18/7/10

El velo islámico y Europa


Dimitri Kósirev  / RIA Novosti                                                                                                                       
La reciente votación en el Parlamento francés sobre la prohibición del velo  islámico es interesante desde varios puntos de vista. En  primer lugar sorprende la unanimidad de los parlamentarios: 335 votos a favor y sólo uno en contra.
Semejante unanimidad también es sorprendente al observar los resultados de una encuesta llevada a cabo en Europa y EE.UU. por el centro de estudios Pew en vísperas de la votación de la Asamblea Nacional francesa.
 Según dicha encuesta, dos tercios de los americanos estarían en contra de la prohibición del velo islámico si se planteara su introducción en los estados de la Unión.
 Por el contrario en Europa, a favor de la prohibición del velo islámico se pronuncia el 71% de los alemanes, el 62% de los británicos y el 59% de los españoles (no hay resultados de otros países).
 Todo ello parece sugerir la necesidad de debatir porqué precisamente ahora se están sacando a relucir asuntos que a lo largo de siglos estaban literalmente "ocultos tras un velo impenetrable".

La primera pregunta es, porqué se propone la prohibición del velo islámico precisamente en este momento y porqué en Francia, un país que siempre ha sido lugar de acogida para oleadas de inmigrantes, rusos, turcos o árabes. Incluso el Ayatolá Jomeini, sin ir más lejos, vivió una larga temporada en París y a los franceses no les dio  miedo ni el velo, ni el burka.
La razón de la actual reacción de la sociedad francesa es el miedo. Hace un siglo, Francia no llegaba a dominar medio mundo como Inglaterra pero, no obstante, tenía un gran número de colonias en Indochina, África, etc. Hace un siglo, por tanto, la ilusión de la supremacía europea les permitía a los franceses mostrarse tolerantes con las manifestaciones de extravagancia étnica en las calles parisinas.
Más bien al contrario, tales muestras eran consideradas como símbolos del papel jugado por Francia en la creación de una sociedad multiétnica.
No obstante, en estos momentos, la época de la supremacía europea, sobre todo desde un punto de vista moral, está llegando a su final. Las civilizaciones que están apareciendo en el escenario mundial, es decir, la china, la india y la latinoamericana, no entran en conflicto con la europea.
La situación con el mundo islámico parece es, sin embargo, bien diferente. Para una mujer musulmana el velo sirve de protección contra la suciedad del mundo, es símbolo de pureza. Los europeos lo ven, sin embargo, como señal de que el negro demonio de la muerte está al acecho. Visto así, nadie soportará ver burkas en las calles de la capital francesa.
Merece la pena recordar que, en el siglo VII, que presenció el nacimiento del mundo árabe y del Islam, casi todas las mujeres de Constantinopla, Jerusalén, La Meca, Antioquía y Alejandría solían esconder sus rostros tras el velo. No se trataba de seguir una moda, sino de cumplir una serie de normas de higiene en un clima seco y soleado.
 Es de entender, por lo tanto, que el Corán hable del velo. El Libro Sagrado del Islam contiene muchas prescripciones de carácter médico, apropiadas para aquella época y aquella parte del mundo. La civilización occidental, que se desplazó luego del Mediterráneo oriental hacia Occidente, con un clima por completo diferente, con el pasar de los siglos mantuvo solamente algún residuo de los antiguos velos, en forma de adornos en los sombreros femeninos.
Los musulmanes en cambio, que sufrieron una auténtica crisis de su civilización con los ataques de Gengis Kan, trataron de mantener esas normas higiénicas como religiosas.
Aquella crisis de la civilización musulmana acarrea ahora consecuencias inesperadas. El mundo islámico se está dando cuenta que se ve superado no tanto por los colonizadores europeos, sino por los representantes civiles de otras civilizaciones. Y la razón de ello radica en la especial actitud hacia el cuerpo humano, contenida en las nociones básicas del Islam y de la cristiandad también.
Estas dos religiones no son nada más que dos ramificaciones del árbol mediterráneo. A partir del siglo VII ambas doctrinas, quizás la cristiana más todavía, buscaban subyugar el cuerpo humano, elevando su espíritu (los santos, por lo tanto, debían fustigar su carne, extenuándose físicamente).
La Iglesia en Europa castigaba con la muerte la infidelidad a la par que una excesiva creatividad sexual entre cónyuges. El Islam estaba libre de estas ideas, pero no del miedo de enseñar el cuerpo. Y no lo está hasta hoy día.
La académica francesa Helene Carer d´Ancos señala que la actual civilización europea no se basa solamente en la tradición cristiana, sino en la confrontación de la sociedad con la Iglesia (recordemos a Voltaire y a otros muchos). El culto del cuerpo, incluido el femenino, nos viene de la época precristiana. Los musulmanes optaron por no asimilar esta tradición y ésta es la razón del conflicto.
Europa ha sido capaz de superar muchas cosas, perfeccionando a sí misma. Un brillante ejemplo de ello es el concepto de América como una Europa mejorada y libre de prejuicios medievales. No es de sorprender, entonces, que los estadounidenses sean más tolerantes respecto al velo islámico.
Europa y América no dejan de ser civilizaciones muy dispares y sus respuestas a los retos de la actualidad serán, por consiguiente, diferentes. No es que a los habitantes de los Estados Unidos no les den miedo los cambios que se están operando en el mundo, es que sus temores son diferentes.
No se sabe, cuál será la reacción del mundo islámico a la decisión tomada en París. Probablemente los musulmanes podrían entrar en una nueva época, en la que sus mujeres puedan aparecer en la playa o en la piscina con trajes de baño convencionales en vez de vestidas como lo hacen ahora.
No obstante, sería una pena si se adelantaran demasiado por el camino de la liberación femenina y las musulmanas se convirtieran en unos monstruos musculosos como las feministas americanas.