26/7/09

¡Odio a los indiferentes!


Miguel von Dangel [Venezuela], de la serie Tauromaquia

Antonio Gramsci

Odio a los indiferentes. [*] Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son  parasitismo, son bellaquería, no vida. Por eso odio a los indiferentes. La indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia opera potentemente en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad; aquello con que no se puede contar. Tuerce programas, y arruina los planes mejor concebidos. Es la materia bruta desbaratadora de la inteligencia.

Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, acontece porque la masa de los hombres abdica de su voluntad, permite la promulgación de leyes, que sólo la revuelta podrá derogar; consiente el acceso al poder de hombres, que sólo un amotinamiento conseguirá luego derrocar. La masa ignora por despreocupación; y entonces parece cosa de la fatalidad que todo y a todos atropella:  al que consiente, lo mismo que al que disiente, al que sabía, lo mismo que al que no sabía, al activo, lo mismo que al indiferente. 

Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: ¿si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, habría pasado lo que ha pasado? Odio a los indiferentes también por esto: porque me fastidia su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos: cómo han acometido la tarea que la vida les ha puesto y les pone diariamente, qué han hecho, y especialmente, qué no han hecho. Y me siento en el derecho de ser inexorable y en la obligación de no derrochar mi piedad, de no compartir con ellos mis lágrimas. 

Soy partidista, estoy vivo, siento ya en la consciencia de los de mi parte el pulso de la actividad de la ciudad futura que los de mi parte están construyendo. Y en ella, la cadena social no gravita sobre unos pocos; nada de cuanto en ella sucede es por acaso, ni producto de la fatalidad, sino obra inteligente de los ciudadanos. Nadie en ella está mirando desde la ventana el sacrificio y la sangría de los pocos. Vivo, soy partidista.

Por eso odio a quien no toma partido, odio a los indiferentes.

[*] Este pequeño texto de juventud de Antonio Gramsci, fue publicado en 1917 y es inédito en castellano

De Jacobo Árbenz a Manuel Zelaya: Una historia de bananeras


Foto: Jacobo Árbenz

Nikolas Kozloff   /   CounterPunch

 

Cuando los militares hondureños derrocaron el gobierno democráticamente elegido de Manuel Zelaya hace dos semanas, puede haber habido un suspiro de alivio en las salas del consejo corporativo de Chiquita banana. A principios de este año la compañía frutera basada en Cincinnati, EE.UU. se unió a Dole en su crítica al gobierno en Tegucigalpa que había aumentado el salario mínimo en un 60%. Chiquita se quejó de que las nuevas reglas afectarían los beneficios de la compañía, y exigirían que la firma tuviera costes más elevados que en Costa Rica: 20 centavos de dólar más para producir una caja de ananás y diez centavos más para producir una caja de plátanos, para ser exacto. En total, Chiquita se inquietaba porque perdería millones con las reformas laborales de Zelaya ya que la compañía producía unas 8 millones de cajas de ananás y 22 millones de cajas de plátanos por año.

Cuando apareció el decreto del salario mínimo, Chiquita buscó ayuda y apeló al Consejo Hondureño de Empresa Privada (COHEP). Como Chiquita, COHEP estaba descontento con la medida de Zelaya sobre el salario mínimo. Amílcar Bulnes, presidente del grupo, argumentó que si el gobierno seguía adelante con el aumento del salario mínimo, los empleadores se verían obligados a despedir trabajadores, aumentando así el desempleo en el país. Como principal organización empresarial en Honduras, COHEP agrupa a 60 asociaciones empresariales y cámaras de comercio que representan todos los sectores de la economía hondureña. Según su propio sitio en Internet, COHEP es el brazo político y técnico del sector privado hondureño, apoya los acuerdos de comercio y suministra “apoyo crítico para el sistema democrático.”

COHEP argumenta que la comunidad internacional no debiera imponer sanciones económicas contra el régimen golpista en Tegucigalpa, porque empeorarían los problemas sociales de Honduras. En su nuevo papel como vocero de los pobres de Honduras, COHEP declara que Honduras ya ha sufrido terremotos, lluvias torrenciales y la crisis financiera global. Antes de castigar al régimen con medidas punitivas, arguye COHEP, Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos deberían enviar equipos de observadores a Honduras para evaluar cómo las sanciones afectarían a un 70% de los hondureños que viven en la pobreza. Mientras tanto, Bulnes ha expresado su apoyo al régimen golpista de Roberto Micheletti y argumenta que las condiciones políticas en Honduras no son propicias para un retorno del exilio de Zelaya.

Chiquita: De Árbenz a Bananagate

No sorprende que Chiquita busque y se alíe con fuerzas social y políticamente retrógradas en Honduras. COLSIBA, el organismo coordinador de los trabajadores de plantaciones de plátanos en Latinoamérica, dice que la compañía frutera no ha suministrado a sus trabajadores los equipos de seguridad necesarios y que ha retardado la firma de acuerdos laborales colectivos en Nicaragua, Guatemala y Honduras.

La Coordinadora Latinoamericana de Sindicatos Bananeros, COLSIBA compara las condiciones laborales infernales en las plantaciones de Chiquita con campos de concentración. Es una comparación inflamatoria, pero puede contener un cierto grado de verdad. Mujeres que trabajan en las plantaciones de Chiquita en Centroamérica trabajan de las 6.30 de la mañana hasta las 7 de la tarde, con manos que arden dentro de guantes de goma. Algunos trabajadores tienen sólo 14 años. Los trabajadores bananeros centroamericanos han denunciado que Chiquita los expone en el terreno a DBCP, peligroso pesticida que causa esterilidad, cáncer y defectos congénitos en los niños.

Chiquita, conocida antes como United Fruit Company y United Brands, ha tenido una larga y sórdida historia política en Centroamérica. Dirigida por Sam “The Banana Man” Zemurray, United Fruit entró al negocio de los plátanos a comienzos del Siglo XX. Zemurray observó una vez: “En Honduras, una mula cuesta más que un miembro del parlamento.” En los años veinte United Fruit controlaba 263.000 hectáreas de la mejor tierra en Honduras, cerca de un cuarto de la tierra cultivable del país. Lo que es más, la compañía controlaba carreteras y ferrocarriles.

En Honduras, las compañías fruteras extendieron su influencia a todas las áreas de la vida, incluidas la política y las fuerzas armadas. Por esas tácticas adquirieron el nombre de ‘los pulpos.’ Los que no aceptaban el juego de las corporaciones eran hallados a menudo boca abajo en las plantaciones. En 1904, el humorista O. Henry acuñó el término “República bananera” para referirse a la tristemente célebre United Fruit Company y sus actividades en Honduras.

En Guatemala, United Fruit apoyó el golpe militar patrocinado por la CIA en 1954, contra el presidente Jacobo Arbenz, un reformador que trató de realizar una reforma agraria. El derrocamiento de Arbenz llevó a más de treinta años de intranquilidad y de guerra civil en Guatemala. Posteriormente, en 1961, United Fruit prestó sus barcos a exiliados cubanos respaldados por la CIA que trataron de derrocar a Fidel Castro en Playa Girón.

En 1972, United Fruit (rebautizada como United Brands) llevó al poder al general hondureño Oswaldo López Arellano. Sin embargo, el dictador tuvo que renunciar posteriormente después del infame escándalo “Bananagate” que tuvo que ver con sobornos de United Brands para López Arellano. Un jurado de acusación estadounidense acusó a United Brands de sobornar a Arellano con 1,25 millones de dólares, con la promesa de otros 1,25 millones si el militar aceptaba la reducción de los impuestos a la exportación de frutas. Durante el Bananagate, el presidente de United Brands cayó de un rascacielos de Nueva York, en un aparente suicidio.

Los años Go-Go de Clinton Years y Colombia

United Fruit también se estableció en Colombia y, durante sus operaciones en el país sudamericano, desarrollo una imagen no menos accidentada. En 1928, 3.000 trabajadores se declararon en huelga contra la compañía para pedir mejores condiciones de paga y trabajo. La compañía primero se negó a negociar, pero después cedió en algunos puntos menores, y declaró que las otras demandas eran “ilegales” o “imposibles.” Cuando los huelguistas se negaron a dispersarse, los militares dispararon contra los trabajadores, matando a muchos de ellos.

Podría pensarse que Chiquita habría reconsiderado sus políticas laborales después de lo sucedido pero a fines de los años noventa, la compañía comenzó a aliarse con fuerzas insidiosas, específicamente con paramilitares derechistas. Chiquita les pagó hasta más de un millón de dólares. En su propia defensa, la compañía declaró que simplemente estaba pagando a los paramilitares para obtener protección.

En 2007, Chiquita pagó 25 millones de dólares para dirimir una investigación del Departamento de Justicia sobre esos pagos. Chiquita fue la primera compañía en la historia de EE.UU. condenada por tratos financieros con una organización terrorista específica.

En un juicio contra Chiquita, víctimas de la violencia paramilitar afirmaron que la firma instigaba a cometer atrocidades, incluyendo terrorismo, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. Un abogado de los demandantes dijo que la relación de Chiquita con los paramilitares “tenía que ver con la adquisición de todos los aspectos de la distribución y venta de plátanos mediante un reino del terror.”

De vuelta en Washington, Charles Lindner, director ejecutivo de Chiquita, estaba ocupado cortejando a la Casa Blanca. Lindner había sido un gran donante del Partido Republicano, pero cambio de lado y comenzó a prodigar dinero a los demócratas y a Bill Clinton. Clinton recompensó a Lindner convirtiéndose en un crucial respaldo militar del gobierno de Andrés Pastrana, responsable de la proliferación de escuadrones de la muerte derechistas. En esos días EE.UU. impulsaba su agenda de libre comercio amistosa hacia las corporaciones en Latinoamérica, una estrategia realizada por el antiguo amigo de infancia de Clinton, Thomas “Mack” McLarty. En la Casa Blanca, McLarty actuó como Jefe de Gabinete y Enviado Especial para América Latina. Es un personaje fascinante a quien volveré en un instante.

La conexión Holder-Chiquita

En vista del historial poco limpio de Chiquita en Centroamérica y Colombia, no sorprende que la compañía haya tratado de aliarse posteriormente con COHEP en Honduras. Aparte de cabildear a asociaciones empresariales en Colombia, Chiquita también cultivó relaciones con firmas legales importantes en Washington. Según el Center for Responsive Politics, Chiquita ha pagado 70.000 dólares en gastos de cabildeo a Covington and Burling en los últimos tres años.

Covington es una poderosa firma legal que asesora a corporaciones multinacionales. Eric Holder, actual Fiscal General [Ministro de justicia], co-presidente de la campaña de Obama y ex Fiscal General Adjunto bajo Bill Clinton fue hasta hace poco socio de la firma. En Covington, Holder defendió a Chiquita como abogado principal en su caso con el Departamento de Justicia. Desde lo alto de su elegante nueva oficina en Covington, ubicada cerca del edificio del New York Times en Manhattan, Holder preparó a Fernando Aguirre, director ejecutivo de Chiquita, para una entrevista con “60 Minutes” sobre los escuadrones de la muerte colombianos.

Holder hizo que la compañía frutera se declarara culpable de un cargo de “entrar en transacciones con una organización explícitamente identificada como organización terrorista global.” Pero el abogado, que cobraba un considerable salario en Covington del orden de más de 2 millones de dólares, medió en un dulce acuerdo según el cual Chiquita sólo pagó una multa de 25 millones de dólares durante cinco años. Escandalosamente, sin embargo, ni uno de los seis funcionarios de la compañía que aprobaron los pagos recibió una condena a la cárcel.

El curioso caso de Covington

Si se mira un poco más detenidamente se descubrirá que Covington no sólo representa a Chiquita sino que sirve como una especie de nexo para la derecha política que quiere propugnar una política exterior agresiva en Latinoamérica. Covington mantuvo una importante alianza estratégica con Kissinger (famoso por Chile en 1973) y McLarty Associates (sí, el mismo Mack McLarty de los días de Clinton), una firma muy conocida internacionalmente de consultoría y asesoría estratégica.

John Bolton sirvió de 1974 a 1981 como socio en Covington. Como embajador de EE.UU. en Naciones Unidas bajo George Bush, Bolton fue un crítico feroz de izquierdistas en Latinoamérica como Hugo Chávez. Además, John Negroponte se convirtió hace poco en vicepresidente de Covington. Negroponte es un ex secretario adjunto de Estado, director de Inteligencia Nacional y representante de EE.UU. ante Naciones Unidas.

Como embajador de EE.UU. en Honduras desde 1981 hasta 1985, Negroponte jugó un papel importante en la ayuda a los rebeldes de la Contra respaldados por EE.UU. que se proponían derrocar el régimen sandinista en Nicaragua. Grupos de derechos humanos han criticado a Negroponte por hacer caso omiso de los abusos contra los derechos humanos cometidos por los escuadrones de la muerte hondureños que fueron financiados y parcialmente entrenados por la CIA. Por cierto, cuando Negroponte sirvió como embajador, su edificio en Tegucigalpa se convirtió en unos de los mayores centros neurálgicos de la CIA en Latinoamérica y decuplicó su personal.

Aunque no hay evidencia que vincule Chiquita al reciente golpe en Honduras, existe suficiente confluencia de personajes sospechosos y de políticos influyentes como para justificar más investigación. Desde COHEP a Covington hasta Holder y Negroponte y McLarty, Chiquita ha seleccionado a amigos en puestos importantes, amigos que no aprecian las políticas laborales progresistas del gobierno de Zelaya en Tegucigalpa.

Nikolas Kozloff es autor de “Revolution! South America and the Rise of the New Left” (Palgrave-Macmillan, 2008). Su blog es: senorchichero.blogspot.com 


El derrocamiento de Jacobo Árbenz en Guatemala


En la foto, el triunvirato revolucionario de Guatemala en 1944: Mayor Francisco Arana, 
Jorge Toriello y el entonces Capitán Jacobo Arbenz 

Armando Tezucún   /   Revista 1857 (Sep-Dic 2007)

 

El principal punto de referencia histórico de la izquierda guatemalteca es el gobierno de Jacobo Arbenz Guzmán (marzo 1951-junio 1954). El período de Arbenz fue el segundo de los dos gobiernos de la “Primavera Democrática” de Guatemala. Este fue un gobierno nacionalista burgués, democrático, que junto con los gobiernos de Juan Domingo Perón en Argentina y Lázaro Cárdenas en México, pertenece a la primera oleada de gobiernos con un programa nacionalista, antioligárquico y antiimperialista en América Latina. No sólo la izquierda reformista de Guatemala reivindica el programa y los logros del gobierno de Arbenz, [1] sino también los sectores más radicales de la izquierda, que levantan la bandera del socialismo. Esta misma izquierda radical se identifica en la actualidad con la más reciente oleada de gobiernos nacionalistas burgueses o pequeño burgueses latinoamericanos (que han resultado ser menos radicales que sus antecesores), a pesar de que han tenido que ir eliminando uno tras otro a Lula, Kirchner, Vásquez etc. de la lista de “revolucionarios” favoritos que elaboraron con tanto entusiasmo.

Por esta razón es importante iniciar la discusión sobre la naturaleza, logros y errores del gobierno de Arbenz. Desde la década de los setentas, sociólogos, historiadores y politicólogos han investigado sobre el tema, algunos desde puntos de vista acertados, sin embargo las nuevas generaciones de revolucionarios no parecen haber asimilado las lecciones políticas de los acontecimientos ocurridos hace ya 53 años.

Las transformaciones sociales a partir de la revolución del 44

Cuando el régimen despótico de Jorge Ubico y el gobierno de su sucesor Ponce Vaidés fueron derrocados en 1944, la economía guatemalteca se encontraba estancada y su base la constituían las plantaciones de café destinado a la exportación, pertenecientes a la oligarquía terrateniente. La oligarquía cafetalera se asentaba sobre formas semiserviles de explotación de la mano de obra campesina, predominantemente indígena, y sus artículos de consumo, manufacturados y suntuarios eran importados casi en su totalidad.

En las ciudades las posibilidades de trabajo eran escasas. La industria y consecuentemente la clase obrera eran casi inexistentes. Una fábrica de cerveza, otra de cemento, algunas empresas textiles conformaban la escasa industria nacional, junto con pequeños talleres artesanales. La principal fuente de trabajo asalariado se centraba en las empresas pertenecientes a la United Fruit Company, como los ferrocarriles, las plantaciones bananeras y la empresa de energía eléctrica, junto con los servicios públicos. [2]

El panorama cambió después de la revolución de octubre de 1944. En ausencia de una burguesía definida con intereses propios, la vanguardia de la revolución fueron elementos de la pequeña burguesía: estudiantes, intelectuales, profesionales, algunos oficiales jóvenes del ejército, etc. que arrastraron tras de sí a las amplias masas de la población ansiosas de un cambio democrático.

Elementos de esta pequeña burguesía, al amparo de las nuevas condiciones de libertad y democracia que trajo la revolución y de las nuevas reglas de la economía (abolición de las formas monopolísticas de producción, abandono de las prácticas conservadoras de Ubico para mantener la estabilidad monetaria, abolición de sistemas semiserviles de tratar a la mano de obra, nuevas políticas salariales y de distribución del ingreso que ampliaron el mercado interno, etc.) empezaron a convertirse en una nueva burguesía comercial e industrial al amparo de las posiciones de poder político que gozaban. En 1948 de instalaron 14 nuevas industrias y se concedieron 23 licencias para explotación minera; en 1949 fueron 36 las nuevas industrias y en 1950, 56, todas surgidas bajo el auspicio de la Ley de Fomento Industrial. [3]

A la par de esta nueva burguesía surgió una nueva clase obrera que pronto aprovechó las libertades y derechos conferidos por el recién estrenado código del trabajo (promulgado durante el primer gobierno de la revolución, de Juan José Arévalo, en 1947). Pronto surgieron los primeros sindicatos y las primeras huelgas por reivindicaciones salariales. Doce días antes de la toma de posesión de Arévalo se desató la primera huelga de obreros agrícolas. En el mismo período se da una huelga de trabajadores del calzado y otra de obreros de las panaderías. Incluso una huelga de trabajadores de artes gráficas paralizó la elaboración de propaganda impresa de los partidos políticos en vísperas de las elecciones presidenciales de diciembre de 1944. Todas estas huelgas exitosas fueron por mejoras salariales. [4]

Después de la caída de Ubico y antes de octubre del 44 una gran variedad de trabajadores se empezaron a organizar para luchar por mejoras salariales: pilotos automovilistas, empleados de cine, trabajadores de los muelles, empleados de comercio, obreros de fábricas de calzado, panaderos, trabajadores de aserraderos, de fábricas de muebles, tipógrafos, trabajadores de hilados y tejidos, obreros de los ingenios azucareros y de las plantaciones bananeras de la UFCO. [5]

En el campo, a inicios de 1945 se realizó la huelga de trabajadores de la compañía agrícola en Tiquisate, Escuintla, en la que los obreros pidieron aumento salarial hasta de un 100%, mejoras en salubridad, vivienda, etc. Los trabajadores fueron reprimidos, intervino el ejército y 14 trabajadores fueron detenidos. Antes de 1944 la clase obrera existente se situaba principalmente en las plantaciones bananeras de la UFCO, estaba escasamente organizada, y sufría los efectos de la férrea represión del régimen de Ubico, fiel protector de los intereses de la empresa imperialista.

La organización paulatina de los trabajadores y sectores populares dio como resultado el surgimiento de la Confederación de Trabajadores de Guatemala y su aliada Confederación Nacional Campesina. En 1949 fue fundado el primer partido obrero, el Partido Guatemalteco del Trabajo, de orientación estalinista, entre cuyos miembros estaban los principales dirigentes sindicales.

Polarización de intereses en el seno de la revolución

Durante el período de gobierno de Arévalo se dio una paulatina diferenciación de intereses en el seno de las fuerzas que realizaron la revolución. Como sucede en toda revolución democrático burguesa, la base popular del movimiento revolucionario al inicio sigue a los líderes burgueses o pequeño burgueses, pero en el curso de los acontecimientos va adquiriendo poco a poco consciencia de sus intereses y cada vez con más fuerza empieza a enarbolar sus propias reivindicaciones, que chocan con los límites que la dirigencia burguesa o pequeño burguesa quiere imponer a la revolución.

La oligarquía terrateniente fue la primera en oponerse a las primeras medidas de la Junta Revolucionaria de Gobierno y luego a las del gobierno de Arévalo, pues sus intereses fueron gravemente afectados, junto a los de la imperialista UFCO. En alianza con las empresas gringas, la oligarquía y militares reaccionarios urdieron numerosos complots e intentos de golpes de estado contra el régimen arevalista.

Pero la naciente burguesía que crecía al amparo de las transformaciones revolucionarias, pronto empezó a tornarse asustadiza y temerosa ante el auge organizativo del movimiento obrero-campesino. Los antiguos revolucionarios que invirtieron en negocios en los sectores comercial, industrial y agrícola empezaron a identificarse cada vez más con la burguesía incipiente de los últimos años del régimen de Ubico e incluso con la vieja clase terrateniente derrotada. Es sintomática de esto la polarización que se dio en torno a la promulgación del Código de Trabajo y la formación del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social. Se dio una separación gradual entre los sectores más radicalizados de la pequeña burguesía y los sectores populares organizados, por un lado, y los nuevos burgueses surgidos de la revolución por otro. [6]

La polarización se agudizó con la llegada de Árbenz al gobierno. La campaña orquestada por el imperialismo y la oligarquía terrateniente contra Árbenz, basada en el temor al “comunismo", encontró fuerte eco en estos nuevos empresarios, que al final terminaron apoyando la contrarrevolución.

El gobierno de Árbenz

Jacobo Árbenz tomó posesión del gobierno el 15 de marzo de 1951, habiendo ganado con el 63% de los votos emitidos. Su programa de gobierno significó una profundización de la revolución. Su objetivo era modernizar la economía de Guatemala dentro de los marcos del régimen capitalista. Para ello la primera medida sería terminar de erradicar los restos de relaciones semiserviles que quedaban en el agro y por medio de una reforma agraria, aumentar los ingresos de la población del campo; esto formaría un mercado interno que nutriría el surgimiento de una industria nacional fuerte. Para romper con el dominio que tenía el capital imperialista sobre la economía del país, Árbenz se propuso crear un puerto nacional en el Atlántico para competir con Puerto Barrios controlado por la UFCO; para competir con el monopolio ferrocarrilero de la International Railways of Central América, propuso la construcción de una carretera al Atlántico; y para eliminar el monopolio de la producción de energía eléctrica de la Electric Bond and Share inició la construcción de la planta hidroeléctrica nacional Jurún Marinalá.

El gobierno de Árbenz se basó en los partidos de la pequeña burguesía radicalizada y de empresarios progresistas. De manera importante, tuvo el apoyo incondicional del PGT y las centrales sindicales dirigidas por éste [7]. En el gabinete de gobierno había elementos de la burguesía como el hacendado Nicolás Brol (ministro de agricultura), el industrial Roberto Fanjul (ministro de economía), el Dr. Julio Roberto Herrera en salud pública y como canciller Guillermo Toriello, perteneciente a una de las familias económicamente más pudientes. [8]

Fiel a las concepciones de la revolución por etapas, el PGT consideraba que la revolución guatemalteca debía consistir en la eliminación de las trabas que imponían las relaciones simifeudales del campo y las compañías imperialistas al desarrollo de una economía capitalista moderna. Señalaba que el PGT debía luchar por un gobierno amplio integrado por la clase obrera, los campesinos, el sector patriótico de la burguesía nacional y la pequeña burguesía, y concebía que el proletariado paulatinamente conquistaría la hegemonía en tal gobierno en virtud de su mayor organización y consciencia política. [9]

Esta visión de la toma del poder como un proceso evolutivo fomentó en los obreros y campesinos guatemaltecos la fe en las instituciones de la democracia burguesa, en primer lugar, en el ejército. Es significativo el hecho de que, al ser descubierto por primera vez el complot que fraguaban Castillo Armas e Ydígoras Fuentes en Honduras para formar un ejército contrarrevolucionario a finales de enero de 1954, los principales sindicatos manifestaran su confianza en el “ejército de la revolución”, mismo que se negó a enfrentar al grupo armado contrarrevolucionario cuando invadió Guatemala desde Honduras en junio y derrocó el gobierno de Árbenz [10].

La polarización iniciada a finales del gobierno de Arévalo se agudizó con las primeras medidas tomadas por el de Arbenz, en especial por la implementación de la reforma agraria en 1952. A pesar de ésta no fue una reforma agraria confiscatoria, sino que se basó en la expropiación con indemnización de tierras no cultivadas, la oligarquía terrateniente y la imperialista UFCO, principales afectadas, extremaron la campaña de desprestigio nacional e internacional contra el gobierno.

Debemos entender que el principal motivo de la campaña reaccionaria, a la que se sumaron los nuevos sectores de la burguesía, fue el temor a la creciente movilización de las masas trabajadoras, campesinas y populares y su despertar político, que amenazaba con ir más allá de los límites que le imponía el programa capitalista de Árbenz con el apoyo del PGT.

Al empezar a ser puesta en práctica la reforma agraria, fue notoria la prosperidad de la economía a todos los niveles, empresarial, campesino, obrero, etc. [11]. Pero los procesos revolucionarios tienen la virtud de provocar el despertar de las masas a la vida política, la toma de conciencia de sus intereses diferentes y contrarios a los de las clases poseedoras, su consiguiente organización, movilización y lucha. En estos procesos los partidos reformistas cumplen el papel de barrera de contención de las masas, obstaculizando su independencia con respecto a los partidos de la burguesía y a las instituciones del Estado burgués. El PGT jugó ese papel en la revolución burguesa guatemalteca, junto a los partidos pequeño burgueses y el propio Árbenz.

La caída de Árbenz

Ya desde los acontecimientos de octubre de 1944, se cometieron errores que luego se pagarían, como dejar intactos los cuadros medios del ejército ubiquista, de coroneles para abajo; la clase latifundista terrateniente permaneció con todo su poder social y económico e incluso tuvo participación en la elaboración de la nueva constitución. Además, las compañías imperialistas ligadas todas a la UFCO no fueron tocadas, excepto en las tierras que tenían sin utilizar, que encima fueron indemnizadas por el Estado. Estos errores son comprensibles en los elementos pequeño burgueses que dirigieron al inicio la revolución. Pero en un partido como el PGT que se reclamaba obrero y marxista, la falta de visión política revolucionaria es imperdonable. La línea reformista y etapista del PGT provocó que el proletariado y las clases populares llegaran desarmados a la crisis final del arbencismo.

El ascenso del movimiento popular y la adopción de las reivindicaciones campesinas por parte del movimiento obrero organizado dieron a la reforma agraria, pensada para estimular el desarrollo capitalista, un contenido que amenazaba rebasar los límites deseados por la burguesía nacional. La nueva burguesía, a medida que el proyecto revolucionario se radicalizaba empezó a renegar de su propio proyecto y buscó alianza con los terratenientes y el imperialismo, temerosa de que las fuerzas populares desatadas se volvieran contra el desarrollo capitalista y la dominación burguesa. [12] La situación planteada exigía llevar la revolución a una nueva fase a un nuevo enfrentamiento. Pero el hecho de que el proletariado y el campesinado guatemaltecos fueran jóvenes y sin experiencia, aunado a que sus líderes no fomentaban su independencia como clase, sino más bien promovían la confianza en las instituciones, partidos y líderes burgueses, permitió que el enfrentamiento se diera en condiciones favorables a la contrarrevolución.

La alianza burguesía, terratenientes e imperialismo logró comprar las voluntades de los mandos del ejército. Cuando el ejército contrarrevolucionario de Castillo Armas invadió el territorio nacional, el “ejército de la revolución” no opuso resistencia, salvo escasas excepciones. Las organizaciones campesinas y obreras, educadas en la confianza en el ejército y no en la creación de sus propias milicias armadas, escasamente pudieron enfrentarse a los reaccionarios y en los casos en que lograron hacerlo, magramente armados, fueron masacrados.

El grupo armado de Castillo Armas no era difícil de vencer. La prueba la dieron los valientes cadetes de la Escuela Politécnica que los derrotaron el 2 de agosto. Pero la confusión que reinó en el gobierno al conocerse la traición del ejército, y la desorientación de las organizaciones populares permitieron el desenlace inevitable.

Como conclusión debemos resaltar la importancia fundamental de mantener la independencia de clase de los sectores populares (obreros, campesinos, indígenas pobres, desempleados, etc.) con respecto a las clases burguesa y pequeño burguesas y sus partidos en los procesos revolucionarios. En nuestros países de desarrollo capitalista atrasado y dependiente no podemos plantear a lo inmediato la transformación socialista de la economía. Existen una serie de reivindicaciones democrático burguesas que es necesario resolver aún (problema agrario, independencia del dominio imperialista, salud, educación, democratización del sistema político, derechos de las etnias indígenas, etc.). Pero a estas alturas del desarrollo del capitalismo mundial, no existen ya burguesías nacionales capaces de luchar consecuentemente por estas reivindicaciones. Por tanto, las tareas pendientes de la revolución democrático burguesa corresponde resolverlas a nuestro proletariado en unión a las demás clases oprimidas por el capitalismo. Esto vincula a la revolución democrático burguesa directamente con la revolución socialista, en un proceso revolucionario continuo, no separado por etapas. Para que esto sea posible, hay que enfatizar una y otra vez, hasta el cansancio, que sólo la independencia de estas clases y la confianza en sus propias fuerzas y organizaciones (sindicatos, organizaciones comunitarias y campesinas, milicias, organismos de poder popular, etc.), hará posible el triunfo revolucionario. Invitamos a la izquierda guatemalteca y centroamericana a debatir ampliamente sobre estos temas.

Notas

1 En el Programa de Gobierno 2008-2012 de URNG-Maíz, página 10, leemos “…constituye fundamento de nuestro programa, la plataforma de lucha de la revolución de octubre de 1944 y los contenidos de los programas y otros documentos políticos suscritos por URNG…” El documento que llamaba a la formación del antecesor de Maíz iniciaba de esta manera “El legado de la revolución del 44 sigue siendo la mejor plataforma política de la izquierda y demás sectores democráticos de Guatemala, pues este proceso está asociado a luchas irrenunciables como la reforma agraria, el Código de Trabajo, la educación pública y la seguridad social. Fue además una época de respeto y defensa de la soberanía nacional…” (Otra Guatemala es Posible. Llamado a la constitución del Frente Político-Social de izquierdas. Guatemala 9 de septiembre de 2006)

2 “La Revolución Guatemalteca del 20 de Octubre de 1944 y sus Proyecciones Económico-Sociales”. Alfonso Bauer Paiz. Artículo publicado originalmente en la Revista Alero, No. 8, tercera época, Guatemala, 1974. Publicado en la recopilación “La Revolución de Octubre. Diez años de lucha por la democracia en Guatemala 1944-1954”, tomo I. Centro de Estudios Urbanos y Regionales, Universidad de San Carlos de Guatemala, octubre 1994. Pg. 91.

3 “La lucha de clases durante la revolución guatemalteca 1944-1954. Primera parte”. Carlos Enrique Arriola Avendaño. Artículo publicado originalmente en la Revista de la Universidad de San Carlos, No. 7, septiembre de 1989. Publicado en la recopilación citada, pg. 207.

4 Carlos Enrique Arriola, op.cit. pg. 185.

5 “Guatemala: del gobierno de “mano fuerte” de Ubico al gobierno del “socialismo espiritual” de Arévalo. Tomás Herrera Cálix. Segunda parte de la tesis presentada por el autor para optar a la Maestría en Estudios Latinoamericanos de la UNAM. Publicada originalmente en Estudios Sociales Centroamericanos No.16. Enero-abril 1977. Publicado en la recopilación citada pgs. 30-31.

6 Tomás Herrera Cálix. Op.cit. pgs. 45, 47, 48, 50, 52.

7 Para comprender las estrechas relaciones que tuvo Arbenz con el PGT, es esclarecedor leer las memorias del dirigente comunista José Manuel Fortuny en “Fortuny: un comunista guatemalteco” por Marco Antonio Flores, editoriales Óscar de León Palacios, Palo de Hormigo y Universitaria, Guatemala 1994. En especial los capítulos XIV, XV y XVI.

8 Carlos Enrique Arriola, op.cit. pg. 174.

9 “La revolución guatemalteca de 1944-54 y su proyección actual”. Carlos Sarti Castañeda. Artículo originalmente publicado en la Revista de Estudios Sociales Centroamericanos, septiembre-diciembre 1980. Publicado en la recopilación citada. Pg. 160.

10 Ver declaración del Sindicato de Trabajadores de la Educación (STEG). Diario la Hora, febrero 2 de 1954. Resolución del segundo congreso de la CGTG en la misma edición de La Hora.

11 Marco Antonio Flores, “Fortuny: un comunista guatemalteco”, pgs. 200-201.

12 Carlos Sarti Castañeda, op.cit. pg. 158


Friedrich Nietzsche: Las enseñanzas del topo


Pensar la historia. Pensar el rol de los intelectuales y filósofos. Pensar a los pensadores. Estas tareas que José Sazbón encaró a lo largo de su vida encuentran en el modelo del topo prefigurado por Nietzsche su mejor espejo. Cavar, perforar, avanzar en forma subterránea para encontrar el verdadero sentido del humanismo en el barro de la historia

Foto: Friedrich Nietzsche 

Fernando Bogado   /   Página 12, Buenos Aires

 

En el prólogo a la segunda edición de Aurora, aparecida en 1886, Friedrich Nietzsche escribió: “En este libro se encontrará a un ‘subterráneo’ trabajando, alguien que cava, que perfora, que mina”, alguien a quien califica en definitiva como un topo. El filósofo alemán se refiere así a esa labor filológica de la lectura lenta que encuentra, detrás del pensamiento de Occidente, los cimientos que sustentan el límite entre bien y mal y, por ende, la fuerza práctica misma del saber racional y metafísico de Sócrates y Platón en adelante: la fuerza moral, política y rectora de las ideas filosóficas. En 1981, José Sazbón, filósofo y pensador argentino recientemente fallecido, encontraría otro topo en su notable artículo El fantasma, el oro, el topo: Marx y Shakespeare; en donde la metáfora del animal excavador atravesaba y ligaba la obra de Shakespeare leída por Hegel y luego por Marx, cada uno describiendo un movimiento diferente en las formas de insertarse en las profundidades del ya mencionado animalito. El tercer momento del drama, el definitivo, es un libro de reciente publicación: Nietzsche en Francia y otros estudios de historia intelectual. Aquí se reunieron una serie de artículos que ahondan, que cavan en el mismo problema común: la urdimbre profunda de la historia, las insospechadas conexiones de cada concepto que el hombre ha traído a la superficie para pensar su existencia.

¿Cómo lee un topo? Ya lo dijo Nietzsche: con paciencia, en las zonas oscuras y poco vistas, en lo negado. Sazbón, afín a este tipo de trabajo crítico, demuestra en textos de diversa temática una preocupación por discutir los “luminosos” conceptos de la Aüfklarung desde prácticas y doctrinas filosóficas de innegable contemporaneidad, como el (pos) estructuralismo o el marxismo inglés, e inclusive la teoría literaria aplicada con afán crítico, implacable, casi.

En trabajos como Conciencia histórica y memoria electiva, echa luz sobre discusiones teóricas que giran en torno de la diferencia entre la historia y la memoria –punto nodal de la experiencia sin más–; oposición que toma diferentes nombres en los restantes textos reunidos pero que sigue marcando el problema que estos dos pensadores excavadores no dejaban de recalcar: la vigencia o caducidad de un pensamiento, de una forma de vida, y su utilidad para lo contemporáneo. ¿Cómo si no entender la constante mención de la Revolución Francesa, objeto del debate historia/memoria, fantasma shakespeareano que no deja en paz a tantos y tantos filósofos?

Armar una “historia intelectual”, entonces, será volver sobre diferentes conceptos que el hombre occidental había pensado como universales, pero que ahora se revelan tan particulares y terrestres como los mitos de los “nativos”.

Razón y método: del estructuralismo al posestructuralismo, por caso, es uno de los textos en donde se repasan recientes mitologías: Sazbón revisa el pasaje de las proposiciones de Sartre a las de Althusser y Lévi-Strauss, para terminar en Foucault y Derrida. Esto es: de la centralidad del sujeto (Sartre y su Crítica de la razón dialéctica: el cogito colectivo y la primacía de la historia), a la centralidad de la estructura, y por último, al descentramiento radical de cualquier concepto (arqueología-genealogía en Foucault; deconstrucción en Derrida). Ese mismo tipo de lectura –que parte de una inquietud presente para reconstruir el particular devenir de cada idea– se vuelve a repetir a la hora de arribar al legado teórico de la escuela de Frankfurt o a la revisión del debate intelectual que tuvo como protagonistas a Perry Anderson (amigo intelectual del autor) y a Gerard S. Thompson, ambos excelsos miembros del marxismo inglés. Sería engorroso mencionar la multitud de sustantivos propios que abundan en cada texto: los nombres y las ideas se suceden en un diálogo abierto, donde el autor deja escapar muy sutilmente sus preferencias, para luego patentarlas en trabajos cuyo objeto –a primera vista– es más específico: basta revisar los textos que abren y cierran el libro, dedicados a la recepción temprana del pensamiento nietzscheano en Francia y a la conflictiva relación de Pedro De Angelis con los escritores del Salón Literario del ‘37, respectivamente. José Sazbón, fallecido el 16 de septiembre del año pasado, ha dejado una impronta innegable en el pensamiento argentino de nuestros días: apasionado inicialmente por Sartre y la literatura del compromiso, pasó luego a ocuparse de traducir y presentar trabajos de diferentes pensadores y filósofos estructuralistas (Lacan, Foucault). De una tarea crítica abundante, aun desde el exilio en Venezuela o en sus últimos años ya instalado en Buenos Aires, Sazbón logra en estos trabajos niveles de erudición que se patentan en la profusión de datos, sumado siempre a un estilo deudor de cierta prosa literaria (los últimos trabajos del libro, menos atados al rigor académico, tienen frases que recuerdan rápidamente a Borges). Tal como señala Horacio Tarcus en el prólogo y en la nota aparecida en Radar el 8 de diciembre del pasado año, José Sazbón ha sabido ser un humanista: crítico del concepto de historia y del sujeto como fuerte herencia de esta noción, el humano es ese ser vital, deviniente, inclasificable, que flota siempre por sobre cualquier determinación, pero que sin embargo exige siempre ser pensado y re-pensado desde su inherente movilidad.

Lectura porosa del topo: su tarea abre vasos comunicantes subterráneos entre una palabra y otra, entre un texto y otro, y permite desplegar una verdadera historia intelectual que revisa los grandes conceptos (¿metáforas?) del siglo XIX y XX, o mejor, de toda la historia del pensamiento occidental que estos dos siglos se atrevieron a sintetizar, convirtiéndose en los límites o realizaciones de su promesa: o sea, desde la República racional anunciada por los hechos de 1789 hasta la montaña de muertos dejados como saldo de las dos guerras mundiales. Ya lo dijimos: el gran tema del libro de Sazbón, pese a su carácter recopilatorio (o quizás por eso), es el de la historia, el de los conflictos intelectuales que su pensamiento despierta en el hombre. Como Nietzsche, como Marx, Sazbón revisa, sospecha, excava. Aprendamos la enseñanza del topo, en definitiva: la mejor forma de derribar los avejentados edificios del pensamiento occidental nunca será desde la luminosa altura de la prudente contra-argumentación, sino a través de la revisión de esas partes barrosas del frágil mundo subterráneo de la existencia.