25/7/09

Prólogo a “Guerra del pueblo, ejército del pueblo”


Foto: Vo Nguyen Giap

Ernesto “Che” Guevara


Consideramos un alto honor prologar este libro [*] basado en los escritos del vicegeneral Vo Nguyen Giap, actualmente Primer Ministro, Ministro de la Defensa Nacional y Comandante en Jefe del Ejército Popular de la República Democrática de Vietnam. El general Giap habla con la autoridad que le confiere su larga experiencia personal y la del partido en la lucha de liberación. La obra, que tiene de por sí una actualidad permanente, reviste más interés, si cabe, debido a la tumultuosa serie de acontecimientos ocurridos en los últimos tiempos en esta región de Asia, y a las controversias surgidas sobre el uso adecuado de la lucha armada como medio de resolver las contradicciones insalvables entre explotadores y explotados, en determinadas condiciones históricas.

Los combates que, exitosamente, llevaran durante largos años los heroicos ejércitos y el pueblo entero de Vietnam, se repiten ahora; Vietnam del Sur está en pie de guerra; la parte del país arrebatada a su legítimo dueño, el pueblo vietnamita, está cada vez más cerca de la victoria. Aún cuando los enemigos imperialistas amenacen con enviar miles de hombres, los desaforados hablen del uso de la bomba atómica táctica y el general Taylor sea nombrado embajador de la llamada «República de Vietnam del Sur» y, tácitamente, comandante en jefe de los ejércitos que tratarán de liquidar la guerra del pueblo, nada impedirá su derrota. Muy cerca, en Laos, se ha encendido la guerra civil, provocada también por las maniobras de los norteamericanos, apoyados de una manera u otra por sus aliados de siempre, y el reino neutral de Camboya, parte, como sus hermanos Laos y Vietnam, de la antiguamente llamada lndochina Francesa, está sujeta a violaciones de sus fronteras y a ataques permanentes, por su posición enhiesta en defensa de la neutralidad y de su derecho a vivir como nación soberana.

Por todo esto, la obra que prologamos rebasa los límites de un episodio histórico determinado y adquiere vigencia para toda la zona; pero, además, los problemas que plantea tienen particular importancia para la mayor parte de los pueblos de América Latina sometidos al dominio del imperialismo norteamericano, sin contar con que sería de extraordinario interés el conocimiento de ella para todos los pueblos del Africa que día a día sostienen luchas cada vez más duras, pero también repetidamente victoriosas, contra los colonialistas de diversa índole.

Vietnam tiene características especiales; una civilización muy vieja y una larga tradición como reino independiente con particularidades propias y cultura autóctona. Dentro de su milenaria historia, el episodio del colonialismo francés apenas es una gota de agua. Sin embargo, sus cualidades fundamentales y las opuestas del agresor, igualan, en términos generales, las contradicciones insalvables que se presentan en todo el mundo dependiente, así como la forma de resolverlas: Cuba, sin conocer estos escritos, así como tampoco otros que sobre el tema se habían hecho narrando las experiencias de la Revolución china, inició el camino de su liberación por métodos parecidos, con el éxito que está hoy a la vista de todos.

Por tanto, esta obra plantea cuestiones de interés general para el mundo en lucha por su liberación. Pueden resumirse así: la factibilidad de la lucha armada, en condiciones especiales en que hayan fracasado los métodos pacíficos de lucha de liberación; el tipo que debe tener ésta, en lugares con grandes extensiones de terreno favorable a la guerra de guerrillas y con población campesina mayoritaria o importante.

A pesar de que el libro está basado en una recopilación de artículos, tiene buena ilación, y ciertas repeticiones no hacen más que darle mayor vigor al conjunto.

Se trata en él de la guerra de liberación del pueblo vietnamita; de la definición de esta lucha como guerra del pueblo y de su brazo ejecutor como ejército del pueblo; de la exposición de las grandes experiencias del partido en la dirección de la lucha armada y la organización de las fuerzas armadas revolucionarias. El capítulo final versa sobre el episodio definitivo de la contienda, Dien Bien Fu, en el que ya las fuerzas de liberación ganan en calidad y pasan a la guerra de posiciones, derrotando también en este terreno al enemigo imperialista.

Se empieza narrando cómo, después de acabada la guerra mundial con el triunfo de la Unión Soviética y de las potencias aliadas del Occidente, Francia burló todos los acuerdos y llevó a una situación de extrema tensión a todo el país. Los métodos pacíficos y racionales de resolver las controversias fueron demostrando su inutilidad, hasta que el pueblo tomó la vía de la lucha armada; en ésta, por las características del país, el peso fundamental recaía en el campesinado. Era una guerra de características campesinas, por los lugares fundamentales de acción y por la composición fundamental del ejército, pero estaba dirigida por la ideología del proletariado, haciendo válida una vez más la alianza obrero-campesina como factor fundamental de la victoria. Aunque en los primeros momentos, por la característica de la lucha anticolonialista y antiimperialista, era una guerra de todo el pueblo, y una gran cantidad de gentes cuya extracción no respondía exactamente a las definiciones clásicas de campesino pobre o de obrero, se incorporaba también a la lucha de liberación; poco a poco se definían los campos y comenzaba la lucha antifeudal, logrando entonces su verdadero carácter de antiimperialista, anticolonialista, antifeudal, dando como resultado el establecimiento de una revolución socialista.

La lucha de masas fue utilizada durante todo el transcurso de la guerra por el partido vietnamita. Fue utilizada, en primer lugar, porque la guerra de guerrilla no es sino una expresión de la lucha de masas y no se puede pensar en ella cuando ésta está aislada de su medio natural, que es el pueblo; la guerrilla significa, en este caso, la avanzada numéricamente inferior de la gran mayoría del pueblo que no tiene armas pero que expresa en su vanguardia la voluntad de triunfo. Además, la lucha de masas fue utilizada en las ciudades en todo momento como arma imprescindible para el desarrollo de la lucha; es bien importante significar que nunca en el transcurso de la acción por la liberación del pueblo vietnamita, la lucha de masas nada entregó de sus derechos para acogerse a determinadas concesiones del régimen; no parlamentó sobre concesiones mutuas, planteó la necesidad de obtener determinadas libertades y garantías sin contrapartida alguna, evitando así que, en muchos sectores, la guerra se hiciera más cruel aún de lo que la hacían los colonialistas franceses. Este significado de la lucha de masas en su carácter dinámico, sin compromisos, le da una importancia fundamental a la comprensión del problema de la lucha por la liberación en Latinoamérica.

El marxismo fue aplicado consecuentemente a la situación histórica concreta de Vietnam, y por ello, guiados por un partido de vanguardia, fiel a su pueblo y consecuente en su doctrina, lograron tan sonada victoria sobre los imperialistas.

Las características de la lucha, en donde hubo que ceder terreno y esperar muchos años para ver el resultado final de la victoria, con vaivenes, flujos y reflujos, le dan el carácter de guerra prolongada.

Durante todo el tiempo de la lucha se pudo decir que el frente estaba donde estaba el enemigo; en un momento dado, éste ocupaba casi todo el país y el frente estaba diseminado por donde el enemigo estuviera; después hubo una delimitación de líneas de combate y allí había un frente principal, pero la retaguardia enemiga constituía constantemente otro escenario para los bandos en lucha, de manera que la guerra fue total y que nunca los colonialistas pudieron movilizar cómodamente, en un terreno de base sólida, sus tropas de agresión contra las zonas liberadas.

La consigna «dinamismo, iniciativa, movilidad, decisión rápida ante situaciones nuevas», es síntesis suma de la táctica guerrillera, y en esas pocas palabras está expresado todo el dificilísimo arte de la guerra popular.

En ciertos momentos, las nuevas guerrillas, alzadas bajo la dirección del partido, estaban todavía en lugares en los cuales la penetración francesa era muy fuerte y la población estaba aterrorizada; en esos casos, practicaban constantemente lo que los vietnamitas llaman la «propaganda armada». La propaganda armada es simplemente la presencia de fuerzas de liberación en determinados lugares, que van mostrando su poderío y su embatibilidad, sumidos en el gran mar del pueblo como el pez en el agua. La propaganda armada, al perpetuarse en la zona, catalizaba las masas con su presencia y revolucionaba inmediatamente la región, agregando nuevos territorios a los ya obtenidos por el ejército del pueblo. Es así como proliferan las bases y las zonas guerrilleras en todo el territorio vietnamita; la táctica, en este caso, estaba resumida en una consigna que se expresa así: Si el enemigo se concentra, pierde terreno, si se diluye, pierde fuerza, en el momento en que el enemigo se concentra para atacar duramente, hay que contraatacar en todos los lugares donde renunció al empleo disperso de sus fuerzas; si el enemigo vuelve a ocupar determinados lugares con pequeños grupos, el contraataque se hará de acuerdo con la correlación existente en cada lugar, pero la fuerza fundamental de choque del enemigo se habrá diluido una vez más. Esta es otra de las enseñanzas fundamentales de la guerra de liberación del pueblo vietnamita.

En la lucha se ha pasado por tres etapas que caracterizan, en general, el desarrollo de la guerra del pueblo; se inicia con guerrillas de pequeño tamaño, de extraordinaria movilidad, diluibles completamente en la geografía física y humana de la región: con el correr del tiempo se producen procesos cuantitativos que, en un momento dado, den paso al gran salto cualitativo que es la guerra de movimientos. Aquí son grupos más compactos los que actúan, dominando zonas enteras; aunque sus medios son mayores y su capacidad de golpear al enemigo mucho más fuerte, la movilidad es su característica fundamental. Después de otro período, cuando maduran las condiciones, se llega a la etapa final de la lucha en que el ejército se consolida e, incluso, a la guerra de posiciones, como sucedió en Dien Bien Fu, puntillazo a la dictadura colonial.

En el transcurso de la contienda que, dialécticamente, se va desarrollando hasta culminar, en el ataque de Dien Bien Fu, en guerra de posiciones, se crean zonas liberadas, o semiliberadas del enemigo, que constituyen territorios de autodefensa. La autodefensa es concebida por los vietnamitas también en un sentido activo como parte de una lucha única contra el enemigo; las zonas de autodefensa pueden defenderse ellas mismas de ataques limitados, suministran hombres al ejército del pueblo, mantienen la seguridad interna de la región, mantienen la producción y aseguran él abastecimiento del frente. La autodefensa no es nada más que una parte mínima de un todo, con características especiales; nunca puede concebirse una zona de autodefensa como un todo en sí, es decir, una región donde las fuerzas populares traten de defenderse del ataque del enemigo mientras todo el territorio exterior a dicha zona permanece sin convulsiones. Si así sucediera, el foco sería localizado, atenazado y abatido, a menos que pasara inmediatamente a la fase primera de la guerra del pueblo, es decir, a la lucha de guerrillas.

Como ya hemos dicho, todo el proceso de la lucha vietnamita debió basarse fundamentalmente en el campesinado.

En un primer momento, sin una definición clara de los contornos de la lucha, ésta se hacía solamente por el interés de la liberación nacional, pero poco a poco se delimitaban los campos, se transformaban en una típica guerra campesina y la reforma agraria se establecía en el curso de la lucha, cuando se profundizaban las contradicciones y a la vez, la fuerza del ejército del pueblo; es la manifestación de la lucha de clases dentro de la sociedad en guerra. Esta era dirigida por el partido con el fin de anular a la mayor cantidad posible de enemigos y de utilizar al máximo las contradicciones con el colonialismo de los amigos poco firmes. Así, conjugando acertadamente las contradicciones, pudo el partido aprovechar todas las fuerzas emanadas de estos choques y alcanzar el triunfo en el menor tiempo posible.

Nos narra también el compañero Vo Nguyen Giap, la estrecha ligazón que existe entre el partido y el ejército, cómo, en esta lucha, el ejército no es sino una parte del partido dirigente de la lucha. De la estrecha ligazón que existe a su vez entre el ejército y el pueblo; cómo ejército y pueblo no son sino la misma cosa, lo que una vez más se ve corroborado en la síntesis magnífica que hiciera Camilo: «el ejército es el pueblo uniformado.» El cuerpo armado, durante la lucha y después de ella, ha debido adquirir una técnica nueva, técnica que le permita superar las nuevas armas del enemigo y rechazar cualquier tipo de ofensiva.

El soldado revolucionario tiene una disciplina consciente. Durante todo el proceso se caracteriza fundamentalmente por su autodisciplina. A su vez, en el ejército del pueblo, respetando todas las reglas de los códigos militares, debe haber una gran democracia interna y una gran igualdad en la obtención de los bienes necesarios a los hombres en lucha.

En todas estas manifestaciones, el general Nguyen Giap, señala lo que nosotros conocemos por nuestra propia experiencia, experiencia que se realiza algunos años después de logrado el triunfo por las fuerzas populares vietnamitas, pero que refuerza la idea de la necesidad del análisis profundo de los procesos históricos del momento actual. Este debe ser hecho a la luz del marxismo, utilizando toda su capacidad creadora, para poder adaptarlo a las cambiantes circunstancias de países, disímiles en todo el aspecto exterior de su conformación, pero iguales en la estructura colonizada, la existencia de un poder imperialista opresor y de una clase asociada a él por vínculos muy estrechos. Después de un análisis certero, llega el general Giap a la siguiente conclusión: «En la coyuntura actual del mundo, una nación, aunque sea pequeña y débil, que se alce como un solo hombre bajo la dirección de la clase obrera para luchar resueltamente por su independencia y la democracia, tiene la posibilidad moral y material de vencer a todos los agresores, no importa quienes sean. En condiciones históricas determinadas, esta lucha por la liberación nacional puede pasar por una lucha armada de larga duración -la resistencia prolongada- para alcanzar el triunfo.» Estas palabras sintetizan las características generales que debe asumir la guerra de liberación en los territorios dependientes.

Creemos que la mejor declaración para acabar el prólogo, es la misma que utilizan los editores de este libro y con la que estamos identificados: «Ojalá que todos nuestros amigos que, como nosotros, sufren todavía los ataques y las amenazas del imperialismo, puedan encontrar en Guerra del pueblo, ejército del pueblo, lo que hemos hallados nosotros mismos: nuevos motivos de fe y esperanzas.»

[*] Prólogo al libro de Vo Nguyen Giap, "Guerra del pueblo, ejército del pueblo", Editora Política, La Habana 1964.]

América Latina: Una liberación por completar


Diego Rivera (México) Campesino

Nils Castro   /   El Mercurio Digital

 

Como sabemos, en el último decenio varios países latinoamericanos han tenido alguna forma y grado de desplazamiento político a la izquierda. Esto ha ocupado la atención de muchos analistas y hoy disponemos de una importante cantidad de explicaciones que, pese a la diversidad de métodos y posiciones, coinciden en sus principales señalamientos sobre las causas y formas de ese fenómeno.

Sin embargo, todavía hay pocas previsiones concretas sobre cuánto más esta tendencia se podrá extender y profundizar o, en caso de revertirse, lo que pudiera sobrevenir en su reemplazo. Esto reabre en cierta perspectiva un tema clásico: el de la dialéctica entre reforma y revolución o, más precisamente, el de si estamos o cuándo pudiéramos estar ante unas condiciones que efectivamente demandan replantearlo.

 En general se recuerda cómo, tras el brutal ciclo de las dictaduras, el reflujo de las rebeliones guerrilleras y la reinstauración de las democracias civiles, sobrevino la ofensiva neoconservadora y con ella la imposición de los "reajustes estructurales" resumidos en el denominado Consenso de Washington. Acontecimientos que, en el ámbito externo, coincidieron con el cambio de estrategia en China, el colapso de la URSS y el "campo socialista", así como los efectos que por varios años esos acontecimientos le infligieron a las certidumbres, el prestigio y la convocatoria de las izquierdas.

El pasado ha muerto, pero…

En ese contexto, nuestros pueblos azotados por las consecuencias de la deuda externa, las amenazas de la hiperinflación, el temor al regreso de los militares y la escasez de alternativas ideológicas viables no obtuvieron las democracias que hubieran deseado, sino aquellas que les fueron concedidas en las transiciones pactadas entre los generales, los partidos tradicionales, la política norteamericana de la época y las autoridades financieras internacionales. Es decir, una modalidad de democracia restringida que no satisfizo muchas de las principales expectativas populares pero restableció cierta parte de los derechos civiles, libertades públicas y esperanzas electorales antes conculcados.

 Esa democracia, básicamente concebida para descompresionar el ambiente social, regular la rotación entre administraciones oligárquicas formalmente electas, así como restringir la participación de opciones contestatarias, fue naturalmente débil frente a la ofensiva neoconservadora y las tesis neoliberales que ésta implantó. Destinada a administrar políticamente el servicio de la deuda externa, a aplicar las reformas recetadas por el Consenso de Washington y a mantener bajo control sus previsibles efectos sociopolíticos, hoy todavía la llamamos "democracia neoliberal" por el contenido de la gestión económica que le tocó implementar.

 Por supuesto, las formas, modalidades, grados y calendarios con los cuales esta implantación se concretó en las diversas latitudes latinoamericanas fueron tan diferentes como los respectivos casos y procesos nacionales. Como así también han sido distintos sus correspondientes efectos y secuelas. No obstante, se pueden constatar dos observaciones:

 La primera, que al no tener que vérselas con adversarios de mayor consideración, la ofensiva neoconservadora tuvo penetrantes y extendidas consecuencias ideológicas, no solo entre las clases hegemónicas sino también entre las capas medias y la intelectualidad política, empresarial y académica. Ante los vacíos y obsolescencias ideológicas dejadas por la "caída del muro", las tesis del consenso de Washington penetraron como lugares comunes en el pensamiento cotidiano de las dirigencias latinoamericanas, incluso en el de algunas izquierdas a las que "jaló" hacia el centrismo político.

 En Europa occidental, por ejemplo, una parte de la socialdemocracia buscó conciliar su herencia socialista con las tesis neoliberales, lo que no resultó en "actualizarse" sino en extraviar su propia identidad y programa políticos. Grandes partidos socialistas europeos que por esa vía se deslizaron hacia el centro no solo perdieron su identidad y razón de ser, sino también a millones de electores decepcionados, obsequiándole así una nueva oportunidad a las derechas. Sus imitadores latinoamericanos no corrieron mejor suerte.

 La segunda, que tras una inicial estabilización macroeconómica, las políticas neoliberales ya no estabilizaron la situación, sino que pasaron a generar otras feroces consecuencias sociales. Aquí no es indispensable volver a describirlas, puesto que hay abundante literatura sobre el tema. Pero sí conviene recordar que esas consecuencias sociales afectaron negativamente la estructura y cohesión de la clase trabajadora, lo que enflaqueció sus organizaciones, puesto que muchos de sus integrantes se dispersaron para sobrevivir en la informalidad o la emigración.

Como asimismo proletarizó, cambió el perfil ocupacional y redujo la autonomía de distintas fracciones de las capas medias. Y, a la vez, que millones de fugitivos de la crisis rural siguieron migrando a las ciudades, pero ya no para engrosar la clase obrera sino los crecientes cinturones de miseria urbana. Todo lo cual aglomeró un nuevo personaje social, menos articulado y consciente de sí mismo pero no menos sufrido, al que Frey Beto denomina el "pobretariado".

Con el tiempo, la prolongación de las frustraciones y disgustos sociales provocados por los efectos de las políticas neoliberales acumularía una masa de malestar e inconformidad que, en varios países, se combinaría con la flagrante carencia de nuevas propuestas y organizaciones políticas capaces de ofrecerles objetivos y canalización. A la postre, esa masa sin cabeza estratégica empezaría a insurreccionar ciudades Caracas, el Alto, Quito, Buenos Aires, entre otras , a secundar asonadas y a defenestrar gobiernos sin disponer todavía de otra alternativa que instituir en su lugar.

Por si no bastara la constatación académica de que la doctrina neoliberal es una especulación ideológica plagada de errores teóricos, los efectos sociales de su aplicación especialmente de las aplicaciones indiscriminadas, mecánicas y masivas auspiciadas por los organismos financieros internacionales al cabo resultaron peligrosas para la estabilidad social y la gobernabilidad que interesan a sus mismos promotores. Sobre todo cuando el "achicamiento" neoliberal del Estado lo priva de los poderes requeridos para subsanar problemas sociales, prever y corregir efectos malsanos, y ejercer la conducción y control de sus propias poblaciones.

Así pues, a fin de cuentas la práctica de los postulados del Consenso de Washington, además de evidenciar su fracaso en la escasez de éxitos duraderos en la arena económica, no solo provocó irritaciones sociales sino el cuestionamiento de los sistemas políticos previamente establecidos. Es decir, puso en crisis al modelo de democracia restringida que había facilitado instrumentar su aplicación, pero que al cabo resultó incapaz de administrar las consecuencias de la puesta en práctica de dichos postulados.

Finalmente, tras una ilusoria y corta primera impresión, el neoliberalismo logró pegarse un tiro, no en el pie, sino en la mano de empuñar el revólver. Y ahora, bajo el impacto de la crisis económica mundial generada en las grandes instituciones financieras estadounidenses y europeas, hasta los ortodoxos más obsesivos aceptan que la desregulación y la consiguiente falta de supervisión y control del Estado indujeron y aceleraron esa catástrofe. Ahora cuando los mercados del Norte siguen al borde del naufragio y millones de trabajadores (y de parásitos) norteamericanos y europeos han quedado al garete reconocen los peligrosos efectos de esa prédica, pese a que los latinoamericanos hace años los veníamos exhibiendo y denunciando.

Y todos admiten, también, que el muro neoliberal se derrumbó.

Paradójicamente, aunque las izquierdas latinoamericanas a través de la crítica sistemática de las tesis neoliberales y de sus efectos sociales hace mucho advirtieron ese fracaso, no por ello dispusieron de lo necesario para proponer otra alternativa de pensamiento económico más acertada y viable. Como tampoco pudieron prever e identificar la naturaleza de la actual crisis económica mundial, y nuestras opciones frente a la misma, pese a tantos años de anunciar que ella sobrevendría.

En una situación que recuerda la descrita por Antonio Gramsci --el pasado ya muere sin que todavía hayamos producido su sepulturero-- el fracaso neoliberal y el estallido de la crisis han tenido lugar antes de que hubiéramos elaborado un sistema conceptual y operativo idóneo para remplazarlo.

Así las cosas, uno de los principales problemas a resolver en este aspecto puede formularse de una manera tan directa como sencilla: ¿de qué otro sistema conceptual podremos disponer, y cuándo, para manejar la crisis e impulsar nuestras propias alternativas de desarrollo especialmente ahora que los grandes adversarios del cambio histórico están en problemas, sin dañar la integración Sur Sur ni retroceder a antiguos aislamientos proteccionistas?

La crisis del sistema político

Vista las cosas en esa perspectiva, llama la atención el hecho de que la mayoría de los estudios disponibles acerca de las consecuencias del neoliberalismo, y de sus incidencias entre los votantes en nuestros países, proviene de análisis de carácter económico y sociológico. Si bien les corresponden muchos aciertos, todavía hace falta sopesar el aspecto específicamente político del fenómeno.

Como recordábamos, las democracias restringidas ofrecieron un ámbito acotado donde ejercer cierta convivencia social, libertades públicas y derechos ciudadanos. La justificación económica de ese ámbito correspondió, en una u otra forma y grado, a los ilusorios efectos iniciales del "reajuste" neoliberal. Las más de las veces su uso implicó gobiernos civiles débiles y atormentados por el desastre económico legado por los regímenes oligárquico militares el servicio de la deuda externa incluido , con los respectivos espectros de estancamiento, desempleo e hiperinflación, y el consiguiente apremio por obtener financiamiento externo.

Esos gobiernos nacieron en una trampa, cuyas precariedades y urgencias económicas y políticas fueron impiadosamente aprovechadas por los tecnócratas de las instituciones financieras internacionales y otros agentes financieros foráneos ninguno de ellos democráticamente electo , para hacerlos asumir los respectivos compromisos. Aplicar los "ajustes" no fue cuestión de si nuestros gobernantes eran o no neoliberales o estaban dispuestos a convertirse: esa no fue una opción voluntaria, y quienes se resistieron no tendrían oportunidad de superar el embrollo.

En el ámbito social y político así acotado, las democracias restringidas funcionaron como democracias de servicio a la deuda (externa) y gobiernos civiles de administración de la crisis (social). Esto hace imprescindible diferenciar "la democracia que deseábamos" de "la que nos dejaron tener", a fin de destacar la necesidad de impulsar movilizaciones y usar los mecanismos disponibles para rehacer esa democracia "real" o realmente existente y lograr "la democracia que queremos".(1)

La democracia restringida, como cualquier otro régimen, demanda y genera un sistema político que le sea funcional. Más allá de la estructura político electoral constituida por los partidos, normas, autoridades y calendarios que intervienen en la organización de comicios y participan directamente en su realización, el sistema político abarca al conjunto mayor e inclusivo de todos los agentes sociales, económicos, institucionales, culturales y políticos que interactúan para constituir el ambiente dentro del cual se forman y manejan las agendas temáticas, actitudes, corrientes de opinión y liderazgos que sustentan, moldean y le dan aceptación y previsibilidad a las conductas políticas de los principales sectores de la población.

Este ambiente propicia, así, la aceptación, legitimación y acatamiento de ciertos parámetros y reglas del juego escritas o no dentro de las cuales los adversarios podrán actuar normalmente (en el sentido de que "normal" es aquello que se atiene a la norma vigente), e incluso relevarse entre sí. Lo cual debe conseguirse una y otra vez sin desestabilizar el funcionamiento y la continuidad (o re producción) del conjunto de la totalidad cultural, social y económica que el sistema político debe cohesionar, administrar y representar.

Como es sabido, para configurar el ambiente social donde se consagran y acatan esas reglas del juego, y donde se moldean las agendas políticas y la conformidad de los comportamientos cívicos en el sentido no solo de tornear y consensuar actitudes y expectativas sociales, sino de desacreditar y marginar todo amago de inconformidad, tiene especial relevancia el control y la penetración de los medios de comunicación. Estos siempre han tenido enorme influencia: desde el poder oscurantista del púlpito en la Edad Media, al de la imprenta en la difusión de las otras formas de pensar en la Reforma, y del periódico en las insurgencias de los siglos XIX e inicios del XX, hasta la irrupción de la radio y la actual hegemonía de la televisión.

Hoy, los medios más poderosos funcionan como pilares de la dominación sociopolítica, incluso disputándole ese papel a los partidos políticos. Tras cada zancada del progreso en los instrumentos de comunicación masiva, las clases dominantes han procurado controlar y desarrollar a su manera los medios de mayor penetración. No solo para propósitos mercantiles, sino también para alinearlos a favor de la consolidación y defensa de los lugares comunes del pensamiento y las conductas sociales que sus propietarios consideran más funcionales para reproducir el sistema político en el que ellos protegen sus intereses.

Esto no significa que los medios más poderosos solo expresan el pensamiento y las preferencias privadas de la clase dominante. Significa, eso sí, que difunden los modos de pensar y los comportamientos que ella le imprime a la cultura política de los demás grupos integrantes de la sociedad. De la misma forma, la célebre frase "la cultura dominante es la cultura de la clase dominante" no significa que la burguesía se afana para que todo obrero piense como un burgués, sino que el burgués educa a su hijo para hacer de él un ejecutivo exitoso, pero al obrero para formarlo como un autómata disciplinado y rentable.

 

Como instrumentos culturales de la clase dominante, la prensa y publicidad participan activamente en la tarea de repartir los diferentes roles y valores culturales e informativos que mejor corresponden a la finalidad de preservar y perfeccionar su dominación, procurando que los demás grupos sociales asuman los comportamientos públicos distintos pero complementarios que mejor correspondan a la misma.

Privatización y recuperación del sistema

En la democracia restringida ya sea esta neoliberal o postneoliberal (2) ello contribuye continuamente al efecto de encarecimiento y virtual privatización de las actividades políticas, particularmente las electorales, así como a la exclusión de eventuales outsiders contestatarios. Para lograr implantarse, los partidos, candidaturas y propuestas progresistas se ven forzados a enfrentar campañas cada vez más costosas, que con frecuencia requieren contratar expertos extranjeros y empresas transnacionales de la publicidad. En muchos de nuestros países, el principal acreedor (y extorsionador) de los partidos y/o los candidatos son los consorcios que dominan la televisión.

Los subsidios estatales destinados a mitigar esa situación, cuando los hay, suelen ser insuficientes, verse muy condicionados y estar sesgadamente distribuidos. Esto no es un problema para los grandes partidos conservadores, que disponen del respaldo de los poderes económicos dominantes: medios y partidos son, aquí, dos botones de la mancuerna que adorna el puño de la clase que maneja y retiene la batuta. Los contrincantes políticos burgueses se retan en las tribunas públicas pero comparten el café, junto con los intereses y acciones, en las juntas directivas de las mismas empresas.

Esto surte invariables efectos selectivos y excluyentes contra los movimientos sociales y partidos contestatarios, que se ven obligados a realizar esfuerzos desproporcionados para financiar sus actividades regulares y campañas electorales. Lo que les plantea el reto de desarrollar procedimientos originales y creativos para hacerle frente a semejante desigualdad de condiciones competitivas.

Por consiguiente, como bien señala Gramsci, "en la lucha política es preciso no imitar los métodos de lucha de las clases dominantes, para no caer en fáciles emboscadas"(3). Así como la guerrilla no vence al ejército tradicional copiando sus estructuras y medios, sino al sorprenderlo con iniciativas imprevistas y sobrepasarlo en obtener respaldo social dos cosas que van bien de la mano, las izquierdas necesariamente deben saber comunicarse, informar y educar desplegando formas e instrumentos inéditos.

Lo mismo corresponde decir respecto a los fines de dichas comunicaciones. Esa desproporción en la disponibilidad de recursos económicos y mediáticos para el quehacer político exige destacar otra cuestión de extrema y duradera importancia: la principal tarea de los movimientos y partidos que representan la inconformidad social y la lucha por impulsar un programa de cambios de fondo es la de producir y masificar una contracultura política que oponerle a la cultura implantada por el sistema existente.

Una contracultura de los sectores populares que ayude a desarrollar la necesaria independencia crítica frente a las influencias de los grandes medios de comunicación y los demás instrumentos ideológicos de la clase dominante. Como, asimismo, que le facilite a las organizaciones populares a identificar y anteponer sus propios valores y objetivos, a darse una agenda propia con la cual establecer sus prioridades y cursos de acción, y a ganar mayor adhesión y respaldo sociales. La misión medular de esa contracultura no es contestar a cada lance de la agenda burguesa, sino adelantarse a entronizar los temas que interesan al movimiento popular.

 Solo la expansión y arraigo de esa contracultura puede producir la posibilidad de darle sustentación social a campañas más eficaces, a través de la adhesión consciente de los sectores populares y medios. El éxito electoral de los movimientos y partidos contestatarios no puede depender de sus escasos recursos publicitarios e comunicativos, en el mismo terreno donde sus oponentes operan ventajosamente. Sobre todo, si obtener financiamientos de campaña conlleva pactar compromisos políticos con los donantes de esos recursos, lo que no pocas veces implica mediatizar y hasta derechizar el discurso y las propuestas de campaña, esto es, diluir tanto la identidad de los movimientos y partidos como la mística de sus seguidores, y abrirle opciones al oportunismo.

No hay mal que dure cien años… (4)

Aun cuando en el marco "normal" de la democracia neoliberal las izquierdas debieron encarar tales limitaciones y desventajas, al cabo de los años el malestar y la disconformidad acumulados sobrepujaron al sistema establecido, cuestionándolo, desacreditándolo y generando los consiguientes repudios y desacatos. La incapacidad de las prácticas políticas tradicionales y de los partidos ya instalados en el sistema algunos de izquierda incluidos para resolver las causas del malestar social y ofrecer soluciones alternas los llevó, finalmente, a compartir ese descrédito y perder la confianza pública.

En los tiempos y formas propios de cada realidad nacional, luego de agotar inútilmente las opciones político electorales disponibles, la mayoría de los votantes pasó del escepticismo y la abstención al voto de castigo, y a la antipolítica en general, como forma más emotiva que racional de repudio generalizado a los partidos y los políticos, al descalificarlos en bloque como cúpulas indiferentes a la suerte de la población. Al cabo, por diversos caminos las consiguientes explosiones sociales y sus posteriores consecuencias políticas terminaron por dar oportunidad a la elección de los gobiernos progresistas surgidos en los últimos años.

No es cuestión de repetir aquí el relato histórico de esos procesos, ya conocidos. Lo que sí cabe es observar que ese fenómeno se ha realizado a lo largo de dos rutas, que no siempre se excluyen entre sí y que a veces se han sucedido consecutivamente. La primera fue esa que llevó a reiterados levantamientos urbanos, capaces de tumbar gobiernos pero carentes de las propuestas y la organización necesarias para instaurar nuevos regímenes. La otra, la que condujo a la mayoría de los votantes a secundar una opción electoral contestataria del sistema político vigente.

En el primer caso como en Caracas, Buenos Aires, el Alto y la Paz, y en Quito los partidos y dirigencias políticas tradicionales ya no estaban en condiciones de sortear el descontento. El desgaste del sistema político ya lo colapsaba por sí solo. La rebelión urbana desconoció, desacralizó e inutilizó al sistema vigente y defenestró gobiernos o los dejó en situación precaria. Luego, según las singularidades y vicisitudes propias de cada proceso nacional, lo que restaba de la viaja institucionalidad apenas serviría para organizar un proceso electoral atípico que permitiera cederle el mando presidencial a un candidato crítico del viejo sistema, es decir, un contracandidato u outsider, para así eludir el riesgo de perder todo lo demás.

En el segundo caso, un sentimiento social de creciente y extendida insatisfacción respecto a las opciones electorales recicladas por el sistema vigente viabilizó sin desembocar en estallidos civiles la progresiva aceptación ciudadana de las propuestas de un movimiento crítico del sistema, como en los casos de Chile, Brasil, Uruguay o Paraguay. Para lograrlo fue necesario invertir una larga persistencia política y, también, moderar los objetivos y el discurso de esos partidos. A la postre, se instaló un gobierno venido de fuera del sistema político establecido, pero sin la potencia de la fuerza social movilizada en el primer caso.

Por eso la primera variante ha podido viabilizar soluciones más radicales, que hacer posible rehacer al sistema constitucional y político electoral, como en Venezuela, Ecuador y Bolivia aunque con mayores resistencias y dificultades en este último país debido a las complejidades y contrastes regionales, ideológicos y etnoculturales involucradas . Por su parte, pese a la fortaleza de la rebelión urbana bonaerense, la difícil definición de un nuevo liderazgo que pueda orientar el cambio, el contrapeso político de un poderoso conservadurismo rural, junto a los obcecados vetos de unas izquierdas a las otras, terminaron por reducir la opción argentina a una variedad del segundo tipo, y moderar sus alcances.(5)

El hecho, sin embargo, es que ninguno de esos casos ha dado lugar a una revolución en el sentido clásico del término, y todos, en cambio, han confirmado que no es lo mismo llegar al gobierno que tomar el poder. Ninguno, en efecto, involucró la toma de la totalidad del poder del Estado por una fuerza capaz de fundar una nueva formación histórica en reemplazo del capitalismo: todos se resolvieron en cambios de gobierno institucionalmente obtenidos y reconocidos por medios electorales, más o menos en el marco de las restricciones características del sistema político preexistente.

Así, por ejemplo dentro de las respectivas particularidades , salvo el caso de los grandes colapsos sistémicos de Venezuela y Ecuador, la mayor parte de esos nuevos presidentes progresistas asumió la dirección del Órgano Ejecutivo sin disponer de la mayoría parlamentaria requerida para poder ir más allá de cierto género de innovaciones, ni disponer de influencia sobre el Órgano Judicial, o sobre otros poderes reales como las fuerzas armadas, las instituciones financieras o los medios de comunicación, como tampoco del gobierno de los estados o provincias federales.

A esto se añade que, pese al colapso ideológico del neoliberalismo y el descrédito del reordenamiento estructural que éste hizo implantar, las reformas neoliberales han quedado como un hecho cumplido, difícil de remover: quiérase o no, las privatizaciones están hechas, las reglas macroeconómicas y financieras implantadas permanecen vigentes, hay compromisos de seguridad jurídica que seguir acatando, y esas realidades no son fáciles de remover.

Por añadidura, los nuevos gobiernos progresistas, electos gracias a las consecuencias políticas de las descalabradas secuelas del régimen anterior, se estrenaron constreñidos a priorizar la lucha contra la inflación y/o a salvar el valor de la moneda y/o a recuperar el crédito y/o a mantener la dolarización, etc., etc., para evitar que dichas secuelas colapsaran a un Estado que ya iba rumbo a la inviabilidad. Esto es, se vieron constreñidos a rescatar la salud del capitalismo local para impedir un mayor agravamiento de la situación heredada y disponer de recursos adicionales con los cuales emprender proyectos de interés social.

Un ámbito de liberación nacional

En esas circunstancias, más que iniciar un proceso revolucionario, los nuevos gobiernos progresistas han coincidido en tres grandes avenidas en las que, pese a todo, han obtenido notables éxitos. En lo social, avanzaron en el combate a la pobreza, la exclusión, el hambre y el desempleo y, en la medida de lo factible, por mejorar la distribución del ingreso. En lo político, avanzaron en el rescate de soberanía y recuperaron importantes cuotas de autodeterminación, y avanzaron en el empeño de hacer de América Latina una comunicad de naciones con mayor iniciativa frente a la tradicional hegemonía norteamericana. Por otra parte, en el plano integracionista, han impulsado los procesos de integración Sur Sur, en la región y, en algún caso, hasta más allá del Continente.

Aun así, pese a lo mucho que todo eso vale en el ámbito de un proceso de liberación nacional como antes lo llamábamos , ello no configura una situación revolucionaria, sino una donde las cosas se pueden hacer mejor desde el punto de vista social y humanitario, y donde se vuelve más factible reactualizar y ampliar las condiciones "subjetivas" y organizativas necesarias para que de aquí en adelante las izquierdas puedan madurar aspiraciones de mayor aliento revolucionario, en vez de quedarse en cuestionar o defender los progresos ya tenidos. Especialmente, en circunstancias en las que la hegemonía imperialista ha perdido poder de intervención.

En realidad, lo que hasta ahora tenemos son los resultados del malestar social que antes deslegitimó al sistema político existente el de la democracia restringida y neoliberal y lo puso en crisis. Una crisis política multiforme que desembocó en un crecimiento de la disposición popular para apoyar candidatos y propuestas antisistémicas, pero que aún no alcanza a completar no podía por sí sola lograrlo las condiciones clásicas de una situación revolucionaria.

Al respecto no cabe menos que preguntarse: ¿estaban (o están) estos pueblos latinoamericanas en condiciones y en actitud de materializar y defender desarrollos revolucionarios de mayor alcance y riesgo? O, en su lugar, ¿qué más falta para que eso pueda darse, a quién corresponde hacerlo y, finalmente, en qué medida estos gobiernos progresistas podrán contribuir a adelantar ese camino? En el lenguaje de los albores de la III Internacional, ¿ahora qué hace falta para que tales procesos de liberación puedan dar pie a procesos revolucionarios?

La brecha por llenar

Las respuestas tendrán diferencias de país a país, pero en todos aún gravita un rezago en el campo de las ideas y las expectativas colectivas, y en el de la disposición de romper los actuales patrones de vida y arriesgarse por ellas.

Las causas mayores de este déficit vienen de problemas suscitados en el desarrollo del componente subjetivo de las posibles situaciones revolucionarias, y las consecuencias organizativas que eso conlleva. Como bien sabemos, después de cierto apogeo de las ideas y motivaciones revolucionarias en los años 60 y 70 del siglo pasado, un conjunto de acontecimientos cuestionó y erosionó sus propuestas doctrinarias, certidumbres y expectativas. Pese a los años transcurridos, aún no hemos repuesto gran parte de los platos rotos (más nos hemos ocupado de buscar quién debía pagar por ellos que en reponer la vajilla).

No fueron pocas las variantes frustradas. Entre ellas, la desestabilización y violenta liquidación del intento democrático de Salvador Allende; el deterioro y desaparición de las opciones del nacionalismo revolucionario liderado por algunos militares (6); y la derrota o desmovilización negociada de las experiencias guerrilleras. Adicionalmente, la reformulación de la estrategia abanderada por China y la liquidación del maoísmo, el deterioro y colapso del ejemplo soviético que para muchos aún conservaba valor paradigmático , así como la aspereza sectaria en el manejo de la diversidad entre las corrientes de izquierda y, por añadidura, la dureza del "período especial" cubano que indujo a mantener la solidaridad con la Isla pero también a desistir del modelo que ella había representado.

Y, arrojada como una avalancha sobre esos telones de fondo, la potencia y penetración de la ofensiva neoconservadora desatada a partir de los tiempos de la señora Tatcher y la administración Reagan.

El derrumbe del modelo soviético podía propiciar efectos liberadores, al desembarazar las capacidades creativas del marxismo y el socialismo, justamente cuando los pueblos latinoamericanos más sometidos, explotados y empobrecidos que en tiempos del Ché en Bolivia, ahora más requerían otras propuestas liberadoras. Cuestión de tiempos ideológicos y culturales. Lamentablemente, antes de que eso pudiera darse, dicho conjunto de factores acarreó el cuestionamiento de no pocas confianzas y convicciones, con un largo saldo de decepciones, incertidumbres, oportunismos y desmovilizaciones.(7)

Aún así, luego de dos lustros de sufrir la puesta en práctica de los postulados del llamado Consenso de Washington, gran parte de nuestros pueblos estuvo lista para rechazar tanto los "ajustes" neoliberales como a sus promotores, aunque ese repudio todavía careció de un nuevo conjunto de propuestas sistematizadas que diera sentido y propósito efectivamente transformador a esa disconformidad. A diferencia de los años 60 y 70, en ausencia de la necesaria contracultura política, gran parte de las demandas se dirigió más a reclamar la derogación de tales "ajustes" que a cuestionar al capitalismo como tal.(8)

En esa carencia también intervinieron factores objetivos. Las reestructuraciones implantadas durante la hegemonía neoliberal dispersaron una valiosa parte de los trabajadores eliminados sus puestos de trabajo, se dispersaron en busca de sobrevivencia en la informalidad y la emigración, que pasaron a engrosar el "pobretariado". A su vez, las capas medias perdieron autonomía y se debilitaron en número, mientras parte de la intelectualidad fue arrollada por las nuevas dudas y descalificaciones ideológicas.

No puede soslayarse el hecho de que en parte por la carencia de una contracultura propia significativos contingentes de pobres y desplazados de las ciudades y el campo entraron a las clientelas de los líderes políticos de la clase dominante, unas veces por un mendrugo y otras seducidas por más que eso. Hoy en varios países latinoamericanos también la derecha dispone de contingentes populares motivados y organizados, además de los tradicionales "escuadrones" de acción extrajudicial.

Revertir ese estado de cosas en el campo ideológico y cultural no podía ser fácil ni rápido. En particular, bajo el esfuerzo sistemático del régimen neoliberal por promover la formación de una "sociedad civil organizada" a la medida de su necesidad de legitimarse y, a la vez, de continuar por medios civiles la tarea de desbandar tanto a las dirigencias populares como a los centros de estudios y publicaciones que la intelectualidad de izquierda tuvo entre los años 60 y 80, y que en su tiempo contribuyeron a capacitar los movimientos populares de su época.

Ahora, revertir la situación exige recrear conciencia y solidaridad de clase, esto es, contribuir a que grandes masas recuperen destreza crítica y autonomía política, y a que sus núcleos más conscientes puedan renovar sus agendas temáticas y propuestas, remozar lenguajes y estilos, reformular los objetivos y los correspondientes métodos de actuación popular, en las circunstancias es decir, las limitaciones y las oportunidades de cada realidad nacional. Lo que, asimismo, requiere trabajo intelectual orientado a elaborar otra visión del interés colectivo, para mejorar la cooperación de los distintos segmentos populares.

Las derechas y sus clientelas pueden permitirse el lujo de ofrecer más de lo mismo empaquetándolo con nuevos formatos y recursos mediáticos, incluso simulando actitudes antisistémicas y vistosos "cambios" que apenas son de estilo. Pero las izquierdas no. Y menos cuando el sistema político está en crisis y sus ofertas no son confiables y, peor aún, cuando estamos ante una gran crisis económica mundial que desmiente al neoliberalismo pero agrava todas sus secuelas.

Protagonistas en esa tarea

Requerimos, pues, reconvertir un difuso descontento social en una cultura nueva, capaz de expresarse en una práctica política a la vez renovada e innovadora. Avanzar en esa ruta es indispensable para hacer de la izquierda el agente de organización capaz de catalizar la cultura nueva que espontáneamente tiende a emerger de nuestras luchas sociales, pero que no podrá sistematizarse sin la necesaria intervención de las organizaciones políticas a quienes les corresponde promover ese surgimiento.

Los partidos y movimientos organizados son entidades vivas que, en interacción con los demás actores del sistema político, pueden encallar en las concepciones de una época o adelantarse a impulsar nuevas opciones. Se pueden anquilosar o relanzar, según dónde, cómo y para qué entierren su raíces en unos u otros campos sociales y oportunidades históricas, donde ellos así podrán perder o recuperar autenticidad.(9)

Obviamente, las demandas y expectativas sociales cambian, y lo hacen con una dinámica propia, con sus respectivas variables. Y dentro de esa dinámica a los partidos les corresponde desempeñar determinados papeles en la medida en que surgen y evolucionan en función de cumplir cierto proyecto. Aún así, con el tiempo cualquier partido -a semejanza de las otras formas de organización social- tiende potenciar las conductas internas encaminadas a preservar sus propias estructuras y mandos a reproducirse a sí mismos en vez de readecuarse para impulsar nuevas formas de cambiar la realidad. En este sentido, al cabo pueden perder el piso social que originalmente los sustentaba.

Es característico de todo sistema que, tan pronto como una estructura deja de hacer lo que le corresponde, empiezan a generarse comportamientos que soslayan los patrones preestablecidos, unos comportamientos que la teoría de sistemas llama "informales". Por ejemplo, cuando la economía formal deja de cumplir sus responsabilidades sociales, crece el campo de la economía informal. Asimismo, en la medida en que los partidos y los procedimientos políticos antes constituidos ya no hacen lo que deben, enseguida aparecen otras agrupaciones que procuran cumplirlo por distintos medios. Es decir, las nuevas necesidades y expectativas sociales buscan otras vías de solución si los partidos ya no las resuelven. Así las cosas, la proliferación de organizaciones de la llamada "sociedad civil" (y la euforia de sus pretensiones) puede ser parte de esa informalización de la política.

A veces las organizaciones civiles más bulliciosas son grupos muy elitistas que apenas representan cierto segmento de la clase media acomodada, pero se arrogan la representación de toda la sociedad. Pueden ser doce o catorce gatos, pero muy vistosos. No hay que confundirlos con las organizaciones que a un partido realmente le deben importar: las organizaciones comunitarias, barriales, laborales, las organizaciones representativas de grandes segmentos y reivindicaciones sociales.

En todo caso, los partidos como cualquier tipo de organización ya sean asociaciones cívicas, gremiales o culturales, empresas, clubes deportivos o iglesias periódicamente necesitan renovar su representatividad, en la medida en que la propia sociedad y sus expectativas van modificándose. Necesitan renovar objetivos en la medida en que éstos se cumplen cuando uno avanza en sus objetivos o fracasa en cumplirlos, la realidad ya deja de ser la misma, lo que obliga a reconocer las nuevas demandas, y a responderles con nuevas propuestas.

Esto es, reconfirmar la vida de cada partido demanda renovar su vigencia, porque los proyectos se agotan y con ello asimismo las organizaciones que son sus portadores. Cuando ya no hay proyecto creíble y movilizador el partido pierde legitimidad. Es preciso valorar los proyectos como movimientos culturales, en este caso como movimientos de reconstrucción de la cultura y la práctica políticas, en las cuales incorporar las nuevas demandas y darles orientación eficaz.

¿Reforma o revolución?

 Al fin y al cabo, se milita en un partido de izquierda porque se está insatisfecho con la realidad en la que se vive. Tenemos realidades odiosas, discriminadoras, plagadas de pobreza, miseria y exclusiones. Se milita porque se las quiere cambiar. Por lo tanto se necesita un proyecto de cambio relevante, persuasivo y factible. En contraste, cualquier tipo de claudicación, al conllevar conformarse con más de lo mismo igualmente traerá resultados desalentadores y disgregantes.

 ¿Reforma o revolución? Mientras no dispongamos de propuestas que faciliten desarrollar la necesaria contracultura política y darle efectiva sustentación de masas a una renovada ofensiva revolucionaria, es irresponsable demandar que los actuales gobiernos progresistas asuman ese papel. Ellos no son producto de una situación revolucionaria puesto que el componente "subjetivo" de esa situación no se ha dado o mejor dicho, aún no lo hemos construido. Son efecto de una crisis del sistema político electoral, no del sistema general de dominación.

Nuestros gobiernos progresistas pueden y deben contribuir al necesario proceso de formación de conciencia, de expansión y fortalecimiento de la contracultura popular, de organización de los sectores sociales populares y los interesados en cambiar más profundamente la situación y sus perspectivas. Pero no pueden hacer más de lo que pueden las alianzas que los hicieron factibles, ni más de lo que el sistema en su conjunto puede sobrellevar.

Por otra parte, la crisis política que hizo posible elegir estos gobiernos no es irreversible. La esperanza de que nuestros pueblos sin haber desarrollado todavía esa contracultura seguirán votando por ofertas electorales de uno u otro matiz de las izquierdas puede ser más o menos temporal. Muchos de ellos no necesariamente han votado por un proyecto de izquierda, sino que con su voto han castigado a quienes ven como los causantes de su actual descontento.

Al cabo de unos pocos años, ¿quiénes serán vistos como los responsables de sus próximas insatisfacciones? Antes de contestar, no debe olvidarse que ni la clase dominante, ni sus medios de comunicación, ni los sectores más reaccionarios del imperialismo están maniatados ni desprovistos de recursos, ni renunciarán a la arena política. No se enconchan a lamerse la herida sino a articular sus contraofensivas. (10)

Precisamente por la señalada flaqueza del factor subjetivo, la continuidad de lo que hoy tenemos no está ni mucho menos asegurada. País por país, los grandes medios de comunicación siguen cumpliendo su papel, muchas veces como Estado Mayor de los partidos tradicionales. Además, también la derecha puede crear y recrear vistosos figurantes antisistémicos por la forma pero continuistas en su función incluso más reaccionarios y menos respetuosos de la institucionalidad legal como los Fujimori o Berlusconi.

Entonces, la cuestión no es afligirnos acerca de si ahora tenemos o no gobiernos revolucionarios o si ellos deberían realizar un papel que sus críticos de izquierda tampoco han sabido cumplir. Como en su momento bien señaló Rosa Luxemburgo, "la reforma social y la revolución no son […] diversos métodos del progreso histórico que a placer podamos elegir en la despensa de la Historia, sino momentos distintos del desenvolvimiento de la sociedad de clases". (11)

La formación de momentos más propicios es y será obra humana. Dado que sus condiciones subjetivas aún no se han forjado, compete completarlas con las nuevas propuestas que este tiempo reclama, y sistematizar los trabajos que permitan masificar la cultura política que coloque esa opción en "la despensa de la historia" y la pueda hacer sostenible.

En el ínterin, no estará de más esforzarse para que nuestros actuales gobiernos progresistas resistan la prueba, y que su oportunidad no se frustre antes de cumplir sus mejores objetivos. Porque la posibilidad opuesta vendría a arrojarnos muchos años atrás.

Notas

(1) Ver Nils Castro, "¿Es viable la socialdemocracia?", en Tareas n.

73, Panamá, septiembre-diciembre de 1989. También "Comentario", en Secuencia n. 18, Instituto Mora, México D.F., septiembre-octubre de 1990. Asimismo "Democracia y democratización real", en Estrategia n.

107, México D.F., septiembre-octubre de 1992. Además, "De la crisis de la ‘democracia’ a la democratización real", en Tareas n. 83, Panamá, enero-abril de 1993.

(2) La crisis y revisión (o reemplazo) del neoliberalismo no implica que el modelo de democracia "que nos han dado" o permitido deje de ser el modelo restringido, al menos hasta que nuestra acción política lo reforme y remplace.

(3) Gramsci, Antonio: Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno. "El príncipe moderno", p. 78. Nueva Visión, Buenos Aires, 2003.

(4) "No hay mal que dure cien años ni pueblo que se lo aguante", frase del discurso del general Omar Torrijos ante el Consejo de Seguridad de la ONU, reunido en Panamá en 1973 para discutir el reclamo panameño de terminar el enclave colonial estadunidense de la Zona del Canal.

(5) En ambas variantes estos procesos han establecido la preeminencia política del ámbito urbano policlasista, diferenciándose tanto del viejo Estado liberal oligárquico de resonancias provincianas como del Estado neoliberal (a su modo también neo oligárquico) de impronta elitista y transnacional, ahora en crisis. Esta nueva realidad política, en cierto grado recuerda al Estado liberal desarrollista de las décadas de los 50 a los 70 del siglo pasado y los populismos reformistas que lo sustentaron, antepuerta de las dictaduras que los siguieron.

(6) Como los casos de Juan Velasco Alvarado en Perú, Juan José Torres en Bolivia, Omar Torrijos en Panamá.

(7) En la confusión provocada en el cruce de ese conjunto de frustraciones con la ofensiva neoliberal, una de las consecuencias fue el deterioro de la capacidad de producción teórica de las izquierdas.

Tras el derrumbe del populismo desarrollista, bajo la ofensiva neoconservadora ese deterioro propició la tendencia a sustituir el análisis crítico del sistema el de su carácter capitalista por la mera denuncia de sus peores consecuencias. Con eso, a la postre una porción de la izquierda ha vuelto a las posiciones del desarrollismo de los años 70 y la opción del capitalismo del Estado, al que ahora algunos presentan como un supuesto "socialismo" del siglo XXI.

(8) Todavía ahora, bajo el impacto de la crisis económica global, son más las voces que piden medidas anticíclicas con sensibilidad social defensa del empleo y el salario que no castiguen a los ahorristas sino a los banqueros, que las que cuestionan al sistema como tal.

Sintomáticamente, lo que se demanda es un adecentamiento del capitalismo, no su reemplazo, lo que es revelador de esa inoportuna ausencia de una propuesta alterna renovada y sostenible.

(9) Ver Nils Castro, "Crisis y reconstrucción de los partidos", en Reflexiones en un Panamá democrático, Tribunal Electoral, Panamá, 2006.

(10) Las que, como ya se ha visto, no necesariamente respetan las normas ni principios democráticos.

(11) Ver Reforma social o revolución y otros escritos contra los revisionistas, Fontanara, México D.F., 1989, pp. 118 119.

 * Profesor universitario y escritor, con especialidad en el acontecer político latinoamericano. Asesor del presidente Martín Torrijos

La revolución filosófica que murió por congelamiento


Carlos Cruz-Diez (Venezuela) Acrílico y elementos

George A. Reisch   /   Mega24, Corrientes, Argentina

 

Cómo la Guerra Fría transformó la filosofía de la ciencia (Universidad Nacional de Quilmes) propone la tesis de que el empirismo lógico fue un proyecto con ambiciones culturales y sociales que luego abandonó debido a presiones propias de la situación política de los años 50. El empirismo lógico es objeto de especial atracción para los interesados en la historia de la filosofía de la ciencia. Como las viejas fotografías de tono sepia de los ancestros que hicieron posible nuestras vidas al sobrevivir a las guerras, a las emigraciones y a las vicisitudes propias del paso del tiempo, el empirismo lógico cuenta con el nostálgico encanto de los humeantes cafés vieneses donde tomó forma gran parte del movimiento, más de ochenta años atrás. El marco y la historia son muy atractivos. En la Viena de Freud, Schönberg, Wittgenstein y otras luminarias del siglo XX, los filósofos, matemáticos y lógicos que conformaron el Círculo de Viena estaban rodeados por la creatividad intelectual

Ellos mismos estuvieron al frente de los apasionantes desarrollos del siglo en física y lógica. Los miembros principales fueron Moritz Schlick, Rudolf Carnap, Kurt Gödel, Philipp Frank y Otto Neurath, mientras que sus colegas y partidarios en Europa y los Estados Unidos incluían a Hans Reichenbach, Carl Hempel, Ernest Nagel y W. V. O. Quine. Hasta la disolución y desaparición del círculo a comienzos de la década de 1930, estos líderes de la filosofía del presente y del futuro se encontraban regularmente en la Universidad de Viena y en diversos cafés para debatir sus ideas acerca del conocimiento, la ciencia, la lógica y el lenguaje. Al tiempo que sorbían café y encendían sus pipas, inflamaron nada menos que una revolución en filosofía y nos legaron la disciplina ahora conocida como filosofía de la ciencia.

La nostalgia, desde luego, acarrea poco peso filosófico. La mayoría de los filósofos contemporáneos, no importa cuánto puedan apreciar al empirismo lógico como el movimiento fundador de su profesión, acuerda con que en las décadas de 1950 y 1960 el empirismo lógico fue desenmascarado como un catálogo de errores, malinterpretaciones, e hipersimplificaciones acerca de la ciencia. De manera más notoria, los cafés de la década de 1920 han dado lugar a tazas de café espumante y luces fluorescentes de hoteles corporativos donde los filósofos de la ciencia, representando ahora a un campo académico bien establecido, se reúne para interconectarse, debatir asuntos y llevar adelante temas afines a la educación superior.

Con todo, recientes investigaciones han mostrado que el viaje de la profesión desde los cafés europeos hasta los hoteles corporativos involucró más que un crecimiento de la membresía, el cambio de localización en el país y creencias revisadas y mejoradas acerca de la ciencia y de la epistemología. También involucró drásticos cambios sustantivos que solo ahora están pasando a ser el centro de atención. Cuanto más aprendemos acerca del empirismo lógico (sus valores básicos, metas, métodos y el sentido de misión histórica compartida por algunos de sus practicantes), más distante y foráneo parece al comparárselo con la filosofía de nuestros días de la ciencia. Así, dos preguntas generales continúan dirigiendo los estudios acerca del Círculo de Viena y del empirismo lógico temprano: precisamente, ¿de qué trata originalmente el empirismo lógico? y [...] ¿cómo evolucionó la filosofía de la ciencia en las muy diferentes formas que asume hoy?

Las respuestas convincentes a la primera pregunta comenzaron a aparecer en la década de 1970, cuando historiadores y filósofos comenzaron a recuperar y a interpretar la rica historia del empirismo lógico. Gracias a tan amplio elenco de personajes, cuyas especialidades yacen en la filosofía, la lógica, las matemáticas y las ciencias sociales, ha llegado a verse claramente que la mayoría de los primeros empiristas lógicos, si no todos, estaban tan apasionados con los problemas culturales y políticos como lo estaban con los problemas de la filosofía técnica y de la epistemología. 

En particular, Neurath, Carnap y Frank procuraron activamente forjar conexiones personales, intelectuales e institucionales entre el empirismo lógico y varias instituciones culturales y políticas y movimientos en Europa. Entre estos intereses, incluimos a la perenne preocupación de Carnap por los lenguajes artificiales internacionales y al trabajo de Neurath en museos, en la educación pública y en el sistema isotipo de iconografía visual, cuyos descendientes gráficos ahora son ubicuos en aeropuertos, paseos de compra y otros espacios públicos. Neurath, Carnap, Herbert Feigl y Hans Reichenbach fueron invitados a dar conferencias en la Bauhaus, mientras que Neurath colaboró adicionalmente con el Congreso Internacional Belga para la Arquitectura Moderna (CIAM). Hubo también debates con marxistas (Lenin incluido) y teóricos críticos de la Escuela de Frankfurt, así como también intentos por parte de Philipp Frank, de establecer amistad con los críticos neotomistas del cientificismo y del positivismo en las conferencias sobre Ciencia, Filosofía y religión, de periodicidad anual, que tuvieron lugar en Nueva York, durante la década de 1940. 

Además, al menos dos empiristas lógicos no se restringieron a debatir cuestiones de teoría política o de política nacional y económica. Neurath tuvo un papel tumultuoso y casi fatal en la revolución socialista bávara de 1919 y más tarde fue contratado por Moscú por su destreza vinculada al sistema isotipo. El activismo socialista en los años de estudiante por parte de Hans Reichenbach en la Universidad de Berlín, a su tiempo le costó la oportunidad de obtener un empleo allí.

Específicamente, el Círculo de Viena alcanzó a un público más amplio para promover sus críticas a la filosofía tradicional y para popularizar su Wissenschaftliche Weltauffassung , o concepción científica del mundo, como una alternativa sustituta. Así lo hicieron en Viena a través de la Sociedad Ernst March y sus conferencias públicas, y así lo hicieron en Europa y los Estados Unidos a través del movimiento de Unidad de la Ciencia, de Otto Neurath. 

El movimiento promovió la tarea de unificar y coordinar a las ciencias de modo que pudieran ser utilizadas de manera más adecuada como herramientas para la formación y la planificación deliberada de la vida moderna. Y procuró cultivar la sofisticación científica y epistemológica, aun entre ciudadanos comunes, de modo que pudieran evaluar mejor la retórica oscurantista proveniente de los sectores anticientíficos y reaccionarios y contribuir a planificar mejor una futura ciencia unificada que contribuiría con los objetivos colectivos de la sociedad.

Juntos, el empirismo lógico y el movimiento de Unidad de la Ciencia de Neurath estaban en la empresa del Aufklärung (Iluminismo). Buscaban nada menos que especificar y ayudar a cumplir la promesa del Iluminismo francés dieciochesco mientras se tomaba plena ventaja de los desarrollos del siglo XX en ciencia, lógica, pensamiento social y política.

Dado que ahora sabemos que el empirismo lógico fue originalmente un proyecto filosófico con ambiciones culturales y sociales, nos encontramos en el momento oportuno para preguntarnos cómo fue transformada la disciplina y cómo se perdieron estas ambiciones culturales y sociales. La respuesta que se defiende aquí es que fue transformada durante la década del 1950 al menos parcialmente, si no principalmente, por presiones políticas que eran comunes a lo largo de toda la vida cívica, así como también de la vida intelectual durante la Guerra Fría que siguió a la Segunda Guerra Mundial. 

En gran parte, estas presiones llevaron al empirismo lógico a deshacerse de sus compromisos culturales y sociales debido al cambio en el movimiento de Unidad de la Ciencia de Neurath. El movimiento no era meramente un frente público y científico para un programa que de otro modo hubiera sido filosófico e independiente. Contribuyó a determinar qué clases de preguntas y temas de investigación eran perseguidos, y cómo eran perseguidos, en el corazón de la filosofía de la ciencia.

Esto no significa que, si no fuera por la Guerra Fría, la filosofía de la ciencia contemporánea sería en la actualidad una clase de sirviente público ajeno a lo académico. En cambio, lo que se alega es que el empirismo lógico aspiraba originalmente tanto a la sofisticación filosófica y técnica como al compromiso con los científicos y con las modernas tendencias sociales y económicas. 

La Guerra Fría [...] tornó imposible esa agenda y forzó efectivamente a la disciplina a adoptar la forma apolítica y altamente abstracta que es rememorada en la obra The Structure of Scientific Theories de Suppes. En otras palabras, el abismo que separa a ese libro del combativo manifiesto del Círculo de Viena, Wissenschaftliche Weltauffassung , fue obra de la Guerra Fría. Esta interpretación tampoco desestima la perspicuidad de Quine, de Kuhn y de otros críticos del empirismo lógico. Sí afirma, sin embargo, que se debe reconocer el poder de estas fuerzas políticas, y que de este modo comenzamos a ensamblar [...] una historia más compleja y a la vez más precisa de la filosofía de la ciencia durante el siglo XX.

Apartar lo historiográfico (y en última instancia lo metafísico) puede contribuir a desmantelar un prejuicio que probablemente enfrente esta tesis. Proviene, apropiadamente, de Neurath, quien [...] luchó muchas batallas con otros filósofos cuya influencia y reputación terminaron eclipsando a la suya propia. Un elemento guía en estos debates fue el pluralismo multifacético de Neurath y, especialmente, su crítica de lo que él denomina "absolutismo". 

Por ejemplo, Neurath criticó la teoría semántica de la verdad de Carnap y Tarski (según la cual, por ejemplo, el enunciado "la nieve es blanca" es verdadero si y sólo si la nieve es blanca) basándose en que erigía un orden dual en el que el lenguaje habla primero acerca de sí mismo y luego del mundo, con el fin de permitir una comparación entre esos informes y una determinación de si prevalecen las condiciones de verdad.
Neurath objetó esto porque, insistía, un empirismo saludable nunca puede (incluso en una abstracción filosófica) ignorar las condiciones prácticas en las que operan el lenguaje y la ciencia. 

Así, en su famoso y engorroso modelo de enunciados de protocolo -"Protocolo de Otto a las 3:17 en punto: [a las 3:16 en punto Otto se dijo a sí mismo: (a las 3:15 en punto había en la habitación una mesa que era percibida por Otto)]"-, el informe más extremo del enunciado es siempre acerca de una persona específica y de lo que ellas creen que ven y saben acerca de la nieve o de la mesa ante ellas. Para Neurath, no hay dualismo legítimo alguno entre el lenguaje y el mundo que pueda invocar una teoría de la verdad. El conocimiento, el discurso, el lenguaje y la conducta permanecen siempre, como habían enfatizado Nancy Cartwright y Thomas Uebel acerca de nuestra comprensión de Neurath, en el mismo "plano terrenal".

Aquí yace, por ejemplo, una de las antipatías de Neurath con el popperianismo. En la metafísica de Popper del primer, segundo y tercer mundo, el último está habitado, como el cielo de Platón, por conceptos objetivos u objetos estudiados por generaciones de filósofos y científicos. Pitágoras y estudiantes contemporáneos de séptimo grado, razonaba Popper, pueden saber y entender el teorema de Pitágoras como la misma cosa porque este goza de un estatus ontológico como un objeto duradero y eterno. Neurath no diría nada de esto [...]. Porque si la filosofía de la ciencia está dedicada al estudio de algo semejante a un dominio ontológico de los objetos o de las condiciones metafísicas -la verdad, la explicación, la confirmación, la significancia, la analiticidad, etcétera- la aserción de que las fuerzas políticas controlaron su carrera en los Estados Unidos se verá contrarrestada continuamente por la réplica de que las fuerzas políticas podrían causar, a lo sumo, una distracción temporaria en el desarrollo histórico de la filosofía. La política nunca podría cambiar a la disciplina de un modo fundamental precisamente porque las fuerzas políticas no pueden comunicarse (y por lo tanto no lo hicieron) con los objetivos de otro mundo que, como los que investigan los filósofos, guían la práctica filosófica.

Neurath diría que esta multiplicación de mundos es fatua metafísica, al tiempo que gritaba "¡Metafísica!", "¡Metafísica!" (y más tarde, para cuidar su voz, sólo "¡M!") en los encuentros de los jueves por la tarde del Círculo de Viena. Es metafísico para Neurath porque esto no tiene lugar alguno dentro de una representación honesta, empírica y científica de la filosofía de la ciencia como algo que los seres humanos (o algunos de ellos) hacen en nuestro plano terrenal. La filosofía de la ciencia debe ser concebida como un conjunto de prácticas, valores, metas y terminologías que son escogidas, utilizadas y (con un poco de suerte) mejoradas por los individuos conforme a sus indagaciones intelectuales. Esas prácticas son enseñadas a otros y modificadas por el debate, así como también por presiones sociales o históricas, que muchas veces no son detectadas. Todos esos procesos y los agentes que los sustentan existen en el mismo plano terrenal, junto a la cultura, la sociedad y la política. [...]

Muchas de las elecciones que realizaran los empiristas lógicos de la primera generación y sus estudiantes fueron hechas a la par de presiones intelectuales, institucionales y personales que surgieron directamente de la Guerra Fría y del macartismo. Esto explicará tanto cómo la filosofía de la ciencia fue radicalmente modificada y despolitizada por estas presiones como por qué esta tesis no debe parecer menos plausible que el hecho mejor conocido de que la producción de una película de Hollywood también se vio alterada por acción del macartismo. No hay ni un Idea celestial del entretenimiento que controla la historia del cine ni un dominio eterno y objetivo de búsquedas y valores intelectuales que se enseñoree en torno a la filosofía de la ciencia.