5/8/09

Julio Antonio Mella, eterno revolucionario


Foto: Julio Antonio Mella

Evelio Tellería Alfaro

 

De la breve vida del joven líder comunista Julio Antonio Mella, asesinado en México el 10 de enero de 1929 por esbirros de la dictadura de Gerardo Machado, se puede decir que fue de lucha constante e incansable quehacer revolucionario. Su inolvidable frase “Muero por la Revolución” llevaba en si misma toda la fe y el ímpetu de su acción luchadora con la que despertó multitudes y sumó voluntades en el camino hacia una sociedad justa, sin amo imperialista, ni explotados ni explotadores.

Las aulas de Universidad de La Habana fueron su primer campo de batalla y si bien desde allí emprendió la vida política, no fue el único terreno donde dejó su impronta como organizador y conductor de masas.

Su compañero de luchas, Raúl Roa, lo definió como “atleta olímpico de la Revolución. En el breve lapso de seis años –entre 1923 y 1929- Mella  fue partícipe de hechos sobresalientes en la historia de Cuba como la fundación de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) de la cual fue su presidente; la creación de la Liga Antimperialista de Cuba y el surgimiento del primer Partido marxista leninista en nuestro país.

Un episodio que también revela su  extraordinaria capacidad de trabajo fue la organización del Primer Congreso Nacional de Estudiantes, en noviembre de 1923.

En la declaración de Deberes y Derechos del Estudiante aprobada en esa reunión, Mella plantea como primer deber del estudiante el de “divulgar sus conocimientos entre la sociedad, principalmente entre el proletariado manual por se éste el elemento más afín al proletariado intelectual, debiendo así hermanarse los hombres del trabajo, para fomentar una nueva sociedad, libre de parásitos y tiranos, donde nadie viva sino en virtud del propio esfuerzo.”

Este pronunciamiento sirvió de principio inspirador para fundar la Universidad Popular José Martí, iniciativa que vinculaba a estudiantes, trabajadores e intelectuales animados por el afán de enseñar y aprender.

En la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana, en horario nocturno, funcionó aquella idea que al decir de Mella, las puertas del máximo centro docente de Cuba se abrieron para los humildes “que por su ruda labor diaria para ganar el pan, no pueden recibir las enseñanzas superiores.”

Otro capítulo descollante en la vida de este esforzado paladín fue su vínculo con la clase obrera al establecer fraternales lazos de amistad con hombres como Carlos Baliño, de ideas marxistas, y Alfredo López, máximo dirigente de la Federación Obrera de La Habana, por quién sintió gran admiración y lo llamó Maestro.

De tal modo Julio Antonio Mella arraigó en las filas proletarias y estudiantiles que ni las persecuciones ni el fantasma del anticomunismo pudieron silenciar su ejemplo en las aulas universitarias y en los talleres.

En las calles y en las fábricas, en la Universidad y en el sindicato, en las épocas más duras y de mayor terror, siempre se recordó a este joven alto, impetuoso, lleno de optimismo y sensibilidad humana.

Su legado político también guió a otras generaciones de cubanos que años después llevaron a cabo la gesta que condujo a la plena independencia y soberanía de Cuba.

Julio Antonio Mella y la Internacional Comunista


Felipe de J. Pérez Cruz    /   Kaos en la Red

 

Marzo siempre trae el recuerdo de Julio Antonio Mella. Un día 25 de 1903 nació este paladín del movimiento comunista y la Revolución antimperialista. Mella vivió en el vórtice de la tormenta revolucionaria, su vida y pensamiento una y otra vez motivan debates y no pocas confrontaciones. 

Cada generación revolucionaria precisa de dibujarse a sí misma “su” Mella. Cada momento político nos recoloca a Mella. Y por supuesto una y otra vez nuestros adversarios políticos e ideológicos intentan reconceptualizar su pensamiento, desde los mitos que construyen a través de la historiografía que le es afín, y que casi siempre se nos presenta como seria, documentada y propositiva.

Una de las joyas del anticomunismo contemporáneo es la lectura negativa que se ha fabricado alrededor de la historia de la Internacional Comunista y la actuación histórica de los partidos comunistas. Ha sido tan masiva y constante esta campaña que ha logrado imponer más que argumentos, un enfoque prejuicioso que ha penetrado amplias zonas de la intelectualidad de izquierda y de los cientistas sociales.

Hay enfoques que se centran tanto en la suma de críticas y juicios negativos, sobre la Internacional Comunista, que pierden la perspectiva histórica y nos dan una suerte de narración donde se desdibuja por completo el balance brutal de las acciones imperialistas, en tanto antagonista principal de los acontecimientos cubanos y latinoamericanos.

Pienso que es oportuno recordar la efemérides de Mella acercándonos al tema de la Internacional, desde la dimensión que le otorgó la propia praxis revolucionaria del fundador del primer partido comunista cubano.

Mella y la Internacional 

Julio Antonio Mella llegó a la militancia de la Internacional Comunista como hecho de “meditación” tal como lo prueban las actas del Congreso donde nace el primer Partido Comunista de Cuba, como Sección de la Internacional el 16 de agosto de 1925. Estaba consciente de la seriedad que tal incorporación demandaba y de la responsabilidad que se adquiría (1).

Mella actuó como un convencido militante internacionalista y se vinculó al sistema de organizaciones que orientaba la Internacional Comunista: La Internacional Sindical Roja, Internacional Juvenil Comunista y Socorro Rojo Internacional. Ardiente patriota, defendió con firmeza los principios internacionalistas. “Internacionalismo –definía a finales de 1925, cuando escribía sus “Glosas al pensamiento de José Martí”-- significa en primer término, liberación nacional del yugo extranjero imperialista y, conjuntamente, solidaridad, única, estrecha con los oprimidos de las demás naciones” (2). “Ningún revolucionario del momento actual puede dejar de ser internacionalista. Dejaría de ser revolucionario”, ratificaba ese mismo año de 1925 al pronunciarse sobre la necesidad de crear una internacional americana “capaz de aunar todas las fuerzas antimperialistas y revolucionarias” (3).

En la escuela de la Internacional Comunista, Julio Antonio se forma como militante del Partido de nuevo tipo. Comprende la necesidad de un “Partido fuerte, de un solo bloque, irrompible en la lucha” (4). “La Tercera Internacional y la URSS tienen para la América Latina un doble significado -define en 1927- Primero: Son la Vanguardia y el baluarte del Movimiento Socialista. Segundo: Son el pivote de todo movimiento de emancipación nacional que sea sincero” (5).

Con Martí y Lenin

El sólido conocimiento que Mella poseía del legado martiano, se enriquece con las lecturas de los clásicos del socialismo científico. De la mano de Martí el joven revolucionario transita hacia una fértil articulación dialéctica con el marxismo y el leninismo. Esta perspectiva lo inmuniza definitivamente contra las frecuentes intoxicaciones izquierdistas de muchos de sus contemporáneos empeñados en trasplantar, hasta las mismas consignas que habían probado su eficacia en el escenario de la Revolución Bolchevique.

Ya desde meses antes de la fundación del Partido asombra la claridad teórica del joven cubano. En “Los nuevos libertadores” definirá: “La causa del socialismo en general… es la causa del momento, en Cuba, en Rusia, en la India, en los Estados Unidos y en la China. En todas partes. El solo obstáculo es saberlo adaptar a la realidad del medio” (6). Ningún otro dirigente comunista europeo, asiático o latinoamericano vio tan tempranamente este eje fundamental, determinante en toda la historia posterior del movimiento comunista.

El artículo “Hacia la Internacional americana” escrito en diciembre de 1925, desde la cárcel de la Habana, vuelve a acotar. “La Europa y el Asia están lejos. Ambas tienen en estos momentos grandes problemas que resolver, por lo tanto es imprescindible concretar una formula precisa para nuestra zona […] Aceptamos las experiencias de Europa en sus luchas y lancémonos a conquistarlas de acuerdo con ellos y adaptando sus procedimientos revolucionarios a nuestros ideales” (7). Lenin aportaría en esta tarea la teoría sobre el imperialismo “de aplicación universal” (8). Sus Tesis sobre la cuestión nacional y colonial aprobadas en el II Congreso de la Internacional Comunista. La práctica de la etapa leninista de la Internacional dotaría estas esencias con la realización política del Frente Único y su expresión más acabada para nuestra región, la Liga Antimperialista de las Américas.

Madurez del enfoque histórico

Sí a principios de 1925 Julio Antonio ve la Revolución Social como un “hecho fatal e histórico, independiente de la voluntad de los visionarios propagandistas”(9), en 1926 ya percibe que lo más importante es estar “capacitados para aprovechar el momento histórico”(10) yen 1927 comprende las alternativas que se avecinan, y rompe con esa visión “fatalista”. Afirma “que la liberación nacional y social no se nos concederá por misericordia” (11).

Lejos del discurso triunfalista que proclamaba la crisis y el derrumbe del sistema capitalista, Julio Antonio tiene una objetiva lectura del momento histórico por el que transitaba la nación norteamericana. Aprecia que “la estructura económica del capitalismo imperialista yanqui no presentaba aún resquebraduras serías que indicara su próxima desaparición…Por ello “el proletariado esta hipnotizado por los líderes amarillos y los altos salarios” (12).

La ratificación de la necesidad de aplicar la doctrina comunista a cada uno de los fenómenos sociales de América, impone a Mella replantearse la historia del continente, comprender desde muy temprano el proceso que protagonizaba, como una continuación de las gestas independentistas, y se apresta a asumir las tareas inconclusas en las nuevas condiciones:“Luchar por la realización del viejo ideal de Bolívar adaptado al momento” (13) subrayaba en agosto de 1924.

La estrategia de la Revolución Latinoamericana

No obstante el poderío imperial Julio Antonio descubre las posibles brechas para la acción revolucionaria en nuestras tierras. Desde esa perspectiva Mella definirá la dirección principal:

La lucha activa contra el imperialismo de todas las clases y sectores que proclamaran sus intereses por una auténtica independencia nacional. Exigir de inmediato la retirada de las tropas yanquis de Nicaragua y de Haití, y la revisión de los tratados injustos tipo Enmienda Platt. Establecer la más activa solidaridad entre los obreros y campesinos del continente en su enfrentamiento contra los imperialistas y sus agentes en cada país, pues las masas de América Latina han de saber que solo a través de la lucha se podrá vencer revolucionariamente al imperialismo. Así mismo plantea la solidaridad antimperialista con los trabajadores y el pueblo estadounidense.

Mella funda en México una organización insurreccional para reeditar la tarea nacional liberadora y antimperialista de José Martí. En honor a los emigrados que junto a Martí y Carlos Baliño habían dado vida en 1892 al Partido Revolucionario Cubano, nombrará al nuevo instrumento político Asociación de Nuevos Emigrados Revolucionarios Cubanos (ANERC). Con la ANERC trabajará para unir a todos los patriotas cubanos que estaban en el exilio tanto en el país azteca, como en otras tierras latinoamericanas, en varias ciudades de los Estados Unidos y París.

Desde la clara concepción que Julio Antonio ha elaborado, se entiende más aún la ruptura con Víctor Raúl Haya de la Torre, la crítica a los apristas y a su pretendido marxismo y revolucionarismo indoamericano, pues “no es una defensa del dogma porque sus consignas sean antimarxistas, anticomunistas, antileninistas, si no porque están contra la realidad americana, son impracticables y reaccionarias, utópicas...” (14).

Frente al proyecto aprista Mella levanta la experiencia concreta de los guerrilleros nicaragüenses: “Sandino ha enseñado mucho a los timoratos” (15). A Mella no le importaba que Sandino no fuera un militante de la Internacional Comunista: Lo decisivo era que el proyecto antimperialista y la resistencia al invasor norteamericano del patriota nicaragüense, constituía una respuesta ideológica y política al imperialismo. El General guerrillero le reafirmaba que nuestras propias fuerzas debían ponerse en juego en el sentido y el riesgo de la Revolución.

La sanción a Mella

La sanción de separación de las filas del partido cubano de que fue objeto Mella, ha sido uno de los más recurrentes episodios manipulados por los detractores del primer Partido Comunista de Cuba. Del Mella de 1926, no pudo obtener el enemigo una sola diatriba para su siempre atenta campaña divisionista. Tampoco de sus discrepancias en el seno del Partido Comunista Mexicano. Sin embargo una y otra vez el anticomunismo ha tratado de recurrir a una “defensa” que Mella nunca pidió ni necesitó. Sin excepción quienes acentúan la crítica a los comunistas, enfatizan en la anécdota del conflicto y dejan de atender su evolución posterior.

La sanción no solo motivó un álgido intercambio de Mella con sus críticos dentro del Partido, sino también le creó a la organización comunista una seria situación en el seno de la Universidad Popular “José Martí”, la Liga Antimperialista y en otras organizaciones y sindicatos revolucionarios, que no compartían las apreciaciones negativas sobre Mella. A su vez el conflicto continúo desde México, país donde Mella desempeñaba con toda energía sus tareas revolucionarias. Allí los compañeros del Partido Comunista Mexicano no podían entender la situación y pidieron explicación a sus camaradas cubanos. A su vez todo este conflicto se evaluó en el Secretariado latinoamericano y en la dirección de la Internacional en Moscú.

La situación creada ofrece un material valioso para entender, más allá de las pasiones desatadas, las limitaciones del movimiento comunista, y también los altísimos valores éticos, ideológicos y políticos que en sus filas prevalecían. Precisamente sería la dirección de la Internacional en 1927, la que le hizo justicia y resolvió a su favor la sanción. Mella fue reincorporado al Partido cubano con todos sus derechos. La actuación de la Internacional más que medida, sabia en el manejo y solución de este complejo problema, merece destacarse.  
Lionel Soto en su obra sobre “La Revolución del 33”, subraya el hecho de que en la ANERC, Mella logra nuclear dentro del amplio grupo de exiliados cubanos, a los militantes comunistas que habían tenido que abandonar el país por la represión de la dictadura machadista, algunos como Alejandro Barreiro, miembro de Comité Central, que incluso había integrado el jurado que propuso la controvertida sanción de 1926 (16). 

Ya en estos días de 1928 el Partido Comunista cubano compartía los criterios tácticos y estratégicos de Mella, a contrapelo de la “orientación” de la Internacional Comunista. Rubén Martínez Villena con el liderazgo efectivo del Partido, secundaba a Mella en el archipiélago. Esta realidad vista desde los duros intercambios realizados en los momentos de la sanción a Mella, dan la dimensión ética y política de salida de aquel conflicto, y permiten con justicia considerarlo como un hecho desafortunado y coyuntural. Explicitar esta verdad permite trascender la anécdota y brindar el proceso de la tan publicitada sanción, en su ineludible historicidad.

¿Mella trotskista?

La virtual guerra política entre Stalin y Trotski, y la obligada y definitiva colocación de este último, en una posición de completa beligerancia frente al Partido y al proyecto stalinista; selló el debilitamiento del movimiento revolucionario de la época, y fue caldo de cultivo para el oportunismo y la traición. En el seno de los partidos comunistas se producirían lacerantes procesos internos cuyas secuelas aún nos acompañan. Faltó en repetidas ocasiones la mesura y el respeto por revolucionarios que, dentro de las posiciones marxistas y leninistas o fuera de ellas, defendían otros puntos de vista.

Mella vive el inicio del clima de intolerancias, intrigas y oportunismos que minó la Internacional. Como toda la obra y acción del joven líder cubano era demostrativa de una concepción teórica y política completamente opuesta al stalinismo, no faltaron entonces quienes tempranamente intentaron acusarlo de trotskismo, y en consecuencia separarlo y expulsarlo deshonrosamente de las filas comunistas.

A diferencia de quienes dentro de la Internacional trataban de calumniarlo, los revolucionarios mexicanos que se alinearon a favor de Trotski, veían con toda legitimidad a Mella como el iniciador de la corriente que más tarde conformó la Oposición de Izquierda en el Partido Comunista Mexicano. Para muchos de ellos Mella marcó el inicio de las diferencias que luego desafortunadamente se harían irreconciliables.

Las apreciaciones sobre el trotskismo de Mella se refuerzan argumentando el hecho evidente de que el joven revolucionario sintió admiración y respeto por el brillante bolchevique. Conoce la censura a que han sido sometidas las tesis de Trotski -por ser pública luego de la XIII Conferencia del Partido Comunista soviético en enero de 1924-, y no le puede ser ajena la marcada diferencia de este dirigente con Stalin, ya convertido tras la muerte de Lenin, en el máximo jefe del Partido y el Estado soviéticos. No obstante el martiano Mella, porque lo cree digno, alaba la precisión de Trotski sobre la importancia de la contabilidad en la empresa socialista contenida en su trabajo “¿Hacia dónde va Rusia?. Y esto lo hace públicamente en El Machete, órgano central de los comunistas mexicanos, en junio de 1927 (17).

El que los trotskistas mexicanos crean y defiendan a Mella como uno de sus “iniciadores”, y que tal apreciación tenga legitimidad desde la perspectiva de la historia de su movimiento político; no prueba sin embargo que realmente Julio Antonio Mella haya sido trotskista. Mella, admiró el genio de Trotski cuando este, decía: “supo matar hasta el último rescoldo de individualismo” (18) y asumió la disciplina y la labor colectiva del Partido de los bolcheviques, para criticarlo definitivamente cuando promovió la división y la ruptura de la unidad. Todo acto de divisionismo encuentra en Mella un rechazo tajante.

Los últimos combates

El estudio de las tesis leninistas llevaría a Mella a precisar las limitaciones de la estrategia y la táctica de la Internacional Comunista en el ámbito latinoamericano; matizadas en conjunto, por una apreciación esquemática del proceso histórico y del movimiento revolucionario del área, y crecientemente contaminada por una mal aplicada intensión de coordinación, por los métodos de autoritarismo y sujeción de todo el movimiento comunista internacional a los intereses de la política exterior soviética y a las decisiones - convertidas automáticamente en orientaciones axiomáticas- de la dirección partidista de ese país. 

Su credo de revolucionario práctico lo lleva a definir la importancia de fertilizar la teoría en los propios escenario y acontecimientos: “No debe creerse en una explicación mecánica de las experiencias de otros lugares” (19) “Necesitamos experimentar para no ser engañados y probar los postulados en la realidad” (20).

A pesar de que después del VI Congreso de la Internacional que concluyó en Moscú en septiembre de 1928, la consigna sectaria de “clase contra clase” -que colocaba a los comunistas en disputa con el más amplio espectro de fuerzas políticas-, se generalizó entre los jóvenes partidos marxistas latinoamericanos, Julio Antonio no cumple mecánicamente la orientación. Considera que las tesis que se avienen a la realidad del movimiento de liberación en Cuba y en Latinoamérica son las que hasta el IV Congreso había defendido la propia Internacional Comunista: Frente Único y Liga Antimperialista.

Mella valora la situación concreta y no suspende los contactos que a través de Rubén Martínez Villena y el Partido Comunista cubano, sostiene con sectores del Partido Unión Nacionalista para organizar la lucha armada en el país. Tal como había aprendido con su maestro Alfredo López, Mella continúa en México la política de tejer alianzas con todas las fuerzas interesadas en crear una central amplia y unitaria del proletariado. Mantiene su apoyo a Sandino, en momentos en que en el Partido Comunista Mexicano, comienzan a acentuarse las acusaciones extremistas contra el inclaudicable patriota nicaragüense. Y con la ANERC prepara la expedición que lo traería desde México para incorporarse a la lucha armada. Este actuar lo coloca en fuerte confrontación con quienes intentaban cumplir las “orientaciones de Moscú”.  

Se le abren a Mella discusiones intensas dentro del Partido mexicano con entrañables compañeros. Mella resiste, da razones y discute con la pasión y el ímpetu que lo caracterizaban, pero en él cuidar la unidad del Partido es lo fundamental. Precisamente en apoyo y defensa de medidas tomadas por laInternacional en Europa, con el objetivo de defender la cohesión ideológica y política de la organización, escribe el5 de enero de 1929 en el “El Machete”: “Los partidos comunistas no pueden ser un mosaico de colores y tendencias” (21).Cinco días después, en la oscuridad de la noche, pistoleros a sueldo del dictador Gerardo Machado, le infringen heridas mortales.  

Muere Julio Antonio Mella en el empeño que consideraba correcto, sin renunciar a su condición de militante del Partido y de la Internacional Comunista. Consciente de virtudes y errores. Batallando por la Revolución dentro y fuera del Partido.

Notas
1. Julio Antonio Mella: “Acta de la segunda sesión del Primer Congreso Nacional de Agrupaciones Comunistas de Cuba”, en Instituto de Historia del Movimiento Obrero y la Revolución Socialista de Cuba, Julio Antonio Mella. Documentos y Artículos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, p620

2. “Glosas al pensamiento de José Martí”, Ob. cit., 268.

3. “Hacia la Internacional Americana”. Ob. cit.,p. 212.

4. “Nuestras enfermedades infantiles”, Ob.cit., p.428.

5. “El triunfo revolucionario de la diplomacia roja”, Ob.cit., p.340.

6. “Los Nuevos Libertadores”, en Ob. cit., p 124.

7. “Hacia la Internacional Americana”, Ob.cit.p.213.

8. “El triunfo revolucionario de la diplomacia roja”, Ob. cit.,p.340.

9. “Cuba un pueblo que jamás ha sido libre”. Ob. cit.,p. 182.

10. Carta a Sarah Pascual”, Ob. cit.,p.256.

11. “Mensaje de Mella a los Estudiantes”, Ob. cit.,p. 279.

12. Junto a Wall Street”, Ob. cit., p.325.

13. “Hacia la Internacional Americana”. Ob. cit.,p. 211.

14. “La lucha revolucionaria contra el imperialismo…”. Ob. cit.,p. 386.

15. “¿Hacia dónde va Cuba?”, Ob. cit.,p.408.

16. Lionel Soto: La Revolución del 33, Editorial de Ciencias Sociales La Habana, 1977, Tomo I, p 497

17. “Cuadros de al Unión Soviética”, Ob. cit.,p 29

18. “Hacia dónde va Inglaterra”. Un libro de Trotski, Boletín del Torcedor, La Habana, año X, no. 211, 31 de mayo de 1926.

19. “¿Hacia dónde va Cuba?”, Ob. cit.,p.408.

20. “Nueva ruta de los estudiantes”, Ob. cit.,p. 454.

21. “La semana Internacional VIII”, Ob.cit., p 506

Por qué leer a Julio Antonio Mella


El joven marxista cubano expone en breve síntesis las líneas centrales de uno de los fundadores del marxismo latinoamericano, la tradición en la que nos inspiramos

Foto: Julio Antonio Mella
Julio César Guanche   /   La Haine


I

Julio Antonio Mella nació el 25 de marzo de 1903 en Cuba. En la mayor de las Antillas sucedía el primer experimento neocolonial a nivel planetario: conservó el estatuto de país dominado a favor de una metrópoli y fue laboratorio para estructurar en el siglo XX la condición más general del desarrollo capitalista dependiente. En su ámbito familiar, Mella nació como hijo «bastardo» de la relación extramatrimonial entre un sastre acaudalado, Nicanor Mella Breá, y la joven irlandesa Cecilia McPartland Diez. Su abuelo paterno fue general de las luchas por la independencia de República Dominicana. Ninguno de estos datos es gratuito para comprender la formación de su personalidad: conoció la discriminación de los hijos «naturales», siendo un adolescente pudo viajar en primera clase, recorrer geografías, quiso y hubiese podido estudiar en México, fue el estudiante mejor vestido de la Universidad de La Habana al tiempo que el mayor promotor de la reforma universitaria; fue señalado por algunos como mestizo pero fue admitido en clubes exclusivos para blancos; creció bilingüe a la escucha de las historias de próceres independentistas latinoamericanos y del eco, débil en la voz de la madre, de las luchas sociales irlandesas; trabó amistad, por vía familiar, con Eusebio Hernández, veterano de la guerra de independencia cubana y después insigne profesor universitario; fue discípulo del poeta, periodista y político mexicano Salvador Díaz Mirón, se formó políticamente en el seno de un pujante movimiento obrero, bajo hegemonía anarcosindicalista, en un país con presencia significativa de proletariado urbano y con los agudos problemas propios del campo subdesarrollado, pudo llamar «Maestro» a un anarcosindicalista antisectario como Alfredo López, uno de los pocos que podía dialogar y reconocer a los «enemigos fraternos», los comunistas; forjó su ideario democrático y socialista en la lucha contra una dictadura y contra la opresión neocolonial, en medio de la emergencia de las vanguardias artísticas, del movimiento estudiantil, del femenino y del obrero propiamente dicho, vio sufrir a su esposa mientras su hija dormía en la tapa de una maleta de viaje, sostuvo una relación personal y política muy intensa con una artista de vanguardia y combatiente internacionalista como Tina Modotti y conoció la brutalidad de las necesidades del exilio. Esa amalgama le otorgaría importantes ventajas a Mella: leer los textos del marxismo en sus traducciones inglesas, cuando eran aún muy escasas en español; moverse entre diversos estratos sociales y contextos culturales, estar bien situado históricamente para comprender la trama revolucionaria de la independencia anticolonial cuando el marxismo vivía confusiones trágicas respecto a «lo nacional», introducir la estrategia política, inédita en Cuba, de movilizar a la nación a través de una huelga de hambre, hecho que le llegaba en su tradición irlandesa; combatir el sectarismo e imaginar alianzas políticas impensables para la corrección revolucionaria de su momento; ser dogmático y después superarse con tanta agilidad como hondura, comprender el legado de la esclavitud y formular las reivindicaciones de la racialidad como derechos ciudadanos, contribuir a convertir definitivamente el antingerencismo en antimperialismo, considerar el marxismo como una filosofía que no pretende inventar un mundo sino dar cuenta de la transformación del realmente existente, inaugurar un nuevo pensamiento sobre José Martí y sobre la tradición liberal revolucionaria cubana y un largo etcétera. Entre otras cosas por esto es útil leer a Mella: para comprender cómo elaboró una obsesión —la libertad—, y alcanzó una estrategia —el socialismo.

II

Julio Antonio Mella es uno de los principales exponentes de la generación fundadora del marxismo latinoamericano. Sin embargo, en 2009 la puerilidad de algunas de sus tesis inspira compasión. Mella repitió con entusiasmo escolar varias de las posiciones del pensamiento positivista y determinista que pasó durante décadas como «marxismo soviético». En particular, siguió la ruta del determinismo que confiaba el futuro a las reglas inexorables de la historia: «El desenvolvimiento de la historia está determinado por las fuerzas de producción, por el juego fatal de las fuerzas económicas».[1] Se equivocó a gritos en la comprensión sobre la cuestión indígena, asumiendo posturas del marxismo prohijado por Stalin, en una célebre polémica con Víctor Raúl Haya de la Torre. Comprendió de modo esquemático el perfil de los intelectuales y de su función en una política revolucionaria, y reclamó «deberes» del intelectual respecto a la cuestión social con un lenguaje y un tono que hoy producen, por lo menos indiferencia, después de haber causado pavor. Su pensamiento contiene varias contradicciones sin solución. Habiendo sido separado de la dirección de los dos partidos comunistas en los que militó, el cubano y el mexicano, siguió defendiendo el concepto del «partido de vanguardia», inspirado en la socialdemocracia kaustkiana, y continuado en parte por el leninismo, que comunica desde un afuera ideológico —la vanguardia, la elite, el líder, el jefe— la conciencia política a las masas y subordina todo el desarrollo de estas al ritmo y al perfil del movimiento de esa vanguardia, al tiempo que defendió la praxis como la única fuente de la conciencia revolucionaria. Después de considerar la fábrica, a la manera de Gramsci, como «el dinamo generador de la energía industrial, social y política» de la Revolución, «la parte […] fundamental del laboratorio donde se prepara la sociedad comunista»[2], y de haber elogiado los consejos obreros, y la propia forma sovietista como la manera de organizar el régimen del trabajo, agrega que «la reorganización de una fábrica socialista nada tiene que envidiar, en cuanto a perfección técnica y administrativa, a esas maravillas de la industria estadounidense» y que «toda la perfección industrial del capitalismo se la ha asimilado el primer Estado socialista».[3] Por ese camino, terminará en la loa a la planificación regida por el Consejo Supremo de Economía de la URSS, «regulador nacional de la producción, guardián celoso de las necesidades del pueblo, de cuánto hay que producir y de qué hay que producir».[4] Sin saberlo, Mella repetía la misma idea que garantizó por décadas dos victorias esenciales para el imaginario capitalista: a) que la organización económica, «racional, científica y eficiente», del capitalismo es un instrumento técnico al servicio de la economía, y no el expediente de la normalización reproducida cotidianamente por el orden de poder capitalista, y b) la tesis de la planificación como «celosa guardiana» de las necesidades del pueblo, que deviene, en ausencia de participación popular, planificación burocrática y garantía del poder burocrático. Aún cuando, en la estela marxiana, Mella produjo análisis más complejos que otros autores de su tiempo sobre las clases medias y el campesinado —más allá de la falsa dicotomía entre «burgueses contra proletarios»—, redujo toda la diversidad social a una estrecha comprensión clasista. Mella visitó la Unión Soviética en 1927, cuando esta vivía ya intensas contradicciones, y graves tragedias, y terminó escribiendo un panegírico culpable de leso candor, como si no hubiese tenido noticias allí más que de un mundo feliz. Tómese en cuenta, solo por el ejemplo, este párrafo: «En la URSS un centenar de nacionalidades libertadas del yugo zarista entran en el pleno desarrollo de todas sus facultades artísticas, a la par que de las económicas y políticas y nos enseñan la contribución que el genio nacional de esos pueblos aporta a la futura y heterogénea civilización internacional socialista».[5] Pero el líder revolucionario cubano murió asesinado por Gerardo Machado sin cumplir los 26 años de vida y apenas pudo dejar, en muchos casos, las intuiciones geniales de quien con bastante probabilidad hubiese alcanzado una síntesis entre José Martí y Antonio Gramsci, entre Rosa Luxemburgo y Augusto César Sandino. Por esto, es importante leer a Mella: para comprender muchas de las «enfermedades infantiles», incluso de lo más avanzado del primer marxismo latinoamericano.

III

Julio Antonio Mella comprendió lo esencial del marxismo: «la emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos». Este es su desideratum: encontrar en la autonomía de la persona, y en la independencia de la organización revolucionaria, el recurso de la libertad. «Si lo producís todo, producid en fin, vuestra liberación y la de todos los oprimidos».[6] Es esencial comprender las magnitud de este aserto de Mella: la tradición preponderante en el socialismo existente hasta hoy ha sido la del «socialismo desde arriba», con el culto permanente al Estado y con la presencia omnisciente de las figuras esclarecidas, y los grandes líderes conductores de masas —lo que fue camuflado por el marxismo soviético con los rótulos del «Estado Popular» y el «papel de la personalidad en la historia». Mella combate la realidad de enajenación política que representa el Estado, en el sentido que tiene en la obra de Marx —estrictamente contrario a la forma en que lo comprendió el Socialismo de Estado— cuando afirma: «¿El Estado? Solamente esos “ciegos” que no pueden ver lo que no les conviene pueden afirmar su libertad, su imparcialidad en la gran guerra social».[7] El joven líder revolucionario comprende que el desarrollo del movimiento socialista, como el «movimiento mismo» de los trabajadores, en paráfrasis de Rosa Luxemburgo, exige al menos tres condiciones: un partido que viabiliza y coordina la lucha, pero que no la «dirige» como una entidad «superior» del movimiento; un aparato estatal que reconozca la asociatividad obrera resultante de la lucha; y el desarrollo expansivo, por independiente, del movimiento socialista. A este socialismo «desde abajo», único factible para sostener la libertad como trama continuada, le es imprescindible defender, siempre, lo que afirma Mella: «proclamar nuestra absoluta independencia de los valores consagrados, de las normas fosilizadas que dan la patente de “revolucionario”, de los maestros que se han atribuido en este siglo veinte, la vanidosa pretensión de ser pastores cuando ya nadie quiere ser rebaño».[8] «En los momentos presentes, quizás mejor que en cualquier otra ocasión, los oprimidos se dan cuenta exacta de esta verdad. Ya están comprendiendo que su emancipación solo podrá ser obra de ellos mismos. No más caudillismo, ora sea militar, civil o intelectual». […]. La masa explotada no se va a liberar ni por las espadas providenciales, ni por los licenciados eruditos, ni por los falsos intelectuales que se dicen profetas…».[9] Mella restituye hoy una pregunta esencial del marxismo: el para quién es la revolución, para quién es el socialismo: entiende que no se trata de liberar a unos para oprimir a otros, sino de liberar a unos como condición para liberar a los demás: a los trabajadores, a los excluidos del trabajo, a los empleados precarios, a los trabajadores informales, pero, en general, para encarar no solo las diferencias producidas por el lugar ocupado en el trabajo, sino todas las diferencias — las desigualdades— producidas por la explotación. Mella recuerda que el marxismo es una filosofía de la justicia: no trata sobre la pobreza, sino sobre las causas de generación de las condiciones de la pobreza: la ausencia de posibilidad de intervenir sobre ellas; como es por igual una filosofía de la libertad: no trata sobre seres más o menos pobres, ni más o menos ricos, sino sobre hombres y mujeres más libres. Por ello, es conveniente leer a Mella: para conservar su vigencia como pensador antimperialista, pero también para estudiarlo como un pensador de la democracia socialista.

IV

La comprensión de Mella sobre el antimperialismo es un núcleo duro de sus hallazgos, pero, en comparación, permanece yacente su pensamiento sobre la práctica democrática de la construcción socialista. Mella apenas usó la expresión «dictadura del proletariado». En ocasiones empleó el término muy contradictorio ideado por Lenin: «dictadura democrática de obreros y campesinos». Mella parece haber preferido la expresión «democracia proletaria», cuyo énfasis en la democracia antes que en la dictadura es evidente. La cuestión de fondo aquí consagrada es esencial: no hay en el marxismo una línea que defienda privar de derechos políticos a las fracciones revolucionarias en pugna —como ni siquiera la hay, en rigor, contra los derechos democráticos de la burguesía: la hegemonía revolucionaria debe resolverse, siempre, en la correlación de fuerzas a través de la construcción política. El diálogo de Mella con el liberalismo democrático es singular: está lejos de condenarlo en masa, y lo califica para distinguir sus usos políticos. En su etapa universitaria, describe al estudiantado de avanzada como «el elemento sano, joven vigoroso y liberal»[10], cuestiona a los «liberales utopistas» que creen en la posibilidad de la libertad en la sociedad actual, pero en abril de 1928, en plena madurez de su pensamiento, se refiere a la subversión que prepara como «necesaria revolución, democrática, liberal y nacionalista»[11]. El programa de la Asociación de Nuevos Emigrados Revolucionarios Cubanos (ANERC), organización fundada por los marxistas revolucionarios cubanos en el exilio mexicano y dirigida por Mella, es explícito en su ideario democrático: «abolición del régimen militar despótico hoy existente, y organización de la vida política sobre bases democráticas, garantías para el ejercicio de los derechos de reunión, asociación y libre emisión del pensamiento de palabra y escrito a todos los ciudadanos, sin distinción de clase social, ni credo; abolición de la pena de muerte, reforma del Código Electoral, que facilitase la reorganización de los partidos y la formación de otros nuevos, reforma democrática de la Constitución».[12] En su glosa sobre Martí, Mella explaya su concepción: «¿Qué hubiera dicho y hecho [Martí] ante el avance del imperialismo, ante el control de la vida política y económica por el imperialismo, ante las maniobras de este entre los nacionales, para salvaguardar sus intereses? Hubiera tenido que repetir su segunda estrofa sobre el error, ponerla en práctica: “no hay democracia política donde no hay justicia económica”, hubiera tenido que afirmar».[13] Mella comprende la conquista de un consenso social a favor de las prácticas del socialismo como un proceso que afirma paso a paso en los hechos el contenido de su promesa: «En política y en economía también como “dentro del cascarón de la sociedad actual se va formando la nueva”. Las cooperativas, los sindicatos, los partidos obreros, las escuelas proletarias, los editoriales revolucionarios, etc., son una demostración de la futura democracia proletaria».[14] O sea, deben serlo. Por ello es importante leer a Mella, para rearmar la teoría del socialismo con la necesidad de la «democracia sin fin», esto es, con la democratización permanente de la democracia.

V

Cuando Mella afirma, con Bakunin y con Marx, que la emancipación de los trabajadores ha de ser obra de sí mismos, entra en conflicto con el marxismo institucionalizado en su época. De esa tesis se desprende la necesidad de la independencia de la organización revolucionaria. Mella fue uno de los dirigentes principales del Partido Comunista de México (PCM) y, enfrentado al ala derecha de ese partido, fue denunciado como joven irresoluto y traidor en materia ideológica —o sea, acusado de trotskista. Sin ser seguidor abierto de Trostky, sostuvo dos grandes focos de tensiones con el PCM: el primero de ellos, alrededor de la cuestión obrera y sindical, y, el segundo, sobre su proyecto de preparar una insurrección armada que desembarcase en Cuba para la lucha armada revolucionaria contra Machado. Junto a Diego Rivera, defendió una política obrera frente al sindicalismo corrupto y entregado de la Confederación Regional Obrera Mexicana (CROM) que conseguiría de momento triunfar: obtienen de la Internacional Comunista la autorización para el nacimiento de la Confederación Sindical Unitaria de México, auténtica victoria de las bases revolucionarias obreras contra el sindicalismo «amarillo» hegemonizado por Luis N. Morones —a quien el decir popular llamaba Luis «Millones», por su vida de «líder proletario» millonario. No obstante, poco después Mella sería acusado por la derecha del PCM, que pidió su expulsión, del «crimen de trabajar contra la línea del partido» y fue destituido de su puesto en la dirección de ese partido. En esa atmósfera, el PCM negó todo apoyo a la insurrección en Cuba, en el contexto de una política soviética de no fomentar sublevaciones en el patio trasero de los Estados Unidos. Mella suspendió toda colaboración con el Partido y prosiguió con su proyecto, en contra, otra vez, de la teoría tenida por revolucionaria y de la política de la sacrosanta Internacional. En los cientos de páginas escritas por Mella no hay una sola mención a Stalin. Conocía por su viaje a la URSS, y por Andreu Nin durante su estancia en Moscú, y así de primera mano, sobre el conflicto entre Stalin y Trotsky y de los enfoques de la Oposición de Izquierda —que, dentro del bolchevismo y la defensa de la URSS, combatía la política de Stalin. Mella desmintió de modo oficial seguir sus tesis y negó afiliación alguna al trotskismo. Pero la acusación de serlo lo perseguiría tenazmente. Sin embargo, no hace falta rumiar sus textos para reivindicar sus avenencias con el fundador del Ejército Rojo, más allá de las menciones admirativas que le dedica siempre y los guiños a obras de Trostky aparecidos en varios de sus trabajos, pues esa admiración por Trotsky es la que siente, acrecentada, por Lenin: es la militancia en el marxismo revolucionario. De hecho, Mella criticaba con lucidez las deformaciones. Cuando Haya de la Torre intenta un juego malabar: «la emancipación de los latinoamericanos ha de ser obra de los latinoamericanos mismos», el líder cubano comprende que esta parodia cambia el sentido del ideal revolucionario y restituye el sentido: se trata de la emancipación de las naciones y de las personas: de los sujetos oprimidos y de las nacionalidades oprimidas.[15] Ante el colaboracionismo, estrategia y táctica del movimiento sindical mexicano organizado en la CROM, cuya filosofía cabe sintetizar en esta frase de Vicente Lombardo Toledano: «el movimiento obrero debe penetrar hasta en aquellas organizaciones que son instrumentos del capital para conquistar sus mejoras», Mella formula una pregunta que conserva toda vigencia: «¿Quién utiliza a quién?»,[16] para dilucidar el gran dilema de cómo deben relacionarse las organizaciones revolucionarias con el aparato institucional del sistema burgués. El debate sobre este punto alcanza posiciones extremas: desde la solución de desconexión hasta la de integración respecto al stablishment. La postura de Mella parece, en principio, prudente. «Nosotros somos partidarios de trabajar en las organizaciones susceptibles de revolucionarse, en todos los organismos que cuentan con masa obrera y campesina o elementos revolucionarios».[17] Mella recuerda que la estrategia revolucionaria pone condiciones, no férreos límites, que sirve al desarrollo de la práctica y no a la conservación de la «pureza» de la ideología, ese pretexto autoritario. El problema es más grave si el entorno político ofrece ventajas al movimiento sindical, como sucede con el tipo de gobiernos llamados «progresistas», que integran al sistema capitalista las demandas de clase y consiguen con ello desmovilizar las luchas obreras y confundir su perfil. La independencia de clase de la organización es el antídoto de Mella contra el desarme, por cooptación, del movimiento obrero, pero no ha de ser entendido como «sectarismo» de clase. De hecho, Mella se enfrentó a la política de «clase contra clase», preconizada por la Internacional Comunista e imaginó alianzas políticas claves para conseguir éxito en las condiciones del entramado social cubano: «Los comunistas de Cuba, sin fusionarse con el Partido Nacionalista [integrante de la oposición burguesa al dictador Machado], guardando la independencia del movimiento proletario[,] lo apoyarían en una lucha revolucionaria por la emancipación nacional verdadera, si tal lucha se lleva a cabo».[18] Mella no pierde la guía: lo que no se puede hacer es dejar a «la clase obrera aislada o entregada a las otras clases para [que] cuando las condiciones cambien —como ahora está sucediendo en México —, se encuentre huérfana y sin dirección».[19] Por ello, es necesario leer a Mella: para comprender que sin independencia política del Estado, y del sistema institucional, el movimiento socialista se convierte en el mendigo del Rey, sea el rey Sol o el Rey ciudadano.

VI

Mella aporta al marxismo clásico una fortaleza primordial para impugnar el eurocentrismo desde el cual se difundió en las primeras décadas del siglo xx y para permitirle comprender el mundo emergente de la dominación colonial: la idea y la práctica del nacionalismo revolucionario. En época de Mella, aún no se conocían en América Latina todos los textos de Marx sobre Rusia, la India e Irlanda, o de Lenin al abordar el Oriente, que años después permitirían una lectura sobre la interdependencia entre capitalismo y colonialismo y sobre la historia de las formaciones sociales no centrada en el Occidente capitalista como único instrumento del devenir civilizatorio. En tiempos de Mella los obreros «no tenían patria». La patria socialista de los trabajadores, o era el mundo, o era una invención burguesa. Según Mella, esta política se justificaba «por el hecho de que el socialismo es internacionalista y los obreros no tienen por qué luchar por la independencia de su país, sino de su clase nada más. Olvidan que para que la clase obrera se independice hay primero que emanciparse como nación».[20] Mella es quien primero se lanza en Cuba con gran densidad histórica y eficacia política en la reconstrucción, y la recuperación del concepto de patria, dicho con más exactitud del concepto de nación, para el socialismo, cuando para muchos Cuba era un país cuya primera aspiración era convertirse precisamente en nación. Mella recupera la tradición patriótica de las luchas por la independencia nacional del siglo xix y la fusiona con el ideal de la liberación social, en clave de la emancipación de la dominación clasista. Por ello, su lectura sobre Martí es tan original como beligerante: el proyecto no es sustituir «al rico extranjero por el rico nacional».[21] Mella afirma: «Toda Cuba es hoy un Baire. Más, para que el próximo “grito” no pueda ser traicionado, para que sea uno verdaderamente popular y democrático le añadimos el complemento de “Para los trabajadores”. Ya no será ¡Cuba Libre…! para los nuevos tiranos sino para los trabajadores. Quien se diga demócrata, progresista, revolucionario en el verdadero sentido que la respeta: ¡Cuba Libre, para los trabajadores! Esta es la única manera de aplicar los principios del Partido Revolucionario [Cubano, de José Martí] de 1895 a 1928».[22] Con esto, Mella alcanza comprensiones que servirán de base ideológica a las dos revoluciones sociales que Cuba experimentará después de su muerte: la de 1930 y la 1959: «La causa del proletariado es la causa nacional» y «solo la nueva revolución podrá liberar [a Cuba] del colonialismo».[23] Por ello es necesario leer a Mella: por ser un pensador anticolonial, es precursor de los debates de hoy sobre las nacionalidades oprimidas como sujetos de cambio político; por ser un pensador socialista, alcanza la síntesis que explica como cada elemento ha dejado de ser lo que era: el nacionalismo se comunica con el internacionalismo y la patria y la nación dejan de ser un proyecto oligárquico y blanco para convertirse en un proyecto popular y mestizo.

VII

Mella dirigió, desde el movimiento estudiantil, la reforma universitaria en Cuba a partir de 1922 y comprendió que su avance efectivo estaba ligado al devenir de una revolución social. Pasado el primer momento reformista, con reivindicaciones enfocadas hacia el ámbito universitario en particular, Mella afirma: «Lo que caracteriza la Revolución Universitaria es su afán de ser un movimiento social, de compenetrarse con el alma y necesidades de los oprimidos, de salir del lado de la reacción, pasar “la tierra de nadie”, y formar, valiente y noblemente, en las filas de la revolución social, en la vanguardia del proletariado».[24] Su pensamiento sobre la educación tiene una fijación: el monopolio de la cultura usurpa la posibilidad democrática, como su táctica sobre la revolución tiene otra obsesión: impedir que los contenidos de la revolución puedan aislarse unos de otros. Si se aíslan, como cepas de virus, son combatidos con minuciosidad. Si la reforma universitaria no transita hacia la revolución social, termina obteniendo, acaso, algunas ventajas corporativas sin alcanzar lo esencial que buscaba, si la revolución social no pasa por la reforma universitaria, la cultura se incomunica con el futuro. Mella piensa la organización escolar como una dimensión de la democracia y considera imprescindible: a) democratizar el acceso a la escuela, razón desde la cual crea la Universidad Popular José Martí, b) someter la organización escolar a las reglas del funcionamiento democrático que se aspira para la vida del conjunto social, y c) comprender que «la emancipación definitiva de la cultura y de sus instituciones no podrá hacerse sino conjuntamente con la emancipación de los esclavos de la producción moderna»[25], o sea, conjuntamente con la instauración del régimen del trabajo libre. Aquí hay un método para encarar políticas del presente. Mella seguía la costumbre de su época —lo sigue siendo de la nuestra— de valerse de atributos femeninos, como por igual de veladas referencias denigrantes hacia la homosexualidad, cuando polemizaba y buscaba calificar en negativo. Quien quiera reivindicar la dignidad de las diferencias, no encontrará siempre en él a un defensor, pero sí puede percibir una estrategia: la articulación entre las luchas y el flujo entre sus contenidos. Por ello, leer a Mella aporta una clave para enfocar un punto esencial de hoy: el socialismo, sin políticas hacia las diferencias, carece de estrategia para entenderse con la sociedad, pero las políticas de la diferencia, sino se encuentran con el socialismo, carecen de horizonte.

VIII

Mella combatió, hasta costarle la vida, contra el sistema, pero también se alzó contra las dominaciones cotidianas —contra el poder del profesor en el sistema escolar, contra su propio padre por pagar salarios bajos a sus empleados—, como vivió también la rebeldía respecto a su propia militancia en organizaciones revolucionarias. Fue uno de los fundadores del Directorio de la Federación de Estudiantes de la Universidad de la Habana, después ocupó su presidencia y a poco se vio forzado a renunciar, acusado de autoritarismo, porque su radicalización y su creciente inmersión en el mundo del sindicalismo revolucionario, encontró fuerte resistencia en el movimiento estudiantil. Por otra parte, fue uno de los fundadores del primer Partido Comunista de Cuba, y apenas unos meses después de su creación fue separado de él por protagonizar una huelga de hambre de 19 días, que lo llevó al borde de la muerte, sacudió al país, y alcanzó al continente, por la irresponsabilidad de sus actos «individualistas», «inconsultos» y carentes de «solidaridad clasista», según la calificación de su Partido. En ambos casos, Mella supo conservar la dignidad en la derrota. El joven líder consiguió, lejos de negar tres veces su nombre, emerger de esas batallas con las fuerzas de la consecuencia: entender que la disciplina no es sumisión y ser capaz de negociar desde principios sin olvidar que la política es cuestión de millones, como aprendió de Lenin. El revolucionario lo es también frente a las formas de la organización revolucionaria —por ello reconstruye el concepto de disciplina como lealtad—, el revolucionario «negocia» con la realidad, porque comprende el triunfo como la dialéctica entre la construcción de hegemonía y la captura del momento revolucionario: «Lo importante —decía Mella— no es pensar que vamos a realizar la revolución dentro de unos minutos, sino si estamos capacitados para aprovechar el momento histórico cuando éste fatalmente llegue. No es una lotería la revolución: es un pago a plazo fijo aunque ignorado el día exacto. Los rusos bolchevistas (sic), los cubanos del pasado siglo no tenían ninguna organización de masas actuando diariamente. Pero sí las células magníficas de los revolucionarios del momento oportuno».[26] Por eso, es útil leer a Mella: porque se aleja de la tradición blanquista, y de la cultura política del jacobinismo, como grupo conspirador o vanguardia iluminada que hace la revolución y después la distribuye como legado sagrado al pueblo, sino que entiende tanto la necesidad de la acumulación política como la de explotar de modo radical el momento de posibilidad revolucionaria.

IX

Mella comprendió bien la relación entre imperialismo y capitalismo. Usaba la expresión «imperialismo capitalista», para definir el proceso: el imperialismo no califica como un epifenómeno, un hecho secundario que continúa al principal sin influir sobre él, sino de una nueva fase del capitalismo, a la manera de Lenin. Por ello ambos términos son necesarios para explicar cada uno. Así, entrevió con lucidez la subordinación del desarrollo del capitalismo en Cuba al desarrollo del imperialismo en América Latina. Mella afirma: «En toda la América sucede igual. No se sostiene un gobierno sin la voluntad de los Estados Unidos, ya que el apoyo del oro yanqui es más sólido que el voto del pueblo respectivo. Hoy los pueblos no son nada, ya que la sociedad está hecha para ser gobernada por el dólar y no por el ciudadano. Hay que hacer la revolución de los ciudadanos, de los pueblos, contra el dólar»,[27] con palabras de gran resonancia en el discurso latinoamericano contemporáneo, que reivindica la necesidad de revoluciones ciudadanas, enfrentadas a la abolición de la política como cosa pública, a favor de su ejercicio privado —destructivo de la posibilidad de la libertad como hecho individual, social y nacional— a manos de los grandes intereses trasnacionales —o locales trasnacionalizados. Mella localizó los «males de Cuba en la estructura económica» y en la dependencia fatal de «una sola gran industria monopolizada por el capitalismo extranjero».[28] En consecuencia, el programa de Mella, a través de la ANERC, busca diversificar la propiedad y la producción: «el reparto de tierras a los campesinos pobres y a los colonos arruinados con el fin de crear una economía agrícola independiente y nacional».[29] Con este objetivo, patrocinaría «la cooperación en la producción, en la utilización de la maquinaria agrícola y en la venta de los productos» y la creación de un Banco Nacional de Refacción Agrícola, bajo el control de las mismas organizaciones campesinas. En todo momento, Mella refuerza la necesidad del control de los trabajadores sobre el proceso productivo: «participación directa y efectiva de las organizaciones de colonos y obreros en los organismos encargados de regular la producción de azúcar, con el fin de que las medidas que se tomen no se realicen, como ahora, solamente en favor de los grandes intereses azucareros a costa de los intereses del proletariado y del semi-proletariado»,[30] y promueve una legislación adecuada para la formación de una verdadera industria y comercio nacional independiente, a la vez que reclama revisar el Tratado Comercial con los Estados Unidos. La denuncia del imperialismo alcanza así al capitalismo y a la crítica de su visión civilizatoria. Mella se opuso con firmeza a la pena de muerte: «levantemos nuestro grito de protesta ante el terror que se inicia, ante la inútil severidad, ante el crimen cometido en nombre de la ley arcaica y contra los principios de la ciencia nueva».[31] Enfrentó con terquedad la discriminación racial y afirmó el lugar del negro en la sociedad y la historia cubanas, así como prefiguró algunas de las problemáticas que llegaron hasta nuestros días bajo el rótulo del «Quinto Centenario», en lo que respecta al papel de la explotación del indígena en el desarrollo del capitalismo y en lo que alude a la responsabilidad histórica de España con la colonización de América. Mella pensó que la revolución tecnológica por sí misma traería mayores posibilidades para la revolución social —sin analizar de modo más complejo cómo puede servir también para alejarla, como ha sucedido en el mundo capitalista occidental después de la Revolución francesa—, pero con ese criterio también escapa del sostenido desdén, proveniente de una vasta ignorancia y de la regimentación del saber, que mantuvieron muchas izquierdas hacia los desarrollos técnicos de su época. Quería con ello poner al socialismo en el curso de la revolución tecnológica y no a remolque de ella, sabiendo que el socialismo no puede ser la imagen del hombre ignorante del campo que mira embelesado el desarrollo, ajeno e incomprensible, de los seres mitológicos de la ciudad-civilización-capitalismo. Al mismo tiempo, defiende una política socialista del deporte que se opone al criterio de la competición mercantil como aniquilamiento físico del deportista mientras hace culto falsario a la salud del atleta. Por eso es importante leer a Mella, para situar el dominio imperialista en el campo más general, cultural, de la dominación capitalista y entender el mapa de su funcionamiento, y para recolocar los términos de «civilización y barbarie». En contra de la tradición que asocia Occidente y el capitalismo modernizador con la civilización, y a la barbarie con la tradición originaria del continente, Mella afirma que la civilización es el socialismo y su derrota es el triunfo de la barbarie capitalista: «El trabajador comprende cada vez más que entre él y la naturaleza hay un intruso que es preciso quitar de en medio: el capitalista»,[32] escribe con un eco profundo de la estela dejada por José Martí sobre el tema.

X

Durante mucho tiempo, la responsabilidad por la muerte de Mella se le ha adjudicado al stalinismo en la figura de Vittorio Vidali, presentado por unos como héroe romántico —el célebre comandante Carlos Contreras en la lucha por la República española—, y por otros como asesino grotesco, implicado, entre otras, en las muertes de Trostky y de Andreu Nin. Según se afirma, Vidali le espetó un día a Mella, fuera de sí: «No lo olvides nunca: de la Internacional se sale de dos maneras, ¡o expulsado o muerto!». Los historiadores Adys Cupull, Froilán González, Rolando Rodríguez, y Cristine Hatzky han aportado las pruebas definitivas sobre el asesinato de Mella. Ellos brindan información exhaustiva sobre la trama implementada por Machado para ejecutarlo después de contratar para el empeño al cubano José Magriñat y tras desembarazarse de varios políticos que, aun en el seno del Machadato, se habían opuesto sucesivamente a negociar la extradición de Mella hacia Cuba, luego a pretender comprarlo por soborno y más aún a asesinarle. Los testigos cubanos de la determinación de Machado de matar a Mella contaron sobre su fría e inflexible resolución para acabar con la vida del líder y acerca de todo el proceso que llevó al desenlace fatal. Sin embargo, ambas versiones explican mejor la vida de Mella que su muerte: lo explican todo sobre su carácter revolucionario. Enemigo de los déspotas de las oligarquías, de los tiranos del capitalismo, y de los fanáticos sepultureros de las revoluciones. Fue asesinado por Machado, pero fue el hijo nunca aceptado por el comunismo soviético. Julio Antonio Mella personifica la imagen del revolucionario verdadero: de quien se ve obligado a ser un rebelde, en palabras de Fernando Martínez Heredia, para poder ser un revolucionario. Pueden citarse muchos errores en su vida, pero es muy difícil encontrar una opción suya que no se situase siempre a la izquierda del espectro tenido por revolucionario. Ser rebelde es la única forma de ser revolucionario. El revolucionario, por serlo, es un hijo bastardo de la cultura oficial de su época, sus ideas son advenedizas para la teoría aceptada, sus tomas de posición resultan siempre incómodas para las burocracias que se proclaman e incluso se imaginan como revolucionarias. Mella fue el hijo «bastardo» que aspiró a un socialismo que, aunque parezca un imposible después de la historia del siglo xx, todavía puede y debe anunciar «con todos y para el bien de todos» como la buena nueva de su triunfo. Su pensamiento nutrió la imaginación de la única revolución socialista triunfante en Occidente, la Revolución cubana de 1959, cuando esta debió ser muy rebelde respecto a la cultura oficial de su tiempo para poder ser una Revolución. Pero Mella no sirve solo para legitimar un pasado glorioso, su pensamiento —y sobre todo su actitud— ha de acompañar la zozobra de los experimentos necesarios a las revoluciones del futuro: estas no lo serán sin hacer naturaleza plena la rebeldía. Por eso, es imprescindible leer a Julio Antonio Mella: por lo mucho que debe andar en América todavía.

La Habana, mayo de 2009

* Introducción a Julio Antonio Mella. Textos escogidos, antología en proceso de edición por Ocean Sur, con selección y prólogo de Julio César Guanche.

Notas

[1] «El grito de los mártires». Todos los textos citados pertenecen a Julio Antonio Mella.
[2] «Cuadros de la Unión Soviética».
[3] Idem.
[4] Idem.
[5] Idem.
[6] «Mensaje a los compañeros de la Universidad Popular».
[7] «Los estudiantes y la lucha social».
[8] «Nueva ruta a los estudiantes».
[9] Idem.
[10] «Función social de la universidad».
[11] «¿Hacia dónde va Cuba?».
[12] «Nuestro proyecto de programa para unificar al pueblo cubano a una acción inmediata por la restauración de la democracia».
[13] « Glosas al pensamiento de José Martí».
[14] « Los estudiantes y la lucha social».
[15] «¿Qué es el ARPA?».
[16] « Cómo interpreta el laborismo la lucha antiimperialista».
[17] Idem.
[18] «¿Qué es el ARPA?».
[19] A este propósito, Mella también agrega: «El obrero se hace ilusiones creyendo que va a emanciparse dentro de la sociedad capitalista, sin violencias, sin gobierno obrero y campesino, sin socialismo, sin llegar nunca al Comunismo.” «El capitalismo obrero como formula de salvación».
[20] « La V Conferencia Obrera Panamericana».
[21] «Los nuevos libertadores».
[22] « El por qué de nuestro nombre».
[23] «Los nuevos libertadores» y «¿Hacia dónde va Cuba?».
[24] «Los estudiantes y la lucha social».
[25] « El concepto socialista de la reforma universitaria».
[26] «Carta a Sarah Pascual»
[27] «Cuba: un pueblo que jamás ha sido libre».
[28] «Nuestro proyecto de programa para unificar al pueblo cubano a una acción inmediata por la restauración de la democracia».
[29] Idem.
[30] Idem.
[31] «Los prejuicios del siglo bárbaro. La pena de muerte y los crímenes oficiales».
[32] « El dominio del aire»

Julio Antonio Mella, el revolucionario


Nacido en La Habana l 25 de marzo de 1903, participó activamente en el proceso de Reforma Universitaria a escala latinoamericana. Mella fue uno de los dirigentes políticos más importantes surgido de aquel movimiento que planteó la unidad latinoamericana y la alianza obrera—campesina—estudiantil.

Raúl Roa cuenta que estudiaba tercer año de bachillerato cuando la rebelión estudiantil inflamó la colina universitaria (...) nos impresionó un orador de verbo impetuoso, apostura varonil y además desafiante. Era Julio Antonio Mella. Varios días después, la juventud universitaria se rebelaría en masa con el inquebrantable propósito de convertir la Universidad en un taller de cultura” (1)

El movimiento estudiantil cubano se planteó no sólo reformas de carácter académico sino también un comienzo de relación con el movimiento obrero, muy influenciado en aquel entonces por el anarquismo. También quería proyectarse al ámbito latinoamericano, recogiendo el legado antiimperialista de José Martí.

Mella logró que Alfredo López, uno de los principales dirigentes sindicales cubanos, respaldara el proyecto de Universidad Popular, donde se dictaron cursos sobre El fracaso del sistema político, el peligro del capitalismo yanqui, legislación Obrera, historia de Cuba y clases para analfabetos. Numerosos trabajadores comenzaron a participar en los cursos, estrechando lazos con los estudiantes de vanguardia. En los Estatutos se establecía que “una comisión integrada por Estudiantes, elegidos por la Federación de Estudiantes de la Universidad de La Habana, y por igual numero de los que acuden aprender, designados en asamblea, regirá la Universidad popular José Martí”.

En 1525, Mella junto a Carlos Machado y otros fundó el Partido Comunista. El dictador Machado no sólo le impidió recibirse de doctor en leyes sino que también lo envió a la cárcel por sus ideas políticas. El 5 de diciembre de 1925 Mella se declaró en huelga de hambre durante 17 días. Fue desterrado a Honduras, donde los agentes de la United Fruit Company lo obligaron marchar a Guatemala. Allí alcanz6 a echar las bases de otra Sección de la liga Antiimperialista de las Américas. El gobierno hondureño lo expulsó a México el 19 de febrero de 1926. De inmediato se incorpor6 a la sección mexicana de la Liga Antiimperialista y al Partido Comunista de ese país.

En junio de ese mismo año estaba en las calles protestando por la condena a la silla eléctrica de los anarquistas Sacco y Vanzetti, acusados de subversivos por el gobierno norteamericano. Nuevamente fue encarcelado junto a otros miembros de la Liga Pro—luchadores. Perseguidos, de la cual era miembro. Cuando logró ser liberado continuó actuando en la Confederación Sindical Unitaria, recorriendo los campos y las minas de México. La actuación de Mella fue tan destacada que la Liga Nacional Campesina adoptó el acuerdo de elegirlo corno su representante al Congreso Antiimperialista de Bruselas. En este Congreso criticó la posición reformista del peruano Haya de la Torre, fundador del APRA. luego participó en el IV Congreso de la Internacional Sindical Rojas, informando sobre las luchas de los trabajadores cubanos.

De regreso a México, participó en 1928 en un acto antifascista en el comité de apoyo a Sandino.

10 de enero de 1929 fue baleado por dos pistoleros a sueldo del dictador cubano Machado.

Desde sus primeros escritos denunció la Enmienda Platt, que convirtió a Cuba en una cuasi colonia yanqui desde 1902. Al respecto, Mella decía.: “No es de ahora que el capitalismo yanqui desea Poseer esta isla, sino desde hace más de un siglo (...)No es solamente imponiendo la enmienda Platt que los Estados Unidos han intervenido en Cuba”. (2)

Mella puso de relieve la capacidad de Martí para luchar no sólo por la liberación de su país sino de América Latina. Por eso destacaba el sentir 1atinoamericanista, es decir, su internacionalismo, reactualizando este concepto al sostener que los verdaderos internacionalistas son los socialistas revolucionarios.

Su pensamiento latinoamericanista se puso una vez más de manifiesto al luchar por la recuperación para Cuba de la Isla de Pinos, ocupada por los norteamericanos: “Hemos recuperado la isla de Pinos porque es nuestra; ¿por qué Estados Unidos no da libertad a Puerto Rico y a Filipinas, que luchó tanto como nosotros por su independencia? ¿Por qué no devuelve los estados robados a México y Panamá” (3)

Basado en la especificidad de nuestro continente, Mella estimaba que la Cuestión Nacional debía considerar no s6lo la opresión del imperialismo sino también el problema indígena y negro. A raíz de una agresión de racistas blancos contra negros cubanos en un parque publico, escribió en marzo de 1925 un articulo titulado: “¿Los cazadores de negros resucitan en Santa Clara?”: “Negros paseando por el extremo del Parque y los blancos por el centro?(...) Nadie tiene el deber de estar acompañado de quien no quiere, pero todos los hombres tienen derecho a los parques, paseos y demás lugares públicos, corno el aire. ¿El régimen egoísta de la propiedad privada va a caer sobre los sitios de recreo común y sobre los elementos de la naturaleza?” (4)

En una entrevista que le hizo el periodista mexicano Ernesto Robles, sobre la cuestión negra, Mella respondió: Ese es otro de los problemas de Cuba (...) encuentran grandes obstáculos en la vida política y en las instituciones educacionales” (5)

Si bien es cierto que Mella fue un Consecuente luchador contra la discriminaci6n racial, no alcanzó a profundizar en ninguno de sus escritos la cuestión negra, fenómeno social clave para un país como Cuba. No sabemos si compartía las posiciones de los delegados cubanos a la Conferencia de los Partidos Comunistas Latinoamericanos (1929), que reducían el problema a la mera integración igualitaria de los obreros negros y blancos, a los sindicatos. Pocos meses antes de esa Conferencia fue asesinado por los agentes de Machado.

En una sociedad tan machista como la cubana, Mella se atrevió a plantear algunos problemas relacionados con la opresión que sufría la mujer. En uno de sus artículos sostenía que la mujer y el niño son “los dos seres más explotados dentro de la clase más explotada en la sociedad capitalista” (6)

Comentando el nuevo Código Civil de México, Mella señala: “Tanto la mujer como el hombre están obligados en el matrimonio a contribuir para los gastos y a ayudarse mutuamente. Ambos tendrán la misma autoridad en el hogar (...) la administración de 1os bienes puede hacerse por separado, teniendo ambas partes iguales derechos civiles sobre ellos. Queda en pie el matrimonio (todavía existe la propiedad privada y el Código trata de reforzarla en cierto sentido con el patrimonio de la familia), pero con nuevas bases (...) Los diecisiete motivos de divorcio que se establecen hacen que el matrimonio debe de ser un vinculo eterno, hallando solución en consecuencia los clásicos matrimonios forzados y convencionales de la sociedad burguesa” (7)

Esta preocupación de Mella por los derechos de la mujer muestra tanto su sentir igualitario como su sensibilidad para percibir la importancia del movimiento feminista que comenzaba a expresarse en su país en 1923 a través del Club femenino de Cuba.

Mella hizo interesantes apreciaciones sobre el papel de los estudiantes en la lucha social era un tema que no sólo le apasionaba a él, sino a toda la izquierda y a los movimientos antiimperialistas de la década de 1920. En uno de sus escritos manifestaba: “el estudiante se ha lanzado a la lucha social: a la lucha revolucionaria.

Desde 1918 en la Córdoba argentina, hasta 1925 en La Habana antillana y yanquizada, pasando por Chile y Perú, la juventud universitaria ha venido luchando en un movimiento denominado Reforma o Revolución universitaria. Este movimiento tiene un carácter continental (...) Lo que caracteriza a la Revolución Universitaria es su afán de ser un movimiento social, de compenetrarse con el alma y necesidades de los oprimidos, de salir del lado de la reacción, pasar a la ‘tierra de nadie’, y formar, valiente y noblemente en las filas de la revolución social en la vanguardia del proletariado. Sin esta guía, no hay revolución universitaria’ (8)

La apreciación políticos de Mella sobre el significado continental de la reforma Universitaria, a partir de 1918, era correcta, al igual que su afirmación acerca del papel que debería jugar el estudiantado, ligado a la clase trabajadora. Pero su artículo trasuntaba una cierta idealización del estudiantado en general, al no aclarar que una cosa son los estudiantes en. su conjunto y otra la vanguardia del movimiento estudiantil.

Asimismo, Molla escribió una serle de artículos sobre el papel de las capas medias, aparecidos en “El Machete” de noviembre diciembre do 1928 un mes antes de su prematura muerte a los 25

años. A pesar de que Mella no hizo una clara diferenciación entre la pequeña burguesía propietaria de algún medio de producción y distribución— y las capas medias asalariadas, que sólo tienen su fuerza de trabajo, la importancia de su artículo fue haber puesto de manifiesto el papel de estos sectores sociales.

Mella comenzaba cuestionando el nombre de “clase media”, aporte critico para su época en que todos hablaban de “clase media”. Luego, demuestra que este sector no tiene alternativa propia en el régimen capitalista si no acompaña a la clase trabajadora en el combate por la toma del poder. De lo contrario, sirve de trampa.

Su convocatoria se mantiene vigente porque era y es decisivo crear una coordinaci6n de los movimientos sociales y políticos latinoamericanos para luchan no sólo por la revolución en cada país sino para concretar si sueño bolivariano de unidad de América Latina. Esto no podrá lograrse —decía Mella—sin la toma del poder por los obreros y campesinos, sin una revolución socialista.

La necesidad de crear un organismo de coordinación a nivel de los movimientos revolucionarios de América Latina fue una idea original de Mella, criticada por los PCs porque rebasaba la estructura de la Internacional Comunista.

Estos roces ya se habían manifestado Cuando Mella estuvo en una reunión de la Internacional Sindical Roja en Moscú, como asimismo en sus artículos sobre la Unión Soviética , donde nunca menciona a Stalin.

Notas

(1) RAUL ROA: “La revolución universitaria de 1923”, en Retorno a la Alborada, Tomo I, Universidad de las Villas 1964.

(2) JULIO ANTONIO MELLA: Cuna, un pueblo que jamás ha sido libre, agosto de 1926, México, citado por ERASMO DUMPIERRE: Julio Antonio Mella, Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1975, p. 248.

(3) ERASMO DUMPIERRE: Obra citada, p. 250

(4) Ibid., p. 67.

(5) Periódico “El Sol”, México, 20 de junio de 1928

(6) JULIO ANTONIO MELLA: Documentos y artículos, Instituto del Movimiento Comunista y de la Revolución Socialista de Cuba, Ed. Ciencias Sociales, la habana, 1975, p. 302.

(7) Ibid, p. 420 y 421.

(8) JULIO ANTONIO MELLA: Los estudiantes y la lucha social, México, diciembre de 1927.