17/8/10

¿Cómo respondería Irán a un ataque de EE UU?


Mahan Abedin

La franca admisión del almirante Mike Mullen, jefe del Estado Mayor Conjunto y el oficial estadounidense de mayor rango, de que EE.UU. tiene planes para atacar a Irán a fin de impedir que ese país adquiera armas nucleares, se considera con extrema seriedad en los círculos políticos, de inteligencia y militares en Teherán. Es la primera vez que un responsable de alto rango estadounidense ha hablado sobre la existencia de planes militares para impedir que la República Islámica cruce el umbral nuclear. Hay considerable evidencia de que la franca declaración de Mullen, junto con la actitud cada vez más hostil y desdeñosa del gobierno de Obama hacia Irán, reforzada por la cuarta vuelta de sanciones de las Naciones Unidas impuesta en junio (seguida por sanciones unilaterales aún más duras impuestas por la Unión Europea y EE.UU.), han cambiado radicalmente los cálculos estratégicos del régimen de Teherán sobre la posibilidad de una confrontación militar con EE.UU.
Hasta ahora la sabiduría convencional entre los responsables de la estrategia política en la República Islámica era que EE.UU. mantendría la política de ‘ni guerra ni paz’, a pesar de la retórica belicosa de dirigentes y funcionarios estadounidenses. La política de ‘ni guerra ni paz’ ha caracterizado las relaciones iraníes-estadounidenses desde la victoria de la Revolución Islámica en febrero de 1979.
La premisa básica de esta política es que en diferentes etapas Irán y EE.UU. se orientan hacia la guerra o la paz –dependiendo del panorama estratégico prevaleciente en la región– pero nunca llegan a una u otra. El resultado es que casi siempre los dos Estados se encuentran en algún sitio al medio y realizan una Guerra Fría, en la cual los dirigentes y funcionarios de ambos lados intercambian insultos y se involucran en alardes ideológicos y políticos, pero se detienen muy lejos del punto en el cual una mayor escalada de las tensiones podría provocar una guerra caliente.
Durante los últimos treinta y un años, esta política ha beneficiado a la mayoría de los principales interesados, incluidas facciones políticas de la línea dura en ambos países, los Estados árabes regionales, Turquía, Pakistán e Israel. Todos han aprovechado esta Guerra Fría iraní-estadounidense, en la medida que la escasez de relaciones diplomáticas y políticas entre Irán y EE.UU. ha abierto continuamente una amplia gama de beneficios estratégicos, políticos y económicos. De la misma manera, estos involucrados tienen mucho que perder si Irán y EE.UU. se lanzan realmente a verdaderos combates. Aunque este argumento tiene múltiples defectos, captura, no obstante, una gran parte de la realidad de las relaciones iraníes-estadounidenses desde 1979. En todo caso es lo que los responsables de la política estratégica iraní han creído durante todo el tiempo. Es decir hasta ahora.
A pesar de que unos pocos días antes de la declaración de Mullen el comandante supremo del Cuerpo de Guardias Revolucionarios Islámicos (IRGC, por sus siglas en inglés –Sepah-e-Pasdaran en persa), brigadier general Mohamad Ali Jafari, descartó las amenazas estadounidenses afirmando que EE.UU. “no se atrevería a atacar Irán”, otros dirigentes del IRGC han advertido continuamente en los últimos meses sobre las secuelas inmediatas y a largo plazo de cualquier confrontación militar. El jefe de la unidad político-ideológica del IRGC advirtió recientemente de amenazas “espantosas” a la seguridad regional en caso de un ataque militar estadounidense. Mientras tanto Ahmad Vahidi, ministro de defensa de Irán y ex comandante de la Fuerza Qods de elite del IRGC (responsable de operaciones especiales en el extranjero), ha prometido una respuesta “contundente” a cualquier agresión militar estadounidense contra Irán.
Ha sido claro durante meses que el estado de ánimo de comandantes del IRGC ha estado cambiando y la declaración de Mullen parece prestar credibilidad a los cálculos estratégicos de los comandantes de los Guardias Revolucionarios. Esta evolución es de extrema importancia, ya que en caso de una confrontación militar iraní-estadounidense, se espera que el IRGC esté en las primeras filas para contener el ataque estadounidense y para tomar represalias con medidas militares propias.
En los hechos, en caso de una confrontación militar es probable que los dirigentes iraníes relevarán a las fuerzas armadas regulares iraníes de los combates para mantenerlas a salvo y salvaguardar su integridad y su fuerza de combate. Existe otra razón para esta decisión y tiene que ver con las capacidades reducidas de las fuerzas armadas nacionales; en los últimos treinta años las fuerzas armadas nacionales han perdido subrepticiamente poder y prestigio en comparación con el IRGC. Vale la pena señalar que Irán es el único país del mundo que opera dos comandos militares completamente independientes; uno centrado en las fuerzas armadas regulares, y el otro en el IRGC, que opera sus propias fuerzas terrestres, marinas y aéreas, así como una miríada de servicios de inteligencia y seguridad. Además, el IRGC controla todos los recursos militares estratégicos de Irán, incluida la capacidad de misiles balísticos de mediano alcance.
Se ha puesto de moda presentar al IRGC como un conglomerado económico más interesado en ganar dinero que en combatir por los valores de la Revolución Islámica. Gran parte de las informaciones sobre la actividad económica del IRGC son inexactas y falsas y una señal del estilo de análisis falso-inocente empleado a menudo por periodistas y analistas occidentales.
La verdad es que aunque el IRGC tiene una importante ala económica centrada en el complejo Khatam ol-Anbia (Qarargah-e Khatam ol-Anbia), sus actividades económicas y financieras se mantienen estrictamente separadas de sus unidades de combate. En todo caso, el IRGC es sobre todo un ejército ideológico que está total e inequívocamente comprometido con la supervivencia de la Revolución Islámica y el sistema político-religioso que emergió de esa revolución. Incluso el ex presidente reformista (y actual dirigente opositor) Mohamad Jatami se refirió al IRGC como la “fuerza armada más ideológica del mundo”.
Los dirigentes políticos y militares estadounidenses cometerían un error si creyeran que puede bastarles un ataque militar “limitado” contra Irán para destruir la infraestructura nuclear de ese país. Cualquier ataque militar de EE.UU. contra Irán será interpretado por los gobernantes de Irán, y sus vigilantes del IRGC, como un ataque directo a la integridad y la existencia misma de la República Islámica. Desde un punto de vista estratégico, los comandantes del IRGC interpretarán cualquier ataque estadounidense como el comienzo de un conflicto existencial, y responderán de manera adecuada.
Una prioridad máxima para el alto mando del IRGC es responder de una manera tan dura y decisiva que disuada a los estadounidenses de un segundo conjunto de ataques en una ocasión futura. La idea es evitar lo que pasó a Iraq en el período 1991-2003, cuando el antiguo régimen baasista fue tan debilitado por sanciones y repetidos ataques militares en pequeña escala que se derrumbó rápidamente ante los ejércitos invasores estadounidenses y británicos.
La variedad de reacciones previsibles disponibles al alto mando del IRGC incluye dramáticos ataques relámpago contra el tráfico marítimo militar y comercial en el Golfo Pérsico, el uso de misiles balísticos de mediano alcance contra bases estadounidenses en la región e Israel y un ataque directo contra fuerzas estadounidenses en Iraq y Afganistán. Es probable que todas estas opciones se utilicen en un plazo de 48 horas desde el inicio de las hostilidades.
Menos previsible es la reacción de la Fuerza Qods del IRGC, que probablemente estará a la vanguardia del contraataque de los pasdarán. Una posible respuesta de la fuerza Qods son espectaculares ataques al estilo terrorista contra bases y recursos de inteligencia estadounidenses en toda la región. Se cree que la Fuerza Qods del IRGC ha identificado a todos los componentes clave del aparato de inteligencia estadounidense en Oriente Próximo, Afganistán y Pakistán. Probablemente aprovechará esta información, especialmente ya que la Fuerza Qods sospecha que la CIA tuvo que ver con el atentado suicida de octubre pasado, organizado por Jundullah, en el que atacó a comandantes del IRGC en la volátil provincia Sistán va Baluchistán de Irán.
La armada del IRGC también jugará un papel asimétrico clave en el conflicto al organizar atentados suicidas marítimos en una escala industrial. Al tripular su flota de lanchas rápidas con atacantes suicidas y al estrellarlas contra barcos de guerra estadounidenses e incluso buques mercantes neutrales, los pasdarán esperarán cerrar el Estrecho de Ormuz, por el que pasa cerca de un 40% del petróleo crudo del mundo.
La combinación de estas formas asimétricas de guerra con ataques de estilo más convencional con misiles e incluso fuerzas terrestres contra bases de EE.UU. en la región, llevará probablemente a miles de bajas militares estadounidenses en el espacio de pocas semanas. El IRGC tiene la voluntad y los medios para infligir un nivel de bajas a las fuerzas armadas de EE.UU. no visto desde la Segunda Guerra Mundial.
Incluso si EE.UU. logra destruir la infraestructura nuclear de Irán y gran parte de los recursos militares del país, el IRGC podrá cantar victoria afirmando que ha dado una tremenda paliza a los estadounidenses y producido un resultado que no sería diferente del enfrentamiento israelí-Hizbulá en el verano de 2006.
El efecto político de esto será probablemente aún más explosivo que los combates en sí. No sólo despertará el gigante dormido del nacionalismo iraní, alineando a la amplia masa del pueblo con el régimen, también reforzará la imagen de Irán en la región y demostrará de una vez por todas que la República Islámica está dispuesta a combatir hasta la muerte para defender sus principios. Repentinamente se realzaría enormemente el prestigio de los aliados de Irán en la región –sobre todo protagonistas no estatales como Hizbulá y Hamás-.
Irónicamente, es probable que la agresión militar de EE.UU. acelere la actualización precisamente del panorama que los dirigentes políticos y militares estadounidenses insisten que están determinados a impedir, es decir un Irán con armas nucleares. Incluso si aceptamos el alegato contencioso de que el programa nuclear de Irán tiene una dimensión militar, la reacción inmediata de los gobernantes de Irán a la agresión militar sería iniciar un programa acelerado para producir un arma nuclear, como medio para disuadir una futura agresión.
Contrariamente a lo que parecen creer Mike Mullen y otros comandantes militares de EE.UU., un ataque militar contra Irán es realmente de lejos la peor opción. Sus consecuencias para Irán, la región y EE.UU. son peligrosamente imprevisibles, hasta el punto que cualquier decisión de atacar no sería otra cosa que de una irresponsabilidad sorprendente y muy posiblemente el peor error estratégico en la historia militar de EE.UU. Los protagonistas responsables en el sistema internacional deberían ejercer el máximo esfuerzo para evitar una guerra iraní-estadounidense.