20/6/10

Gramsci en México

Diego Rivera [México] Desfile del Primero de Mayo


Federico Piña Arce

Introducción

Con la caída del muro de Berlín y la gradual desaparición de los partidos comunistas en el mundo, para muchos ideólogos terminó la llamada “historia del marxismo”. El mundo se volvió unipolar y las “democracias” emergieron como alternativa a los problemas del mercado en sociedades en donde las cosas no salían tan bien. No sólo para los ideólogos sucedió este afortunado suceso. El fenómeno se presentó de manera más aguda entre los propios miembros de la antigua izquierda comunista, quienes no sólo se olvidaron de ella, sino que abjuraron de todo contacto y toda referencia a su pasado. La moda era presentar una cara “moderna”, “conciliadora”, “demócrata” ante una población, o la sociedad civil, expresión tan de gusto de los nuevos intelectuales, que parecía salir de las catacumbas y se acercaba a la “democracia”. Así, como por arte de magia los antiguos “sacerdotes” del marxismo se convirtieron a la nueva religión, la de “lo ciudadano”, del mercado, los medios de comunicación, el camino electoral.

Sin embargo, tal paraíso terrenal pronto mostró se verdadera faz. Las crisis económicas que han sacudido a los países tanto emergentes como tradicionales del capitalismo, han colocado a gran parte de la población en condiciones de penuria, casi de pauperización, han hecho crecer las bandas de la pobreza y la extrema pobreza, sin que el mercado, los medios de comunicación, ni el camino parlamentario hagan nada en absoluto por cambiar esta realidad lacerante. Ahora los pueblos comienzan a exigir, explorar, buscar un nuevo camino y apuestan por los partidos que reciclan un lenguaje parecido al de la vieja izquierda. Hoy cuando esta izquierda repunta en el mundo, teniendo su expresión más clara en Latinoamérica, no hay uno sólo de ellos que se declare no ya seguidor, sino  simpatizante o siquiera lector de Marx.

Así, pareciera que las ideas, el pensamiento, la ideología que conformó este pensador alemán, sobre todo en la segunda mitad del siglo XIX, hoy no tienen vigencia, vaya, al parecer ni siquiera existieron. Así, los partidos de “izquierda” pueden sin ataduras, sin atavismos, colocarse con un rostro renovado, moderno, democrático ante el electorado, sobre todo el de las grandes urbes capitalistas, como una opción, como una alternativa quién sabe de qué, ofreciendo quién sabe qué cosas, envueltos en una grandilocuencia llena de sofismas acerca de la pobreza, la seguridad, la justicia, pero eso sí, con reflectores, recursos financieros infinitos, poder, etc.

Cada que oímos hablar a los dirigentes de la izquierda, se les nota la suficiencia de la aceptación, la satisfacción de haberse deshecho de una especie de máscara, con la que no se sentían a gusto. Son los primeros que declararon la muerte del marxismo. Pues señores, les tengo una mala, quizá terrible, noticia. Durante julio de 2006 –claro, hace casi cuatro años- en el programa de televisión de la BBC de Londres, “Nuestro Tiempo”, se realizó una encuesta para saber quién era el filósofo qué más ha influido en la historia de las ideas en el mundo. El resultado es aleccionador, y como dije, quizá terrible noticia para muchos: el filósofo más votado fue precisamente Carlos Marx con cerca del 28 por ciento, le siguieron filósofos como David Hume con 12.6%; Wittgenstein 6.5%; Nietzsche 6%; Platón 5.7%; después pensadores como Tomás de Aquino, Sócrates, Aristóteles, Karl Popper, entre otros. Así, a pesar de todos los intentos por mantener a Marx y sus ideas en el cementerio, el viejo topo se niega a morir y anuncia que “se le mueve la colita”. 

De hecho, cuando al año pasado estalló la burbuja inmobiliaria en USA, generando una nueva y severa crisis económica en el centro del capitalismo, muchos analistas y grandes capitanes de empresas, así como intelectuales del capital, como George Soros, aconsejaban leer ¡El Capital, de Marx! para “entender” el fenómeno que se presentaba. En México hace muchos años dejó de analizarse, debatirse, leerse, publicarse el marxismo. Existe un temor por pronunciarse en torno al personaje en cuestión o al tema en general. En algunas universidades públicas se permite, con timidez y sonrojo, alguna conferencia, curso o plática –el año pasado en Facultad de Estudios Superiores de Aragón, de la UNAM, se toleró un curso-seminario sobre la historia del pensamiento marxista, pero cuando, a petición de los estudiantes, se trató de programar un seminario permanente sobre El Capital, la autoridad se negó rotundamente a aceptarlo-.

Los intelectuales, los comunicadores, los gobernantes lo miran de soslayo argumentando que el marxismo se asocia indisolublemente con una interpretación maniquea, doctrinal, ortodoxa, totalitaria, incluso represora. Señalan, no sin razón, que el marxismo está marcado por el sino del estigma estalinista, del socialismo real o prosoviético. Con esto dan un plumazo a la posibilidad de debatir acerca del tema, de demostrar que la apropiación estalinista del marxismo, aceptando que marcó profundamente a la teoría, no fue la única expresión de él. Para probar lo anterior, acudimos a uno de los pensadores europeos que logró un desarrollo muy importante a esta teoría, nos referimos a Antonio Gramsci, dirigente comunista italiano, que aportó en condiciones muy difíciles –encarcelado por el fascismo, con severos problemas de salud, menguado físicamente- nuevos elementos teóricos, sobre todo para analizar el desarrollo del capitalismo actual.

El marxismo de Gramsci, que para los marxistas de su época no parecía lo bastante “ortodoxo” para tomarlo en cuenta, prefigura una dirección central: demostrar lo útil, lo vivo y lo muerto en el marxismo (1). Gramsci demostró que es errónea una lectura parcial de Marx, enfocada sólo a los temas de la infraestructura, sino que había que revalorar el concepto de praxis, para demostrar que el marxismo es “una articulación compleja de la teoría y la práctica en la relación infraestructura-superestructura, así podremos enfrentar la relación objetividad-subjetividad, sin dar primacía a lo subjetivo, sino para valorar la subjetividad en un sentido revolucionario”(2). En una lectura simplista de sus obras, algunos epígonos lo han declarado tajantemente como el “teórico de las superestructuras”, los estudios radicales lo colocan, por el contrario, como el teórico de la vía parlamentaria al socialismo, entre otras cosas. Nada más alejado de la realidad, como demostraremos en este trabajo.

Breve esbozo biográfico

Con la intención de que los lectores de la revista que desconocen a Antonio Gramsci lo conozcan, desarrollaremos una breve síntesis de su vida y obra.

Antonio Gramsci nació en la isla de Cerdeña, el 22 de enero de 1891. Gramsci, según las fotos que se conocen, tenía algunos rasgos de enanismo, es decir, su cabeza era desproporcionalmente grande con relación a su cuerpo. Unos dicen que debido a un accidente a los tres años que le deformó la columna vertebral, otros que padecía tuberculosis ósea. El hecho es que Gramsci sólo creció cerca del metro y medio de estatura.

Su hermano Gennaro se hace militante socialista y dada su cercanía con Antonio, le permite a éste acceder desde los trece o catorce años a la literatura socialista de su época (1904-1908). En 1911 parte a Turín para concursar por una beca para ingresar a la Universidad, concluye los exámenes y ahí conoce a Palmiro Togliatti, futuro dirigente del comunismo italiano y futuro funcionario de La Comintern estalinista. En 1914-16 ingresa al Partido Socialista. Durante la Primera Guerra Mundial desarrolla una intensa actividad periodística, frecuenta círculos obreros, da conferencias en los salones de los socialistas. En esta actividad da muestra de una singularidad e intransigencia política incluso contra sus propios compañeros socialistas. Cuando en marzo de 1919 cae el Zar ruso, Gramsci es de los primeros en atisbar el arribo del socialismo en ese gran país, escribe en el semanario de la sección socialista de Turín: “la revolución rusa es (…) un acto proletario que debe desembocar en un régimen socialista”(3).

En noviembre Lenin y los bolcheviques toman el poder en Rusia y Gramsci, demostrando una gran originalidad y sentido crítico, publica en la edición nacional del periódico socialista “Avanti!” una editorial con el título “La revolución contra el capital”: “La revolución de los bolcheviques es la revolución contra El Capital de Carlos Marx. El Capital era la demostración crítica de la fatal necesidad que en Rusia se formase una burguesía, se iniciase una era capitalista, se instaurase una ciudadanía de tipo occidental […] si los bolcheviques reniegan algunas afirmaciones de El Capital, no reniegan del pensamiento inmanente, vivificador […] viven el pensamiento marxista […] que en Marx se había contaminado de incrustaciones positivistas y naturalistas (!)”(4). Bueno, este pensamiento original no gustó nada en Moscú.

Después de la revolución rusa, los jóvenes socialistas italianos sienten que su dirección nacional carecía de iniciativas ante el momento que se vivía. Junto con Palmiro Togliatti, Tasca y otros funda el periódico L´Ordine Nuovo (El Nuevo Orden) que se convertirá en la expresión política de los futuros fundadores del Partido Comunista., así como la voz de los Consejos de Fábrica que se desarrollan en Turín entre 1919 y 1920.

Durante el II Congreso de la ahora Internacional Comunista o Tercera Internacional, se pide la expulsión de los partidos miembros o adherentes, de aquellos a quienes se calificaba de gradualistas o reformistas; la dirección del Partido Socialista Italiano no acepta esta resolución, y obliga a los jóvenes mayoritariamente agrupados en el periódico L´Ordine a una escisión. En enero de 1921 en Livorno se crea el Partido Comunista Italiano (PCI) sección italiana de la Internacional, dirigido por Amadeo Bordiga, Gramsci ingresa al Comité Central. En mayo de 1924 es electo diputado. Había regresado de la Unión Soviética en donde se había casado con Julia Schucht, con quien tuvo dos hijos. En 1923, ante al advenimiento del antiguo socialista Benito Mussolini, la Internacional establece la línea de la unidad entre los comunistas y socialistas, pero Bordiga en una posición radical se opone.

En enero de 1926, ya en el poder Mussolini y desarrollándose el fascismo, el PCI celebra clandestinamente en Lyon su Tercer Congreso. En él las tesis de Gramsci con relación a la caracterización del fascismo y el papel del partido como promotor de la unidad de los obreros con el campesinado pobre del mezzogiorno italiano, son aprobadas y Gramsci es elegido Secretario General del PCI. Tras la muerte de Lenin, se desata en la dirección del partido bolchevique (ya partido comunista), una lucha interna que llevó al triunfo de Stalin. Gramsci escribe una carta al Comité Central del partido ruso, criticando la lucha interna, carta que Palmiro Togliatti, delegado del partido italiano en Moscú, decide no entregar, con lo que se genera el debate acerca del papel de Togliatti  en este período, y cobra relevancia, porque él fue el primero que publicó la obra de Gramsci, el que inició de hecho una especie de “culto” por Gramsci.

En octubre de 1926  en Bolonia,  Mussolini sufre un atentado sin consecuencias personales pero que le da pretexto para terminar con los últimos residuos de libertad y tolerancia. En noviembre, violando su inmunidad parlamentaria, Antonio Gramsci es apresado y el 4 de junio del año siguiente condenado a veinte años de prisión. En las cárceles fascistas y con una salud bastante deteriorada, Gramsci elaborará sus principales líneas de teoría política, enfrentando a la censura de los inquisidores fascistas, pero también la de sus propios camaradas del partido italiano.

Existe una buena cantidad de información y muchas líneas escritas que refieren los intentos de sus familiares para lograr que desde la URSS se hiciesen esfuerzos por excarcelarlo, pero tanto la dirección de su partido como, desde luego la de Moscú, se mostraron insensibles. Al parecer les incomodaba un teórico conocido como Gramsci, que ya criticaba abiertamente en sus cartas a familiares, como también al comité central del PCI, a la política del estalinismo. A pesar de las trabas de Moscú y la inacción de los comunistas italianos, en varias partes de Europa, especialmente en París, intelectuales, artistas, dirigentes obreros y estudiantes, demandan públicamente la libertad de Gramsci y los presos políticos del fascismo. Por fin, en 1935 Mussolini accede al traslado de Gramsci a una clínica de Roma; Antonio está muy grave sufre del morbo de Pott, tisis, arterioesclerosis, hipertensión y gota. Internado en el hospital de Roma, el 21 de abril de 1937 Gramsci es declarado plenamente libre, pero seis días después, el 27 de abril, muere con tan sólo 46 años.

Obra

Su principal obra teórica la escribió desde las mazmorras del fascismo. Sus escritos están reunidos en lo que se conoce como “los Cuadernos de la Cárcel”, escritos entre 1929 y 1935. En 1975, en una edición cuidada por Valentino Gerrratana, se publican los cuadernos siguiendo el orden cronológico de su elaboración. En México, también en ese año, la editorial Juan Pablos, publica tres volúmenes de los escritos de Gramsci.
Ahora, entre la intelectualidad “democrática”, Gramsci es el intelectual ideal, con el que podemos sentirnos cómodos, a gusto, a través del cual podemos asumir una posición progresista  casi de izquierda, aunque lo leamos poco y lo entendamos menos. Sin embargo, Gramsci es un escritor marxista, dirigente comunista desde joven, que siempre trató de ligar la teoría a la praxis, que fue conocido, leído y querido entre los dirigentes de los consejos de fábrica de Turín.
Para este estudio, señalaré dos temas que en mi opinión, son los que reflejan con mayor claridad el pensamiento político de Gramsci, los que se refieren a la cuestión de la Hegemonía/Bloque Hegemónico y “Bloque Histórico” y al papel en él de los intelectuales.

Hegemonía, Bloque Histórico, Estado e Intelectuales.

El pensamiento de Gramsci se ha visto rodeado de una visión casi ecuménica, es decir, de un respeto intelectual sin mayor discusión. Lo usaron los comunistas italianos para fundamentar su política de “Compromiso Histórico”, es decir, un acuerdo de gobierno con la Democracia Cristiana y el Partido Socialista, que nunca se concretó, entre otras cosas porque la gran  burguesía italiana nunca aceptó la llegada de comunistas al gobierno, y con el asesinato del Presidente Aldo Moro, dio pie para una recomposición que permitió que la Democracia Cristiana triunfará ampliamente en las elecciones de 1978. Asimismo, los franceses utilizaron este concepto gramsciano para fundar la “Vía Francesa al Socialismo”, buscando también un gran acuerdo especialmente con los gaullistas y de paso con el Partido Socialista, que era mayoritario entre la clase obrera francesa y que finalmente a través de Francois Mitterrand, gobernó Francia, sin los comunistas, por cierto.

Los españoles fundaron el llamado “eurocomunismo”, alrededor de las tesis de Gramsci, aunque ellos nunca reconocieron su legado públicamente. De alguna manera el Partido Comunista de Chile, en nuestro continente, durante el gobierno de Salvador Allende, se planteó una lectura de Gramsci para elaborar la política de Unidad Popular. También en Chile, la lectura de Gramsci por parte de la dirigencia socialista posibilitó la creación de los “cordones industriales”, homólogos de los consejos de fábrica turinenses. ¿De qué estamos hablando, entonces? De una lectura gramsciana del concepto de Hegemonía y Bloque Histórico. En todos estos casos y muchos otros que no sólo tienen que ver con la línea de los partidos de izquierda, nos encontraremos con términos como “sociedad civil”, “sociedad política”, “estado”, “hegemonía”, “dominación”, “dirección”.

El tratamiento propio de Gramsci a la idea de Hegemonía la recoge directamente de las elaboraciones de la Internacional Comunista, sobre todo en sus cuatro primeros congresos. Aunque algunos dirigentes bolcheviques ya analizaban el término, por ejemplo Trotsky escribe: “la hegemonía del proletariado en la revolución democrática fue tajantemente diferenciada de la dictadura del proletariado, y contrapuesta polémica e ella”(5). Se hablaba de la hegemonía del movimiento obrero sobre todas las otras clases “subalternas” (campesinos medios y pobres, asalariados, pequeños comerciantes, etc.) a fin de conducirlas hacia el triunfo de la revolución socialista. Ese era el significado que los marxistas “pregramscianos” –permítaseme la expresión- daban al término de hegemonía.

Ya en 1922, durante el cuarto congreso de la Internacional, el término hegemonía se extendió al análisis de la dominación que ejerce la burguesía sobre el proletariado. Señalaba su resolución política: “La burguesía siempre trata de separar lo político de lo económico, porque comprende muy bien que si consigue mantener a la clase obrera dentro del marco corporativo, ningún peligro serio puede amenazar su hegemonía”. (6) Gramsci retoma en este punto la definición y la extiende al análisis del desarrollo del capitalismo contemporáneo, el papel de las clases, la sociedad, el estado y los partidos políticos. Señalaba: “El estado es concebido como organismo propio de un grupo, destinado a crear las condiciones favorables para la máxima expansión del mismo grupo, pero este desarrollo y esta expansión son concebidos y presentados como la fuerza motriz de una expansión universal, de un desarrollo de todas las energías ´nacionales”.(7) Asimismo, Gramsci advirtió que la hegemonía de un grupo social determinado, asume frecuentemente la “dominación” o “coerción”, al señalar que “La supremacía de un grupo social asume dos formas: ´dominación´ y dirección moral o intelectual” (8).

Siguiendo este hilo conductor afirma que “El ejercicio normal de la hegemonía en el ahora terreno clásico del régimen parlamentario se caracteriza por una combinación de fuerza y consentimiento, los cuales forman un equilibrio variable sin que, incluso, la fuerza prevalezca demasiado sobre el consentimiento” (9). El análisis de Gramsci nos indica que la novedad que este consentimiento o nuevo consenso adopta, es el de la creencia por los ciudadanos de que ellos ejercen una autodeterminación definitiva en el interior del orden social existente. Es decir, no estamos ante un esquema clásico en donde una clase es sometida por otra, sino la creencia en la igualdad democrática de todos los ciudadanos en el gobierno de la nación, o sea, ¿quién cree que existe la división de clases, si ante la ley todos somos iguales? Porque la forma general del estado representativo es en sí misma el principal cerrojo ideológico del sistema vigente, cuya existencia misma despoja a los ciudadanos en general y a las masas trabajadoras en particular de la idea de un sistema social más equitativo, con un diferente tipo de estado. Los medios masivos de comunicación, en manos privadas, así como otros mecanismos de control cultural afianzan ese “efecto” ideológico central (10).

En México, por ejemplo, el Congreso elegido cada tres años se nos presenta como la expresión soberana de la voluntad popular, que refleja ante todos los mexicanos la unidad ficticia de la nación y nos pone en la dinámica de creer que asumimos un especie de autogobierno, cuando la mayoría de los gobernantes inscriben en sus programas señales como “contraloría social”, “observatorio ciudadano”, etc., que sin menospreciar la ingente labor que realizan de fiscalización social de la acción de los gobiernos, contribuyen a generar la falsa ilusión de la representación “de todos”.

Gramsci coloca en lugar preeminente el énfasis cultural en toda su obra. Y es que este énfasis combinado con su aplicación teórica de las clases dominantes tradicionales, sin duda produjo una nueva teoría del papel de los intelectuales. Argumentaba que una de las funciones clásicas de éstos era terciar en la hegemonía de una clase sobre otra, en función de subyugación, enajenación, control y explotación, a través de sistemas ideológicos. De los que ellos eran agentes organizadores. Estos, en su afán de sostener la dominación llegan al extremo de mecanizar la dialéctica, creando sofismas y utopías que, según ellos, son imposibles de concretar. El juicio crítico, certero de Gramsci no tiene ningún comentario. Escribe: “Tal modo de concebir la dialéctica [o sea, como proceso mecanizado] es propio de los intelectuales, quienes se conciben a sí mismos como árbitros y mediadores de las luchas políticas reales, los que personifican la ´catarsis´ del momento económico al momento ético-político, esto es, la síntesis del proceso dialéctico mismo; síntesis que manipulan especulativamente en su cerebro, dosificando los elementos arbitrariamente [o sea, pasionalmente]. Esta posición justifica su no empeñarse enteramente en un acto histórico real y es indudablemente cómoda” (11). Asimismo, sostiene que “La hegemonía burguesa es muy fuerte y tiene muchas reservas. Los intelectuales están muy concentrados [institutos, universidades, grandes periódicos y revistas] y, aunque numerosísimos, son en el fondo muy disciplinados en los centros nacionales de cultura” (12), (¿nos suena conocido esto que Gramsci escribió hace más de setenta años?) o forman sus cofradías muy unidas, fuertes y con recursos.

En nuestro país prevaleció, en la configuración del estado mexicano, la idea del “bloque hegemónico”. Durante más de seis décadas las diferentes fracciones de la burguesía mexicana utilizaron el consenso, la dirección, la hegemonía, la coerción, separadas o combinadas, de acuerdo como  se presentara la relación de fuerzas dentro del bloque hegemónico. Ya que en México, como en todo país capitalista, el Estado ha sido instrumento de una clase, pero también lugar de lucha para la hegemonía y proceso de unificación de las clases dirigentes. Los constructores del Estado mexicano no sólo lo hicieron sobre la base de la hegemonía y el “bloque histórico”, creando a las instituciones culturales que le dieran sustento ideológico: intelectuales, sistema educativo, organizaciones de la prensa; sino que también crearon el “príncipe moderno” que colocaron por “encima” de las clases y fue el mecanismo que permitió realizar las labores de consenso y legitimación, ya que hablaba a las masas en nombre de la revolución, de la unidad, de la soberanía nacional, ese “príncipe moderno” fue, siguiendo a Gramsci, el partido político.

La lucha por la hegemonía y la conformación de un nuevo “bloque histórico”, es una de las nuevas etapas que cursamos. Sin duda no es por una hegemonía diferente, entendida como la irrupción de una nueva clase y la posibilidad de que ésta aglutine a las subalternas para cambiar el rumbo del país. No; son los sectores más dinámicos del sistema económico que pugnan por imponer su dirección, sin que los sectores más tradicionales, ligados a una forma de hacer política y una manera de organizarse para ello, hayan perdido terreno. Los espacios que se han abierto, producto de esta lucha interna de las clases dominantes, no han sido aprovechadas por un movimiento ciudadano, clasista, potente, organizado, con partidos y representantes genuinos, porque éste no existe. Los espacios han sido cubiertos por una protesta silenciosa, que va en un sentido inverso al desarrollo social, económico, político, cultural, etc. Sectores producto de las crisis, que al parecer han encontrado una forma de “canalizar” su impotencia, una forma negativa, pero ahí están, con recursos, armas, organización.

Es imprescindible la construcción de una nueva hegemonía, de una dirección, de un sector que nuevamente aglutine bajo su dirección a todas las clases, co-dominantes y subalternas. Para lograrlo se requiere la reconstrucción programática de un nuevo diseño institucional, la incorporación de dirigentes de las clases subalternas, abrir espacios al debate, al diseño de políticas culturales de otro tipo. Es factible la utilización de las herramientas teóricas que nos legó Gramsci para hacerlo.

Notas
(1). María Antonieta Macciocchi, “Gramsci y la revolución de occidente”, Siglo Veintiuno Editores, 1977 (Pág. 15).
(2). Idem. (Pág. 15-16)
(3).Antonio Gramsci, “Cuadernos de la Cárcel”, T.III, Juan Pablos Editor, 1975. Pág.35
(4). L´Ordine Nuovo (1919-1920), Ediciones Einaudi, Turín, 1963.
(5). Trotsky, “Historias de la Revolución Rusa”, Ed. Zero, 1975, Págs. 296-97.
(6). Los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista, Cuaderno de Pasado y Presente, Argentina, 1977.
(7). Antonio Gramsci, “Notas sobre Maquiavelo, sobre política y sobre el estado moderno”, Juan Pablos Editor, 1975.
(8). Idem
(9). Idem
(10). Perry Anderson, “Las autonomías de Antonio Gramsci”, estado y revolución en occidente, Editorial Fontamara, Barcelona, 1998.
(11). Antonio Gramsci, “Los intelectuales y la organización de la cultura”, Cuadernos de la Cárcel II, Juan Pablos Editor, 1975.
(12). Idem.