19/7/10

Bolívar y Manuela: 175 años de un amor en armas

 Oswaldo Guayasamín (Ecuador) Flores secas

Pedro Saad
El 16 de junio de 1822, luego de librada exitosamente la batalla del Pichincha, Simón Bolívar, a la sazón Libertador-Presidente de Colombia, llegó a Quito. Su entrada no era un hecho guerrero, sino político. Las guerras habían concluido, libradas por los pueblos de la Audiencia bajo la dirección de Antonio José de Sucre.
Como entidad geopolítica autónoma e integrada, Colombia había nacido el 17 de diciembre de 1819, y desde el 15 de mayo de 1821 Guayaquil se había declarado “bajo la protección” de Colombia, sellando de forma casi perfecta su incorporación a esa república. De facto y de iure, el actual Ecuador era ya parte de Colombia, como también lo eran Venezuela y Panamá. La llegada de Bolívar a Quito no tenía valor militar, sino el carácter político de refrendar esa anexión con la presencia personal del presidente de la nación unificada.
Es fama legendaria (aunque no existan pruebas documentales al respecto), que Manuela Sáenz arrojó al paso del Libertador una corona de laureles, y que impactó con ella en la frente del guerrero, quien habría quedado prendado por la belleza y el ardor de la quiteña.
Es completamente cierto y documentado, en cambio, que aquella noche se organizó una soirée de gala en honor del Libertador, y que Bolívar se aisló de toda la concurrencia, bailando infatigablemente con Manuela Sáenz, casada a la sazón con el inglés James Thorne, ausente de la ciudad, y que al final del ágape ambos se evadieron de la fiesta, marchando a vivir su pasión en la cercana hacienda de Catahuango, propiedad de Manuela.
Fue la primera noche de un amor que se prolongaría por años, y que llevaría a los amantes a Perú y Colombia, en una vorágine pasional que nadie ha podido negar.
En los últimos años, como resultado de nuevas investigaciones históricas, de la insufrible carencia de héroes de origen ecuatoriano y del auge del movimiento de reivindicación femenina, la figura de Manuela Sáenz, que trató de ser borrada de la historia, ha adquirido una dimensión muy notoria, y su participación en las luchas libertarias alcanza ribetes míticos casi tan grandes como los de su glorioso amante.
 Tan extrema en su exaltación como su anterior ocultamiento en el silencio, esta tendencia “manuelista” es más literaria que historiográfica y parece preferir la glorificación a la verdad.
 Y no hay razón para ello. La grandeza de Manuela Sáenz no necesita de falsedades para ser enorme.

Manuela
Es poco lo que sabemos documentalmente de ella. Si verdaderamente nació en Quito en diciembre de 1797 (lo que parece probable, pero no está documentado), tenía ya casi 12 años cuando ocurrió el movimiento libertario del 10 de agosto de 1809, que iba a afectar profundamente a su familia.
Es que su padre, el chapetón y godo Simón Sáenz de Vergara, se había distinguido de tan triste modo en la administración de la Real Audiencia que una de las pocas condiciones planteadas por los próceres para devolver el poder que no lograron consolidar fue que “el tal Sáenz” no retornara al ejercicio de ningún cargo público.
Unos años más tarde, Manuela “fue entregada” en matrimonio al Dr. Thorne, con quien mantuvo relaciones muy difíciles de definir y tratadas de modos muy distintos por los biógrafos de la quiteña. Por lo visto ninguno de los dos fue un modelo de fidelidad conyugal, y fue más largo el tiempo que estuvieron separados que el que los vio juntos en el tálamo nupcial.
Para 1820, Manuela se encuentra en Lima, y allí traba amistad con la guayaquileña Rosita Campusano, con quien colabora en el auxilio (por lo visto sólo de estirpe cortesana) prestado a las fuerzas del general San Martín. Las dos ecuatorianas estuvieron en la larga lista de señoras limeñas condecoradas con la Orden del Sol. Fueron más de 100, por lo que llamarla “caballeresa del sol” parece una generosidad innecesaria.
Luego de su ya relatado encuentro con Bolívar, Manuela Sáenz se consagra completamente a la causa emancipadora, y actúa durante varios períodos como archivera del Libertador, estando presente en algunas acciones de armas, aunque no se haya certificado su participación personal en los combates.
De esta época debe ser su carta al esposo, en la que reafirma su amor por Bolívar, su adhesión profunda al movimiento libertario y su decisión de no volver al lecho conyugal. A la época no existía el divorcio, y parece evidente que tal hubiese sido el camino que ella habría elegido de tener tal opción. A la muerte de Thorne, Manuela, a pesar de la virtual miseria en que vive para entonces, se niega a recibir su herencia, pese a que le correspondía por ley.
Cuando Bolívar enfrenta la oposición política santandereana, Manuela está con él, y residen en Santafé de Bogotá. Le salva la vida cuando el atentado de la llamada “noche septembrina”, el 25 de septiembre de 1828. Es fama que Bolívar la bautizó entonces como “Libertadora del Libertador”. En ausencia de Bolívar, Manuela se convierte en un actor político por derecho y a nombre propio, y arremete contra los seguidores de Santander, que buscan asentar el poder político ya conquistado a nivel local y no continuar con las campañas en nombre de la unidad de América, que se ha vuelto la nueva obsesión de Bolívar.
Manuela no acompaña al Libertador en el momento de su muerte, y a partir de entonces es perseguida por los opositores, que le niegan toda presencia política propia, la echan de la escindida Colombia, le niegan la permanencia en su nativo Ecuador y la obligan a recluirse en Paita, un árido puerto del norte de Perú, donde es visitada por grandes figuras, como Simón Rodríguez o Giuseppe Garibaldi.
Manuela muere en diciembre de 1856, probablemente de una peste (quizá bubónica), y a eso debemos que sus pertenencias, incluso el baúl en que guardaba su correspondencia con Bolívar, fuesen destruidas, privándonos de la documentación histórica concreta.
Manuela y Bolívar: ¿es posible la verdad?
Mezcla de amor de dimensiones trágicas y acuerdos políticos de tamaño épico, la unión de ambos será siempre fuente inagotable de inspiración poética. Esto les otorga un rango mitológico que dificulta desentrañar la verdad histórica.
Pero algunos puntos pueden inferirse con claridad.
1.- Su encuentro y el inicio de su amor tienen un signo político.
Manuel J. Calle era un gran periodista y un ágil narrador, pero sus crónicas nos han hecho muy flacos servicios historiográficos. Así como se inventó las sucesivas mutilaciones de Abdón Calderón en Pichincha, o el grito de Córdova en las mismas laderas, tomó un acontecimiento ocurrido en Lima (la tal corona de laureles), que tuvo lugar entre la Campusano y San Martín, y lo trasladó a Quito, ubicándolo entre la Sáenz y Bolívar. Lo más probable es que Bolívar sólo viera a Manuela durante la recepción de la noche del 16 de junio.
Por muy bella que haya sido la esposa de Thorne y por muy ardiente y mujeriego que fuese el Libertador, no es imaginable que él se aislara de su entorno quiteño por bailar con una dama. Ni siquiera cuando esa dama era Manuela Sáenz. Creerlo posible es ofender la memoria de Simón Bolívar.
Parece evidente que Bolívar quería evitar relacionarse con la aristocracia quiteña. Sabía bien, por sus experiencias anteriores en Caracas y Santafé, y como lo certificaría más tarde en Lima, que las oligarquías capitalinas habían sido cómplices y beneficiarias del gobierno chapetón, y que buscarían, con todas las artimañas melifluas, congraciarse con los nuevos poderosos. Desconocedor del medio, Bolívar necesitaba tiempo para identificar a las personas y saber quién era quién en esta ciudad que le obsequiaba Sucre.
Manuela había vivido la misma situación en Lima, en 1820, cuando San Martín -más ingenuo en su franqueza y más transparente en sus conceptos que Simón Bolívar- cayó en las redes de una cortesanía virreinal que paralizó su gestión guerrera y lo confinó a los palacios del Rímac. Ella sabía, por haberlo vivido, que aquel era el camino que conducía a la derrota.
Manuela y Simón eran personas extremadamente inteligentes y de muy despierta suspicacia política, como lo comprobarían en el curso de sus vidas. Lo lógico es imaginar una escena en la cual la quiteña se ofrece como instrumento verosímil para que Bolívar pueda rehuir los diálogos comprometedores con una oligarquía que desconoce.
El innegable flechazo entre ambos está, pues, constituido con los mismos elementos que luego forjarán su unión: atracción física irreprimible y acuerdos políticos esenciales.
Bolívar, que hasta entonces sólo ha conocido damas de alcurnia y coquetería sosas, o mujeres del pueblo, valerosas y francas pero sin sutilezas culturales ni argucias políticas, ha encontrado finalmente a su igual.
Manuela, quien ha descubierto hace relativamente poco tiempo su propia pasión política y que se encuentra en la plenitud de sus 25 años de edad, ha hallado por fin a un hombre que ella pueda respetar y admirar, a un tropical verdadero, dispuesto a jugarse la vida (pero no el honor ni las creencias) por el rasgueo de una vihuela, la copa de un buen vino, la sonrisa de una mujer hermosa o los acordes de un baile.
Se han encontrado al fin, no importa si fortuitamente, porque en amor, como en arte, el verdadero secreto de la sabiduría no consiste en buscar, sino en reconocer los hallazgos cuando éstos se presentan.
2.- Manuela es el pasado de Simón. Para junio de 1822, Bolívar está preso en la política. El joven guerrero, que en marzo de 1812, luego de un feroz terremoto, proclamó su decisión de someter incluso a la naturaleza y obligarla a obedecerlo, ha caído en las redes de las maniobras palaciegas (que no por republicanas son menos repugnantes que las anteriores monárquicas).
Cuando se lee la correspondencia del Libertador en los meses anteriores a Pichincha, uno llega a la convicción de que el revolucionario, en el sentido del soñador en armas, ha cedido el paso al político, en el sentido del manejador del poder. El “che” Guevara se ha vuelto Fidel Castro. Se diría que Bolívar está de regreso de los sueños.
Pero Manuela ha emprendido recién el viaje de ida. La decisión del batallón Numancia en Lima, del cual formaba filas su hermano José María, y el arrojo que ha visto en argentinos y chilenos del ejército de San Martín, así como la sangre que ha presenciado correr por todo el camino entre Lima y Quito, le han dado un sentido de revolución social colectiva a sus viejas querellas personales de niña adulterina. Guardando las distancias, María Eva Duarte ha encontrado al general Perón.
Sólo tenemos cartas de amor cruzadas entre ambos. Es lógico. Convencido de que su correspondencia sería muy poco secreta, el Libertador no consulta jamás por carta a sus amigos. Da órdenes militares o demanda entrevistas privadas. Para juzgar sobre el influjo que tal o cual persona tuvo sobre él, no tenemos más datos que las menciones indirectas que sus amigos u opositores expresaban sobre los consejeros del general. Es por allí por donde podemos reconstruir la enorme influencia de Manuela Sáenz sobre su amante. Por las opiniones de sus generales.
La odiaban. Casi todos los oficiales que trataban de refrenar el renacido impulso revolucionario del Libertador se refieren a Manuela como a una fuerza enemiga. La acusan como “culpable” de que el gran hombre no cese en sus reclamos de emprender nuevas campañas y mantener los bríos para inventarse patrias, en lugar de disfrutar de las haciendas.
Muy particularmente a partir de 1828, Manuela insiste ante Bolívar para que éste no perdone a los culpables de la conspiración “septembrina” y que adopte medidas enérgicas y radicales contra los timoratos y traidores. Cuando es ella quien carga, lanza en ristre, contra una muchedumbre adocenada que trata de incinerar una efigie del presidente, los gritos y reclamos contra su presencia se multiplican. Es entonces cuando el rencor por el tiempo que Bolívar destinaba a ella se convierte en acendrado odio contra el opositor político.
Infiriendo de estas inculpaciones que el influjo de Manuela sobre Bolívar fue grande y alentador podemos inducir la hipótesis de que Bolívar encontró en Manuela su propio espejo, congelado en el tiempo. Seguramente Manuela Sáenz era ante el Libertador Presidente la voz rediviva del joven rebelde Simón Bolívar, que ya desde la adolescencia se negó a dejarse ganar un encuentro deportivo por el que sería más tarde el todopoderoso Fernando VII de España.
Cuando Bolívar está en trance de convertirse en el conservador que legisla para Bolivia, Manuela Sáenz sigue siendo la presencia de la “guerra a muerte” que el otro Bolívar, el semi olvidado joven visionario, había decretado contra los opresores de su patria.
 Quiero creer -y no hay dato histórico real que me lo impida- que el “viejo” Bolívar (14 años mayor que su Manuela) escuchaba a su joven amante hablar sobre el futuro de América y el castigo a los desertores del sueño como si se oyera a sí mismo jurar sobre el monte sacro en Roma. Quiero imaginar a un Bolívar enfermo en Pativilca recibir la lección de furor y constancia que le propina su compañera, en quien reconoce su propia voz de antaño.
 Se dice que el “che” Guevara volvió de su gira por África, luego de afirmar allí que los países socialistas eran “cómplices tácitos del imperialismo” en la explotación que ejercían sobre el tercer mundo, y que a continuación se encerró 40 horas seguidas para hablar a solas con Fidel Castro sobre la necesidad de mantener la revolución como un signo ético y no sólo como un proyecto econométrico. Quiero creer que así hablaban Manuela y Simón.
3.- Manuela es la superviviente del sueño
 Cuando Bolívar muere, el 17 de diciembre de 1830, el sueño ya está roto. El Congreso Anfictiónico de Panamá, que él convocara en 1825, ha fracasado, y la propia Colombia que él forjó, como inicio de la fusión de todo el continente, se ha deshecho. Es entonces cuando exclama aquello de haber “arado en el mar y sembrado en el viento”, o algo parecido.
Pero Manuela vive 26 años más. Y Simón Rodríguez, 24.
Nadie los quiere. Verlos, saber de ellos, escuchar sus palabras, produce algo cercano a la vergüenza en los mediocres.
 Manuela y este nuevo Simón son la imagen del tiempo de los héroes, y los caudillejos que han usurpado el lugar del gran hombre no quieren que les recuerden aquel período. Podría resultar subversivo en los oídos de unos jóvenes que ahora tienen que someterse a las dictaduras que ellos están estableciendo en todo el continente.
 Antonio José de Sucre, 12 años menor que Bolívar y su claro heredero, hubiese sido un peligro concreto. Por eso lo mataron. No importa cuál de los beneficiarios haya sido el que dio la orden final.
Manuela y Simón Rodríguez (que se hace llamar “Robinson”, por el náufrago solitario Robinson Crusoe) no representan un peligro militar tan inmediato. Ella es una mujer, privada a la época de derechos políticos. El, apenas un subversivo educador, que sólo acepta en su escuela a los hijos de delincuentes y prostitutas, porque sólo de allí saldrá el futuro limpio, según afirma a los pocos que aún quieren oírlo.
Y nadie quiere saber de ellos. A Simón Rodríguez lo confinan en Latacunga, limitado a ser profesor de un colegio de pueblo, y Manuela Sáenz es impedida de volver a su patria por Vicente Rocafuerte.
Son como dinosaurios.
Hay que borrarlos de los registros, tratar de convencer al populacho de que nunca existieron; que nunca hubo un tiempo de los héroes, y entonces el presidente de Venezuela, general Guzmán Blanco, ordenó en 1879 la publicación de las monumentales Memorias del general O’Leary suprimiendo de ellas el tomo completo en que se hacía mención de Manuela.
Fue sólo en 1910 cuando ese volumen pudo ver la luz.
Y fue como si Manuela volviera a renacer.
Porque siempre estuvo allí.
Aquí.
Viva.