29/7/10

La relevancia filosófica de Manuel Sacristán

Joan Miró (España-Cataluña) El pájaro relámpago
                cegado por el fuego de la luna

José María Laso Prieto
Al producirse el fallecimiento del gran filósofo Manuel Sacristán (1925-1985) publiqué un artículo titulado «Réquiem por un filósofo crítico». Se publicó en un diario asturiano y asimismo en la revista Mundo Obrero. No tuve por él ninguna réplica, al contrario de lo que sucedió con un artículo de Gregorio López Raimundo, publicado también en M.O. Le criticó duramente el profesor Rafael Plá, físico y matemático de la Universidad de Valencia y miembro de la dirección del Partido Comunista. La crítica se debió a que Gregorio López Raimundo atribuía a Sacristán acertar cuando asumía las directrices del PCE y equivocarse cuando discrepaba de ellas. En mi artículo yo ensalzaba la mordiente crítica de Sacristán sobre los más diversos temas. Me hizo mucha gracia que calificase de «provecto teólogo» a F. Konstantinov, autor soviético de la obra El materialismo histórico que, a pesar de su excesivo dogmatismo, estuvo muy en boga entre los marxistas españoles. Después estudié el excelente prólogo de Sacristán a la edición de Grijalbo del AntiDühring. Tanto me impresionó, que tuve que copiarla a máquina debido a que entonces no había en España posibilidad de fotocopiarla. Más tarde cité ampliamente a Sacristán en mi trabajo «Perspectiva marxista de Goethe». Recuerdo que en su texto se mencionaba elogiosamente a Georg Lukács como «el viejo Néstor». Más tarde, en un viaje que hice a Barcelona, traté de saludar personalmente a Manuel Sacristán pero –a pesar de que me ayudó en la tarea la actriz Jeaninne Mestre– no pude localizarle debido a que entonces estaba descansando en una finca de la provincia de Gerona. En cambio, logré adquirir en la librería Cinqs d' Ors –a la que me llevó Jeannine– un libro sobre el tema de los partidos políticos que me fue muy útil para elaborar mi obra Introducción al pensamiento de Gramsci, que se publicó en 1973 por la Editorial Ayuso con prólogo del profesor Gustavo Bueno.
Anteriormente, al comienzo de 1970, asistí en el Club Cultural de Oviedo a la presentación del libro de Gustavo Bueno, El papel de la filosofía en el conjunto del saber, que se podía considerar como una réplica al opúsculo de Sacristán, La función de la filosofía en los estudios superiores. En el correspondiente coloquio fui el primero en intervenir. En mi intervención reproché a don Gustavo Bueno que, en su exposición, no hubiese tenido en cuenta –a pesar de los consejos de Federico Engels– la distinción entre materialismo e idealismo a todo lo largo del desarrollo de la filosofía. También le maticé su aseveración de que Sacristán incurría, a veces, en algunas formas de neopositivismo. Afirmé que acababa de asistir en Bilbao a una conferencia que Manuel Sacristán desarrolló en su Facultad de Ciencias Económicas, y que no había podido percibir en su exposición el menor atisbo de neopositivismo. Al finalizar mi intervención todos los presentes esperaban que el profesor Gustavo Bueno me «machacase», según la fama que se le atribuía. Por el contrario, acogió muy bien mi intervención y la elogió. Respecto al tema de la distinción entre materialismo e idealismo me dio la razón, pero en su descargo manifestó que no abordó el tema por salirse de la controversia que mantenía con el profesor Manuel Sacristán respecto a la función de la filosofía. Finalmente se congratuló de que Sacristán no hubiese incurrido durante su conferencia en Bilbao en posiciones neopositivistas. A continuación se produjo un curioso incidente que fue después muy comentado. El profesor David Ruiz se ofreció a presentarme a Gustavo Bueno. El filósofo asturiano creyó –por la densidad filosófica de mi intervención– que yo era profesor de filosofía de algún instituto de la región. Al decirle yo que, por el contrario, era vendedor de chocolate, quedó muy sorprendido. Le expliqué entonces que había sido profesor de filosofía marxista en los cursos clandestinos que desarrollábamos en el Penal de Burgos; dijo «–Ah, la famosa Universidad de Burgos». Desde entonces iniciamos una gran amistad que hemos mantenido hasta el presente.
Actualmente, con motivo del vigésimo aniversario del fallecimiento de Manuel Sacristán, la revista El viejo Topo ha editado un amplio dossier sobre el filósofo catalán con el siguiente contenido: I. «Tiza blanca sobre piza negra». Entrevista a Francisco Fernández Buey. II. «Manuel Sacristán y el sentido común: sobre ciencia, técnica y liberación», por Fernando Broncano. III. «Recuerdo de Manuel Sacristán, veinte años después», por Antoni Doménech. IV. «La paradójica radicalidad de la mesura», por Josep M. Pradera. V. «Integral Sacristán», por Xavier Juncosa. VI. «Propuestas editoriales para una transición», por Jordi Mier García. VII. «Como se piensa un fracaso», por José Luis Moreno Pestaña. VIII. «Manuel Sacristán, su impronta en México», por Ignacio Perrotín Hernández. IX. «Sacristán como crítico literario», por Carlos Piera. X. «Nosotros somos también del rebaño de Epicuro», por Vera Sacristán. XI. «Inteligencia y vida en Manuel Sacristán», por Llorenc Sagalés Cisquella. XII. «¿Fue Sacristán el primer marxista ecológico poststalinista?», por Eric Tello.
Dispongo de las obras completas del profesor Manuel Sacristán, tal y como han sido publicadas por la Editorial Icaria de Barcelona. Son cuatro gruesos tomos y produce asombro que en su relativamente corta vida pudiese haber escrito tanto y sobre tan diversos temas, con el título general de «Panfletos y Materiales». El primer tomo tiene por título Sobre Marx y marxismo. El segundo Papeles de filosofía. El tercero, Intervenciones políticas. El cuarto, Lecturas. En el tomo primero son especialmente significativos el prólogo a «Revolución en España» de K. Marx y F. Engels, y los textos «La tarea de Engels en el Anti-Dühring», «La formación del marxismo de Gramsci», «La filosofía de Lenin» y «La nota necrológica sobre Lukács». Del citado prólogo precisa Sacristán: «Quizá precisamente por su modestia dentro de la obra de Marx, los artículos contenidos en este volumen son una verdadera piedra de toque para juzgar a su autor. Es éste un filósofo y teórico de la sociedad que los ha escrito por motivos de pane lucrando, pan que siempre le fue muy escaso en Inglaterra. Más de un talento mostraría en circunstancias tales las mayores flaquezas de su personalidad intelectual. Pero, pese a ello, estos artículos son prototipos de la aplicación consciente y concienzuda de un método. Hay, ante todo, el historicismo de su autor: para comprender el mismo y hacer comprender a sus lectores el pronunciamiento de O'Donnell y Dulce, el insólito periodista promete y realmente ofrece «un conspecto de la historia revolucionaria de España.» (página 77.)
En su famoso prólogo a la edición de Grijalbo del Anti-Dühring, sostiene Sacristán:
«El Anti-Dühring ha sido, pues, escrito con una inmediata motivación política contra un oscuro confusionario hoy olvidado. Pero en el transcurso de su trabajo, Engels se ha visto llevado a polemizar también con la corriente ideológica, quizá siempre presente en su materialismo, que Dühring representó brevemente en su tiempo. Desde el punto de vista de la historia del socialismo, Dühring representa en efecto, pese a su petulante desprecio de los socialistas utópicos, una vuelta a la fundamentación utópica e idealista del movimiento obrero. Pues toda teoría socialista se basa, según Dühring, en categorías morales abstractas, como la Justicia, la Igualdad, la recusación de la 'propiedad violenta', &c. Mientras polemiza con Dühring, Engels va exponiendo, por necesidad de la argumentación, los fundamentos de lo que suele llamarse 'socialismo científico', esto es de un socialismo que ve su fundamento en la realidad histórica, en la vida real humana, y no en la mera voluntad moralmente cualificada.
No se trata, naturalmente, de que el marxismo carezca de motivaciones morales, Marx ha dicho criticando a Feuerbach, que la palabra «Comunista» no tiene contenido meramente teórico, porque significa militante de un determinado partido, en lo que va implícito un reconocimiento de componentes morales que cualquiera que tenga derecho a llamarse «Comunista» en el sentido de Marx, pues el militar en un partido es el resultado de una decisión, cosa de la moral. Pero el marxismo se caracteriza en ese punto por la afirmación de que el contenido de los postulados morales debe buscarse en la realidad.»
La formación del marxismo en Gramsci
Otro de los trabajos filosóficos de Manuel Sacristán más interesantes es el titulado «La formación del marxismo en Gramsci». Fue el primer texto de Sacristán que conocí, debido a que me lo dejó en 1963, durante mi reclusión en el penal de Burgos, el compañero Antoni Gutiérrez Díaz. Tal texto de Sacristán comienza así:

«Hace 30 años daba Radio Barcelona la noticia de la muerte de Antonio Gramsci el (día 27 de abril de 1937 a los 46 años de edad y a los seis de haber cumplido condena bajo el primero de los fascismos europeos. La obra de Gramsci es el origen del interesante marxismo italiano contemporáneo y sigue presente en él incluso cuando éste se hace crítico y polémico respecto a su verdadero fundador. Gramsci es un clásico marxista de los mejor leídos, de los menos embalsamados. Eso explica la variada complejidad de la literatura gramsciana. De los numerosos temas propuestos y mejor o peor resueltos por esa abundante literatura (a la que sigue faltando, sin embargo, la base de una verdadera edición crítica, todavía en preparación) se va a discutir en estas líneas uno muy limitado, que no rebasa en mucho la juventud del pensador político: la formación del marxismo de Gramsci puede, en efecto, considerarse ultimada en lo esencial en la época de L'Ordine Nuovo (1919-1920) seis años antes de la detención (8-XI-1926) que no acabaría prácticamente sino con su muerte.»
El filosofar de Lenin
Con éste título aborda Manuel Sacristán otro tema filosófico muy relevante. Sostiene, la insuficiencia técnica o profesional, de los escritos filosóficos de Lenin, salta a la vista del lector. Para ignorarla hace falta la premeditación del demagogo o la oscuridad del devoto. Pero también es posible diluirla en la interpretación, como ha hecho Vittorio Strada en un artículo, por lo demás tan penetrante y de tanta información como pueden ser los de éste autor. O se puede obviar parcialmente el problema pasando al ataque, como Althusser en su ensayo de 1969, en el que explica (fundadamente) el divorcio entre Lenin y la filosofía académica, por el hecho de que entre Lenin y la filosofía establecida hay una relación propiamente intolerable: aquella por la cual la filosofía reinante se siente herida en lo mismo que tiene reprimido en sí, en la política. Pero la cuestión tiene importancia por sí misma. El estudio de la insuficiencia académica de los escritos de Lenin, la decisión de tomársela en serio, abre un camino para la comprensión de su modo de trabajar intelectualmente e incluso de algunas de sus concepciones teóricas más generales . El desprecio de la diferencia o el matiz filosóficos, es el defecto más característico del filosofar de Lenin. Baste con recordar las expeditivas identificaciones del pensamiento de Mach o de Berkeley, o del de Bogdanov con el de Mach, en Materialismo y empirocriticismo. Agrava el problema planteado por las excesivas simplificaciones de Lenin, él mismo justificándolas, a veces agresivamente, como cuando escribe, en Materialismo y Empirocriticismo:
«Los filósofos profesionales son muy aficionados a llamar sistemas originales a las diminutas alteraciones que uno u otro de ellos introduce en la terminología o en la argumentación. El desprecio al matiz filosófico –matiz es concepto– le lleva a anular más o menos conscientemente, reduciéndolas a vanidad o a mala intención, peculiaridades de léxico que pueden tener importancia científica o acaso ideológica, en ambos casos de interés para la compresión del reflejo sobreestructural de la lucha de clases. La innovación léxica, sobre todo, irrita visiblemente a Lenin, el cual no ve en las formulaciones de los empirocriticistas, por ejemplo, sino una «maleza» de (...), terminología cuasi científica, retorcida, premeditadamente, oscurecedora de la cosa y hecha para alejar de la filosofía al gran público (ME 63). El misoneísmo consiguiente le acarrea la ingenuidad de considerar «sentido humano» a los términos filosóficos, con el sentido acuñado, –generalmente con poca precisión–, por las anteriores generaciones de Filosofía (ME 50).
«La consecuencia más grave del vicio del desprecio del matiz filosófico, es la falsedad de la argumentación que se puede producir por el verbalismo misoneísta o por provinciana ignorancia, de las peculiaridades de ámbitos filosóficos o culturales diferentes de aquel en que vive o se ha formado el escritor.»
En este texto, el profesor Sacristán tiene toda la razón debido a que Lenin elaboró Materialismo y empirocriticismo antes de haber estudiado a fondo la Lógica de Hegel. Una vez realizada tal tarea, en el posterior libro filosófico de Lenin, Cuadernos filosóficos, ya no incurre en tales errores. Así, en su trabajo «Lenin y la Filosofía», el profesor Sacristán precisa:
«La autocrítica de Lenin se ha anticipado a sus críticos. Cuando profundiza su conocimiento de Hegel, en 1914-1916, llega incluso a formularse la crítica que veinte años más tarde le dirigirán Pannekoek y Korsh, a saber, el haber criticado el empirocriticismo más desde el punto de vista del antiguo materialismo filosófico de la burguesía revolucionaria del siglo XVIII, que desde el punto de vista del materialismo dialéctico de Marx y Engels. Pero ya en 1908, cuando escribía Materialismo y empirio criticismo, Lenin sabía que estaba realizando una tarea elemental, una divulgación combativa que consideraba necesaria en una época de ofensiva de las ideologías tradicionales, 'fideístas', al servicio de las clases dominantes. Lenin expone en ese libro que Marx y Engels no se habían visto en la necesidad de difundir y remachar las actitudes materialistas elementales porque habían vivido en una 'época en que la clase obrera no conocía la influencia idealista que representan ahora para él los bolcheviques empiriocriticistas'. Lenin, por su parte, se considera obligado a una campaña básica, indiferente al riesgo de vulgarización del que Marx y Engels, dice, pudieron distanciarse.»
Nota necrológica sobre Lukács
En un interesante texto, que Manuel Sacristán publicó en la revista El Ciervo, en junio de 1971, decía:
«Lukács ha muerto mientras trabajaba en una tarea –la Ontología del ser social– planeada desde hacía muchos años; y mientras no sólo él, sino también varios de sus discípulos y colaboradores más inmediatos trabajaban en el terreno de la filosofía política, según las tesis que Lukács había enunciado mediados los años sesenta; a saber; que la recuperación del movimiento obrero revolucionario, del movimiento comunista, exige poner ahora en primer término el motivo de la 'reforma del hombre', no la simple reforma económica básica. Cuando hace diez, cinco, setenta años, oía hablar de esos proyectos, quedaba perplejo y hasta un poco divertido. Efectivamente Lukács ha muerto sin terminar la «Estética», ni la «Antología», ni las «Memorias» que, según frase digna de recuerdo del casi octogenario, pensaba 'redactar' una vez terminados aquellos trabajos. Y sólo ha podido completar y comentar los primeros tanteos en la tarea antropológica-revolucionaria a que se dedican algunos discípulos suyos. Pero el rasgo es esencial al personaje. Lukács ha realizado más que el mismo Aristóteles la divisa de un Ser Humano como 'arqueros que tienden a un blanco'. Ha sido una vida planificada, y su moral, la moral del plan.»
Como ejemplo notable de la diversidad de los enfoques filosóficos de Manuel Sacristán conviene tener en cuenta su texto «Homenaje a Ortega», publicado en la revista Laye número 23 (abril-junio de 1953):
«Una tradición venerable distingue entre el sabio y el que sabe muchas cosas. El sabio añade al conocimiento de las cosas un saber de sí mismo y de los demás hombres, y de lo que interesa al hombre. El sabedor de cosas cumple con comunicar sus conocimientos. El sabio, en cambio, está obligado a más: si cumple su obligación, señala fines. De todos modos hay que señalarlos: poniéndolos fuera de la vida de cada hombre, sin tomar en cuenta los trabajos de éste por alcanzarlos y dando por bueno su logro casual, o preocupándose, más por su consecución, a que los hombres se lo propongan. Esta última fue la preocupación de Sócrates, que su nieto Aristóteles expresó de este modo: 'Seamos como arqueros que tienden a un blanco'. Tal es la divisa de Ortega. Cuando el sabio enseña así los fines del hombre más que enseñar cosas lo que enseña es a ser hombre. Enseña a bien protagonizar el drama que es la vida, a vertebrar el cuerpo que es la sociedad a construir, el organismo que es nuestro mundo, a vitalizar todo lo que es la vida común desde el contacto al lenguaje. Todo lo que ha enseñado Ortega en su socrática lección explicada a lo largo de 53 años. Su obra, además de enseñar cosas, enseña a vivir y todo lo que el vivir conlleva (ahí están sus escritos políticos): hablar –él ha recreado la lengua castellana–, amar –en Alemania los estudios «Werden die libe» son regalo de primavera–. En suma, Ortega ha cumplido respecto a los españoles una función tan decisiva como la que cumplió Sócrates respecto a los griegos. Razón que justifica largamente el homenaje que hoy le rinde Laye.»
A mi juicio, y por las mismas razones, este texto de Sacristán sobre Ortega y Gasset, yo lo aplicaría al profesor Gustavo Bueno. Y así lo sostuve en mi trabajo «Un Sócrates de nuestro tiempo».