21/7/09

Giovanni Arrighi: El largo siglo XX


Félix Perdomo (Venezuela) Taza

Alejandro Nadal   /   La Jornada

 

La crisis financiera y económica que estalla en 2007-08 no puede entenderse sin un análisis histórico del capitalismo a lo largo del siglo XX. Esa referencia la proporciona Giovanni Arrighi, economista italiano y profesor de la Universidad Johns Hopkins, fallecido recientemente en la ciudad de Baltimore. Su obra El Largo Siglo XX es un extraordinario edificio intelectual que abarca 500 años de una historia cuyos personajes centrales son los ciclos de acumulación de capital. Es lectura obligada para entender no sólo la crisis actual, sino el punto de inflexión del capitalismo mundial.

La innovación analítica de Arrighi consiste en examinar comparativamente las características de los sucesivos ciclos de acumulación a lo largo de cinco siglos de historia económica. En su recorrido identifica cuatro etapas fundamentales. La primera es el ciclo genovés, que va del siglo XV hasta principios del XVII. Le sigue el ciclo holandés, que corre hasta finales del siglo XVIII. Viene después la etapa británica que domina el siglo XIX y le sucede el ciclo estadounidense, que se consolida en el siglo XX. Cada etapa es la expresión de la tendencia general a la expansión del mercado capitalista.

En cada ciclo se yergue un centro hegemónico de acumulación que organiza las relaciones políticas, económicas, comerciales y financieras (a escala mundial) en función de sus necesidades. A lo largo de este proceso, el capital muestra una gran capacidad de adaptación y de flexibilidad, desplazándose continuamente hacia los espacios más rentables. Y cuando las ganancias decaen, ya sea porque la competencia intercapitalista se intensifica, o porque el acceso a ciertos recursos naturales se hace difícil, o porque es imposible encontrar mercados para dar salida a las mercancías, el capital busca el refugio de la liquidez.

En otros términos, cuando se deprime la rentabilidad en los sectores reales de la economía, el capital adopta preferentemente la forma de capital financiero. Es la lección de historia en esta vista panorámica de la historia del capitalismo. En el primer ciclo, Ámsterdam abandona el comercio a mediados del siglo XVIII y se convierte en el banquero de Europa. Más tarde, a finales del siglo XIX Londres se convierte en el centro financiero, abandonando lo que Braudel llamó la fantástica aventura de la Revolución Industrial.

El último ciclo de acumulación de capital, dominado por Estados Unidos, es la historia del largo siglo XX que comienza con la Gran Depresión de 1873-1896 y la expansión financiera de finales del siglo XIX. En ese lapso las estructuras del régimen de acumulación organizado alrededor del Imperio británico fueron eliminadas al tiempo que se sentaban las bases de un nuevo sistema hegemónico. Naturalmente, este proceso de cambio no se lleva a cabo sin convulsiones. Y desde esta perspectiva, las dos guerras mundiales no son más que una sola (una nueva guerra de 30 años) que va de 1914 a 1945. Los contendientes fueron los aspirantes a ocupar el centro de un nuevo sistema hegemónico de concentración de capital.

La expansión material de las décadas de 1950 a 1970 corresponde a la época dorada del sistema hegemónico estadounidense. En esas décadas la tasa de crecimiento de las economías capitalistas es superior a todo lo experimentado en el resto del siglo XX. El capitalismo Made in USA se impone como patrón de organización del sistema-mundo-capitalista. Pero los antiguos pretendientes a ser centros de un sistema hegemónico, Japón y Alemania, resurgen como competidores económicos y acaban por socavar las bases de la hegemonía estadounidense. El periodo que arranca en 1970 está marcado por la expansión del sector financiero. Y a partir de ese momento, la financiarización de la economía capitalista es la pauta central mientras se destruyen las bases que habían favorecido la acumulación en el periodo dorado. El fortalecimiento del sector financiero conlleva a la liberalización financiera a escala mundial y a sentar las bases de la actual crisis.

Dos lecciones importantes se desprenden del trabajo de Arrighi. Primera: el Estado no es el enemigo del capitalismo (al contrario, éste sólo triunfa cuando las redes de poder se subordinan a los dictados de las redes de la acumulación capitalista). Segunda: el mercado y el capitalismo no son equivalentes. La circulación monetaria que es la esencia del capital, es enemigo mortal del mercado (lo utiliza y lo destruye). Aquí se nota el fuerte contraste del trabajador intelectual y la mediocridad de una parte muy importante del establishment académico.

En Arrighi observamos una historia del capitalismo más definida por periodos de crisis y destrucción, que por los plácidos interludios de construcción de nuevas bases de expansión. El largo siglo XX es un excelente ejemplo, con sus guerras devastadoras y sucesión interminable de crisis financieras. El epílogo es una pregunta abierta: ¿podría China ser el nuevo centro hegemónico de acumulación capitalista? 

Beethoven, Adorno y yo


Ercole Lissardi

 

En mi novela Interludio, interlunio (1) el personaje central y narrador realiza -y yo con él- su primera escucha de los últimos cuartetos de Beethoven (2). Las huellas de esa escucha delinean una trayectoria que cruza al libro de un extremo al otro y que funciona como eco -o como espejo deformante- de la línea central del relato. Avanzando en estricto orden cronológico, comparando distintas versiones, machacando tozuda y concienzudamente en busca del meollo, la escucha es un esfuerzo por comprender y formular el significado de cada pieza y, por extensión, del conjunto de los últimos cuartetos, compuestos por Beethoven de un tirón y sin mediar otra producción durante el proceso. El resultado de la escucha es -me parece al releerlo- una interpretación razonablemente coherente, aguda y plausible del contenido expresivo de los últimos cuartetos.

Hace un par de meses, leyendo una conferencia de Edward Said (3) en la que expone el concepto de lo tardío como central en el pensamiento estético y filosófico de Theodor W. Adorno, tomé nota de la existencia de numerosas notas de Adorno -escritas entre 1934 y 1966- acerca de la música de Beethoven en general y de los últimos cuartetos en particular, notas que nunca llegaron a convertirse en el libro deseado.

Para muchos de quienes a fines de los sesentas intentábamos empezar a pensar el mundo, el radicalismo teórico de Adorno así como sus consecuencias políticas -profundizadas por Herbert Marcuse- representan un referente absoluto del que ninguno de los presentes ni los futuros avizorables nos han convencido de abdicar. De manera que de inmediato me puse en campaña para conseguir los escritos de Adorno sobre Beethoven, ansioso por poner a prueba -por legitimar- en el cedazo de su rigurosidad mis impetuosas -por no decir que atrevidas- construcciones literarias (4).

En el mar de apuntes brevísimos, casi taquigráficos, producto de los más variados humores y circunstancias, la mayoría acerca de cuestiones técnicas y formales, me interesó, por supuesto, identificar los que concernieran a los fundamentos básicos para una interpretación del contenido expresivo de los últimos cuartetos. "Si me preguntaran" dice Adorno "por la verdadera razón de la grandeza de Beethoven, diría en primer lugar que no sólo produjo una buena pieza tras otra sino que incesantemente produjo nuevos tipos, nuevas categorías de música (...) Es un milagro que luego de la Heroica -en la que llegó a lo que para cualquier otro compositor hubiera sido su forma- siguió incesantemente creando categorías enteramente nuevas".

Completamente de acuerdo. Veamos cómo se hipotetiza en Interludio, interlunio el origen de los últimos cuartetos: "… en el proceso de combinar intrincadamente formas descubre con estupor que detrás, por debajo, más allá de las formas yace La Forma, un estado en el cual el material sonoro se abre para expresar finalmente lo más profundo y por consiguiente oscuro del alma, sin intermediación alguna. Beethoven se entrega entonces a la experiencia sin límites de ese estadio superior y desconocido de la música". En otras palabras: estamos de acuerdo en que los últimos cuartetos encarnan un nuevo universo formal y expresivo -una nueva categoría de música, en los términos de Adorno. Esa nueva categoría de música -subraya Adorno- estaba ya esbozada en las últimas piezas para piano (sonatas, variaciones, bagatelas) pero sólo desarrolla toda su potencialidad en las últimas piezas para cuarteto de cuerdas.

"El límite decisivo" dice Adorno "respecto de su obra anterior es el hecho de que ahora nada es inmediato, todo es refractado, significativo, distante -y en cierto sentido antitético- del nivel de las apariencias (...) Ya no oimos una melodía en tanto tal sino como un complejo de significados (...) y su lógica es la del discurso (...) Pero ¿qué clase de discurso se constituye en su carácter cifrado? (...) Cada elemento se sostiene no por sí sino como representativo de su tipo, su categoría, lo que nos lleva muy cerca de la alegoría (...) Esto es probablemente lo que establece la relación del último Beethoven con la sabiduría axiomática".

Una vez más, de acuerdo. Lo que Adorno afirma constituye la base -más o menos explicitada pero sin duda claramente implícita- de mi escucha de los últimos cuartetos: la necesidad de captar su significado en términos de discurso, discurso que en la formulación resultante del trabajo interpretativo concreto es efectivamente de tipo alegórico y encierra una cierta axiomática cuyo sentido viene a apuntar hacia una sabiduría de tipo existencial.

Adorno, sin embargo, aunque identifica y designa la tarea, no ingresa de lleno en el terreno de la interpretación del contenido de los últimos cuartetos. Apenas nos deja -ya en sus últimas notas- una línea, muy general y especulativa, de interpretación: "el propósito de la calidad fracturada del último Beethoven" nos dice "sería expresar una insatisfacción, un disgusto con lo fortuito de lo individual, que le parece demasiado pequeño, demasiado insignificante, sentimiento que se relaciona profundamente con las cicatrices trágicas, idealistas de su espíritu. El estilo último" concluye sumariamente Adorno "es la autoconciencia de la insignificancia de lo individual".

La escucha de que se da testimonio en Interludio, interlunio, por el contrario, termina por dar cuenta íntegramente de la estructura de sentido y de visión de cada cuarteto y luego de la evolución de esa visión en el conjunto creativo constituido por los cinco cuartetos finales, dejando por lo demás exaltado testimonio del momento clave de su proceso de comprensión: "sí, he llegado a sintonizarme con la lógica profunda del Beethoven de los últimos cuartetos, con el modo en que va de un tema al otro, de un motivo al otro, de un movimiento al otro, que es el modo en que nos lleva de un sentimiento al otro, de una idea a la otra, de una visión a la otra".

No voy a exponer aquí los resultados concretos de mi escucha: están en la novela, tan explícitamente como me sea posible desarrollarlos. Sólo me interesan aquí las tangencias y divergencias de mi escucha con la de Adorno. De manera que en lo que sigue quisiera discutir la razón por la cual la interpretación de Adorno de los últimos cuartetos no va más allá de las generalizaciones. Adorno cree que el último Beethoven realiza la crítica del primer Beethoven y del intermedio, y que esa crítica va dirigida contra el clasicismo burgués de su obra previa (incluidas nociones como la de armonía, desarrollo temático, unicidad y totalidad de la obra), que ahora le aparece como falso, como ajeno a la verdad del mundo, de la realidad.

"Al último Beethoven" dice Adorno "la unidad de lo objetivo y lo subjetivo, la "redondez" de la triunfante sinfonía, la totalidad emergiendo del movimiento de lo particular, todo lo que dio a su obra del período intermedio su autenticidad, debe de habérsele vuelto sospechoso (...) Sintió la inautenticidad de las altas aspiraciones de la música clasicista (...) Lo más profundo de su genio rechazó reconciliar en la imagen lo que es irreconciliable en la realidad (...) Se rebeló entonces contra el espíritu burgués del cual su propia obra es la más elevada manifestación musical".

De todo esto concluye Adorno que los elementos formales fácilmente identificables en los últimos cuartetos (debilitamiento del tratamiento armónico, intensa polarización entre lo monódico y lo polifónico, fuerte fragmentación), que constituyen en sí mismos la crítica de su anterior modo clásico, conducen a obras estalladas, destinadas a poner en jaque eternamente al modelo que rechazan, pero que no construyen un discurso que se desarrolle hasta rematarse en el momento en que el sentido se cierra y se hace visible en la estructura de la obra como totalidad.

Adorno sólo oye en los últimos cuartetos -más allá de vagas generalizaciones- un discurso incoherente hasta la incomprensibilidad y el enigma.

"Habla el lenguaje de lo arcaico, de los niños, de los salvajes y de Dios" asegura Adorno. "Suena como alguien solitario gesticulando y gruñendo para sí mismo". La supuesta función crítica impide a Adorno encarar los últimos cuartetos en la perspectiva en que los encaro en mi escucha: como la puesta en obra de elementos formales novedosos con la finalidad de expresar contenidos novedosos, los de las experiencias más radicales de la subjetividad, dando "íntegramente desnudo todo lo que era capaz de ver de su propio ser, hasta desnudar la última resaca de violencia paroxística enroscada como serpiente más allá de sus anhelos místicos", de manera tal que "cada cuarteto es un círculo que se cierra en la espiral ascendente y descendente hacia el núcleo misterioso del Ser en el que duerme todo el poder y el sentido del universo".

De todas maneras: lejos de mi ánimo proponer -al no encontrarla entre sus numerosas notas- que, por esta o aquella razón, Adorno era radicalmente incapaz de una interpretación adecuada del contenido espiritual del último Beethoven (aún cuando él mismo honesta y resignadamente aseguraba, ya por 1964, que el fracaso de su largamente acariciado proyecto de una obra filosófica sobre Beethoven se debía a su dificultad para comprender la Misa Solemne).

Es más, de hecho quisiera proponer una modesta ficción metaliteraria más, que demostraría precisamente lo contrario. Theodor Adorno y Thomas Mann, exiliados en Estados Unidos huyendo de los nazis, se veían más o menos a menudo allá por el 1943, cuando el primero en sus ratos libres asediaba laboriosamente a Beethoven y el segundo se empeñaba en su monumental novela Doktor Faustus. Vida del compositor alemán Adrián Leverkün narrada por un amigo, que vería la luz recién en 1947 (5). El capítulo VIII del Doktor Faustus narra las fogosas conferencias que el profesor de música Wendell Kretzschmar escenificaba para el muy menguado auditorio culto del remoto pueblito de Kaisersaschern, la primera de las cuales trataba acerca de "por qué Beethoven no había añadido un tercer tiempo a la que a la postre sería su última sonata para piano (op. 111, de 1822)".

La explicación incluye (6) una interpretación del contenido expresivo de la sonata -vociferada por el conferenciante mientras ejecuta la sonata al piano- de la que no puedo menos que decir -muy orgullosamente- que explora y profundiza los mismos tópicos y el mismo tipo de estructura de discurso que el lector benévolo y paciente podrá reconocer en la escucha testimoniada en Interludio. Ahora bien: Mann en su Génesis de una novela (7) recuerda: "Adorno -que, instruido desde la más tierna edad, era un excelente pianista- se sentó al piano y, para mí como única audiencia, ejecutó íntegramente la sonata opus 111 de la manera más altamente instructiva. Nunca escuché música con más atención". No me parece muy arriesgado concluir que en el capítulo VIII del Doktor Faustus encontramos, recogida por la atenta pluma de Mann, la interpretación de Adorno del contenido expresivo del último Beethoven que no encontramos en las notas de su propia pluma.

Para terminar: otro aspecto presente en las notas de Adorno que me parece que le dificulta el ingreso en la interpretación del contenido de los últimos cuartetos creo que es la convicción de que son obras fundamentalmente marcadas por la inminencia de la muerte del compositor. "Tocada por la muerte" dice Adorno "la mano del Maestro libera la materia a la que había dado forma. Las fracturas y las lagunas, testimoniando la finita impotencia del ego ante el Ser, constituyen la obra final (...) En la visión de la insignificancia del individuo radica la relación del estilo último con la muerte".

El argumento suena muy convincente, pero oculta un error de apreciación biográfico que, en mi opinión, lo invalida: Beethoven comenzó a componer los últimos cuartetos a los cincuenta y cuatro años y los terminó a los cincuenta y seis.

Estaba pues no en la avanzada sino en la mediana edad. Su salud había sido frágil y luego mala desde muchos años antes. Estaba habituado a sus enfermedades. No esperaba la muerte, que le aconteció inesperadamente -a punto de partida de una pulmonía- meses después de terminar el último cuarteto. Los numerosos testimonios y documentos existentes prueban mi punto. Mi escucha e interpretación de los últimos cuartetos por cierto que para nada tiene que ver con la sombra retrospectiva de su muerte próxima. Sin duda que para un beethoveniano de raza como Adorno era consoladora la idea de que el Maestro llegó a expresar su visión final, a componer su música final, su testamento musical.

Pero no fue así. La cruda realidad es que Beethoven -que ya con los últimos cuartetos (1824-1826) había vuelto obsoleta la música que se compondría en el resto de su siglo- al morir apenas estaba ingresando en su fase de madurez y de originalidad radical como artista. Lo que estaba por venir -para empezar la Décima Sinfonía y el Fausto, ya esbozados- nomás nos lo perdimos para siempre.

Notas
(1) Editorial Fin de Siglo, Montevideo, 1998.

(2) Op. 127, 132, 130, 131, 135, más la Gran Fuga (op.133).

(3) Adorno como lo tardío, incluida en La teoría del apocalipsis y los fines del mundo, Malcolm Bull (compilador), Fondo de Cultura Económica, México, 1998.

(4) Todos los escritos de Adorno sobre Beethoven están reunidos y ordenados temáticamente en: Theodor W. Adorno, Beethoven, the Philosophy of Music, editado por Rolf Tiedemann, Stanford University Press, U.S.A., 1998, de donde provienen -en mi traducción al español- las citas que incluyo.

(5) Excelente traducción de Eugenio Xammar para Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1950.

(6) Ibíd, págs. 77 a 81.

(7) Genesis of a novel, Secker & Warburg, Londres, 1961.

Antonio Gramsci: Introducción general al perfil historiográfico


Bernardo Nieves (Venezuela)  Caballos

Entre los autores que en el periodo de entreguerras se enfrentaron a la transformación del marxismo en una interpretación cerrada y establecida del mundo, en un tipo de “sociología” o en una teoría de la historia que daba todas las respuestas, fueron muchos los que optaron por seguir una línea que Josep Fontana ha definido de “inspiración marxiana”, no marxista en el sentido de adscribirse a un canon doctrinal. De este modo, pretendieron emplear las ideas de Marx como un instrumento de análisis con el fin de “consumir teóricamente la realidad”, tal y como éste proponía en 1879.

La lucha contra la desnaturalización “economicista” y “cientifista” del marxismo se produjo tanto en el área de influencia de los partidos marxistas occidentales como en la Rusia soviética y en los países que tras la segunda guerra mundial tuvieron gobiernos de predominio comunista. Sin embargo, en estos últimos se produciría de forma distinta, ya que la condena a la heterodoxia en la Unión Soviética  y otros países socialistas implicaba el silenciamiento  como mínimo, e incluso la pérdida de la libertad. En este sentido, puede considerarse más valiosa aún la tarea de todos aquellos que en estas condiciones hicieron un gran esfuerzo por una renovación, que no siempre ha sido valorado adecuadamente. La obra de los autores heterodoxos en los países del este nunca ha recibido la atención que si se ha prestado a las propuestas de lo que Perry Anderson ha denominado “Marxismo Occidental”.

Entre estas propuestas, debemos mencionar la etapa inicial del Instituto de investigación social de Frankfurt, fundado en 1923 como centro de investigación marxista. En una primera etapa se dedicó a la historia del socialismo y del movimiento obrero. En 1930 toma la dirección el filósofo Max Horkheimer (1895-1973), que impulsaría una línea de teoría crítica. En esta etapa se pasó a tomar del marxismo la idea de investigar la forma en que la conciencia era determinada por la existencia social con el objetivo de elaborar un análisis crítico emancipador. Dos de las figuras que más influirían en el devenir de esta escuela sería la de Walter Benjamin (1892-1940) y Siegfried Kracauer (1885-1966).

La llegada del nazismo al poder obligaría a los miembros de la escuela a proseguir su obra en los Estados Unidos.

Pero los intentos más importantes de renovación en el periodo de entreguerras serán los de Lukács, Karl Korsch, Walter Benjamin y Antonio Gramsci. Los planteamientos de Lukács y Korsch serán conocidos y condenados muy tempranamente por los marxistas ortodoxos. Sin embargo, los planteamientos de Gramsci, desarrollados en la mayor parte de sus contenidos en la prisión donde le encerró el fascismo no serán difundidos hasta después de la segunda guerra mundial, en una situación de clima político e intelectual favorable a su recepción.

Fontana ha plasmado la figura de Gramsci como un caso diferente al resto de autores. Antonio Gramsci (1891-1937), el dirigente del partido comunista italiano que sería encarcelado en 1926 por el régimen fascista, y condenado en 1928 a una condena de veinte años, cuatro meses y cinco días con el objetivo de evitar que su cerebro siguiera funcionando. Si bien la prisión llegaría a acelerar su muerte por el padecimiento de enfermedades como el llamado “Mal de Pott” y la Uricemia, estimularía su reflexión. La mayor parte de su patrimonio intelectual queda reflejada en los Cuadernos de la cárcel o Cuadernos de la prisión, publicados tras su muerte, entre 1948 y 1951.

Se ha mencionado que uno de los grandes méritos de Gramsci, que concebía el materialismo histórico como “una teoría de la historia”, fue el de entender que el método de interpretación de la historia generado por Marx no podía ser deducido de los principios elementales expuestos en las obras de carácter general como había venido haciéndose habitualmente. Consideraba que era necesario extraer este método de aquellas obras de Marx que analizaban situaciones concretas como en el caso de El 18 de Brumario.

A este respecto, Gramsci afirmaba: “un análisis de estas obras permite fijar mejor la metodología histórica marxista, integrando, iluminando e interpretando las afirmaciones teóricas desperdigadas por todas las demás obras. Se podría ver cuántas cautelas reales introduce Marx en sus investigaciones concretas, cautelas que no podían encontrar lugar en las obras generales”.

Esto llevó a Gramsci a rechazar el economicismo elemental que se tendía a confundir con el marxismo ortodoxo; a la vez que distinguir dos tipos de modificaciones económicas: las que afectan profundamente a la estructura de la sociedad, que son relativamente permanentes y que presentan repercusiones sobre los intereses de clases sociales enteras. Y las simples variaciones coyunturales que no afectan más que a pequeños grupos sociales. Tan sólo respecto a las primeras tiene sentido la afirmación de Marx de que los hombres toman conciencia en el terreno de la ideología de los conflictos que se manifiesta abiertamente en la estructura económica. Una estructura que para Gramsci puede ser analizada con los métodos de las ciencias naturales; pero que sin embargo no puede ni debe ser estudiada de forma separada a la superestructura. Para Gramsci, estructura y superestructura conforman lo que denominará “Bloque Histórico”. Un conjunto complejo, contradictorio y discordante de las superestructuras, reflejo del conjunto de las relaciones sociales de producción. Gramsci opinaba que las contradicciones de estas relaciones sociales se podían percibir en la existencia de conciencias históricas de grupo, con sus estratificaciones correspondientes a las diversas fases del desarrollo histórico de la civilización y con antítesis entre los grupos que corresponden a un mismo nivel histórico. Éstas se manifiestan en los individuos aislados como reflejo de esta disgregación de los grupos o clases tanto en horizontal como en vertical.

Por todo ello, Gramsci terminará rechazando la reducción del materialismo histórico a una especie de sociología abstracta, con un cuerpo teórico preparado para interpretar directamente la realidad. No concibe que el historiador vaya de la teoría a la realidad buscando especimenes puros que correspondan a aquello que ha sido previsto con anterioridad. “La realidad es rica en las combinaciones más extrañas y es el teórico el que está obligado a buscar la prueba decisiva de su teoría en esta misma extrañeza: a traducir al lenguaje teórico los elementos de la vida histórica, y no al revés, que sea la realidad la que deba presentarse según el esquema abstracto”.

En las diversas reflexiones de Gramsci, se encontrarán consideraciones tremendamente innovadoras respecto a la hegemonía, y que muestran los procesos por los cuales una clase puede ejercer la dominación sobre las otras, estableciendo su superioridad no tan sólo a través de la coerción, sino mediante el consenso, transformando su ideología de grupo en un conjunto de verdades que se suponen válidas para todo el mundo y que las clases subalternas aceptan hasta que llegue un momento en el que, tras cambiar las condiciones, la hegemonía se agrieta y las clases subalternas toman conciencia de sus intereses particulares y de las contradicciones que los enfrentan a los grupos dominadores del aparato estatal. A partir de ahí se formulan nuevos principios que han de permitir avanzar hacia una nueva etapa de crecimiento con una nueva situación de hegemonía y nuevas relaciones de producción.

Ello se completa con sugerencias muy innovadoras respecto a la formación de las ideas de los grupos subalternos, que permiten analizar cuestiones como “por qué y cómo se difunden, haciéndose populares, las nuevas concepciones del mundo”.

La influencia del pensamiento de Gramsci sería decisiva en la aparición y desarrollo del estado italiano tras la segunda guerra mundial. Daría paso a la creación de unas corrientes de historiografía marxistas vivas y abiertas, no dogmáticas y que contrastarán con la esterilidad del marxismo escolástico.

La experiencia de los años de posguerra consolidaría en Italia la idea gramsciana de la historia como instrumento de análisis y comprensión del presente, como condición de una prospectiva de transformación social en que la crítica del pasado se transforma en superación de éste. No se trata de la contemporaneidad crociana, tautológica, de la historia. Ni tampoco una unidad dogmática del pensar y el hacer en la que siempre se ha subordinado el pensar a la manera estalinista a la acción cotidiana; sino que da respiro histórico y cultural a un proyecto político.

Perry Anderson afirma que para acercarse adecuadamente a la obra de Gramsci, y en particular para estudiar todo lo nuevo que intenta abrirse paso a través de los contenidos de los Cuadernos de la cárcel, es preciso no perder de vista que Gramsci nunca puso en duda que la revolución socialista no podía tener lugar sin la destrucción del estado burgués, incluso en el caso de las democracias occidentales. Y con la posterior instauración de la dictadura del proletariado. A este respecto, en toda la obra de Gramsci en general, y en su obra sobre la filosofía de la praxis, en particular, el autor otorga una categoría especial e importante a la experiencia humana. En este sentido, parece desprenderse de sus reflexiones que Gramsci consideró que la experiencia del ser humano en sociedad, era lo que marcaba su carácter. De este modo, las clases subalternas tendrían una ética y moral más cercana al humanismo, que las clases burguesas y dirigentes, ya que éstas no habrían sabido jamás qué es pasar dificultades. Todo ello con las respectivas excepciones. En cualquier caso, este conocimiento y los valores que de él se desprenden, daría aprobación a la instauración de esta dictadura del proletariado. En sus cartas, menciona  a este respecto haciendo referencia a  su infancia: “¿Qué es lo que me salvó de convertirme en un andrajo almidonado? El espíritu de rebeldía. ¿Por qué yo, que sacaba dieces en todas las materias de la escuela elemental, no podía seguir estudiando, y si podían hacerlo el hijo del sastre, el del carnicero, etc.…?”.

Anderson opina que Gramsci sigue esta idea como eje central para encontrar las razones de la derrota de la revolución en Europa en los años veinte, y la vía por la que el proletariado ha de avanzar en lo sucesivo para realizar su misión histórica.

Como sus innumerables comentaristas y estudiosos han puesto reiteradamente de manifiesto, la obra de Gramsci se caracteriza por su ambigüedad y contradictoriedad. Esto explica en parte cómo en la década de los sesenta, teóricos e intelectuales agrupados en torno a la “New Left Review”, pudieran a aproximarse a los escritos de Gramsci desde una perspectiva un tanto diferente de la que había distinguido los trabajos aparecidos en Italia y Francia especialmente.

Posteriormente, Anderson llevará a cabo la elaboración de su obra “Las antinomias de Gramsci”, superando ciertos enfoques parciales, apologéticos o meramente interpretativos de la obra de Gramsci. Abordará el aspecto central del pensamiento gramsciano: el concepto de hegemonía, y el de la estrategia revolucionaria que debe seguir el proletariado y las masas oprimidas para conquistar el poder. En este trabajo no se limitará a dar una versión del pensamiento de Gramsci sobre los problemas mencionados; sino que a partir de un profundo examen filológico e histórico del concepto de hegemonía, destacará un nuevo uso o empleo del concepto que pasa de considerar el problema de la hegemonía solamente en las relaciones entre el proletariado y sus posibles aliados; en especial el campesinado, a considerar el problema en las relaciones entre la burguesía y sus aliados, por una parte, y respecto a las masas oprimidas por otra. Para Gramsci, la derrota de la revolución en Occidente se produce a causa de la incomprensión por parte de la dirección revolucionaria del proletariado de la solidez con que la burguesía ha logrado imponer su hegemonía en las sociedades capitalistas avanzadas. En consecuencia, se debe a la utilización de una estrategia de maniobra que si bien había resultado fructífera en Oriente, era plenamente inadecuada para Occidente. Así, según Gramsci se imponía un cambio en la orientación política de la Internacional Comunista.

Sin embargo, Anderson destaca como Gramsci tiene una clara incomprensión del significado de la teoría de la “Revolución Permanente” como descripción de las leyes generales del desarrollo de la revolución en la era del imperialismo y de las relaciones entre sus fuerzas motrices. La identificará erróneamente con la estrategia seguida por el bolchevismo ruso y la Internacional Comunista en sus primeros años. Oponiéndose a ella y retomando la nueva vía que parece abrirse con la aprobación de las tesis del frente único, propone aplicar lo que, en términos militares denomina una “estrategia de posición”.

Y es que leer o releer los textos de Gramsci hoy  según Antonio Santucci, es una forma de recuperar, precisamente, el sentido noble de la palabra “política”. Es convicción de todo investigador que cualquier propuesta de renovación de la izquierda transformadora en este siglo ha de comenzar con la palabra que Gramsci puso en cabeza de su propuesta de reforma moral e intelectual: la verdad es revolucionaria.

¿Quién manda en la política exterior de Obama?


Mark Weisbrot    /   La Jornada

 

El enfrentamiento actual en Honduras, en el que el gobierno golpista dirigido por Roberto Micheletti se niega a permitir el regreso del presidente electo Manuel Zelaya, da origen a dudas sobre quién está a cargo de la política exterior hemisférica de Estados Unidos.

Las divisiones han sido notables desde el principio de esta administración, por ejemplo en la Cumbre de las Américas en Trinidad celebrada el pasado abril. Obama fue a la Cumbre con la idea de presentar una nueva cara al resto del hemisferio, y fue socavado inmediatamente por su asesor y director para la Cumbre, Jeffrey Davidow. Afortunadamente, Obama ignoró a sus asesores y continuó por un sendero diplomático.

Cuando el golpe ocurrió el 28 de junio, la primera declaración emitida por la Casa Blanca fue una metida de pata muy seria. Aunque la prensa nacional e internacional no criticó a Obama, la comunidad diplomática no pudo evitar resaltar que la Casa Blanca emitió la única declaración oficial del mundo que no tuvo ni una palabra de condena acerca del golpe cuando éste sucedió.

Esta postura cambió a medida que los acontecimientos evolucionaron, y el mismo Obama incluso dijo, creemos que el golpe no fue legal y que el Presidente Zelaya aún es el presidente de Honduras. Pero entonces su secretaria de Estado, Hillary Clinton, pareció contradecirlo. Dos veces la prensa le preguntó si el restablecimiento del orden democrático en Honduras significaría la reinstauración del presidente electo; y dos veces declinó contestar.

Parece que hay otros individuos en la administración que estarían contentos con dejar que el gobierno golpista permaneciera en el poder durante los meses restantes del mandato de Zelaya.

El presidente Obama debe imponer la ley y dejar claro que este golpe no se impondrá. Podría comenzar despidiendo al asesor que escribió esa declaración inicial en respuesta al golpe. No es que fueran cogidos por sorpresa: todos sabían lo que iba a pasar, y la administración de Obama mantuvo conversaciones con el ejército hondureño hasta el día antes del golpe.

Claramente, si Obama hubiera querido realmente desalojar al gobierno golpista, hubiera podido congelar las cuentas bancarias de los que tomaron el poder y sus partidarios en la oligarquía hondureña. Esto fue recomendado el martes por el comité de redacción de Los Angeles Times. Tal medida sería probablemente suficiente; estas personas pueden tener una causa, pero probablemente están más dedicadas a sus cuentas bancarias. También tendría la ventaja de no afectar a la gente pobre de Honduras.

Si Obama tiene dudas acerca de actuar unilateralmente, podría conseguir fácilmente la aprobación para tales sanciones en la Organización de Estados Americanos (OEA), que condenó el golpe y llamó al regreso inmediato e incondicional de Zelaya. (La OEA no tiene la autoridad para imponer sanciones obligatorias a sus miembros, pero podría aprobar sanciones para aquellos miembros que quisieran aplicarlas).

No debe sorprender que haya un trecho entre la política exterior de Clinton y de Obama: sus diferencias sobre la guerra en Irak son una de las principales razones por las que Obama, y no Clinton, es hoy el presidente. Pero también parece que está involucrado algún tráfico de influencias a la antigua: resulta que dos de los más cercanos asesores del gobierno golpista de Honduras tienen estrechos vínculos con la secretaria de Estado. Uno es Lanny Davis, un influyente cabildero que fue abogado personal del presidente Bill Clinton y que también participó en la campaña de Hillary. G. Gordon Liddy, el hombre que organizó el infame allanamiento del Watergate en 1972, dijo una vez sobre su amigo Lanny Davis que él puede defender lo indefendible. Y eso es lo que Davis está haciendo últimamente, y bastante bien, testificando a favor del gobierno golpista en una audiencia congresal la semana pasada y poniendo los medios a su favor.

El otro pistolero a sueldo del gobierno golpista que tiene vínculos profundos con Clinton es Bennett Ratcliff. Cada propuesta que presentó el grupo de Micheletti fue escrita o aprobada por Ratcliff, dijo un testigo al New York Times este domingo. ¿Quién es Bennett Ratcliff? Fue un director principal de Bob Squier, conocido como el padre de la campaña política moderna. En su funeral en 2000, al que asistieron algunos de los demócratas más poderosos del país, el entonces presidente Clinton elogió a Squier. Hablando en nombre suyo y del vicepresidente Al Gore, también presente, Clinton dijo, Si no fuera por él (Squier), tal vez nosotros no hubiéramos estado aquí hoy. Y no sólo ellos: en 1992, la firma de Squier representó a cerca de una tercera parte de los demócratas del Senado.

Todo es parte del gobierno permanente que Obama tendrá que enfrentar si quiere cambiar verdaderamente la política exterior de Estados Unidos. Estas personas están poniéndole en contra de no sólo la región sino del mundo entero, que se ha negado a reconocer al gobierno golpista en Honduras. Tendrá que ser duro y romper con el pasado.

Quizá lo más inquietante de todo es que Obama se ha mantenido en silencio ante la represión del gobierno golpista. Ellos han disparado en contra y matado a manifestantes, cerrado emisoras de radio y televisión y detenido a periodistas. Esta semana un líder sindical y un activista político fueron asesinados. La violencia y el control de la información son las principales armas de la dictadura y los utilizarán mucho más libremente si Obama mantiene su silencio. Esto no es Irán, donde las denuncias de Estados Unidos sirven para desacreditar a la oposición. Esto es un gobierno que es sumamente dependiente de la ayuda, el comercio y el apoyo moral de Estados Unidos, y que el mundo entero ha condenado.

Los cínicos dirán que nada de eso tiene importancia, que incluso si Zelaya regresara a Honduras con el gobierno golpista todavía en el poder, y el ejército responde con asesinato y caos, Washington puede evadir la responsabilidad. Pero dados los antiguos y estrechos vínculos entre Estados Unidos y el ejército hondureño, la relación de Hillary Clinton con sus partidarios, la fea historia de Estados Unidos en América Central y su larga trayectoria de apoyo a los escuadrones de la muerte y las fuerzas antidemocráticas en esa región y las señales contradictorias emitidas por la administración de Obama desde el golpe, Washington será culpado por el desorden y el derramamiento de sangre que podrían ocurrir.

(*) Mark Weisbrot es codirector del Centro de Investigación en Economía y Políticas (CEPR, por sus siglas en inglés). Este artículo fue publicado por el diario The Guardian Unlimited el 16 de julio de 2009

.www.guardian.co.uk/commentisfree/cifamerica/2009/jul/16/honduras-coup-obama-clinton

Actualidad de Pasolini, su respuesta al Poder Único


Enrico Armas (Venezuela) Pentagrama del color

Giovanni Magdalena   /   Páginas Digitales

 

Entre 1973 y 1975, Pasolini escribió en el Corriere della Sera una serie de artículos, los Escritos Corsarios, que tienen muchos análisis sociológicos, pero sólo un gran tema  filosófico: el Poder. Así, escrito con una letra mayúscula. El Poder ha logrado una conquista "milenaria", una "revolución antropológica" a través de un consumismo "homologador" que se afirmó en los años 60 gracias a la televisión y la infraestructura. Junto con las luciérnagas, el símbolo de Pasolini para designar un mundo vinculado a la realidad, el Poder hizo perder un idioma, una cultura, a la Iglesia y muchas otras cosas que afirmaban la singularidad de cada hombre y sus raíces en su pueblo. ¿En nombre de qué? De un hedonismo violento y totalitario, "más que el fascismo", que manipula los deseos, que sólo deja una plana y desolada tristeza. 

Más allá de las polémicas de la época -el papel del Partido Comunista, las máscaras democristianas, las escaramuzas entre los intelectuales de la izquierda- veamos si hay algo original y necesario en el análisis de Pasolini. Según la introducción de la edición de Garzanti, a cargo de  Berardinelli, Pasolini no descubrió nada nuevo. La fuerza homologadora de la sociedad de masas ya la habían denunciado los estudiosos de la Escuela de Frankfurt (Marcase, Marx y demás). Pasolini descubrió solo, existencial, lo que todos habían dicho en teoría. Si sólo fuera así, los Escritos Corsarios serían un patético documento, en el sentido etimológico del término.

Es cierto que el factor existencial cuenta. Pasolini no fue sólo un burgués intelectual: "sé bien, querido Calvino, cómo se desarrollara la vida de un intelectual. [...] Lectura, soledad en el laboratorio, por lo general círculos de unos pocos amigos y muchos conocidos, todos intelectuales y burgueses. Una vida de trabajo y, básicamente, respetable. Pero yo, al igual que el Doctor Hyde, tengo otra vida". Por esta sufriente apuesta existencial, Pasolini frecuentaba otros ambientes y vio que había ocurrido algo distinto de lo habitual.

El Poder siempre ha existido, pero el punto de inflexión que denunciaba Pasolini es el hecho de que este Poder, que siempre se había manifestado en el corazón de cada uno (el ídolo de la Biblia) y en formas políticas autoritarias (las dictaduras del siglo XX), ahora se mostraba en su forma última. Un Poder único que tiene como naturaleza manipular el deseo del hombre y hacerle creer -lo recordaba Foucault- que es ese deseo el que da vida. En la visión apocalíptica de Pasolini el Poder está escrito con mayúscula porque es el dios de hoy, y es el último dios: la mentalidad a la que todos somos, servimos y que nos da forma a todos -incluso físicamente todos somos idénticos-, que todos construimos con nuestra colaboración no sin que alguno se beneficie (quizás hay alguien que decide). El Poder único y apocalíptico sería el único descubrimiento "teorético" sobre el que merecería la pena seguir discutiendo. 

¿Pasolini tenía razón? ¿Qué decir de hoy, treinta años después de los Escritos Corsarios? Como predijo, los fascistas y anti-fascistas ya no existen, enterrados por la  uniformidad del deseo que ya les dominaba, lengua y cultura están del todo homologadas. Los deseos están homologados. La globalización e Internet han completado la labor de la televisión. Tal vez la más profunda obra del Poder único es la de haber convencido a todos de que no puede y no debe haber un significado exhaustivo por el que valga la pena sacrificarse. La destrucción de la integridad del deseo provoca una vida fragmentada en zonas y sectores (de cualquier tipo: progresistas, conservadores, católicos, musulmanes, etc.) nunca totalizadores. Tal vez Pasolini se sorprendería al ver que la ética, en la que él confiaba un poco, se ha convertido en la panacea para todos los males, ya sean los de la crisis económica o los del gobierno. Pero si hay un Poder único, ¿no es ético por definición?

¿Existe una alternativa? En  los Escritos Corsarios hay algunas ideas para la Resistencia (mayúscula contra mayúscula): ser leales a ciertas evidencias ("sin sentido común la racionalidad es fanatismo"), encuentros verdaderos y humanos, luchar contra el nominalismo ("yo vivo en las cosas"). Sólo entonces podemos vivir esa alegría que el Poder homologador odia: "¿No es la felicidad lo que cuenta? ¿No es por la felicidad que se hace la revolución?".

Perú: La agonía y el cambio


Alirio Palacios (Venezuela) Versión sobre un caballo guerrero Nº 11

Javier Diez Canseco   /   SinPermiso

 

Mientras el golpismo hondureño se atrinchera en la desgastada institucionalidad de un Estado oligárquico y excluyente, jaqueado por el aislamiento internacional y una firme movilización ciudadana que demanda  el retorno del presidente Zelaya, la crisis se ahonda en el Perú. Crispado y de pie, el vendaval social y político no se detiene.

La exigencia del retorno de Alberto Pizango al Perú, libre de amenazas de cárcel para respetar su liderazgo en la negociación de los amazónicos con el régimen, y la exigencia de acabar con la criminalización de la protesta social, encabezan las banderas de la Jornada Nacional de Lucha del 8 y el Paro Andino Amazónico del 7, 8 y 9 de julio. Cierra la plataforma de 6 puntos el planteo de una nueva Constitución y una Constituyente de elección popular: respeto a los pueblos y el derecho de construir un Estado democrático y participativo, descentralizado, plurinacional, un nuevo pacto social y una economía al servicio de la gente, sobre el equilibrio entre naturaleza, sociedad, cultura y derechos laborales y sociales. Sin duda, la Plataforma incluye la salida del gabinete Simon-Cabanillas-Aráoz, exige una política económica que no eche la crisis sobre los hombros de la gente, defienda a los productores nacionales y recupere nuestros recursos naturales (como el gas), y reclama de solución a las demandas de maestros, transportistas, trabajadores de salud, sectores laborales, el agro, regiones y pueblos.

Agoniza el “Perro del Hortelano”: se aísla el dogma neoliberal de la modernidad basada en una economía primario-exportadora que entrega nuestros recursos y territorios a grandes transnacionales, barre con la propiedad comunal y el pequeño propietario, abandona el mercado interno a su suerte, garantiza el cholo barato y sin derechos, y concentra la riqueza en los de siempre.

Entre los coletazos de un gabinete que no acaba de morir muriendo, la calle movilizada, y la ineficiencia e ilegitimidad del régimen, relampaguea una suerte de “democracia plebiscitaria”. La gente de a pie y los pueblos organizados, hasta ayer actores sociales y políticos invisibles e ignorados, llevan al gobierno a lugares que nunca pisaron y negocian “de tú a vos”, directamente. Es una demanda y una experiencia, incipiente, de una nueva  relación con la autoridad y el poder. Se abre paso el protagonismo social, político y descentralizado de la gente. El fenómeno rebasa toda teoría esquizoide de “complot internacional y guerra fría”. Plantea, no sólo al desgastado régimen, sino a las fuerzas políticas y liderazgos sociales nuevos retos.

No es sólo una crisis de Gabinete o presidencial. Rebasa el desprecio a un Congreso  de alcantarilla o a la incredulidad en un PJ que exuda condescendencia y complicidad con la corrupción y los fallos con tarifa, como vemos con Medelius y León Alegría.

Claro, hay que enterrar a los muertos vivientes con fajín o curul que hicieron que reviente –a partir del detonante amazónico– esta honda crisis larvada. Un lunático en Palacio es un peligro. Linda con la locura anunciar –en medio de la tormenta y a puertas de nuevos paros– que a fin de año estaremos libres de la gripe porcina y de la crisis económica mundial, cuando el número de infectados aumenta exponencialmente o la producción nacional y la recaudación fiscal caen dramáticamente en los dos últimos trimestres y EEUU sigue empantanado. La negación de la realidad es enfermiza y grave. Podríamos explayarnos en la lastimera situación del Congreso y del PJ.

Pero, en realidad, es un hondo desgaste del régimen, de la forma de organizar y gestionar el Estado, de manejar la representación y tomar las decisiones políticas, de falta de control ciudadano y rendición de cuentas de las autoridades, de desconfianza en los liderazgos de las alturas, de nuevos actores –pueblos cansados del racismo y de la exclusión– que demandan un Perú justo, plurinacional y descentralizado, con democracia participativa y comunitaria, en que se cumplan compromisos, palabras empeñadas y actas firmadas.

Se trata de refundar el país, el manejo económico, la organización del Estado y de la sociedad para que sean de todos. No nos engañemos: el fondo se refiere al respeto a la gente, al control de la autoridad, a la participación en tomar decisiones, al reconocimiento de la plurinacionalidad, a recuperar el control sobre nuestros recursos naturales para que el país se beneficie de la renta que generan y los explote respetando el medio ambiente, con consulta y beneficio para los pueblos.

No se trata de unos tractores o una carretera. Se trata de dignidad, soberanía, derecho a ser dueños de nuestro futuro. Ello no sólo exige un nuevo Gobierno y nuevo Congreso, que son indispensables, sino una nueva Constitución y una Constituyente elegida por el pueblo, vigilante, que construya ese nuevo contrato social. En ese esfuerzo, hombres como Alberto Pizango y muchos otros que han abierto trocha para el cambio deben renovar una vieja política que ignora a las regiones, a los pueblos y a los liderazgos sociales. El cambio está naciendo.
12/07/09

Javier Diez Canseco, miembro del Consejo Editorial de SinPermiso, es el responsable del Frente Único del Partido Socialista Peruano