, por fin lo acepta. “Padre, soy suyo”, le dice al tomar este cigarro lleno de símbolos, y sube a la calesa. Acaba de aceptar, con el cigarro, quince mil francos que lo salvarán de la deshonra. Poco después le escribe a su hermana Eve: “Mi querida hermana: te mando quince mil francos. En lugar de quitarme la vida, la vendí. Ya no soy dueño de mí, me he convertido en algo más que el secretario de un diplomático español, soy su criatura.” Los alcances de ese “algo más” no fueron detectados por ninguno de los críticos de la época, que hicieron trizas el libro calificándolo de “obra abyecta, innoble, inmunda”. Tuvieron que pasar más de cien años para que ensayistas como Susan Sontag y Richard Ellmann polemizaran en estudios críticos sobre la naturaleza sexual del cigarro de Vautrin.

“Esta noche vamos a comer en Poitiers –le propone Vautrin a Lucien–. Allí, si quieres firmar el pacto y darme una sola prueba de obediencia, pero eso sí, grande, así la quiero...; pues bien: la diligencia de Burdeos le llevará quince mil francos a tu hermana...” Pues bien, hacia Burdeos fue la diligencia, y el relato, en vez de detenerse en la posada de Poitiers donde el poeta y su corruptor pasaron la noche, sigue al coche. Balzac no nos dirá jamás qué pasó esa noche en la posada. Philippe Berthier, en su artículo “Balzac du coté de Sodome”, dice que hace falta mucho candor para no ver la naturaleza sexual del pacto. Berthier no duda de la bisexualidad de Balzac: sólo se pregunta sobre su homosexualidad.

La narración vuelve a Lucien y a Vautrin varias novelas y un tomo después, recién en Esplendores y miserias de las cortesanas, durante un baile de la Opera en París. Y es precisamente allí donde Balzac empieza a construir una teoría de las sexualidades desviadas.

La idea del joven romántico de condición modesta y belleza ambigüa y perturbadora, que juega el papel de preceptor o secretario, había aparecido en la primera edición de 1830 de Rojo y Negro, con el Julian Sorel de Sthendal. El propio Balzac a los dieciséis años había sido preceptor de los hijos de su vecina, la señora De Berny, quien fue su amante, su amiga, su consejera hasta que ella cumplió cincuenta y cinco y él treinta. Fueron esta predilección por las mujeres maduras, y sobre todo la creación de los personajes de Vautrin, de Sarrasine (la historia de un castrato que retomó Roland Barthes para su ensayo S/Z ), de la andrógina Serafita y de Paquita en La muchacha de los ojos de oro los indicios en que abrevan los biógrafos contemporáneos para sospechar que el propio Balzac habría aportado no sólo su tipo físico al personaje de Vautrin. H. J. Hunt mencionó los encuentros de Balzac en su casa de la calle Cassini con su joven protegido y también secretario privado, Jules Sandeau, réplica del personaje de Lucien. Sandeau, además de poseer una celestial hermosura, fue un novelista engreído y veleidoso y amante de George Sand. Un contemporáneo, Philaréte Chasles, sugiere que Balzac tenía inclinaciones homosexuales y refiere los profundos sentimientos que profesaba por sus sucesivos jóvenes protegidos. “El protagonista de mi obra es la sociedad francesa, y yo actúo como su secretario”, escribió Balzac en su prólogo a La comedia Humana, para deleite de Federico Engels y Carlos Marx, fans confesos –y osos polares– quienes afirmaban haber “aprendido más sobre la sociedad burguesa y el capitalismo leyendo a Balzac que a todos los profesores de historia, economistas y políticos del período juntos”.

Es en labios del barón de Charlus, y en el volumen titulado Sodoma y Gomorra, donde Marcel Proust define la escena gay en la novelística de Balzac: “Es tan hermoso aquel momento en que (Vautrin) pregunta el nombre de las tierras por las que pasa su calesa: es el castillo Rastignac, la morada del joven a quien amó en otro tiempo”. En este sencillo párrafo Proust dice todo lo que Balzac calla. En Papá Goriot, una novela anterior a Las ilusiones perdidas, Vautrin ofrece su cigarro metafórico al estudiante Eugéne de Rastignac, y es rechazado. La escena transcurre en un modesto cuarto de la Maison Vauquer, la pensión burguesa en la que ambos viven. El comentario del Charlus de Proust ilumina el rincón velado en el que Balzac colocó los sentimientos de Vautrin por los jóvenes. Si la naturaleza de los estremecimientos de Vautrin hacia Rastignac eran románticos, parece decir Proust, los de Vautrin por Lucien serán de la misma naturaleza.

“¡Y la muerte de Lucien! –evoca Charlus– No recuerdo qué hombre de gusto a quien le preguntaron qué era lo que más le había entristecido en su vida, contestó: La muerte de Lucien de Rubempré.” El “hombre de gusto” a quien Proust decide no nombrar es Oscar Wilde, y la idea completa, que aparece en el libro de Wilde La decadencia de la mentira fue: “La tragedia más grande de mi vida fue la muerte de Lucien de Rubempré”. La extraordinaria gracia y dramatismo del epigrama acumula más de un significado. Wilde no sólo se refería a su propio enamoramiento de Lucien, sino también a la literatura como experiencia más intensa y verdadera que la de la vida real, poniéndola en un plano superior. Y, más veladamente, al amor trágico de Vautrin por Lucien, a los amores trágicos de Wilde. La frase de Wilde resultó una predicción funesta para su propia vida, observó Proust: “el final de Lucien en la Consiergerie, viendo el derrumbe de su brillante existencia mundana tras demostrarse que vivía en la intimidad con un presidiario (Vautrin), no era sino un anticipo de lo que le sucedería precisamente a Wilde”. Proust agrega con pesadumbre que la vida le enseñaría más adelante a Wilde que existen dolores más desgarradores que los que nos producen los libros.

Lector de Víctor Hugo, Proust termina su evocación: “¡Y (Vautrin) cuando cae en... la tristeza de Olympio de la pederastia!” (Proust usa un término de época del que también echaba mano Sartre: pederastia). Proust se refiere al poema en el que el amante recuerda con nostalgia a su pasado amor. Si para la crítica y los lectores del siglo XIX el afecto de Vautrin por Rastignac es de un linaje paternal, desinteresado y varonil, para Proust es una devoción tan honda y carnal como la de Olympio por su amada.

No de otro carácter se revela esa pasión cuando Vautrin le canta al joven Rastignac mientras duerme: “Duerme, mi querido amor/ por vos voy a velar siempre”. O cuando le confiesa a madame Couture: “Lo que me atrae de este joven, es saber la belleza de su alma en armonía con la de su figura”. En ese genio de la retórica que es Vautrin, el amor y la política, las desviaciones sentimentales y el desprecio a la sociedad están tejidas de un solo material: “Para mí... no existe más que un sentimiento real: una amistad de hombre a hombre... Mis vastos sentimientos concentran los que la sociedad condena: los vicios de los necios” le dice a Rastignac. Pero los velos y alusiones se descifran en el final de Papá Goriot, cuando el oficial de la policía revela que en el pasado Vautrin había ido a prisión “para liberar a un bello joven al que amaba mucho y al que llamaba Madeleine”. El horror de Rastignac y la consternación de los otros inquilinos de la pensión Vauquer tiene una explicación: Madeleine señala a Rastignac. El presidio devela lo que ocultan la pensión burguesa y el salón parisiense. Estas ambigüedades balzacianas se explican en la Historia de la Sexualidad de Michel Foucault, cuando indica que la homosexualidad como identidad específica emergió durante la segunda mitad del siglo diecinueve, poco después de la publicación de La comedia humana.

Como novela cifrada, Las Ilusiones Perdidas no aluden sólo a las de Lucien: también son las de Vautrin, y a esas ilusiones ardorosas malogradas de Vautrin se refería entonces Proust cuando hablaba de la tristeza de Olympio de la pederastía. En ese sentido toda la saga de Vautrin, que arranca en Papá Goriot , sigue en Las Ilusiones Perdidas y alcanza su apoteosis en Esplendores y Miserias de las cortesanas , donde se consuma el suicidio de Lucien, podrían ser llamadas la tristeza de Olympio de la pederastia.

Quedaría fuera de la serie La última encarnación de Vautrin, la gran novela de sexo presidiario gay de Balzac. Allí Vautrin se reencuentra con Madeleine, su tante (tía, pareja gay en el argot del presidio) y se convierte en el jefe de policía de París: la gran inversión de la sociedad, la inversión suprema. El amor triunfante entre el archicriminal Vautrin y su amante asesino serial inscriben el primer final feliz de una historia de homosexuales. Para Jean Louis Bourget el desciframiento es tema, motivo y estructura de La comedia humana y Vautrin, la más significante metáfora de desciframiento: por su sexualidad y por sus múltiples máscaras, la última de las cuales podría esconder al propio Balzac.

Fuente: http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/Balzac-osos-homosexualidad_0_354564629.html