31/7/10

El político y el científico: Homenaje a Juan Carlos Portantiero

 
Claudia Hilb 

Publicamos, por especial gentileza da autora e dos editores, o prefácio de El político e el científico. Ensayos em homenaje a Juan Carlos Portantiero (Buenos Aires: Siglo XXI Editores, 2009. 264p.). Ao longo dos anos, Gramsci e o Brasil tem destacado as personalidades de Portantiero (1934-2007) e de José Aricó (1931-1991), bem como as iniciativas em torno da célebre revista Pasado y Presente e dos seus Cuadernos, que tiveram um papel fundamental na divulgação, por toda a América Latina, de um marxismo aberto e plural: nas palavras de Aricó, em cada número da revista ou em cada livro publicado, entre os anos sessenta e oitenta do século passado, era fundamental “a ideia de que não existia ‘o’ marxismo, mas desde o início existiram ‘os’ marxismos”, o que colocou a ação pedagógica de Portantiero e Aricó a salvo “das simplificações bizarras de uma historiografia a serviço da política”.
A acidentada trajetória de Portantiero não excluiu vínculos com a experiência guerrilheira, seja na vertente guevarista, seja na versão peronista dos Montoneros, no período que precede os traumáticos anos de chumbo da ditadura argentina.
No entanto, ao fim e ao cabo desta trajetória e especialmente a partir do exílio mexicano, restaram algumas poucas certezas, sintetizadas por Emílio de Ípola, um dos coautores deste El político y el científico. Citamos: a defesa da democracia como um valor per se; o apoio ao Estado de direito e aos controles institucionais; a defesa do pluralismo; a tipificação do fracasso da experiência guerrilheira como um erro de princípio e não como uma derrota contingente; o rechaço à via armada como via política legítima. Este pequeno, mas denso, conjunto de valores, além de fazer jus à memória de um grande e original pensador, como Portantiero, inspira todos aqueles que se empenham na hipótese da renovação democrática do pensamento socialista. (Luiz Sérgio Henriques) 

“Yo tengo con la política una relación extraña: no puedo vivir sin la política, no puedo pensar sin la política, pero no me puedo dedicar a la política”, reflexionaba Juan Carlos Portantiero en una entrevista centrada en su trayectoria político-intelectual en agosto de 2005 (Tortti y Chama, 2005) [1]. La pasión política, el espíritu político, es el fondo del cuadro sobre el cual se proyecta el trazo de una vida que representa de la mejor manera, como pocas, la figura del intelectual de izquierda en la segunda mitad del siglo XX en la Argentina.
El presente libro se propone rendir tributo al recuerdo de Juan Carlos Portantiero, a su espíritu político y a su pasión de pensamiento, a través de una colección de ensayos de intelectuales de diferentes generaciones que, de distintas maneras, cruzaron y compartieron interrogantes, intereses y diálogos con Portantiero durante su vida. Surgido de una iniciativa de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA) — de la cual Portantiero fue decano durante dos períodos (de 1990 a 1994 y de 1994 a 1998) —, ha sido ideado como un volumen donde, a través de las contribuciones de quienes fueron de diversas maneras sus interlocutores, pueda recrearse una escena de circulación de temáticas y preocupaciones que son, en cada caso, las de quienes participan de este libro, y que fueron también, de modo diverso, las de Portantiero durante su larga y fructífera trayectoria intelectual. Hemos considerado, y así lo han asumido con generosidad los autores, que el mejor homenaje a nuestro amigo era continuar dialogando conjuntamente sobre los asuntos que fueron durante estos años de común interés, de cada uno y de todos.
Antes de detenerme en el modo en que los textos prosiguen ese diálogo, me permitiré, muy sucintamente, restituir algunos de los trazos centrales de la biografía intelectual de Juan Carlos Portantiero. Para quienes tuvieron la dicha personal e intelectual de cruzar sus caminos, afectivos, políticos y profesionales con el recorrido de Juan Carlos Portantiero — para todos los que componen este libro y para tantos más — esa restitución es sin duda innecesaria. Todo lo que en ella se dice es por ellos más que conocido, cada uno podría mejorarlo, adornarlo, darle la carnadura emocional de la que el breve relato que sigue prescinde tal vez en demasía. Pero he querido aquí pensar en los otros, en quienes no lo conocieron, o en quienes lo conocieron apenas; he querido en pocas páginas restituir muy apretadamente la biografía intelectual de un hombre que, sin duda, futuras generaciones de sociólogos y politólogos continuarán frecuentando como un clásico del pensamiento sociopolítico argentino cuando nosotros ya no estemos aquí para rememorar quién era, más íntimamente, el Negro Portantiero [2].
Nacido en 1934 en el seno de una familia de simpatías socialistas, Juan Carlos Portantiero solía relatar risueñamente que su acercamiento al Partido Comunista (PC) había sido el resultado de su intento fallido de afiliarse, a los 15 años, al Partido Socialista (PS) [3]. Ese acercamiento lo llevaría en 1952, recién ingresado a la Facultad de Derecho, a afiliarse ya formalmente a la Federación Juvenil Comunista. Muy rápidamente dejaría la Facultad de Derecho por la carrera de Letras y muy rápidamente también pasaría a trabajar en las publicaciones oficiales del PC que serían legalizadas en 1955 tras la caída de Perón. De 1955 a 1959 Portantiero fue, en sus propias palabras, “funcionario del partido en la parte periodística” (Tortti y Chama, 2005), desempeñándose sobre todo en Nuestra Palabra y colaborando con el periódico Hora, en cuya redacción figuraban otros jóvenes de futura notoriedad como Juan Gelman, Andrés Rivera, Manuel Mora y Araujo o Ezequiel Gallo.
Tras el cierre por parte de Frondizi de la prensa comunista, Portantiero trabajaría unos años como periodista en Clarín al tiempo que dejaría la carrera de Letras para ingresar a la de Sociología mientras continuaba su militancia en el PC. Para entonces ya revistaba como integrante de la Comisión de Cultura y oficiaba a la vez de virtual secretario de redacción de Cuadernos de Cultura, dirigida por Héctor P. Agosti, introductor de Gramsci en la Argentina, quien encarnaba los aires más aperturistas y modernos en el PC local.
La figura de Agosti fue sin lugar a dudas fundamental para la formación de un grupo de jóvenes comunistas que, a la vez que encontraban en el PC una proyección para imaginar un mundo diferente, entendían que ese mundo, lejos de quedar encorsetado por doctrinas monolíticas, debía nutrirse de lo mejor de la creación intelectual y cultural de las vanguardias políticas y estéticas de la época. Desde su ingreso mismo al partido, Portantiero había estado en contacto estrecho con Agosti, quien lo convertiría en poco tiempo en una suerte de discípulo (Burgos, 2004: 52). De ese período data su primer libro, Realismo y realidad en la narrativa argentina (1961) que, reelaborando un tema caro a Agosti, acentúa la tesis del desajuste entre cultura y nación en la tradición argentina [4]. En el texto se percibe la influencia del propio Agosti como así también la influencia que — a través de éste — el debate cultural de la izquierda italiana en general y la figura de Antonio Gramsci en particular ejercen sobre el núcleo de jóvenes comunistas reunidos a su alrededor. Haciéndose eco y amplificando las posturas que resultarían más revulsivas para la ortodoxia del comunismo argentino, el libro, señalará años después el propio autor, “en realidad es un prólogo a la ruptura ideológica con el partido” (Mocca, 2005) [5]. De ese período también data la conformación del núcleo de jóvenes que, junto con Portantiero, dará origen poco después a Pasado y Presente, la revista que representa, en sus distintas épocas, una de las más influyentes aventuras político-intelectuales de la izquierda argentina en la segunda mitad del siglo XX.
Fue precisamente bajo el ala protectora de Héctor P. Agosti y a través de su participación en Cuadernos de Cultura que las voces jóvenes, inteligentes y críticas de los cordobeses José Aricó, Héctor Schmucler y Oscar del Barco entraron en contacto con esa otra voz porteña joven, inteligente y crítica de Juan Carlos Portantiero. Aricó era, por entonces, secretario de Organización de la Federación Juvenil del Partido Comunista en la provincia de Córdoba y, junto con del Barco, Schmucler y otros jóvenes intelectuales, encarnaba allí un movimiento fuertemente renovador de los contenidos ortodoxos del marxismo, tal como eran entendidos por las corrientes dominantes del PC argentino. El primer número de Pasado y Presente, urdido principalmente por el núcleo cordobés, cuenta ya con una participación de Portantiero, quien si bien acompaña activamente el proceso no figura aún en su Consejo editorial (Burgos, 2004: 69; Mocca, 2005; Tortti y Chama, 2005: 239) [6]. La reacción del PC ante la aparición de la revista — editada por quienes siguen siendo militantes comunistas — y su radical heterodoxia marxista será la expulsión de sus principales animadores cordobeses. Casi simultáneamente, el mismo Portantiero, erigido por un grupo de jóvenes universitarios comunistas de Buenos Aires como referente de sus cuestionamientos a la línea oficial, será a su vez expulsado del partido.
Pese a la distancia geográfica y a las opciones disímiles de salida iniciales — el grupo cordobés continuará operando, esencialmente, como un grupo inorgánico pero de gran influencia político-cultural, mientras que Portantiero conformará con los jóvenes que lo apoyan un núcleo político de efímera existencia (Burgos, 2004: 79; Mocca, 2005) [7] —, Portantiero seguirá ligado a Pasado y Presente y estrechará aún más sus vínculos político-intelectuales con Aricó, articulando un marxismo heterodoxo nutrido del debate italiano y de las experiencias revolucionarias de la época [8]. Con Aricó ya radicado en Buenos Aires, ese vínculo se transformará en una férrea amistad — una hermandad, en palabras de Portantiero — que cultivarán hasta la muerte de aquél en 1991.
Tras su expulsión del PC, Portantiero había retomado sus estudios de sociología, renunciado a su empleo en Clarín y comenzado a trabajar en las oficinas (clandestinas) de Prensa Latina (Mocca, 2005). Alejado de la política activa, en 1966 egresa finalmente de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA con el título de Licenciado en Sociología. El golpe de Estado de Onganía lo encuentra como ayudante regular de la cátedra de Sociología Sistemática cuyo titular es Miguel Murmis. Si bien éste es obligado a alejarse de la facultad tras la intervención de la universidad, Portantiero puede permanecer en su cargo; unos años después obtendrá por concurso el puesto de adjunto en las cátedras de Introducción a la Sociología y de Sociología Sistemática [9]. Será precisamente Murmis quien invite a Portantiero a incorporarse al Centro de Investigaciones Sociológicas del Instituto Di Tella para colaborar en un proyecto sobre el peronismo. De esa colaboración emergerán dos artículos conjuntos, “Crecimiento industrial y alianzas de clase en la Argentina (1930-1940)” y “El movimiento obrero en los orígenes del peronismo”, que, reunidos en un solo volumen bajo el título de Estudios sobre los orígenes del peronismo, se convertirían en uno de los mayores clásicos de la sociología argentina.
¿Qué fue lo que hizo que Estudios sobre los orígenes del peronismo se transformara tan rápidamente en un clásico? En su ensayo introductorio a la reedición del libro en 2004, Hernán Camarero señala de manera precisa el modo en que en dicha obra se entretejen la reivindicación de una mirada sociológica, no ideológica, sobre el fenómeno de la conformación del peronismo con argumentos de fuerte contenido político. Portantiero, recuerda, ya había afirmado en ocasiones anteriores que la incomprensión del peronismo era responsable de la incapacidad de la izquierda para insertarse en la clase obrera — comprender el peronismo era, por ende, una tarea de importancia a la vez intelectual y política —. Estudios sobre los orígenes del peronismo hacía frente a la clásica tesis de Germani que entendía que el corte abrupto entre una vieja clase obrera, sindicalizada y clasista, y una nueva clase obrera, sin experiencia previa, proveniente de las áreas rurales y conformada al calor del proceso de sustitución de importaciones, proveía la clave de inteligibilidad para la incorporación de esta masa de nuevos trabajadores a un proyecto autoritario y demagógico como el que representaría Perón. Sin negar las transformaciones en la composición de la clase obrera, el libro de Murmis y Portantiero — en particular el ensayo “El movimiento obrero en los orígenes del peronismo” — desarticulaba la asociación lineal entre viejos obreros y clasismo, y nuevos obreros y peronismo, a través de un estudio más multifacético de las transformaciones del mundo obrero durante la década del treinta. Así, como lo sintetiza Camarero, “la obra de Murmis y Portantiero vino a intervenir en una polémica global y de creciente interés, pero apelando a una lógica argumentativa y a una tecnología retórica de la ciencia social” (Camarero, 2004: 24). De hecho, ya sea que se aprobaran o se discutieran sus tesis, el libro seguiría siendo una referencia ineludible para todos los estudios posteriores relativos a la evolución del movimiento obrero argentino durante los años 1930-1945.
Del mismo año 1971 data la publicación en Italia de Studenti e rivoluzione nell´America Latina, estudio de la Reforma Universitaria de 1918 y de su proyección en América Latina durante las décadas posteriores, realizado por pedido de una editorial italiana y editado en castellano en México en 1978 bajo el título Estudiantes y política en América Latina. El proceso de la reforma universitaria, 1918-1938. Si podemos sin esfuerzo reconocer en ese texto una fuerte impronta gramsciana, ésta se manifestará en su más alta expresión en el influyente “Clases dominantes y crisis política”, publicado en el número 1 de la segunda época de Pasado y Presente [10]: partiendo del diagnóstico de una situación de “empate hegemónico” [11], el artículo analiza los escenarios y condiciones políticas, sociales y económicas para la articulación de un nuevo bloque hegemónico capaz de quebrar esa situación de equilibrio. El artículo de Portantiero se inscribe de manera destacada en el proyecto de la segunda época de Pasado y Presente: los tres números aparecidos en 1973 revelan el interés de sus animadores por articular en el plano del debate de las ideas el socialismo de sus impulsores con el peronismo combativo en auge, dando forma pública al acercamiento del grupo de Pasado y Presente a las expresiones del peronismo radicalizado — Montoneros y FAR — producido durante los primeros años de la década de los setenta [12].
Esta cercanía irá mermando a medida que se vaya acelerando la militarización de Montoneros, y que la figura de Roberto Quieto, principal contacto de Portantiero y Aricó con dicha organización, vaya quedando relegada[13]. Simultáneamente, en el contexto de la derechización del gobierno peronista, Portantiero es expulsado de la universidad por la intervención al mando de Alberto Ottalagano en septiembre de 1974. En 1975 es nombrado profesor de la sede Buenos Aires de FLACSO (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales), donde permanecerá hasta su partida al exilio en México en 1976.
De 1975, año de recobrada tranquilidad intelectual tras su alejamiento de la intervención política más activa y la recuperación de un ámbito de trabajo institucional, data la elaboración de otro de los principales textos de Portantiero, Los usos de Gramsci, que recién será publicado en el exilio mexicano [14]. El texto es a la vez un erudito estudio del pensamiento político del marxista sardo, de las distintas etapas de su producción, y una reflexión acerca de las lecturas parciales de las que ese pensamiento es susceptible. Y es además, él mismo, un ejemplo singularmente rico de los usos de Gramsci, de un Gramsci puesto por Portantiero al servicio de la necesidad de pensar los modos en que, en una situación de reflujo, cuando no de derrota, las clases populares pueden encarar la reorganización de sus alternativas políticas [15].
Ante la creciente amenaza que, pese a su alejamiento de la política activa, representa el régimen militar — ya Jorge Tula y Alberto Díaz, directivos de Siglo XXI, editorial creada en estrecha relación con Pasado y Presente, y Emilio de Ípola, amigo y colega de FLACSO, han sido encarcelados — Portantiero acuerda con FLACSO su traslado a la flamante sede de México. Allí se reencontrará con Aricó, con Tula y con de Ípola tras su liberación de la cárcel; también con otros intelectuales, antiguos activistas políticos y amigos ligados de más cerca o más lejos a la aventura de Pasado y Presente (Schmucler, Chiaramonte, Crespo) y con otros que, como Oscar Terán, sin provenir de la misma experiencia, están dispuestos, como ellos, a repensar los motivos del tremendo fracaso de las aspiraciones populares en la Argentina.
En su intervención en el homenaje a Portantiero realizado por el Club de Cultura Socialista en noviembre del 2007, Emilio de Ípola bautizó el período mexicano de Portantiero como “El tiempo de la reflexión”. Es en esos primeros años en México que Portantiero entrará en diálogo con otros intelectuales procedentes de distintos horizontes geográficos y de un mismo horizonte marxista que, como él y sus amigos, están incursionando en una revisión descarnada de sus convicciones y certezas pasadas: Giacomo Marramao, Biagio de Giovanni, Giuseppe Vacca en Italia; Ludolfo Paramio y Fernando Claudín en España; Manuel Antonio Garretón y Norbert Lechner en Chile. Es también en esos años — en 1979 — que aparecerá la revista Controversia, en la que Portantiero jugará un rol central y en la que se conjugan las voces tanto de quienes provienen de una tradición marxista y se reivindica socialistas (el propio Portantiero, José Aricó, Jorge Tula, Emilio de Ípola, Oscar Terán, Sergio Bufano, por nombrar a algunos) como de quienes, también exiliados, provienen de la tradición peronista (Nicolás Casullo, Sergio Caletti, Alcira Argumedo, e.a.). La revista será el escenario de una reflexión amplia y abierta sobre la crisis teórica del marxismo y también sobre las experiencias políticas revolucionarias recientes en la Argentina y América Latina [16]. De la experiencia de Controversia surgirá, poco después, siempre animado por Portantiero y Aricó, el “Grupo de Discusión Socialista”: mensualmente, alrededor de una comida, un amplio grupo de exiliados, en su mayoría intelectuales, se reúne para discutir temas de teoría y de política, en un clima de amplio debate y de fuerte revisión crítica. Este colectivo confluirá en su regreso a la Argentina con el grupo que, impulsado por Carlos Altamirano y Beatriz Sarlo, había logrado contra viento y marea seguir pensando en el país, primero alrededor de la revista Los Libros y luego desde Punto de Vista. Del encuentro de ambos grupos surgiría — en 1984 — esa otra gran aventura político-intelectual que fue el Club de Cultura Socialista, en la que Portantiero tendría una vez más un rol destacadísimo.
De esta etapa del exilio, de revisión de certezas, de reformulación de preguntas y de búsqueda de nuevos caminos, emergen, además de los ya nombrados, algunos textos claves de la obra de Juan Carlos Portantiero. En “Lo nacional-popular y los populismos realmente existentes” (1981), escrito en colaboración con Emilio de Ípola, en “Democracia y socialismo: una relación difícil” (1981), en “Socialismos y política en América Latina” (1982), y en otros textos de la misma época, Portantiero emprende la reinterrogación de la relación entre populismo y democracia, y entre democracia y socialismo, a partir de una reapropiación de la tradición liberal, que debe ahora ser pensada en su conjunción con la democracia y el socialismo, en un camino próximo al de un autor como Norberto Bobbio (de Ípola, 2007) y que marcará de manera definitiva su obra posterior [17]. El Portantiero que regresa a la Argentina tras el retorno de la democracia es, como muchos de sus colegas y amigos del exilio mexicano, un intelectual más atento a las tradiciones liberales y democráticas del socialismo, que ha asimilado de manera radical las consecuencias de la crisis del marxismo occidental y de los fracasos de las experiencias revolucionarias del Cono Sur de América Latina. No sólo las ha asimilado, por cierto, sino que con su producción y su intervención político-cultural ha contribuido de manera señalada con ese proceso de revisión. La aparición de Ensayos sobre la transición democrática (1987, en colaboración con José Nun) y La producción de un orden (1988), dos volúmenes en los que se condensa el trabajo de Portantiero durante sus últimos años en México y los primeros del regreso a la Argentina, dedicado en particular a su reelaboración de la tradición socialista que mencionábamos en los párrafos precedentes, coloca a su autor en el centro del debate político-intelectual del pensamiento de izquierda en la Argentina. Muchas veces acerbamente criticado por quienes no han creído preciso revisar las razones del fracaso de la izquierda latinoamericana y erigido por muchos otros en representante de una renovación del pensamiento político progresista, Portantiero se convierte, casi contra su voluntad, en una figura emblemática del debate político-intelectual local [18]. Contribuye a ello, desde ya, el hecho destacado de que será, como señalábamos, uno de los artífices (siempre con Pancho Aricó, sin quien, al decir de Portantiero, ninguna de estas experiencias habría existido) de la conformación del Club de Cultura Socialista [19] y que integrará, junto con Emilio de Ípola — su otro gran amigo —, el llamado “Grupo Esmeralda”, conjunto de intelectuales no partidarios convocados como asesores por el presidente Raúl Alfonsín. En esta última condición redactará, junto con de Ípola, uno de los principales discursos programáticos pronunciados por Alfonsín, el “Discurso de Parque Norte”, en el que se reconocen sin dificultad las tesis centrales del artículo “Crisis social y pacto democrático”, publicado por Portantiero y de Ípola unos meses antes y devenido desde entonces una referencia obligada para el análisis de aquel período.
Reinsertado en la vida universitaria como profesor titular de Sociología Sistemática en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA y admitido como investigador del Conicet, durante los años ochenta Portantiero es convocado a sumarse a diversas instituciones académicas e invitado a participar de un sinnúmero de congresos, seminarios y simposios en América Latina y Europa para tratar temas relacionados con la transición democrática. En 1986, junto con Aricó, Jorge Tula y otros crea La Ciudad Futura. Revista de Cultura Socialista que prolonga — una vez más bajo invocación gramsciana — las aventuras editoriales político-culturales emprendidas desde hace más de dos décadas por Aricó, Portantiero y sus amigos. En 1987, nuevamente con de Ípola, publica Estado y sociedad en el pensamiento clásico, libro más netamente académico que, precedido de un largo ensayo introductorio por parte de ambos autores, presenta textos clásicos del pensamiento político y sociológico. Situado, como advertíamos, en el centro de la escena político-intelectual, hacia fines de los ochenta Portantiero será llevado por fin, casi naturalmente, a convertirse en decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, cargo que — como ya señalamos — ocupará entre 1990 y 1998 [20].
La década de los noventa encontrará a Portantiero absorbido por las responsabilidades al frente de la Facultad de Ciencias Sociales. No obstante ello, ejerce en varias oportunidades la presidencia del Club de Cultura Socialista y acepta fugazmente, en 1991, integrar como segundo candidato la lista de diputados por la Capital Federal del Partido Socialista, al tiempo que prosigue preguntándose de manera activa, a través de La Ciudad Futura y de diversos foros de intervención, cómo imaginar, en un contexto de mundialización de las decisiones políticas y de privatización de las conductas, las condiciones para una ampliación de la ciudadanía democrática (Gerchunoff, 2007: 47). Siempre a través de La Ciudad Futura abogará decididamente por el éxito de la Alianza entre la UCR y el FrePaSo que llevará a la Presidencia de la Nación a Fernando de la Rúa; también ante su fracaso hará escuchar públicamente su voz. De todos esos interrogantes y posicionamientos da testimonio su libro El tiempo de la política (2000).
A partir de 1999, ya liberado de las tareas de gestión institucional, Portantiero encarará un nuevo y productivo camino de reflexión, un camino que había sido también el de su amigo Pancho Aricó: la interrogación de la tradición socialista en Argentina y, en particular, del lugar de Juan B. Justo en esa tradición. Tras la muerte de Aricó, Portantiero había reunido y prologado dos textos de aquél bajo el título La hipótesis de Justo (Aricó, 1998) [21]; allí señalaba que del análisis de Aricó emergía un Justo alejado tanto de las imágenes apologéticas de sus conmilitantes como de las críticas anacrónicas de sus detractores, de un “pensador a la altura de los más importantes dirigentes del socialismo internacional de su tiempo” [22]. El propio trabajo de Portantiero, Juan B. Justo. Un fundador de la Argentina moderna (1999), prolonga la reflexión de Aricó para proveernos de la imagen de un Juan B. Justo que, por sus condiciones personales y su rol político en la modernización de la Argentina, debe ser colocado en el linaje de Alberdi y Sarmiento. Y junto con el rol de Justo aparece reexaminado el papel del Partido Socialista [23]: diversos textos posteriores a 1999 dan testimonio de que, tal como señala Pablo Gerchunoff, desde la publicación de su Juan B. Justo Portantiero había emprendido, tal vez sin nombrarlo así, el proyecto de reconstrucción de una historia del Partido Socialista en la Argentina (Gerchunoff, 2007: 48) [24]. En esa reconstrucción se encontraba — en un proyecto que, en su expresión más exigente, había encarado junto con Ricardo Martínez Mazzola [25] y, en otra dirección, también con el propio Gerchunoff —, cuando tras una larga lucha contra una desgastante dolencia renal murió, el 9 de marzo de 2007. Sus restos fueron velados en el Club de Cultura Socialista, bajo el retrato de Pancho Aricó y la presencia acongojada y numerosa de amigos e intelectuales de todas las generaciones. Al despedir sus restos, Emilio de Ípola despidió con él a una época, “a esa época que estuvo hondamente marcada por su presencia y por su aguda visión de las cosas; por lo que buscamos y compartimos con él y por la ancha generosidad con la que buscó allanarnos el camino”.
Como señalábamos al comienzo de esta introducción, este libro se propone continuar el diálogo que entabló Juan Carlos Portantiero con su época, sus amigos y sus interlocutores de varias generaciones. Las contribuciones que lo integran fueron pensadas de esa manera, como textos que prolongaran en la pluma de cada uno de los autores sus preocupaciones, en tanto éstas habían cruzado tantas veces las del propio Portantiero. De los ensayos surge, no por azar, un mapa de esos cruces de caminos que nos conducen por los senderos de la tradición socialista (Torre, Gargarella) y su vínculo con la democracia (Vacca), de las reflexiones sobre el peronismo y la política (Gerchunoff) y del compromiso público del intelectual de izquierda (Quiroga, Paramio), por el camino de la experiencia política en la Argentina de los sesenta y su reinterrogación ulterior (Crespo, Martínez Mazzola), y — a la sombra del mundo que creímos construir — hacia la reflexión sobre las categorías con que lo pensamos (de Ípola) y sobre el mundo que advino (Marramao). A continuación restituiremos muy sucintamente el eje argumental de cada una de las contribuciones para dejar, luego sí, la palabra a sus autores.
En “¿Por qué no existió un fuerte movimiento socialista en Argentina?” Juan Carlos Torre entabla un diálogo con las interpretaciones sobre las experiencias norteamericana y europeas de conformación de partidos obreros a fin de reflexionar acerca de las condiciones de desarrollo político que pueden ayudar a responder ese interrogante. Señalando la disociación, en la Argentina de las primeras décadas del siglo XX, entre dimensión de clase y dimensión de integración política, el texto analiza el modo en que la emergencia de un partido disruptivo del orden conservador como la UCR y la fuerte presencia de corrientes sindicalistas en el movimiento obrero constituirían un escollo para la conformación de un movimiento socialista sólido.
“Sobre un programa socialista para América Latina. Apenas unas primeras notas”, de Roberto Gargarella, recoge algunos de los elementos centrales de una tradición política radical en América Latina, para examinar las razones de su carácter marginal pero también y sobre todo para sostener su vigencia para el pensamiento socialista contemporáneo. Así, confrontándolas con las tradiciones liberal y conservadora hegemónicas en el siglo XIX latinoamericano, Gargarella establece el puente entre las ideas radicales de libertad como no-dependencia, de igualdad material y de comunidad y solidaridad social, en pensadores como Murillo Toro, Francisco Bilbao, Ponciano Arriaga y otros, y las exigencias de un programa progresista para los tiempos actuales.
En “La izquierda italiana desde 1989 hasta el nacimiento del Partido Democrático”, Giuseppe Vacca reconstruye el itinerario del Partido Comunista Italiano (PCI) tras la caída del Muro de Berlín, a través de la constitución de sus sucesivas expresiones políticas y de su contribución a la conformación de alianzas de centroizquierda, hasta la fundación del Partido Democrático, heredero de la coalición del Olivo, en 2007. A la par que describe los avatares políticos e ideológicos de la transformación del antiguo PCI en componente vital de un partido democrático reformista, el texto de Vacca permite ver el modo en que este proceso se entreteje con la conformación de nuevas coaliciones políticas de izquierda y de derecha en Italia, en un contexto de crisis de las fuerzas que habían dominado la escena política desde la posguerra.
El texto de Pablo Gerchunoff “Notas sobre ‘el empate hegemónico’. Un diálogo entre la economía y la política” propone un recorrido en espejo de la descripción de los ciclos económicos en Argentina desde el primer peronismo hasta nuestros días bajo la forma de los modelos del stop and go, y de su contracara política encarnada, principalmente, en la noción de “empate hegemónico” acuñada por Portantiero en diversos escritos. Gerchunoff analiza las mutaciones que, en lo económico y en lo político, podemos identificar en ese recorrido, para concluir proponiendo una hipótesis interpretativa sobre los conflictos actuales, que podrían eventualmente haber dejado atrás las formas tradicionales de articulación entre el stop and go y el “empate hegemónico”.
En “Crítica y responsabilidad pública. A propósito de los intelectuales”, Hugo Quiroga se pregunta, bajo la evocación por momentos explícita, en ocasiones sombreada, de la figura de Juan Carlos Portantiero, por el intelectual público y su relación con la política. Guiándonos por el camino de la relación entre intelectuales y política en las últimas décadas de la vida argentina, el relato de Quiroga nos convoca — a través de la diferencia entre compromiso y responsabilidad, entre intelectuales y expertos, entre política de la cultura y política de los políticos — a reinterrogar la naturaleza misma de la relación del intelectual democrático con la vida pública.
Ludolfo Paramio, por su parte, aborda en “La democracia después de la transición” los avatares teóricos y programáticos a los que se enfrentó una parte relevante del pensamiento de izquierda latinoamericano — y no sólo latinoamericano — en el proceso que la llevó, en palabras de Norbert Lechner citadas por Paramio, “de la revolución a la democracia”. Describe los elementos centrales de lo que califica como un verdadero cambio de paradigma y se interroga acerca del horizonte de proyección de un programa de cambio viable — de un proyecto de izquierda — tras el fracaso estrepitoso, tanto en libertad como en prosperidad, de las experiencias del otrora denominado “socialismo real”.
“Un difícil encuentro. Portantiero y la tradición socialista argentina” de Ricardo Martínez Mazzola reconstruye el itinerario de las transformaciones que se fueron operando en la relación de Juan Carlos Portantiero con la tradición del socialismo en Argentina. Martínez Mazzola analiza en detalle los diferentes momentos de esa relación, desde Pasado y Presente hasta los últimos trabajos de Portantiero, poniendo énfasis en el modo en que la reevaluación de la relación entre socialismo y peronismo o populismo puede operar como clave de inteligibilidad del progresivo interés de Portantiero por la tradición socialista, interés que lo conduciría a dedicar sus últimos años a una reconstrucción de la historia de ese partido.
En su contribución “En torno a Cuadernos de Pasado y Presente, 1968-1983” , Horacio Crespo restablece el contexto y la significación de aquel proyecto político-editorial liderado por José Aricó, en el que Juan Carlos Portantiero jugara también, junto a Jorge Tula y otros, un rol de primera importancia. Centrando el relato esencialmente alrededor de la figura de Aricó, Crespo detalla las circunstancias en que la primera etapa de la revista es sucedida por el proyecto de intervención política a través de la actividad editorial de los Cuadernos y describe cómo, a lo largo de sus distintas épocas, el montaje de los casi cien títulos publicados entre 1968 y 1983 expresa por él mismo — a la Benjamin — una propuesta programática que a la vez que aporta insumos renovados y heterodoxos para la discusión teórica se inserta de manera plena en los principales debates político-prácticos de su tiempo.
Emilio de Ípola retoma en “La última utopía (reflexiones sobre la teoría del populismo de Ernesto Laclau)” una discusión emprendida hace ya treinta años entre ambos, en la que también participara Juan Carlos Portantiero, respecto de la posibilidad de repensar la política tras la crisis del marxismo tradicional en los términos de la hegemonía de cuño gramsciano. De Ípola rastrea el trabajo de recomposición del concepto de hegemonía que está en la base de la noción laclauiana de populismo y, estableciendo la continuidad de esa noción desde “Hacia una teoría del populismo” (1977) hasta La razón populista (2005), hace frente críticamente al proyecto teórico de Laclau y sus implicancias políticas.
Giacomo Marramao hace su aporte a este volumen con “Occidente plural y modernidad-mundo”, una conversación conducida por Debora Spini. Retomando de manera más coloquial las tesis centrales de su libro Pasaje a Occidente, Marramao reflexiona sobre las diversas significaciones de universalismo y relativismo, sobre las tensiones internas de Occidente y las resonancias disímiles de lo “occidental” en Europa, Estados Unidos o América Latina, sobre los diversos modos de asumir la globalización — individualista y competitiva en los Estados Unidos, productivista y antiindividualista en China o India — y sobre los modos contemporáneos del conflicto, reconduciéndonos al núcleo de sus elaboraciones sobre modernidad y secularización.
Por fin, hemos incluido en este volumen la intervención que, en homenaje a Portantiero, realizara Oscar Terán en un acto que tuvo lugar en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires en abril de 2007. Terán había aceptado con gusto, aun sabiendo de sus dificultades de salud, participar en este libro. Su muerte temprana nos privó de su contribución. La inclusión de sus palabras en recuerdo a Portantiero tienen la pretensión de honrar su voluntad de intervenir en este homenaje.
Concluyo ahora sí esta introducción resaltando mi agradecimiento a la Facultad de Ciencias Sociales y a su decano Federico Schuster por haberme confiado la coordinación del libro y, en particular, a cada uno de los autores por su generosa colaboración en este homenaje. La calidad de sus participaciones ha conformado un libro que, lejos de constituir un objeto conmemorativo puramente formal, propone una contribución sustantiva para la reflexión sobre la política en la segunda mitad del siglo XX en la Argentina y fuera de ella.
Notas
[1] Hugo Quiroga repara también en esta frase de Portantiero en su contribución a este libro. 
[2] Para la restitución de la trayectoria político-intelectual de Portantiero he acudido principalmente a Burgos, 2004; Tortti y Chama, 2005; Mocca, 2005; de Ípola, 2006 y 2007; Gerchunoff, 2007; Altamirano, 2007. Agradezco a Edgardo Mocca por haberme permitido el acceso a la larga entrevista-conversación de cerca de cinco horas, aún inédita, que realizara con Portantiero en 2005.
[3] Portantiero relató en varias entrevistas cómo, con un grupo de amigos, había ido a la Casa del Pueblo con la intención de afiliarse. Fueron recibidos con tanta desconfianza, contaba — no parecía ser habitual que jóvenes de esa edad aparecieran espontáneamente con la idea de afiliarse —, que desistieron del intento. Varios de ellos, entre otros él mismo, influidos por uno de los integrantes de la barra de amigos, terminarían acercándose al Partido Comunista, al que Juan Carlos ingresaría formalmente ya en la universidad. Véase Tortti y Chama, 2005: 233, y Mocca, 2005. El artículo de Martínez Mazzola incluido en este libro también hace referencia a ese episodio.
[4] Véase Altamirano, 2007. En esa misma intervención, pronunciada en el homenaje a Portantiero realizado por el Club de Cultura Socialista en noviembre de 2007, Altamirano reproduce una cita de Portantiero tomada de la nota “Héctor Agosti fue un maestro”, Clarín, 9/7/1994: “Para muchos de nosotros, aun cuando nuestros caminos divergieran y esas diferencias adquirieran el aire casi trágico con que eran castigadas entonces las ‘herejías’, Héctor P. Agosti cumplió el papel de un maestro. En mi caso, esa relación discipular […] llegó a los límites del plagio” (Altamirano, 2007).
[5] En el prólogo al libro, que lleva por título “Explicación”, Portantiero afirma que “para un intelectual que participa […] de la ambigüedad con que estos tiempos de cambios esenciales hostigan a su oficio, la asimilación mecánica de un falso marxismo economicista le permite una peligrosa comodidad. Ambicionando la superación de esa ambigüedad, desea un apoyo ideológico que se le presente como total, compacto, redondo, sin fisuras; aspira, en el fondo, a respuestas simples y tranquilizadoras para preguntas acuciantes y dolorosas” (Portantiero, 1961). Las cartas, se ve, están claramente echadas.
[6] Para una sinopsis completa de los artículos e integrantes de la Redacción de Pasado y Presente consúltese Burgos, 2004: 397-403. Señalemos que en Buenos Aires Juan Carlos Torre participa desde el principio activamente del proyecto Pasado y Presente, colaborando con un artículo desde el número 2 e integrando el Consejo de Redacción a partir de los números 5-6 (abril-septiembre de 1964).
[7] Respecto de la efímera existencia de ese núcleo político que tomó el nombre de Vanguardia Revolucionaria, en el homenaje a Portantiero realizado por el Club de Cultura Socialista en noviembre de 2007, Miguel Murmis recordaba entre risas que, sintiéndose responsable de la orfandad política en que dejaba a quienes lo habían acompañado en aquella breve aventura, Portantiero, en el momento de su disolución, se había encargado de aconsejar a cada uno de sus integrantes hacia qué horizontes políticos migrar, según la afinidad que creía detectar en cada uno. “Mirá pibe —rememora Murmis el relato que le habría hecho Portantiero — me parece que vos tirás más bien para el trotskismo, y a vos […] a vos te veo más bien para el PCR […]” (Murmis, 2007).
[8] “¿Nosotros qué éramos?”, se pregunta Portantiero en la entrevista realizada por Tortti y Chama. “Yo siempre digo que éramos un cóctel muy raro, pero que se puede explicar. Éramos gramscianos-guevaristas-maoístas” (Tortti y Chama, 2005: 242, véase también Burgos, 2004: 102-103). Tanto Portantiero, a través de Vanguardia Revolucionaria, como Aricó y el núcleo de Pasado y Presente apoyan en un primer momento la experiencia del Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP), el grupo al mando de Jorge Masetti destinado a unirse a la guerrilla del Che. El fracaso del EGP acelera — para alivio de Portantiero, si nos atenemos a su relato — la disolución de Vanguardia Revolucionaria.
[9] En ambos concursos Portantiero aventaja a Roberto Carri, quien pertenecía a lo que por entonces se denominaron las “cátedras nacionales”. Según relata Portantiero, la oposición entre las cátedras nacionales de Carri, Horacio González y Alcira Argumedo, y las denominadas, en oposición, “cátedras marxistas”, era sobre todo relativa al papel del peronismo. “Con el resto de las cosas no había tanta historia. Además éramos amigos” (Mocca, 2005).
[10] La primera época de Pasado y Presente había culminado en septiembre de 1965 y había dado lugar a un nuevo emprendimiento, la publicación de los Cuadernos de Pasado y Presente, proyecto editorial que se propone contribuir, en palabras de Aricó, a la “tarea de recomposición de la cultura de izquierda” (citado en Burgos, 2004: 105). En 1973, con el restablecimiento de las instituciones democráticas, se abriría una segunda etapa de la revista Pasado y Presente, que constaría de tres números (aparecidos en dos volúmenes), todos ellos publicados en ese mismo año. Respecto de los Cuadernos de Pasado y Presente, véase en este volumen la contribución de Horacio Crespo.
[11] Cf. el artículo de Pablo Gerchunoff.
[12] “Y ahí, después de un paréntesis, volvemos a sacar Pasado y Presente. Entonces ya el problema del peronismo se nos mete de una manera diferente, es decir: nosotros seguimos pensando que no hay que meterse dentro del peronismo al estilo Montoneros-FAR. Pero empezamos a evaluar desde el punto de vista de masas lo que significaba la posibilidad de existencia de una corriente de izquierda dentro del peronismo como un dato positivo de la historia” (Mocca, 2005). En el largo diálogo con Edgardo Mocca, Portantiero señala en diversas oportunidades que el interés principal del grupo de Pasado y Presente se centraba en la experiencia de la Juventud Trabajadora Peronista, con algunos de cuyos dirigentes habían establecido contactos personales fluidos.
[13] Roberto Quieto había sido militante comunista e integrante de aquella efímera Vanguardia Revolucionaria liderada por Portantiero. Creador de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), que en 1973 se fusionaron con Montoneros, y aparentemente en crisis con la organización, fue secuestrado por la policía en diciembre de 1975, durante el gobierno de Isabel Perón.
[14] Existen en realidad dos volúmenes publicados por Portantiero con ese mismo título: el primero, como extenso estudio introductorio a un volumen de Cuadernos de Pasado y Presente consagrado a Gramsci (en Cuadernos de Pasado y Presente, nº 54, México, 1977). El segundo, retomando ese artículo junto con otros textos propios siempre dedicados a Antonio Gramsci, publicado en 1981 por Siglo XXI. Como señalara Emilio de Ípola en ocasión del acto de entrega a Portantiero del Doctorado Honoris Causa por parte de FLACSO en 2006, en épocas en que los académicos se afanan por publicar el mismo texto con diferentes títulos para engrosar sus currículos, que alguien publique dos libros distintos bajo un mismo título no puede sino despertar nuestra estupefacta admiración.
[15] Cito de la reedición (nuevamente ampliada) de 1999: “[…] la posibilidad que se abre a las clases populares para implementar una lucha contrahegemónica desde la situación de defensiva en la que se encuentran no puede sino arrancar de una consecuente reorganización de sus alternativas políticas […]. Para todo este proceso de autorreflexión desde la derrota pocos estímulos mejores que los de Gramsci” (Portantiero, 1999: 155).
[16] El primer número de Controversia incluye artículos de Héctor Schmucler, Portantiero, Adriana Puiggrós, Ludolfo Paramio y Jorge Reverte, Sergio Caletti, Sergio Bufano, Nicolás Casullo, Carlos Abalo, Jorge Bernetti y Oscar Terán. Esa publicación contiene probablemente la primera reflexión crítica sobre la violencia armada proveniente de quienes han sido, de una manera u otra, favorables a las experiencias guerrilleras en la Argentina de los años sesenta y setenta.
[17] “Democracia y socialismo: una relación difícil” y “Socialismos y política en América Latina” fueron posteriormente incluidos en La producción de un orden. Ensayos sobre la democracia entre el estado y la sociedad (1988). En el prólogo a este libro, que incluye una mayoría de textos elaborados durante el exilio mexicano, Portantiero restituye el derrotero intelectual que lo condujo, en una reflexión que describe como colectiva, a la revalorización de la democracia y a la reinterrogación de la relación entre liberalismo y socialismo.
[18] Portantiero solía referirse a sí mismo evocando la escena de Tiempos Modernos en que Carlitos Chaplin emerge distraído de un pozo con una bandera roja en sus manos y se convierte inadvertidamente en líder de una manifestación de protesta. Véase, por ejemplo, Mocca, 2005.
[19] En confluencia, como dijimos, con el grupo nucleado alrededor de la revista Punto de Vista, que reúne a Beatriz Sarlo, Carlos Altamirano, María Teresa Gramuglio, Hilda Sabato y Hugo Vezzetti, entre otros.
[20] Para quienes conocen los conflictos políticos que suelen atravesar la Facultad de Ciencias Sociales, la afirmación de que es conducido “casi naturalmente” al Decanato puede parecer absurda. Pese a ello, creo no equivocarme si digo que, aun para quienes no compartían en absoluto sus posturas políticas, la figura de Portantiero aparecía entonces como la encarnación más perfecta de aquello que debía esperarse de un decano: indiscutible prestigio académico y fuerte compromiso político público.
[21] Se trata de “La hipótesis de Justo”, cuya primera versión varias veces reelaborada por Aricó databa de 1980, y de “Mariátegui y los orígenes del marxismo latinoamericano” (1978).
[22] El trabajo de Aricó, señalaba también Portantiero, iluminaba asimismo el fracaso de Justo, “aprisionado por una visión iluminista de la constitución de los sujetos sociales” que lo había privado de vislumbrar de manera adecuada tanto los caminos intrincados por los que los trabajadores podían convertirse en dirección de la sociedad, como aquellos por los que podían ser absorbidos e integrados por un Estado que ampliaba su base de inclusión a partir de las reformas electorales de 1912.
[23] En una entrevista publicada en el diario Clarín el 27 de diciembre de 1998, Portantiero, adelantando el contenido de su libro sobre Juan B. Justo en instancias de publicación, afirmaba que “La Argentina moderna, esa Argentina que surge después de la crisis del 90 y cumple un ciclo hasta el año 30, no puede explicarse sin la presencia muy activa, ideológica y política, del socialismo y de Justo. Es el momento del ocaso de la hegemonía conservadora, de la disgregación del roquismo, y el momento en que surgen las formas modernas de la vida política en la Argentina: la Unión Cívica — luego Unión Cívica Radical — y el Partido Socialista. Ambos son pilares de la Argentina moderna”.
[24] Son ellos “La idea socialista” (1999), “Imágenes de la crisis: el socialismo argentino en la década de 1930” (2002) y “El debate en la socialdemocracia europea y el Partido Socialista en la década de 1930” (2005).
[25] Portantiero y Martínez Mazzola estaban elaborando un libro sobre la historia del Partido Socialista que debía ser publicado por Edhasa y cuya finalización está en la actualidad encarando Martínez Mazzola.
Bibliografía citada
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Claudia Hilb es profesora de Teoría Política en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Fue socia del Club de Cultura Socialista desde 1989 hasta su cierre en 2008. Ha publicado Leo Strauss, el arte de leer (2005) y Miedo, gloria y vanidad. El rostro plural del hombre hobbesiano (en colaboración, 2007).