17/8/10

La caza de brujas: el caso de Jules Dassin

Pepe Gutiérrez-Álvarez 
 
Acusado de comunista desde 1935 por su antiguo camarada Edward Dmytryk, y por Frank Tuttle en la primavera de 1951, Jules Dassin (nacido en Middletown, Connecticut, Estados Unidos en 1911- 2008, Atenas, Grecia), conoció una dilatada trayectoria como director siempre inquieto, guionista, actor, y militan, Jules Dassin tuvo que exiliarse a Europa para no tener que arrodillarse ante el Comité de Actividades antinorteamericanas, con la que el “gran dinero” trató de neutralizar los avances organizativos y culturales de la izquierda en los tiempos del “New Deal”, y restringió los límites democráticos inyectando un profundo anticomunismo en los Estados Unidos. En no pica medida, aquella tentativa sería el prólogo de lo que luego se llamaría “revolución conservadora”. Los objetivos del llamado “maccarthysmo” y de la administración Reagan fueron idénticos: se trataba de poner la democracia al servicio de los poderosos, y tratar de “comunista” toda oposición social o cultura que se cuestionara mínimamente el orden establecido.

Jules provenía de una numerosa familia de un barbero judío, que comenzó su carrera como actor yiddish con el ARTEF (Yiddish Proletarian Theatre) en Nueva York, actividad que le hizo aparecer a unas pocas películas como actor. Loco por el cine, pronto se convirtió en cortometrajista, al ponerse al frente de The Tell-Tale Heart, adaptación del famoso cuento El corazón delator, de Poe, en la que demostraba su talento para dirigir con un presupuesto reducido. Su trabajo llamó la atención de los ejecutivos de MGM, que le reclutaron para dirigir Nazi Agent (1942), un thriller en el que el inmenso Conrad Vedit encarnaba a la vez a dos hermanos gemelos, uno que era oficial nazi, y el otro que se ponía al lado de la resistencia. Luego realizó una discutible adaptación de un conocido título de Oscar Wilde, El fantasma de Canterville (1944), y en la que lo más destacable era la presencia de Charles Laughton un tanto incontrolado.
Luego vendría su época dorada, cuando realizó algunas de las películas más notables del “neorrealismo” norteamericano, con títulos tan destacado como Fuerza Bruta (Brute Force, 1947), uno de los mayores alegatos contra el sistema carcelario –que analiza como una incrustación fascista dentro de una democracia-, escrito por Richard Brooks, y con un grupo de actores memorables: Burt Lancaster, Charles Bickford y Hume Cronyn…Fue sabiamente prohibida por el franquismo, pero fue recuperada por la tele en sus buenos años, ahora se encuentra en DVD. Habría que anotar que su tratamiento de las mujeres (casi todas ellas “fatales”), es la parte más discutible, también porque suponen unos flash back que rompen la dinámica urdida en una oscura prisión. La revuelta de los presos está presentada como una lucha por la liberación.
Al año siguiente realizó   La ciudad desnuda (The Naked City, 1948),   un soberbio ejemplo de cine de investigación que escarba en las miserias de la vida cotidiana y sitúa la trama criminal en su contexto.  Aunque la película sigue los pasos de unos policías (el jefe de patrulla es nada menos que Barry Fitzgerald, uno de los más grandes beodos del mejor cine de John Ford). La ciudad es la protagonista, todo fluye como una crónica social repleta de matices, y Dassin vuelve a demostrar que es un gran director de actores, y aparte de Barry Fitzgerald, señalemos al torvo Ted de Corsia  cuya persecución final puede compararse a la de James Cagney en Al rojo vivo.
Aunque quizás no tan buena fue Mercado de ladrones (Thieves´Highway, 1949), que sin embargo supone un alegato sindicalista que según me contó hace mucho Peter Camejo, correspondía a la casi mítica huelga de los camioneros Minneapolis que estuvo inscrita en la historia del trotskismo USA, en un sector donde el SWP era muy influyente. Como era propio, la película, en la que los ladrones eran los mayoristas,   contaba con notables actores característicos: Richard Conte, Millard Mitchell, el luego renegado Lee J. Cobb, y Valentina Cortese. Por supuesto, tampoco fue estrenada en España, pero también resulta actualmente muy asequible.
Luego, con un pie ya en Europa  , Dassin realizó su obra de mayor prestigio crítico,   Noche en la ciudad (Night and City, 1950), la culminación de esta fase que tuvo que ser rodada en Londres ya que Dassin comenzaba a tener serios problemas por   la caza de “comunistas”. Interpretada por unos insuperables Richard Widmark  y Gene Tierney, es toda una parábola sobre la sinrazón del capitalismo, y la búsqueda del máximo beneficio. Incluso fue objeto de un homenaje titulado La noche y la ciudad (1994), dirigida por un aplicado Irwin Winkler  y con Robert de Niro como Dassin, pero no hay color…
Aunque el Dassin que sigue no subió ya a semejantes cimas,  es posible que para las nuevas generaciones, el nombre dee Dassin suene sobre todo con la película que le dio mayor prestigio popular: Rififí (Du Rififi chez les hommes, Francia, 1955). Esta película     sorprendió  al público por su desencarnada minuciosidad, tomando como punto de partida una novela de Auguste Montfort, más conocido como Auguste Le Breton, llamado en los medios del hampa Le Breton (1913-1999), obrero y turbulento aventurero en su juventud, luego novelista francés especializado en el “noir”, comenzó contando su historial de delincuente en La ley en las calles, pero su fama le llegó con Rififi entre los hombres, titulo genuino que le fue sugerido por un abogado. La palabra quedó a asociada a la tentativa de un atraco minucioso, y el autor le sacó un buen partido ya que la mayor parte de sus novelas incorporan la palabra. También el cine la utilizó con generosidad: Rififi en Tokio(Jacques Deray, Francia, 1962), Rififi y las mujeres (Alex Joffé, Francia, 1959), etc. Su obra conoció numerosas adaptaciones fílmicas que animaron el muy interesante cine “noir” francés, siendo quizás la más conocida El clan de los sicilianos (Henri Verneuil, Francia-italia, 1969), un gran éxito que reunió a tres grandes acores del género: Jean Gabin, Lino Ventura y Alain Delon…
Dassin escribió un guión junto con Rene Wheeler para narrar la sórdida trama en la que se cuenta con detalle cómo un lacónico expresidiario (Jean Servais) prepara y realiza en una joyería francesa. La secuencia del robo se prologa durante cerca de media hora en silencio, no hay tan siquiera música, solamente se escuchan el ruido que los ladrones intentan atenuar. En el tiempo que sigue, Rififi pasará a ser el título de referencia de toda una variante del cine negro, el del “atraco perfecto”. El número de secuelas resulta casi interminable. Valgan los siguientes ejemplos: el de Mario Monicelli, I soliti ignoti (Italia, 1959),  que aquí se llamó Rufufu, y que a mi parecer supera al original para erigirse en un canon satírico alternativo transitado por ejemplo por  el mejor José Mª Forqué con Atraco a las tres (1963), o por Granujas de medio pelo, de Woody Allen… La española Rififi en la ciudad (Jesús Franco, 1964), con Fernando Fernán-Gómez, y uno de los mejores policíacos de la época franquista, Rififi en la ciudad, y por la propia revisitación de la trama por el propio Dassin, Topkapi (1964), un inteligente montaje magníficamente interpretado, un film encantador que se sitúa muy por encima de otras muchas variaciones.
Luego, con buena parte del equipo de actores de Rififi, Dassin haría la ya citada El que debe morir que, entre otras cosas, supuso su primera colaboración con su compañera y musa, Melina Mercouri, con la que conocería un gran éxito con  Nunca en domingo (1960), una comedia alrededor de una prostituta portuaria que supuso un canto a la libertad sexual y una cierta crítica social, todo trufado con una magnífica música, sobre todo con la canción Los chicos del Pireo. El propio Dassin interpretó el papel principal masculino. Era un inocente americano, mientras que Melina daba vida a una prostituta del Pireo llena de picaresca y alegremente desvergonzada. Por este título fue nominado para el Oscar al mejor director y por el mejor guión. Asimismo, creó la adaptación de la película al teatro, Ylya Darling, que fue un éxito en Broadway en 1967. Pero, las cosas habían cambiado, sobre todo la posibilidad de abordar temas sociales y políticos candentes, y de hacerlo con un extenso equipo de concienzudos profesionales. Algo posible en un Hollywood ya desaparecido, acabado entre la caza de brujas y el imperio de la caja tonta.
Así, pues, lo que viene a continuación resulta por lo general más discutible, en parte porque se trata de películas al servicio de la estrella y de su presunto talento como “trágica”, algo que viendo  Fedra (1962) no parece demasiado convincente por su ampulosidad  y  grandilocuencia.  Siempre con Melina, su protagonista favorita, Dassin siguió rodando títulos como Promesas al amanecer (1970) o Gritos de pasión (1978), de las que no guardo especial recuerdo aunque he leído alguna apología.   Dassin acompañó y apoyó con entusiasmo a Melina en sus actividades políticas contra la Junta de los Coroneles y en su exilio. Estamos hablando de la dictadura militar griega que transcurrió entre 1967 y 1974, y que hay que analizar como  un capítulo más de la “guerra fría” y del “fascismo exterior” norteamericano. El golpe militar se desarrolló con la complicidad abierta del rey Constantino, hermano de la reina Sofía, e hijo de la reina Federica, en su juventud, miembro de las juventudes hitlerianas.
Entonces, Dassin y su compañera Melina Mercouri se convirtieron en unos de los portavoces de las denuncias de la dictadura desde el exilio, y una película, Z (Costa-Gravas, Francia, 1968), adaptación de Jorge Semprún de la novela de Vassili Vassilikos, se erigió como una denuncia contundente de la trama derechista que llevó al golpe, así como una en la película más emblemática de las acontecimientos de mayo del 68 en Francia, y por extensión, en el buque-insignia de lo que se llamaría “cine político”, un concepto equívoco (¿Qué película no lo es de alguna forma?, sin embargo se llama así cuando se trata de un compromiso con los de abajo, cuando es con lo de arriba se llama aventura o de acción), con el que se denominó al cine de denuncias hecho desde la izquierda, y del que el cineasta griego Costa-Gravas sería su realizador más representativo.   
Cuando se restauraron las libertades en Grecia, ambos volvieron a Atenas. Entonces Melina fue ministra de Cultura con los distintos gobiernos socialistas (desde 1981 hasta 1989, y de nuevo desde 1993 hasta su fallecimiento), supongo que algo así como Pilar Miró aquí ya que el socialista Papandreou que se había mostrado como un socialista de izquierda en el exilio, en el poder no lo fue ni en un décima parte.
Desde la muerte de Melina, Dassin se dedicó a luchar por el proyecto que había apasionado a Melina, conseguir el regreso de los denominados Mármoles de Elgin, las esculturas y frisos esculpidos del Partenón que se encuentran en el Museo Británico. De hecho, cedió hace años los derechos de sus películas a la Fundación Melina Mercouri para apoyar la labor por la que tanto luchó su mujer. Para acabar, anotemos que el lector interesado tiene a la mano un buen libro: Jules Dassin, violencia y justicia, escrito por tres reconocidos críticos y prologado por Juan Antonio Bardem para la T&B Editorial.