5/7/10

Bienvenido, Carlos Marx


Juan Gris [España] Arlequín y guitarra

Ignacio Rupérez 
Nunca nos creímos del todo que asistíamos al fin de la historia y el inicio de la paz perpetua con la desaparición del comunismo y el traslado de los libros de Carlos Marx y los marxistas al trastero de la Humanidad. Tanto les habíamos leído y durante tantos años que al llegar la ruptura nos espantamos por la eventualidad de haber trabajado en vano, convencidos al fin de esa ilusión del pasado que desde muchos años una pléyade de anticomunistas frenéticos, pero también de vigorosos ex comunistas, se había esforzado en expurgar, para poner en evidencia a qué infiernos políticos llegaría o había conducido en último término el pensamiento de Carlos Marx. Las dificultades en reciclarse se unen, por tanto, a la esperanza de que nunca se repitan los horrores, preguntándonos en todo caso por qué hubo tanto atractivo político e intelectual en una convocatoria y una visión del mundo. También es verdad que, entre marxistas, antimarxistas y revisionistas, nos hemos codeado con los mejores, en una lista que cuenta con Gyorgy Lukacs y Merleau Ponty, un Sartre bastante frívolo, Francois Furet y Arthur Koestler, Jorge Semprún y Victor Serge, Ignazio Silone y Boris Souvarine, contundentes todos en la afirmación y la negación.
Al final bebemos una ligera infusión marxista con Isaiah Berlin, Hannah Arendt, Rosa Luxemburgo y Raymond Aron. Pero Leszek Kolakowki, Jacques Attali, el reaparecido Antonio Negri yTony Judt nos llevan a indagar por dónde se encuentra Carlos Marx, por la posibilidad de que al menos ocupe un nicho respetable en la historia de la filosofía y las ciencias sociales. Como si la disolución de la Unión Soviética hubiera liberado a Carlos Marx de sus seguidores, de la maldad de Lenin y Stalin, revitalizando su posición de profeta capaz de anticipar los dilemas del capitalismo, la lucha internacional de clases y las desigualdades globales generadas por una rivalidad económica sin contrapesos ni controles. Quizá es que están al fin apareciendo algunos frutos del arduo trabajo de minimizar la conexión entre marxismo y comunismo, recomendándose la lectura de esos textos canónicos que con frecuencia más se estudiaban por liberales que por comunistas. Así se trataría de salvar al socialismo de la visión peyorativa del marxismo, de salvar al marxismo del espanto comunista, e incluso, como también algunos pretenden, de salvar al comunismo de sus propios crímenes. Veremos lo que se consigue.
No parece haber un interés excesivo en este asunto, especialmente en lo que fue la Europa comunista, aunque puede haberse reavivado por el reciclaje de comunistas en nacionalistas y la descripción de los conflictos de la globalización. Difícil resulta prescindir en la historia del pensamiento de Gyorgy Lukacs o de Antonio Gramsci, más fácil de Herbert Marcuse o de Lucien Goldman y la Crítica de la razón dialéctica de Sartre, que en su día hemos consumido de todos ellos. Nos seducía Carlos Marx porque desde luego escribía muy bien y proporcionaba una mezcla bien trabada de ilusión romántica y determinismo histórico, teorema intelectual y propuesta política; porque explicaba cómo el mundo funcionaba y cómo debería funcionar. Lástima que tal necesidad histórica fuera aprovechada por tanto asesino e indocumentado para pervertirla con los sistemas más odiososde opresión. Hay que preguntarse si esto es parte de otra historia o su consecuencia inevitable. Porque para ellos, para Lenin incluso, el marxismo finalmente fomentaba la soberbia, pero también la pereza al otorgar con facilidad la manera de comprender y reformar el mundo, dando a conocer la historia y la economía sin necesidad de estudiarlas.
Argumentos y discursos en la ecología, la globalización, la condición femenina, la hambruna y la emigración descubren hoy con más o menos claridad claves y palabras del pensamiento marxista que se supo. nía ya erradicado de la lucha política; quizás desprovisto de ese mag netismo de otro tiempo, de su en canto político e intelectual y de su ambición en comprender y explicar, todo, de golpe y para siempre, lo que Tony Judt califica como la gran narrativa romántica del marxismo. Ha desaparecido esa convocatoria para la revolución y la redención, para el fin de la historia avant la lettre, aunque no el mérito de Carlos Marx por vincular la paz y la prosperidad de la tierra a la suerte de los desposeídos, de unir la salvación del mundo al consuelo y el progreso de la humanidad doliente. De otra manera liberal y humanitaria las propuestas de Carlos Marx sí están registradas en la sociedad internacional ante los problemas del comercio desigual, los desequilibrios en el reparto de la riqueza mundial, el desempleo o la deslocalización que nos retrotraen a su mensaje ético y recuerdan sus grandes aportaciones sobre las reserva internacional de mano de obra y el colonialismo. De esa manera y más bien desde el otro lado, al apagarse el comunismo es como se haría más probable que la luz de Carlos Marx volviera a brillar.