16/9/09

El Dorado: Mito, utopía y realidad



La leyenda de “El Dorado” nace durante los tiempos de la conquista de América. Las nuevas tierras, las fortunas halladas y los misterios de un continente desconocido aumentaban las fantasías de los conquistadores por encontrar el tesoro más grande que hayan podido ver en sus vidas.


Julio Rafael Silva Sánchez / Especial para “Gramscimanía”


I. Prolegómenos: Poder, hegemonía, voluntad de dominio y otros impulsos nada ocultos del conquistador español del siglo XVI

La escena es bastante conocida: en el verano de 1484, aquel iluminado y ansioso personaje llamado Cristóbal Colón1 ofrecía en Lisboa su aparentemente descabellado proyecto al rey Juan II de Portugal, quien – preocupado por otras razones de Estado - le concedería poca importancia a esta ambiciosa aventura marítima. Un año después, en 1485, mientras su hermano Bartolomé hacía prolongadas e infructuosas antesalas en las cortes de Inglaterra y Francia, Colón se traslada a España, en un nuevo intento por conseguir financistas que apuntalaran su empresa. Allí, luego de interminables discusiones con comisiones de expertos, eruditos y profesores, la reina Isabel de Castilla decidió finalmente apoyar su proyecto. 

Pero, ¿qué ocurría en Europa – fundamentalmente en España - durante este tiempo? Los siglos XIV y XV2 estuvieron marcados por una profunda crisis demográfica, económica y política. En Castilla la crisis tuvo su apogeo en el siglo XIV, mientras que en Aragón y Cataluña el conflicto estalló en el siglo XV. Las malas cosechas se repitieron a lo largo de estos siglos. Las técnicas agrícolas no habían evolucionado lo suficiente para evitar los estragos causados por el insufrible clima de esos días. El ciclo se repitió varias veces: malas cosechas, escasez de alimentos, carestía, hambre. En esas circunstancias de desnutrición, la población era fácilmente atacada por las epidemias. La Peste Negra (1348-1351) fue la más brutal, pero no la única. Se estima que en algunas zonas la población descendió entre el 20 y el 40%. 

La profunda crisis demográfica golpeó duramente a una agricultura que no había evolucionado. Amplias zonas se despoblaron, reduciéndose las tierras puestas en cultivo a la vez que, en muchas regiones, escaseaba la mano de obra campesina. El descenso de las rentas de los grandes propietarios - la nobleza - fue la lógica consecuencia de esta realidad. Esa nueva situación (carencia de mano de obra, zonas despobladas y tierras no cultivadas que podían ser utilizadas para pastos) originó que en Castilla la ganadería ovina trashumante se impusiera como principal actividad económica. Los privilegios del Honrado Concejo de la Mesta, asociación de los grandes ganaderos castellanos fundada por Alfonso X el Sabio el año 1273, aumentaron notablemente. Mientras, la artesanía también entra en declive ante el descenso de la demanda provocado por el declive demográfico y el empobrecimiento de la población. Y el comercio castellano, la actividad menos afectada por la crisis, continuó creciendo, basado en la exportación de lana y la importación de productos manufacturados de lujo y dirigido esencialmente a Flandes. 

La disminución de ingresos de la nobleza ocasionó que los grupos sociales dominantes intensificaran la explotación del campesinado estableciendo nuevos y más duros derechos señoriales. La reacción campesina ocasionó diversos levantamientos en el siglo XV, como las guerras irmandiñas, en Galicia. 

En la zona occidental de la península aparecieron tres grandes núcleos políticos: los reinos de Portugal, León y Castilla. Portugal siguió una historia un tanto distinta, y León y Castilla vivieron un complejo proceso en el que ambas coronas se unieron y desunieron a lo largo de los siglos XI y XII. Finalmente, con Fernando III de Castilla, tuvo lugar la unión definitiva el año 1230. 

La organización territorial del reino era muy compleja. Dentro del reino de Castilla existía el reino de Galicia, el señorío de Vizcaya y los territorios de Álava y Guipúzcoa. Así el monarca tenía los títulos de Rey de Castilla, León y señor de Vizcaya. 

La historia política de los siglos XIV y XV fue realmente borrosa3 y estuvo caracterizada por una profunda crisis. Al fortalecimiento del poder real obtenido por Alfonso XI con la aprobación del Ordenamiento de Alcalá el año 1348, le sucedió una brutal crisis expresada en la guerra civil entre el Pedro I el Cruel y Enrique II de Trastámara. La victoria de este último trajo una nueva dinastía, los Trastámara, al poder y el fortalecimiento del poder nobiliar (las mercedes enriqueñas). En el siglo XV, los reinados de Juan II y Enrique IV vivieron importantes conflictos internos en los cuales la nobleza reforzó sus posiciones. A Enrique IV le sucedió su hermana Isabel de Castilla, la futura Isabel la Católica.
 
El rey se veía asistido en su acción de gobierno por diversas instituciones centrales: el Consejo Real, la Audiencia, encargada de la administración de justicia, y la Real Hacienda, encargada de los impuestos. En estos siglos se fueron cimentando dos instituciones claves para el poder real: un Ejército Real permanente y una Burocracia cada vez más compleja, formada por letrados, expertos preparados en las universidades. 

En el siglo XII (concretamente el año 1188) habían nacido las Cortes, asamblea estamental formada por representantes de la nobleza, el clero y las ciudades. Este organismo carecía de poder legislativo, pero decidía sobre los impuestos extraordinarios y tenía la capacidad de presentar peticiones al rey. La administración local se basó en la institución de los Concejos o Ayuntamientos, los cuales terminaron bajo el control de las oligarquías urbanas (nobleza, clero y burgueses). 

En 1469 tuvo lugar el matrimonio de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, ambos pertenecientes a las familias reinantes en Castilla y Aragón, en donde reinaban diferentes ramas de la dinastía Trastámara. 

Tras morir Enrique IV estalló la guerra civil en Castilla. La hermana, Isabel de Castilla, quien contaba con el apoyo de Aragón, y la presunta hija, Juana "la Beltraneja", apoyada por Portugal, se enfrentaron en un conflicto que culminó con la batalla de Toro en 1476 y la paz con Portugal en 1479. Isabel I era plenamente reconocida como reina de Castilla. Ese mismo año 1479, Fernando I fue coronado rey de Aragón. Culminaba la unión dinástica entre los dos reinos más poderosos de la península. Los nuevos reyes se dispusieron a conseguir la unión peninsular bajo su corona. 

En enero de 1492 culminó la conquista del reino de Granada. Concluía así la Reconquista y la presencia musulmana en la Península. Finalmente, tras morir Isabel, Fernando el Católico conquistó Navarra en 1512. En 1515 se declaró la unidad de Navarra a Castilla. 

Anteriormente, con la firma del tratado de Barcelona en 1493, Aragón había recuperado de Francia los territorios ultrapirenaicos del Rosellón y la Cerdaña, y Castilla había finalizado en 1496 la conquista de Canarias. Se consolida, entonces, el proceso de unificación de España. La alianza era, sin embargo, una unión dinástica. Bajo los mismos monarcas, los distintos reinos siguieron manteniendo diferentes leyes e instituciones. En ese contexto, el descubrimiento de América en 1492 por Cristóbal Colón fue uno de los hechos más importantes de la historia europea y condicionó la evolución política, social y económica de los siglos siguientes. 

Es posible que durante la Edad Media llegasen algunas expediciones nórdicas a la costa de Norteamérica. Pero ya desde comienzos del siglo XV, portugueses y castellanos habían iniciado un intento de llegar a Oriente (las Indias), proveedor de especias y de productos de gran valor, mediante un camino alternativo a las rutas tradicionales del Mediterráneo oriental. 

Las crecientes dificultades del Imperio Bizantino, el cual finalmente caería con la toma por los turcos de Constantinopla en 1453, forzaron a los europeos occidentales a buscar rutas alternativas a Asia. Fruto de estas expediciones fue la conquista castellana de las islas Canarias, que comenzó en 1402 por la isla de Lanzarote y concluyó en 1496 con la conquista de Tenerife. 

A finales del siglo XV parecía claro que los portugueses se habían adelantado a los castellanos en la conquista de la ruta de las especias y de los metales preciosos, gracias al dominio que ya ejercían sobre la costa occidental africana. En este momento, Cristóbal Colón - quien como habíamos dicho al comienzo había estado en conversaciones con el del rey Juan II de Portugal -, ofreció a los Reyes Católicos el proyecto de llegar a las Indias siguiendo una ruta hacia el Oeste en lugar de bordear todo el continente africano. Para poner en práctica su proyecto, Colón partía de la idea de la esfericidad de la Tierra, cuestión controvertida en la época. Finalmente, por las Capitulaciones de Santa Fe, los Reyes Católicos acordaron con Colón el inicio de la expedición. El 3 de agosto de 1492 Colón inició su viaje saliendo del puerto de Palos de la Frontera en Huelva. La expedición de tres naves llegaría a una pequeña isla de las Antillas el 12 de octubre de aquel año. 

Durante mucho tiempo Colón siguió creyendo que había llegado al Asia por la ruta occidental, pero en realidad se había encontrado con la existencia de un continente desconocido en Europa: América. La partición de las zonas de expansión y navegación entre Castilla y Portugal se acordó por el Tratado de Tordesillas (en 1494). Un meridiano situado a 370 leguas de Cabo Verde separó las dos zonas de influencia: la occidental para Castilla y la oriental para Portugal. De esta manera la costa africana y el actual Brasil quedaron en manos portuguesas, y el resto de América en manos castellanas. 

Toda esa prolija enumeración histórica viene a cuento como un intento para tratar de ilustrar las profundas motivaciones hegemónicas de los monarcas españoles en la prodigiosa aventura del descubrimiento y colonización del continente americano. La idea de la hegemonía - que Antonio Gramsci desarrollaría en sus Cuadernos de la cárcel (2006) - constituye un sistema conceptual que se mueve en dos grandes planos explicativos. En el primero, referido a la estructuración y ejercicio de un sistema de hegemonía, destacan sus elementos constituyentes: fuerza y consenso, las organizaciones e instituciones políticas y culturales en las que ese sistema se materializa, y los sujetos, fuerzas sociales e instituciones que lo construyen y reproducen. En el segundo, referido a la idea de que los sistemas hegemónicos no son eternos sino históricos, sobresalen sus procesos desestructuradores que harían posible la conversión cultural y política de una clase dominada y dirigida en dominante y dirigente. Y tal es el tipo de hegemonía que la corona española implementaba, en sus vertientes: hegemonía militar, económica, ideológica, cultural y política. En ese sentido, Gramsci (2006) ha señalado:
Por la variabilidad de las relaciones entre la fuerza y el consenso la hegemonía adquiere tres connotaciones: la político-militar, donde la fuerza juega un papel preponderante; la político-cultural que expresa una articulación de la fuerza y el consenso tendente al equilibrio, y la social, cultural, intelectual, moral o civil en la cual la supremacía la tiene el consenso. Estas tres connotaciones están ligadas a determinados referentes históricos y teóricos que vistos en bloque configuran un sistema conceptual (…) Las relaciones internacionales de los Estados-nación y de los momentos de crisis políticas que derivan en la conquista-defensa del poder estatal, privilegia el componente político-militar. Cuando se trata acerca de las cuestiones relativas al Estado orgánico, la crisis de hegemonía y la lucha por la hegemonía, se pone en el primer plano sus elementos político-culturales.
(Gramsci, 2006: 175) 

Al lado de esta voluntad de dominio (o el afán desmedido de riquezas - auri rabida sitis -, como lo había llamado Platón4 y lo denominarían también siglos después algunos teóricos marxistas), junto a estos tres impulsos básicos: oro, gloria y evangelio, el conquistador español del siglo XVI estaba imbuido (mucho más que otros aventureros de la época) de otras pulsiones, motivaciones y búsquedas: el desarrollo de la concepción individualista (tanto en el ámbito económico como en los aspectos social e intelectual); el afianzamiento de la religión y, con ella, la moral, refugio de la concepción personalista (pues sin responsabilidad individual no puede haber conciencia, y sin conciencia no hay moral cristiana); la marcada influencia árabe y judía y el reencuentro del pensamiento aristotélico y la cultura clásica5, perdidos en las brumas del tiempo y que ahora renacía con nueva fuerza; el providencialismo; la predestinación; el espíritu caballeresco; el sentido pragmático; la utilización sin escrúpulos de las técnicas en las artes de la guerra y en el dominio de los vencidos; la consagración política del éxito como legitimación de los medios empleados para conseguirlo; el pensamiento erasmista y los conceptos utópicos de Tomás Moro; las ideas moralistas de Luis Vives; la creación de la Compañía de Jesús; los estudios gramaticales de Antonio de Nebrija. Todo este arsenal de ideas, costumbres y tradiciones incrementó en el conquistador español del siglo XVI un sentido especial del misterio y de la fantasía, el desarrollo de una imaginación incandescente, incrementando su pasión por la aventura, las búsquedas y el descubrimiento. Así, su alma, su razón y su espíritu serían presa fácil de las más extraordinarias fantasías y de las utopías más improbables, puesto que su escaso espíritu crítico lo conduciría a creer en leyendas fascinantes, como lo veremos en las crónicas de la época. Parece oportuna, entonces, la frase de Rufino Blanco Fombona (1981), quien afirmaría que:
…fueron hombres muy maravillosos, muy de España y muy del Siglo XVI (…) Estudiemos al conquistador. Conociendo la psicología de su raza, comprenderemos con sólo verlo definirse por la acción, qué nexos psicológicos lo unen con el país de donde procede. Sepamos a qué clase social pertenecía, cuál era su instrucción qué ideas religiosas le preocupaban, en qué grado fue codicioso, religioso, heroico, individualista, dinámico, cruel. Observemos sus oscuras nociones del Derecho, sus querellas ante la Majestad real, su nulidad como administrador, y el fin que tuvo aquella generación de gerifaltes. Descubramos la trascendencia civilizadora de su acción. (Blanco Fombona, 1981: 93-94). 

II. Las crónicas de Indias: Acicate involuntario de la fiebre del oro 

En los días subsiguientes al desembarco en América, los adelantados comenzaron a escribir un conjunto de relatos, llamados convencionalmente Crónicas de Indias6, a través de las cuales informaban sobre la geografía y el modo de vida de los pobladores americanos y de las colonias. Tales crónicas fueron sin duda un reflejo de la realidad del Nuevo Mundo, percibida - y muchas veces deformada - con los ojos del imaginario medieval que los conquistadores habían alimentado en la vieja Europa, fruto tal vez de la lectura apasionada de las novelas de caballerías7 publicadas para esos años, como El Amadís de Gaula (editada en 1508), Las sergas de Esplandián (publicada en 1510), Tristán de Leonis (de 1501), Florisando (de 1511), obras literarias que, sin ninguna duda, estaban al fondo de las alforjas de los conquistadores, que ejercerían una poderosa influencia en su conducta, su moral y su cosmovisión, propiciarían la aceptación de valores artificiales y de falsas actitudes y contribuirían a crear este ambiente de realismo mágico en el cual se desarrollan las crónicas. Allí, precisamente, comenzaría a aparecer el oro, tal vez como origen de lo que sería poco después el mito de El Dorado. En esta perspectiva, José Ramón Medina señalaría:
…el hombre que como descubridor, como conquistador, como emigrante o como viajero llegó a América, al mismo tiempo que se siente sumido en la realidad nueva, que se americaniza, va revistiendo su mundo, tan extenso, con las imágenes y las voces de su mundo familiar. América es en cierto sentido un mundo nuevo, enteramente nuevo pero irreductible. En otro sentido, es también una nueva Europa. (Medina, 1992: XXI) Del Diario de Navegación de Cristóbal Colón.

Parece de interés revisar algunas páginas del Diario de Navegación de Cristóbal Colón, en las cuales no sólo admiramos la espontánea elocuencia de un hombre poco instruido, a quien grandes acontecimientos susurran grandes palabras, levantándolas por el poder de la emoción sincera a alturas superiores a toda retórica, sino que el hombre entero, con su mezcla de debilidad y soberbia, de amargura desalentada y de sobrenatural esperanza, con el presentimiento grandioso de su misión histórica, con la iluminación súbita de su gloria, con el terror religioso que le penetra y embarga al ver revelado y patente el misterio de los mares, es capaz de las más hermosas descripciones de la naturaleza, de los hombres y las bestias y, de manera subyugante, de las riquezas minerales de estas tierras: de la plata, de las perlas y del oro, que lo hacen evocar su efímero pasado europeo. Veamos, en consecuencia, un fragmento del Diario de navegación correspondiente a su primer viaje (Prólogo que hizo a los Reyes Católicos), del sábado 13 de octubre de 1492:
Luego de que amaneció vinieron a la playa muchos destos hombres, todos mancebos como dicho tengo, y todos de buena estatura, gente muy fermosa: los cabellos no crespos, salvo corredíos y gruesos como sedas de caballo, y todos de la frente y la cabeza muy ancha más que otra generación que fasta aquí haya visto (…) Traían ovillos de algodón filado y papagayos, y azagayas, y otras cositas que sería tedio de escribir, y todo daban por cualquiera cosa que se los diese. Y yo estaba atento y trabajaba de saber si había oro, y vide que algunos dellos traían un pedazuelo colgado en un agujero que tienen a la nariz, y por señas pude entender que yendo al Sur o volviendo la isla por el Sur, que estaba allí un rey que tenía grandes vasos dello, y tenía muy mucho. Determiné de aguardar fasta mañana en la tarde, y después partir para Sudueste, que según muchos de ellos me enseñaron decían que había tierra al Sur y al Sudueste y al Norueste, y questas del Norueste les venían a combatir muchas veces, y así ir al Sudueste a buscar el oro y piedras preciosas. (Colón, en Diaz-Plaja; 1969: 7-8) 

En otros momentos de su Diario de Navegación, podemos observar el insistente deslumbramiento que produce el oro en la mente de Colón:
…Son estas islas muy verdes y fértiles, y de aires muy dulces, y puede haber muchas cosas que yo no sé, porque no me quiero detener por calar y andar muchas islas para fallar oro (lunes 15 de octubre); …En los árboles y frutos y yerbas hay grandes diferencias de aquellas de la Juana: en ésta hay muchas especies, y grandes minas de oro y otros metales (Carta a Luis de Santángel, escribano de los Reyes Católicos, el 15 de febrero de 1493); …en toda parte había oro, y que hacia el Poniente llegaban las minas 20 jornadas, y nombraron las villas y lugares adonde había dello más o menos (Cuarto Viaje, Carta-relación a los Reyes Católicos); …Yo, que como dije, había llegado muchas veces a la muerte, allí supe de las minas de oro de la provincia de Ciamba, que yo buscaba (Cuarto Viaje, Carta-relación a los Reyes Católicos). 

Tal sentido profético y mesiánico y la obsesión por el oro que Colón profesaba le comunican a estas páginas un emotivo y personal estilo que ha sorprendido a lingüistas, filólogos y críticos de todas las épocas. Es, entonces, demostrativa la frase de Carlos Fuentes (1998):
Colón tuvo que inventar el descubrimiento de grandes riquezas en bosques, perlas y oro, y enviar esta información a España. De otra manera su protectora, la reina Isabel, podía haber pensado que su inversión (y su fe) en este marinero genovés de imaginación febril había sido un error (…) Pero Colón, más que oro, le ofreció a Europa una visión de la Edad de Oro restaurada: éstas eran las tierras de la Utopía, el tiempo feliz del hombre natural. Colón había descubierto el paraíso terrenal y el buen salvaje que lo habitaba. (Fuentes, 1998: 56-57) De la Carta al Rey de Vasco Núñez de Balboa.

Esta carta, escrita desde Santa María del Darién, en 1513, en solicitud de ayuda real para proseguir sus navegaciones, también evidencia la presencia insoslayable del oro. Leamos un fragmento:
La manera como se coge es sin ningún trabajo, de dos maneras: la una es que esperan que crezcan los ríos de las quebradas, y después que pasan las corrientes quedan secos, y queda el oro descubierto en muy gordos granos: señalan los indios que son del tamaño de naranjas y como el puño (…) Otra manera de coger oro hay, que esperan que se seque la yerba en la sierra y las ponen fuego, y después de quemado van a buscar por lo alto y por las partes más dispuestas, y cogen el oro en mucha cantidad y muy hermosos granos: estos indios que cogen este oro lo traen en granos como lo cogen por fundir… (Núñez de Balboa, en Díaz-Plaja, 1969: 40)

De las Cartas de Relación de Hernán Cortés
En estas crónicas también refulge la quimera del oro, al lado de la sencillez, la modestia y la serena objetividad con que el extremeño narra y describe sus peripecias. Leamos, por ejemplo, un fragmento de la Carta Primera (enviada a la Reina Doña Juana y al emperador Carlos V, su hijo, por la Justicia y Regimiento de la rica villa de la Veracruz, a 10 de julio de 1519):
Llegaron hasta la desembocadura de un río en la que se hallaba un poblado, cuyos pacíficos habitantes quedaron admirados ante los diamantes de vidrio y demás baratijas que se apresuraron a cambiar por oro y piedras de gran valor, que tanto abundaban en esta región (…) Otros se horadan los besos (labios) de la parte de abajo hasta los dientes, y cuelgan dellos unas grandes ruedas de piedras o de oro, tan pesadas que les traen los besos caídos y parecen muy deformes…(Cortés, en Díaz-Plaja, 1969: 68-69)
Del Sumario de la natural historia de las Indias de Gonzalo Fernández de Oviedo

Gonzalo Fernández de Oviedo inicia su obra con la descripción de la geografía, la flora y la fauna, para finalizar con la historia humana, a partir del descubrimiento, teniendo muy presentes los textos de Colón. Es un escritor dotado de una actitud de observación detallada y exacta. Su metodología parte de la experiencia vivida, por haber sido testigo de excepción de los hechos que describe, en una elegante prosa inspirada por modelos de la literatura antigua (como Plinio, en su Historia Natural). Leamos un fragmento del Capítulo LXXXII, De las minas de oro, del Sumario… (1526):
El oro que se saca es muy bueno y de veinte y dos quilates y dende arriba; y demás de lo que de las minas se saca, que es en mucha cantidad, se han habido y cada día se han muchos tesoros de oro, labrados, en poder de los indios que se han conquistado y de los que de grado o por rescate y como amigos de los cristianos lo han dado, alguno de ellos muy bueno (…) El mayor de todos los que hasta hoy en aquestas Indias se ha visto fue el que se perdió en la mar, cerca de la isla de la Beata, que pesaba tres mil doscientos castellanos, que son una arroba y siete libras, o treinta y dos libras de diez y seis onzas, que son sesenta y cuatro marcos de oro; pero otros muchos se han hallado, aunque no de tanto peso. Yo vi el año 1515 en poder del tesorero de vuestra majestad, Miguel de Pasamonte, dos granos, que el uno pesaba siete libras, que son catorce marcos, y el otro de diez marcos, que son cinco libras, y de muy buen oro de veinte y dos quilates o más.
(Fernández de Oviedo, en Pérez de Tudela, 1959: 292-293)
De la Apologética Historia Sumaria de Fray Bartolomé de Las Casas 

Jamás se imaginó el padre de Las Casas que su intrepidez histórica, su anhelo de justicia, su tenaz espíritu cristiano, su infatigable labor en defensa de la persuasión y contra la imposición de los valores cristianos a los habitantes del nuevo mundo, su firme defensa de la condición humana de los indios, difundidas en toda su obra, también serviría como incitación a la lujuria por el oro. Leamos un fragmento del Capítulo LVIII de su Apologética Historia Sumaria (de 1527):
Pero el templo del Sol a todos los ya dichos en artificio y primor y cumplimientos o aposentos y riquezas sobrepujaba. Eran las paredes de piedra muy bien labrada, y entre piedra y piedra, por mezcla, estaño y plata, cosa nunca vista ni jamás oída. Estaba toda forrada de chapería de oro por de dentro, las paredes y el cielo y pavimento o suelo. Estas chapas o piezas de oro eran del tamaño y de la hechura de los espaldares de cuero que tienen las sillas de espaldas en que nos asentamos: de grueso tenía poco menos de un dedo, e yo vide hartas. Pesaba cada una con otra bien quinientos castellanos (…) De otros templos desta ciudad sacaron aquellos tres españoles muchas y grandes piezas de oro y de plata, y dijeron que en todas las casas della halaron tanto oro que era cosa de marauilla. En una dellas hallaron una silla de oro, donde diz que hacían los sacrificios, en la cual se podían echar dos hombres, que pesó diez y nueve mil pesos de oro. En otra muy grande hallaron muchos cántaros de barro cubiertos de hoja de oro. Vieron asimismo una casa grande cuasi llena de plata, con cántaros y otras piezas, y vasos y tinajas grandes, de las cuales yo vide algunas, y en cada una dellas cabrían tres y cuatro arrobas de agua.
(De Las Casas, en Díaz-Plaja, 1969: 286) 

Como hemos observado, estas crónicas sirvieron, en su justo valor histórico, como incentivo, motivación especial y abono fértil para la lúbrica imaginación del conquistador español, y lo convirtieron en presa fácil de las fantasías, el mito y la utopía con las cuales los aborígenes trataron de defenderse de la violencia y la crueldad de la gran empresa del descubrimiento y colonización. Porque, como bien lo ha expresado Eduardo Subirats (1994):
…el proyecto civilizador, desde las cruzadas medievales y el llamado descubrimiento del Nuevo Mundo destruyó las realidades comunitarias de una Europa cosmopolita, pluriétnica y plurireligiosa en beneficio de un proyecto político universalista y radicalmente uniformador: la civilización cristiana, o más bien el orbis christianus, cuyo nombre y significado modernos se formularon precisamente en el contexto de la polémica humanista en torno a la Conquista y cristianización del Nuevo Mundo (...) La destrucción de las comunidades históricas europeas ha sido un proceso que, bajo los nombres contemporáneo de racionalización y modernización, se ha sucedido de hecho hasta el día de hoy. Y si se echa una rápida mirada sobre la suerte histórica de la América colonial y poscolonial, la cuestión de destrucción de comunidades y del vaciamiento de sus culturas históricas adquiere un sentido inevitablemente más drástico y dramático, pero no cualitativamente diferente de la propia destrucción de la Europa cosmopolita en los albores de la Edad Moderna. (Subirats, 1994: 142) 

III. El Dorado, mito y utopía: Génesis y desarrollo 

Ese proceso implacable de dominio y racionalización decretado y ejecutado por los europeos y que afectó el destino de todo un continente, en búsqueda de la sumisión, la degradación, el servilismo y el terrorismo físico y psicológico, tuvo su contrapartida en la invención del mito de El Dorado, argumento con el cual nuestros primeros pobladores intentaron (¡y vaya si lo lograron!) domeñar la cruenta conducta de los europeos. Muchos son los bosquejos de este mito. Veamos uno de los más difundidos: en el año 1534, un aborigen del territorio que hoy ocupa la República de Colombia reveló a los españoles una de las ceremonias rituales del cacique Guatavita8, que había de despertar la codicia de soldados y aventureros. Cubierto el cuerpo desnudo con polvos de oro que se adhería a su piel mediante una tintura de trementina, el Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen.cacique, ante su pueblo, se embarcaba solo en la laguna de Guatavita. Al llegar al punto en que se cruzaban dos cuerdas tendidas perpendicularmente de orilla a orilla, se bañaba y arrojaba al agua, en honor a la divinidad, valiosas ofrendas consistentes en piezas de oro y esmeraldas. Igual homenaje rendían sus súbditos. Esta mítica ceremonia dio origen a la leyenda de El Dorado y lanzó a los europeos a una frenética campaña de conquista en busca de tesoros inconcebibles, como lo anota Inmaculada García (2007), en su ensayo Regreso a El Dorado 9. En realidad, los expedicionarios nunca presenciaron este ritual, lo que explica las distintas versiones que sobre éste se ofrecen en las crónicas, como la proporcionada por Gonzalo Fernández de Oviedo en su Historia general y natural de las Indias, islas y tierra firme del mar océano (de 1535), en la cual habla de un cacique que se espolvoreaba con oro cada mañana; la de Juan de Castellanos en sus Elegías de varones ilustres (de 1589), donde menciona a un rey o príncipe que realizaba ofrendas de oro y esmeraldas en un lago; la de fray Pedro Simón, quien sitúa la ceremonia precisamente en la laguna de Guatavita y en su obra Noticias historiales de las conquistas de tierra firme en las Indias Occidentales (de 1627) señala su origen en el suicidio de una cacica adúltera que se precipitó a la laguna a causa de su arrepentimiento, convirtiéndose luego en objeto de culto para su esposo; o la de Basilio Vicente de Oviedo, quien aportará en sus Cualidades y riquezas del Nuevo Reino de Granada (de 1761) la explicación más insólita a la leyenda de El Dorado: el sacrificio, una vez al año, de un joven al que los indios abrían en canal y «salaban» con oro para ofrecerlo a los dioses. En tal sentido, Rafael Cabello Herrero (2007) ha expresado:
El mito de El Dorado tuvo como todas las leyendas del anhelado metal una parte de certeza y verdad. Su origen lo encontramos en una costumbre ritual de los indios chibchas, que vivían a orillas de la laguna Guatavita, en la meseta de Cundinamarca. Los datos y referencias históricas nos indican que el señor de este pueblo protagonizaba una ceremonia en la que ofrendaba a los dioses objetos de oro, que lanzaba a la laguna. Cuando finalizaba el ritual –ceremonia, el sujeto se bañaba en ella y en el agua se desprendían las partículas de polvo de oro. Esta ceremonia se celebró hasta poco antes de la llegada de los españoles, a quienes se la contaron los indígenas. La ceremonia de El Dorado fue el origen de la leyenda. España y los reinos conquistadores, aparte de aportar a las nuevas tierras su soberanía y todo su "progreso", también aportó la impiedad de los conquistadores, quienes habían arrebatado ya a los muiscas y sus vecinos toneladas de oro, un filón en forma de mil y un objetos que parecían no tener fin y cuya ansía aumentaba por días al oír las mil y una leyendas que los indios ebrios por el "agua de fuego" contaban sin cesar a los avariciosos conquistadores, induciendo a estos a pensar que aún les quedaba el mayor botín: el inmenso tesoro que debía existir en el fondo del lago Guatavita. (Cabello Herrero, 2007: 93-94) 

Basada en un hecho cierto, según se ha podido comprobar al estudiar las costumbres de los chibchas, la Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen.leyenda del indio dorado fue divulgada por los conquistadores, se extendió por el norte de América Meridional, descendió al Perú, y de allí pasó, algunos años más tarde, al Río de la Plata. Pero no tardó en asimilar nuevos y fabulosos elementos que la desvirtuaron totalmente. El mito concluyó por no guardar relación alguna con el Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen.cacique dorado, y se llamó El Dorado a las regiones auríferas y diamantíferas de distintos lugares de América, absolutamente imaginarios, a los cuales se creía emporio de riquezas incalculables. 

En busca de El Dorado se organizaron muchas expediciones, tantas que en 1538 - y en el plazo de una semana - coincidieron en las ya desoladas zonas de Guatavita las tres que dirigían Sebastián de Benalcázar (o Belalcázar), Nicolás Federmann y Gonzalo Jiménez de Quesada, procedentes del Perú, Venezuela y Santa Marta, respectivamente. También sir Walter Raleigh sobresale entre los extranjeros a quienes deslumbró la magnífica Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen.leyenda y llegaron a América en pos de una quimera que tuvo también en Europa fervorosos propagandistas. Todos ellos (a imitación de Colón, Cortés y Pizarro) esperaban enriquecerse con el oro, obsesionados por aquel huidizo metal que nunca aparecía en la proporción que anhelaban y que agotaba sus alforjas y existencias, entre ellos: Diego de Ordás, Jerónimo Dortal, Antonio de Berrío, Lope de Aguirre, Jorge Spira, Hernán Pérez de Quesada, Pedro de Ursúa, Pedro Morales de Silva, Alonso de Herrera, Francisco de Orellana… todos en persecución implacable de este mito, el cual suponía no sólo el disfrute del oro como riqueza material, sino el regreso espiritual a una edad mítica en donde todo era felicidad, en donde las ciudades de oro simbolizaban la armonía, como remanente del mito clásico de la edad de oro. La voz de aquellos informantes, que describían rituales y ofrendas terminaron siendo asociadas por los conquistadores con la mítica ciudad de oro. Debido a las diferencias que saltaban a la vista, que no ajustaban con las características del mito y gracias a una prolongada búsqueda que siempre terminaba en el ideal, se creó este mito con muchas caras, pero con nombre propio: El Dorado, al respecto del cual Vladimir Acosta (1992) ha dicho:
No obstante esa persistencia, esa variedad y esa riqueza, el mito del Dorado resulta para nosotros, es decir, para quienes pretendemos estudiarlo hoy, algo casi tan vaporoso e inaccesible como lo fuera seguramente para los que intentaron buscarlo durante el siglo XVI. Y no hablamos por supuesto de la posible y fabulosa existencia de algo como un cacique recubierto de oro en polvo o como una ciudad rica y maravillosa perdida en medio de la selva ecuatorial en Sudamérica; hablamos del mito en cuanto tal, del imaginario asociado a la creencia en tales caciques o ciudades, de lo que motivó a tantos y tantos conquistadores a buscar con insistencia -y no obstante todos los fracasos- lo mismo estas ciudades de ensueño que aquellos indios relucientes de oro. (Acosta, 1992: 63) 

Este nuevo mito 10 tuvo desde el principio algunas variantes. Carecía de una temporalidad específica y era narrado como parte de un pasado muy anterior a la realidad del conquistador. Sin embargo, es precisamente en el hecho de la narración, en la oralidad intensa que debió tener, donde radica su transformación en leyenda. No fue algo que se pudo verificar a ciencia cierta y que los cronistas registraron como un rumor, y que, al final, estuvo lleno de ficción. Invención o mito a través del cual el hombre se siente simultáneamente análogo al mundo y lo anota bajo instancias humanas, universo mitológico que es, al mismo tiempo, visión subjetiva, es decir: la imaginación que se cree real y objetiva. Tal como lo afirma Paul Ricouer (2001):
…esta subjetividad se convierte en estética, la mitología al desprenderse de la creencia se convierte en arte, puro arte, pura estética. Es la etapa en que la civilización ha conservado su fervor por lo imaginario, por lo metafórico, pero ha perdido la creencia en su realidad objetiva. Aunque en el mito existe una transgresión categorial, ya que la metáfora presenta los hechos de una categoría (físicos) en los idiomas apropiados para otra categoría (parentesco), no por ello es pura ficción sino que pretende redescribir la realidad y que se crea que dice la verdad. (Ricouer, 2001: 92)
En la literatura latinoamericana de ficción, el mito de El Dorado y la portentosa aventura transoceánica ha estado siempre presente, con toda su carga de fantasía y con su riqueza mitológica. Así lo observamos en obras como: Canaima (1935), de Rómulo Gallegos; El camino de El Dorado (1947), de Arturo Úslar Pietri; Daimon (1978), de Abel Posse; Lope de Aguirre, príncipe de la libertad (1979), de Miguel Otero Silva; Abrapalabra (1979), de Luis Britto García; El arpa y la sombra (1989), de Alejo Carpentier; Vigilia del almirante (1992), de Augusto Roa Bastos; Inés del alma mía (2002), de Isabel allende, autores que han novelado con maestría y con noble y fecunda claridad aquella experiencia singular. Leamos fragmentos de algunas de estas obras: 

De Canaima, de Rómulo Gallegos: Guayana de los aventureros
La de los inconmensurables ríos de ignotas fuentes que la atraviesan sin regarla – aguas perdidas sobre la vasta tierra inculta -, la de la trocha de sabana y la pica de montaña al rumbo incierto por donde debieran ser ya los caminos bien trazados, la de las inmensas regiones misteriosas donde aún no ha penetrado el hombre, la del aborigen abandonado a su condición primitiva, que languidece y se extingue como raza sin haber existido como pueblo para la vida del país. Venezuela del descubrimiento y colonización inconclusos. Pero la de la brava empresa para la fortuna rápida: selvas caucheras desde el alto Orinoco y sus afluentes hasta el Cuyuní y los suyos y hasta las bocas de aquél, sarrapiales del Caura, oro de las arenas del Yuruarí, diamantes del Caroní, oro de los placeres y filones inexhaustos del alto Cuyuní… Guayana era un tapete milagroso donde un azar magnífico echaba los dados y todos los hombres audaces querían ser de la partida. (Gallegos, 2000: 6) 

De El camino de El Dorado, de Arturo Úslar Pietri:
En todas las chozas, a ratos, como una chispa, se iluminaba en los ojos el nombre de El Dorado. Pedro de Miranda, el mulato, era el que hablaba en el fondo de la cabaña oscura entre los apuñados rostros febriles que lo oían:
- Toda la ciudad es de oro. Las paredes, los techos, las calles. Tienen ídolos tamaños así como yo, todos de oro macizo. Y es grande como Sevilla, con sus torres y sus puentes. El Dorado, que es el rey, anda cubierto de polvo de oro y reluce como una onza nueva. Todo se mira amarillo de oro. Todo es de oro. De noche dicen que relumbra como las brasas de un brasero.
- Pero ¿Quién lo ha visto? ¿Quién lo ha visto? – preguntaba por entre la sombría barba un rostro de ojos ardientes. (Úslar Pietri, 2000: 17) 

De El arpa y la sombra, de Alejo Carpentier:
Y luego había sido la revelación de América, de una América más inquieta, profunda y original, donde había más, mucho más que huasos y gauderios, indios malones, portentosos boleadores, jinetes de un magnífico empaque, inspirados payadores que, rasgando la guitarra, cantaban la inmensidad, el amor, el desafío, la macheza y la muerte. Por encima de todo ello había una humanidad en efervescencia, inteligente y voluntariosa, siempre inventiva aunque a veces desnortada, generadora de un futuro que sería preciso aparear con el de Europa. (Carpentier, 1989: 47-48) 

De Vigilia del almirante, de Augusto Roa Bastos: 
Si esas tierras que voy a descubrir no tienen oro, lo cual las haría inútiles y pérdidas, de seguro tendrán gente. Se puede la prender a toda ella y traella como esclavos y consumilla en las minas, y aún vendella a buen precio en las granjerías de la mesma España y aun del resto de Europa.
(Roa Bastos, 1992: 178)

De Inés del alma mía, de Isabel Allende:
Los “rotos chilenos” habían vuelto sin nada y vivían de la caridad, prueba sobrada de que Chile sólo ofrecía padecimientos. Eso desanimaba incluso a los más bravos, pero Valdivia podía ser muy elocuente cuando aseguraba que, una vez subsanados los obstáculos del camino, llegaríamos a una tierra fértil y benigna, de mucho contento, donde podríamos prosperar. “¿Y el oro?”, preguntaban los hombres. Oro también habría, les aseguraba él, era cuestión de buscarlo (…) ¡Qué largo y arduo el camino del desierto! ¡Qué lento y fatigoso el paso! ¡Qué caliente la soledad! Transcurrían los días largos, iguales, en una sequedad infinita, un paisaje yermo de tierra áspera y piedra dura, oloroso a polvo quemado y ceniza de espino, pintado de colores encendidos por la mano de Dios. Según don Benito, esos colores eran minerales escondidos y, por lo mismo, resultaba una burla diabólica que ninguno fuese oro y plata. (Allende, 2002: 130-150)

De Abrapalabra, de Luís Britto García: Desde El Dorado
Hasta San Miguel de los Arcángeles de Acataurima ha enviado el Gobernador a juntar hombres de armas que oponer a la banda que ha navegado los más poderosos ríos del Pirú e caminado las selvas e domeñado la mar Occeana e agora torna degollando chrisptianos después de haber conoscido El Dorado. ¿Cómo podría ser El Dorado? Les hemos puesto cerco junto a la eremita que han incendiado por fortificarse en su desorden pésimo de hacer desta Tierra Firme un reyno suyo desunido de todo vínculo o vasallaje al Rey, nuestro Amo. ¿Qué podían decirnos de El Dorado? Con voces muy concertadas exortámoslos a desertarse del Antecristo que los arrastra a herejía contra nuestra Madre Iglesia. ¿Mejor El Dorado que todo cuanto soñábamos? De uno en uno con artimañas dejan al Tirano y se nos pasan al campo real, ateridos de un pasmo que les impide dirigirnos el habla. ¿Existiendo El Dorado, el vivir martirio de non conquistallo y acidia desta mísera vida que nos vence? Pícaros engañados, frailes condenados, burladores burlados, ganapanes consumidos de lacerías, soldados cobardes se nos pasan, estragados de la carne de perro e caballo. ¿Tan menguada cosa El Dorado que viviríamos ya sin ilusiones? (Britto García, 2003: 86) 

IV. Corolario

Sin ánimos de inmiscuirnos en la antigua y estéril polémica entre la Leyenda Negra y la Leyenda Dorada sobre el “descubrimiento” (algunos afirman que los verdaderamente “descubiertos” fueron los europeos), la conquista y la colonización, nos gustaría señalar finalmente que esa prodigiosa aventura de los conquistadores, esa gran empresa de transformación del continente americano y, en particular, esa ansiosa y obsesiva búsqueda de El Dorado, ese acecho del huidizo metal que nunca aparecía y que disipaba sus peculios y sus vidas (empeñados en aquel auri rabida sitis) , al lado - ¡por supuesto! – del azar y la violencia peligrosamente destructivas, del intento por imponer formas culturales y sociales fosilizadas y la instauración de la crueldad como método, la inagotable persecución de El Dorado paradójicamente estimuló la exploración y conquista del continente, la fundación de pueblos de misión, el desarrollo de formas industriales incipientes, el fomento y crecimiento de la población (a pesar de las ya conocidas operaciones de exterminio), el surgimiento del mestizaje como elemento enriquecedor de nuestra cultura, la afirmación de la riqueza moral sobre la fortuna material, toda una prodigiosa concatenación de eventos y logros que cinco siglos después serían descritos por Julio Cortázar, en sus Papeles Inesperados (2009) de la siguiente manera:
Todo es allí reemplazo, completación y apertura hacia nuevas constelaciones morfológicas; por debajo, entrelazándose, surgiendo como constantes que de alguna manera ordenan y codifican esa libertad que nada tiene que ver con el desenfreno, las imágenes arquetípicas se repiten: la serpiente, el acoplamiento cósmico y humano, el ramo de frutas, la joya y el cráneo vacío y desollado. Hay como una lucha interminable entre lo que el hombre histórico acata y teme, y la metamorfosis que le propone el salto y el delirio y la irrepetible creación. (Cortázar, 2009: 408) 

Notas

1 Cristóbal Colón: un antiguo cardador de lanas, genovés de linaje judío, nacido en 1451 y marino por vocación y convicción, al estudiar los relatos de cosmógrafos antiguos que el cardenal Pedro de Ailly (Canciller de la Universidad de París durante el reinado de Carlos VI) había compilado en su obra Cuadro del mundo, y sus lecturas insistentes del Libro de las Maravillas que relataba el viaje de Marco Polo a China (1271-1291), había imaginado el proyecto de ir hasta China por Occidente. Rechazados sus planes por el monarca lusitano, logró audiencia con la reina Isabel de Castilla y, con su apoyo financiero, lograría, en 1492, organizar la empresa que aseguraba lo conduciría al descubrimiento de una nueva vía marítima hacia aquel remoto país. Tal como lo afirma Jacques Pirenne (1993):
Era un objetivo mercantil de la empresa establecer comunicación directa, por mar, con los pueblos productores de oro y seda. Fernando e Isabel aprontaron (sic) 350.000 libras, y los hermanos Pinzón, navieros andaluces, con Colón, 700.000. A éste se le concedió el título hereditario de Gran Almirante, con el virreinato y el monopolio comercial de los territorios que pudiese descubrir.
(Pirenne, 1993: 382-384)
2 Consultar: Pirenne, J. (1993). Historia Universal. Las grandes corrientes de la Historia. Tomo II. Barcelona: Grolier International, Inc.: pp. 343-387
3 Ver: Pokrovski, V. S. (1989). Historia de las ideas políticas. México: Grijalbo; pp. 99-119.
4 Platón, en La República, Libro VIII, Capítulo IV, había expresado:
El régimen de la persona que lo hace posible, en primer lugar el timocrático, a medio camino entre el aristocrático y el oligárquico. Participan del primero en la aversión de las clases altas para los trabajos de las clases bajas, y del segundo en el afán desmedido de riquezas, que promueven a la ambición personal. Arbitrarán el estado los ambiciosos y coléricos, gente de guerra, porque desconfiarán de los sabios al no haber recibido estos la formación adecuada. El hombre timocrático: amará los cargos públicos y los honores pero no estimará digno de alcanzar el poder por medio de la elocuencia, sino por acciones bélicas, completará su condición en la gimnasia y la caza.(Platón, 1997: 178)
5 Consultar: Larroyo, F. (1980). Historia general de la Pedagogía. Buenos Aires: Porrúa; pp.284 -316.
6 Consultar: Gutiérrez Contreras, F. (1982). América a través de sus códices y cronistas. Barcelona: Salvat Aula Abierta; pp. 41-89.
7 Ver: Rodríguez Pampolino, I. (1977) Amadises de América. Caracas: Ediciones del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos; pp. 17-38.
8 Consultar: Cobo Borda, J. G. (1987). Fábulas y leyendas de El Dorado. Barcelona: Tusquets; pp.29-38.
9 En efecto, Inmaculada García hace una excelente descripción de estas búsquedas de El Dorado, en su ensayo Regreso a El Dorado (2007), en donde anota:
Desde sus comienzos, la aventura del descubrimiento y colonización del continente americano estuvo signada por el afán de encontrar riquezas. Cristóbal Colón, que esperaba hallar en sus viajes una nueva ruta hacia el Oriente para llegar hasta las suntuosas tierras de Cathay y Cipango, descritas por Marco Polo en sus Viajes, y enriquecerse con el comercio de las especias y el oro que encontrase a su paso, fracasó en sus objetivos, lo que no impidió que otros hombres se lanzaran a la aventura de explorar el Nuevo Mundo en su afán de encontrar los esquivos tesoros. La conquista por parte de Hernán Cortés del imperio azteca y la hecha, años más tarde, por Francisco Pizarro del imperio inca, proporcionó a un buen número de hombres motivos más que suficientes para lanzarse a la realización de su propio sueño. La suntuosidad y belleza de los tesoros provenientes de estos reinos, así como la posibilidad de ascender en una sociedad rígidamente compartimentada —Hernán Cortés fue recompensado con el título de marqués del valle de Oaxaca, Francisco Pizarro con el de marqués de Cajamarca—, pesaron demasiado en la mente de un ejército de desposeídos que no dudó en lanzarse a una frenética carrera en busca del oro de las nuevas tierras. Diego de Ordás fue uno de los primeros hombres en tratar de emular el éxito de Cortés y de Pizarro. La expedición que dirigía pretendía remontar el curso del río Orinoco hasta llegar a su cabecera, basándose en la descabellada asociación, inspirada en la magia primitiva, que postulaba la existencia de oro en el Ecuador por la conexión que había entre el color del metal y el del Sol, que en esa tierra ilumina en forma esplendorosa. Los soldados sufrieron enormemente por el tremendo esfuerzo que tenían que realizar para remontar este río torrentoso y descomunal con la única fuerza de sus remos, azotados por el hambre, el clima malsano, las enfermedades que contraían, la amenaza de los caimanes y de las serpientes, los combates con los indios, etc. No obstante, esta expedición se convirtió en la precursora de la búsqueda de El Dorado. El mito surgía a raíz de la captura de un indio caribe que, ante los requerimientos de los hombres de Ordás, dio noticia de una rica región, más allá de las montañas, en la que abundaba el oro, un lugar en el que había un animal parecido a la llama y que, según dijo, se llamaba Meta. Ordás comprendió que las bajas sufridas y lo accidentado del terreno le impedían seguir avanzando, por lo que decidió regresar con el fin de organizar una nueva jornada que nunca pudo llevar a cabo, pues murió durante el viaje de regreso a España, donde esperaba entrevistarse con el rey y obtener la licencia para conquistar el Meta. A raíz de la expedición de Ordás, la idea de encontrar ese fantástico lugar se apoderó de la mente de muchos. Jerónimo Dortal fue uno de los primeros en obsesionarse con este sitio, lo que lo llevó a organizar una expedición en su busca. En 1534 comenzaba el tortuoso viaje por el Orinoco que sólo tendría fin con la muerte de Alonso de Herrera, el capitán elegido por Dortal para comandar a sus hombres, a causa de una flecha envenenada disparada por los indios. Casi al mismo tiempo que partía la expedición de Dortal, ocurría algo decisivo en esta historia. Sebastián de Benalcázar, uno de los capitanes de Francisco Pizarro, marchaba hacia Quito, ciudad que había servido como base de operaciones a Atahualpa, con la esperanza de hallar tesoros similares a los encontrados por Pizarro en Cuzco. A su llegada les esperaba una amarga decepción: no había ningún botín del cual apoderarse. Pero Benalcázar descubrió algo de suma importancia: uno de los indios capturados le habló de un jefe al que llamaban «dorado» por la gran cantidad de oro que poseía y cuya tribu se encontraba en una región situada al norte. A partir de ese momento el indio dorado se convirtió en El Dorado, topónimo que daba cuenta de un rico lugar que desplazó al Meta de la imaginación de los conquistadores. Jerónimo Dortal, que ya había sufrido el fracaso de una expedición, decidió llevar a cabo una segunda jornada en 1536, cuyo resultado no fue menos desastroso que los precedentes. Esta vez pretendía descubrir El Dorado. Dortal se vio obligado a regresar a la costa ante el amotinamiento de sus hombres que, creyéndose a las puertas del codiciado lugar, decidieron no reconocer la autoridad del gobernador. Finalmente, tras un sinfín de penalidades, los sobrevivientes del motín llegaron a Venezuela donde, poseídos por la convicción de que habían estado muy cerca de la región del oro, emplearon el resto de su vida buscando la forma de enrolarse en una nueva búsqueda de la mítica región. Georg Hohermuth, conocido como Jorge Espira por los españoles, sería el siguiente en probar fortuna en la carrera en pos de El Dorado. Su expedición, que partió desde Coro —en la actual Venezuela— en 1535, se adentró en los llanos, moviéndose entre los límites de esta zona con los Andes. De haber traspasado la cadena montañosa, Espira se habría encontrado con el rico reino muisca, pero los intentos por atravesar la ceñuda cordillera fueron vanos. Tras vagar largo tiempo por la naturaleza indómita de los llanos, las fatigadas huestes exigieron a Espira el regreso inmediato a Coro.
También recomendamos consultar el enjundioso ensayo de Gonzalo Navajas (2006) El mito colonizador y El Dorado en Ramón Sender, en donde afirma:
Los expedicionarios del grupo de Aguirre persiguen el Dorado huyendo de la persecución y la indigencia que los oprimía en la metrópolis. Según ellos, España es la actualización del Averno y América se les aparece como un mundo diferente que debe cancelar la realidad execrable en qué consiste sus vidas. Para ellos, el nuevo medio americano debe contener necesariamente los atributos de perfección y felicidad que su contrario español les ha negado. Lope manifiesta esa creencia con seguridad firme y es corroborado en su creencia por los hombres que lo acompañan: «Vamos al Dorado, donde siempre es la primavera y hay mucha población y buen orden en las costumbres, de modo que allí tendréis una vida mejor». No hay reservas en Aguirre. El maldito conflicto ancestral se resolverá sin duda en el nuevo entorno. Puesto que, para él, tanto el Dorado como el Averno son realidades totalmente autónomas, es posible sustituir una por la otra (como el que cambia un objeto por otro) al margen del sujeto que las considera y experimenta. A través de su arduo avance por el Amazonas, Aguirre y sus soldados advierten que el Dorado del que no habían dudado al inicio de la expedición se convierte pronto en más elusivo, una ilusión tan bella como inconsistente que no llega a materializarse nunca. Además, su deseo de concretizar esa ilusión les origina más desventuras y sufrimientos que los que padecieron en España. El Dorado se configura como una visión afín a un espejismo: siempre queda más allá de su alcance, más lejos de donde se hallan en ese momento, en un futuro no sólo temporal sino también especial: otra zona de la jungla del Amazonas, una población india rica y privilegiada: el Perú legendario. Todos ellos, además, lugares distanciados del presente. En la progresión obcecada hacia ese espejismo, Aguirre y sus hombres sólo consiguen un aumento de su perversión y desdicha en lugar de la riqueza y mejoramiento personal que anhelaban y que motivó su salida de España.
10 La noción de mito toma como punto de partida el discurso que los personajes hacen sobre sí mismos, el cual es retomado y transformado en distintas obras contemporáneas de ficción. Esta noción se complementa con otras, desarrolladas en otros ámbitos y con otras finalidades. Fernando Aínsa (1998) muestra en su obra De la edad de oro a El Dorado: génesis y evolución del discurso utópico americano, que utopía y mito se vinculan en América Latina a tal punto que son difíciles de disociar. Pero en todo caso, la utopía americana se constituye más como un mundo posible que como un mundo empírico que nunca se termina de alcanzar, pero que se vincula con la idea de El Dorado.
Por lo demás, a diferencia de lo que sucede en la lengua natural, una parte de la escritura científica de orientación estructuralista es más equívoca, en el sentido de que ofrece múltiples y a veces contradictorias definiciones de mito. Claude Lévi-Strauss (1968), en su “Estructura de los mitos” (en Antropología estructural) plantea que un mito se puede definir porque en él:
…el valor de la fórmula traduttore, traditore tiende a cero (...) El valor del mito como mito, por el contrario [de la poesía], persiste a despecho de la peor traducción (...) La sustancia del mito no se encuentra en el estilo, ni en el modo de la narración, ni en la sintaxis, sino en la historia relatada (Lévi-Strauss, 1968: 190).
Por su parte, Roland Barthes (1991), en su obra Mitologías, vincula el mito con las narraciones y objetos de la vida cotidiana, masivos y contemporáneos, como el cine, el strip-tease, un nuevo modelo de automóvil, etc. Para Barthes el mito es "infinitamente sugestivo", lo que consigue gracias a que posee un fundamento histórico. Afirmará entonces que:
…pues el mito es un habla elegida por la historia: no surge de la "naturaleza" de las cosas". El mito sería un sistema semiológico, que la semiología estudia, no a partir de las anécdotas narradas, sino a partir de las ideas, más aun, de las ideas como forma. En el mito se encuentra una cadena tridimensional: significante, significado y signo, que son anteriores al mito. Al construirse sobre ella, el mito se constituye en un sistema semiológico "segundo". En efecto, a diferencia de otros sistemas semiológicos (narraciones convencionales, etc.), su punto de partida o punto de llegada no es un significado, sino un significante; su punto de apoyo no es un referente o concepto, sino aquello que remite al concepto. Un mito, por lo tanto, no remite ni a una "verdad" externa a él ni tampoco a un significado. Por eso podríamos decir que el mito está en tránsito, entre el significado y el referente, pero más cerca de éste, con el que sin embargo tampoco se identifica. En este tránsito el mito puede ser "comprobado", pero no como una verdad empírica, sino como una "apelación" a quien lo recibe. Así concebido, el mito atrae o llama al receptor, pero no le dice una verdad ni le habla de una realidad o de un concepto. Y no puede hacerlo, pues el mito es un significante pobre, una imagen incompleta, una caricatura o un símbolo que, justamente, le impide dar el paso hacia el significado (Barthes 1991: 200-203)
En su momento, Mircea Eliade (1991), en su obra Mito y realidad, agregaría:
La “historia” narrada por el mito constituye un “conocimiento” de orden esotérico no sólo porque es secreto y se transmite en el curso de una iniciación, sino ambién porque este “conocimiento” es acompañado de un poder mágico religioso (…) Los mitos constituyen los paradigmas de todo acto humano significativo. Al conocer el mito se conoce el “origen” de las cosas y, por consiguiente, se llega a dominarlas y manipularlas a voluntad; no se trata de un conocimiento “externo”, “abstracto”, sino de un conocimiento que se “vive” ritualmente (…) El mito no es una explicación destinada a satisfacer una curiosidad científica, sino un relato que hace revivir una realidad original y que responde a una profunda necesidad religiosa, a aspiraciones morales, a coacciones imperativas de orden social, e incluso a exigencias prácticas.
(Eliade, 1991: 22-33)
Con respecto a la utopía, Emile Michel Cioran (1998), en Historia y utopía, ha señalado:
Desde el principio se distingue el papel (fecundo o funesto, no importa) que desempeña, en el origen de los acontecimientos, no la felicidad, sino la idea de la felicidad, idea que explica por qué, ya que la edad de hierro es coextensión de la historia, cada época se dedica a divagar sobre la edad de oro. Si se pusiera fin a tales divagaciones, sobrevendría un estancamiento total. Sólo actuamos bajo la fascinación de lo imposible (…) La sensatez, a la que nada fascina, recomienda la felicidad dada, existente: el hombre la rechaza, y ese mero rechazo hace de él un animal histórico, es decir, un aficionado a la felicidad imaginada. (Cioran, 1998: 47)
Finalmente, Christian Retamal, en La Utopía después del nihilismo (2001) dirá:
Reconocemos en el impulso utópico la persistencia plural; los matices salvíficos, mesiánicos y revolucionarios; la fuerza moralizadora; el gesto de indisposición y resistencia y la sedimentación de deseos sociales no realizados (…) En la utopía encontramos ciertos elementos que abren el potencial de su desviación, elementos que pueden hacer de la utopía, como mundo soñado, una pesadilla. Esta utopía negra (o distopía, para acentuar el carácter de distorsión) surge tanto del desarrollo interno como de su mediación con la realidad. Desde esta base las distopías nos mostrarán mundos invisibles, mundos de extinción humana que no pertenecen, como ingenuamente se podría pensar, a una pesimista ciencia-ficción, sino que muy contrariamente subyacen como una posibilidad de evolución concreta del presente.
(Disponible en: http://www. Cepchile.cl/dms/archivo_1863_2587/71retamal.pdf)

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