4/7/09

Honduras: Golpe, resistencia y posibilidades


Foto tomada del diario "Tiempo" de San Pedro Sula

Bruno Lima Rocha


El gobierno golpista, encabezado por Roberto Micheletti - presidente del Congreso unicameral - además de decretar toque de queda (no obedecido), pide la prisión de conocidos sindicalistas y militantes. Al amenazar dirigentes del Bloque Popular, Vía Campesina, Movimiento por los Derechos Humanos y del poderoso Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras, la oligarquía hondureña alimentada oficiosamente por la CIA, desafía la disputa territorial en las calles de la capital Tegucigalpa y en las carreteras y ciudades de los 18 departamentos.

Por más increíble que parezca, el acto gorila puede implica en el aumento de la unidad de los sectores populares y de izquierda organizados. Nunca es demasiado acordar que Manuel Zelaya es un convertido, uno más, a las propuestas de la ALBA y del enfoque latinoamericanista gravitado por Hugo Chávez.

De ese modo, la izquierda hondureña actúa en dos arenas simultáneas. Una, inmediata, es la defensa popular contra el golpe cívico-militar. La otra, se dará en el caso de retorno y victoria de Manuel Zelaya, de modo que el presidente no retroceda en la convocatoria de la consulta popular y en el cambio del marco jurídico a través de la reforma constitucional. En este caso, en caso de triunfo de Zelaya y del recalcitrante Partido Liberal (que lo traiciona, pero no abandona de todo), la lucha política podrá encaminarse en el sentido de construcción de espacios decisorios al margen del Estado de Derecho, buscando algo próximo al pluralismo y experimentalismo jurídico que se da en Bolivia, con menos intensidad en Ecuador y que debería darse en Venezuela.

Pero, antes de hacer la lucha contra la derecha endógena del entorno presidencial, el pueblo hondureño tiene que vencer el desafío del golpe gorila.

El golpe hondureño, antecedentes y sus tentáculos externos

Casi todo conflicto de legitimidad pasa por momentos de conmoción popular. La resistencia al golpe de Estado, grosera maniobra de tipo gorila, imitando en parte el intento fallido que tuvo Pedro Carmona y la entidad empresarial venezolana (Fedecamaras) al frente del putsch de abril de 2002, siempre tiene que ser inmediata e irreprensible. Hubiera pasado algo semejante en Brasil en 1º de abril de 1964 y no sufriríamos con 21 años de dictadura. Se puede perder o ganar un contra golpe, como fue en la derrota briosa del pueblo uruguayo en la huelga general de respuesta al golpe de 1973. Pero, si un pueblo deja de pelear por no haber convocatoria, las entidades de base y los movimientos populares de ese país caen en un descrédito igual o mayor del que la “izquierda” de base parlamentaria se encuentra en la América Latina. No se iludan, las victorias electorales son, en su mayoría, “de una centro-izquierda no clasista” como sabiamente afirman columnistas de la derecha porteña como James Neilsen (Revista Informas, Grupo Perfil). Aún siendo bastante gorila en la mayoría de las veces, Neilsen acierta en el concepto y en la crítica. La derecha abusa de la estupidez colectiva pero ella en si misma no es tan pelotuda así. Que sirva de lección.

Volviendo al golpe hondureño, de inmediato recordé de Oliver North y John Negroponte. También me vino a mente el Batallón 316 y los escuadrones de la muerte de la contra centro-americana, cuando la Teoría del Dominó daba soporte conceptual a las triangulaciones de traficantes de cocaína, generales sin machete (como el panameño Manuel Noriega de triste memoria y ninguna hombría) y las agencias estadounidenses (CIA y DEA al frente). No por casualidad el Imperio se mantienen en la cínica posición de dualismo. Barack “Keynes” Obama declara en alto y buen sonido que no reconoce otro gobierno que no lo de Zelaya. Ya la abogada Hillary Rodham “Whitewater” Clinton, secretaria de Estado (equivalente la ministra de relaciones exteriores) se rechaza a llamar de golpe militar el putsch encabezado por Roberto Micheletti, el general Romeo Vázquez (con pasajes en la Escuela de Américas), los miembros de la Suprema Corte, de la Fiscalía General, empresarios de comunicación y la alta jerarquía eclesiástica (la derecha de los curas tienen tradición en estas cuestiones desde la relación Opus Dei y Franco). Ya si los EEUU clasifican como golpe de Estado la toma a la fuerza del poder, serían obligados a retirar millones de dólares en ayuda anual al país que los años ’80 tuvo para la América Céntrica papel semejante al de Colombia los años ’90 y primera década del siglo XXI. O sea, por supuesto que no lo van hacer.

La batalla política se gana en las calles

En ese momento, la pelea se da de forma directa, en la dureza de los embates callejeros. La huelga general se mantiene y la tendencia es el aumento de la unidad solidaria entre los que luchan en el suelo. En general, en estos episodios históricos se forja una gana política colectiva, más fuerte hasta del que los lazos con el mandatario derrumbado. Quién resiste en Honduras debe estar llevando en cuenta todos estos factores. En el momento en que escribo estas palabras, militantes del Movimiento por los Derechos Humanos, del Bloque Popular, de la Vía Campesina y del Consejo Cívico de las Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras, además de líderes sindicales, están con sus prisiones decretadas por el gobierno golpista. Apostar en la represión, aún protegidos por el cerco y de la censura mediática, aumenta el riesgo entre los golpistas de la disidencia dentro de las Fuerzas Armadas y de la aparición de negociadores “sensatos”.

Además de la polarización contra los golpistas, ya se constituyó un polo de poder que se reconoce en la continuidad de quien fue depuesto. Se trata del Gabinete del Gobierno de Honduras en Resistencia, y tiene en su composición a 27 actores políticos de 1º y 2º escalón del gobierno Zelaya. Para contraponer este polo es preciso confrontar la oligarquía, pero también componer otro polo de aglutinación y poder decisorio. Si hubiera tiempo y sabiduría política, la coordinación puntual para resistencia civil al golpe puede consolidarse en instancia permanente, girando el poder abajo y a la izquierda. Si Zelaya retorne al poder Ejecutivo del Estado burgués, los meses subsecuentes serán definidores del futuro próximo a Honduras y de toda la región.

Para entender el golpe en Honduras


José Antonio Velásquez Montaño [Honduras] Calle de mi pueblo

Elaine Tavare


De repente, un pequeño país de América Central, de cuya capital pocos consiguen pronunciar el nombre, Tegucigalpa, se transformó en noticia mundial. Una vieja y conocida historia allí se repetía, cuando nadie más creía que eso pudiese ser posible. Un golpe de estado contra un presidente que no es ningún revolucionario de izquierda, por el contrario, es un bien comportado político del partido liberal.

El motivo del golpe es pueril: la decisión del presidente de hacer una consulta popular sobre la posibilidad de una Constituyente. En Honduras, oír al pueblo es considerado un acto de lesa patria. No podría ser más anacrónico en estos tiempos de participación protagónica de las gentes.

La historia

Honduras es un pequeño país de América Central cuya historia es muy peculiar. Primero, porque fue la cuna de una de las más increíbles civilizaciones de esta parte del mundo: los mayas. Y segundo, porque durante las guerras de independencia que se encargaron de la América española, fue allí que se creó la República Federal de las Provincias Unidas de América Central, un ensayo de la patria grande, tan soñada por Bolívar. Los mayas fueron diezmados y la propuesta de federación no resistió a los sueños de grandeza de algunos y, en 1838, la región de América Central también se balcanizó. Honduras se transformó en un estado independiente y acabó entrando en el diapasón de las demás repúblicas de la región: dominada por caudillos y fiel sirviente de las grandes potencias de la época, tales como Inglaterra, Alemania y la naciente nación de Estados Unidos.

Las relaciones peligrosas

Como era común en aquellos días, la élite gobernante se discutía calurosamente entre liberales y conservadores. Con el fin de la idea de federación y la muerte del liberal Francisco Morazán, considerado el mártir de Tegucigalpa, que murió en 1842 aún luchando por la unificación de América Central, los conservadores asumieron el comando y el país se tornó prisionero de la deuda externa, según cuenta el historiador James Cockroft, en el libro América Latina y Estados Unidos. Los liberales sólo volvieron al poder al final del siglo XIX, pero ya totalmente catequizados para vivir de manera dependiente de los países centrales. Al inicio del siglo XX llegaron las bananeras estadounidenses y con ellas el proceso de súper-exploración. La United Fruit Company, la Standart Fruit y la Zemurray’s Cuyamel Fruit pasaron a comandar los destinos de las gentes. Y cuanto estas intentaron rebelarse, fue la marina estadounidense quien desembarcó en el país para aplastar las movilizaciones.

Honduras se transformó, desde entonces, en un país ocupado. Los campesinos trabajaban en las peores condiciones y las bananeras dictaban las leyes, financiando los dos partidos políticos locales.

En los años 30, cuando una gran depresión agitó el país, el gobernante de guardia, General Carías, sometió al país, con la ayuda de la armada estadounidense, a 16 años de ley marcial. Y, como es común, cuando se puso obsoleto, fue retirado del poder por un golpe.

En 1950, después de la segunda guerra, las bananeras exigieron mudanzas y el Banco Mundial fue llamado para promover la “modernización” de Honduras. Gigantescas huelgas de trabajadores –como la de los plantadores de banana que paró el país por 69 días- y de estudiantes fueron aplastadas en nombre del desarrollo. Y todo lo que ellos querían era el derecho de tener un sindicato. Había elecciones pero, en verdad, con una élite claudicante eran los militares que daban las cartas y fueron ellos, asustados con los avances de los trabajadores, que firmaron un acuerdo con los Estados Unidos para que este país pudiese tener bases militares en el territorio hondureño.

El miedo de más revueltas populares hizo con que el gobierno realizase una especie de reforma agraria en los años 60 y 70 que acabó frenando las movilizaciones en el campo, aunque el beneficio no había llegado a un décimo de los campesinos. A lo largo de los años 70 los escándalos vinculando generales en el gobierno y las bananeras se sucedieron, causando más movilización en las ciudades y en los campos, donde los trabajadores ya se organizaban de modo más sistemático. Pero, los años 80 traerán una nueva ocupación estadounidense que acabó subordinando la vida de las gentes otra vez.

Los sandinistas y los EEUU

Los años 80 son tiempos de guerra fría. Los Estados Unidos insisten en la lucha contra Cuba y también contra Nicaragua que busca su autonomía a través de la revolución sandinista. Y así, con el mismo viejo discurso de combatir al comunismo, Jimmy Carter manda a Honduras sus “boinas verdes”, para ayudar en la defensa de las fronteras, una vez que el país tiene límites con Nicaragua. Además, EEUU muerde más de tres millones de dólares por la venta de armas de alquiler de helicópteros. La verdad, lucran y todavía usan el ejército hondureño para realizar numerosas matanzas de refugiados salvadoreños y nicaragüenses. Es allí, en Honduras, que, con el apoyo de la CIA, se lleva a cabo el entrenamiento de los contras que, durante años, asolaron a la revolución sandinista y al propio gobierno revolucionario. Era el tiempo en que un batallón especial liderado por un general hondureño anticomunista, promueve masacres contra líderes de la izquierda de toda la región. Y así, durante toda la década, a pesar de los escándalos políticos y cambios de mando, la “ayuda” estadounidense a los generales de guardia siempre se mantuvo impávida con millones de dólares siendo invertidos en los campamentos de los contras, que sumaban más de 15 mil soldados.

En los años 90, la situación en Honduras era tan crítica que hasta la conservadora iglesia católica pasó a apoyar a los militantes de derechos humanos que denunciaban que el país estaba al borde de una guerra. La derrota de los sandinistas en Nicaragua refrenó los ánimos, pero aún así, siguieron las denuncias de asesinatos y violaciones. Al fin de la década, los gobiernos neoliberales ya habían destruido las cooperativas de trabajadores y devuelto tierras a las compañías estadounidenses. Nada cambiaba en el país.

Zelaya

Manuel Zelaya fue electo presidente en 2005, por el Partido Liberal, pero estuvo en cargos importantes durante los últimos años. Era, por lo tanto, un hombre del sistema. Sus problemas con Estados Unidos comenzaron en 2006 cuando decidió reducir el costo del petróleo, pasando a discutir con Hugo Chávez, de Venezuela, la posibilidad de negocios conjuntos, lo que acabó culminando, en enero del 2008, con la entrada de Honduras en la órbita de la Petrocaribe, un acuerdo de cooperación energética que busca resolver las asimetrías en el acceso a los recursos energéticos. Este acuerdo incluyó a Honduras en la lógica de la ALBA, la Alianza Bolivariana para las Américas, proyecto de Chávez en contraposición a la ALCA, que intentaba imponerse desde los Estados Unidos. La propuesta de Chávez fue la de venderle el petróleo a Honduras, con un pago de apenas el 50%, siendo que la otra mitad será paga en 25 años, con un interés chiquito, permitiendo así que Honduras invirtiese en áreas sociales. El plan, a pesar de ser bueno para el país, fue duramente criticado por la clase política. Y Estados Unidos perdieron un socio del TLC (los desgraciados acuerdos de libre comercio), lo que provocó un tremendo mal estar en Washington.

Así, cuando el presidente Zelaya decidió hacer un plebiscito, consultando a la población sobre la posibilidad de una Asamblea Nacional Constituyente, y no apenas de un cambio para un nuevo mandato como dicen algunos medios de información, el mundo se vino abajo. Entre los derechistas de guardia y amigos de la política estadounidense, eso era influencia de Chávez. El propio partido Liberal reaccionó contra la medida, considerada “progresista” demás. Al final, una nueva Constituyente colocaría al país en un rumbo bastante distinto del que venía siendo seguido en las últimas tres décadas.

Aun así, el presidente llevó adelante la propuesta de oír a la población y acabó exonerando al jefe del Estado Mayor, general Romeo Vázquez Velázquez, cuando este se negó a distribuir las cédulas para la votación. La Corte Suprema votó contra la consulta popular y exigió que el presidente recondujese el general a su puesto, lo que fue negado. Por causa de eso, el día de la votación, domingo, día 28, los militares prendieron a Zelaya, lo secuestraron y lo llevaron a Costa Rica, coincidentemente siguiendo los mismos trámites del golpe perpetrado contra Chávez en el 2001. El Congreso hondureño llegó a discutir hasta la sanidad mental del presidente y, el día del golpe, se prestó a leer una ficticia carta de renuncia, inmediatamente desmentida por el propio presidente desterrado. Aún así, el Congreso decidió instituir al presidente de la casa, Roberto Micheletti, como presidente de la nación. Este, niega que esté asumiendo en un momento de golpe. “Fue perfectamente legal la acción del Congreso”, decía, y mientras, mandaba suspender las señales de televisión y los teléfonos.

Reacción Popular

Ahora los dados están echados. El presidente Zelaya dijo que vuelve a Honduras este jueves y va acompañado de presidentes de naciones libres y amigas, tales como Ecuador y Argentina. El mundo entero repudió el golpe y ningún país reconoció al gobierno golpista. La población lanzó una huelga general en el país y, de a poco, las grandes ciudades están parando. La propuesta de Zelaya es reasumir y terminar su mandato. No se sabe si él va a insistir en la consulta popular para una nueva Constitución, todo va a depender de la correlación de fuerzas. Si su vuelta se da a partir da la movilización popular, habrá condiciones objetivas de presentar esta propuesta a los hondureños, además de purgar toda la camarilla que buscó reavivar un pasado que las gentes de Honduras no quieren más. Hay rumores de que políticos de derecha estén hilvanando un acuerdo, permitiendo la vuelta del presidente, pero exigiendo que nadie sea punido. Si así fuera, la vuelta será una derrota.

El escenario más probable es que, configurado el apoyo popular y también el apoyo de la comunidad internacional, es que el presidente Zelaya coloque a correr a los golpistas e inaugure un nuevo tiempo en Honduras. En el caso de que así sea, enflaquece el dominio de Estados Unidos en la región y crece el fortalecimiento de la Alianza Bolivariana de los Pueblos de Nuestra América. 

Honduras o el cuento de la no intervención norteamericana



Jorge Altamira


Un sistemático macaneo mediático, que en este caso es machacado sobre todo por la izquierda, ha pretendido que América Latina ha dejado de ser una semicolonia del imperialismo yanqui y que una serie de instancias diplomáticas, como la Cumbre de Río –la Unasur o incluso el Alba–, la ha emancipado de la tutela del capital financiero internacional.

Más allá del palabrerío, sin embargo, sus gobiernos no se olvidan de mendigar préstamos del BID y del Banco Mundial, de organizar ‘pases’ financieros con la Reserva Federal, de suplicar el mantenimiento de las excepciones arancelarias de parte de Estados Unidos, o incluso de pactar con los Uribe; es decir, una suerte de ‘coexistencia pacífica con el narco-gobierno paramilitar’. En el surco trazado por este macaneo, se ha sembrado la idea de que Estados Unidos no ha tenido nada que ver con el golpe de Estado en Honduras. Es una forma de decir que “la embajada” ya no es más lo que era y que los golpistas son leones sin dientes ni garras. En realidad, las gestiones diplomáticas para reponer al presidente Manuel Zelaya se han transformado en el medio fundamental para imponer la victoria política de sus adversarios, la oligarquía golpista. Como informa Clarín (1/7), Zelaya prometió en Washington “que no buscará la reelección y que al finalizar su mandato en enero, vuelve a su casa”. O sea que el destituido tira la chancleta mucho antes de haber obtenido la más mínima concesión de sus enemigos.

Las maniobras diplomáticas se despliegan con una fanfarria sospechosa, que recuerdan el fiasco en el que concluyó la convocatoria a varios Presidentes, a fines de 2007, para recibir en la selva colombiana a la secuestrada Betancourt. El objetivo de ellas es neutralizar la posibilidad de un levantamiento popular en Honduras, con la zanahoria de una salida ‘más económica’, de origen internacional, y también los ajetreos diplomáticos de Chávez y de los mandatarios del Alba. Pero es claro que el golpe tiene un fuerte apoyo de toda la gran burguesía en Centroamérica y más allá de ella en toda América Latina – porque responde al propósito fundamental de la burguesía internacional de aprovechar la crisis mundial para revertir los procesos ‘bolivarianos’ en su conjunto. Es obvio que se trata de un operativo delicado, que parte de una apreciación dividida dentro del mismo ‘establishment’ norteamericano, pero es incuestionable que Obama opera como una pantalla ‘disidente’ al servicio de una liquidación del chavismo embrionario y distorsionado que intentó desplegar Zelaya – él mismo un terrateniente del viejo partido Liberal hondureño. El canal de televisión gorila de Venezuela, que tiene los vínculos más estrechos con la burguesía internacional, se ha convertido en un portavoz internacional del golpismo hondureño. Su línea argumental es que el golpe lo ha producido Zelaya al impulsar un referendo y una asamblea constituyente que son inconstitucionales, y al desacatar las resoluciones en contrario de parte de los restantes poderes del Estado. Este proceso de las intenciones de Zelaya ha sido convertido en una línea argumental para cuestionar la legitimidad de Chávez u Ortega, y podría ampliar la esfera de intervención de la OEA, con el pretexto de la defensa de la democracia, a todos los regímenes que se agrupan o coquetean con el campo bolivariano. Hay que hacer notar que Lula, quien no vaciló en refrendar al teócrata Ahmadineijad en el reciente levantamiento en Irán, le está sacando el cuerpo a la crisis en Honduras y se alinea con la diplomacia de Hillary Clinton.

Se ha abierto una gigantesca crisis política de alcance continental; se ha roto la ficción del ‘idilio’ que se buscó transmitir a partir del levantamiento de las sanciones a Cuba, por parte de la OEA. Si los gobiernos bolivarianos capitulan en Honduras, transando con falsas salidas diplomáticas, estarán poniendo en peligro su propia posición, incluso en forma inmediata; resurgirá de inmediato la conspiración política en varios países. Si, por el contrario, Obama se ve obligado a aceptar un compromiso que reponga a Zelaya sin condiciones (que solamente ocurrirá bajo la presión de un levantamiento popular), la burguesía norteamericana cuestionará la capacidad de su política de apaciguamiento para pilotear el conjunto de la crisis mundial; se ahondará una fisura que ya es perceptible en el ‘establishment´ de los Estados Unidos.

Nuestra propuesta de acción es la siguiente: primero, poner de relieve que se ha abierto una crisis política excepcional a nivel continental, que amenaza los avances populares registrados en la última década; segundo, denunciar el papel proimperialista que juega la OEA y su tentativa de imponer un compromiso que salvaguarde a la oligarquía hondureña; tercero, impulsar movilizaciones populares y una movilización continental con la consigna del apoyo al levantamiento popular en Honduras.

Honduras: A la Constitución rogando y con el mazo dando



Jorge Majfud


Observaciones no vinculantes sobre un golpe de Estado: En la Constitución de Honduras de 1982, como en cualquier otra, es posible encontrar líneas que lleven a alguna contradicción en la práctica. Al igual que los escritos sagrados, no es un texto perfecto. Ha sido escrito por la mano del hombre y de algunas mujeres. No obstante es la constitución vigente en ese país y a ella hay que comenzar a referirse para el más breve análisis sobre el reciente conflicto de poderes.

Quienes secuestraron al presidente Manuel Zelaya y pusieron en su lugar al presidente del Congreso, Roberto Micheletti, afirman que todo el proceso fue hecho de forma legal y en respaldo a la constitución. Supongo que, como suelen hacerlo las sectas religiosas, han pasado tijera por un par de párrafos y lo han invocado para justificar toda la violencia y arbitrariedad de la que hicieron gala.

Los artículos que parecerían darles la razón a los golpistas son el 239 y el 374. En resumen, ambos dicen que “el ciudadano que haya desempeñado la titularidad del Poder Ejecutivo no podrá ser Presidente o Designado. El que quebrante esta disposición o proponga su reforma, así como aquellos que lo apoyen directa o indirectamente, cesarán de inmediato en el desempeño de sus respectivos cargos”. Más adelante: “No podrán reformarse, en ningún caso, el artículo anterior, el presente artículo, los artículos constitucionales que se refieren a la forma de gobierno, al territorio nacional, al período presidencial, a la prohibición para ser nuevamente Presidente de la República”

Pero la realidad está compuesta de varios niveles de integración. Notemos en principio que los partidarios del golpe de Estado entienden que “cesar de sus respectivos cargos” incluye (1) el allanamiento de domicilio; (2) el secuestro por la fuerza de las armas de un presidente; (3) el exilio forzado de todo un grupo, ahora disidente; (4) la desaparición de sus colaboradores; (5) la suspensión de las garantías constitucionales de todos los ciudadanos (disidentes) de ese país; (6) la intervención de los medios de prensa que no les son favorables, como si no fuera suficiente tener de lado a la prensa más influyente; (7) la promoción de marchas a favor del nuevo régimen y (8) la represión violenta de los manifestantes en contra.

La discusión central debería radicar en estas y otras violaciones a los derechos humanos que comete un “proceso democrático con el apoyo unánime de la población”, definida por el presidente de facto como un ejército de “siete millones de soldados”. Por no ir más lejos con una discusión sobre las tensiones sociales, económicas e ideológicas que históricamente han sido estigmatizadas como demonios comunistas.

Pero como la disputa se ha centrado en la legalidad del golpe de estado para evitar definirlo como tal, volvamos a este punto.

La misma constitución, en el artículo 45, dice que “Se declara punible todo acto por el cual se prohíba o limite la participación del ciudadano en la vida política del país”. El artículo 2 dice que “la suplantación de la soberanía popular y la usurpación de los poderes constituidos se tipifican como delitos de traición a la Patria”. Y el artículo 3 complementa: “Nadie debe obediencia a un gobierno usurpador ni a quienes asuman funciones o empleos públicos por la fuerza de las armas”.

No obstante la acción del presidente Zelaya que se alega ilegal consistió en convocar al pueblo para una encuesta no vinculante que podría proponer, o no, un referéndum sobre la creación de una Asamblea Nacional Constituyente en las próximas elecciones de noviembre donde él no sería ni podría ser candidato reelegible.

Esta práctica está amparada en el artículo 5 de la Ley de Participación ciudadana de 2006, según el cual es posible realizar consultas populares no vinculantes sobre una gestión o una propuesta política. El decreto 3-2006 aprobado por el mismo Congreso Nacional de Honduras, invocando “la Constitución de la República establece que la soberanía corresponde al pueblo del cual emanan los Poderes del Estado” y considerando que “la evolución y la dinámica del comportamiento social […] debe ser modernizada para no limitar el ejercicio de los derechos constitucionales”, establece en su artículo 5 que “la iniciativa ciudadana es un mecanismo de participación mediante el cual el ciudadano podrá presentar las solicitudes e iniciativas siguientes: Solicitar que los titulares de órganos o dependencias públicas de cualquiera de los poderes del Estado, que convoque a la ciudadanía en general […] para que emitan opiniones y formulen propuestas de solución a problemas colectivos que les afecten. Los resultados no serán vinculantes pero sí elementos de juicio para el ejercicio de las funciones del convocante”.

Es decir, en ningún momento se intentó realizar un referéndum para reformar la constitución. Ni siquiera se propuso una consulta vinculante para promover dicho referéndum. Si las encuestas populares “no serán vinculantes pero sí elementos de juicio para el ejercicio de las funciones del convocante”, entonces no hay directa ni indirectamente un proceso de “reforma de la constitución”.

Ahora, ¿para qué sirve una Asamblea Nacional constituyente? Para redactar una nueva constitución, ya que la actual si bien reconoce que el soberano es el pueblo (no sus representantes), al mismo tiempo no reconoce que este pueblo pueda cambiar su propia constitución en lo que refiere a la forma o el período de sus gobiernos usando medios pacíficos y democráticos.

No es mi interés defender lo que siempre he criticado de los caudillos, como es su costumbre de permanecer de por vida en el poder o en sus sombras. Pero estos caudillos, esta cultura, tradicionalmente han tenido una función social específica, como lo es el mantenimiento de un statu quo que favorece a las clases dominantes. En Honduras, dueñas de los principales medios de comunicación y fabricantes de opiniones y de pasiones a su medida y conveniencia. Lo nuevo no son los caudillos. Lo nuevo son los caudillos que no responden claramente a los deseos de estas clases dominantes.

Recientemente he recibido una avalancha de correos electrónicos a favor y en contra del Golpe de Estado. Tal vez la mayoría no los leeré nunca. Algunos justifican el golpe invocando la pobreza, la delincuencia, la corrupción y el narcotráfico. Razón por las cuales habría que dar un golpe de Estado en cada país de este mundo. Uno de estos mensajes defendía, digamos que con honestidad, su defensa a la democracia y al golpe de Estado con el siguiente argumento en mayúsculas: “No es coincidencia que el que apoya al asno de Mel [Zelaya] sean pobres, sin educación, sin criterio propio. Eso es un abuso”.

Con frecuencia una frase vale por mil palabras.