9/9/09

Cinco polémicas sobre los pronósticos de El Capital y el balance de la historia



Valerio Arcary

“Los críticos de las leyes de Marx insisten en dos factores que actúan contra la caída tendencial de la tasa de ganancia: por un lado, la desvalorización, a posteriori, de los elementos del capital constante; por otra parte, el aumento de la tasa de plusvalía. Nadie puede negar que estos factores actúan. La cuestión es saber en qué medida ellos se imponen.” Roman Rosdolsky, Génesis y estructura del capital

“Quien no sabe contra quien lucha, no puede vencer”: Sabiduría milenaria china

“Cuando estás en una mesa de póquer y no sabes cuál de los jugadores es el otario, es porque tú eres el otario.”: Sabiduría popular brasileña

Estamos con los puños cerrados, pero con las manos en los bolsillos.”: Rosa Luxemburgo

¿Acaso la crisis mundial de inicio del siglo será suave y pasajera como la de los años 1991/1992? ¿O será que tenemos por delante una depresión lenta y crónica más severa, un "año 29" en cámara lenta? Rediscutir el destino del capitalismo contemporáneo parece más necesario que nunca. Por primera vez, en un decenio el mundo asiste a una recesión simultánea de la economía americana, japonesa y europea. Otra vez, no habrá parto sin dolor. La economía mundial no volverá a crecer sin un agravamiento de las condiciones de vida miles de millones de personas.

Ya quedaron atrás los días de "extravagante" euforia con los números mágicos de la rentabilidad de la llamada "nueva economía". Nadie se atreve a repetir los excesos ideológicos que preveían un capitalismo sin crisis. Si hasta los ideólogos del sistema admiten que contrarreformas sociales, como la destrucción del sistema de jubilaciones y pensiones -una conquista arrancada en la posguerra- son indispensables para que se pueda pensar en la recuperación del crecimiento económico, las perspectivas del capitalismo no parecen muy promisorias.

La caída de la tasa media de ganancia fue identificada por el marxismo como la tendencia histórica que explicaría el movimiento de rotación del capital bajo la forma de ciclos. Las crisis no sólo serían inevitables, sino también, cada vez más graves. Un viejo chiste malicioso, dice que los marxistas previeron, infaliblemente, todas las crisis del capitalismo, menos la última. ¿Cuáles fueron los argumentos esgrimidos contra los pronósticos elaborados por Marx en El capital? ¿Aquellas hipótesis no pasaron la prueba de la historia? ¿O, al contrario, será que la historia confirmó la crítica marxista?

Crisis de subproducción y de superproducción

Fue en El capital que Marx desarrolló su teoría de la crisis. La crisis económica fue entendida por el marxismo, en resumen, como una interrupción del proceso de reproducción. O sea, aquel momento en que el volumen de mano de obra productiva y el volumen de medios de producción e instrumentos de trabajo efectivamente utilizados es repentinamente reducido. El resultado de la crisis es una contracción del consumo humano y una disminución del consumo productivo. En resumen, las crisis son perturbaciones destructivas. Bajo el capitalismo, es necesario que el desempleo masivo presione a la media salarial hacia abajo, para que las ganancias se recuperen.

Las crisis, sin embargo, no son una tragedia específica de la época del capital. Siempre existieron crisis económicas. Pero antes de la revolución industrial, en todas las sociedades y en todas las épocas, las crisis económicas eran provocadas por las catástrofes naturales, o por conflictos políticos. Eran accidentes externos a las rutinas de la vida económica. Los flujos de maduración en la agricultura, las fluctuaciones de la ganadería, como así también las oscilaciones del comercio o del artesanado eran afectados por desastres como las sequías o las guerras. En las sociedades precapitalistas, en que la explotación económica asumía una forma tributaria de expropiación del trabajo, o de los productos del trabajo por la coerción político-militar, las crisis eran precipitadas por la destrucción de los factores de producción, causadas por catástrofes naturales o sociales, pero siempre por razones extraeconómicas.

Epidemias, inundaciones, incendios, terremotos, o guerras, migraciones e invasiones provocaban la destrucción de fuerzas productivas y, en consecuencia, hambre y hasta despoblamiento. Estos factores se entrelazaban y se determinaban mutuamente, de tal forma que las crisis demográficas eran las consecuencias dramáticas de las crisis. Por esa razón, las crisis precapitalistas fueron definidas como crisis de subproducción de valores de uso, y se explican por un grado insuficiente de desarrollo de la producción. O sea, históricamente, tuvieron en su origen un agravamiento de la escasez o una ampliación de la penuria.

Ahora el capital introdujo en la historia un nuevo tipo de crisis, las crisis industriales, en las que el desempleo tiene como consecuencia una abundancia de mercaderías que no encuentran consumidores. La teoría de la crisis capitalista en Marx subraya la idea, aparentemente paradójica, de que sería la sobreacumulación de capitales que no encuentran valorización o, dicho de otra forma, la superproducción de mercaderías que no encuentran compradores, que arrojaría regularmente a la sociedad en el abismo de crisis de ajustes para garantizar la recuperación de la tasa media de ganancia. En otras palabras, en el capitalismo, la destrucción material de las fuerzas productivas no se presenta como la causa, sino como la consecuencia de la crisis.

La crisis no sería provocada porque existe menos trabajo vivo disponible. Al contrario, hay más desempleo porque hay crisis. No sería la disminución de la productividad del trabajo lo que provoca el flagelo del hambre, la deflación generada por la crisis que provocaría el desempleo y multiplicaría las hordas de excluidos. Según Marx, la crisis capitalista se manifestaría como crisis de superproducción, esto es, como un exceso de valores de cambio disponibles.

La doble naturaleza de la crisis cíclica

Esta formulación de la crisis económica estableció los fundamentos objetivos de elaboración de la teoría de la revolución de Marx, ya que no sería razonable pensar siquiera en una crisis política seria, sin el lastre de una crisis económica que empuje la experiencia material de las clases explotadas a la lucha en la defensa de sus intereses. La hipótesis sugerida por Marx explica que la crisis tiene una doble naturaleza: a) es, al mismo tiempo, un momento de irrupción de irracionalidad histórica, porque reclama de toda la sociedad un sufrimiento sistemático y, de esta forma, es también un momento de máxima vulnerabilidad del capital; b) es la forma como el capitalismo supera sus contradicciones, ya que es en la crisis donde se eleva la extracción de la masa de plusvalía, y la desvalorización de capitales que son exigidos por las necesidades de recuperar los niveles de la tasa media de ganancia, que incentivarán nuevas inversiones, la renovación de la base tecnológica que quedó obsoleta, permitiendo una nueva fase ascendente de crecimiento productivo.

La caída de la tasa media de ganancia como tendencia histórica

Marx presentó la ley de la baja de la tasa media de ganancia como constituyendo una tendencia histórica, por razones metodológicas: la comprensión de los límites de lo que podemos considerar como la presión de las necesidades históricas. Para los marxistas, todos los fenómenos de la realidad tienen una naturaleza contradictoria, pero eso no significa que su movimiento sea indeterminado. Una dinámica se afirma sobre los antagonismos, abriéndose paso sobre los obstáculos. No hay equilibrio en el mundo, hay conflicto.

Todavía en los Grundrisse se detiene en el comentario de las contra-tendencias que pueden neutralizar y hasta, en determinadas circunstancias históricas, invertir de manera transitoria la acción de los factores que presionan en el sentido de la caída de la tasa media de ganancia y, por tanto, de la precipitación de la crisis, como se puede observar en este fragmento:

En el movimiento desarrollado del capital existen factores que detienen este movimiento, mediante otros recursos que las crisis; tal como, por ejemplo, la continua desvalorización de una parte del capital existente; la transformación de una gran parte del capital en capital fijo, el cual no presta servicios como agente de la producción directa; improductivo despilfarro de una gran parte del capital, etcétera [...] Que, por lo demás, se pueda contener la baja en la tasa de beneficio suprimiendo detracciones al mismo, por ejemplo, rebajando los impuestos, disminuyendo la renta del suelo, etcétera, no es tema que debamos considerar aquí, por mucha que sea su importancia práctica, ya que se trata de partes del beneficio bajo otro nombre y de las que se han apropiado personas que no son el capitalista mismo [...] La disminución se contrarresta, asimismo, mediante la creación de nuevas ramas de producción, en las que se requiere más trabajo inmediato en proporción al capital, o en aquellas donde aún no está desarrollada la fuerza productiva del trabajo, id est, la fuerza productiva del capital (también los monopolios). 2

Su crítica de la economía política estaba orientada por un criterio histórico clave: la necesidad de demostrar el carácter transitorio y la caducidad del capitalismo y la posibilidad de una reorganización de la producción social de riquezas a través de la socialización. Pero estaba alerta ante los peligros de un análisis catastrofista de las crisis cíclicas, que podrían alimentar una perspectiva fatalista de una muerte "natural" del capitalismo, convulsionado por un cataclismo económico.

La polémica sobre la existencia en Marx de esta formulación de la crisis fue, evidentemente, muy controvertida. No es ésta la interpretación de muchos estudiosos de El capital, como se puede comprobar en este fragmento de Jorge Grespan:

La alternancia de fases en que la tendencia a la crisis se realiza efectivamente con aquellas en que ella permanece en estado de latencia, insertada en la acumulación como su negativo, introduce un elemento esencial en el proceso, confiriéndole el sentido más rico de patrón o ritmo en que el término se manifiesta intermitentemente como el punto de inflexión de una fase a otra, y no exactamente como un colapso que destruiría completamente, y de una sola vez el sistema. 3

Esta conclusión teórica fue, sin dudas, una de las hipótesis centrales que influenció y dividió a la generación marxista de la Segunda Internacional en alas irreconciliables, ya que el tema teórico no se puede separar de la discusión de la articulación de la crisis económica con la crisis política, y de la posible agudización de ésta en crisis revolucionaria. Otra visión, un poco distinta de la de Grespan, es la presentada por Lucio Coletti, como se puede comprobar en el fragmento que sigue:

Ahora bien, la convicción que nos hemos formado a propósito de esto es que en la obra de Marx hay una "teoría del derrumbe" pero que allí, por otra parte, también hay razones para refutar, en principio, la validez de cualquier teoría de esta especie. Dejamos de lado la cuestión de la periodicidad de las crisis y de su progresivo agravamiento que, en la obra de Marx, es una cuestión quizás elaborada de manera menos concluyente. Según nuestro parecer, una cabal y auténtica "teoría del derrumbe" es, por lo menos, "la ley de la caída tendencial de la tasa de ganancia". Aquí la palabra "tendencial" no debe inducir a engaño. En efecto, esa palabra está indicando, por cierto, que "la ley en cuanto tal" es frenada por la acción de causas antagónicas que "contrarrestan y neutralizan los efectos de esta ley general, dándole simplemente el carácter de una tendencia". Pero ello no quiere decir que la ley quede anulada o suprimida, sino que su "vigencia absoluta se ve contenida, entorpecida"; vale decir que la ley tiene vigencia, pero en un arco más largo de tiempo y a través de un proceso más complicado. En efecto, si así no fuese, ni siquiera se comprendería por qué hay que hablar de ley.4

La perspectiva expuesta por Coletti merece ser valorada a la luz de las secuelas depresivas de las últimas tres décadas. Después del agotamiento de los denominados, "treinta años de oro", el capitalismo mundial entró en una fase de ciclos cada vez más cortos, pero con tasas de crecimiento que son próximas a la mitad de las del período de posguerra. Con la reducción de la importancia de las políticas keynesianas anticíclicas, el papel preventivo de la acción del Estado se redujo, a pesar de no haber sido eliminado.

Consecuentemente, las recesiones de éstos ciclos más cortos fueron también más blandas, casi como si el movimiento de circulación del capital fuese preventivamente acelerado, pero controlado para evitar depresiones demasiado profundas. O sea, la substitución de equipamientos obsoletos por máquinas más eficientes obedece a una necesidad de reducción de costos que está en la raíz del just in time, del toyotismo, de la calidad total y de todas las innovaciones gerenciales de los últimos diez años.

Pero, si el corazón del sistema necesita latir cada vez más rápido porque el volumen de sangre es cada vez mayor, en un cuerpo que permanece del mismo tamaño, la presión sanguínea tiene que subir. El remedio de los vasodilatadores, como la intervención premeditada de la Reserva Federal o del Banco Central Europeo, tiene sus límites. Sobre este tema es interesante el argumento de Paul Singer:

Marx tiene el mérito de ser el pensador económico que colocó la crisis en el centro del análisis de la producción capitalista. En El capital, Marx muestra las condiciones de las posibilidades de crisis en el capitalismo. Sin embargo, en este análisis económico no encaja la previsión de que las crisis se deberán tornar siempre más extensas y destructivas. Es posible que la teoría que Marx desarrolló sobre la tendencia declinante de la tasa de ganancia sustente tal conclusión, pero esta teoría carece de consistencia lógica, porque algunas de las contra-tendencias, señaladas por el propio Marx, pueden perfectamente impedir que la tasa de ganancia decaiga en el largo plazo. 5

Si hay contratendencias, como el propio Marx fue el primero en admitir, la tendencia a la caída de la tasa media de ganancia puede ser neutralizada. La cuestión es, sin embargo, más compleja que un ejercicio de escolástica marxista. El problema histórico no es saber si es posible que la tendencia pueda ser neutralizada. Sino responder por cuánto tiempo y en qué condiciones. Parece ineludible que el crecimiento de posguerra en los países centrales reunió condiciones tan extraordinarias que difícilmente serían reproducibles.

Admitamos la hipótesis sugerida por Singer de un capitalismo que habría superado la tendencia a crisis cada vez más severas. No estamos entre los que procuran tranquilidad de espíritu, transformando una teoría en construcción en un texto canonizado. No hay cómo esquivar la necesaria tarea de confrontar las hipótesis con la realidad concreta. Pero es el propio estudio de la evolución de las variables económicas del capitalismo en las tres últimas décadas, sistemáticamente publicadas por el Banco Mundial, que indican la caída de la tasa media de ganancia.

Recordemos los fundamentos de la teoría: Marx apostaba a la hipótesis de que el peso creciente de la ciencia, o sea, de la tecnología objetivada como maquinismo, exigiría una inmovilización del capital tal, que la tendencia a la caída de la tasa media de ganancia sería irrefrenable, de lo que derivaba el pronóstico de la caída en crisis más destructivas. Como se puede comprobar en los Grundisse:

En la misma proporción, pues, en que en el proceso de producción del capital en cuanto capital ocupe un espacio mayor con relación al trabajo inmediato, cuanto más crezca pues el plusvalor relativo -la fuerza creadora del valor, propia del capital- tanto más caerá la tasa de ganancia" [...] "Es ésta, en todo respecto, la ley más importante de la moderna economía política y la esencial para comprender las relaciones más dificultosas. Es, desde el punto de vista histórico, la ley más importante. Es una ley que, pese a su simplicidad, hasta ahora nunca ha sido comprendida. 6

En la misma línea va la apreciación de Gramsci, que no se inclina por la fórmula de igualar tendencia y contratendencia, una anulando a la otra, al infinito y, tal como pareciera ser la opinión de Marx, insiste en la idea de la primacía de la ley:

Cuando la tendencia se convierte en una característica orgánicamente relevante, como en este caso, con lo cual la caída de la tasa de ganancia es presentada como aspecto contradictorio de otra ley, y de la producción de plusvalía relativa, en la cual una tiende a suprimir a la otra, con la previsión de que la tasa de ganancia será predominante.7 Los últimos ciento cincuenta años, mientras tanto, ya fueron un intervalo histórico suficiente, para concluir que el capitalismo no muere de muerte natural: sus crisis convulsivas, por más devastadoras que sean, no concluyen en movilizaciones anticapitalistas, a no ser que surjan sujetos sociales con disposición revolucionaria.

Explicación monocausal y pluricausal de las crisis económicas de superproducción

Admitiéndose que las crisis son inevitables, ¿cuáles serían los factores que la impulsan? Muy sumariamente, una primera divisoria de aguas se estableció en el marxismo entre quienes se inclinan por una explicación monocausal, y quienes lo hacen por las explicaciones pluricausales. Sobre el concepto de crisis en El capital y la hipótesis pluricausal, a partir de un criterio lógico/histórico, o sea, el proceso de construcción de la teoría, es útil referirse a Jorge Grespan:

No sorprende entonces, que no haya un capítulo específico de El capital dedicado a las crisis, porque en cada momento la contradicción constitutiva del capital se manifiesta en un contenido diferente de crisis: interrupción del flujo de compras y ventas o de pagos; incompatibilidad entre producción y consumo; desproporcionalidad entre los sectores en que se divide el capital social; caída de la tasa media de ganancia; sobreacumulación y desvalorización del capital existente.8

Admitamos que el argumento es fuerte. Tal vez haya algo más para considerar sobre la inexistencia de un capítulo específico sobre las crisis en El capital. Las crisis, en la teoría marxista, son un elemento crucial para formular el problema de la superación revolucionaria del capitalismo. El socialismo dejó de ser pensado sólo como un imperativo moral. La revolución social fue pensada como una ruptura inserta en las presiones de la necesidad histórica, ya que el capitalismo condenaría a la humanidad a terribles convulsiones destructivas. Se podría suponer, quizás, que ese capítulo sólo podría aparecer al final de la obra, en el ámbito del tratamiento de la totalidad más amplia, que es el presupuesto para pensar la problemática de la transición. Marx no llegó hasta eso, como sabemos.

Entre los que consideran que la crisis tendría una determinación fundamental, una contradicción o antagonismo como fuerza motriz, o sea, una causa central, se debate cuál sería ésta: si la baja tendencial de la tasa de ganancia, u otras, como la tendencia del capitalismo a desenvolver el progreso técnico sin restricciones cualesquiera que ellas fueran, aumentando la capacidad productiva instalada de inundar el mercado, en cuanto impone límites estrictos al consumo popular, de lo que resulta la superproducción de valores de cambio y el subconsumo de valores de uso. Marx entiende el subconsumo popular como una de las causas, pero no como una de las fuerzas motrices de la crisis, de acuerdo a lo que podrá concluir:

Es una mera tautología decir que las crisis surgen de la falta de consumo solvente o de consumidores capaces de pagar. El sistema capitalista no conoce ninguna clase de consumo que no sea solvente, exceptuándose a los pobres y los mendigos [...] Y, se pretende dar a esta tautología una apariencia de raciocinio profundo, diciendo que la clase obrera recibe una parte demasiado pequeña de su propio producto, y que este mal se puede remediar concediéndole una parte mayor, o sea, haciendo con que se aumenten sus salarios, cave observar que las crisis van precedidas siempre, precisamente, por un período de subida general de salarios, en el cual la clase obrera recibe una mayor participación en la parte del producto anual destinado al consumo. En rigor, según los caballeros del santo y "simple" sentido común, estos períodos parece que deberían, por el contrario, apartar a la crisis.9

Para los fines que nos interesan por el momento, es suficiente señalar que, en el marco del ciclo industrial, el ciclo de renovación del capital fijo, las fluctuaciones de las tasas de crecimiento o la recesión están estrechamente asociadas a las fluctuaciones de la tasa de ganancia. En otras palabras, la crisis tendría en su raíz la incapacidad de producción de una masa de plusvalía que garantice la valorización del capital. ¿Producir qué, para dónde, para vender a quién?

De este proceso resulta una caída en el nivel de actividad: aumento del desempleo, deflación, quiebra de las empresas que actúan por debajo del nivel medio de productividad, fusiones y concentración del capital. La fase descendente del ciclo se profundiza verticalmente, pero con intensidad variable dependiendo de las circunstancias político-sociales concretas, hasta que la caída en el nivel de empleo haya presionado de tal forma, en el sentido de la caída del salario medio, y la desvalorización y destrucción de capitales haya llegado a tal nivel, que la masa de plusvalía se recomponga, junto con la disminución de la masa de capital, garantizando la recuperación de la tasa de ganancia.

Primera polémica: ¿El aumento de la explotación no tiene límites sociales y políticos infranqueables?

La forma cíclica o recurrente de la crisis encierra un enigma. ¿Cuál es el factor que la impulsa? ¿Cómo explicar una pulsación regular que alterna fases de crecimiento con fases de destrucción? Es sabido que la regulación del mercado opera como una "mano invisible" de ajustes entre producción y consumo. En términos menos opacos, la colocación de recursos es realizada por el mercado solamente a posteriori de la producción, de manera que la producción tanto puede estar más aquí o más allá de la demanda. La superproducción de mercaderías que detona la necesidad de ajustes regulares es, por lo tanto, solamente la superficie visible de los movimientos más profundos del dislocamiento de las "placas tectónicas" que sacuden todo el edificio económico.

La principal ley del movimiento interno del modo de producción capitalista que explica, para los marxistas, la recurrente irrupción de las crisis es la tendencia a la baja dela tasa media de ganancia. Esta tasa de ganancia es definida, por Marx, como la proporción entre la masa de plusvalía y el capital empleado para producirla, o el conjunto de plusvalía producida dividida por el capital.

La tendencia a la caída se explicaría por el constante aumento de la composición orgánica. Como la parte del capital que garantiza la producción de plusvalía (el capital variable, utilizado en la compra de fuerza de trabajo) tiende a ser una fracción cada vez menor del capital en su conjunto, ya que se manifiesta la irrefrenable tendencia a la sustitución del trabajo vivo por el trabajo muerto, la rentabilidad media, en principio, tendría que caer. Lo que nos dice Rosdolsky comentando a Marx:

La composición media del capital social aumenta constantemente. [...] En pocas palabras, la ley de la tasa decreciente de ganancia [...] dice: tomando una cantidad cualquiera de capital social medio, por ejemplo un capital de 100, una parte cada vez mayor de él está formada por medios de trabajo, y una parte cada vez menor está formada por trabajo vivo. La cantidad global de trabajo vivo, agregado a los medios de producción, disminuye con relación al valor de esos medios de producción. Luego, también disminuye el trabajo no pagado y la parte de valor en la cual él se expresa, con relación al valor del capital global adelantado. [...] La consecuencia directa es que, si el grado de explotación del trabajo se mantiene constante, la tasa de plusvalía genera una tasa general de ganancia constantemente decreciente.10

En una palabra, si no actúan los factores que pueden neutralizar la disminución del peso del trabajo vivo, la ganancia, proporcionalmente al capital invertido, debe caer. Sabemos, todavía, que un sinnúmero de factores actúan bloqueando esta caída. El más decisivo entre todos es el aumento de la explotación. Por ejemplo, si fueran elevadas las horas no pagadas, o sea, si la tasa de apropiación de plusvalía aumenta, el capital acelera su proceso de acumulación, y la tasa de ganancia no cae. Pero, si aumenta la explotación aumenta la desigualdad. ¿Cómo vienen evolucionando a escala mundial estas relaciones entre las clases? ¿Aumentó la distribución de la renta, como pretenden los apologistas de la globalización, o aumentó la pobreza? Desde los años ochenta, los indicadores vienen revelando una intensificación de las condiciones de superexplotación. El reciente informe de la Naciones Unidas (ONU) es aterrador:

Los años noventa significaron un retroceso sin precedentes en el desenvolvimiento humano del planeta. "Lo que más llama la atención es la extensión del [...] estancamiento [...] y de los contratiempos, que no se habían visto en los decenios anteriores", dice el PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el desenvolvimiento) [...] El problema aparece en el propio balance del decenio de IDH: índice de desenvolvimiento humano, número calculado por la ONU a partir de indicadores de educación, salud y renta. En los años ochenta, apenas cuatro países habían tenido disminución en su índice. En el decenio siguiente, fueron 21. [...] Completa el escenario el hecho de que en 54 países la renta per cápita está más baja que en 1990, 20 de ellos en el África subsahariana. Además de eso, en 34 naciones la expectativa de vida disminuyó, en 21 hay más gente pasando hambre, y en 14 más niños mueren antes de los cinco años. "Para muchos países los años noventa fueron una década de desesperación", dice el PNUD. Así, después de una rápida mejora en los años setenta, la evolución global del IDH se desaceleró en los años noventa.11

La tendencia a la caída de la tasa de ganancia es, por tanto, intrínseca a la existencia del capital. ¿Existirían, sin embargo, límites al aumento de la extracción de plusvalía? Esta pregunta no es irrelevante porque, si el aumento de la explotación pudiese ser ilimitado, entonces, las crisis serían más atenuadas, o incluso, eventos pasajeros aunque nunca indoloros. No sería necesario destruir, mágicamente, fuerzas productivas para conseguir la desvalorización de capitales, y provocar la caída del salario medio.

Parece razonable reconocer que hay límites infranqueables para el agravamiento de la explotación. En primer lugar existe un límite objetivo que son las mínimas condiciones biológicas neurológicas que deben ser respetadas para preservar la mano de obra. En segundo lugar debemos considerar la lucha de clases y presumir que las condiciones de explotación expresan, más allá de factores históricos, es decir, las conquistas heredadas por la resistencia de las generaciones anteriores, una determinada relación de fuerzas. Esos límites son variables, pero asimismo irreductibles. Desde el punto de vista de los trabajadores, la libertad no se limita a las condiciones de expresión, organización o manifestación. Hay una libertad que tiene que ver con el derecho a la vida, la libertad de los músculos y los nervios.

Consideremos un ejemplo histórico. La expectativa media de vida en la esclavitud de los ingenios de caña de azúcar en el Brasil colonial está razonablemente establecida, admitiendo un cálculo conservador, en menos de diez años de trabajo. La expectativa de vida es, más allá de cualquier duda, uno de los indicadores más relevantes del grado de explotación. Ocurre que esas condiciones de explotación correspondían a una relación de fuerzas dramáticamente desigual entre las clases en lucha.

En el Brasil de inicios del siglo XX, según el censo de IBGE del año 2000, la expectativa media de la población masculina es de 68 años, pero, después de los 54 años, la mayoría habrá sufrido algún perjuicio irreversible en la salud, y la mayoría de los jubilados del INSS morirán antes de completar los cinco años de recibir el beneficio. Las condiciones históricas cambiaron, evidentemente, como consecuencia de las luchas seculares. No podrían retrotraerse al siglo XIX, o siquiera a situaciones remotamente próximas, sin que hubiese una guerra civil o un genocidio contra el pueblo trabajador.

Estas condiciones en el Brasil contemporáneo son a su vez, todavía cualitativamente inferiores, si las comparamos con las que aún existen, aunque amenazadas, en los países centrales. En verdad, hay variaciones muy significativas aún entre los países imperialistas, para no recordar las desigualdades entre los continentes. Ellas remiten a historias diversas y procesos de la lucha de clases de los más variados. No se debe ignorar que, en general, las condiciones de vida de la clase trabajadora son peores en Asia que en América Latina, y todavía más desoladoras en África que en Asia. La latinoamericanización del Este europeo y de Rusia, así como la asiatización de América Latina en los años noventa, correspondió a una regresión histórica que caracteriza a la actual etapa de crisis crónica del capital.

Estos procesos traducen la elevación del modelo histórico de explotación del trabajo, y son la forma prioritaria de recuperación de la tasa media de ganancia. Pero provocan, inexorablemente, gran inestabilidad política. La resistencia en América Latina, insurrecciones, en la Argentina en el 2001 contra el gobierno entreguista de De La Rúa y en Venezuela en el 2002, contra los golpistas, son la forma más radicalizada de una resistencia que consiguió movilizar en decenas de países a más de diez millones contra la guerra americana en el Iraq.

Segunda polémica: ¿El abaratamiento de las materias primas no tiene límites ambientales?

Varios otros factores presionan, mientras tanto, por la recuperación de la tasa media de ganancia. Consideremos, en segundo lugar, el abaratamiento de las materias primas, que están en la base de la cadena productiva de las mercaderías que son indispensables para la supervivencia de los trabajadores, y decisivas para la definición del salario medio. La caída de los precios de las conmodities es una tendencia histórica, aunque se manifieste con intensidad variada, dependiendo de los productos, y traduciendo también un modelo de transferencia de riquezas de los países de la periferia hacia los países del centro. ¿Existiría un límite absoluto, o estaríamos próximos en llegar a esos límites, en las actuales condiciones de globalización?

Los estrategas de Washington que asesoran a la administración Bush parecen darle una gran importancia a la escasez de materias primas, como el petróleo, ya que no dudaron en desencadenar dos guerras en un solo mandato, si es que no preparan más intervenciones, visto su interés en implantar nuevas bases militares mundo afuera, como en Alcántara (en el Maranhão). Veamos lo que nos dice Lester Brown, uno de los estudiosos más especializados en el impacto económico de los desastres ecológicos:

Desde el inicio de la agricultura, el clima de la tierra se ha mantenido extraordinariamente estable. Hoy, la temperatura se está elevando debido aparentemente al efecto invernadero, el calentamiento resultante del aumento de la concentración de gases que retienen el calor, principalmente el dióxido de carbono (CO2), en la atmósfera. Este aumento de concentración del CO2 tiene dos orígenes: la quema de combustibles fósiles y la deforestación. Anualmente, más de 6 millones de toneladas de carbono son liberadas en la atmósfera con la quema de combustibles fósiles. Las estimaciones sobre la liberación de carbono por la deforestación varían mucho, pero se concentran en 1,5 millones de toneladas al año. La liberación de CO2 de esas dos fuentes está simplemente suplantando la capacidad de la naturaleza de fijar el dióxido de carbono. Cuando se inició la revolución industrial, en 1760, las emisiones de carbono de la quema de combustibles fósiles eran insignificantes. Pero, ya en 1950, habían llegado a 1,6 millones de toneladas anuales.12

Nos podríamos preguntar en qué medida el efecto invernadero estaría relacionado con las condiciones de abaratamiento de las materias primas. La respuesta no es misteriosa. Nadie ignora que los salarios de los trabajadores de todo el mundo son consumidos, primariamente, en alimentos. Una disminución de los precios de la canasta básica tiene evidente relación con condiciones políticas que favorecen una posible caída de los salarios sin una revuelta mayor del proletariado. La deflación de las materias primas fue uno de los factores que explican la caída ininterrumpida de los salarios medios de los últimos veinte años, sin que se elevase la temperatura de la lucha de clases en los países centrales. ¿Pero, podría continuar sucediendo esta caída en los precios de los alimentos? ¿O, al contrario, estamos cada vez más próximos de una elevación cualitativa de los precios de los granos, la base de la cadena alimentaria humana? De nuevo, Lester Brown:

Una dieta americana, rica en productos ganaderos, requiere cuatro veces más granos por persona que una dieta basada en el arroz en un país como la India. El consumo cuatro veces mayor de granos por persona significa igual crecimiento en el consumo de agua. Otrora un fenómeno localizado, hoy la escasez de agua rompe fronteras, por medio del comercio internacional de granos [...] La pérdida de la capacidad de producción de alimentos es entonces compensada por la importación de granos del exterior. Es la forma más eficiente para países con déficit hídrico que importar agua, ya que 1 tonelada de granos representa mil toneladas de líquido [...] Es muy común escuchar hoy en día que las guerras futuras [...] probablemente envolverán la disputa por el agua y no por el petróleo. Tal vez. Mas, considerando la dificultad de sí se vence en una guerra del agua, la competencia por el precioso líquido probablemente deberá ocurrir en los mercados mundiales de granos.13

El pronóstico puede parecer exagerado, sin embargo corresponde a una proyección admitida por la propia ONU. La escasez de agua que resulta de la elevación de las temperaturas como consecuencia de la emisión de poluentes ya estimuló un Tratado Internacional firmado en Kyoto, que los Estados Unidos insisten en rechazar. Esa obstinación no es gratuita. La solución capitalista para la crisis anunciada es la ampliación de un nuevo mercado, con la biotecnología y la liberación mundial del comercio de las semillas de transgénicos. Poco le importa la las multinacionales que calculan ganancias estratosféricas con los royalties de las patentes, si todos los análisis médico-clínicos recomiendan prudencia y sugieren una cuarentena para el uso de granos genéticamente alterados, antes de liberarlos al consumo humano. Todos son negocios.

Tercera polémica: ¿En qué medida las nuevas tecnologías son un factor suficiente de bloqueo de la crisis?

¿La introducción de nuevas tecnologías podría contrariar la caída de la tasa media de ganancia? La elevación de la productividad, por el ahorro del tiempo medio de trabajo socialmente necesario, es un movimiento necesario del capital para vencer la concurrencia en el mercado, pero es también un factor de crisis del sistema. Nuevos equipamientos industriales sustituyen máquinas obsoletas para reducir costos y vencer a la competencia. Marx le había dado importancia a este contrafactor:

No hay dudas que la maquinaria se abarata, por dos razones: a) la aplicación de la propia maquinaria en la producción de materias primas usadas para construir las máquinas; b) la utilización de maquinaria en la transformación de ese material en maquinaria [...] A pesar del abaratamiento de los elementos individuales, el precio de la maquinaria como un todo aumenta enormemente, y el aumento de la productividad consiste en la expansión continua de la maquinaria [...] Luego, al aumento de la productividad del trabajo por medio de la maquinaria corresponde un aumento del valor de la maquinaria, con relación a la cantidad de trabajo empleado y, por tanto, al valor del trabajo, al capital variable.14

Las discusiones teóricas e historiográficas sobre este tema son complejas porque, entre otros aspectos, remiten a las relaciones entre economía y ciencia, y entre ciencia y tecnología. Pero el progreso técnico impulsado por la acumulación de capital parece estar, consecuentemente, en su raíz.

Enunciemos el problema. ¿Cómo es posible aumentar la tasa de plusvalía? La extracción de plusvalía sólo es posible porque una mercadería, el trabajo, es sistemáticamente vendida por un precio menor del valor que ella incorpora al proceso productivo. Esta explotación sólo es posible porque los trabajadores, la mayoría de la población, no tienen cómo sobrevivir, a no ser por la venta de su trabajo. Justamente, por ser muchos y no tener nada, los trabajadores son, en la economía de mercado regulada por la oferta y la demanda, más frágiles que los propietarios del capital. Es, por lo tanto, también por ser muchos y no tener nada, que los trabajadores pueden volverse mucho más fuertes que sus verdugos en la lucha política. Fueron los primeros socialistas que grabaron en la historia, con su sangre derramada, una de las consignas fundadoras del movimiento obrero: "quien nada tiene, nada tiene que perder".

Nos podríamos preguntar: ¿pero, entonces, las máquinas no transfieren, también, valor al producto final? Evidentemente, los equipamientos industriales transfieren una masa de valor cada vez mayor, y cuanto más modernos, más valor le transfieren al producto final. Nunca transfieren, sin embargo, más valor del que contienen. Lo que no parece difícil de comprender: ¿por qué los capitalistas venderían, unos a otros, sin ser amenazados, mercancías por un precio inferior a su valor?

Marx no ignoraba que la elevación de la plusvalía relativa podría ser un factor de neutralización de la caída de las ganancias, ya que máquinas más modernas permitirían elevar la producción, y reducir los costos, sin aumentar la jornada de trabajo y sin reducir los salarios. Pero destacó que este movimiento del capital, en el largo plazo, tendría como consecuencia el aumento de la composición orgánica, porque disminuiría el peso del trabajo vivo con relación al trabajo muerto, y como sólo el trabajo vivo genera plusvalía, la tasa de ganancia media tendría que caer.

No pocos autores, sin embargo, conceden gran valor a las posibilidades de que las nuevas tecnologías retrasen el momento histórico de la crisis. Mucho se escribió sobre las virtudes de la tercera revolución industrial y el toyotismo. Microelectrónica y biotecnología serían las nuevas ramas que sustituirían el lugar que las armas y la industria automovilística tuvieron después de la Segunda Guerra Mundial.

La restauración capitalista en la ex Unión Soviética y en Europa oriental, así como el proceso de recolonización de la periferia del sistema no fueron suficientes, sin embargo, por lo menos por ahora, para garantizar un relanzamiento económico. Cezar Benjamin adelanta una explicación interesante:

También los análisis que enfatizan el desarrollo tecnológico son insuficientes para resolver nuestro problema. Es verdad que el cambio tecnológico más o menos reciente contiene dos elementos capaces de atrasar la crisis. Por un lado, permitió expandir el espacio geográfico abarcado por la acumulación capitalista, incorporando vastas regiones y poblaciones [...] al sistema productivo directamente controlado por el capital; por esa vía gran cantidad de trabajo vivo y nuevos mercados en ascenso, no saturados, se tornaron disponibles para el capital en las últimas décadas, sumándose a los "activos" más antiguos. Por otro lado, el desarrollo técnico permitió acortar el tiempo de la acumulación, o el ciclo del capital, tornando más rápido y eficiente el circuito de la producción, circulación y realización de bienes y servicios, lo que, como se sabe, también es un mecanismo de sustentación de las tasas de ganancia ("Circulación sin tiempo de circulación es una tendencia del capital", decía Marx).15

La reducción del movimiento de rotación del capital de su media decenal a ciclos más cortos, que expresan la velocidad más acentuada de introducción de las innovaciones tecnológicas y de renovación de equipamientos industriales, parece ser uno de los cambios del último período, sin embargo todavía insuficiente para una explicación satisfactoria, como reconoce también Cezar Banjamin:

Al permitir simultáneamente expandir el espacio (léase, incorporar poblaciones) bajo control efectivo del capital y contraer el tiempo de la acumulación, la mutación de la base técnica puede haber contribuido, de hecho, para que la crisis potencial no se instalase. Pero paradójicamente, esta misma mutación contiene también elementos que deberían apresar a la crisis: el aumento de la productividad ha sido muy superior al aumento de la producción; la capacidad de incorporar trabajo vivo en las regiones "viejas" (especialmente en las más desarrolladas) disminuyó dramáticamente; la acumulación ficticia (D-D´) creció mucho más que la acumulación productiva; la tendencia a la superproducción se tornó más nítida en un mundo en el cual el desempleo aumenta, los salarios reales disminuyen, los gastos anticíclicos de los estados nacionales se contraen y así sucesivamente.16

No parece tener consistencia, por tanto, la hipótesis que trabaja con el concepto de Tercera Revolución Industrial para intentar vaticinar la apertura de una etapa histórica en que el capitalismo habría superado sus tendencias a la crisis. Las innovaciones de la microelectrónica y los nuevos métodos de gestión del trabajo (toyotismo, just in time, calidad total, etcétera) pueden ayudar a comprender la reducción del ciclo, pero son insuficientes para fundamentar el inicio de una nueva etapa histórica de crecimiento sustentado.

Cuarta polémica: ¿La expansión del mercado mundial, ya alcanzó la última frontera?

La expansión horizontal del mercado mundial es la otra tendencia que retarda la caída de la tasa media de ganancia. Este es uno de los argumentos más poderosos de los que prevén que el actual frente frío de la recesión se desplazará alejándose, con los primeros vientos de la estabilidad del fin del verano en el hemisferio norte. Nos lleva a recordar el pronóstico de Rosa Luxemburgo que identificó que el capitalismo encontraría límites difícilmente superables, "cuando el último campesino del último país atrasado" fuese incorporado a las regulaciones impuestas por el mercado mundial. Esa internacionalización ya se aproxima a la última frontera, si es que ya no agotó todas las posibilidades.

No parece haber nuevas áreas significativas, después de la gran migración de más de setenta millones de personas en China de los últimos quince años, que puedan ser incorporados al proceso de circulación del capital, sin riesgos políticos imprevisibles. No será fácil encontrar algún otro país con recursos continentales, en el que existan las condiciones sociales para una "industrialización primitiva" como se realiza en las costas de China, con salarios medios de un dólar por día, sin violentas resistencias campesinas a la pauperización proletaria.

La ofensiva imperialista de recolonización se concentra, como es evidente, en explorar las máximas posibilidades de este proceso, como baluarte de una nueva fase de crecimiento más sustentado. La guerra del Iraq estaba inserta en esta perspectiva, así como el proyecto del ALCA. Pero ambas concentran resistencias renovadas, tanto en la intifada palestina, como en las luchas que convulsionan a América Latina en los últimos años.

Nadie podrá negar, sin temor al ridículo, que el capitalismo todavía tiene un terreno de ampliación en el mundo, pero éstos no son los términos apropiados para una evaluación seria sobre las perspectivas de la economía mundial. La cuestión consiste en aclarar si hay alguna área que pueda atraer inversiones productivas capaces de promover un relanzamiento mundial sustentado de la economía internacional, si China con sus inmensidades e incluso considerando el lugar que ocupa en el mercado mundial, no consiguió hacerlo. No parecen alentadoras las proyecciones de crecimiento del mercado mundial.

Quinta polémica: ¿La magnitud del capital puede compensar un movimiento de acumulación más lento?

Las grandes migraciones - las Volkerwanderung, en la expresión acuñada por Toynbee - y las guerras de conquista fueron un modelo histórico clave para comprender los procesos de transformaciones políticas, antes de la constitución del mercado mundial, y de un sistema mundial de estados bajo la hegemonía europea.

Existieron en el pasado sociedades y civilizaciones precapitalistas que, estando desgarradas por la exacerbación de contradicciones endógenas, sucumbieron bajo la presión de factores exógenos (como invasiones), y se desmoronaron como un castillo de naipes. El imperio romano de Occidente, destruido por los germanos, y el imperio azteca, derrumbado por los conquistadores de Castilla, entre tantos otros ejemplos, eran en gran medida edificios ya previamente condenados.

Todos los modos de producción precapitalista garantizaban la extracción de sobretrabajo mediante mecanismos extraeconómicos y, por lo tanto, la destrucción del Estado tiraba por tierra las relaciones jurídico-políticas que permitían la apropiación del excedente social. Ahora el capital, garantiza la apropiación de sobretrabajo por métodos económicos, de tal forma que, incluso después de la derrota y destrucción del Estado burgués, las relaciones capitalistas pueden sobrevivir, como la historia demostró en la Unión Soviética, en los poros de las relaciones de mercado. Los desafíos de la transición poscapitalista son, por lo tanto, mucho más complejos.

Como ya vimos, la ley de la tendencia a la caída de la tasa media de ganancia estableció el cuadro teórico de la interpretación marxista sobre los límites históricos del capitalismo. Ella procura explicar el movimiento en la forma de ciclos que exigen la destrucción regular de fuerzas productivas como forma de ajuste interno del sistema. Ella alimenta, todavía, una quinta vieja polémica, que merece ser recuperada. ¿Será que la magnitud del capital, las dimensiones colosales a las que la acumulación ya llegó, que permiten que tengamos hoy por ejemplo, por lo menos 15 mil millones de dólares circulando, diariamente, en los mercados financieros, compensa la reducción de la tasa media de ganancia?

En realidad, por consiguiente la caída de la tasa de ganancia "es apenas una tendencia, como ocurre con todas las leyes económicas, siendo inhibida por numerosas influencias que actúan en sentido contrario". La tasa de ganancia mantiene una relación inversa con el incremento de plusvalía relativa o de plustrabajo relativo, con el desenvolvimiento de las fuerzas productivas, y con la magnitud del capital empleado en la producción como capital constante.17

Una relación inversa, o sea, cuanto mayor es la magnitud de capital empleado en la producción, como capital fijo o constante, proporcionalmente menor será la tasa de ganancia, pero mayor la ganancia, en términos absolutos. Si una masa de capital, hipotéticamente, de 100 realiza la acumulación a una tasa de ganancia anual de 15 por ciento, su ganancia será igual a 15, pero una masa de 200 con un retorno de 10 por ciento tendrá una ganancia mayor, de 20, a pesar de que su movimiento de acumulación sea más lento.

La magnitud compensa la caída de la tasa media de ganancia, pero incluso así, sería necesaria una tasa mínima que compense el riesgo, bajo la pena de que, fatalmente, masas inconmensurables de capital se aparten de la producción. La financiarización del capitalismo debe ser comprendida, por lo tanto, como una tendencia histórica e irrefrenable y está inscripta como una de sus tendencias evolutivas desde hace muchas décadas. Financiarización y recesión crónica se retroalimentan mutuamente, como uno de los mecanismos de recuperación de la tasa media de ganancia.

Volvamos, mientras tanto, a nuestro enunciado. ¿Será que el volumen del capital, incluso si se verifica que la acumulación es más lenta porque la ganancia es proporcionalmente cada vez menor, puede neutralizar la tendencia a la caída y continuar siendo suficientemente atrayente para justificar una objetivación de capitales en la producción? Recuperemos de nuevo a Rosdolsky:

Todavía -y dentro de determinados límites- el capital puede compensar la caída de la tasa de ganancia mediante el aumento de la masa de ganancia. Sobre esto, leemos en los Grundrisse: "En la media la masa de ganancia -o sea la plusvalía, considerada al margen de su relación formal, no como proporción, sino como simple magnitud de valor, sin relación con ninguna otra magnitud- crecerá no conforme a la tasa de ganancias, pero sí conforme al volumen del capital. La tasa de ganancias evolucionó en relación inversa al valor del capital, pero la ganancia total evolucionó en relación directa con él.18

Ya destacamos que la caída de las ganancias en la producción está en la raíz de la fuga de capitales de las inversiones productivas, y de la colocación cada vez mayor de masas de capitales en papeles. ¿Qué futuro podríamos atribuir a un sistema en que la riqueza huye de la actividad productiva? Presumir crisis cada vez más devastadoras socialmente, y políticamente insustentables no parece, por lo tanto, catastrofismo.

Notas

1 Artículo gentilmente enviado por su autor especialmente para la publicación por nuestra revista. Traducción del portugués: Raúl Negri.
2 Karl Marx, Grundrisse, México, Siglo XXI, 1997, pág. 637
3 Jorge Grespan, "A teoría das crises de Marx", en Osvaldo Coggiola (ed.), Marx e Engels na História. São Paulo, Xama, 1996, pág. 296.
4 Lucio Coletti, El marxismo y el derrumbe del capitalismo, México, Siglo XXI, pág. 36
5 Paul Singer, "O Manifesto contestado" en 150 Anos do Manifesto Comunista, São Paulo, Xama, 1998.
6 Karl Marx. Grundisse. Siglo XXI, pág. 634
7 Antonio Gramsci. "Quaderni del carcere", en Alvaro Bianchi. "Hegemonía em Crise", texto presentado para el examen de calificación de maestría en Sociología al IFCH-UNICAMP, bajo la orientación de Edmundo Fernández Dias, 1998, pág. 49.
8 Jorge Grespan. "A teoría das crises de Marx", en Osvaldo Coggiola (org.). Marx e Engels na História. São Paulo, Xama (Serie eventos), 1996. pág. 295.
9 Karl Marx. El capital, tomo II. México, Fondo de Cultura Económica, pág. 366
10 Roman Rosdolsky, Genese e Estrutura do Capital, Río de Janeiro, Contraponto, pág. 334.
11 Roberto Dias, Vida no mundo piora na década de 90, en Folha de São Paulo,
www.folha.uol.br/fsp/brasil/fc0807200322.htm.

12 Lester Brown, Eco-Nomía, en www.wwiuma.org.br/eco.
13 Lester Brown, idem anterior.
14 Roman Rosdolsky, Genese e Estrutura do Capital, Río de Janeiro, Contraponto, pág. 338.
15 Cezar Benjamin. A nova orden mundial e o destino do Brasil, comunicación presentada al congreso de la Sociedad Brasileña de Economía Política, manuscrito enviado por el autor, 2001
16 Ibíd.
17 Roman Rosdolsky, Genese e estrutura do Capital, Río de Janeiro, Contraponto, 2001, pág. 317.
18 ROSDOLSKY, Roman, Idem anterior, pág. 318

Valerio Arcary. Historiador. Profesor de CEFET/SP, doctorado en Historia por la Universidad de São Pablo (USP), miembro de la dirección nacional del Partido Socialista de los Trabajadores Unificado (PSTU) de Brasil.

Ho Chi Minh, un símbolo de la lucha contra el imperialismo


Foto: Ho Chi Minh


David Arrabalí / Rebelión

El 2 de septiembre se cumplieron 40 años de la muerte de Ho Chi Minh, considerado una de las principales figuras de la lucha contra el imperialismo y por la liberación de los pueblos.

El revolucionario vietnamita, junto a su pueblo, se convirtieron en un símbolo de la lucha contra el colonialismo y explotación por parte de las potencias capitalistas internacionales del denominado Tercer Mundo. Su nombre destaca entre los grandes referentes mundiales de la izquierda comunista, mucho más allá de los límites de su país.

El triunfo vietnamita contra Estados Unidos demostró que era posible derrotar al imperialismo pese a la enorme disparidad de recursos. En el mundo entero grandes contingentes populares se movilizaron en solidaridad con la revolución vietnamita y la figura de Ho Chi Minh alcanzó un merecido prestigio mundial.

El ejército popular organizado por Ho Chi Minh derrotó a tres de las potencias imperialistas más poderosas del momento: Francia, Japón y Estados Unidos. Estos no escatimaron medios de destrucción masiva y masacraron al pueblo vietnamita.

Ho Chi Minh venció a quienes trataron de oprimir y explotar al pueblo, incluso a Estados Unidos, que dominaba el mundo y que trataba de imponer el capitalismo.

Nació el 19 de mayo de 1890 en Annam, en el norte del actual Vietnam, que en aquel tiempo llevaba ya 30 años bajo la ocupación colonial francesa, cuyos abusos imperialistas presenció desde su más tierna infancia.

Hijo de un médico naturalista, estudió en Saigón. Después de la humillación de su familia y la destitución de su padre como funcionario, decidió emigrar por las duras condiciones sociales del país y por la opresión de la potencia colonial sobre ellos.

En 1912, tras un largo y complicado viaje recaló en Londres, donde trabajo por un escaso salario durante tres años, como mozo de hotel y retocador de fotografías, lo que hizo que sus convicciones izquierdistas se afianzaran.

En París toma contacto con los incipientes movimientos anti colonialistas y se afilia al Partido Socialista Francés, en cuyo congreso de Tours votó con la mayoría internacionalista que decidió adherirse a la III Internacional.

También comienza a destacar como activista, participando en la fundación de la Sección Francesa de la Internacional Comunista, luego rebautizada como Partido Comunista Francés (PCF).

Empieza a trabajar como redactor de L'Humanité y después fundó el periódico El Paria, donde escribirían los dirigentes revolucionarios de los países coloniales. En este contexto conoció a importantes personalidades del marxismo y del movimiento obrero internacional.

Aquí comienza una etapa fundamental en su vida, con una enorme producción intelectual, incluida su faceta como poeta. En sus artículos y escritos se visualiza su enorme compromiso de la lucha contra el imperialismo y en contra de la opresión de los pueblos dominados por el colonialismo.

En la conferencia de Versalles destaca por sus intervenciones en contra de la opresión y en pro de la igualdad de derechos para la colonia de Indochina.

De París se trasladó a Moscú, donde formó parte de la Internacional, y luego a China, para cooperar con el Partido Comunista Chino, terminando de completar allí su formación política y militar.

El 1927 escapó de China después de los sucesos contra revolucionarios que se producen en aquel país, pasando a la clandestinidad, desde la que organiza huelgas y levantamientos armados en Siam (actual Tailandia), Birmania y China.

Fundó el Partido Comunista de Vietnam en 1930, pero luego fue detenido otra vez más. Después sucedió un cambio de dominación inesperado pues Indochina que era de dominio francés pasó a ser japonés por una invasión de estos ese mismo año.

En 1940 fue liberado y regresó a su país, creando el Frente para la Liberación de Vietnam (Viet Minh) que lucharía durante cinco años contra la ocupación japonesa hasta la expulsión de estos de Vietnam.

Los nacionalistas chinos ocuparon el norte del país mientras las tropas inglesas entraron por el sur. También los franceses querían recuperar sus dominios coloniales y volvieron a ocupar el país mientras guerrilleros vietnamitas rechazaban a los chinos en el norte y liberaban aquella zona.

El Vietminh declaró la independencia el 2 de septiembre de 1945, fundándose la República Democrática de Vietnam, pero los planes imperialistas para la región no contemplaban la independencia sino un nuevo reparto de la zona entre las potencias capitalistas. El 24 de noviembre de 1946 los franceses bombardean Haiphng matando miles de civiles. El pueblo reaccionó el 19 de diciembre con una insurrección general.

El ejército francés es derrotado y Ho Chi Minh es proclamado primer presidente de la República Democrática de Vietnam. Pero Vietnam del Sur, bajo la conducción de Ngo Dinh Diem, se niega a convocar elecciones con el apoyo de Estados Unidos, ante la previsible victoria electoral de Ho Chi Minh

El general Eisenhower creía que un 80% de vietnamitas habrían votado por Ho Chi Minh, por lo que el Departamento de Estado norteamericano decide facilitar apoyo militar al sur para contener el comunismo y mantener su influencia en la zona.

A la guerra contra Francia sucedió la guerra contra Estados Unidos. Ho Chi Minh impulsó y ordenó el apoyo a las guerrillas, formando el Frente Nacional de Liberación (FNL), y el Viet Cong, nombre que recibía su guerrilla de liberación.

Murieron más de 5 millones de vietnamitas y 3 millones padecieron los efectos del agente naranja, una potente arma química. Durante la guerra se lanzaron más de 7 millones de toneladas de bombas y 100 mil de sustancias químicas tóxicas. O sea, más bombas que las arrojadas durante la Segunda Guerra Mundial.

Ho Chi Minh murió el 2 de septiembre de 1969, en su modesta casa de Hanoi a la edad de 79 años, de un paro cardíaco.

Murió sin ver culminada la obra de una vida dedicada a la revolución. Para los vietnamitas él venció a Estados Unidos, y cuentan que tanques victoriosos llevaban una pancarta que decía: Tú siempre marchas con nosotros, Tío Ho.

Ho Chi Minh


Foto: Ho Chi Minh

Nació en Annam el 19 de mayo de 1890. Su verdadero nombre era Nguyen Tat Than, pero la clandestinidad en que vivió siempre, le obligó utilizar más de cien apodos diferentes para escapar de la persecución policial. El nombre de Ho Chi Minh significaba El que ilumina; otras veces se hizo llamar Nguyen Ai Quoc, El patriota.

Era hijo de un médico herborista de Nghe An que ya luchaba contra el colonialismo francés, que había invadido Vietnam en 1860. Estudió en Hué y Saigón, hasta que en 1912 emigró como mozo en un paquebote francés. Fue un largo viaje de dos años de puerto en puerto hasta que arribó a Londres, donde trabajó en el hotel Carlton durante tres años.

De allí fue a París, donde trabajó como retocador de fotografías. Conoció a Chu En Lai, León Blum, Marcel Cachin y Longuet (sobrino de Carlos Marx), entre otros destacados dirigentes del movimiento obrero internacional. Se afilió al Partido Socialista Francés, en cuyo congreso de Tours votó con la mayoría internacionalista que decidió la adhesión del Partido a la Internacional Comunista. Comenzó a escribir en L'Humanité, y luego fundó el periódico El Paria, donde escribirían los dirigentes revolucionarios de los países coloniales.

De París se trasladó a Moscú, donde participó en varios Congresos de la Internacional Comunista. Más tarde se trasladó a China como traductor y ayudante de Borodin, consejero del Kuomintang en sus relaciones con el Partido Comunista de China.

Por encargo de la Internacional se integró en la escuela militar de Huangpu, cerca de Guangzhou, para enseñar a las organizaciones comunistas asiáticas el arte de la guerra revolucionaria. El director era el coronel Chiang Kaishek y el jefe del departamento político era Zhou Enlai. En la noche del 3 de abril de 1927, cuando Chiang Kaishek traicionó a los comunistas con una enorme matanza, Ho Chi Minh consiguió huir y siguió en la clandestinidad organizando la revolución en Birmania, en China, en Siam (Tailandia), pasando de cárcel en cárcel, de tortura en tortura, impulsando huelgas, motines y levantamientos armados. En 1930 se produjo el levantamiento de Yen Bai, poniendo de manifiesto la necesidad de un destacamento revolucionario capaz de dirigir la lucha popular hasta la victoria.

Por eso, aquel mismo año Ho Chi Minh fundó en Hong Kong el Tanh Nien o Partido Comunista de Vietnam, pero fue detenido una vez más.

A finales de la década de los treinta, Vietnam padece un giro importante en su situación, con la sustitución del dominio de los imperialistas franceses por los japoneses, que ocupan el país con 50.000 mercenarios.

Liberado de la cárcel por los aliados en 1940, regresó a su país 28 años después de haber salido de él. Luchó en la guerrilla durante los cinco años de la ocupación japonesa.

Para liberar al país de la nueva invasión, funda el Vietnam Doc Lap Dong Minh Hoi, más conocido por Vietminh, o Frente para la Liberación de Vietnam. También crea un ejército guerrillero dirigido por Vo Nguyen Giap, uno de los generales revolucionarios más prestigiosos del mundo.

Concluida la guerra y derrotados los japoneses, los planes imperialistas para la región no contemplaban la independencia sino un nuevo reparto del mundo, que en el caso de Vietnam suponía que los nacionalistas chinos del Kuomintang ocuparan el norte del país, mientras los ingleses harían lo propio con el sur.

Pero los franceses querían recuperar sus dominios coloniales y volvieron a ocupar el país, mientras los guerrilleros vietnamitas rechazaban a los chinos en el norte y liberaban aquella zona.

El 2 de septiembre de 1945 Ho Chi Minh lanzó su llamamiento:

Desde hace más de ochenta años la banda de colonialistas franceses, bajo los tres colores que simbolizan la libertad, la igualdad y la fraternidad, ha ocupado nuestro territorio y oprimido nuestro pueblo [...] Los franceses no nos han dado ninguna libertad política, han instituido una legislación bárbara, han creado más prisiones que escuelas, han ahogado en sangre todas nuestras revueltas, han pisoteado la opinión y utilizado la sangre y el alcohol para embrutecer a nuestro pueblo.

El Vietminh organizó la insurrección general, logró la independencia nacional y fundó la República Democrática de Vietnam, un Estado obrero y campesino que trataba de construir el socialismo.

Pero al retornar los colonialistas franceses se desató una nueva y cruenta lucha del pueblo vietnamita que se prolongó nueve años. El 24 de noviembre de 1946 los franceses bombardearon Haiphng asesinando a más de 6.000 personas y el pueblo reaccionó el 19 de diciembre con una insurrección en Hanoi.

Los imperialistas comenzaron a retroceder: cae Dong Khi, evacúan Cao Bang, luego Lao Kay, y posteriormente Dinh Lap. Francia claudicó y tuvo que pedir el apoyo de los Estados Unidos. El presidente Eisenhower dijo en 1953: Admitamos ahora que perdemos Indochina. Sucederían varias cosas. La península sería difícilmente defendible. El estaño y el tungsteno de esta región, a los que concedemos tanta importancia, dejarían de llegarnos.

El apoyo norteamericano no sirvió de nada. En 1954 los franceses son derrotados en la batalla de Dien Bien Fu y, aunque en los acuerdos de Ginebra dividieron el país en dos, Ho Chi Minh se convirtió en jefe del nuevo Estado vietnamita del norte. Dieciocho millones de conciudadanos saludaron a quien había abierto la brecha de la liberación social y nacional. Era el tío Ho.

A la guerra contra Francia sucedió la guerra contra Estados Unidos, por lo que los vietnamitas derrotaron sucesivamente a tres de las potencias imperialistas más poderosas: Francia, Japón y Estados Unidos. Estos no escatimaron medios de destrucción masiva y bombardearon cruelmente Vietnam del Norte: Derrotados los yanquis -diría Ho- construiremos una patria diez veces más hermosa. Nuestro país tendrá el señalado honor de ser una pequeña nación que, a través de una lucha heroica, ha derrotado a dos grandes imperialismos- el francés y el norteamericano- e hizo una digna contribución al movimiento de liberación nacional. Nunca tuvo un momento de inquietud por la desproporción de fuerzas. Como buen comunista sabía que un ejército popular es superior al mejor ejército moderno. Desde el principio de la intervención americana declaró que los Estados Unidos no serían capaces de soportar una guerra popular prolongada: En la lucha patriótica contra la agresión norteamericana, en realidad tendremos que soportar más dificultades y sacrificios, pero estamos seguros de que obtendremos la victoria total. Esta es una certeza absoluta. Sus predicciones se cumplieron, aunque Vietnam tuvo que soportar años de atrocidades contra su población. El territorio fue convertido en campo de experimentación de armas sofisticadas y de criminales bombardeos contra la población indefensa. Tres décadas después de la humillante retirada de Estados Unidos de Vietnam el 30 de abril de 1975, el país aún sufre las secuelas de la agresión. Desde 1961 hasta 1973, el Pentágono arrojó sobre Vietnam y el vecino Laos más de siete millones de toneladas de bombas y 100.000 toneladas de sustancias químicas tóxicas. Sobre Vietnam descargaron más bombas que las arrojadas durante la II Guerra Mundial. En la guerra murieron cinco millones de vietnamitas y 58.000 mercenarios estadounidenses. Tres millones de personas padecen los efectos del agente naranja, un potente defoliante que tenía como objetivo arrasar por completo la jungla del país para aislar a los guerrilleros vietnamitas. Washington lanzó sobre un cuarto del territorio del país unos 80 millones de litros de defoliante y napalm.

Murió en Hanoi el 3 de setiembre de 1969 sin poder ver culminada la obra de toda una vida dedicada a la revolución. En su testamento dejó escrito: Durante toda mi vida, he servido con todas mis fuerzas y con todo mi corazón a la Patria, a la Revolución y al Pueblo. Ahora, si debo partir de este mundo, no hay nada que sienta más que no poder servirlos más tiempo. El proceso liberador, que concretaría sus esperanzas de siempre, continuó. Cuando seis años después de su muerte, los comunistas derrotaban a los invasores norteamericanos, los tanques llevaban una pancarta: Tú siempre marchas con nosotros, Tío Ho.

Ho Chi Minh y el pueblo vietnamita se convertieron en símbolos de las luchas del Tercer Mundo contra el imperialismo, el colonialismo y la explotación. Su nombre destaca entre los grandes referentes mundiales del proletariado, mucho más allá de los límites de su país. El triunfo vietnamita contra Estados Unidos demostró que era posible derrotar al imperialismo pese a la enorme disparidad de recursos. En el mundo entero grandes contingentes populares se movilizaron en solidaridad con la revolución vietnamita y la figura de Ho Chi Minh alcanzó un merecido prestigio mundial. Fue un gran dirigente de su partido y del proletariadio internacional. Ho Chi Minh y los comunistas trazaron el camino; los obreros y campesinos vietnamitas lo recorrieron hasta el final.

Al final del largo viaje
Ho Chi Minh suave y despierto
sobre el albura del traje
le arde el corazón abierto.
No trae escolta, ni paje
pasó montaña y desierto
en la blancura del traje
sólo el corazón abierto
no quiso más para el viaje.
(Pablo Milanés: Ho Chi Minh)

Semiótica y Creación Literaria




“Alguien me preguntó el otro día por qué menciono con admirada emoción los novelones de Víctor Hugo, marcas mayores de mi infancia, y de golpe descubrí una vez más que poco podría decir de ellos en detalle.”: Julio Cortázar/Territorios

Daniel Murillo

El presente trabajo es un ejercicio de conexión entre la creación literaria y la semiótica, como lo indica el título. Y ha surgido de una serie de preguntas, sobre la base de la significación en un texto: su acercamiento hacia un nivel semántico y hacia un nivel semiótico, su diferenciación y posibles vasos comunicantes en un proceso comunicativo como es la literatura.

Partimos de un elemento sustancial. Como describe Paul Ricouer:

La función principal de la obra poética, al modificar nuestra visión habitual de las cosas y enseñarnos a ver el mundo de otro modo, consiste también en modificar nuestro modo usual de conocernos a nosotros mismos, en transformarnos a imagen y semejanza del mundo abierto por la palabra poética (Ricoeur, 1999a: 57).

Hacia esta función de la obra poética (haciendo extensivo lo poético a los productos de las artes) es que apuntamos nuestras reflexiones, hacia este dinamismo y hacia los actos de creación literaria y lectura. Decantemos el contenido, entonces. Este trabajo está dividido en tres estancias, que describimos brevemente a continuación.

Con el fin de diferenciar claramente dos vocablos que utilizaremos en el presente trabajo, nos parece adecuado llegar a una primera estancia a partir de la definición de los conceptos de semiótica y de semántica, para continuar con una segunda estancia hacia la significación y la creación literaria y una tercera estancia, la final, que bordee sobre la creación literaria como un proceso semiótico.

Primera estancia

En principio, habremos de seguir dos caminos para diferenciar claramente lo que es semiótica y lo que es semántica. El vocablo Semiótica proviene del griego Semeiotiké, que significa observación de los síntomas. El vocablo sema es, también en griego, señal, indicio, signo o marca y su derivación hacia el verbo semaíno tiene la connotación de poner una marca a algún objeto, dar la señal para comenzar algo.

Heráclito1 le da el significado de indicio o augurio negativo, es decir, presagio. La derivación hacia el vocablo semeion, utilizado por Esquilo y Heródoto, hace que el significado sea el de "huella" y de ahí que exista una bipartición por este camino: en un sentido básico de orden puramente lingüístico, semeion significa indicio, síntoma, presagio o admonición. Pero en un sentido religioso, la palabra tiene el sentido de acontecimiento maravilloso, milagro, signo que proviene de los dioses --recordemos que el nombre griego de Zeus es Semaléos-- (Pérez Martínez, 2000).

La derivación de semeion hacia semeiotikós, entonces, apunta hacia la acción de "observar signos" y como veíamos anteriormente, con el vocablo Semeiotiké, se trata de la observación de signos o síntomas. Pérez Martínez (2000: 30-31) dice:

Semeiotikós, de donde deriva nuestro vocablo semiótica, es el que se dedica a observar signos: la cultura es, pues, un contínuum que tiene distintos tipos de marcas de distinta índole interrelacionadas entre sí de manera jerárquica. La semiótica es el arte de leerlas.

Por su parte, el vocablo semántica (sémantique) aparece hasta 1883, cuando un lingüista francés, Michel Breal, lo utiliza para observar el cambio de palabras y significados en lenguas históricas, en una rama de la lingüística diacrónica. Breal abre así tres líneas de investigación que se derivan de la semántica: a) el cambio de significado; b) la significación en sí misma y c) el estudio del significado lingüístico. La definición más común de semántica es, entonces, la ciencia del significado lingüístico2 (Pérez Martínez, 2000: 32). Los campos que estudia la semántica, incluyen la denotación y la connotación, la denominación, el sentido, los campos semánticos, entre otros.

Pese a estas diferencias (para decirlo claramente: la semiótica estudia los signos y la semántica los signos lingüísticos), algunos autores superponen los campos de acción de ambas disciplinas hasta hacerlos confusamente parecidos o igualables, como Umberto Eco, Adam Schaff, Fano o Algirdas Julien Greimas. Y, para aumentar aún más esta confusión, para designar a la ciencia de los signos, existen dos tradiciones. La anglosajona que la denomina como semiótica, con autores como Charles S. Peirce, Charles Morris, Gottlob Frege, Rudolf Carnap y Ludwig Wittgenstein; y la europea, que la denomina como semiología, con autores como Ferdinand de Saussure, Louis Hjemslev, Roman Jakobson y Roland Barthes.

Para Berruto, sin embargo, no hay confusión posible:
Por consiguiente, la semántica será, a lo sumo, una parte de la semiótica, y tendrá sus propios métodos de investigación y sus problemas específicos por resolver, que no son necesariamente los de la semiótica. Demos a la semántica lo que es de la semántica: la semiótica es la ciencia de los signos, la semántica la ciencia del significado. Ambas no deben ser confundidas (Citado por Pérez Martínez, 2000: 34).

Lo que queda claro es que en las ramas de la ciencia, tanto la semiótica (o semiología) como la semántica, forman parte de la lingüística y que sus objetos de estudio son diferentes. En su clasificación de las ciencias normativas, Charles S. Peirce habla de la lógica como semiótica; las otras dos ciencias normativas serían la ética y la estética. La lógica es semiótica general en el pensamiento pierciano, pero también tiene algunas otras características: a) es la ciencia de "las condiciones necesarias del logro de la verdad"; b) "es la ciencia de las leyes necesarias del pensamiento"; y c) "coincide con el estudio de las condiciones necesarias de la transmisión del significado por signos de mente en mente" (Pierce, 1997: 259).

En esta primera estancia podemos decir que la semiótica, entonces, es la ciencia de los signos y la semántica es la ciencia del significado lingüístico y que, citando a Benveniste (1999:226) sobre las funciones respectivas: "la de significar, para la semiótica, la de comunicar, para la semántica".

Segunda estancia

Ya que la semántica parte del lenguaje y de sus partes constitutivas para conocer el significado, a través de elementos lingüísticos, es natural que se le asocie directamente tanto con la creación literaria, como con la confección y proceso de todo texto literario. La semiótica, que estudia los signos extralingüísticos, tendría que ver con otras ramas de la creación o de la poesía, si utilizamos el nombre genérico derivado de Poesis, creación. La semiótica se ocupa del lenguaje en tanto que capacidad de comunicar, por lo que su haz de estudio incluye al cine, la radio, el teatro, la pintura y otros campos.

Sin embargo, el filósofo francés Paul Ricoeur en su libro Teoría de la interpretación reflexiona sobre este asunto y pone en tela de juicio el origen de la significación de un texto literario. ¿Acaso una obra literaria significa sólo por su significación verbal o por su significación más allá del signo lingüístico? Ricoeur (1999) habla de un "excedente de sentido" en un discurso o texto y dice que la significación se divide en tres elementos:
a) Lo que se quiere decir (qué).
b) Lo que lo dicho significa (cómo).
c) Lo que hace referencia (acerca de qué).

Los dos primeros puntos son abordados también por la semántica porque pertenecen, de hecho, a su campo de estudio directo; en el caso de la escuela estructuralista y del formalismo ruso tenemos a Greimas y a Vladimir Propp, respectivamente, quienes han abordado estos dos puntos la detalle, al encontrar y describir estructuras en relatos y cuentos populares. Sin embargo, el tercer elemento, el de la referencia, reviste un punto importante a tratar, tomando como punto de partida la observación de Ricoeur y recordando la diferenciación que hace Frege sobre sentido y referencia. Éste último pone de relieve el vínculo semiótico de un texto, debido a que los signos lingüísticos significan más allá de sí mismos. Al igual que Pierce, el modelo para análisis de los signos es uno triádico que contiene los dos elementos que hemos mencionado -sentido y referencia-y el propio signo:

Un signo puede no tener referencia, pero en ningún caso un signo puede carecer de sentido. Para que algo sea signo es condición necesaria que tenga sentido. (...) Frege aplica las relaciones semánticas de sentido y referencia primeramente a los nombres propios. La referencia de un nombre propio es el objeto denotado por la expresión, y su sentido es la manera de darse lo denotado por ella (Uxía Rivas, s/f).

En la creación literaria intervienen los signos lingüísticos, las formas (como la metáfora u otras figuras literarias) y los símbolos 3. Ricoeur habla del papel de la figura literaria de la metáfora como puerta del signo lingüístico a otra significación extralingüística, lo que de pasada nos hace recordar a Erwin Panofsky y sus dos clases de significación: primaria y secundaria. O al fenómeno de la polisemia, es decir, como dice Pierre Guiraud: "En lo que concierne al lenguaje articulado, donde la polisemia es la regla general, es posible que la situación se deba al hecho de que se trata más que de un código, de un agregado de códigos superpuestos e imbricados." (Guiraud, 1996:40).

En este caso, la existencia de códigos imbricados no sólo es característica del lenguaje articulado, sino que se presenta en todas las formas de arte, de nuevo, para adentrarnos al terreno literario y de la creación.

Una vuelta de tuerca más: un texto literario se conforma de al menos dos unidades distinguibles en el nivel del lenguaje (dejemos de lado otras unidades o agrupaciones como los capítulos, los párrafos, y que tienen que ver más con la morfología del texto). Estas dos unidades son la palabra y el discurso. Dice Paul Ricoeur: "La semiótica no se interesa, en ningún momento, por la relación del signo con las cosas denotadas, ni por las relaciones entre lengua y el signo. La distinción entre significado y significante (...) se da completamente en el interior del signo. Sucede todo lo contrario en el discurso. Éste consiste en la mediación entre el orden de los signos y las cosas." (Ricoeur, 1999a: 49).

La obra literaria es un complejo intercambio de significaciones lingüísticas, en donde es importante tomar en cuenta la totalidad de la obra, en la que el autor ha puesto un sentido y una referencia totalizadoras. Las palabras aisladas del texto literario no tienen por qué referirse explícitamente a estos dos elementos. El acto de escribir, como el acto de leer, son dos situaciones marcadas por un tiempo y un espacio. El significado los desborda. Porque, precisamente, no se encuentra anclado en las palabras. Es aquí precisamente donde podemos dar el salto, con el pretexto de un texto literario, de la semántica a la semiótica. Dice Raymundo Mier:

El sentido no está ya en cada enlace gramatical, en el conjunto de significados que se encadenan para producir las oraciones; parece estar en otra parte y, sin embargo, más allá de la frase no hay nada más que lo no dicho que rehúsa toda exploración (Mier, 1990: 132).

El texto literario se desborda a sí mismo, se remite hacia dentro, hacia una referencia y un sentido fijados por el autor, pero también se dirige hacia fuera, hacia la experiencia propia del lector al leer y conectar los significados con sus propias vivencias, con su propio ser. El texto literario, producto de la creación de un escritor, está ya afuera, libre, abierto. La forma más sencilla de acercarse a él es la palabra impresa, el reconocimiento de los elementos varios que han entrado en la elaboración y concatenación de letras, palabras, frases, enunciados, párrafos, páginas, capítulos...

Es decir, un texto literario no significa por las palabras, la redacción y la sintaxis, sino que se remite a otro tipo de signos a través de figuras literarias, lo que permite que haya un carácter simbólico en un texto y que remita a la narración de mitos, por ejemplo y a la referencia a lo preternatural, a lo sagrado, al cosmos, al universo y a los arquetipos de los que hablaron Gustav Jung y Mircea Eliade. Sólo de pasada, retomamos a Jung para ilustrar esta aseveración:

La obra en crecimiento es el destino del poeta, y determina su psicología. Goethe no hizo el Fausto, sino la componente anímica "Fausto" hizo a Goethe. Y, ¿qué es Fausto? Fausto es un símbolo, no una mera indicación semiótica o una alegoría de algo mucho ha conocido, sino una expresión de algo operativo, primordialmente viviente, en el alma alemana, al que Goethe debió ayudar a nacer. (Jung, 1992: 23).

Si la literatura se nutre del mundo, de los arquetipos, de la psicología de los escritores, entonces, su herramienta por antonomasia, la palabra, debería reflejar todas estas dimensiones extra-semánticas. Por ello, el acto de escribir y el acto de leer, complementarios, deben asumirse no como un acontecimiento ni como una situación determinada, sino como un universo (Ricoeur, 1999: 92). Ricoeur dice: "... los textos poéticos hablan acerca del mundo, mas no en forma descriptiva. Como sugiere el mismo Jakobson, la referencia aquí no es abolida sino que es dividida o fracturada. la desaparición de la referencia ostensible y descriptiva libera el poder de referencia a aspectos de nuestro ser en el mundo que no pueden decirse en una forma descriptiva directa, sino sólo por alusión, gracias a los valores referenciales de expresiones metafóricas y, en general, simbólicas (Ricoeur, 1999: 49).

Viremos ahora hacia el sentimiento poético: "... otro signo que aparece aún después de haber concluido los dos actos -escritura y lectura- y que permanece a lo largo del tiempo. Existen obras literarias que el autor reconoce como favoritas y sucede lo mismo con los lectores. El sentimiento poético no está, de nuevo, aprisionado en la palabra, sino que se conjunta con los elementos que hemos descrito anteriormente. Ricoeur (1999a: 54) dice: "El sentimiento es, como la imagen, una creación del lenguaje. Es el estado anímico que configura un poema determinando su singularidad. (...) Un estado anímico no es una afección interna, sino un modo de encontrarse entre las cosas".

Es decir, de nuevo, que la función referencial de la significación en la creación literaria tiene, aparte del nivel semántico, motivos extralingüísticos.

Tercera estancia

La creación literaria puede abordarse, entonces, desde la semántica (motivos lingüísticos) y desde la semiótica (motivos extralingüísticos), pero se trata de un proceso de significación que se acerca a un proceso de semiosis, como lo denomina Charles S. Peirce: un proceso de significación siempre dinámico en donde aparece una de sus tríadas, que incluye un objeto, un interpretante (es decir, el efecto de un signo sobre la mente) y el representamen o signo. Gérard Deledalle lo explica de la siguiente forma:

Estos tres componentes no tienen existencia propia separada, como tampoco el significante y el significado en el signo saussureano. Recordemos que, para Pierce, la semiosis, signo triádico, es indescomponible. Sus componentes están subsumidos; son aquello sin lo cual la semiosis no existiría (Deledalle, 1996: 87).

Este proceso de semiosis (y el paso de lo semántico a lo semiótico) se explica mejor de la siguiente forma: Para Pierce existen tres elementos: la primeridad, que contiene los elementos primarios que se presentan a la percepción, la secundidad que contiene leyes, hábitos y normas, y la terceridad, el nivel de los hechos. Pierce lo explica así:

En primer lugar, hay características singulares que son predicables de objetos simples, como cuando decimos que algo es blanco, extenso, etcétera. En segundo lugar, hay características duales que pertenecen a pares de objetos; están implícitos en todos los términos relativos como "amante", "semejante", "otro", etcétera. En tercer lugar, hay características plurales que pueden ser reducidas a características triples, pero no duales (Pierce, 1997: 215).

Y más adelante, Pierce resume: "...las tres categorías del hecho son: hecho acerca de un objeto, hecho acerca de dos objetos (relación), hecho acerca de varios objetos (hecho sintético)." (Pierce, 1997: 215).

Esto nos obliga a seguir nuestra argumentación en el sentido de que un texto literario admite estas tres categorías del hecho (de escribir o de la creación literaria) y que, si bien una puede ser enteramente descriptiva (la del objeto), aparecen las otras dos que tienen que ver con motivos evocados por el texto, pero no precisamente anotados en él. De ahí que Ricoeur hable de la metáfora y del excedente de sentido en un texto. También el mismo autor menciona que "El objeto de la semiótica -el signo-es meramente virtual" (Ricoeur, 1999:21). De nuevo, los motivos extralingüísticos de la literatura aparecen. En cuanto al acto de creación, Peirce le otorga un valor igual al trabajo de un científico:

El trabajo del poeta o novelista no es tan diferente al del científico. El artista introduce una ficción, pero no es arbitraria; muestra afinidades a las que la mente concede una cierta aprobación llamándolas hermosas, lo cual si no es exactamente lo mismo que decir que la síntesis es verdadera, es algo del mismo tipo general. El geómetra traza un diagrama, que si no es exactamente una ficción, es al menos una creación, y por medio de la observación del diagrama es capaz de sintetizar y mostrar relaciones entre elementos que antes no parecían tener una conexión necesaria (Pierce, 1997: 222).

Al decir que la creación literaria es un proceso de semiosis, estamos admitiendo de entrada que se trata de un proceso dinámico, en el que no sólo el momento de creación es importante, sino también el proceso de recepción de la obra literaria, como veremos más adelante; también estamos admitiendo que se trata de que el acto de escribir o hacer literatura es un hecho que acerca una acción y la significación, es decir, que se mueve dentro del campo de la pragmática (es decir, el empleo de los signos por el ser humano) y, por último, que sólo con motivos extralingüísticos explicamos, por ejemplo, la aparición de elementos extralingüísticos, como la atmósfera que se crea en los textos literarios.

Para reforzar la idea de que la semiótica y la creación literaria van de la mano, recordemos lo que decía Jan Mukarovsky en 1934 sobre que las palabras expresan estados de ánimo, ideas o sentimientos, es decir, de nuevo, motivos extralingüísticos. También Hans Robert Jauss, en su Teoría y estética de la recepción habla acerca de que la obra literaria es un objeto estético y es descrita por "una serie de concreciones sucesivas"; el signo literario es un conjunto de conocimientos unidos a la experiencia en la vida cotidiana (al que llama "horizonte de expectativas" del lector) y esto, de nuevo, es un motivo extralingüístico.

Al hablar de semiosis y de proceso, tenemos que reconocer también que una obra literaria no está completa sino hasta que ocurre otro proceso de semiosis distinto: la lectura del texto. Nunca un libro producirá el mismo significado, porque está inmerso en un proceso dinámico de significación: la relectura de una obra literaria, la revisión del propio autor (ahora como lector de su propia obra, por ejemplo al hacer cambios o adiciones en nuevas ediciones de sus libros), la lectura por otra persona distinta al autor hace que este proceso de significación sea infinito. El lector siempre leerá un libro distinto aunque se trate del mismo libro y el autor escribe siempre el mismo libro4.

Así, la creación literaria debe abordarse como un proceso y la obra literaria como producto de la semiosis que siempre contrae compromiso con otro proceso de semiosis (el del lector, por ejemplo). En decir de Ricoeur:

El sentido del texto está abierto a cualquiera que pueda leer. La omnitemporalidad del sentido es la que lo abre a los lectores desconocidos (...) ya que el texto ha escapado de su autor y de su situación, también ha escapado de su destinatario original (Ricoeur, 1999: 105).

Es decir, la apertura hacia la literatura permite no sólo hacer referencia a un contexto del lenguaje escrito: existe el nivel del universo, del arquetipo, el nivel psicológico y el nivel de "adelanto". Me explico: El significado del texto literario no está ni en el acto de escribir ni en el de leer, sino que los engloba y los rebasa, potencia los significados hacia delante. Como lo muestra Ricoeur, el significado de un texto literario no se encuentra detrás de lo que dicen las palabras, no se oculta sino que se devela. Y el significado tampoco está en el libro: está en la configuración que hace tanto el escritor y el lector de su lectura, el "mundo posible" del que habla el autor citado.

El presente texto es, pues, una muestra de este proceso semiótico que desemboca en un acto de comunicación: un nuevo proceso de semiosis del que se encarga, ahora, el lector.

Notas:
* Este texto tiene origen en una plática impartida por el autor en el restaurante La India Bonita, en la ciudad de Cuernavaca, Morelos, México, como parte de las actividades de la Sociedad de Escritores de Morelos, en agosto de 2002.
1 Casualmente, llamado "El Obscuro", como dice Julián Marías: "Como el oráculo de Delfos: 'ni dice ni oculta nada, sino que indica por signos'," (Marías, 1963: 26).
2 Cabe señalar también a la sintaxis, una herramienta de la semántica y que estudia la combinación de palabras en una frase y que pertenece, también, a la gramática. O la sintaxis y la morfología, unidas, que descomponen a la frase y estudian las palabras tomadas independientemente.
3 Goethe, a principios del siglo XIX había anotado que el texto literario funciona como símbolo por oposición a la alegoría.
4 Recordemos lo que se dice de Juan Rulfo: que Pedro Páramo y El llano en llamas eran un mismo libro.

Referencias
Benveniste, Émile, Problemas de lingüística general, II tomos, Siglo XXI, México, 1999.
Deledalle, Gérard, Leer a Pierce hoy, Gedisa, Barcelona, 1996.
Guiraud, Pierre, La semiología, Siglo XXI, México, 1996.
Jung, Carl G., Formaciones de lo inconsciente, Paidós, Barcelona, 1992.
Marías, Julián, La filosofía en sus textos, Labor, tres tomos, 2ª. edición, Barcelona, 1963.
Mier, Raymundo, Introducción al análisis de textos, Trillas, México, 1990.
Pierce, Charles S., Escritos Filosóficos I, Colegio de Michoacán, Zamora, 1997.
Pérez Martínez, Herón, En pos del signo. Introducción a la semiótica, Colegio de Michoacán, Zamora, segunda edición, 2000.
Ricoeur, Paul, Teoría de la interpretación, Siglo XXI, tercera edición, México, 1999.
Ricoeur, Paul, Historia y narratividad, Paidós, Barcelona, 1999 (a).
Uxía Rivas, María, "Frege y Pierce: en torno al signo y su fundamento", Grupo de Estudios Peircianos de la Universidad de Navarra, <http://www.unav.es/gep/AF/Frege.html>.