6/9/10

Gustav Mahler, compositor socialista


José Ángel González Casanova
El mes pasado se conmemoró el nacimiento, en 1860, del compositor y director de orquesta bohemio de estirpe judía, Gustav Mahler.Durante medio siglo, su figura y su obra se han visto sometidas a la interpretación impuesta por Theodor Adorno, el filósofo de la Escuela Crítica de Frankfurt, que hizo de Mahler el paradigma musical de la decadencia cultural y espiritual de la Modernidad. Tal visión llegó al gran público a través de los filmes de Visconti (Muerte en Venecia) y Ken Russell (Mahler) que difundieron la imagen de un ser atormentado, neurótico y obsesionado por la muerte; imagen que se trasladó a una ejecución de su música entre exagerada e histérica y melancólica y funeraria.
Con todo, se ha impuesto finalmente el verdadero Mahler. Analizada sin prejuicios ideológicos, su música resulta ser expresión genial de una actitud ante la vida, la sociedad y su época declaradamente crítica, combativa y, sobre todo, esperanzada. Es un caso único de compositor comprometido con los ideales más humanistas de su tiempo y un sarcástico, debelador de la sociedad burguesa y capitalista.

Mahler se incorporó, muy joven, al círculo wagneriano, vegetariano y socialista que en Viena presidía Pernerstorfer. Allí intimó con Victor Adler, también de estirpe judía, fundador del socialismo austríaco y el dirigente político de mayor prestigio entre la clase obrera: una especie de Pablo Iglesias, aunque algo más intelectual y marxista. Su amistad con Mahler duró hasta su muerte. De Adler aprendió el músico la acción reformadora posibilista que construye una comunidad cultural y social de individuos rescatados de la marginación propia del capitalismo clasista. El socialismo sería la creación de un ser humano completo. La cultura se ha de abrir al proletariado y el arte ha de ser un servicio público más allá del interés decorativo al que lo había reducido la burguesía acaparadora e insolidaria. Adler organizó los primeros desfiles obreros del Primero de Mayo en el Prater vienés. En su Tercera Sinfonía, Mahler expresa la energía creadora de la naturaleza con una marcha que a Richard Strauss le recordaba uno de esos desfiles. Se cuenta que al toparse Mahler una vez con una ruidosa manifestación obrera exclamó radiante “¡Son mis hermanos!”. Pero era la suya una fraternidad exigente. Como director de la Ópera de Viena, sometía a sus trabajadores a una disciplina férrea y a un perfeccionismo excesivo, que le hicieron, paradójicamente, algo impopular.
Su crítica social encontró en un cancionero popular alemán del siglo XVII, Das Knaben Wonderhorn (que narra las tragedias humanas de la Guerra de los Treinta Años) una hermosa base para aunar la condena al militarismo y la defensa de los humildes. La Cuarta sinfonía concluye con un regocijante banquete celestial que San Pedro y Santa Úrsula ofrecen a los pobres de la Tierra. Pero la denuncia va más lejos. En la Sexta sinfonía, una marcha terrible anticipa de forma visionaria miles de botas nazis avanzando amenazadoras. La Octava, estrenada en Munich el 12 de septiembre de 1910, es un clamor de mil voces por la paz de Europa a punto de romperse por el belicismo nacionalista e imperialista, que condujo cuatro años después a la Primera Guerra Europea. Asistió al concierto Thomas Mann, el cual, emocionado, escribió a Mahler: “Usted es el hombre que, a mi juicio, expresa el arte de nuestro tiempo de la forma más profunda y sagrada”.
En la obra sinfónica de Mahler abundan los scherzos demoniacos, sarcásticos, para describir con estilo expresionista la sociedad vienesa, irresponsable, cínica y frívola (la Kakania de Musil), que también denunciaba el periodista Karl Kraus. Una sociedad híbrida de aristócratas y burgueses, decadente de verdad. Pero siempre predominan en sus sinfonías los finales esperanzados como premio al sufrimiento y al esfuerzo humanos. El hombre se redime a sí mismo luchando contra la adversidad. Nada de su sacrificio se pierde. Ernst Bloch, el filósofo judío de “marxismo cálido”, era un apasionado de Mahler, al que veía como paradigma musical del Principio Esperanza y una encarnación contemporánea de la utopía socialista. Según Bloch, “la gran obra mahleriana se convierte en un destello, en una estrella de la anticipación y en un canto consolador en el camino de retorno a través de la oscuridad”. El mismo Mah-ler confesaba: “Como compositor no seré reconocido en vida. Esto sólo ocurrirá cuando haya muerto. Yo soy, en expresión de Nietzsche, un hombre fuera de su tiempo”.
¿Por qué surgió el mito Mahler? Norman Lebrecht lo ha resumido así: “Mahler fue el primer compositor que buscó soluciones espirituales y personales en la música, indagando dentro de sí remedios para la condición humana”… De ahí que Klaus Tennstedt declarara en 1985 que “los jóvenes buscan valores que han sido destruidos”. Mucho después de su muerte, Mahler sigue luchando contra un mundo terrible. Devuelve a la gente su sentido del sentimiento, del temor, de la indignación”. Leonard Bernstein justificaba su actualidad con un impresionante recorrido de los males del mundo contemporáneo (Auschwitz, Hiroshima, Vietnam, Hungría): “Sólo después de todo esto podemos escuchar su música y comprender que él ya lo había imaginado”. En fin, el musicólogo Josep Soler corroboraba la profecía de Mahler “Mi tiempo llegará” con esta audaz afirmación: “Sus sinfonías llegarán a ser consideradas entre el gran público como las sinfonías por excelencia, desplazando, muy probablemente, a las de Beethoven”.
José A. González Casanova es catedrático de Derecho Constitucional y escritor
Ilustración de Javier Olivares