30/7/10

Socialismo e imperialismo: Choque de trenes

Ernesto Rancano [Cuba] Comandante
Raúl Bracho
Aquella lejana noche en cualquier selva, cuando uno de los primeros seres humanos, quizá ante una terrible tormenta en aquel planeta casi despoblado por nuestra especie, nadie sabe o recuerda como, comenzó a frotar dos ramas secas y creó el fuego por primera vez, fue indudablemente  un gran momento en la historia de nuestra especie. Igual lo fue aquella enfrenta en la que alguno de nosotros transformó el temor y el miedo a que otra especie lo depredara, en una pedrada certera que determinó el gran poder que nos acompaña desde entonces: la imaginación.
De allí a nuestros días aquel descubrimiento del fuego y el poder de usar instrumentos para nuestra protección y desarrollo nos ha llevado por la historia desentrañando las intimidades del átomo y la inmensidad del cosmos que habitamos. A sido el comienzo de la sapiencia, de nuestra hermosa y temible capacidad de descifrar los secretos de la vida y de utilizar la sabiduría para ir entendiendo y transformando tanto nuestro interior como el planeta sobre el que vivimos.
Aquella chispa que encendió la primera llama, no ha cesado de hacernos crecer y dominar al resto de las especies. De ella nació la capacidad de transformar, de inventar, de crear. Nacieron luego los adoquines o las palmas con las que se construyeron casa y ciudades, la fuerza indetenible con la que nos fuimos separando del resto de las especies y dominando las fuerzas y los elementos.
Cada día que me levanto rodeado de tanta tecnología, de tanta historia recogida, de todos mis libros en los que aprendo del pasado e intento predecir el futuro, veo que de igual forma, nacieron casi juntas la maravillosa condición creadora con la capacidad de imponer por la fuerza nuestros caprichos. Una vez creada la conciencia del conocimiento, nació la dominación del hombre por el hombre. El más fuerte dominó al más débil y creó armas para mantenerlo sometido. Pero eso ya pasaba en la selva y es quizá la terrible herencia de la que hoy debemos desprendernos. Las fieras más salvajes someten aun a las más débiles, las que más corren devoran a las más lentas y los peces más grandes se tragan a los más chicos, la llamamos la fuerza de la supervivencia.
Hoy debemos parar la marcha y mirar hacia este pasado tan hermoso y tan terrible. Si es digno y valioso el poder tener medicinas para curarnos, es terrible de igual forma la gran capacidad de autodestruirnos. Así como los poemas de Vallejo o Neruda, nos acompañan declaraciones de guerra y esta terrible situación de riesgo a la que hemos llevado a nuestro planeta, porque toda esta historia a sido un camino de explotación de unos sobre otros, de ricos y de pobres, de poderosos y de débiles.
Cada lectura a las visiones de Fidel Castro, me trae el recuerdo de las palabras hermosas de Simón Bolívar cuando hablaba con el dios del tiempo. Parece ser que la comprensión de nuestra propia historia no nos lleva a otra parte que no sea a darnos cuenta del peligro en que nos hemos convertido tanto para nosotros como para el ambiente que nos rodea y no permite otra prédica que la esperanza en que sepamos cambiar a tiempo el dramático final que podrá tener nuestra presencia sino cambiamos los valores hegemónicos que el valor irreal del poder y del dinero han logrado, tristemente, al final de tan largo camino e imponemos con fuerza los valores perdidos del socialismo: la hermandad y la solidaridad.
El todo debe ser más que la suma de las partes, la sinergía del conjunto de nuestra presencia, debe terminar creando una ola de amor invencible que nos una definitivamente a todas y todos en la marcha revolucionaria hacia el salto al futuro. Cierto que a veces parece un final insalvable, como nos dicen las palabras de Fidel, pero esa misma capacidad de amor y compromiso en él mismo, que lo levanta de su lecho y lo trae a hablarnos y alertarnos, es la señal exacta de que hay camino. El amor a la humanidad, como bien lo decía el Che, es el sentimiento más claro en cualquier revolucionario.
Tempestades y truenos, explosiones y guerras, terremotos inducidos, sequías, inundaciones, desequilibrios. Todo eso trae la cosecha de milenios del ser humano sobre este planeta herido, un olor a tragedia y dolor nos llena de llanto nuestras almas, y sin embargo, desde el fondo de todas y todos los que estamos vivos, de los que dejamos atrás las apetencias `personales, los que nos unimos a la lucha por salvar la vida, nace incansable la respiración que llenará de aire y de vida a nuestra propia vida, que nos levantará a todos detrás del comandante enorme Fidel Castro y que nos llevará a la lucha final por la victoria.
¡Venceremos!
Yo venía envuelto en el manto de Iris, desde donde paga su tributo el caudaloso Orinoco al Dios de las aguas. Había visitado las encantadas fuentes amazónicas, y quise subir al atalaya del Universo. Busqué las huellas de La Condamine y de Humboldt seguílas audaz, nada me detuvo; llegué a la región glacial, el éter sofocaba mi aliento. Ninguna planta humana había hollado la corona diamantina que pusieron las manos de la Eternidad sobre las sienes excelsas del dominador del los Andes. Yo me dije: este manto de Iris que me ha servido de estandarte, ha recorrido en mis manos sobre regiones infernales, ha surcado los ríos y los mares, ha subido sobre los hombros gigantescos de los Andes; la tierra se ha allanado a los pies de Colombia, y el tiempo no ha podido detener la marcha de la libertad. Belona ha sido humillada por el resplandor de Iris, ¿y no podré yo trepar sobre los cabellos canosos del gigante de la tierra? Sí podré! Y arrebatado por la violencia de un espíritu desconocido para mí, que me parecía divino, dejé atrás las huellas de Humboldt, empañando los cristales eternos que circuyen el Chimborazo. Llego como impulsado por el genio que me animaba, y desfallezco al tocar con mi cabeza la copa del firmamento: tenía a mis pies los umbrales del abismo.
Un delirio febril embarga mi mente; me siento como encendido por un fuego extraño y superior. Era el Dios de Colombia que me poseía.
De repente se me presenta el Tiempo bajo el semblante venerable de un viejo cargado con los despojos de las edades: ceñudo, inclinado, calvo, rizada la tez, una hoz en la mano…
«Yo soy el padre de los siglos, soy el arcano de la fama y del secreto, mi madre fue la Eternidad; los límites de mi imperio los señala el Infinito; no hay sepulcro para mí, porque soy más poderoso que la Muerte; miro lo pasado, miro lo futuro, y por mis manos pasa lo presente. ¿Por qué te envaneces, niño o viejo, hombre o héroe? ¿Crees que es algo tu Universo? ¿Que levantaros sobre un átomo de la creación, es elevaros? ¿Pensáis que los instantes que llamáis siglos pueden servir de medida a mis arcanos? ¿Imagináis que habéis visto la Santa Verdad? ¿Suponéis locamente que vuestras acciones tienen algún precio a mis ojos? Todo es menos que un punto a la presencia del Infinito que es mi hermano».
Sobrecogido de un terror sagrado, «¿cómo, ¡oh Tiempo! —respondí— no ha de desvanecerse el mísero mortal que ha subido tan alto? He pasado a todos los hombres en fortuna, porque me he elevado sobre la cabeza de todos. Yo domino la tierra con mis plantas; llego al Eterno con mis manos; siento las prisiones infernales bullir bajo mis pasos; estoy mirando junto a mí rutilantes astros, los soles infinitos; mido sin asombro el espacio que encierra la materia, y en tu rostro leo la Historia de lo pasado y los pensamientos del Destino».
«Observa —me dijo—, aprende, conserva en tu mente lo que has visto, dibuja a los ojos de tus semejantes el cuadro del Universo físico, del Universo moral; no escondas los secretos que el cielo te ha revelado: di la verdad a los hombres».
La fantasma desapareció.
Absorto, yerto, por decirlo así, quedé exánime largo tiempo, tendido sobre aquel inmenso diamante que me servía de lecho. En fin, la tremenda voz de Colombia me grita; resucito, me incorporo, abro con mis propias manos los pesados párpados: vuelvo a ser hombre, y escribo mi delirio.
Delirio sobre el Chimborazo: Simón Bolívar