16/9/10

Los hermeneutas de la noche. De Walter Benjamin a Paul Celan

Ana García Díaz
Los hermeneutas de la noche. De Walter Benjamin a Paul Celan.
Prólogo de Alberto Sucasas.
Ricardo Forster
Editorial Trotta, 2009
168 páginas
Los hermeneutas de la noche, presentado con acierto por el filósofo español Juan Alberto Sucasas, consta de siete artículos que recorren parte del pensamiento contemporáneo occidental asumiendo el Holocausto como un evento constitutivo de su identidad.
De forma manifiesta, el autor vincula su posicionamiento teórico (así como su metodología) a la Escuela de Frankfurt, sobre todo a la figura de Walter Benjamin. La presencia del filósofo alemán queda patente en todos los artículos del libro.
En efecto, Benjamin y su trabajo parecen actuar como  principio y fin del trabajo de Ricardo Forster y también como encrucijada de todo el pensamiento contemporáneo. Así, a través de Benjamin, se hilvanan las palabras de Kafka, Borges, Emmanuel Levinas, Theodor Adorno, George Steiner y Gershom Sholem entre otros. Es por ello que, a pesar de que el lector experto en el tema no encontrará nada esencialmente nuevo en este libro, si disfrutará, sin duda, ante un trabajo artesanal donde se hilvanan y cruzan con acierto todos los conceptos esenciales relacionados con la filosofía en torno al Holocausto: el lenguaje, el papel de la tradición en la conformación de la identidad occidental o la relación entre memoria y olvido.
Es precisamente a través del lenguaje como Forster se introduce en el entretejido discurso en torno a la modernidad. Así, el primer artículo del libro, «El laberinto de las palabras», recorre y explora las raíces de la traducción, pasando por los estudiosos de la Cábala, los románticos alemanes,  los lingüistas del XIX y tomando como figuras esenciales, integradoras de todos los anteriores, a Walter Benjamin y George Steiner. El texto supone una reivindicación de la traducción como un acto universalista, enfrentada en su busca mesiánica de una «lengua universal», eco de una posible lengua prebabélica,  a la división nacionalista y el laberinto lingüístico contemporáneos. En esta búsqueda por un origen común quedan igualadas poesía y traducción, ambas portadoras del significado original y, por lo tanto, enraizadas en la idea de la conservación de la memoria y la lucha contra el olvido.
En segundo lugar el ensayo plantea el papel de la traducción y la poesía cuando falla el lenguaje, idea que se retomará con más intensidad en el artículo sobre la poética de Paul Celan -indisolublemente ligado a la experiencia de Auschwitz y el papel de la poesía ante la experiencia vivida- y al abordar la figura de George Scholem.
«Paul Celan y la barbarie de la lengua», aborda el pensamiento de Paul Celan  a través de una lectura de la obra de Jean Bollack sobre el poeta. Tal y como afirma Forster «De ahora en más el abordaje de la obra de Paul Celan tendrá como uno de sus referentes ineludibles a ese libro erudito y apasionado en el que el filósofo desnuda, para los lectores, el núcleo duro, intransigente, de la poesía celaniana» (Forster, 2009: 95). Introducir este artículo sobre Paul Celan supone, además de una profundización en la función de la poesía cuando la palabra falla, dar un contrapunto a un libro plagado de adoración a la Escuela de Frankfurt y a la tradición filosófica y literaria occidental y, sobre todo, a la figura de Benjamin, a quien Celan hacía partícipe de la misma responsabilidad que el resto de la tradición literaria y filosófica occidental (Benjamin era, bajo la denominación de Benjamin, unniebelungoizquierdoso). El texto de Bollack va guiando a Forster en una reflexión sobre algunos de los temas más importantes de la poética de Celan: la ruptura con la tradición occidental -resulta interesante de qué manera está presente en el texto la tensión por incorporar y excluir a Celan de esta misma tradición- la relación entre memoria y olvido y, sobre todo, la necesidad de forzar el recuerdo a través de la incorporación del acontecimiento al lenguaje. Esto es, resignificar la palabra, construir una nueva lengua original que impida desvincularse del proceso histórico.
Precisamente, del proceso contrario, de la banalización de la lengua y de la pérdida de su valor simbólico, habla «A propósito de nuestra lengua. Una confesión. Para Franz Rosenzweig, con ocasión del 26 de diciembre de 1926», donde Forster explora el sentimiento de tragedia que acomete al filósofo Gershom Scholem al contemplar el proceso de secularización de la lengua hebrea, consecuencia de la imposición de la lengua al proyecto sionista en Palestina.
Acompañan a los capítulos anteriores otros cuatro ensayos que se acercan al pensamiento contemporáneo desde diferente ópticas. Por un lado, «El estado de excepción: Walter Benjamin y Carl Schmitt como pensadores del riesgo» es un breve artículo en el que, tomando como ejemplo la     controvertida relación intelectual entre ambas figuras se pretende reflexionar sobre la importancia de la tradición filosófica conservadora en la conformación del pensamiento occidental. El tercer artículo del libro, «Walter Benjamin y Jorge Luis Borges: la ciudad como escritura y la pasión de la memoria» es quizá el artículo con menos interés del libro.  Forster, casi como un homenaje a los dos autores, traza una amena serie de conexiones entre ambos: un paralelismo biográfico que toma como centro la importancia de la ciudad en la vida de ambos autores y en el acto de escritura y la relación con la memoria y la historia.
El ensayo «Lecturas de Adorno: elogio del anacronismo» parece funcionar como una reivindicación del papel del intelectual y de los postulados que deben marcar su relación con el presente y la cultura a través de la asunción de una postura crítica  respecto a la tradición y a su presente. En este sentido «Entre la ruina y la espera: viaje al mundo de las almas» parece estar seleccionado de forma premeditada como cierre del libro con la finalidad de llamar la atención sobre la necesidad de llevar a cabo un análisis crítico del presente que integre todas las reflexiones llevadas a cabo anteriormente. El artículo pretende así, quizá con más intención que acierto, plantear una relación entre el «fin de la historia» y la sociedad postmoderna. El autor se sirve de esta línea discursiva para entrelazar aspectos como el avance tecnológico, la banalización de la vida y de la muerte o el auge de los nacionalismos y el integrismo. El artículo termina planteando una posible salvación que surgiría precisamente desde ese punto final en una propuesta muy cercana a la visión a la vez desesperanzada y mesiánica de Benjamin.