18/9/10

Jazz, Cortázar y ritmo

Edgar Borges
Ritmo: Distribución de las notas musicales de acuerdo con un compás/ Combinación de los acentos en un verso/ Movimiento repetido de algunas cosas, por ejemplo, de los latidos del corazón/ Velocidad con que se hace o se produce algo. Leo en el diccionario la definición de ritmo y salgo a la calle.
En el paso de las personas hay un ritmo particular que con las costumbres se hace colectivo. El tempo de los caminantes asume sin saberlo el latido de los lugares (y viceversa. La vida pequeña como réplica del todo). El latido de Gijón es menos atropellado que el de otras ciudades; hay una tendencia global a pretender unificarlo todo, como si la magia de cada espacio (y ritmo) no dependiera de la diferencia. No más observación callejera, por ahora; he llegado al Nº 27 de la Marqués de Casa Valdés. Me detengo en la entrada de Jazz Café. Me llama el sonido de una música que, más que de ambiente, es de incitación a la vida. Esos solos de saxo son de Charlie Parker interpretando Lover Man. Hay que entrar (y entro) para que la música quiebre el ritmo de mi rutina (imagino que el mismísimo Charlie Parker desde su saxo lanza notas que dinamitan las parcelas de mis pensamientos).
El boca a boca dice que se trata de un local diferente; una isla de tranquilidad que, además de unos exquisitos pinchos de Balbona, tiene una pequeña biblioteca de libros de jazz. Sin embargo, la música me hace olvidar las recomendaciones. Y mi curiosidad queda atrapada en los carteles de las paredes. Unos anuncian conciertos y otros discos de Tania Maria, B.B. King, Billie Holiday, Grant Green, George Benson, Sarah Vaughan, Eddie Jones, Benny Carter, John Coltrane, Stan Getz con Joao Gilberto, Miles Davis, Bill Evans, Louis Armstrong, Ray Charles. El recorrido me hace pensar en los minuciosos inventarios de Georges Perec. Las paredes del Jazz Café son un gran inventario de los distintos tiempos de una música que rinde tributo a la necesidad de libertad del ser humano. Y hoy la libertad, tanto como el jazz, ha sido tapizada por velocidades engañosas.
El saxo de Charlie Parker me conecta con el juego literario de Julio Cortázar. “El jazz es una especie de presencia continua en lo que escribo. Mi trabajo de escritor se da de una manera donde hay una especie de ritmo, de latido, de swing, como dicen los hombres de jazz. Y si esto no está en lo que hago es la prueba de que no sirve, hay que pararlo y volver”, dijo el gigante de Rayuela (obra en clave de jazz) y El perseguidor (homenaje a Parker). En realidad toda la obra de Cortázar fue escrita con la pasión de un jazzista que inventa mundos desde la improvisación que sólo permite el virtuosismo. Y como un alumno (que descifra-o siente-sonidos) lo afirmó: “El jazz me enseñó cierto swing que está en mi estilo e intento escribir en mis cuentos, un poco como el músico de jazz enfrenta un take, con la misma espontaneidad e improvisación”. Saúl Yurkievich, amigo y albacea del Cronopio Mayor, sostiene que “Cortázar escribía como improvisando jazz”. ¿Se permite hoy que cada quien improvise el virtuosismo de su existencia? ¿No será que a todos nos han impuesto un ritmo uniforme, ruidoso y ajeno?
Me acerco a la barra, pido una cerveza y le digo al señor que, por favor, repita Lover Man. El hombre sonríe con ese asombro de niño (tan cortazariano) y me complace. Le pregunto si es el encargado y me da la mano; Chapi, para servirle, responde. Quiero saber dónde está la famosa biblioteca y me lleva hasta muy cerca de la entrada. Entre varios títulos dedicados al jazz (como historia) descubro El perseguidor y Rayuela. Con la última opción en mano doy media vuelta en busca de mi cerveza. Me refugio en una mesa y abro el libro para revisar el memorable capítulo 17. “…el jazz es como un pájaro que migra o emigra o inmigra o transmigra, saltabarreras, burlaaduanas, algo que corre y se difunde y esta noche en Viena está cantando Ella Fitzgerald mientras en París Kenny Clarke inaugura una cave y en Perpignan brincan los dedos de Oscar Peterson, y Satchmo por todas partes con el don de ubicuidad que le ha prestado el Señor, en Birmingham, en Varsovia, en Milán, en Buenos Aires, en Ginebra, en el mundo entero, es inevitable, es la lluvia y el pan y la sal, algo absolutamente indiferente a los ritos nacionales, a las tradiciones inviolables, al idioma y al folklore: una nube sin fronteras, un espía del aire y del agua, una forma arquetípica, algo de antes, de abajo, que reconcilia mexicanos con noruegos y rusos y españoles, los reincorpora al oscuro fuego central olvidado, torpe, y mal y precariamente los devuelve a un origen traicionado…” Levanto la mirada y pienso en la carrera atropellada del mundo. Si en las escuelas se enseñara jazz, el planeta sería un lugar más libre y armónico. Asunto difícil, lo sé; ya lo dice Cortázar en la misma Rayuela, para referirse a la definición de libertad que enseñan en las escuelas: “…precisamente en las escuelas donde jamás se ha enseñado y jamás se enseñará a los niños el primer compás de ragtime y la primera frase de un blues, etcétera, etcétera”. Hay en las palabras de Cortázar el mismo pulso que en el jazz, que en los tiempos que distancian un trago del otro, que en la ubicación de los carteles; todo aquello se parece al verbo paciente de las personas que comparten vida en el local. Quizá, después de todo, sea yo quien haya adecuado mi ritmo a un concierto invisible de jazz que se ejecuta con la complicidad del espacio-tiempo. Y Charlie Parker continúa exorcizando el alma de su saxo.