20/8/09

Antonio Gramsci y su influencia cultural


Alirio Palacios (Venezuela) Versión sobre un caballo guerrero Nº 11

Álvaro Kröger

 

La estrategia de Gramsci

Gramsci sostenía que ninguna ideología podía imponerse por la fuerza. Toda revolución violenta genera, como inmediata respuesta, una contrarrevolución que debilita y hasta puede superar la fuerza de la primera. Todo cambio exige una mentalización previa que abone la tierra donde el cambio debe florecer. El ideario marxista no escapaba a esa regla.

Por ello diseñó su estrategia del siguiente modo:

Para imponer un cambio ideológico era necesario comenzar por lograr la modificación del modo de pensar de la sociedad civil (pueblo o habitantes de un determinado país) a través de pequeños cambios realizados en el tiempo en el campo de la cultura. Había que construir un Nuevo Pensamiento. Crear lo que él llamaba el Sentido Común de la gente, entendido como el modo común de pensar de la gente que históricamente prevalece entre los miembros de la sociedad. Había que lograr que la sociedad civil alcanzara un nuevo modo de "ver la vida y sus valores". Para Gramsci, esto era más importante, y prioritario, que alcanzar el dominio de la sociedad política. (Conjunto de organismos que ejercen el poder desde los campos jurídico, político y militar).

Para lograr que la sociedad civil (el pueblo soberano, la opinión pública) llegara a tener un modo común de sentir y pensar (sentido común), era necesario adueñarse de organismos e instituciones en donde se desarrollan los valores y parámetros culturales: los medios de comunicación, Universidades, escuelas, enseñanza secundaria y las artes. Hacia allí había que apuntar. Con paciencia, con el paso del tiempo, educando a las nuevas generaciones desde su niñez. (Ej: la China de Mao; la Cuba de Castro).

Después de cumplido este proceso a lo largo de los años, la consecución del poder político caería por su propio peso, sin revoluciones armadas, sin resistencias ni contrarrevoluciones, sin necesidad de imponer el Nuevo Orden por la fuerza, ya que el mismo tendría consenso general.

Obstáculos a superar para el éxito del proceso

El mismo Gramsci señaló que, para que el proceso fuera exitoso, habría que sortear 2 obstáculos: La Iglesia Católica y la familia. ¿Por qué la iglesia católica? Porque Gramsci pensaba que la razón de la permanencia de la Iglesia a través de los siglos se apoyaba en los tres puntales siguientes:

a) La profesión de una fe firme e inquebrantable, sin concesiones, y la constante repetición de los mismos contenidos doctrinales. De este modo pudo lograr un fuerte sentido común (modo de pensar) en el pueblo a través de los siglos.

b) Haber logrado amalgamar en su seno tanto al pueblo analfabeto, a la clase media y a la élite intelectual propia. En efecto, ninguna filosofía inmanentista, incluyendo el marxismo, había acertado a unir en un mismo sentido común o creencia, a los intelectuales y al pueblo, a los doctrinarios y los practicantes, a los expertos y los neófitos (o "iniciados"). Gramsci, en eso, envidiaba a la Iglesia.

c) Por último, mientras el marxismo exigía al hombre luchar para el logro de una sociedad sin clases en el aquí y ahora, porque con la muerte terminaba todo, la Iglesia había logrado convencer al hombre hacia la trascendencia, al más allá, y con ello no solamente había dado un respuesta al sentido de la vida sino también al sentido de la muerte.

¿Por qué la familia? Está claro que si la estrategia consistía en la formación de un modo de pensar a través de la educación en los nuevos valores revolucionarios, la familia, primera educadora del hombre desde su nacimiento y durante los primeros y cruciales 5 años de vida, era un estorbo intolerable.

Estrategia para superar éstos obstáculos según Gramsci

a) Desprestigiar a la iglesia, en lo posible con la descalificación de su doctrina ("la religión es el opio de los pueblos") y de sus miembros jerárquicos (clero y vida consagrada).

b) Destruir la familia, presentándola como una institución del pasado, ya superada, incapaz de educar. Retirando a los niños desde su más temprana edad de la influencia de sus padres, mediante la educación masiva en la "nueva cultura". (Experiencia de las granjas colectivas o educación a distancia.). O interviniendo en la educación de los aspectos fundamentales de su vida, desde la escuela y sin la participación de los padres. Procurando que, por ausencias de los padres ante compromisos laborales ineludibles, los niños queden bajo la influencia de la educación de los contravalores a través de la radio, televisión y medios de comunicación masivos.

Y finalmente...

Parecería que vivimos en un mundo diseñado por Gramsci: se han invertido las valoraciones morales y políticas, se busca desjerarquizar todo lo valioso, se exalta todo lo que sea o implique "horizontalismo", se "desconstruye" el sano pensamiento filosófico, de forma tal que queda "pulverizado" en una multitud de nuevas ideologías y "filosofías" cuyo sólo empeño es "desmitificar", "secularizar", "desacralizar".

Seguramente se complacería -y mucho- Gramsci al ver en pleno proceso de realización (actualización, diría Gentile) algo que alguna vez "profetizó": el fin de la religión tendría que ocurrir por "suicidio", al diluirse los límites de la Cristiandad con respecto al mundo moderno. Mientras unos sueñan con que lo que está acaeciendo es una "cristianización del mundo", lo que en realidad se está dando es justamente lo contrario: segmentos considerables de "cristianos" se mundanizan, adoptando los parámetros y criterios propios de una mentalidad totalmente inserta en una cosmovisión intramundana y secularista. Aunque no siempre se niega explícitamente, viven como si el mundo trascendente no existiera, como si todo empezara y terminara "aquí abajo", teniendo una inexplicable dicotomía filosófica.

El programa era y es bien claro: "lograr el desprestigio de la clase hegemónica, de la Iglesia, del ejército, de los intelectuales, de los profesores, etc. Habrá incluso que… enarbolar las banderas de las libertades burguesas, de la democracia, como brechas para penetrar en la sociedad civil. Habrá que presentarse maquiavélicamente como defensor de esas libertades democráticas, pero sabiendo muy bien que se las considera tan solo como un instrumento para la marxistización general del sentido común del pueblo".

Otro lamentable hecho fácilmente constatable en diversos ambientes culturales de Occidente, sobre todo del latino y latinoamericano, es lo que se ha dado en llamar la "traición de los intelectuales". Esto se ha ido logrando por diferentes vías, ya sea mediante favores, concesión de prebendas, canonjías y halagos de todo tipo, o bien, mediante la táctica opuesta, que es la seguida con los intelectuales y profesores que no se doblegan ante estas formas de captación; para ellos están la presión, el chantaje, la amenaza y el boicot cuando no de plano, el desprestigio, la calumnia y la difamación.

Y es que en la estrategia gramscista el quebrantar de un modo u otro al intelectual opositor es fundamental: oigamos al teólogo padre Sáenz: "Gramsci considera que se ha ganado una gran batalla cuando se logra la defección de un intelectual, cuando se conquista a un teólogo traidor, un militar traidor, un profesor traidor, traidor a su cosmovisión... No será necesario que estos "convertidos" se declaren marxistas; lo importante es que ya no son enemigos, son potables" para la nueva cosmovisión. De ahí la importancia de ganarse a los intelectuales tradicionales, a los que, aparentemente colocados por encima de la política, influyen decisivamente en la propagación de las ideas, ya que cada intelectual (profesor, periodista o sacerdote) arrastra tras de sí a un número considerable de prosélitos.”

El que en la mentalidad predominante de nuestros días prevalezca a nivel popular el "da igual cualquier religión", "todo es según como tú lo veas", "haz lo que quieras con tal de que seas auténtico", "ahora ya todo está permitido", y a nivel filosófico el "no hay naturaleza (humana) sino historia", "yo me doy mi propia esencia", "no hay ser, sino tan sólo devenir, o incluso, devenires", "no hay verdad, todo se reduce a multiplicidad(es)", "no hay escritor, sólo texto", "no hay sujeto, sino estructuras epistémicas", y otras estupideces por el estilo (el catálogo es inagotable), quiere decir que un gramscismo camuflado, en invisible alianza (deliberada o no) con el movimiento New Age y otras inefables adherencias, se sigue imponiendo en toda la línea, más allá de las cada vez más escasas menciones públicas de este autor italiano, tanto por parte de quienes lo apoyan como por parte de sus enemigos.

Como hemos visto, el gramscismo representa el más agresivo, cáustico y disolvente ataque contra toda forma de religión trascendente, y en particular contra el catolicismo; también lo es contra todo tipo de LIBERTAD. La Libertad y el Libre Albedrío son los enemigos más feroces del comunismo y del nazismo, ambas ideologías son el mismo perro con el mismo collar pero de diferente color. Mucha de la descristianización actual obedece en buena parte a la acción destructiva y semioculta de los "intelectuales orgánicos" a la Gramsci, estratégicamente situados, cuya acción se encuentra encaminada a la "mutación del sentido común" teísta a fin de que devenga su opuesto.

Ello implica su proyecto de "descomposición interna del catolicismo", de "hacer saltar la Iglesia desde dentro" y de liquidar totalmente el "antiguo concepto del mundo", insito en la cultura cristiano-católica y judeo-cristiana.

Finalmente, hay que señalar que pocas cosas contribuyen tanto al avance del secularismo anarquista como la defección de teólogos, profesores, pensadores, periodistas o escritores. Por lo cual habrá que pensar en congruencia con los principios que se dice profesar pero, no menos importante, también habrá que llevar una vida coherente que no desvincule e incomunique las distintas dimensiones de la vida humana.

"Quien no vive como piensa, acabará pensando como vive".

¿Para cuánto tiempo alcanza el petróleo?


El petróleo abundante y barato ha ejercido en los últimos 150 años un papel casi mágico como impulsor de la economía mundial. La falta de éste por agotamiento o alto precio puede traer consecuencias muy graves en todo el mundo

Venezuela alcanzó el primer lugar en reservas probadas de petróleo del orbe al cuantificar 314.000 millones de barriles en la Faja Petrolífera del Orinoco. Petróleos de Venezuela (PDVSA) informó sobre la culminación de la cuantificación del Bloque Junín 7, uno de los 27 bloques de los cuatro campos de la Faja Petrolífera del Orinoco, considerada como el reservorio de hidrocarburos más grande del planeta, que según los cálculos, en ese bloque se tienen 30.400 millones de barriles cuantificados a través del Proyecto Orinoco Magna Reserva para alcanzar 314.000 millones de barriles. En la foto, Hugo Chávez Frías, Presidente de la República Bolivariana de Venezuela.


Carlos A. Sánchez    /    Prensa Latina

 

Apurado por incluir cifras y datos de interés para el lector y para reforzar este artículo, le hice una simple pregunta al famoso buscador Google: ¿cuánto petróleo queda en el planeta?

Para sorpresa mía, la máquina contestó enseguida, no con el esperado “cero resultados para su pregunta”, sino ofreciéndome 1 millón 510 mil páginas, aproximadamente, en español y en inglés sobre ese tema.

La segunda sorpresa es que ya desde los primeros resúmenes leídos del millón y medio ofrecido, uno cae en cuenta que nadie sabe, a ciencia cierta la respuesta. Unos opinan que hay petróleo para otros 100 años, en tanto otros sostienen que la cantidad de hidrocarburos que queda en los yacimientos en explotación durará no más de 40 años.

“Ésa es una pregunta cuya respuesta cambia cada año”. “El petróleo no se está acabando”; “hay petróleo para 140 años”. “Quedan muchos millones de barriles todavía y nadie sacará los últimos, por lo caro”, decían algunos trabajos. De las 50 o 60 entradas revisadas, por esos diversos caminos van muchas de las respuestas y análisis presentados por organizaciones y entidades privadas, semiprivadas y paraestatales. Pero que fueron elaborados en su gran mayoría por personas que aprovechan la ocasión para dar sus propias opiniones predeterminadas y no disponen de preparación académica o de recursos financieros para hacer estudios de campo en yacimientos en explotación.

Eso es muy caro y requiere de permisos empresariales o gubernamentales, que no son fáciles de conseguir. Sin embargo los estudios se hacen, especialmente cuando un analista es respaldado por universidades o medios de prensa fuertes. Por ejemplo, la revista National Geographic en español publicó, en su número de julio, el artículo del analista Paul Roberts: “Un mundo de petróleo”. En él esa institución fija su postura en el debate y en ningún momento apoya algún pronóstico de agotamiento ni da fechas, pero acepta que “la era del petróleo barato ha quedado atrás”.

En relación con la pregunta que da inicio a nuestro trabajo, observé cifras proporcionadas por la industria petrolera en su informe IHS 2006 donde se dice que ese año el total mundial de reservas era de 1 mil 255 gigas de barriles de crudo (un giga es la unidad seguida de nueve ceros). Esa cantidad podría leerse como 1 billón (1 millón de millones) 255 mil millones de barriles. Luego encontré estimados sobre reservas petroleras en el Reporte 2006 de la entidad alemana Grupo Observador de la Energía, conocido con las siglas en inglés EWG (Energy Watch Group).

El EWG basa sus cálculos en la producción real y no en las engañosas cifras de las reservas probadas y probables, que han demostrado no ser fiables. Ello quedó demostrado en 2006 cuando la poderosa firma agloholandesa Royal Dutch Shell rebajó sus cifras declaradas de reservas en 30 por ciento, “después de revalorar los reales volúmenes de crudo en sus yacimientos”. Así, al EWG le dan sus cálculos solamente 854 gigas (miles de millones) de barriles.

En 2007 el Panorama energético internacional (IEO, por sus siglas en inglés, publicado cada verano por el Departamento de Energía de Estados Unidos) afirmaba que la producción global de todos los energéticos líquidos provenientes de la tierra alcanzarían los 107.2 millones de barriles diarios en 2030, un aumento significativo frente a los 81.3 millones de barriles producidos en 2006. Sin embargo, sólo dos años después, en 2009, la última edición del informe, encontramos que se ha reducido penosamente la cifra pronosticada para 2030, año para el cual proyecta ahora sólo una producción de 93.1 millones de barriles, es decir, 14.1 millones por debajo de su pronóstico anterior.

Añade este documento que incluso si se adiciona un aumento mayor al esperado en la extracción de combustibles no convencionales, todavía se terminará con un aumento neto de 11.1 millones de barriles en la oferta mundial de combustibles líquidos en comparación con el alza proyectada por el IEO. En fin, que no hay una cifra común reconocida por todos los países.

El “pico” petrolero Mundial

La cuestión sobre el agotamiento de la riqueza petrolera mundial cobró fuerza en octubre de 2007 cuando el diario británico The Guardian publicó un estudio de la entidad alemana Energy Watch Group en el que indica que el pico petrolero mundial lo cruzamos en 2006.

De ser así, significa que la mitad del petróleo que heredamos de remotas eras geológicas ya lo consumimos. Después de ello entramos en una meseta estadística durante la que se mantiene el nivel de producción máximo alcanzado, pero ya no podrá elevarse.

Esa meseta es de diferente extensión, según el tipo de explotación de cada yacimiento y de su tamaño. Así, después de algún tiempo, la producción comenzará a decaer en varios puntos porcentuales.

Es una curva en forma del perfil de una campana y se llama curva de Hubbert, por el geólogo M King Hubbert, quien fue el que desarrolló esta técnica para determinar cuándo se alcanza un pico petrolero. Hubert pronosticó, con acierto, a fines de la década de 1950 que Estados Unidos alcanzaría su pico en 1971.

El EWG afirma que después de cruzar el pico, la declinación anual será de varios puntos porcentuales para 2020 y aún más en 2030, año en el que el suministro será dramático. Añade que eso creará una brecha en la oferta que difícilmente podrá cerrarse con los aportes, aunque sean crecientes, de otros energéticos fósiles, de fuente nuclear y fuentes alternativas de energía en el periodo de tiempo que nos separa de las décadas de 1920 y 1930. La entidad alemana añade en sus conclusiones: “El mundo está al principio de un cambio estructural de su sistema económico”. Agrega que “este cambio será desencadenado por los declinantes suministros de energéticos fósiles e influirá en casi todos los aspectos de la vida diaria”.

En su párrafo final, el reporte del EWG afirma: “Hasta hace poco, la Agencia Internacional de Energía (AIE) –una entidad que agrupa sólo a los países más ricos y desarrollados– negaba la posibilidad de que este cambio fundamental sucediera en el cercano o en el mediano plazo."

“El mensaje de la AIE afirma que los negocios seguirán como de costumbre en el futuro, lo cual envía también una falsa señal a los políticos, a la industria y a los consumidores, sin olvidar a los medios de comunicación”, expresaba tajante el EWG en su estudio sobre el pico petrolero.

Hasta hace poco, funcionarios del gobierno estadunidense se burlaron de la idea de un inminente pico en la producción petrolera. También cuestionaron que deberíamos anticiparnos a la contracción en la disponibilidad de petróleo en un futuro próximo. “Esperamos que el pico en el aceite convencional estará más próximo a la mitad del siglo XXI que a los años iniciales de la centuria”, afirmaba enfáticamente un informe del IEO de 2004.

Consistente con esta óptica, la AIE reportó al año siguiente que la producción global llegaría a 122.2 millones de barriles diarios en 2025, más del 50 por ciento por encima del nivel alcanzado en 2002 de 80 millones de barriles diarios.

En julio de 2009 revisó de nuevo sus cifras sobre la demanda de petróleo en 2007 y 2008 para situarlas en 85.8 y 86.8 millones de barriles diarios, respectivamente. Sin embargo, se advierte que ese cálculo sigue basándose en desconfiables cifras de reservas “probadas y probables”.

También la publicación española Cinco Días, contactando con especialistas del sector energético, publicó sobre el tema en su sitio de Internet. Calculó que en 2002 quedaban en el mundo entre 990 mil millones y 1.1 billones de barriles de crudo por extraer. Eso significa que, al ritmo de ese año, esas reservas se agotarán hacia 2043.

Como se ve, hay varias cifras de organizaciones y entidades estadounidenses y del resto del mundo a tomar en cuenta.

Sin haber concluido aún su primera década, el siglo XXI anuncia que la humanidad habrá de enfrentarse a serias dificultades nunca antes experimentadas y que pueden poner a prueba su propia supervivencia.

Al recalentamiento global y su causante principal, la contaminación ambiental con gases de carbono, se une la falta de agua potable para calmar la sed y otras muchas necesidades agrícolas e industriales.

De los 6 mil millones de seres humanos que habitamos ahora el planeta, la cifra se elevará para 9 mil millones a mediados de siglo. Para hacer más grave la situación se suman los defectos intrínsecos del sistema capitalista, que tiene al mundo sumido en una de sus peores crisis económicas, de la que todavía nadie se atreve a pronosticar su duración.

Ello implica una reducción en la actividad productiva y comercial, con su secuela de desempleo masivo y aumento de la pobreza mundial.

Dentro de ese conjunto de varias crisis, todas interrelacionadas, no puede dejarse fuera el agotamiento del petróleo. Se trata del principal energético de la economía moderna, por lo que la escasez de él solo puede modificar todo nuestro modo de vida.

Peligros del adiós al petróleo barato

Hay quien se refiere y hasta acepta que la era del petróleo barato llegó a su fin, pero aún sin que se agote totalmente, cabe preguntarse ¿quién necesita el petróleo caro?

Tal vez puedan contestar las compañías petroleras y el fisco de los países exportadores de crudo. Pero ésta es una respuesta que no se ha meditado bien. Los países exportadores de crudo son en su gran mayoría del Tercer Mundo e importan también maquinaria y tecnología de sus clientes, así como alimentos.

Si los precios altos del petróleo llegan para quedarse, todo subirá y los que exportan ahora crudo y gasolinas tendrán que pagar con creces a la hora de comprar productos industriales, alimentos, medicinas y contratar servicios de salud, transporte y comunicaciones. Porque además de transformarse en gasolinas y aceites, el petróleo es el energético que mueve plantas eléctricas, sirve para pavimentar calles y carreteras y es la materia prima para miles de procesos químicos e industriales, y si el precio del crudo sube, todo lo demás resultaría más caro.

Algunos incautos plantean que la escasez de petróleo reduciría la contaminación ambiental; olvidan que algunas mentes querrán volver al sucio carbón o tratarán de justificar con nuevos bríos el uso de alimentos básicos, como los cereales, para producir etanol, el cual presentan como menos contaminante, pero no deja de contaminar.

Por la “noble” cauda de que los automovilistas tengan sus tanques llenos, a poderosos negociantes no les importará que los alimentos se encarezcan y se deteriore aún más la dieta de los pobres.

Papel equilibrante de la OPEP y China

El dramático cuadro de la recesión global y los recortes de cuotas de exportación acordados por la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) influyeron, el año último, en el recorte de los precios del crudo.

También influyó en la contención de los precios la creciente demanda de China, que entre 2002 y 2007 absorbió más de la tercera parte del aumento total del consumo. La India se está sumando a los nuevos grandes consumidores de hidrocarburos; México anunció –sin confirmación– que en 2012 se retirará como exportador de crudos.

Todo esto será bueno para mantener la estabilidad de precios, pero en muchos casos también refleja que la recesión global ha provocado ya graves daños a muchas economías y que no será fácil ni rápido repararlas para que recuperen los niveles de productividad que tenían en 2007.

Una firma de consultores, especializada en comercio de equipos para la explotación de campos petroleros y refinerías, afirmaba en marzo último que “el precio del petróleo ha caído abruptamente, porque en los últimos cuatro meses de 2008 la demanda se desplomó debido a la aparición de una pasmosa recesión global”.

Esa fuente añadió que no es probable que se acerque a los precios excepcionales de principios y mediados de 2008 hasta que la demanda se reponga y se frene la oferta global de petróleo, y nadie puede predecir hoy cuándo sucederá esto.

Desde el otoño de 2008 la demanda se desplomó ocasionando un descenso neto de 50 mil barriles diarios. El departamento estadunidense de energía pronostica para este año una caída de la demanda de 450 mil barriles diarios, por lo que por primera vez “el consumo mundial descendería por dos años consecutivos”, observó.

“Hoy la industria se ve lastrada por una producción excesiva y una demanda insuficiente, una combinación infalible para la caída en picada de los precios”, añadió, y apuntó que ni siquiera la decisión del 17 de diciembre por parte de los miembros de la OPEP, de reducir su producción colectiva en 2.2 millones de barriles diarios, ha conseguido un aumento tan significativo de los precios del petróleo.

Según la mayoría de los analistas, el desequilibrio entre demanda y oferta durará hasta mediados de 2009, si no es hasta finales de año. Hay otros que sospechan que no se producirá una verdadera recuperación global hasta 2010 o más tarde, pues todo depende de lo profunda o prolongada que sea la recesión en curso.

El artista como lugarteniente


Theodor Adorno (Izq.) y Heinrich Böll se encuentran en la Universidad Goethe, 
Frankfurt del Meno, Mayo 1964

Theodor Adorno

 

La recepción de Paul Valéry en Alemania, que no se ha conseguido plenamente todavía, plantea dificultades especiales porque su pretensión y reivindicación se basan ante todo en la obra lírica. Apenas será necesario perder palabras para justificar la afirmación de que la lírica no puede ni con mucho trasponerse a una lengua extranjera como la prosa; y aún menos la poesía pura del discípulo Mallarmé, despiadadamente cerrada y adensada contra toda comunicación con un lector predeterminado. Con razón ha dicho precisamente George que la tarea de traductor de lírica no consiste en absoluto en introducirle en la propia lengua un autor extranjero, sino en levantarle en ella un monumento como formula Benjamin el mismo pensamiento, en ampliar e intensificar la propia lengua mediante la irrupción de la obra poética extranjera en ella. A pesar de ello, sin embargo, hoy día es imposible imaginar el material histórico de la literatura alemana sin Baudelaire, no obstante, o acaso gracias a la intransigencia de su gran traductor. Nada semejante a propósito de Valéry; ya Mallarmé, por lo demás permaneció esencialmente cerrado para Alemania. Y si la selección de versos de Valéry que intentó Rilke no ha conseguido nada de lo logrado por la gran obra traductora de George o también acaso por la traducción de Swinburne por Borchardt, la razón de ello no es sola la ruda hostilidad del objeto.

(...) como es sabido, la obra de Valéry no consta sola de lírica, sino también de prosa, prosa de naturaleza verdaderamente cristalina y que se mueve provocativamente por el estrecho filo entre la conformación artística y la reflexión sobre el arte. Hay en Francia jueces muy competentes. Gide entre ellos, que conceden a esta parte de la obra de Valéry mayor peso que a la otra. En Alemania no ha sido apenas conocida tampoco ella, hasta hoy, si se exceptúa a Monsieur Teste y Eupalinos. Y si en esta ocasión me propongo hablar de uno de sus libros de prosa no es sólo por conseguir un poco de resonancia, que no necesita mendigar, para el célebre nombre de un autor prácticamente desconocido en Alemania, sino también y sobre todo por atacar con la fuerza real que alienta su obra la rígida antítesis entre arte comprometido o engangé y arte puro. Esta antítesis es un síntoma de la peligrosa tendencia a la estereotipia, el pensamiento en fórmulas rígidas y esquemáticas, que hoy produce en todas partes la industria de la cultura y que ha penetrado también hace tiempo en el ámbito de la consideración estética. La producción amenaza con polarizarse en los estériles administradores de los valores eternos por una parte y los poetas de la desgracia por otra, de los cuales, por cierto, llega a no saberse a veces si no les resultan muy agradables los campos de concentración mismo, como lugares de encuentro con la nada. Quería mostrar aquí el histórico y social contenido que alienta precisamente en la obra de Valéry y le evita todo precipitado e incorrecto paso a la práctica; querría poner de manifiesto que la insistencia que se concentra en la inmanencia formal de la obra de arte no tiene necesariamente que ver con el elogio de ideas imprescindibles, pero ya dañadas, y que en un arte tal y en el pensamiento que se alimentó de él y le equivale puede manifestarse un saber de las transformaciones que apuntan ansiosa y premeditadamente a las transformaciones del mundo, que llegan con ello casi a perder el peso mismo del mundo que se trata de transformar.

El libro al que me refiero...es Tanz, Zeichnung und Degas. (Danza, dibujo y Degas,)...Envidia produce la capacidad que tiene Valéry de formular juguetonamente, sin peso, las experiencias más sutiles y difíciles, según el programa que él mismo se pone al principio del libro sobre Degas: "Al modo como un lector algo distraído pasea el lápiz por los márgenes del libro y esboza, por su distracción y por el humor del lápiz, figurillas o arabescos indefinidos junto al texto impreso, así me propongo escribir lo que sigue, según ocurrencia y capricho, al margen de este par de estudios de Edgar Degas. Adjunto a esas figuras un poco de texto que no es necesario leer, o que, al menos, no tiene por que ser leído de un tirón, y que no tiene, por lo demás, sino una laxa conexión con esos dibujos, o aun más que no está en ninguna relación directa con ellos".

(... ) No considero tarea mía hablar de Degas ni tampoco me siento a la altura de una tal tarea. Los pensamientos de Valéry a los que sí quiero en cambio referirme rebasan todos el tema del pintor impresionista. Pero sin pensamientos conseguidos gracias a esa proximidad al sujeto artístico de que sólo es capaz aquel que produce él mismo con responsabilidad extrema. La comprensión grande del arte se debe o bien, en absoluta distancia a la consecuencia del concepto, no perturbado por lo que suele llamarse de arte - y tal es el caso de Kant o de Hegel-, o bien, en absoluta proximidad, a la actitud de aquel que se encuentra él mismo entre bastidores, no es público, sino que "co-realiza" la obra de arte bajo el aspecto del hacer, de la técnica. El entendido en arte, el hombre que penetra en él por Einfuhlung, el hombre de gusto, está por lo menos hoy, y probablemente siempre, en peligro de errar las obras de arte por rebajarlas a proyecciones de su accidentalidad, en vez de someterse a su disciplina objetiva. Valéry ofrece el caso casi único del segundo tipo, de aquel que sabe de la otra de parte por métier, por el preciso proceso de trabajo, pero en el cual al mismo tiempo ese proceso refleja tan felizmente que se transmuta en comprensión teórica, en aquella buena generalidad que no pierde lo singular, sino que lo conserva en sí y lo lleva a presencia vinculatoria gracias al propio movimiento. Valéry no filosofa sobre arte sino que rompe y penetra la ceguera del artefacto a través de una nueva consumación, como cerrada, de la formación artística misma. Así expresa algo de la obligación que pesa hoy sobre toda filosofía consciente de sí misma, la obligación que, en el polo opuesto, el concepto especulativo, que fue alcanzada en Alemania por Hegel hace ciento cuarenta años. El principio de l'art pour l'art, exacerbado hasta la consecuencia extrema, se trasciende con Valéry a sí mismo, según la frase de las Wahlverwandtschaften para lo cual todo lo que es en su especie perfecto alude a más allá de su especie. La consumación del proceso espiritual rigurosamente inmanente a la obra de arte misma significa al mismo tiempo superación de la ceguera y la parcialidad de la obra de arte. No es casual que el el pensamiento de Valéry haya girado repetidamente en torno de Leonardo da Vinci, en el cual se pone sin mediación, al principio de la época, precisamente aquella identidad que al final de ella, y a través de cien mediaciones, encuentra en Valéry su mas significativa autoconciencia. La paradoja por la cual se ordena la obra entera de Valéry, y que se anuncia también constantemente en el libro sobre Degas, es precisamente que con toda manifestación artística y en todo conocimiento de la ciencia lo mentado es el hombre entero y el todo de la humanidad, pero que esa intención no puede realizarse si no es mediante una división del trabajo olvidada de su misma y exacerbada hasta el sacrificio de la individualidad, hasta la entrega y pérdida del hombre individual en cada caso.

No soy el que arbitrariamente introduzco por interpretación estos pensamientos en Valéry. "Lo que llamo 'arte grande' es, en una palabra, el arte que reclama despóticamente para sí todas las capacidades de un hombre, y cuyas obras son tales que todas las capacidades de otro hombre tiene que sentirse llamadas y tienen que ponerse a contribución para poder entenderlas..." Y esto también se exige del artista mismo como una oscura mirada de reojo histórico-filosófica, y acaso precisamente recordando a Leonardo: "Más de uno se preguntará aquí qué importa eso. Yo por mi parte creo que es lo suficientemente importante que la producción de la obra de arte intervenga el hombre entero. Pero, ¿cómo es posible que lo que hoy se cree sin más correcto descuidar se tomara en otro tiempo como tan importante? Un aficionado, un entendido de la época de Julio II o de Luis XIV se asombraría mucho si supiera que casi todo lo que a él le pareciera esencial en la pintura hoy no sólo se descuida, sino que resulta del todo irrelevante para las intenciones del pintor, y para las exigencias del público. Aún más; cuanto más refinado es ese público, tanto mas ha progresado, lo que quiere decir: tanto más lejos está de aquellos anteriores ideales. Pero de lo que así se va alejando es del hombre entero. El hombre pleno se extingue". Dejemos de lado el si la expresión 'hombre pleno', que suscita penosas asociaciones, ofrece traducción adecuada de lo mentado por Valéry; en todo caso, la expresión apunta al hombre indiviso, a aquel hombre cuyos modos de reacción y cuyas capacidades no han sido disociadas ellas mismas según el esquema de la división social del trabajo, enajenadas las unas de las otras, cuajadas en funciones utilizables.

Pero Degas, cuya insatisfactibilidad en materia de exigencia consigo mismo desemboca, según Valéry, en esa idea del arte, no se presenta, a pesar de ello, en las páginas del poeta como genio universal, según es sabido, en la plástica, sino que también escribió sonetos que dieron lugar a curiosas controversias con Mallarmé. Valéry dice de él: "El trabajo, el dibujo, se convirtieron para él en pasión, en rigurosos ejercicio, en objeto de una mística y de una ética autosuficientes, en suprema intención que suprimía en resolución toda obra, en impulso para tareas precisas y nunca resuelta que le liberaban de cualquier otra curiosidad. Era especialista y quería serlo en un ámbito que puede exacerbarse hacia una cierta universalidad". Esta exacerbación de la especialización hasta la universalidad, la desmedida intensificación de la producción según la división del trabajo, contiene según Valéry el potencial de una contraofensiva posible contra aquella decadencias de las fuerzas humanas -en el reciente lenguaje de psicologia se diría: contra aquella debilitación del yo- por la que se interesa la especulación de Valéry. Este reproduce una manifestación de Degas cuando tenía diecisiete años: "Hay que tener una opinión alta no tanto de aquello que se está haciendo por el momento, sino más bien de lo que un día se habrá por hacer; sin esto no vale la pena trabajar". Valéry lo interpreta así: "De este modo habla el orgullo auténtico, contraveneno de toda vanidad. Del mismo modo que el jugador medita febrilmente sobre sus partidas, se ve acosado de noche por el fantasma del tablero de ajedrez o de la mesa de juego, en la que caen las cartas, por combinaciones tácticas y soluciones tan apasionantes como nulas, así también el artista que lo es esencialmente. Un hombre que no sea acosado constantemente por una presencia tan violentamente consumadora es un hombre sin destino: tierra en barbecho. El amor, sin duda, y la ambición, lo mismo que la codicia, exigen mucho espacio en una vida humana. Pero la presencia de un fin seguro y la certeza, con él ligada, de que esa meta se encuentra cerca o lejos, alcanzada o no alcanzada, ponen determinados límites a esas pasiones. En cambio, el deseo de crear algo, de lo que nazca un poder o una perfección mayores de lo que nosotros mismos esperamos de nosotros aleja infinitamente al objeto en cuestión, que se escapa y se niega en todo momento terreno. Cualquier progreso por nuestra parte lo aleja tanto como lo embellece. La idea de dominar un día completamente la técnica de un arte, la idea de encontrarse alguna vez en situación de disponer de sus medios tan sin esfuerzo como se dispone del uso normal de los sentidos y de los miembros, es uno de esos deseos a los cuales ciertos hombres tienen que reaccionar con una tenacidad infinita, con esfuerzos, ejercicios y tormentos infinitos". Y Valéry resume la paradoja de la especialización universal: "Flaubert, Mallarmé, cada uno en su campo y a su modo, son ejemplos literarios de la plena consunción de una vida al servicio de la exigencia imaginarias y omnicomprensiva que pusieron en el arte de escribir".

Me será permitido recordar mi afirmación que atribuye al sospechoso artista y esteta Valéry más profunda comprensión de la esencia social del arte que a la doctrina de la aplicación práctico-política inmediata del mismo. Esa afirmación está ahora robustecida. Pues la teoría de la obra de arte comprometida o engagée tal como hoy circula por todas partes, se coloca por encima- sin verlo- del hecho, ineliminables en la sociedad del trueque, de la extrañación entre los hombres así como entre el espíritu objetivo y la sociedad que él expresa y juzga. Esa teoría pretende que el arte hable directamente a los hombre, como si en un punto de universal mediación fuera posible realizar inmediatamente lo inmediato. Con ello precisamente degrada palabra y forma a nivel de meros medios, a elementos del contexto de influencia, a manipulación psicológica, y mina la coherencia y la lógica de la obra de arte, la cual no puede ya desarrollarse según la ley de la propia verdad, sino que tiene que seguir la línea de mínima resistencia de los consumidores. Valéry es actual, y es precisamente lo contrario de ese esteta en que lo ha convertido el vulgar prejuicio, pues contraponen al espíritu corto y pragmático la exigencia de la cosa inhumana, y ello por amor de lo humano. Y que la división del trabajo no puede eliminarse por su mera negación, que el frío del mundo racionalizado no puede eliminarse por irracionalidad decretada, esto es una verdad social demostrada del modo más palpable por el fascismo. Sólo por un más, por un suplemento, de razón, no por un menos, pueden sanar las heridas inferidas por el instrumento razón al todo "no racional" de la humanidad.

Y en todo esto Valéry no ha asumido ingenuamente la posición de artista solitario y alienado, no ha hecho abstracción de la historia, no se ha hecho ilusiones acerca del proceso social que terminó en esa alienación. Contra los arrendatarios de la intimidad privada, contra la astucia que tantas veces ha probado su función de mercado al hacer el pregón de aquel que, con toda pureza, no mira ni a derecha ni a izquierda, cita Valéry una hermosa frase de Degas: "Este es uno más de esos eremitas que saben a qué hora sale el próximo tren", Con toda dureza, sin el menor añadido ideológico, con una desconsideración que no sería capaz de conseguir ningún teórico de la sociedad, Valéry proclama la contradicción del trabajo artístico como tal con las condiciones sociales de la producción material hoy dominantes. Como Karl August Jochmann más de cien años antes en Alemania, Valéry acusa al arte de arcaísmo: "A veces se me ocurre la idea de que el trabajo del artista sea un trabajo de naturaleza arcaica; y el artista mismo algo sobrepasado; un individuo perteneciente a una clase agonizante de trabajadores o artesanos que realiza trabajo a domicilio según métodos y experiencias muy personales, que vive en familiar confusión con sus instrumentos, sin tener ojos para lo que le rodea, sin ver más que lo que quiere ver, que pone al servicio de sus fines ollas rotas, trastos caseros y otras cosas, mas superfluas en sí... ¿Cambiará alguna vez esa situación? ¿Se verá un día, en lugar de ese extraño ser que utiliza instrumentos tan dependientes de la casualidad, un caballero cuidadosamente vestido de blanco, con guantes de goma, en un laboratorio de pintura, trabajando según horario estricto, disponiendo de aparatos rigurosamente especializados y de selectos instrumentos, con cada cosa en su sitio, con precisa aplicación para cada útil?...Por el momento, ciertamente, la casualidad no ha sido aún eliminada de nuestro hacer, del mismo modo que no lo ha sido el misterio en la técnica, ni la borrachera por los horarios fijos; pero no garantizo nada al respecto". Seguramente podría describirse la utopía irónica de Valéry como el intento de mantenerse fiel a la obra de arte y liberarla al mismo tiempo, por la modificación del procedimiento, de la mentira que hoy parece afectar a todo arte, y especialmente a la lírica, que se mueve bajo las dominantes condiciones tecnológicas. El artista debe transformarse en instrumento, hacerse incluso cosa, si no quiere sucumbir a la maldición del anacronismo en medio de un mundo cosificado. Valéry resume el proceso en una frase: "El artista destaca y se retira, se inclina unas veces hacia ese lado, otras hacia el otro, lanza miradas, se comporta como si su cuerpo entero no fuera más que instrumento auxiliar de sus ojos, y como si él mismo no fuera, desde la coronilla hasta los pies, más que instrumento al servicio del enmarcar, puntear, rayar, precisar". Con esto empieza Valéry su ataque a esa noción infinitamente difusa de la esencia de la obra de arte que, según el modelo de la propiedad privada, le atribuye a aquel que lo ha conseguido. Mejor que cualquier otro sabe Valéry que el artista no "pertenece" sino lo mínimo de sus formaciones; que en verdad el proceso artístico de producción, y con ello también el despliegue de la verdad contenida en la obra de arte, tiene la rigurosa forma de una legalidad impuesta por la cosa, y que frente a eso la cantada libertad creadora del artista no tiene apenas peso. En esto coincide Valéry con otro artista de su generación, tan consecuente como él, tan incómodo como él - Arnold Schonberg-, que todavía en su último libro, Style and Idea, expone que la gran música consiste en la satisfacción de "obligations", obligaciones que el compositor contrae por así decirlo con la primera nota que escribe. Con el mismo espíritu dice Valéry: "En todos los terrenos el hombre verdaderamente fuerte es el que mejor comprende que no se le regala nada, que todo tiene que hacerse, comprarse; el hombre que tiembla cuando no nota resistencias; el que se las pone a sí mismo... En este hombre la forma es una decisión fundada". En la estética de Valéry impera una metafísica de lo burgués. Al final de la época burguesa Valéry quiere limpiar al arte de la tradicional maldición de su insinceridad, hacerlo honesto. Espera de él que pague sus deudas, las deudas en que cae inevitablemente toda obra de arte al ponerse como real sin ser real. Está permitido dudar de que la concepción de la obra de arte propia de Valéry y de Schonberg, trazada según el modelo del acto mercantil de trueque, obedezca a la entera verdad, o si no está más bien sometida aquella constitución de la existencia , no colaborar con la cual exige, a pesar de ello, la concepción de Valéry. Pero a pesar de todo hay un elemento liberador en la autoconciencia que finalmente el arte burgués logra de sí mismo como burgués en cuanto se toma en serio como la realidad que no es. Lo cerrado de la obra de arte, la necesidad de su propio sello, tiene que sanarla de la accidentalidad por la cual se encuentra a remolque de la constricción y del peso de lo real. La afinidad de la filosofía del arte de Valéry con la ciencia, y también su afinidad electiva con Leonardo, debe buscarse en el momento de la obligación objetiva, no en un desdibujarse de los límites de ambos ámbitos.

Su subrayar técnica y racionalidad frente a la mera intuición que se trata de integrar; su destacar el proceso diferente a la obra ya lista para siempre: todo eso no puede entenderse del todo sino sobre la base del trasfondo del juicio de Valéry acerca de las amplias tendencias de desarrollo del arte más reciente. En este arte percibe Valéry una retirada de las fuerzas constructivas, una entrega a la receptividad sensible -en una palabra y en verdad, la debilitación de las fuerzas humanas, del objeto total al que Valéry refiere todo arte. Las palabras que, como en despedida, dedica a la poesía y a la pintura de la obra impresionista podrán acaso entenderse en Alemania del mejor modo si se aplican a Richard Wagner y Strauss, cuya ficha, por así decirlo, trazan involuntariamente. "Una descripción se compone de frases que, en general, pueden intercambiarse unas por otras; puedo describir una habitación por medio de una serie de frases cuya sucesión es más o menos irrelevante. La mirada vaga como quiere. Nada es más natural ni más cercano a la ¡verdad que ese libre vagar, pues...la verdad es lo dado por la casualidad...Pero si esa aproximación sin vinculación, junto con la costumbre de ligereza que de ella resulta, empieza a predominar en las obras, es posible que acabe por llevar al escritor a renunciar a toda abstracción, del mismo modo que ahorrará al lector todo deber, por mínimo que sea, de atención para hacerlo exclusivamente repetido por efectos momentáneos, por la convincente violencia del shock...Este modo de creación artística, sin duda defendible en principio y al que debemos tantas cosas hermosas, lleva de todos modos, igual que el abuso hecho del paisaje, a una debilitación de la espiritualidad del arte". Y casi a continuación y aún más radicalmente: "El arte moderno busca casi exclusivamente la explotación de la faz sensible de nuestra capacidad receptiva, a costa de la sensibilidad general o anímica, a costa de nuestras fuerzas constructivas, así como de nuestra capacidad de sumar intervalos de tiempo para realizar transformaciones con la ayuda del espíritu. Es un arte que sabe muy bien suscitar atención y que aplica todos los medios para conseguirla: tensiones exacerbadas, contrastes, enigmas, sorpresas. A veces consigue botines preciosos, gracias a sus sutiles procedimientos o a la audacia de la ejecución: situaciones muy complicadas o muy fugaces, valores irracionales, sensaciones en germen, resonancias, concordancias, premoniciones de incierta profundidad...pero todas estas conquistas tiene que pagarse".

Aquí se descubre por fin completamente el contenido en verdad social de Valéry. Valéry pone la antípoda a las modificaciones antropológicas ocurridas bajo la cultura de masas de la era industrial tardía, dominada por regímenes totalitarios o trust gigantescos, y que reduce a los hombres a mero aparatos de recepción, a puntos referenciales de conditioned reflexes y prepara así la situación de ciego dominio y nueva barbarie. El arte que él muestra a los hombres, tal como éstos son, significa fidelidad a la imagen posible del hombre. La obra de arte que exige lo sumo, tanto de la propia lógica y de la propia concordancia cuanto de la concentración del que la recibe, es para Valéry símbolo del sujeto dueño y consciente de sí mismo, de aquel que no capitula. No casualmente cita con entusiasmo una declaración de Degas contra la resignación. Su obra entera es toda ella una protesta contra la mortal tentación de hacerse las cosas fáciles renunciando a la felicidad total y a la verdad entera. Mejor perecer en lo imposible. El arte densamente organizado, articulado sin lagunas y sensualizado precisamente por su fuerza de conciencia, ese arte que busca Valéry, es apenas realizable. Pero ese arte encarna la resistencia contra la presión indecible que el mero ente ejerce sobre lo humano. Ese arte está en representación de aquello que podríamos ser. No atontarse, no dejarse engañar, no colaborar: tales son los modos de compartamiento social que se decantan en la obra de Valéry, la obra que se niega a jugar el juego del falso humanismo, del acuerdo social con la degradación del hombre. Construir obras de arte significa para él negarse al opio en el que se ha convertido el gran arte de los sentidos desde Wagner, Baudelaire y Manet; defenderse de la humillación que hace de las obras, medios y de los consumidores víctimas del tratamiento psicotécnico.

Se trata del derecho social del Valéry etiquetado como esotérico, se trata de aquello con lo cual su obra afecta a cada cual, incluso y precisamente porque desprecia repetir las palabras de nadie. Pero estoy esperando ahora una objeción y no querría tomarla ligera y despectivamente. Puede preguntarse en efecto si la obra y en la filosofía de Valéry, después de lo que ha pasado desde entonces y en vista de lo que aún amenaza, no está desmedidamente sobrestimado el arte; si no pertenece por eso mismo y a pesar de lo demás a ese siglo XIX cuya estética limitación percibí tan claramente. Puede preguntarse además si, a pesar del giro objetivo que da a la interpretación de la obra de arte, Valéry no concede una metafísica del artista, a la manera, por ejemplo, de Nietzsche. No me atreveré a decidir si Valéry, o Nietzsche también, han sobreestimado el arte. Pero sí que, para terminar, querría decir algo acerca de la cuestión de la metafísica del artista. El sujeto estético de Valéry- trátese de él, de Leonardo, o de Degas -no es sujeto en el primitivo sentido del artista que se expresa. Toda la concepción de Valéry se resuelve contra esa noción, contra la entronización del genio, tal como ésta arraiga, profundamente, en la estética alemana sobre todo desde Kant y Schelling. Lo que Valéry exige al artista, la autolimitación técnica, el sometimiento a la cosa, no tiende a la limitación, sino a la ampliación. El artista portador de la obra de arte no es el individuo que en cada caso la produce, sino que por su trabajo, por su pasividad actividad, el artista se hace lugarteniente del sujeto social y total. Sometiéndose a la necesidad de la obra de arte, el artista elimina de esto todo lo que pudiera deberse pura y simplemente a la accidentalidad de su individuación. En tal lugartenencia del sujeto social total, de ese hombre entero y sin dividir al que apela la idea de lo bello de Valéry, queda pensada también una situación que extirpe el destino de la ciega soledad individual, una situación en la que finalmente el sujeto total se realice socialmente. El arte que llega a sí mismo en la consecuencia de la concepción de Valéry rebasaría el arte y se consumaría en la vida recta de los hombres.

Versión parcial de Theodor Adorno, "El artista como lugarteniente", en Crítica cultural y Sociedad, Colección Grandes pensadores, ed. Sarpe, Madrid, pp. 205-219 (trad. Manuel Sacristán).

Ciro Alegría: Perfil de un revolucionario

20 de agosto de 1940. El tiempo del asesinato de Trotsky fue pródigo en noticias. No hubo espacio para muchas reflexiones, pero las hubo penetrantes y valiosas como las de Ciro Alegría.

Foto: Ciro Alegría

Pepe Gutiérrez-Álvarez   |   Kaos en la Red

 

En agosto de 1940 el nazismo se encontraba en plena expansión. La política de "apaciguamiento" por la que las potencias democráticas habían sacrificado Checoslovaquia y la Republica española, les permitió todo. Así, después de anexionarse Austria (13-03-1938), y de invadir Checoslovaquia (15-03-1939), se firma el pacto nazi-soviético (22-08-1939),  le toca el turno a la ocupación de Polonia (1-08-1939), comienza la II Guerra Mundial, en junio de 1940 los nazis ocupan París, y días antes de que Mercader cumpla su mandato, estamos al principios de los bombardeos sistemáticos de la Luftwaffe sobre Gran Bretaña…A los militantes del POUM, la noticia les llega en los campos de concentración o en la clandestinidad francesa, no se trata claro está de una coyuntura con mucho espacio para que provocara la “indignación y el dolor” entre la “clase trabajadora”, tal como declaraba Joseph Hansen, el joven secretario y militante del SWP que fue quien arrebató el piolet a Ramón Mercader. Aunque  impacto que causó entre mucha gente de izquierdas es incuestionable. Su sepelio –que en un principio estaba previsto en Nueva York pero el gobierno del “New Deal” no se atrevió a dar un visado ni a su cadáver-, fue acompañado de unas trescientas mil personas, en su inmensa mayoría “pobres” que, de alguna manera, sentían que la víctima podía ser algo propio. Por las calles resonaba el Gran Corrido de león trotsky compuesto por un bardo anónimo, y en el que destacan estrofas como las siguientes: “Murió León Trotsky asesinado/de la noche a la mañana/porque habían premeditado/ venganza tarde o temprana. Fue un día mates por la tarde/esa tragedia fatal/ que ha conmovido el país/y a toda la capital”.

Por su parte, tampoco la prensa profundizó  especialmente sobre la cuestión. En líneas generales enfocó el drama como un “ajuste de cuentas” entre comunistas, cuando no comentó favorablemente el asesinato reclamado no solamente por los periódicos comunistas oficiales sino también por sectores de la derecha como por ejemplo los de la cadena Hearts. En la URSS, Pravda tituló la noticia como “La muerte de un espía internacional”, de un “hombre cuyo nombre pronuncian con desprecio y maldiciones los trabajadores del mundo entero”. En un artículo aparecido en diciembre de 1987, el historiador y general Dimitri Volkogonov detalla la reacción de Stalin, contando que “leyó con atención el artículo e hizo una mueca... Resulta que todo ha quedado en un caso de espionaje y yo he luchado todos estos años contra un espía. ¿Por qué tanto lujo de detalles? ¡Parece como si el asesinato hubiera ocurrido en Moscú¡”.

G. Munis (Manuel Fernández Grandizo, antiguo militante de la Izquierda Comunista, y animador del grupo bolchevique-leninista durante la guerra civil), que había embarcado hacia México a fines de 1939, estableció una relación personal con Trotsky, y su compañera, Natalia Sedova, y Trotsky le pidió que se hiciera responsable de la sección mexicana, muy desorientada tras el abandono de Diego Rivera. Munis  tomará la palabra en el sepelio de Trotsky en el Panteón Moderno, e “intervino repetidamente en el proceso incoado contra el asesino como representante de la parte acusadora. Se enfrentó decididamente a los parlamentarios estalinistas, así como a la campaña de la prensa estalinista mexicana…”

Enfrente a la indiferencia o la maldición se erigen unas pocas voces ilustradas que denuncian el asesinato y que acusan sin ambages a los responsables. Éste es el caso .de James T. Farrell, célebre autor de Studs Ludigan  recordaba en su particular “tributo al gran viejo” como al final de su vida, al declarar ante la Comisión Dewey Trotsky evocando un momento de su adolescencia, resumió así toda su trayectoria y su fe: “Señoras y señores de la Comisión: la experiencia de mi vida, en la que no faltaron los éxitos y los fracasos, lejos de destruir mi fe en el futuro brillante y claro de la humanidad, me ha dado por el contrario, un temple indestructible. Esta fe en la razón, en la verdad, en la solidaridad humana que a los 18 años me llevó al barrio obrero de la provinciana ciudad rusa de Nikolaief, la he conservado total y enteramente. Se ha vuelto más madura, pero no menos ardiente. En la formación misma de esta Comisión...veo un nuevo y magnífico refuerzo del optimismo revolucionario que constituye el elemento fundamental de mi vida”. Farrell destaca como aquel “escolar que sale en busca de los obreros (“sin esperar ni preguntar a nadie”) hasta el revolucionario veterano, grande en su destierro, persiste confesando su “fe en la razón, en la verdad y en la solidaridad humana”.

También aparecen voces potentes en América Latina, en parte por la proximidad del evento, en parte por la lejanía de la guerra, y en parte también por la pasión que todavía suscitaba el “proceso de la revolución rusa (que) continúa abierto y lo estará todavía durante mucho tiempo”. Una de ellas es la de Ciro Alegría, escritor peruano (1897-1967) que consiguió un prestigio mundial con su novela El mundo es ancho y ajeno. Alegría como José Maria Arguedas mostró en algún momento una viva simpatía por Trotsky. Desde muy joven intervino en actividades políticas y en defensa de los indígenas y de las clases sociales más explotadas. Fue uno de los más importantes representantes de la literatura indigenista americana. En 1931 estuvo un año en la cárcel y posteriormente deportado a Chile, en 1934. En esta etapa se dedicó de lleno a la literatura y escribió páginas significativas de su literatura, obtuvo varios premios por sus novelas, otorgados por editoriales chilenas, por la editorial Farrar & Rinehart Company de EEUU y otros. Vivió durante varios años en Estados Unidos, Puerto Rico y Cuba; y  regresó en 1957 al Perú. Después de su novela premiada, "El mundo es ancho y ajeno" (1941), no tuvo una gran producción, salvo algunos cuentos y relatos. Este trabajo -Perfil de un revolucionario- lo publicó en 1940 en Chile durante su exilio. Ciro Alegría nació en la hacienda Quilca,  Provincia de Sánchez Carrión, Departamento de La Libertad, Perú el 4 de noviembre de 1909  y realizó sus primeros estudios en Cajamarca y en la Universidad Nacional de  la ciudad de Trujillo, cerca de la costa. Hizo incursiones en el periodismo, en los diarios "El Norte" y "La Industria" de Trujillo. Ciro escribió en 1940 el artículo que sigue a continuación: 

Perfil de un revolucionario

El proceso de la revolución rusa continúa abierto y lo estará todavía durante mucho tiempo. No se puede hablar de ella como de la francesa, a la cual la específica naturaleza de sus Conquistas y proyecciones, delimitó ya con netos contornos dentro de la historia. Esta revolución el año 17 libra aún su batalla, que será más dura en el momento en que decida campe por el mundo o cuando sus adversarios se le abalancen en un intento de ahogarla.

Creo necesario advertir de primera intención, a fin de que se perciba con claridad el tono exacto de mis palabras, que pertenezco a una generación que abrió los ojos ante el panorama Universal cuando la revolución rusa hacía algunos años que elevaba su alta llama en el horizonte. En vano nuestros maestros trataban de sugestionarnos y ganarnos para su causa confiriendo a su revolución, o sea a la francesa, la dignidad de la antorcha. Nosotros no la veíamos o, mejor dicho, queríamos ignorarla. La que nos alumbraba, la nuestra, era la rusa. Siguiendo su luz hemos caminado durante largos años. No ha sido un viaje exento de tormentas. Y así, es con tristeza y angustia que ahora pensamos en la muerte de León Trotsky.

Comenzando a escribir sobre él y al estampar la palabra “perfil” en el título, lo hice muy deliberadamente. En verdad, los límites de un artículo de revista resultan demasiado estrechos no digo para analizar sino que tan sólo para explorar los múltiples aspectos de una figura tan rica y poderosa.

Trotsky fue, en vida y obra, un hombre de pensamiento y un hombre de acción y, sobre todo, en la acepción más amplia del término, un revolucionario. Doy a este vocablo su cabal sentido de transformación. Enemigos de izquierda y derecha, en la campaña mundial de desprestigio emprendida contra Trotsky, han querido descalificarlo considerándolo como un hombre capaz de sueños. El expediente es viejo y pueril. La historia nuestra que la humanidad llama sueños a las realidades distantes.

No fue un soñador, decididamente. Lo prueban su fuerza dialéctica y su capacidad de acción. El, manejando el método marxista y una vez conseguida la victoria inicial dentro de Rusia, arquitecturó un plan revolucionario factible y cuya eficacia, en todo caso, es imposible negar a menos que se asuma, el papel de augur gitano. Antes, enfrentado a la acción fue factor decisivo en el golpe de Estado de octubre maestra de la técnica revolucionaria— en la organizar el Ejército Rojo y en las posteriores tareas constructivas.

Su ortodoxia ha sido considerada como falta de realismo. Permítaseme apuntar que, dentro del lenguaje revolucionario, realismo es una palabra peligrosa. Nadie puede, ciertamente, señalar sus límites y menos precisar el momento justo en que ella comienza a atentar contra el sentido mismo de la revolución. Si se trata, evidentemente, de modificar la realidad, un realismo que se ciñe a lo establecido y sirve a sus tendencias, no podrá operar con un impulso de veras transformador. Lenin decía: “Si la realidad es contraria a nuestro pensamiento, tanto peor para la realidad”. Ya oigo que los realistas, recuerdan, con un acento de triunfo, a la NEP. Más la nueva política económica no fue una desviación del espíritu revolucionario. Bien está que la acción inmediata exija, en ocasiones, acelerar o retardar el compás de la marcha, pero las premisas fundamentales no deben ser lesionadas. Así entendió el realismo Lenin y así lo entendió Trotsky. Combatiendo por hacer triunfar su concepto, ha vivido una existencia heroica de cuyo mérito está llamado a atestiguar el tiempo.

Ha de considerarse de modo especial su labor de escritor, pues en Trotsky, escribir era también una manera de actuar. No había nada de yerto ni inútilmente especulativo en sus páginas. Dueño de un estilo brillante, con una claridad expositiva y una habilidad polémica realmente extraordinarias, escribir le significaba combatir, atacar, defender, sembrar. En Una palabra, actuar. Su pensamiento trabajaba por hacerse acción cada día y es como un símbolo el hecho de que Trotsky haya muerto con el cráneo hendido por un golpe de pica.   
Estoy seguro de que, una vez que se acalle la vocinglería, Trotsky surgirá en la historia como un hombre que intervino con decisión y lucidez, en una gran parte de la jornada del mundo. No es poco decir y más si se considera que ahorro desprestigiados adjetivos.

En la contienda entre Trotsky y Stalin se han dicho muchas palabras inútiles y será  muy rara la voz que haya hablado por encima de las necesidades subalternas de una u otra facción. De todos modos, el hecho de que Stalin ganara la partida a Trotsky prueba ya que es un luchador hábil. Con esto no aludo a las cruentas purgas moscovitas que hirieron de mala manera el corazón de los revolucionarios del mundo. Me refiero al tiempo en que ambos se enfrentaron dentro de la misma Rusia y Stalin venció. Pero la prueba de quién tuvo la razón no ha llegado todavía. Es posible que ante ciertas quiebras pequeño-burguesas y socialdemócratas, la idea ortodoxa de Trotsky cobre nueva beligerancia y que, aun sin reconocer que dentro de ella late el espíritu del caído de México, sea llevada a la vanguardia del combate.  

 (*) Este trabajo es uno de los “borradores” utilizados para el libro El fantasma de Trotsky (España, 1916-1940), cuya edición esta en marcha en la editorial Renacimiento, concretamente en la colección España en armas

Por qué no soy cristiano


Foto: Bertrand Russell

Bertrand Russell

 

Pienso escribir un artículo celebrando a la gente bien. Pero el lector puede desear saber primero quién es la gente que considero bien. Llegar a la cualidad esencial puede ser quizás un poco difícil, por lo cual comienzo enumerando ciertos tipos comprendidos en la denominación. Las tías solteras son invariablemente bien, en especial si son ricas; los sacerdotes son bien, excepto en los raros casos que se escapan a Sudáfrica con un miembro del coro después de simular un suicidio. Las muchachas, siento decirlo, son raramente bien actual mente. Cuando yo era joven, la mayoría de ellas lo eran; es decir, compartían las opiniones de sus madres, no sólo acerca de los asuntos sino, lo que es más notable, acerca de los individuos, incluso de los muchachos. Decían «Sí, mamá», «No, mamá», en los momentos apropiados; amaban a sus padres porque éste era su deber, y a sus madres porque evitaban que se desviasen lo más mínimo. Cuando se comprometían para casarse, se enamoraban con decorosa moderación; una vez casadas, reconocían como un deber el amar a sus espo sos, pero daban a entender a las otras mujeres que aquél era un deber que realizaban con gran dificultad. Se portaban bien con sus padres políticos, aunque ponían en claro que otra persona menos amante del deber no lo habría hecho; no hablaban mal de las otras mujeres, pero apretaban los labios de una forma que indicaba que lo habrían hecho a no ser por su caridad angelical. Este tipo es el que se llama una mujer pura y noble. El tipo, ay, ahora existe apenas excepto entre las ancianas.

Afortunadamente, los sobrevivientes tienen aún gran poder: presiden la educación, donde luchan, con bastante éxito, para mantener una hipocresía victoriana; presiden la legislación en lo relativo a los «problemas morales» y con ello han creado y fomentado la gran profesión del contrabando de alcoholes; aseguran que los jóvenes periodistas expresen las opiniones de las dignas ancianas en lugar de expresar las suyas, con lo que aumenta el alcance del estilo de tales jóvenes y la variedad de su imaginación psicológica. Mantienen vivos innumerables placeres que de otro modo habrían terminado en el hastío: por ejemplo, el placer de oír malas palabras en el escenario y de ver en él una mayor cantidad de piel desnuda de lo que se acostumbra. Especialmente, mantienen vivos los placeres de la caza. En una población rural homogénea, como la de un condado inglés, la gente está condenada a cazar zorros; esto es caro y a veces, peligroso. Además el zorro no puede explicar claramente cuánto le disgusta que le cacen. En todos estos respectos, la caza de seres humanos es un deporte mucho mejor, pero si no fuera por la gente bien, sería difícil cazar seres humanos con la conciencia tranquila. Los condenados por la gente bien son caza permitida; ante el grito del cazador, los cazadores se reúnen y la victima es perseguida hasta la cárcel o la muerte. Especialmente bueno es el deporte cuando la víctima es una mujer, ya que se sa tisface la envidia de las otras mujeres y el sadismo de los hombres. Conozco en este momento una mujer extranjera, que vive en Inglaterra, en una unión feliz y extralegal, con un hombre que la ama y a quien ama; desdichadamente sus opiniones políticas no son lo con servadoras que sería de desear, aunque sólo son meras opiniones, que no se traducen en actos. Sin embargo, la gente bien se valió de esto para informar a Scotland Yard y esa mujer va a ser devuelta a su país natal para que se muera de hambre. En Inglaterra, como en Esta dos Unidos, el extranjero es una influencia moralmente degradante, y todos tenemos una deuda de gratitud con la policía por él cuidado que pone en que sólo los extranjeros excepcionalmente virtuosos tengan permiso de residir entre nosotros.

No hay que suponer que toda esa gente bien sean mujeres, aunque, claro está, es mucho más común que la mujer sea bien y no el hombre. Aparte de los sacerdotes, hay muchos hombres bien. Por ejemplo, los que han hecho una gran fortuna y ahora están retirados de los negocios y gastan su fortuna en obras de caridad; los magistrados son también casi invariablemente gente bien. Sin embargo, no puede decirse que todos los defensores de la ley y el orden sean gente bien. Cuando yo era joven, recuerdo que una mujer bien dijo, como un argumento contra la pena .capital, que el verdugo no podía ser una persona bien. Personal mente no he conocido a ningún verdugo, por b cual no he podido probar este argumento empíricamente. Sin embargo, conocí a una señora, que conoció en el tren a un verdugo, sin saber quién era, y cuando le ofreció una manta, porque hacía frío, él dijo: «Ah, señora, us ted no haría esto si supiera quién soy», lo cual parece demostrar que después de todo era una persona bien. Esto, sin embargo, puede ser excepcional. El verdugo de la obra de Car los Dickens, Barnaby Rudge, que categóricamente no es una persona bien, probablemente es más típico.

No creo, sin embargo, que debamos estar de acuerdo con la mujer bien que cité hace un momento y condenar la pena capital sólo porque el verdugo no suele ser una persona bien. Para ser una persona bien es necesario estar protegido de los rudos contactos con la reali­dad, y los destinados a realizar la protección no pueden compartir lo que preservan. Imagí­nese, por ejemplo, un naufragio en un navío que transporte diversos trabajadores de color; las pasajeras de primera clase, todas ellas presumiblemente mujeres bien, tienen que ser salvadas primero, pero, para que esto suceda, tiene que haber hombres que impidan que los negros salten a los botes y esto es raro que lo consigan por medios agradables. Las mujeres salvadas, en cuanto han sido salvadas, comenzarán a lamentar la suerte de los pobres negros que se han ahogado, pero su ternura es sólo posible por los hombres rudos que las defendie ron.

En general, la gente bien deja la policía del mundo en manos de asalariados, porque piensan que ese trabajo no es propio de una persona bien. Sin embargo, hay un departamento que no delegan, el departamento de la difamación y el escándalo. La gente podría ser colocada en una jerarquía de bondad por el poder de su lengua. Si A habla contra B y B habla contra A, se convendrá generalmente por la sociedad donde viven que uno de ellos está ejercitando un deber público, mientras que el otro se mueve por el despecho; el que ejercita el deber público es la persona más bien de los dos. Así, por ejemplo, una profesora es más bien que su auxiliar, pero la dama que ocupa un lugar en el Consejo de Educación es más bien que las dos. Una charla bien dirigida puede quitar a su víctima los medios de vida, e incluso cuando no se logra este resultado externo, puede convertir en paria a una persona. Es, por lo tanto, una gran fuerza y debemos estar agradecidos de que esté en manos de la gente bien.

La principal característica de la gente bien es la costumbre laudable de mejorar la realidad. Dios hizo el mundo, pero la gente bien piensa que ellos podrían haberlo hecho mejor. Hay muchas cosas en la obra divina que, aunque sería blasfemo desear que fueran de otro modo, convendría no mencionar. Los teólogos han sostenido que si nuestros primeros pa­dres no hubieran comido la manzana, la raza humana habría sido producida por alguna inocente forma de vegetación, como dice Gibbon. El plan divino, en este respecto, es seguramente misterioso. Está muy bien mirarlo, como hacen los susodichos teólogos, a la luz del castigo del pecado, pero lo malo de este criterio es que mientras esto puede ser un castigo para la li gente bien, los otros, ay, lo encuentran muy agradable. Parecería, por lo tanto, como si el castigo estuviera destinado a los que no les correspondía. Uno de los fines principales de la gente bien es recompensar esta injusticia indudablemente no intencionada. Tratan de asegurar que la forma de vegetación biológicamente ordenada se practique furtiva o frígidamente y que los que la practiquen furtivamente, al ser descubiertos, queden en poder de la gente bien, debido al daño que les pueden causar con el escándalo. También tratan de conseguir que se sepa algo acerca del tema de' un modo decente; tratan de que el censor prohíba los libros y las piezas teatrales que presenten el tema de un modo que no sea un motivo de malévola burla; esto lo logran siempre que tengan en su mano las leyes y la política. No se sabe por qué el Señor hizo el cuerpo humano como lo hizo, ya que se supone que la omnipotencia podría haberlo hecho de .modo que no escandalizase a la gente bien. Sin embargo, quizás hay una buena razón. En Inglaterra ha habido, desde el advenimiento de la industria textil en Lancashire, una estrecha alianza entre los misioneros y el comercio del algodón, pues los misioneros enseñan a los salvajes a cubrir el cuerpo humano, y con ello aumentan la demanda de artículos de algodón. Si el cuerpo humano no tuviera nada de vergonzoso, el comercio textil habría perdido esta fuente de ingresos. Este ejemplo demuestra que no debemos temer nunca que la extensión de la virtud disminuya nuestros beneficios.

El que inventó la frase «la verdad desnuda» había percibido una importante relación. La desnudez escandaliza a la gente honrada y lo mismo sucede con la verdad. Cualesquiera que sean los intereses de uno, pronto se verá que la verdad es algo que la gente bien no admite en su conciencia. Siempre que he tenido la desgracia de estar presente en un tribunal durante la audiencia de un caso del cual yo tenía algún conocimiento de primera mano, me ha sorprendido el hecho de que no hay una cruda verdad que pueda penetrar en esos augus tos portales. La verdad que penetra en la sala de un tribunal no es la verdad desnuda sino la verdad con toga, tapadas sus partes menos decentes. No digo que esto se aplique a los juicios de crímenes claros, como el asesinato o el robo, sino a todos los que tienen un elemento de prejuicio, como los juicios políticos, o los juicios por obscenidad. Creo, en este respecto, que Inglaterra es peor que Norteamérica pues Inglaterra ha perfeccionado el dominio casi invisible y semiinconsciente de todo lo desagradable mediante los sentimientos de de cencia. Si se quiere mencionar en un tribunal de justicia cualquier hecho inasimilable, se hallará que el hacerlo es contrario a las leyes de la prueba y que, no sólo el juez y el aboga do de la parte contraria, sino el propio abogado evitarán que el hecho se mencione.

La misma clase de irrealidad invade la política, debido a los sentimientos de la gente bien. Si se trata de convencer a una persona bien de que un político de su partido es un mortal ordinario, en nada mejor que el grueso de la humanidad, rechazará indignadamente la sugestión. Por consiguiente, 'los políticos necesitan aparecer inmaculados. En la mayoría de las ocasiones, los políticos de todos los partidos se unen tácitamente para evitar que se sepa cualquier cosa que dañe a la profesión, pues la diferencia de partido generalmente divide menos a los políticos de lo que los une la identidad de profesión. De esta manera, la gente bien puede conservar la pintura amable de los grandes hombres de la nación, y a los niños de la escuela se les puede hacer creer que la eminencia sólo se alcanza mediante grandes virtudes. Hay, es cierto, épocas excepcionales en que la política se hace realmente áspera y, en todos los tiempos, hay políticos que no son considerados lo bastante respetables para pertenecer a ese gremio extraoficial. Parnell, por ejemplo, fue primero inútilmente acusado de colaborar con asesinos, y luego victoriosamente convicto de un delito contra la moralidad, como el que, claro está, ninguno de sus acusadores había soñado cometer. En nuestros días, los comunistas en Europa y los radicales extremistas y agitadores sindicales en Esta dos Unidos están fuera del palio; ninguna corporación de gente bien les admira y, si delinquen contra el código convencional, no deben esperar merced. De este modo, las convicciones morales de la gente bien se unen con la defensa de la propiedad, y así prueban una vez más su inestimable valor.

La gente bien mira con recelo el placer donde lo ve. Saben que el que aumentó la ciencia aumentó el dolor, y por lo tanto suponen que al aumentar el dolor se aumenta la ciencia. Por lo tanto, creen qué al difundir el dolor difunden la sabiduría; como la sabiduría es más preciosa que los rubíes, se sienten justificados al pensar que realizan el bien cuando hacen esto. Por ejemplo, construyen un parque de diversiones infantiles con el fin de convencerse de que son filantrópicos, y luego imponen tantas regulaciones para su uso que ningún niño disfrutará allí como en la calle. Hacen cuanto pueden para impedir que los teatros y lugares de recreo estén abiertos los domingos, porque es el día en que se pueden utilizar. A las em­pleadas jóvenes se les impide que hablen con los jóvenes. La gente más bien que yo he conocido ha llevado esta actitud al seno de la familia y ha hecho que sus hijos jueguen sólo a juegos instructivos. Sin embargo, lamento decirlo, este grado de bondad se está haciendo menos común. Antiguamente se enseñaba a los niños que:

Dios con un golpe de su vara todopoderosa envía rápidamente al infierno a los jóvenes pecadores, y se entendía que esto ocurriría si los niños eran turbulentos o se dedicaban a cualquier ac­tividad no aprobada por el clero. La educación basada en este punto de vista se expresa en The Fairchild Family, una obra valiosísima acerca de cómo se puede producir gente bien. Sin embargo, conozco muy pocos padres que en la actualidad vivan de acuerdo con estas altas normas» Se ha hecho tristemente común el deseo de que los niños disfruten, y es de temer que los que han sido educados de acuerdo con estos relajados principios no muestren cuando sean mayores el adecuado horror al placer.

Me temo que se esté acabando la época de la gente bien; dos cosas la matan. La prime ra es la creencia de que no hay peligro en ser feliz con tal de que no se haga daño a nadie; la segunda es el asco de la farsa, un asco tanto estético como moral. Ambas rebeldías fueron fomentadas por la guerra, cuando la gente bien de todos los países estaban en el gobierno, y en nombre de la más alta moralidad inducían a los jóvenes a matarse los unos a los otros. Cuando todo hubo terminado, los sobrevivientes comenzaron a preguntarse si las mentiras y las miserias inspiradas por el odio constituían la más alta virtud. Me temo que pase algún tiempo antes de que se les pueda convencer para que acepten esta doctrina fundamental de toda ética realmente elevada.

La esencia de la gente bien es que odian la vida tal como se manifiesta en las tenden cias de cooperación, en la turbulencia infantil y sobre todo en el sexo, cuyo pensamiento les produce obsesión. En una palabra, la gente bien es la gente de mente sucia.

Escrito en 1931. Traducido por Josefina Martínez Alinari, 1979

Kafka


Foto: Walter Benjamin

Walter Benjamin 

Se cuenta que Potemkin sufría de depresiones que se repetían de forma más o menos regular, y durante las cuales nadie podía acercársele; el acceso a su habitación estaba rigurosamente vedado. En la Corte esta afección jamás se mencionaba, sabido como era, que toda alusión al tema acarreaba la pérdida del favor de la emperatriz Catalina. Una de estas depresiones del canciller tuvo una duración particularmente prolongada y causó graves inconvenientes. Las actas se apilaban en los registros y la resolución de estos asuntos, imposible sin la firma de Potemkin, exigieron la atención de la Zarina misma. Los altos funcionarios no veían remedio a la situación. Fue entonces que Shuwalkin, un pequeño e insignificante asistente, coincidió en la antesala del palacio de la cancillería con los consejeros de estado que, como ya era habitual, intercambiaban gemidos y quejas. «¿Qué acontece? ¿Qué puedo hacer para asistiros, Excelencias?» preguntó el servicial Shuwalkin. Se le explicó lo sucedido y se lamentaron por no estar en condiciones de requerir sus servicios. «Si es así, Señorías», respondió Shuwalkin, «confiadme las actas, os lo ruego». Los consejeros de estado, que no tenían nada que perder, se dejaron convencer y Shuwalkin, el paquete de actas bajo el brazo, se lanzó a lo largo de corredores y galerías hasta llegar ante los aposentos de Potemkin. Sin golpear y sin dudarlo siquiera, accionó el pistillo y descubrió que la puerta no estaba cerrada con llave. Al penetrar vio a Potemkin sentado sobre la cama entre tinieblas, envuelto en una raída bata de cama y comiéndose las uñas. Shuwalkin se dirigió al escritorio, cargó una pluma y sin perder tiempo la puso en la mano de Potemkin mientras colocaba una primera acta sobre su regazo. Potemkin, como dormido y después de echar un vistazo ausente sobre el intruso, estampó la firma, y luego otra sobre el próximo documento, y otra... Cuando todas las actas fueron así atendidas, Shuwalkin cerró el portafolio, lo echó bajo el brazo y salió sin más, tal como había venido. Con las actas en bandolera hizo su entrada triunfal en la antesala. Los consejeros de estado se abalanzaron sobre él, le arrancaron los papeles de las manos y se inclinaron sobre ellos con la respiración en vilo. Nadie habló; el grupo se quedó de una pieza. Shuwalkin se les acercó nuevamente para interesarse servicialmente por el motivo de la consternación de los señores. Fue entonces que su mirada cayó sobre la firma. Todas las actas estaban firmadas Shuwalkin, Shuwalkin, Shuwalkin...

 Esta historia es como un heraldo que irrumpe con doscientos años de antelación en la obra de Kafka. El acertijo que alberga es el de Kafka. El mundo de las cancillerías y registros, de las gastadas y enmohecidas cámaras, ése es el mundo de Kafka. El servicial Shuwalkin que se toma todo a la ligera para quedarse luego con las manos vacías, es el K. de Kafka. Pero Potemkin, que vegeta en su habitación apartada y de acceso prohibido, adormilado y desamparado, es un antepasado de esos depositarios de poder que en Kafka habitan, en buhardillas si son jueces, o en castillos si son secretarios. Y aunque sus posiciones sean las más altas, están hundidos o hundiéndose, aunque todavía pueden, así, de pronto, emerger espontáneamente en todo su poderío precisamente en los más bajos y degenerados personajes, en los porteros y ancianos y endebles funcionarios. ¿Por qué están aletargados? ¿Serán acaso descendientes de los Atlantes que cargaban con la esfera del mundo sobre los hombros? Quizá sea esa la razón por la que tienen «la cabeza tan hundida sobre el pecho que apenas si se les ve los ojos», como el castellano en su retrato o Klamm cuando está ensimismado, a solas. Pero no es la esfera del mundo lo que cargan; ya lo cotidiano tiene su peso: «su desfallecimiento es el del gladiador después del combate, su trabajo, el blanqueo de una esquina de pieza de funcionario». Georg Lukács dijo en una ocasión que para construir hoy en día una mesa como es debido, hace falta el genio arquitectónico de un Miguel Angel. Lukács piensa en edades de tiempo y Kafka en edades de mundo. El hombre que blanquea debe desplazar edades de mundo, y con los gestos menos vistosos. Los personajes de Kafka baten palma contra palma a menudo por razones singulares. En una ocasión se dice, casualmente, que esas manos son «en realidad martillos de vapor».

A paso continuo y lento aprendemos a conocer a estos depositarios de poder en proceso de hundimiento o de ascenso. Pero nunca serán más terribles que cuando surgen de la más profunda degeneración, la de los padres. El hijo calma al padre embotado y decrépito al que acaba de llevar dulcemente a la cama: «"No te inquietes, estás bien cubierto." "¡No!" exclama el padre, de tal manera que la respuesta se estrella contra la pregunta, al tiempo que echa de sí la manta con tanta fuerza que por un segundo se despliega enteramente en su vuelo, mientras él se incorpora erguido en la cama, una mano apuntando ligeramente al cielo raso. "Querías cubrirme, ya lo sé joyita mía, pero cubierto aún no estoy. Y aunque sea con mi última fuerza, sería suficiente, ¡incluso demasiado para ti ... ! Afortunadamente nadie tiene que enseñarle al padre a adivinar las intenciones del hijo. ..."—Y ahí estaba, completamente libre, sacudiendo las piernas. Resplandecía de entendimiento. —..."¡Ahora sabrás que hay más fuera de ti, antes sabías sólo de ti! ¡Propiamente no eras más que un niño inocente aunque más propiamente eras un hombre diabólico!"» El padre que echa de sí el peso de la manta, al hacerlo arroja el peso del mundo de sí. Debe poner en movimiento a toda una edad del mundo para mantener viva y rica en consecuencias a la arcaica relación padre-hijo. ¡Pero rica en qué consecuencias! Sentencia al hijo a una muerte por ahogamiento, y el padre mismo es el sancionador. La culpa lo atrae tanto como a un funcionario de juzgado. Según muchos indicios, para Kafka el mundo de los funcionarios y el de los padres son idénticos. Y la semejanza no los honra ya que están hechos de embotamiento, degeneración y suciedad. Manchas abundan en el uniforme del padre y su ropa interior no está limpia. La mugre es el elemento vital del funcionario.  Hasta tal punto es la suciedad atributo de los funcionarios, que casi podría considerárselos inmensos parásitos. Por supuesto que esto no se refiere al contexto económico sino a las fuerzas de la razón y de la humanidad de las cuales esta estirpe extrae su sustento. Así, a expensas del hijo, se gana también la vida el padre de la tan especial familia de Kafka, y se sustenta sobre aquél cual enorme parásito. No sólo le roe las fuerzas sino también sus derechos. El padre sancionador es asimismo el acusador, y el pecado del que acusa al hijo vendría a ser una especie de pecado hereditario. Porque a nadie atañe la precisión que de ese pecado hiciera Kafka tanto como al hijo: «El pecado hereditario, la antigua injusticia que el hombre cometiera, radica en el reproche que el hombre hace y al que no renuncia, y según el cual es víctima de una injusticia por haberse cometido el pecado hereditario en su persona.» ¿Pero a quién se le adscribe este pecado hereditario —el pecado de haber creado un heredero— si no al padre a través del hijo? Por lo que el pecador sería en realidad el hijo. No obstante, sería erróneo concluir a partir de la cita de Kafka que la acusación es pecaminosa. De ningún lugar del texto se desprende que se haya cometido por ello una injusticia. El proceso pendiente aquí es perpetuo, y nada parecerá más reprobable que aquello por lo cual el padre reclama la solidaridad de los mencionados funcionarios y cancillerías de tribunal. Pero lo peor de éstos no es su corruptibilidad ilimitada. Es más, la venalidad que les caracteriza es la única esperanza que los hombres pueden alimentar a su respecto. Los tribunales disponen de códigos, pero no deben ser vistos. «... es propio de esta manera de ser de los tribunales el que se juzgue a inocentes en plena ignorancia», sospecha K. Las leyes y normas circunscritas quedan en la antesala del mundo de las leyes no escritas. El hombre puede transgredirlas inadvertidamente y caer por ello en la expiación. Pero la aplicación de estas leyes, por más desgraciado que sea su efecto sobre los inadvertidos, no indica, desde el punto de vista del derecho, un azar, sino el destino que se manifiesta en su ambigüedad. Hermann Cohen ya lo había llamado, en una acotación al margen sobre la antigua noción de destino, «una noción que se hace inevitable», y cuyos «propios ordenamientos son los que parecen provocar y dar lugar a esa extralimitación, a esa caída.» Lo mismo puede decirse del enjuiciamiento cuyos procedimientos se dirigen contra K. Nos devuelve a un tiempo muy anterior a la entrega de las doce Tablas de la Ley; a un mundo primitivo sobre el cual una de las primeras victorias fue el derecho escrito. Aunque aquí el derecho escrito aparece en libros de código, son secretos, por lo que, basándose en ellos, el mundo primitivo practica su dominio de forma aún más incontrolada.

Las circunstancias de cargo y familia coinciden en Kafka de múltiples maneras. En el pueblo adyacente al monte del castillo se conoce un giro del lenguaje que ilustra bien este punto. «"Aquí solemos decir, quizá lo sepas, que las decisiones oficiales son tímidas como jóvenes muchachas." "Esa es una buena observación", dijo K., ..."una buena observación, y puede que las decisiones tengan aún otras características comunes con las muchachas".» Y la más notable de estas es, sin duda, de prestarse a todo, como las tímidas mozuelas que K. encuentra en «El Castillo» y en «El Proceso», y que se abandonan a la lascivia en el seno familiar como si éste fuera una cama. Las encuentra en su camino a cada paso, y las conquista sin inconvenientes como a la camarera de la taberna. "Se abrazaron y el pequeño cuerpo ardía entre las manos de K. Rodaron sumidos en una insensibilidad de la que K. intentaba sustraerse continua e inútilmente. Desplazándose unos pasos, chocaron sordamente contra la puerta de Klamm y acabaron rendidos sobre el pequeño charco de cerveza y otras inmundicias que cubrían el suelo. Así transcurrieron horas, ...durante las cuales le era imposible desembarazarse de la sensación de extravío, como si estuviera muy lejos en tierras ajenas y jamás holladas por el hombre; una lejanía tal que ni siquiera el aire, asfixiante de enajenación, parecía tener la composición del aire nativo, y que, por su insensata seducción, no deja más alternativa que internarse aún más lejos en el extravío.» Ya volveremos a oír hablar de esta lejanía, de esta extrañeza. Pero es curioso que estas mujeres impúdicas no parezcan jamás bonitas. En el mundo de Kafka, la belleza sólo surge de los rincones más recónditos, por ejemplo, en el acusado. «"Este es un fenómeno notable, y en cierta medida, de carácter científico natural... No puede ser la culpa lo que lo embellece... ni tampoco el justo castigo ... puede, por lo tanto, radicar exclusivamente en los procedimientos contra ellos esgrimidos y a ellos inherente."»

De «El Proceso» puede inferirse que los procedimientos legales no le permiten al acusado abrigar esperanza alguna, aun en esos casos en que existe la esperanza de absolución. Puede que sea precisamente esa desesperanza la que concede belleza únicamente a esas criaturas kafkianas. Eso por lo menos coincide perfectamente con ese fragmento de conversación que nos transmitiera Max Brod. «Recuerdo una conversación con Kafka a propósito de la Europa contemporánea y de la decadencia de la humanidad», escribió. «"Somos", dijo, "pensamientos nihilísticos, pensamientos suicidas que surgen en la cabeza de Dios." Ante todo, eso me recordó la imagen del mundo de la Gnosis: Dios como demiurgo malvado con el mundo como su pecado original. "Oh no", replicó, "Nuestro mundo no es más que un mal humor de Dios, uno de esos malos días." ¿Existe entonces esperanza fuera de esta manifestación del mundo que conocemos?" El sonrió. "Oh, bastante esperanza, infinita esperanza, sólo que no para nosotros."» Estas palabras conectan con esas excepcionales figuras kafkianas que se evaden del seno familiar y para las cuales haya tal vez esperanza. No para los animales, ni siquiera esos híbridos o seres encapullados como el cordero felino o el Odradek. Todos ellos viven más bien en el anatema de la familia. No en balde Gregor Samsa se despierta convertido en bicho precisamente en la habitación familiar; no en balde el extraño animal, medio gatito y medio cordero, es un legado de la propiedad paternal; no en balde es Odradek la preocupación del jefe de familia. En cambio, los «asistentes» caen de hecho fuera de este círculo.

Los asistentes pertenecen a un círculo de personajes que atraviesa toda la obra de Kafka. De la misma estirpe son tanto el timador salido de la «Descripción de una lucha», el estudiante que de noche aparece en el balcón como vecino de Karl Rossmann, así como también los bufones o tontos que moran en esa ciudad del sur y que no se cansan. La ambigüedad sobre su forma de ser recuerda la iluminación intermitente con que hacen su aparición las figuras de la pequeña pieza de Robert Walser, autor de la novela El Asistente. Las sagas hindúes incluyen Gandarwas, criaturas incompletas, en estado nebulosos. De este tipo son los asistentes kafkianos; no son ajenos a los demás círculos de personajes aunque no pertenecen a ninguno; de un círculo a otro ajetrean en calidad, de enviados u ordenanzas. El mismo Kafka dice que se parecen a Bernabé, y éste es un mensajero. No han sido aún excluidos completamente del seno de la naturaleza y por ello «se establecieron en un rincón del suelo, sobre dos viejos vestidos de mujer. Su orgullo era... ocupar el menor espacio posible. Y para lograrlo, entre cuchicheos y risitas contenidas, hacían variados intentos de entrecruzar brazos y piernas, de acurrucarse apretujadamente unos contra otros. En la penumbra crepuscular sólo podía verse un ovillo en su rincón.» Para ellos y sus semejantes, los incompletos e incapaces, existe la esperanza.

Lo que más finamente y sin compromiso se reconoce en el actuar de estos mensajeros, es en última instancia la perdurable y tétrica ley que rige todo este mundo de criaturas. Ninguna ocupa una posición fija, o tiene un perfil que no sea intercambiable. Todas ellas son percibidas elevándose o cayendo; todas se intercambian con sus enemigos o vecinos; todas completan su tiempo y son, no obstante, inmaduras; todas están agotadas y a la vez apenas en el inicio de un largo trayecto. No se puede hablar aquí de ordenamientos o jerarquías. El mundo del mito que los supone es incomparablemente más reciente que el mundo kafkiano, al que promete ya la redención. Pero lo que sabemos es que Kafka no responde a su llamada. Como un segundo Odiseo, lo dejó escurrirse «de su mirada dirigida hacia la lejanía.... la forma de las sirenas se fue desvaneciendo, y justo cuando estuvo más cerca no supo ya nada de ellas.» Entre los ascendientes de la antigüedad, judíos y chinos que Kafka tiene y que encontraremos más adelante, no hay que olvidar a los griegos. Ulises está en ese umbral que separa al mito de la leyenda. La razón y la astucia introdujeron artimañas en el mito, por lo que sus imposiciones dejan de ser ineludibles. Es más, la leyenda es la memoria tradicional de las victorias sobre el mito. Cuando se proponía crear sus historias, Kafka las describía como leyendas para dialécticos. Introducía en ellas pequeños trucos, para luego poder leer de ellas la demostración de que «también medios deficientes e incluso infantiles pueden ser tablas de salvación». Con estas palabras inicia su cuento sobre «El callar de las sirenas». Allí las sirenas callan; disponen de «un arma más terrible que su canto.... su silencio». Y éste es el que emplean contra Odiseo. Pero, según Kafka, él «era tan astuto, tan zorro, que ni la diosa del destino podía penetrar su íntima interioridad. Aunque sea ya inconcebible para el entendimiento humano, tal vez notó realmente que las sirenas callaban y les opuso, sólo en cierta medida, a ellas y a los dioses el procedimiento simulador» que nos fuera transmitido, «como escudo».

Con Kafka callan las sirenas. Quizá también porque allí la música y el canto son expresiones, o por lo menos fianzas, de evasión. Una garantía de esperanza que rescatamos de ese entremundo inconcluso y cotidiano, tanto consolador como absurdo, en el que los asistentes se mueven como por su casa. Kafka es como ese muchacho que salió a aprender el miedo. Llegó al palacio de Potemkin hasta toparse en los agujeros de la bodega con Josefina, una ratoncita cantarina, asi descrita: «Un algo de la pobre y corta infancia perdura en ella, algo de la felicidad perdida, pero también algo de la vida activa actual y de su pequeña e inconcebible alegría imperecedera.»

Traducción de Roberto Blatt, Editorial Taurus