23/9/09

Vencido por la nostalgia, de José León Tapia


Rafael Monasterios (Venezuela) Paisaje larense

La rebeldía de un autor enfrentado a su destino

Julio Rafael Silva Sánchez
Especial para “Gramscimanía”

Está suficientemente demostrado que la lengua es la mayor potencia del hombre para realizarse. Bien vale la pena que encuentre su justo desarrollo colectivo, social, sin atender a intereses extraños y menguados. La misma paz de nuestro mundo espacial, de nuestro mundo cibernético, depende en gran parte del poder persuasivo de la lengua, utilizada en su alta misión vinculatoria y salvadora. En ese sentido, Novalis, citado por Serrano Poncela (1971), afirmaba que: ...la poesía es el arte de construir la salud trascendental: el poeta, por consiguiente, es y debe ser el médico trascendental. Y es precisamente uno de estos médicos, un artífice, un alquimista de la palabra quien hoy nos ocupa: José León Tapia Contreras (Barinas, 1928-2007), narrador, historiador, cronista, testigo de su época y de su entorno, pedagogo, periodista, biógrafo, fabulador, ensayista, crítico, curioso, pero sobre todo poeta… quien nos ha dejado una obra a través de la cual intenta reencontrar el misterio de la inconformidad, en donde subyace el enigma de lo humano. En sus obras asume José León Tapia la defensa irreductible del oficio de escritor, y nos revela que es un hombre viviendo en permanente estado de creación, descubriéndose como un poeta que sostiene la dignidad absoluta de la palabra, contra toda concesión a lo primario, a lo inmediato, a lo fácil, a lo formal, a lo promiscuo. Hay en sus obras, ardorosamente fundidos, la fuerza instintiva de la frase y, a ratos, un cauce subterráneo que lo emparenta con el símbolo. El autor hurga, con férrea voluntad, una atmósfera de llamas levantada en torno suyo, mientras cuenta y canta sin detenerse en dudas o vacilaciones, con un claro y preciso tono discursivo que eleva el texto a la categoría de paradigma. Sus libros están escritos en limpia prosa, pero el poeta atisba desde los arrecifes del verso y, valiéndose de las imágenes y de los símbolos, navega hacia los niveles más profundos de su psiquis, alcanzando, en último grado, la disposición momentánea del Yo, para lograr, como lo quería Lautreamont: ...una especie de exaltación angélica a través de la cual el alma entrevé los esplendores situados más allá de la tumba.

El autor, con entereza, con tesón y energía que sólo explican un elevado ardor, recorre los más recónditos lugares de nuestra geografía (con preferencia por la llanura desolada), buscando en los ríos, en los caminos, en los lugares de los acontecimientos y, fundamentalmente, en la nostalgia, en los recuerdos y en las consejas de los sobrevivientes, la huella viva de esos protagonistas olvidados, quienes cabalgaron sobre la tierra venezolana su aventura libertaria, en el grado diverso de la claridad y firmeza de sus principios y de la conciencia de sus objetivos. En toda esta obra asistimos al singular poder descriptivo del autor, su garra de narrador, el estilo – aunque tradicional -, dotado asimismo de la inagotable fascinación de la novela de aventuras. Una exaltación del personaje libertario, un retorno al candor de la naturaleza, que actúan, por debajo del deleite y la desenvoltura impresos a la fábula, como afilada crónica de imputación. Todo lo cual convierte a estas narraciones, fábulas, rapsodias, anécdotas, leyendas en una afinada suma de estructuras en donde el testimonio, la confesión, el recuento, la poesía, el drama y la historia, son pliegues a través de los cuales se filtra el mito, generador de los saberes provenientes del amor y la nostalgia: atmósferas múltiples que concretan el espacio poético de una endurecida selva poblada de sentidos, cuyo relato es indagación y marcha, una senda ficcional y existencial que rememora el itinerario de la imagen, del vértigo, de la locura, de la música, del cuerpo, de las inmensidades cálidas de la geografía venezolana: espacios que reflejan la naturaleza precaria y poética de la cual nacen las pulsiones y las esperanzas. Tal vez por eso ha dicho José Carlos De Nóbrega (2008) que: El decir poético del discurso narrativo de este curandero de cuerpos y almas es indiscutible, de honda raigambre oral, popular y humanista; parte de la problemática y maravillosa convivencia con los fantasmas de su pueblo y de su personal memoria, sin un llorón apego necrológico, pero sí en tanto lucha insomne que nos aferra a la vida que nos bendice y ennoblece.

La obra que ahora presentamos, Vencido por la nostalgia, de José León Tapia, prolonga una línea creativa la cual, sin arriesgar demasiado, podemos afirmar viene directamente del Antiguo Testamento, la voz más antigua del mundo que nunca cesa de narrar: el autor estructura la narración sobre la base del ritornelo constante de ciertos elementos reiterativos, para, a medida que la historia avanza, irla enriqueciendo más y más. Sus palabras ofrecen su verdad exaltada, apasionada, rica en detalles, presuntuosa, pero pocas veces vacilante: se aclara en sus relecturas y obedece a su conciencia reveladora, a pesar de sus aciertos, sus temores, sus máscaras y ficciones. Obra que maravilla la existencia a través de un lenguaje polifónico, la audacia de las metáforas y el viaje al fondo de los misterios, en donde es posible encontrar lo esencial, es decir: la casa-nido en donde se abriga la palabra profética. José León Tapia pareciera alertarnos en su texto: somos la ilusión de nosotros mismos, estamos solos delante de la soledad y nuestro destino para construir lo posible-imposible de las utopías.

Éste es un libro autobiográfico que recoge los años de infancia y juventud del autor, así como sus primeras luchas de médico con vocación de servicio social, y su periplo existencial, profesional y literario. Hay aquí historias familiares, historias de la ciudad (algunas veces Barquisimeto, otras Caracas, pero, casi siempre, Barinas), historias fantásticas de muertos y aparecidos, historias de personajes, de sucesos insólitos, referencias a sus obras cardinales. Todo salpicado con el ingenio y la gracia de seres sencillos que disfrutaban llevando de la mano a un niño, para acompañarlo en su descubrimiento del mundo. Pero la constante es la reflexión del autor sobre su entorno socioeconómico y sobre los valores de su gentilicio.

En estas páginas denotamos rasgos definitorios de toda su obra, tales como: la densidad, la profundidad, el compromiso militante y ese subterráneo temblor lírico expresado en una palabra, en un giro sintáctico, en una atmósfera de tensión, en la descripción de un suceso, en la narración de un acontecimiento real o fabulado, en una copla, en un verso. Es el halo que las circunda, el puente de comunicación con las formas literarias, su verificación de interdependencia con respecto a la historia, la pedagogía, la sociología, el uso doctrinario del lenguaje. Por supuesto: el autor no se ha propuesto ser lírico: es una condictio que viene dada como una gracia espiritual, especie de toque último de dedos que perfecciona los textos elevándolos de categoría: barniz que contribuye a dotarlos de eficiente finalidad, sumergiendo a los lectores en cierto temple afectivo que les hará porosos a los textos, apresándoles mejor en su orbe y tensando su sensibilidad. Porque el lugar puede construirse, los problemas provocan a la intervención y, además, la realidad permite pocas alternativas. Es posible encontrar argumentos nuevos y mejores para criticar el conformismo frente a lo realmente existente como si fuera lo único posible; la celebración erotizada del poder; la placidez autosatisfecha e indiferente; el cinismo, que antes se usó como arma de la crítica a los poderosos y hoy parece ejercerse únicamente sobre los progresistas.

En esta obra observamos otra de las constantes en los textos de José León Tapia: profundizar en los acontecimientos de la Historia de Venezuela (y de la propia historia personal) para entresacar alguna anécdota, algún personaje, alguna gesta (por insignificante que ella sea) para, a partir de allí, edificar sus páginas, en un maravilloso deambular desde las pinceladas hasta el detalle: desde la historia menuda, enfoca la Gran Historia, para llenarla de vivacidad, de cuadros, de dramas. El autor nos coloca como lectores frente a un gran mapa en donde podemos leer los signos del desplazamiento, la destrucción y la construcción de ambientes, personajes y acontecimientos, en una técnica literaria que pone en diálogo las perspectivas del tiempo narrado, tanto desde el punto de vista ficcional como histórico.

En estos textos, José León conserva el frescor de la dicción espontánea, sin arreglos cultos, iniciado en sus textos precedentes y que es el leit-motiv de toda su obra. Allí está la vigilia perenne, la fidelidad severa y profunda expresada en su realismo alucinante. Lentos y exquisitos personajes fantasmales enriquecen estas páginas, a través de los cuales el autor revela un acento de afiebradas búsquedas interiores. En estas páginas, la voz de José León deviene renovada y lúcida, asentada y equilibrada en una base coherente, en donde el quehacer narrativo se reviste de cierta altivez creadora y va dejando al impulso severo de la imagen un pensamiento lógico, ceñido a las luminosas secuencias anecdóticas. Predomina un cuadro social contemporáneo, con un lenguaje enumerativo, tipificante y clasificatorio, puesto al servicio de un inventario de hombres, objetos, modas y costumbres. Aquí está la confesión dolorosa de su autor sobre su participación, como protagonista, de la historia del ejercicio de la medicina en su Barinas natal, narrada, como es su costumbre, por fragmentos o pequeñas historias, las cuales tienen su desenlace en los mismos paisajes y escenarios de sus obras anteriores.

En estas páginas, el ritmo de la prosa y el colorido de las imágenes proceden de la entera vida sensitiva del autor, y el matiz poético de sus palabras está definido por el rescate del profundo pozo de la memoria colectiva y la intervención del hilo que tienden otras obras suyas, las cuales facilitan su expresión, desnudando y dándole existencia a su voz melancólica. En tal sentido es emblemático el fragmento final de la obra:...Nunca he tratado de hacer literatura sin un basamento real donde inspirarme, pues no me han interesado las abstracciones de estilo, géneros literarios, experimentalismos de lenguaje, todo tan de moda en la crítica literaria (...) No entiendo esa literatura donde se impone sólo la palabra, como instrumento de arte (...) Narro con el mismo lenguaje con que me expreso en la conversación cotidiana (...) A este encanto en el relato debo muchos lectores y la satisfacción de una discreta resonancia que ha vencido el vacío dejado por mi vida de médico que durante años colmaba mis inquietudes (...) Queda para la posteridad, mi romántica concepción del ejercicio profesional y el orgullo de haber iniciado en la ciudad de mis ancestros la cirugía moderna (...) Además, el alma de mis escrituras, que tal vez tarde más tiempo en olvidarse.

Referencias bibliográficas

De Nóbrega, J. C. (2008). Una aproximación heroica de Julio Rafael Silva Sánchez a la obra de José León Tapia. Disponible en: http://salmoscompulsivos.blogspot.com/2008/html. Consultada: 10/10/08.
De Ríquer, M. (1987). Historia de la literatura universal. Barcelona: Planeta.
Fortini, F. (1962). El movimiento surrealista. México: Unión Tipográfica Hispano-Americana.
Serrano Poncela, S. (1971). La literatura occidental. Caracas: Ediciones de la Biblioteca de la UCV.