22/6/09

Una carta del año 1837 de Karl Marx a su padre


Ricardo Hercules [Venezuela] En mis pensamientos


Montserrat Galcerán Huguet / Corrent Roig

La carta que el joven Marx escribió a su padre la noche del 10 al 11 de noviembre de 1837’ constituye, en mi opinión, un documento excepcional para comprender su evolución intelectual, ya que en ella le informa del curso de sus investigaciones durante el primer año de su estancia en la Universidad de Berlín, año que marca su distanciamiento del idealismo clásico kantiano y fichtano, y su adhesión a la filosofía de Hegel. En el momento de su redacción Marx tenía diecinueve años y acababa de convertirse al hegelianismo. En las páginas que siguen voy a analizar este escrito intentando poner de relieve cuál es el bagaje intelectual con que cuenta Marx en este momento y cuál es el hegelianismo al que se adhiere, es decir, cuáles son los temas de la filosofía hegeliana que más le impresionan y que se convierten en contenidos duraderos, por no decir permanentes, de su propio pensamiento.

Una educación Kantiana

Para comprender el alcance del cambio que refiere en su cada> creo que hay que tener en cuenta> que hasta este momento Marx había entendido por idealismo, no sólo un sistema filosófico o una doctrina erudita, sino un modelo de pensamiento en el que privilegiaba el contenido vivencial. Para él la verdad del idealismo estaba, entre otras cosas, en la primacía otorgada a la moralidad, a la que veía personificada en las grandes figuras de su infancia: su padre, su preceptor, su amigo el barón de Westphalen, que luego iba a ser su suegro, etc. Con esto solamente quiero indicar, sin hacer ningún tipo de psicologismo, que, cuando menos en su primera formación, Marx se había educado en un ambiente impregnado por los principios de la moral kantiana. Su padre, el abogado Hirschel Marx era miembro del grupo de kantianos de Tréveris, su ciudad natal, y no es raro encontrar referencias a la antropología kantiana en las cartas que escribe a su hijo, a la Universidad de Berlín

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¿Por qué los economistas y medios liberales están equivocados?


Gilda Sacasa [Honduras] Amor y café

Vicenç Navarro / Corrent Roig

En un artículo reciente en el The New York Times (03/02/09), el Premio Nobel de Economía, Paul Samuelson, criticaba a aquellos economistas que durante la Gran Depresión, a principios del siglo XX, negaron la necesidad de estimular el crecimiento económico y la producción de empleo a través del incremento de la inversión pública. Pero la mayor crítica de Samuelson era para los economistas de ahora, que también se oponen al crecimiento de la inversión pública como manera de resolver la crisis económica actual. Samuelson señalaba que sólo la ceguera ideológica puede explicar que tales economistas ignoren la enorme evidencia acumulada durante aquel periodo. La evidencia empírica, que muestra como la inversión pública resolvió la crisis de la Gran Depresión, es abundante y robusta.

Si miramos que pasó durante la Gran Depresión a principios del siglo XX, podemos ver que el Presidente Herbert Hoover hizo lo que los economistas liberales y el PP están pidiendo hoy en España. Hoover bajó el gasto público para equilibrar las cuentas del Estado, alcanzando incluso un superávit, en el año 1929-1930. El deterioro que ello causó (la economía sufrió un gran bajón; el desempleo alcanzó a ser el 23% de la población activa; desaparecieron ocho millones de puestos de trabajo) hizo insostenible tal política de mantener equilibrado el presupuesto del Estado. Ello explica que Franklin D. Roosevelt ganara las elecciones y a partir del año 1933 se iniciaran una serie de medidas que estimularon la economía (ver mi artículo “Como salir de la II Gran Depresión” en www.vnavarro.org, secciones Economía política y EEUU). Entre estas medidas hubo, en el año 1933, un aumento del gasto público (se dobló en un año) y un crecimiento del déficit público que alcanzó el 4,3% del PIB. Resultado del estímulo económico, la economía estadounidense aumentó un 10% al año desde 1934 a 1936, y el desempleo bajó al 9% de la población activa.

Esta evolución exitosa hizo creer que ya se estaba resolviendo la crisis económica –la Gran Depresión- y que podía y debería comenzar a reducirse el déficit del Estado. Y en 1937 se inició la política de reducción del déficit del Estado (tal como está aconsejando ahora el Sr. Miguel Angel Fernández Ordóñez, gobernador del Banco de España). El impacto negativo fue casi inmediato. En 1938, el desempleo subió tres puntos, alcanzando un 12% de la población activa. De ahí que Roosevelt, dándose cuenta de que se había equivocado, aumentó de nuevo el gasto público, permitiendo un aumento del déficit del estado. El desempleo bajó de nuevo, descenso que fue facilitado por la entrada de EEUU en la II Guerra Mundial, lo cual significó un enorme incremento del gasto público. Hasta aquí los datos.

La evidencia de que la Gran Depresión se resolvió debido al enorme crecimiento del gasto público es, pues, definitiva, por mucho que ideólogos liberales continúen basando sus creencias en la fe liberal en lugar de en la evidencia científica. Uno de los autores, apóstoles del liberalismo, que continúa cuestionando aquellos hechos -sujeto de crítica de Samuelson- es el economista Barro, al cual podríamos añadir un gran número de economistas españoles liberales que gozan de grandes cajas de resonancia en los medios de información (tales como el “darling” del establishment financiero español, el Sr. Sala i Martí) (ver “El Pánico seguirá”. La Vanguardia. 12.03.09). Consecuencia de la gran influencia de tales ideólogos todavía persiste un debate en España sobre si una de las maneras más efectivas de resolver la crisis de la economía real de nuestro país es aumentando la inversión pública. En gran parte del mundo, este debate es anticuado. En su lugar, el debate es como crear empleo a partir del gasto público. En España comienza ya a generalizarse (¡por fin!) que hay que aumentar las inversiones públicas como manera de crear empleo y a la vez modernizar el país. Esperemos que esta propuesta vaya aumentando en su aceptación.

Ahora bien, quisiera acentuar que esta política de inversiones en obras públicas (a las cuales se añaden también inversiones en educación y en investigación y desarrollo), aunque necesaria, es insuficiente. Se requieren, además, inversiones en los servicios públicos del Estado de Bienestar. El Instituto de Economía Política de la Universidad de Massachussets, en un estudio dirigido por el Profesor Robert Pollin (y que influenció, en gran manera, a la Administración Obama), ha analizado la tasa de creación de empleo que puede alcanzarse a partir de una misma cantidad de inversión pública. El estudio calculaba cuantos puestos de trabajo se creaban por cada 1.000 millones de dólares de gasto público. Tal estudio econométrico muestra que la creación de nuevos empleos mediante el ahorro creado por la reducción de impuestos (la propuesta elegida por los economistas liberales y conservadores) tiene un estímulo económico muy bajo, resultado, en gran parte, de que la población, que está profundamente endeudada, no gasta tal dinero sino que lo utiliza para pagar sus deudas. En EEUU, sólo una tercera parte de los fondos adquiridos a base de reducción de impuestos se gastó en consumo. Algo más de producción de empleo tuvo el gasto militar. Pero, donde la producción era mayor fue en los servicios públicos y muy en especial en sanidad, escuelas de infancias, servicios domiciliarios y servicios sociales. Era en estos servicios donde la producción de empleo era más acentuada. Es un error que el gobierno socialista español no esté dando mayor importancia a la inversión en estos servicios públicos como manera de resolver la crisis, crear empleo y modernizar el país. Esto es, por cierto, lo que está intentando hacer la Administración Obama en EEUU. Es a través de esta inversión pública que se moderniza el país y se crea empleo a la vez. Un indicador de la gran influencia del pensamiento liberal en la cultura económica de España es que hoy el debate sobre cómo reducir el desempleo se está centrando en la desregulación de los mercados de trabajo y no en como modernizar y crear empleo a base de invertir y aumentar el gasto público.

Una última observación. Estamos hoy viendo una campaña liberal con gran apoyo mediático, que intenta explicar el escaso desempeño económico español como consecuencia de lo que se considera un excesivo número de empleados públicos (que se definen erróneamente como funcionarios) en las distintas administraciones públicas. Así, El Periódico publicó el pasado lunes (15.06.09) un amplio informe de dos páginas, y El País, edición Cataluña, un artículo (llamado “Funcionarios”), firmado por su colaborador habitual, Enric González, en los que se denunciaba el excesivo tamaño del sector público como una causa del escaso desempeño económico. Como prueba de la supuesta exuberancia del sector público, señalaban que en España había casi tantos funcionarios como empresarios.

Lo que tales escritos definen incorrectamente, erróneamente y (creo) maliciosamente como funcionarios, no son funcionarios. Incluyen como tales a todas las personas empleadas en el sector público (sea sector central, autonómico o local), trabajando en su mayoría en los servicios del estado del bienestar, como sanidad, educación, escuelas de infancia, servicios de dependencia, vivienda social, servicios sociales, además de correos, transportes públicos, servicios de seguridad pública y otros. Estos empleados tienen distintos tipos de contratos, de los cuales, por cierto, los funcionariales son una minoría (28%).

El segundo error en aquellos informes es que consideran que el hecho de que en España el número de personas empleadas en el sector público sea casi igual al número de empresarios y autónomos como causa de alarma, mostrando esta situación como ejemplo de la exuberancia del sector público. En realidad, en todos los países de la UE-15 (el grupo de países de semejante nivel de desarrollo económico que España) el número de empleados en el sector público es mucho mayor que en el número de empresarios y autónomos. Así, mientras el porcentaje de personas adultas que son empresarios y autónomos en España (10,64%) es mayor que en el promedio de la UE-15 (9,78%), el porcentaje de personas adultas trabajando en el sector público es sólo un 9,51%, uno de los porcentajes menores en la UE-15, cuyo promedio es un 16%. En los países escandinavos es un 29,54% en Dinamarca, un 19% en Finlandia, y un 21,34% en Suecia; siendo éstos los países con mayor eficiencia económica en Europa según varios informes sobre competitividad y eficiencia económica (ver “Economic Efficiency in the OECD”. Economic Policy Institute. Washington. 2008). En contra de lo que dicen aquellos medios, en España el sector público está subdesarrollado, y es una de las causas de su bajo rendimiento económico.

Tengo que admitir que me abruma y agota la constante manipulación de los datos que algunos de los medios de mayor difusión del país hacen para promover su ideología transformándolos en meros instrumentos de propaganda en lugar de ser medios de información. Y hay muy pocas voces que denuncien esta manipulación, puesto que el poder de tales medios es enorme. Ruego al lector que, por favor, distribuya activamente esta información que muestra tal manipulación.

Entre Gramsci y el Che Guevara


Saúl Huerta [Venezuela] Cartografía soberana

Pasado y Presente y el origen de la concepción armada de la revolución en la ideología de la nueva izquierda argentina de los años sesenta


Raúl Burgos / Gramsci e o Brasil

Me cabe en esta mesa la tarea de presentar el libro sobre Pasado y Presente [Los gramscianos argentinos. Cultura y política en la experiencia de Pasado y Presente, Siglo XXI, 2004] en el marco del debate sobre la génesis y la circulación de las ideas políticas en los años sesenta y setenta. Son innúmeras las puertas de entradas que se podrían utilizar para introducir el tema y cada puerta conduce a un tipo posible de discusión. Voy a dejar abierto a la contingencia del debate los otros caminos y elegir uno que me parece conveniente al tiempo, al lugar y a la problemática que nos convoca: se trata de la relación complicada de Pasado y Presente con el legado gramsciano, en particular con la compleja teoría de la revolución elaborada por Gramsci en torno del concepto de hegemonía.

Ahora bien, esto nos pone de frente a dos elementos relacionados. Por un lado, aquello que sea Pasado y Presente; por otro lado, aquello que sea el “legado gramsciano”. Ambos lados de la relación poseen una complejidad irreductible y llena de interpretaciones contrastantes que no podemos abordar aquí. No obstante, es conveniente al tema que abordaré realizar algunas breves consideraciones.

Sobre el legado gramsciano quisiera recordar simplemente la bifurcación de caminos interpretativos más evidente para el tema que proponemos: por un lado, Gramsci fue leído como un pensador de cuño leninista cuyo papel fundamental fuera el de adecuar, para las sociedades de tipo occidental, algunas categorías de la herencia teórica que nace con Marx y es operacionalizada y enriquecida por Lenin para las sociedades de tipo “oriental”— según la conocida clasificación de Gramsci —, en las cuales entre sociedad civil y Estado se establece un brutal desequilibrio (el Estado “es todo” y la sociedad civil “primitiva y gelatinosa”); en la otra vertiente, Gramsci es considerado un pensador marxista original, que, reflexionando sobre las condiciones particulares de las sociedades del occidente periférico, con una trama societaria compleja, en las cuales entre Estado y sociedad civil se establece una relación más equilibrada, elabora una nueva estrategia de transformación revolucionaria no reductible al leninismo. El nombre general de esta estrategia está asociado al complejo concepto de “hegemonía” y la forma específica de su operacionalidad establecida por Gramsci como “guerra de posiciones”.

Desde la perspectiva de Gramsci, el propio Lenin, en el final de su vida, habría comprendido la necesidad de este viraje estratégico, indicando el camino, para la nueva etapa, “del asalto para el asedio”. En sentido contrario Gramsci critica a Trotsky, al que considera el “teórico político del ataque frontal en tiempos en que esto es sólo causa de derrota”. Como parte del fundamento de este camino estratégico, Gramsci elabora un denso aparato crítico del economicismo que nos permite pensar la sociedad poscapitalista como un cambio de civilización extremamente más complejo y sofisticado que el mero hecho económico de la expropiación de los medios de producción, fundacional en la concepción criticada. Se trata de una concepción procesual e integral de la revolución y del socialismo.

Sobre aquello que haya sido Pasado y Presente y las dificultades que esta determinación nos presenta dediqué algunas páginas del libro Los gramscianos argentinos. Se trata, según mi punto de vista, de un “sujeto flotante”, podríamos decir, que se constituye dilatándose o contrayéndose, dependiendo de la época, en torno de la figura de Aricó. Y en este sentido, podríamos pensar a Pasado y Presente como una experiencia que se extiende a lo largo de casi tres décadas, finalizando simbólicamente con la muerte de Aricó en 1991.

De todos modos, dejando en suspenso la querella de interpretaciones que estas definiciones puedan producir, lo que me interesa enfocar es la relación compleja que este sujeto así pensado establece con el pensamiento de Gramsci. En este sentido, distingo tres períodos que representan tres matrices de reflexión teórica y política y tres formas de relación con el pensamiento gramsciano. Los menciono rápidamente, para detenerme solamente en el primero de ellos.

El primer momento, entre 1963 e 1976, se caracterizó por la presencia conflictiva de “dos almas” en la constitución del pensamiento del grupo; en forma sintética podría nominarlas como: el alma (necesaria) gramsciana y el alma (contingente) guevarista.

Volveré sobre este punto que encierra el tema central que pretendo discutir.

El segundo momento, el más rico y relevante en la trayectoria de Pasado y Presente según mi perspectiva, se extiende de 1976 a 1983. Se trata de un período que, en realidad, podríamos datar como iniciándose en 1973, en la etapa de la segunda serie de la revistaPasado y Presente, donde ya se evidencian transformaciones en la concepción estratégica que se coagularán intelectualmente en el exilio mexicano, donde Pasado y Presenterescata, teoriza y difunde el Gramsci de la hegemonía, de la teoría de la revolución y el socialismo como proceso, completando el pasaje del terreno de Lenin al terreno de Gramsci también en cuestiones de estrategia política. Como resultado de esta nueva matriz de análisis aparece necesariamente (orgánicamente, para usar la expresión cara a Gramsci) el problema de la democracia.

La cuestión que se plantea podría ser expuesta de la siguiente manera: siendo correcto que la revolución y el socialismo no deben ser pensados como “acto” sino como “proceso”, como profunda transformación de civilización, entonces ¿cuál será el mejor terreno estratégico para el desarrollo de las tradiciones, instituciones y perspectivas de emancipación de las clases subalternas en este proceso histórico, la democracia política o la dictadura? Las consecuencias de las reflexiones realizadas desde esta nueva perspectiva teórica se extenderán a la etapa siguiente.

El tercer momento sucederá en Argentina, al retorno del exilio, a partir de 1984, donde el complejo trabajo teórico sobre las relaciones entre democracia y socialismo, construido en la etapa anterior, es subsumido por la discusión en torno de la transición de la dictadura a la democracia política, debate en el cual Gramsci pierde, en el tratamiento del grupo, el lugar y el vigor demostrado en la etapas anteriores.

Todo esto, como sabemos, contiene polémicas infinitas que no podemos abordar aquí, donde pretendo solamente referirme a la primera etapa, en la cual Gramsci convive de un modo nada fácil con las tendencias ideológicas de la época. En esta etapa, como advertí anteriormente, conviven dos perspectivas de análisis, conflictivas entre sí, en la constitución ideológica de Pasado y Presente. La componente necesaria, la gramsciana, viene del desarrollo inmanente de una perspectiva crítica asociada a la historia concreta de los individuos participantes de la experiencia. Es la influencia de Agosti y del comunismo italiano de pos-guerra, la crítica del estalinismo a partir del XX Congreso del PCUS, la lectura propia de Gramsci, etc. Desde el punto de vista social, esta componente puede relacionarse con la conformación de una clase obrera densa, constituida política y culturalmente en torno del peronismo; con la particular circunstancia cordobesa — y con todas las singularidades que aproximaban esta ciudad a la Turín de Gramsci; con una estructuración social, que hacía de Argentina el país más socialmente equilibrado del subcontinente, etc.

Sobre esta componente necesaria, de la mano de la desreglada intervención de la historia, se proyectó en el pensamiento del grupo la componente contingente: fundamentalmente la influencia de la revolución cubana y de la emblemática figura del Che. Prácticamente desde el inicio de la experiencia, en 1963, sobre la original alma gramsciana se sobrepone y enlaza la componente guevarista, que tendrá un papel determinante en la constitución intelectual y en la actuación política del grupo durante la década siguiente.

Un momento fundacional de esta doble dimensión ideológica, lo encontramos en el famoso editorial del número 4 de la revista Pasado y Presente, titulado “Examen de conciencia”. Al cumplirse un año de la aparición del primer número y de la expulsión del Partido Comunista, el editorial estaba dirigido justamente a la réplica minuciosa de los argumentos teóricos y políticos esgrimidos por el partido para la expulsión del grupo y es utilizado por Aricó para descargar una fuerte critica sobre el partido como expresión más acabada de la vieja izquierda, “tan vieja y al mismo tiempo tan inexperta, tan discursiva como estéril e irresoluta” (Aricó, 1964: 241), una izquierda que “no había sabido comprender, en suma, que la insurrección es un arte y no un teorema” (Aricó, 1964: 249), y para esbozar algunos elementos de lo que pensaba como “la perentoria labor de estructuración de una teoría de la revolución en Argentina” (Aricó, 1964: 254).

Es en esa inflexión del texto que, en lugar de apelar al instrumental teórico disponible en los textos gramscianos para la formulación de una alternativa estratégica revolucionaria, se asiste a una ingeniosa maniobra teórica de importación de una estratégica política “oriental” para una situación claramente “occidental”. Es tal la desmesura de la interpretación que Aricó le dice sobre este tema a Carlos Altamirano, en la última entrevista de su vida, que, si no fuera por el “voluntarismo político” que podía servir de nexo entre ambas concepciones, se podría decir que aquel editorial habría sido hecho “como por encargo”.

A partir de un análisis de la estructura económico-social que le permite establecer “la existencia de dos grandes realidades diferenciadas — que podemos simplificar bajo la denominación de litoral capitalista agrario e industrial e interior colonial capitalista” y sobre esta base, el dominio de un “bloque de clases que aún hoy constituye el Estado argentino y que es expresión de la alianza de las fuerzas ‘urbanas’ y ‘rurales’ del litoral con los barones de la tierra del ‘hinterland’ semicolonial”, Aricó (1964: 255) establece, inspirado en la experiencia cubana y en la temática de la “revolución permanente”, “tres frentes de clase” de la lucha revolucionaria: el frente “terrateniente”, el “imperialista” y el “burgués”— donde el orden de los términos es importante en el análisis:

La fase democrática-nacional, de luchas antiterrateniente y antiimperialista se entrelaza con la fase socialista, de lucha antiburguesa. La revolución, para merecer el calificativo de tal, debe ser un proceso “continuo”, “permanente”, que se profundiza paso a paso, en el que la instauración de un nuevo poder democrático significa la apertura de un rápido proceso de transformación socialista. Tal es la experiencia cubana, que tiene en este sentido un valor continental (Aricó, 1964: 256).

En la construcción del sujeto social de esta perspectiva revolucionaria, Aricó apela a las categorías de “transformismo” e “aristocracia obrera” para demostrar como, a pesar de su centralidad radical en el proceso político argentino, la clase obrera se encuentra transitoriamente absorbida por la burguesía e impedida de cumplir el papel que le cabría.

En la configuración societaria construida por Aricó en este texto, las masas campesinas explotadas del noroeste del país constituirían “el eslabón más débil de la corriente de dominación burguesa” (Aricó, 1964: 262) y eso se expresaba en que la centralidad obrera debería ser compartida con la componente campesina en el interior argentino.

Sin dejar de observar que “la función hegemónica es un producto [...] de una tenaz labor ideológica y política de la izquierda revolucionaria en el seno de la fábrica (revalorizándola como núcleo central de su actividad política...)”, las grandes fábricas son consideradas el fundamento de la hegemonía burguesa. Los obreros de las grandes industrias son considerados como “aristocracia obrera”, por causa de los salarios altos comparativamente a los otros contingentes de clase (Aricó, 1964: 260). Por lo tanto, el eje revolucionario se desplaza para el noroeste argentino, donde las masas rurales (“después del proletariado urbano y rural de la zona capitalista”) “constituyen el elemento social más revolucionario de la sociedad argentina [...]”.

Sin embargo, la invención de este grupo social revolucionarizado no es la creación más audaz de la pluma de Aricó en este texto. El punto culminante de esta construcción lo alcanza cuando establece la prioridad de la lucha revolucionaria en el interior “semicolonial”:

La sincronización de la acción revolucionaria en la ciudad y en el campo exige como tarea previa la destrucción del bloque agrario-terrateniente que centraliza y domina esa sociedad “tradicional” en beneficio del capitalismo monopolista, lo que a su vez demanda la organización en forma autónoma e independiente de las masas explotadas del “hinterland” semicolonial (Aricó: 1964: 262).

Las masas empobrecidas del interior serían portadoras de “un enorme potencial revolucionario” resultante de su posición social pauperizada: “Para ellas no existe posibilidad de compromiso alguno, sus derechos no pueden ser conquistados ejerciendo el arma de la crítica, porque sus palabras fueron hace mucho silenciadas. Sólo les queda el recurso de la ‘crítica de las armas’”, el recurso de la violencia (Aricó, 1964: 262).

Ya fue apuntado suficientemente como, en el aspecto coyuntural, este texto expresaba la relación que, en términos políticos y operativos, establecía Pasado y Presente con el núcleo guerrillero del EGP, dirigido por Jorge Ricardo Masetti e instalado en la selva salteña. Lo que nos interesa destacar aquí es que las páginas finales del editorial sentenciaban el triunfo — que de un modo u otro abarca los diez años posteriores —, del alma guevarista sobre el alma gramsciana en temas de estrategia política. Yo supongo que pueda haber, en Argentina, antes de este editorial, piezas teóricas semejantes de importación de esta estrategia revolucionaria que podía ser asimilada en códigos maoístas (el cerco de la ciudad por el campo) o guevaristas (el tema de foco guerrillero nutrido de campesinos que presiona la componente urbana) pero que era vista en general como “castrismo” entendido éste como la interpretación más consecuente del leninismo a la situación latinoamericana. Sin embargo, la dimensión y la calidad de la operación teórica realizada por Aricó en el texto lo permiten tener, de algún modo, como paradigmático de esta perspectiva entre nosotros.

Es interesante todavía, aunque sea de pasada, poner este texto en contraste con otro que sólo un año antes, Juan Carlos Portantiero publicaba en el nº 1 de Pasado y Presente: el artículo “Política y clases sociales en la Argentina actual”, donde, a partir de la similar constatación de que en Argentina se había configurado una típica situación revolucionaria, llegaba a conclusiones radicalmente diferentes. A pesar del singular momento histórico que vivía la sociedad argentina pos-frondizista en que “la necesidad de la revolución ha llegado a la madurez desde el punto de vista económico y social” (Portantiero, 1963: 22), también fundamentando su análisis en Lenin, señala que, sin embargo: “la situación revolucionaria es una cosa y la revolución otra. No hay revolución sin autoconciencia histórica de las clases destinadas a llevarla a cabo”, concluyendo con la afirmación de que sólo el “zigzagueante proceso de autoconciencia sufrido por la clase obrera” mostraba vigencia histórica en la época.

Sin embargo, este proceso, afirma: “no es un proceso espontáneo ni siquiera teórico-crítico. Es un proceso teórico-práctico, sólo vigente a través de la experiencia concreta, de la praxis social. Sin ella, la ideología pasa a ser crítica pasiva de la vida cotidiana y cualquier ‘situación revolucionaria’ se transforma en una corrupción del sistema que ‘puede durar a veces, decenas de años’” (Portantiero, 1963: 23). Al final del texto, en el que apela a una cita “pesimista” de Gramsci, ningún voluntarismo se postula para superar el proceso inmanente de auto constitución de la clase obrera como sujeto de las transformaciones.

Sin duda el huracán cubano alcanzó a todos los colores del espectro ideológico de izquierda (y, en Argentina, de derecha también): peronistas, socialistas, trotskistas, comunistas, liberal-demócratas. Sin embargo, lo fundamental, en términos de apropiación del pensamiento gramsciano en la Argentina, es que esta nueva corriente nacía asociada al nombre de quien no sólo había sido un crítico agudo de las formas de la política que se propiciaban en el editorial, sino que había montado una laboriosa construcción estratégica alternativa.

Y esto es fundamental porque nos evidencia una ausencia en el universo ideológico de la época: lo que no hubo, lo que estaba “bloqueado”, lo que no formaba parte del espectro visible de opciones políticas que pudieran ser consideradas “revolucionarias” por parte de la nueva izquierda Argentina de los años 60, fue justamente la perspectiva gramsciana en términos de “revolución” y de “socialismo”. Su posibilidad sucumbió frente a las tendencias de época durante más de una década para aparecer, también en el seno del grupo, después de la derrota del movimiento social argentino con el golpe de 1976.

Las diversas matrices analíticas gramscianas utilizadas en esta etapa (el Gramsci filósofo de la praxis, utilizado para hacer frente a las tendencias más dogmáticas del marxismo), el Gramsci de lo nacional popular (como clave para la interpretación del peronismo), el Gramsci consejista (para pensar las experiencias de la clase obrera en la coyuntura de los años 60 y 70) estuvieron vinculadas a una concepción reduccionista de la transformación social revolucionaria, subordinada a lo que Gramsci denominaba la excesiva confianza en la “capacidad reguladora de las armas”.

No es por casualidad que treinta y cinco años atrás, en 1970, en esta misma Córdoba, se reunía la nata de la nueva izquierda revolucionaria y lo consensual, si le damos crédito a los testigos de la época, era que, en términos de la “vía” de la revolución, lo “pacífico” estaba fuera de cuestión. El camino era “armado”, lo que se discutía era el tipo de camino armado, y allí estaba Pasado y Presente organizando de alguna forma el debate y argumentando en esa línea de acción.

Como indicamos brevemente en el inicio, el Gramsci de la hegemonía, de la estrategia transformadora que el brasilero Carlos Nelson Coutinho bautizó provocativamente como “reformismo revolucionario” será apropiado en la nueva etapa, en el exilio mexicano, y se expresará fundamentalmente en el texto Los usos de Gramsci, de Juan Carlos Portantiero, aparecido en 1977 pero cuyos primeros elementos comienzan a ser elaborados en 1975.

En esta nueva perspectiva teórica para pensar la transformación, el objetivo mismo es transformado: el socialismo deja de ser pensado solamente (o fundamentalmente) como hecho económico y es teorizado como fenómeno integral, como bloque histórico, en el cual el aspecto ético-político, de transformación cultural de masas, tiene tanta relevancia histórica como el hecho económico (la expropiación de la burguesía el fin del sistema de trabajo asalariado, etc.)

Volviendo a nuestro tiempo, como resulta claro de la propia realización de este evento y varias publicaciones y polémicas que circulan por estos días, estas discusiones sobre los orígenes de las ideas revolucionarias en los sesenta no tienen sólo un interés histórico, sino que nos interpelan todavía hoy acerca de cuestiones presente y futuras. En este sentido, me gustaría terminar estas reflexiones llamando la atención para un fenómeno totalmente nuevo en el debate político de la izquierda argentina, que es la reivindicación de la figura política e intelectual de Aricó por una parte de la izquierda argentina que poco tiempo antes lo criticaba sin reparos. Esta recuperación tiene como eje la separación, el contraste, entre el “viejo” y el “joven” Aricó. Es lo que hace, por ejemplo, Néstor Kohan en un artículo publicado en el suplemento Ñ del diario Clarín, del 5 de febrero de 2005, donde afirma:

Catorce años después de la muerte de Aricó, se torna necesario hacer un balance. [...] La distancia transcurrida permite un beneficio de inventario con aquel Aricó de la vejez que archivó la rebeldía juvenil y la originalidad gramsciana en aras de la “gobernabilidad” y los fantasmagóricos “pactos institucionales”. Aunque ese Aricó sea hoy olvidable, existen enseñanzas de su juventud que siguen palpitando: su actitud mental, su modo de ubicarse en el mundo de la política, la cultura y el campo intelectual.

Creo haber destacado elementos que muestran que esa tesis, fruto de una actitud nostálgica en relación a aquella época radiante, debe ser cuidadosa y críticamentemente procesada. Considero absolutamente saludable que la izquierda en todas sus variantes haga suya la historia intelectual y política de José Aricó, historia que debería ser tratada de modo integral, con aciertos y errores, sin los cuales no habría llegado a ser lo que fue.

Sin embargo, al mismo tiempo en que me parece necesario criticar el maniqueísmo de la operación de separar al “joven” del “viejo” Aricó (distanciándose de éste del mismo modo que los poulantzianos fundamentalistas reniegan de la herencia del último Poulantzas, por considerarla “socialdemócrata”), me parece oportuno indicar que, para la construcción de una nueva perspectiva de emancipación en Argentina, el Aricó que deberíamos esforzarnos en rescatar plenamente, el que merece ser discutido con insistencia y sin prejuicios; el que tiene más cosas para decirnos sobre los tiempos que corren y sobre el porvenir es exactamente el último Aricó, el Aricó que descubrió, fruto de una extraordinaria experiencia práctica y teórica, al Gramsci de la hegemonía; al Gramsci de la revolución y el socialismo como proceso de expansión y radicalización de las conquistas, tradiciones e instituciones políticas, sociales y económicas de las clases subalternas.

Raúl Burgos es profesor da Universidade Federal de Santa Catarina y autor de “Los gramscianos argentinos. Cultura y política en la experiencia de Pasado y Presente” (Buenos Aires: Siglo XXI, 2004). Texto presentado en el Encuentro Internacional “Política e violência. As construções da memória. Gênese e circulação de idéias políticas no anos sessenta e setenta”, organizado pelo Programa de Estudos sobre a Memória, Centro de Estudos Avançados, Universidade Nacional de Córdoba, Argentina, 3 e 4 de novembro de 2005.

Referencias bibliográficas

ARICÓ, José. “Examen de conciencia”. In: Revista Pasado y Presente, nº 4, enero-marzo de 1964.

PORTANTIERO, Juan Carlos. “Política y Clases sociales en la Argentina actual”. In: RevistaPasado y Presente, nº 1, abril-junio de 1963.

Gramsci frente a la crisis del socialismo


Paulo Castro [Venezuela] Arqueología pictórica

Francisco Hidalgo Flor / Gramsci e o Brasil

Gracias a la apertura del portal de Internet Gramsci e o Brasil, ahora en nuevo formato y plataforma digital, es posible desde esta entrega del mes de enero de 2006 presentar a ustedes, lectores interesados, no solo de Brasil, sino de Latinoamérica entera, una sección dedicada a reseñar y comentar textos y artículos que aborden la temática de la actualidad del pensamiento de Gramsci, de sus categorías principales, frente a los desafíos planteados ante la crisis profunda del proyecto socialista, evidenciada en acontecimientos claves de los últimos quince años, donde resalta el derrumbe de los regímenes del “socialismo real”, el debate modernidad–posmodernidad, el cuestionamiento sobre el sujeto político de la modernidad, la fragmentación de los estado–nación en los países periféricos, el reciente debilitamiento de las organizaciones de izquierda legal en Latinoamérica, pero también la emergencia de los nuevos movimientos sociales, la consolidación de las movilizaciones anti–globalización y la proliferación de publicaciones y portales de diversas tendencias de izquierda y movimientos populares.

Los acontecimientos claves del período 1990–2005 demandan al pensamiento crítico, en general, y con mayor fuerza a las diversas corrientes marxistas, una evaluación de limitaciones y potencialidades de lo que el español Manuel Sacristán denominó “el intento de programa, sobre un deseo, que se intenta fundamentar en crítica y en conocimientos positivos”, para abrir caminos que permitan dar renovadas alternativas a los sectores sociales en lucha y a los espacios políticos y teóricos que se proponen una construcción contra–hegemónica.

La pregunta matriz desde la cuál se intentará apelar a los textos será: ¿cuáles podrían ser, desde una matriz gramsciana, los elementos claves que aporten sustancialmente a la reconstrucción del proyecto socialista?

Por las limitaciones personales el universo de los textos a ser reseñados estará reducido a los artículos o libros publicados en idioma español, en revistas o portales de Internet especializados, durante los años 1990–2005. Se hará hincapié en las siguientes fuentes: los portales: gramsci.org, gramsci.org.ar, filosofiacuba.org; las revistas Dialéctica y Memoria de México, Herramienta de Argentina, Papeles de la FIM de España, Utopía y praxis latinoamericanos de Venezuela, Contracorriente de Cuba, y Espacios de Ecuador; los libros que recogen las ponencias de “Conferencias Internacionales de estudios gramscianos” realizadas en la Universidad Autónoma de Puebla; las publicaciones en idioma español de la Internacional Gramsci Society (IGS), y la Fundación Instituto Gramsci.

De inicio, por ser una iniciativa que nace desde el esfuerzo individual, solo se podrá trabajar sobre un número limitado de reseñas. Aspiro a presentar resúmenes de aproximadamente cincuenta textos a lo largo de dos años, esto quiere decir dos o tres resúmenes nuevos en entregas renovadas cada dos meses, si es que los lectores y editores del portal lo permiten. En caso de que hubiera personas interesadas de apoyar este esfuerzo desde otros países, se podrían ampliar el horizonte a ser cubierto.

* IZZO, FRANCESCA: 1994. “Gramsci intérprete de lo moderno”. En: Revista Dialéctica, n. 26, pp. 33–58. México.

Gramsci habita con pleno derecho el territorio de lo moderno, comparte su horizonte problemático y su plena evolución; se trata de un intérprete de la modernidad, quien establece una relación crítica con las profundas corrientes de ella. Para Gramsci la filosofía de la praxis es el más maduro producto del proceso del pensamiento moderno y, al mismo tiempo, su crítica inmanente y radical.

El sentido de la lectura que Gramsci ofrece de lo moderno se debe buscar y discutir ligando y articulando, según una relación fuerte y definida, dos momentos centrales de su reflexión, los cuales liberan toda su originalidad y fuerza hermeneútica solo a condición de ser analizados en interconexión entre sí: subjetivismo y estado–nación.

El subjetivismo es entendido como el carácter inmanente y mundano del principio filosófico moderno, con el cual se recalca, contra cualquier residuo trascendente y contra la rigidez metafísica de objetividad, la potencia creadora del sujeto; para Gramsci: “la concepción subjetivista puede encontrar su verificación e interpretación historicista sólo en las concepciones de las superestructuras”.

El estado–nación es el otro pilar que sostiene el edificio de lo moderno es el estado–nación; Gramsci recalda que el gran descubrimiento del Príncipe de Maquiavelo es la teorización del estado nacional; eso significa que lo político moderno se encarna en la forma de lo político–estatal. En esa forma está encerrada su modernidad y, al mismo tiempo, esta determinada configuración del hecho político marca la novedad de la época.

Modernidad y lo político–estatal

En la transición de la idea trascendente a la idea inmanentista que marca la cultura del Renacimiento, lo que debe ser fijado no es el lugar de un supuesto hombre en el centro de la imagen del mundo; sino mas bien, la capacidad de expansión, de difusión, de penetración, hasta en las raíces de la vida, de un cierto modo de pensar al mundo y a los hombres.

En el origen de lo moderno se discute la conexión nueva, compleja y contradictoria de tiempo y fundamento, o de ciencia y procesos vitales; conexión requerida por la ruptura de la dimensión de casta del saber y de la libertad. Para Gramsci es decisivo determinar qué se debe entender como un “nuevo tipo de hombre”. El sujeto de la filosofía moderno, del inmanentismo y de la autonomía, tiene estas opciones: i) o toma la vía de la conexión ético – pasional; ii) o es reabsorbido por la tradición cosmopolita y eclesiástica; iii) o se dispersa en la red de funciones sistémicas.

En la identificación moderna de político y estatal, Gramsci encuentra la relación entre sí de elementos antes desconectados, recíprocamente indiferentes u opuestos, el principio de la politicidad–racionalidad como instancia de autonomía y libertad, y masas vivientes ligadas a una existencia dividida entre las particularidades de la necesidad–pasión y la trascendencia de la instancia ético–religiosa.

Lo político–estatal hace aparecer en el horizonte, en cuanto se basa en lo ético– pasional, la posibilidad de mediar la necesidad con la libertad de modo inmanente y no a través de la ilusión o esperanza religiosa; la mediación puede ser asegurada por la expansión de la conciencia y de la ciencia.

Por eso para Gramsci en el aspecto puramente técnico–científico del proyecto moderno, se encuentra una forma de inmanencia que quita lo que el llama “lo vivido” o la identidad de teoría y praxis. Lo que impulsa la reducción de la ciencia a tecnología como única relación entre saber y realidad, a una manipulación integral fingida de las cosas y de los hombres, es la exclusión del lado activo de lo real, así como esto deviene un objeto puro de manipulación de la ciencia. Cae la dialéctica y por lo tanto la unidad posible entre teoría y praxis. En este terreno de tensiones toma cuerpo la filosofía de la praxis, enraizada en la modernidad.

Para Gramsci, como para Marx, no se instaura una nueva relación entre filosofía y mundo si no se subvierte la praxis, si no cambian el inicio, la forma y el sujeto del proceso; ninguna linealidad, o continuismo historicista.

Pilares de la modernidad y crisis

En las figuras del idealismo hegeliano y del jacobismo, que se sostienen en la dimensión ética del Estado, Gramsci se fija para destacar la capacidad de movilización, de activación, de las masas de parte del principio subjetivo moderno.

Este principio subjetivo moderno, con su energía y potencia originarias, tiende a romper la inmovilidad natural de las masas subalternas y hacerlas entrar en el círculo de la historicidad, en la misma medida en que empuja al pensamiento, a los intelectuales, a entrar en relación con la multitud.

Los tres pilares de la modernidad: i) el espíritu crítico; ii) el espíritu científico; iii) el espíritu industrial, impulsan con diferentes modalidades a modernizar a grandes masas humanas; con la ciencia y el espíritu crítico, rompiendo los vínculos de la tradición religiosa; con el industrialismo, las ligas naturalistas e instintivas; y se crea así una difusa y relativamente homogénea racionalidad de masas.

Vehículo de mediación de todo ello es el estado nacional, con sus aparatos de consenso que incorporan las funciones intelectuales.

Gramsci constata que “sucede un estancamiento y se regresa a la concepción del Estado como pura fuerza, la clase burguesa es saturada: no solo que no se difunde, sino que se disgrega; no sólo no asimila nuevos elementos, sino que pierde una parte de sí misma”; esto genera una condición de crisis en el proyecto de la modernidad, por lo cual Gramsci plantea. “¿esta crisis no está mas bien ligada a la caída del mito del progreso infinito y al optimismo que dependían de él, es decir, a una forma de religión mas bien que a la crisis del historicismo y de la conciencia crítica? En realidad, la conciencia crítica era restringida a un pequeño círculo; hegemónico, sí, pero restringido. El aparato de gobierno espiritual se rompió y hay crisis, pero ésta es también de difusión, o sea, llevará a una nueva hegemonía más segura y estable”.

Ruptura y filosofía de la praxis

La filosofía de la praxis encuentra su origen en la ruptura de la homogénea y unitaria conciencia – ciencia de la historia y en la crítica de la ilusión de lo único del sujeto, e intenta constituir políticamente la praxis en sujeto.

Conviene detenerse sobre el devenir sujeto de la praxis. Con Gramsci, precisamente por la mundanización integral, el nexo filosofía–praxis no lleva a una identificación dogmática de un sujeto portador de la totalidad (verdad) y por tanto del saber; no hay, ni puede haber, una conciencia del mundo donde la unidad se realice si precisamente la filosofía de la praxis es conciencia crítica de las laceraciones del mundo, de sus contradicciones y divisiones contra la apariencia de la unificación. Pero la praxis no se dispersa en la dimensión subalterna de la eterna desigualdad, fragmentación impotente; la praxis se pone como filosofía, o sea, comprensión del proceso entero y esfuerzo y tendencia que realizarán la unificación que no está dada en ningún punto, sino que está inscrita en el mundo como posibilidad.

El carácter paradójico de la filosofía de la praxis está en ser crítica y filosofía a la vez, escisión y concepto. La delimitación de esta forma de conflicto exige la construcción de un concepto de historia que corresponda a una temporalidad compleja, donde no hay ya una conciencia simple y unificada que separe e interprete el tiempo. Lo cual nada tiene que ver con el continuismo historicista.

Esta concepción de filosofía y política no nace de una exigencia genérica y economicista de la materialidad de la praxis–trabajo, sino de debe ser ubicada en aquella dimensión histórico–epocal mundial de puesta en movimiento de enormes masas humanas copartícipes del desarrollo, arrastradas en la historia; ya no alteridad radical, naturaleza, sino contradicción interior de la historia de la libertad. Estas masas tienden a devenir sujeto.

* VACCA, GIUSEPPE: 1994. “Gramsci en nuestro tiempo: hegemonía e interdependencia”. En: RevistaDialéctica, n. 26 (pp. 15–32). México.

Crisis y readecuación del capitalismo

Frente a la gran crisis de 1929–1932 mientras la Internacional Comunista parte de una interpretación “catastrofista”, Gramsci se une a Marx y repite que las crisis constituyen la fisiología del desarrollo capitalista. Para esta última, la salida siempre se encuentra en la transformación de la “composición orgánica del capital” (en la intensificación de la explotación y en la ampliación del “capital constante”).

La crisis de 1929–1932 había sido originada por la imposición del “nacionalismo económico” a la expansión del industrialismo de tipo americano y por las asimetrías entre un sistema industrial ya predispuesto para la producción en serie y la organización de los mercados todavía incapaces de absorberla. Todos estos problemas se resolverían por el fordismo extendido.

Gramsci parte de una visión del proceso que en los Cuadernos ya no tiene mucho que ver con la teoría leninista del imperialismo, ni con el concepto marxista–leninista de crisis general del capitalismo.

Crisis del Estado–Nación

Desde las primeras notas de los Cuadernos, la atención de Gramsci se dirige a las crisis del Estado-nación. “El ejercicio normal de la hegemonía en el terreno convertido clásico del régimen parlamentario”, escribe en un pasaje de 1930, “se caracteriza por una combinación de fuerza y consenso, que se equilibran de diferentes maneras, sin que la fuerza predomine demasiado sobre el consenso, y tratando de la que fuerza parezca apoyada en la aprobación de la mayoría, expresada mediante los llamados órganos de la opinión publica. Y he aquí el punto: “en el periodo de la posguerra, el aparato hegemónico se quiebra y el ejercicio de la hegemonía de vuelve permanentemente aleatorio”.

El tema tocado por Gramsci no concierne solamente a la disolución del régimen parlamentario, sino que es de un alcance mucho mayor: a) “Los grupos sociales regresivos y conservadores se reducen cada vez más a su fase inicial económico-corporativa, mientras que los grupos progresistas e innovadores todavía se encuentran en la fase inicial, precisamente económico-corporativa”; y, b) “los intelectuales tradicionales, apartándose del grupo social al que hasta ahora habían dado la forma más alta y comprensiva, en realidad cumplen un acto de incalculable alcance histórico: marcan y sancionan la crisis estatal en su forma decisiva”.

Elementos de la teoría de la hegemonía

Una de las formulaciones mas completas se encuentra en una nota del Cuaderno 10, en donde Gramsci refiriéndose a la obra de Lenin, dice: “una doctrina de la hegemonía como complemento de la teoría del estado – fuerza y como forma actual de la doctrina de la revolución permanente”. Estos dos elementos no deben separarse. Lo que Gramsci tiene en mente con “doctrina de la hegemonía como complemento de la teoría del Estado–fuerza” se aclara solamente con relación a la afirmación según la cual ésta debe constituir la “forma actual de la doctrina de 1848 de la revolución permanente” […]. “Durante el período posterior a 1870, al contrario de la expansión colonial europea, todos estos elementos cambian, las relaciones organizativas internas e internacionales del Estado se hacen mas complejas y macizas, y la fórmula del 48 de revolución permanente es elaborada y superada por las ciencias políticas con la fórmula de hegemonía civil”.

Una nueva idea de la política

La teoría de la hegemonía se une con la elaboración de la filosofía de la praxis… La difusión de la filosofía de la praxis es “la gran reforma de los tiempos modernos”… puede contribuir a la “creación de una nueva cultura integral que sintetice la política y la filosofía en una dialéctica intrínseca de un grupo social europeo y mundial”.

“En la época del imperialismo, que culmina con la guerra mundial… la clase burguesa está ya saturada: no sólo no se difunde, sino que se disgrega, no sólo no asimila nuevos elementos, sino que desasimila una parte de sí misma”; en resumidas cuentas: “se regresa a la concepción del estado como pura fuerza”. De ahora en adelante, la política–hegemonía podrá ser continuada y desarrollada integralmente sólo por una clase que sea capaz de asimilar toda la sociedad y al mismo tiempo expresar tal proceso”.

Momento burgués de la política–hegemonía

“El ejercicio de la hegemonía que se había expresado clásicamente en la forma del “estado parlamentario”, según Gramsci había tenido en Hegel, con la concepción del “estado ético”, el desarrollo mas completo. Pero “la concepción de Hegel” observa “es propia de un período en el cual el desarrollo en extensión de la burguesía podía parecer ilimitado, y la eticidad o universalidad de ésta podían manifestarse: todo el género humano será burgués”. Sin embargo en la época del imperialismo, que “culmina con la guerra mundial” tal posibilidad había definitivamente desaparecido… En resumidas cuentas “se regresa a la concepción del estado como pura fuerza”.

Momento proletario de la política–hegemonía

“De ahora en adelante la política hegemonía podrá ser continuada y desarrollada integralmente sólo por “una clase que sea capaz de asimilar toda la sociedad y al mismo tiempo expresar tal proceso”. Una clase que concibe “como fin del Estado su propio final” sólo puede ser “una clase que desarrolla íntegramente sus facultades en un horizonte que trasciende las funciones tradicionalmente establecidas por los estados nacionales”.

La teoría de la hegemonía se une así con la elaboración de la filosofía de la praxis… la difusión de la filosofía de la praxis es “la gran reforma de los tiempos modernos”. “Una reforma intelectual y moral que efectúa a escala nacional lo que el liberalismo no logró hacer más que para reducidos sectores de la población… ésta es “una herejía de la religión de la libertad, ya que nació en el mismo terreno que la civilización moderna… (se trata de) contribuir a la “creación de una nueva cultura integral que sintetice la política y la filosofía en una dialéctica intrínseca de un grupo social europeo y mundial.

Política–hegemonía y extinción del Estado

Una clase que concibe como fin del Estado su propio final sólo puede ser una clase que desarrolla íntegramente sus facultades en un horizonte que trasciende las funciones tradicionalmente establecidas por los estados nacionales. Sobre esta base se retoma en los Cuadernos el tema de la “extinción del Estado”. Cuestión que no posee un valor utópico, sino más bien constituye una idea reguladora; indica un criterio programático que tiene como meta superar el Estado–nación.

El Estado reduz gradualmente sus intervenciones autoritarias y coercitivas: justo en el proceso realizable de la “sociedad regulada”. De su consolidación puede surgir un nuevo tipo de libertad – (“se trata de una organización política que debe tutelar el desarrollo de los elementos de sociedad regulada en continuo incremento, para desembocar en una forma de “libertad orgánica”) – mucho más amplia y completa de la hasta ahora experimentada. De este proceso definitivamente depende la superación de la “doctrina del estado–fuerza”.

El terreno decisivo para la afirmación de la política–hegemonía es la relación entre lo nacional y lo internacional. La única respuesta progresista es aquella que elabore una nueva concepción de la política que la libere de la compenetración con el Estado.

La idea de que “la doctrina de la hegemonía” debe constituir un “complemento de la teoría del estado–fuerza” y “la forma actual de la doctrina del 48 de la revolución permanente” postula una subordinación permanente de la política–potencia a la política–hegemonía.

Al inicio, el movimiento comunista se había propuesto el objetivo – (redefinir los fundamentos y las formas de soberanía) – a su modo; pero: i) las relaciones internacionales proseguían según las viejas orientaciones; y, b) con la territorialización del socialismo desaparecía el otro posible protagonista de la política–hegemonía.

La reelaboración del marxismo como filosofía de la praxis y “doctrina de la hegemonía” forma un bloque que ocupa todo el horizonte programático de los Cuadernos.

El trabajador colectivo y la subjetividad integral

La búsqueda se dirigía a explorar las condiciones necesarias para suscitar una voluntad colectiva que pusiera sólidamente la tarea, hasta ahora ausente, en manos de “nuevos grupos sociales progresistas”.

Signo característico de la contemporaneidad es la posibilidad de que una nueva “voluntad colectiva” se forme “de la base hacia lo alto”, apoyándose en “la posición ocupada por lo colectivo en el mundo de la producción”. O sea, sobre la base del industrialismo que domina ya el desarrollo mundial. El industrialismo crea al “trabajador colectivo”, o sea, las condiciones por las que el trabajo se pueda reconocer y constituir como un todo, elaborando, por primera vez en la historia, una subjetividad integral. En otras palabras, existen las condiciones históricas reales que hacen posible la separación de capitalismo e industrialismo, abriendo camino hacia un nuevo orden mundial.

La derrota del movimiento comunista

El movimiento comunista frente a este proceso novedoso (“la formación del hombre colectivo actual”) permanece ciego, no responde de acuerdo al nuevo momento, dice Gramsci: “los viejos dirigentes intelectuales y morales de la sociedad sienten que se les mueve el piso, los representantes del nuevo orden en gestación, por odio racionalista a lo viejo, difunden utopías y puros planes cerebrales”.

Por lo tanto, los que suscitarían una nueva voluntad colectiva están ausentes. El socialismo está derrotado; por lo menos por ahora, por no haber desarrollado su propia autonomía hasta el fondo, por no haber desarrollado su propia concepción integral del mundo y de la historia, elaborando, sobre la base de la obra de Marx, una filosofía autónoma.

Sujetos políticos: estrutura y superestructura

Hay una filosofía de la praxis especial de Gramsci que no se puede reducir a ninguna otra “filosofía del devenir”. Su especificidad es aclarada por el contexto de la hegemonía como “desarrollo teórico–práctico de la filosofía de la praxis”. Esto equivale a decir que de la sola labor del “filósofo individual” la filosofía de la praxis no puede desarrollarse, pues su desarrollo parte de la acción de grandes sujetos colectivos. Indispensable para armar los impulsores de una voluntad colectiva, la filosofía de la praxis sólo puede desarrollarse a través de la creación de una cultura y una civilización nuevas.

La dependencia de la “doctrina de la hegemonía” de la filosofía de la praxis deriva del hecho de que, sin la elaboración de nueva teoría de la subjetividad, la primera no podrá desarrollarse.

No una teoría del sujeto en general, sino una teoría de la constitución de los sujetos políticos. Son por eso necesarios una gnoseología y un análisis que permitan distinguir los sujetos empíricos de la subjetividad histórica y fijar los criterios para el paso de los primeros a los segundos.

Es necesario una filosofía que permita responder la siguiente pregunta: ¿Cómo nace el movimiento histórico sobre la base de la estructura?

Tarea fundamental de la política–hegemonía es definir exactamente y resolver el problema de la relación entre estructura y superestructura, para llegar a un justo análisis de las fuerzas que toman parte en la historia de un cierto período y determinar su relación.

La elaboración de la hegemonía parte de la capacidad de determinar una propia combinación de la relación entre estructura y superestructura (una determinada fusión de éstas, en un bloque histórico). La fusión de estructura y superestructura sucede con la constitución del Estado.

Para analizar el recorrido de los sujetos empíricos a la subjetividad histórica es necesario un conjunto mas amplio del Estado–nación. Se presenta el problema más vasto de si es posible pensar la historia sólo como historia nacional en cualquier momento del desarrollo histórico.

La constitución de sujetos políticos, que en la época actual encuentra en la nación el terreno decisivo, está condicionada en última instancia por el desarrollo del mercado mundial. Este es el terreno de las varias combinaciones entre el elemento nacional e internacional de las relaciones de fuerza.

*VACCA, GIUSEPPE: 1995. “La actualidad de Gramsci”. En: Revista Dialéctica, n. 25, pp. 10–21. México.

Desde que perspectiva se escriben los Cuadernos

Los Cuadernos de la Cárcel fueron concebidos no por un hombre político que se replegaba sobre un proyecto intelectual desinteresado, sino por un jefe que continuaba sintiéndose como tal e intentaba proseguir su lucha. En polémica con el movimiento comunista, al cual todavía pertenecía, después de la transformación estalinista de 1928–1930, a la que consideraba una vía sin salida, Gramsci se proponía la búsqueda de nuevas bases teóricas y refundar el programa del movimiento obrero internacional.

La elaboración de una filosofía marxista original, que parte de una crítica corrosiva a todas las corrientes del marxismo de los cuarenta años precedentes, constituye el núcleo fundamental del programa de investigación de los Cuadernos (por lo menos a partir de 1931–1932). Si se establece que la investigación de Gramsci surgió, no de la crítica–diálogo con Croce, sino de la confrontación con Bujarin, es decir, de la crítica al marxismo–leninismo y de la denuncia de su dependencia de la tradición positivista del marxismo precedente a la revolución rusa, en particular, de Plejanov, el desarrollo de los análisis y de los conceptos elaborados en los Cuadernos, podría ser considerado bajo una nueva luz.

Siglo XX y revolución pasiva

En el centro de la investigación de Gramsci estaba la escena mundial entre las dos guerras y el intento de captar los movimientos más profundos. Veía con lucidez cómo el centro de la economía mundial se había desplazado de Europa a los Estados Unidos; identificaba en el americanismo y en el fordismo las formas más avanzadas y progresistas de organización de la economía y de la sociedad, y, al mismo tiempo, las fuerzas destinadas a penetrar, transformándolas, todas las economías desarrolladas.

Gramsci señalaba el origen de las catástrofes de los años veinte y treinta en la resistencia a estas tendencias, en la incapacidad de adaptar a éstas las economías nacionales y a la propagación de los mecanismos reguladores de la economía internacional: la gran depresión, el surgimiento del fascismo y del nazismo.

Gramsci atribuía a la transformación del movimiento comunista y a la elección del socialismo en un solo país el ensimismamiento de la ex URSS, su camino hacia el despotismo, el fin de la difusión de los procesos que a escala mundial había despertado la revolución rusa.

Pero al mismo tiempo, la nueva subjetividad de los pueblos, la irrupción en escena de la historia de las exterminadas masas campesinas, la crisis de las formas políticas de la modernidad (el principio de soberanía absoluta, el papel central de los estados nacionales, la unión entre soberanía y territorio) le parecieron cambios de la época, procesos irreversibles, movimientos de una nueva historia.

El siglo XX asumía de esta manera la figura de una gran revolución pasiva, dentro de la cual la URSS estaliniana, incapaz de presentar otra vía de desarrollo mundial, fue siempre colocada en un lugar subalterno. Más aún, este escenario explicaba, al menos en parte, las vías invocadas por aquella después de la muerte de Lenin.

La construcción de la política cambiaba; el mundo del siglo XX estaba azorado ante conflictos inauditos, destrucciones y barbaries, pero cada vez uno e interdependiente… Gramsci preveía la posibilidad de superar la crisis inmanente de la modernidad, uniendo ética y política, y de desarrollar la democracia, la única concepción racional, para él, de la política, más allá de los límites y confines de los ordenamientos de los estados.

Sobre el concepto de hegemonía

Jesús Soto [Venezuela] Vibración

Arcadio Sabido Méndez

La idea de la hegemonía que Antonio Gramsci desarrolla en sus Cuadernos de la cárcel constituye un ordenador y, al mismo tiempo, un sistema conceptual que se mueve en dos grandes planos explicativos. En el primero, referido a la estructuración y ejercicio de un sistema de hegemonía, destacan sus elementos constituyentes: fuerza y consenso, las organizaciones e instituciones políticas y culturales en las que ese sistema se materializa, y los sujetos, fuerzas sociales e instituciones que lo construyen y reproducen. En el segundo, referido a la idea de que los sistemas hegemónicos no son eternos sino históricos, sobresalen sus procesos desestructuradores que harían posible la conversión cultural y política de una clase dominada y dirigida en dominante y dirigente. La observación en bloque de esta teoría de la hegemonía, en mi opinión, es un requisito metodológico para la crítica, ya sea del sistema conceptual global o de alguno de sus componentes. Si los conceptos que integran un sistema teórico son susceptibles de crítica, y de ser utilizados fuera del mismo, estas operaciones podrían ganar en eficacia si parten de la comprensión del papel que el o los conceptos de interés desempeñan en el sistema del que surgen y donde adquieren coherencia.
Y esto es importante, porque si el mundo de los conceptos es también el de las concepciones e interpretaciones de las realidades de hecho y de pensamiento, se comprende que toda interpretación y crítica es al mismo tiempo confrontación de concepciones, la del autor que se estudia y la de quien hace el estudio. En este sentido, es común que cada autor pretenda darle determinado peso a uno u otro aspecto del significado de un concepto, pues ello es consecuencia del sistema de ideas que el intérprete ha adquirido en su proceso particular de conocimiento, y del sentido que pretenda dar a sus operaciones analíticas. Así, un concepto como el de hegemonía, en la medida en que expresa una determinada manera de observar y de explicar las realidades de hecho y de pensamiento, adquiere coherencia en el sistema teórico en el que fue elaborado - que incluye sus correspondientes referentes históricos - y si bien puede ser aislado e inserto en otro, no debería ser a expensas de cambiar arbitrariamente su significado. En tales casos, la nueva conceptualización debería explicitar sus variaciones y argumentar lo que se desecha y lo que se conserva de la antigua, y las razones de dichos cambios.
La arbitrariedad expresada en el uso de conceptos aislados de su sistema conceptual puede llevar a interpretaciones parciales que, deliberada o involuntariamente, dejan de lado relaciones que frecuentemente pasan desapercibidas. Por ejemplo, esto es lo que sucede con el concepto hegemonía expresado en su sentido de fuerza. Esto se puede observar en la aceptación generalizada que en los últimos tiempos ha tenido la afirmación de que Estados Unidos de Norteamérica es la nación-Estado que posee la hegemonía mundial. La evidencia empírica se ubica en la incontrastable superioridad bélico-militar de dicha nación, comprobada en sus experiencias guerreras en las dos últimas décadas del siglo XX y lo que va del XXI, en las que ha desplegado la más moderna tecnología destructiva, clave de sus victorias ante pequeños enemigos avasallados en las acciones militares. Una interpretación de esta naturaleza obvia el aspecto correspondiente al consenso, y por lo tanto evita indagar acerca de la aceptación de las concepciones ideológicas y filosóficas de los grupos gobernantes norteamericanos, tanto en el terreno militar como en el de la diplomacia, la economía, la política, la cultura y la sociedad. Soslaya la posible existencia de grandes consensos no sólo por parte de los gobiernos de importantes naciones, en especial de las grandes y medianas potencias, sino también por amplios grupos sociales de los pueblos que habitan en ellas, empezando por el norteamericano. Este tipo de interpretaciones no hace el esfuerzo analítico sobre esta otra realidad lo que impide ver la profundidad y la extensión de dichos consensos; la política comunicativa que se emplea para falsear o sesgar las emisiones informativas y producir consensos reales y ficticios; si ellos presentan erosiones, o si se encuentran en un momento de desgaste tal que la única manera de seguir manteniendo la hegemonía sea mediante la demostración del poderío técnico militar ante pequeños enemigos reales o inventados. En todo caso, un uso más específico del concepto hegemonía, según el tipo de relación que se pretenda explicar (hegemonía militar, económica, ideológica, cultural, política) podría ser más ilustrativo de la realidad.
Cosas parecidas se pueden decir con el empleo del concepto sociedad civil generalmente mirado como el conjunto de organismos sociales ajenos al Estado, o como el complejo de organizaciones e individuos que se oponen y luchan contra el gobierno en busca de bienestar, democracia y libertad. Es el caso de gran número de Organizaciones No Gubernamentales (ONGs) de las que se obvian los vínculos ideológicos y de objetivos, e incluso financieros, que muchas de ellas mantienen con el Estado de cada nación, y también de las que como antagonistas del Estado no son concebidas ni autoconcebidas como incubadoras potenciales de elementos de sociedad política. De igual modo, el uso del concepto Estado en su sentido exclusivo de fuerza, de coerción, no permite reflexionar sobre sus funciones éticas y educadoras, o su cualidad articulada de sociedad civil y sociedad política y, por lo tanto, sobre el uso combinado del consenso y de la coacción en las acciones de gobierno. Algo similar sucede en la concepción de los intelectuales como los hombres de letras o de ciencias, sin considerar que en tal categoría también podrían caber los políticos organizadores de los partidos y del Estado, los especialistas organizadores de la economía, y los colectivos político-culturales organizados como periódicos, revistas y partidos políticos. Otra reducción conceptual se encuentra en la idea que se tiene de estos últimos, ya no digamos como organizaciones que sufren de pérdida de credibilidad social y política, sino reducidos a sus funciones electorales y de gobierno, con lo que se pasa por alto su función creadora de concepciones del mundo en amplios grupos sociales, como portadores y popularizadores de filosofías y de ideologías políticas, y también la de dirigentes integradores de bloques sociales.
Sirvan estos ejemplos para llamar la atención de la importancia que entraña la comprensión global de cualquiera de las múltiples concepciones teóricas, aportadas por las ciencias sociales y políticas, que se pretenda someter a crítica mediante el método de su confrontación con realidades distintas de las que han surgido. En el caso de las hipótesis y proposiciones teóricas y políticas de la hegemonía que Gramsci elaboró teniendo como referentes históricos e intelectuales las realidades de hecho y de pensamiento italiana y europea de los siglos XVIII, XIX y principios del XX, su confrontación crítica con la realidad política-cultural latinoamericana y mexicana es una tarea ya emprendida por diversos intelectuales de esta región. Pero tal confrontación podría ser enriquecida traduciendo el bloque de la teoría de la hegemonía gramsciana en herramienta de investigación empírica, y de esta manera alcanzar una valoración más justa de sus capacidades y limitaciones explicativas.
Un primer acercamiento a dicha traducción es evidenciar los conjuntos de relaciones sociales y políticas que dicha teoría sugiere observar. En este sentido, a continuación se propone una síntesis de su sistema conceptual ordenado con base en cinco conjuntos de ideas, cada uno de los cuales contiene uno o más conceptos organizadores: a) el de hegemonía, sus tres connotaciones en perspectiva nacional e internacional, y las relaciones dirigentes- dirigidos; b) el Estado, sus funciones éticas y coercitivas, y las relaciones entre las sociedades civil y política; c) los intelectuales, partidos políticos, bloque social, bloque intelectual y moral, y bloque histórico; d) la crisis de hegemonía y, e) la lucha por la hegemonía.
A) En el primer conjunto de ideas, el concepto hegemonía de Gramsci se refiere y connotael sistema de relaciones de consensos y de fuerzas que da vida al binomio dirigente-dirigido,representante-representado, gobernante-gobernado, con base en el cual se organizan los individuos, los grupos y las clases sociales en la sociedad capitalista desarrollada. Cada uno de estos elementos posee formas diversas de expresión. Por un lado, la fuerza corresponde a todas las acciones que se desarrollan sin el consentimiento de los dirigidos, y puede ser física, legal, política, económica e incluso moral. Por su parte, el consenso puede asumir una forma activa y pasiva y también espontánea y organizada, pero en todo caso representa el contenido ético de la hegemonía en la medida en que entraña la aceptación libre, voluntaria y espontánea de la dirección política, producto de la persuasión, el convencimiento, el consentimiento, sustentados en las coincidencias de intereses, de ideas y de prácticas.
Por la variabilidad de las relaciones entre la fuerza y el consenso la hegemonía adquiere tres connotaciones: la político-militar, donde la fuerza juega un papel preponderante; la político-cultural que expresa una articulación de la fuerza y el consenso tendente al equilibrio, y la social, cultural, intelectual, moral o civil en la cual la supremacía la tiene el consenso. Estas tres connotaciones están ligadas a determinados referentes históricos y teóricos que vistos en bloque configuran un sistema conceptual. Así, cuando Gramsci reflexiona sobre las relaciones internacionales de los Estados-nación y de los momentos de crisis políticas que derivan en la conquista-defensa del poder estatal, lo hace privilegiando el componente político-militar. Cuando trata acerca de las cuestiones relativas al Estado orgánico, la crisis de hegemonía y la lucha por la hegemonía, pone en el primer plano sus elementos político-culturales.
Finalmente, al referirse a la conformación y función del bloque social e histórico, del bloque intelectual y moral, del partido político y de los intelectuales, prioriza las relaciones culturales de consenso. Sin embargo, en cada una de estas tres connotaciones del mismo concepto está presente la organicidad de la hegemonía que indica que la fuerza no puede expresarse sin alguna dosis de consenso, y que éste tiene como sustrato a la fuerza.
Con base en esta concepción de la hegemonía, Gramsci nos propone observar cómo el poder de las clases dominantes y del Estado de las sociedades capitalistas, e incluso de las socialistas aún existentes, se estructura a partir de relaciones político-culturales sustentadas en distintas formas de combinación de fuerzas y consensos, con base en las cuales se ordenan los sistemas económicos, sociales, políticos y culturales. Llama la atención sobre la importancia de advertir los procesos de organización autónoma de aquellos grupos humanos que en dichas sociedades desean independizarse de las clases dominantes y de sus grupos gobernantes, y cómo se plantean y elaboran el movimiento que los libera y tiende a convertirlos en dirigentes de la sociedad. Esto es, sugiere examinar las formas de organización hegemónicas y contrahegemónicas en perspectiva histórica, y estudiar sus características tanto en el plano nacional como en el internacional.
Con el concepto hegemonía se puede observar el modo en que se integra la relacióndirigentes-dirigidos y la de mando-obediencia en distintos ámbitos de la sociedad, con sus correspondientes relaciones de confianza mutua, voluntad de dirección, automando yautoobediencia. Sobre dichas relaciones se estructuran, en el plano económico, las clasesdominantes-dominadas, y en el político los representantes- representados y gobernantes-gobernados. Tomando el caso de la burguesía, la condición primaria para la estructuración de un sistema de hegemonía es la existencia de una clase progresiva que por su papel fundamental en la dirección del mundo económico, por el prestigio social que este hecho le proporciona, y por su interés de llevar a toda la sociedad a un movimiento permanente de prosperidad, adquiere las cualidades primarias para convertirse en clase hegemónica. Ello se hace posible en la medida en que sus intereses corporativos de clase, que nacen de la propiedad privada de los medios de producción, la apropiación privada de los beneficioseconómicos, y del máximo desarrollo de las fuerzas productivas, puedan ser superados al grado de estar dispuesta a otorgar concesiones a las otras clases, aliadas o subordinadas, para que mejoren sus niveles de vida material y cultural. Así, se opera unacoincidencia de intereses entre la clase capitalista y diversos e importantes grupos de las demás clases sociales, y se procesa la universalización de sus intereses corporativos. Este proceso de conversión de los intereses corporativos de clase en intereses de la sociedad, constituye el aspecto central del movimiento de acceso a la conciencia política de parte del grupo social progresivo, pues dicha universalización significa que este grupo, a través de sus intelectuales, está dispuesto a asumir las tareas de la organización del Estado y de la sociedad en general.
La universalización de intereses de un determinado grupo social se procesa con el establecimiento de equilibrios inestables de compromisos entre el grupo hegemónico y los demás grupos sociales, compromisos fundados en las concesiones materiales y culturalesque, sin sacrificar los intereses fundamentales de la clase hegemónica, tienden a evitar que los gobernados se muevan en los límites de condiciones de vida vegetativa. Estos equilibrios de compromisos constituyen una de las bases sobre las que se estructuran los consensos que dan forma a los sistemas de alianzas de clase y de grupos, que al modo de heterogéneas redes integran los bloques sociales impulsados y articulados por los partidos políticos. Dichos equilibrios de compromisos tienen en los partidos y en el Estado a dos instituciones clave para su realización. Otra de las bases que sustenta los consensos y los sistemas de alianzas de clase integradores de los bloques sociales es el sistema de concepciones filosóficas e ideológicas orgánicas, que permiten a individuos y colectividad es pensar y actuar de un modo más o menos homogéneo, como bloque intelectual y moral. En la medida en que este sistema es vitalizado a su vez por los partidos y el Estado, estas instituciones actúan como conciencias y voluntades políticas organizadas, y crean y popularizan, por mediación de los intelectuales orgánicos y tradicionales tales concepciones filosóficas e ideológicas. Difundiendo y defendiendo las filosofías e ideologías orgánicas, el Estado y los partidos funcionan como agentes organizadores de la cohesión ideológica y política de la clase hegemónica y contrahegemónica y sus respectivos aliados. Así, los equilibrios de compromisos políticos y la cohesión ideológica constituyen dos aspectos centrales de la construcción consensual de la organización social y política.
Desde la perspectiva de cualquier Estado-nación, la clase hegemónica no reduce su existencia política a las cuestiones nacionales ya que es consciente de su inserción en un escenario de relaciones internacionales. En éste, el Estado que representa y dirige puede ocupar distintas posiciones, o sea puede ser hegemónico mundial, o hegemónico de un grupo de naciones, o aliado de un determinado sistema de naciones grandes potencias, e incluso subordinado. Para que un Estado-nación pueda desempeñar una función de hegemonía en el mundo o en un bloque de naciones, la primera condición para alcanzar y mantener dicha posición es poseer estabilidad o tranquilidad política interna, basada en un fuerte sistema de hegemonía nacional que le permita desarrollar su poderío económico (industrial y financiero) y sus potencialidades político-militares, así como aprovechar su ubicación geoestratégica. Las naciones hegemónicas son las únicas que pueden imprimir una dirección política autónoma a sus respectivos Estados en tanto que las demás naciones se ven obligadas a sufrir las consecuencias de dicha autonomía, al grado incluso de ver afectadas sus respectivas soberanías. Dichas naciones son las únicas que pueden alcanzar una capacidad diplomática de gran potencia, precisamente por ser la fuerza político-militar determinante o sea capaz de mantener permanentemente preparada sus capacidades económicas, políticas, militares y diplomáticas, para intervenir en los asuntos internacionales en cualquier momento.
B) De las instituciones en que se materializa un determinado sistema nacional de hegemonía destaca el Estado integral u orgánico. Éste, al representar el grado más desarrollado de los equilibrios de compromisos, de la cohesión ideológica y de las alianzas políticas y sociales, expresa la condensación política e ideológica de los intereses y contradicciones de las clases sociales con la hegemonía de una de ellas. En este sentido, el objetivo central del Estado y sus instituciones es reproducir la hegemonía de la clase dirigente y dominante, y aumentar su poder. Esto lo realiza no sólo con la reproducción social de la ideología orgánica, sino también con la legalización del sistema inestable de equilibrios de compromisos, que proporciona una base institucional a las alianzas políticas y sociales. Con el concepto Estado integral, referido al Estado liberal, se evidencian tres órdenes de relaciones: a) la identidad Estado-individuo, b) la articulación orgánica entre sociedad política y sociedad civil, y c) el carácter educador y ético del Estado. El primero, se funda en la aceptación del programa de civilización estatal por parte de los individuos de las clases hegemónicas y aliadas, cuyas actuaciones espontáneas se identifican con los fines del Estado. Fundado en la propiedad privada de los medios de producción y de la riqueza, el Estado liberal no sólo construye una legislación para garantizar la reproducción de ese tipo de propiedad, sino que logra interiorizar culturalmente en los miembros de la sociedad el individualismo, con toda su carga de egoísmo y de disgregación social. La identidad Estado-individuo, cuyos sustratos son los compromisos políticos y la o las ideologías orgánicas, no es dejada al azar sino que es cultivada mediante las acciones educativas y represivas de la escuela y del derecho, y reproducida como voluntad de conformismo y de colaboración con las acciones estatales a través de los medios de opinión pública. El conjunto de relaciones que llevan a esta identidad tiene su sustento material en la máxima de gobierno consistente en elevar las condiciones de vida de las masas, lo que al mismo tiempo constituye un indicador de la fortaleza del Estado.
En el segundo orden de relaciones se puede ver al Estado como articulación orgánica de sociedad política y sociedad civil. El núcleo de esta última se encuentra conformado por los individuos y colectividades que colaboran con los fines estatales y, también, por los antagonistas que al organizarse integran expresiones de sociedad civil y su correspondiente sociedad política potencial. En este sentido, la sociedad civil está representada por el conjunto de las organizaciones privadas generadoras de hegemonía social y es organizada principalmente por los intelectuales, los partidos políticos y las asociaciones político-culturales, cuya actuación social y política no es institucionalizada ni burocratizada, sino que expresa el sentido de autogobierno y autoorganización de la sociedad. En cambio, es en la sociedad política donde se encuentra el aspecto institucionalizado y burocratizado del Estado. Éste, organizado con base en la división de poderes, tiene como organismos visibles los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, la policía, el ejército, y como método legitimado para la organización del poder estatal la democracia liberal sustentada en el sufragio universal, la división de poderes y el parlamentarismo. La sociedad política también representa el ámbito especializado de las funciones coercitivas en el ejercicio del poder, pero en la medida en que potencialmente desarrolla la máxima de mejorar el nivel de vida de las masas y una función de educación ideológica, contribuye con la sociedad civil para que el ejercicio del gobierno se realice en una doble vertiente: con base en los consensos organizados de los gobernados y por medio del dominio, de la coerción estatal, dirigido particularmente contra los individuos y colectividades que no consienten con el Estado.
El tercer orden de relaciones del Estado integral se refiere a su carácter educador y ético. El sentido ético estatal se funda, principalmente en: a) las acciones que tienden a elevar el nivel de vida cultural y material de la sociedad; b) en la libre coincidencia de los fines de la sociedad y del Estado con los objetivos de los individuos, y c) en general, en las acciones que cuentan con el consenso libre y voluntario de los gobernados. Como educador el Estado tiene la tarea general de adecuar permanentemente la sociedad a un determinado tipo de civilización y de ciudadano funcionales con las exigencias técnicas y sociales del mundo económico. Esta función educativa, que no renuncia a realizarse con una dosis de coerción, también muestra al Estado como dirigente de los grandes grupos humanos, los cuales son educados mediante la escuela, el derecho, y los partidos, en el conformismo social adecuado al tipo de civilización estatal que impulsa. No obstante, el Estado liberal tiene también funciones no éticas que la clase hegemónica desarrolla en su afán creciente de poder. La más común es el constante uso de la fuerza contra aquellos grupos que los dirigentes estatales consideran disidentes, la cual se complementa tanto con las acciones de fraude y corrupción social e individual, desplegadas sobre todo con el fin de descabezar políticamente a los movimientos de masas, como con la falsificación de consensos que puede realizarse mediante el fraude electoral; el desigual valor de los votos de cada ciudadano; la desigualdad de oportunidades en la participación electoral, y la función propagandística de los medios de opinión pública. Estos últimos, en cuanto legitimadores del Estado liberal, destacan por su profesionalismo en el desarrollo sistemático de la confección informativa: monopolizando, seleccionando y falsificando masivamente mensajes con la finalidad de convencer a los grandes grupos sociales.
C) Este tercer conjunto de ideas se refiere a los agentes que hacen posible la organización de los sistemas de hegemonía y sus instituciones. Se trata de los intelectuales y los partidos políticos, así como de las organizaciones bloques sociales e intelectual y moral. El sujeto desencadenante de dicho proceso es el intelectual individual y colectivo, quien posee las facultades cognitivas que le permiten tomar la iniciativa impulsora del cambio cultural significado por el proceso de conversión de una clase dirigida en dirigente y de dominada en dominante. Esta metamorfosis cultural es un largo y lento proceso que encuentra su génesis en la esencia eminentemente política de los individuos, quienes realizan su humanidad transformando, organizando y dirigiendo a otros individuos, asociándose con ellos y potenciando sus capacidades individuales para cambiar sus condiciones de existencia. Estas características esenciales de los individuos adquieren funcionalidad creativa y transformadora en las funciones creativas, directivas, conectivas y organizativas de los intelectuales y de los partidos políticos, quienes desde el ámbito del Estado integral actúan como los organizadores del sistema de hegemonía social y de dominio de la clase hegemónica. Uno de los objetivos de estos sujetos sociales, además de su reproducción permanente como intelectuales orgánicos, es el transformismo, o sea la atracción y transformación ideológica de los intelectuales tradicionales y de las demás clases y grupos sociales. Esto último tiene como finalidad y consecuencia la neutralización de las posibilidades de los grupos opositores para construir sus organizaciones autónomas de clase. Desde la posición de las clases subalternas, intelectuales y partidos funcionan como los creadores de las condiciones filosóficas e ideológicas para neutralizar el transformismo intelectual y, al mismo tiempo, elaborar la autonomía ideológica, política y organizativa de masas, con lo cual éstas construyen sus organismos innovadores de sociedades civil y política.
Al respecto, la clave que hace posible activar dicho cambio político-cultural es la relación teoría-práctica que toma forma social en el vínculo orgánico y democrático intelectuales-masas. Éste, a su vez, depende de la existencia de intelectuales que decidan actuar como educadores nacionales del pueblo y, en especial, de los elementos concientes y espontáneos de los movimientos de masas, educación orientada a la construcción de una dirección y conciencia políticas de masas. El vínculo democrático intelectuales-masas que haría posible la conversión de éstas en dirigentes y que desde un plano nacional puede tomar la forma de sentimiento y conciencia nacionales populares, está mediado por una red de comunicación y comprensión recíproca entre los conocimientos de los intelectuales y los sentimientos de las masas, y que Gramsci resume en el paso recíproco del saber, al comprender y al sentir. La cascada de procesos político-culturales que se activan gracias a dicho vínculo se resume en la traducción recíproca de una determinada concepción del mundo, en partido político y en Estado. Esta traducción incluye la creación y popularización de filosofías e ideologías, la organización de los partidos políticos, la inyección social del espíritu de escisión y de autonomía, la construcción de un determinado modo de pensar, de sentir y de ver la realidad, la formación de los bloques sociales e intelectuales y morales, y el estímulo para tomar la iniciativa en la lucha por el poder estatal. Así, la relación democrática intelectuales-masas representa o puede dar lugar a un progreso intelectual de masas y un movimiento democrático de masas, esto es la producción de grandes grupos humanos constituidos por ciudadanos conscientes de su realidad social y natural, preparados como dirigentes para el ejercicio del gobierno y, cultural y moralmente, dispuestos a ser los protagonistas del cambio social y los organizadores de una nueva sociedad.
Una de las principales funciones de los partidos políticos en cuanto elaboradores, difusores y defensores de una concepción del mundo y su ética y política correspondientes, es generar y activar el movimiento cultural en el que grandes grupos humanos adoptan determinadas filosofías e ideologías como guía de acciones vitales y medio de coordinación práctica y de pensamiento coherente. En su calidad de organizaciones políticas prácticas, que buscan resolver determinados problemas nacionales e internacionales, y de organizaciones ideológicas edificadoras de concepciones del mundo de masas, los partidos son grandes grupos humanos organizados con base en los consensos posibilitados por los equilibrios de compromisos y las identidades ideológicas, y en los cuales se sustentan las alianzas políticas y sociales de grupos y clases. En este sentido son los principales organizadores de los grandes bloques sociales y el factor que los transforma en fuerzas políticas que aspiran a conquistar el poder estatal y, una vez alcanzado este objetivo, en bloques históricos. Por su tendencia a derivar en Estado, el partido político es un embrión estatal que funciona como escuela de la vida estatal creadora del espíritu de partido y del espíritu de Estado entre sus miembros y seguidores.
D) Desde la perspectiva de la historicidad de los sistemas de hegemonía destacan los conceptos ordenadores crisis de hegemonía y lucha por la hegemonía. El primero pone en escena un conjunto de problemas observables en el declive de un sistema de hegemonía y, el segundo, propone aspectos a considerar por los grupos subalternos que se hayan planteado la lucha por el poder estatal en el sistema capitalista. La condición histórica relacionada con estos procesos es la existencia de una crisis orgánica del sistema global de hegemonía en la que se anudan la crisis política y la económica, no como algo espontáneo, y mucho menos automático, sino como producto de la acción política de los grupos sociales en lucha por el poder estatal. La crisis política expresa la inestabilidad del gobierno, y señala que los mecanismos de reproducción de la hegemonía ya no funcionan con eficacia. El principal factor de tal disfuncionalidad es la pérdida de progresividad de la clase hegemónica que se acompaña de un conjunto de problemas del que destacan: el debilitamiento de la capacidad cohesiva de sus ideologías y de la función organizativa de masas de sus partidos políticos. O sea, que dicha clase ha entrado en un proceso de disolución o disgregación política, ideológica y organizativa, que vuelve ineficaz el transformismo y con ello la función hegemónica de los intelectuales estatales. Esta circunstancia histórica puede ser el resultado tanto de las luchas intestinas de la clase dominante, como del desarrollo de los proyectos ideológicos y organizativos autónomos de los grupos subalternos. En este último caso, dichos grupos se presentan en la sociedad civil ya no como los colaboradores del Estado sino como portadores de un nuevo conformismo social que los lleva a construir sus propias organizaciones de sociedad civil, destacadamente sus partidos políticos. Estas son las condiciones que indican que la sociedad civil se ha escindido, y que una parte de ella se presenta en contradicción con la sociedad política. Que grandes grupos organizados y disidentes del Estado plantean una ruptura entre sociedad civil y sociedad política, y con ello la existencia de una crisis estatal, o crisis de autoridad o de confianza. En tal situación, en el seno de la crisis estatal se estaría fraguando la construcción de una nueva sociedad civil por parte de un grupo social progresivo e innovador, así como un nuevo tipo de sociedad política que haría coherente la lucha por el Estado integral.
La pérdida de progresividad de la clase hegemónica se evidencia en las medidas que adopta para enfrentar las crisis económicas. Empeñada en defender sus intereses inmediatos, empuja a sus grupos gobernantes a impulsar reformas que deterioran las condiciones de vida material y cultural de sus aliados y subordinados. Con este tipo de acciones se detiene el progreso general de la sociedad para las mayorías, lo que tiende a impactar negativamente los equilibrios de compromiso y la capacidad de cohesión de las ideologías hegemónicas, a reducir la amplitud de los consensos, y a romper las alianzas políticas y sociales. Esta vuelta a cierto corporativismo, combinada con la disgregación ideológica y política del sistema de hegemonía, libera a grandes grupos humanos, lo que se expresa en la emigración política de los partidos hegemónicos hacia los partidos opositores, y en la autoorganización de variados grupos de la sociedad civil escindida. Ante tales situaciones, el grupo gobernante, que nunca renuncia al poder, maniobra para intentar estabilizar el gobierno, descabezar políticamente a los movimientos opositores, frenar el fortalecimiento de los disidentes y derrotarlos. Para ello, opta por un abanico de acciones que incluye el restablecimiento de equilibrios de compromisos y de nuevas alianzas sociales y políticas, así como medidas de represión masiva y selectiva, de fraude, y de corrupción social e individual. Esto indica que no toda crisis orgánica lleva a la clase hegemónica a perder el poder estatal, ya que sus acciones para restablecer su hegemonía pueden ser eficaces. Aunque en situaciones de equilibrio de compromisos de carácter catastrófico, caracterizada porque los disidentes no han logrado un alto desarrollo ideológico y organizativo que los posicione como una fuerza política determinante, puede suceder que una tercera fuerza nacional o extranjera someta autoritariamente a los antagonistas en lucha.
E) La lucha por la hegemonía es una estrategia política que Gramsci propone para que el grupo o los grupos subalternos progresivos e innovadores de las sociedades capitalistas desarrolladas puedan convertirse de clase dominada y dirigida en clase dominante y dirigente. Entre las relaciones que hacen posible dicha conversión destaca: a) el desarrollo de una concepción filosófica e ideológica propia capaz de alimentar el espíritu de escisión, de autonomía y de cohesión del grupo social, de organizar sus propios partidos políticos, y de plantear convincentemente la lucha por el poder estatal; b) la conducción de dichos procesos como una eficaz lucha ideológica y organizativa en el seno de la sociedad civil; c) el impulso de una reforma intelectual y moral, empezando por una reforma económica que reactive el mejoramiento de las condiciones de vida material y cultural de las masas; d) la conquista de su reconocimiento como grupo dirigente de un bloque social de la sociedad civil, susceptible de convertirse en fuerza política determinante y, e) la justa interpretación de la relación de fuerzas sociales, políticas y militares, nacionales e internacionales, para adecuar sus medios a sus finalidades políticas.
Las relaciones políticas y culturales expuestas constituyen una apretada síntesis que pretende mostrar en bloque los conceptos y relaciones conceptuales representativos de la teoría de la hegemonía de Gramsci. Queda para un trabajo posterior su estudio en la perspectiva de una reflexión metodológica tendente a traducirla en herramienta de observación e investigación empíricas de la realidad político-cultural latinoamericana, para lo cual necesita pasar por su adecuación a los lenguajes en que esta realidad se expresa. Este procesamiento metodológico es un paso obligado si se aspira a adecuar dicho sistema conceptual a la realidad y evitar su adopción como fórmula de interpretación de los procesos políticos, o como molde en espera de ser llenado con nuevos datos, lo que significaría negar su potencialidad interpretativa. Por el contrario, si se trata de asumirla como estímulo al conocimiento y convertirla en instrumento analítico, dicha teoría necesita ser adecuada a las nuevas realidades históricas y no al revés, ya que éstas con sus múltiples y cambiantes determinaciones de hecho y de pensamiento plantean exigencias de adecuación y renovación. El no realizar estas operaciones metodológicas haría imposible superar las limitaciones que el mismo Gramsci reconoce, al insistir en no perder de vista el carácter provisional de sus reflexiones.