21/6/09

Programa de la Revolución Azul


Retrato de José Tadeo Monagas, autor desconocido


José Tadeo Monagas

Manifestación a mis amigos personales y políticos:

Aquellos de entre vosotros que siempre me han distinguido con su personal amistad y muchos otros ciudadanos que, sin existir tal circunstancia, me hacen, empero, la justicia de creerme constante amigo de la paz, de la honra, de la libertad y dicha de Venezuela, me han dirigido en estos últimos tiempos numerosas cartas particulares, inspirados por el espectáculo de los males públicos, y encaminadas, o a honrarme con la confidencia de sus propias opiniones, o a pedirme que exponga las mías y que, en su caso, asuma ante la deplorable situación de la patria aquella actitud de activo y desinteresado deber a que me llame la poca o mucha autoridad moral de que goce entre mis conciudadanos todos. Mi silencio en presencia de esas instancias ha sido hasta hoy tan completo como honradamente inspirado, no obstante la estimación que hago de aquéllas y el respeto que profeso a las opiniones de mis compatriotas. No he querido, en efecto, aventurar aisladamente ningún juicio, ni exponer ninguna opinión concreta y decisiva, porque no se me oculta que en tiempos como los presentes, en que las pasiones predominan sobre los más honrados sentimientos, cualquiera idea o impulso mío, por más que fuera patriótico y bienintencionado, podría convertirse en daño de la República, exacerbando las facciones que la dividen y dilaceran su seno.

Pero, por otra parte, ese silencio indefinidamente prolongado podría presentarme a los ojos de mis amigos personales y políticos tal cual no soy, ni quiero aparecer; esto es, como indiferente a los males del país y con el alma postrada por el egoísmo; ni lo soportarían ya por más tiempo los impulsos fervorosos de mi corazón, acostumbrado a latir desde 1813 por Venezuela, por su libertad, por su lustre y su renombre; ni los dictados de mi propia conciencia, que siempre me ha mandado hablar cuando ha creído que podía o debía hacerlo en obsequio a la causa de la patria. Romperé, pues, ese silencio; pero será para dirigirme a mis amigos políticos y personales de una manera pública y solemne, cual conviene a la gravedad de la situación, a la honradez de mis pensamientos y aspiraciones y a la confianza de los que a ello me excitan. Así quedarán satisfechos éstos y yo tendré para mi palabra y para mis juicios como benévolo auditorio y como juez imparcial al resto de mis conciudadanos. Desgraciadamente, nuestra época y nuestra historia han sido y están siendo todavía época e historia de tristes y exigentísimas ambiciones personales. Por tanto, menester me será protestaros, queridos amigos, que si os dirijo la palabra para hablaros de la cosa pública y haceros respetuosamente las indicaciones que me sugieren una larga experiencia y mi acendrado patriotismo es porque me siento libre de toda ambición política; ambición que las fatigas porque ha pasado mi cuerpo, la serenidad presente de mi alma y la senectud que Dios me ha permitido alcanzar, como una prueba más o como un galardón, excluyen totalmente del reducido círculo de mis aspiraciones del día. ¿Ni qué podría yo ambicionar? De mi patria he recibido en mando, en honores y distinciones cuanto ella podía darme sin amenguar su dignidad ni la mía. La serví con las armas en la mano hasta obtener uno de los más altos grados de su jerarquía militar; administré en dos períodos sus intereses públicos desde el puesto de Presidente y cuando el Poder era capaz de dar aún holgura, brillo y dignidad a los que de él eran dueños por la voluntad del pueblo. Después supe renunciar a la prolongación de ese mando y de esas dignidades por no comprarlas al altísimo precio de la sangre de mis conciudadanos, y me retiré en consecuencia a la paz de la vida privada, aun al través de pruebas y sufrimientos, que nombro sin que me afecte la amargura de su recuerdo, y renunciando, como lo hago, a decidir hasta dónde fui yo desgraciado como gobernante y otros autorizados para prescindir de mi autoridad como gobernados. Esos procesos pertenecen a la Historia, ella los juzga. Los contemporáneos y actores que en ello se ocupan no hacen sino reagravarlos. No seré yo, mientras viva, quien proceda de semejante manera.

Tales antecedentes, unidos a mis circunstancias actuales, parece que deben dar a mi voz, a despecho de su natural flaqueza, aquel alcance a que la sinceridad, el desprendimiento y honrado propósito tienen derecho. El alcance hasta vuestros corazones y al de todos mis conciudadanos, que alguna vez siquiera, y tras largos años de divisiones y discordias, deben latir acordes para formar así el himno de alegría de la patria, pacificada verdaderamente, reconciliada y fraternal en la persona de todos sus hijos, sin las odiosas distinciones que hoy la desgarran y envilecen.

Oíd, pues, al patriota a quien en los asuntos públicos no mueve ya otro interés que el de guiar sus últimos pasos hacia la tumba, en medio de las santas dulzuras de la paz, apoyándose en el amor y en la benevolencia de sus conciudadanos, y llevando ante Dios la esperanza de dejar una memoria que tenga jueces tranquilos y fallos no exentos de aquella benevolencia que es propia de toda justicia póstuma.

Atentas y bien estudiadas las actuales condiciones del país, preciso es reconocer como una desgarradora pero innegable verdad que Venezuela es actualmente el más desgraciado entre todos los combatidos países de Sudamérica. La voz que se alce para proclamarlo así no hará otra cosa que constituirse en el eco de todas las conciencias individuales; será verdaderamente el eco o el resumen de la conciencia nacional. Y en efecto, todo cuanto en común esfuerzo de tres generaciones habíamos venido labrando desde 1810 para constituir el orden en la seguridad; el trabajo como honra, y su fruto amparado, como estímulo; la justicia por la ley y la ley por su acatamiento de parte de gobernantes y gobernados; todo ese esfuerzo, más o menos felizmente realizado, todo lo hemos perdido, malbaratando lastimosamente sus gajes. De nuestro antiguo patrimonio como sociedad política no nos quedan más que dos bienes; intacto el uno merced a la protección de la Divina Providencia, que, como que es su autor directo, lo preserva de ruina; harto comprometido el otro, por desgracia. Esos bienes son: la inagotable virtud de nuestro pueblo, capaz, por tanto, de las más nobles reacciones, y la integridad del territorio patrio, tal cual le dio sombra el glorioso pabellón que desplegamos al viento los revolucionarios de 1810. ¿Cuál es, aparte estas reliquias, la condición de nuestro estado político? Reconozcamos la verdad con entereza. Todo régimen moral ha desaparecido en nuestra política. Nadie obedece, porque nadie manda con el derecho de las repúblicas, que es la ley. La fuerza, que ensaya sustituir a ésta, no hace sino engendrar, o la reacción de la dignidad que se yergue, o el abatimiento corruptor del servilismo. Por eso vivimos oscilando entre la guerra o la abyección; abyección que es paz de la hora presente y guerra en lo porvenir. En ninguna parte la paz de la armonía, la paz del contento, la paz de la dignidad. En ninguna parte los intereses, los derechos y los deberes bajo un solo nivel. Únicamente la ley de inflexible dominio y la seguridad que ella imparte fomentan la moralidad patriótica y dan el sentimiento de la nacionalidad. Relajado ese dominio o desequilibrado, relájase en proporción aquella moralidad y el sentimiento, que es su corolario. Es entonces que el egoísmo surge, como ahora entre nosotros, para aconsejar la salvación a pedazos y hasta la puramente individual. Desaparece así inmediatamente, como también es palpable en Venezuela, toda comunidad de sentimientos generosos, porque, divididos artificialmente los sufrimientos, se han hecho adrede antagonistas irreconciliables los elementos que pudieran crear aquéllos y restaurar la alianza de todos los intereses patrios.

Nuestra situación económica no es sino el lógico resultado de aquella situación política. La escasa riqueza material que habíamos acumulado desaparece día por día devorada, o por la forzada in curia del presente, o por los rudos golpes de la guerra, siempre implacable contra la propiedad particular. Las industrias están paralizadas, si no muertas del todo. Del trabajo más rudimental y limitado no queda sino su dolor y el de la inmediata y segura privación del goce de sus escasos frutos. Nuestros puertos están solitarios; el comercio ayer desmoralizado, ya no encuentra gajes ni en esa misma desmoralización. Hemos autorizado el desprecio más completo de nuestra fe pública para dentro y fuera del país. Las generaciones que vengan, o sea nuestros hijos y nietos, hallarán que los hemos constituido, por nuestras incansables locuras, en esclavos, o del extranjero a quien tanto debemos y a quien ellos habrán de pagar, o de su propia impotencia para satisfacer el desproporcionadísimo cúmulo de compromisos que les legamos, sin ninguna compensación que atenúe nuestra responsabilidad. Por último, a pesar de la feracidad de nuestras cordilleras, de la opulencia de nuestras llanuras, de la riqueza de nuestros valles y de la modestia de nuestras necesidades, vivimos en la miseria y n os amenaza ya el hambre.

En el orden moral tampoco escasean las ruinas. Disminuye nuestra caridad social; la suspicacia y los odios depravan las almas; la lucha de los intereses atrae la guerra a cada paso; el egoísmo toma el aspecto de la circunspección y a su sombra gana terreno; los caracteres se hacen violentos por la resistencia o la injusticia, o serviles e hipócritas por su forzada sumisión; el culto a la patria ha desaparecido casi por completo, y la historia de su antiguo heroísmo no inspira al presente sino el desdén o la desconfianza de si fue oportuno y si alguna vez será fructuoso en bien para estos pueblos.

He ahí nuestra situación, amigos míos. ¿Y ella de quién es obra? ¿Cuáles han sido sus autores? La solemnidad de la respuesta debe corresponder a la solemnidad de la interrogación . De todos o de ninguno, amigos míos. Y en efecto, ¿quién podrá arrojar la primera piedra? Nadie, ninguno. Todos hemos contribuido a esa obra de desgracia. A todos nos ha humillado la Providencia no concediéndonos acierto sino para el mal. Quién con sus pasiones mal gobernadas, quién con errores sinceros, pero no menos funestos, quién arrebatado por la fatalidad de las circunstancias; todos a una hemos lastimado a la madre común y descompuesto por el dolor su augusto semblante.

Procuremos, pues, como el primero de los correctivos de nuestra situación, el olvido absoluto de lo pasado. Nada de reminiscencias estériles. Nada de recriminaciones que a fuerza de estar todas ellas autorizadas terminan por excluirse entre sí. Demos la frente al porvenir; y tolerando la diversidad de las opiniones, la discrepancia de los medios, la independencia de las ideas, esforcémonos únicamente por ponerlas a todas ellas dentro de una tendencia única, hacia la reacción del bien y bajo el nivel de los deberes de la paz. Libertad con tolerancia, es decir, verdadera libertad. Política activa, pero benevolente. Todos los partidos dentro de la patria, y todos calificados con el decoro que requieran los diversos adelantos de sus opiniones. Y en pos de ese olvido absoluto, a la par con el santo esfuerzo de esa tolerancia redentora, la concurrencia poderosa, general e irresistible para restaurar hoy y conservar sólidamente el bien inestimable de la paz.

Amigos míos, sólo la paz es legal. Sólo la paz es legítima. La paz es la única institución actualmente digna de los esfuerzos y aun sacrificios de todos los venezolanos. La guerra hoy empeñada, por más que a ella hayan dado margen errores que todos lamentamos, nos traerá, como toda guerra, males sin cuento y desgracias innumerables. Antes que librar a la suerte de las armas el porvenir de Venezuela; antes que precipitarse en una lucha desastrosa y fratricida, se deben agotar otros medios de más fácil y seguro éxito, se debe hacer una enérgica y simultánea excitación al patriotismo de los ciudadanos que, comisionados por las diferentes secciones de la República para oír sus quejas y atender a sus justas exigencias, están llamados a abrirse paso por en medio de los contendores, reivindicar los derechos que se reclaman y los principios porque se aboga.

Supongo que a la fecha estará reunido el Congreso constitucional de la República. Yo respeto y acato en él la fórmula mejor, entre las posibles y existentes, de la legalidad del país; yo lo considero suficientemente capaz y autorizado para atender a los justos reclamos de la opinión, satisfaciendo las más exigentes necesidades públicas. En su seno hay ciudadanos de todas las secciones del país, que, sin duda, han llevado a la capital la inspiración patriótica y justa de sus respectivas localidades. Menester será, pues, rodear a ese Congreso, acatarlo reverentemente, poner en él la confianza, respetar sus actos, resguardar su independencia y estimular su iniciativa. Es preciso que las autoridades y el pueblo de Venezuela se respeten a sí mismos, respetando al Congreso, a quien las instituciones hacen el primer Poder constitucional de la República. Será al favor de ese respeto que, levantándose cada uno de los Legisladores a la altura de sus deberes presentes, los dejarán cumplidos en beneficio del país y para su propia honra.

Previa esta actitud que honrará al país, y principalmente a las autoridades que deben dar el ejemplo, sin duda surgirá en el espíritu de los Legisladores la convicción de que corresponde al sufragio popular, que funcionará en el próximo octubre, decidir de los futuros destinos de Venezuela y que al Congreso corresponde asegurar esa decisión por el intermedio de una política de transición que restablezca la paz y dé garantías sólidas para las elecciones. En consecuencia, juzgo probable que les ocurra la idea generosa de una amnistía; que harán desaparecer de los Estados toda intervención extraña a sus negocios domésticos, especialmente la material de las armas, y que designarán un sustituto del Presidente que llamado, como sin duda creo conveniente que lo sea, a la Administración suprema del país, inspire confianza a todos los partidos, se acompañe de un Ministerio idóneo y se resigne, por último, a ser nada más que un centinela sin ambición, pero también sin debilidad, con la simple consigna de la paz y del derecho respetado en la persona de todos los ciudadanos.

Este programa espero que será el del Congreso, porque es el único que aconseja el amor a la patria y que nos conducirá a la paz a que aspiramos. Mas si, por desgracia nuestra, así no sucediere, quedaremos entonces autorizados por todos los títulos posibles para buscar esa paz deseada por medios extremos, como el único recurso a que deben ocurrir los pueblos cuando nada tienen que esperar de la sensatez y patriotismo de sus gobernantes y delegados.

Permitidme que de ese programa marque como muy importante el segundo punto. El Gobierno propio a que hasta por instinto, orgulloso si se quiere, pero innegable, se inclinó desde 1810 el pueblo de Venezuela es y será un imposible en tanto que los encargados de mantener la unión de las partes no se resignen a que éstas dispongan como mejor les plazca de sus asuntos domésticos. Por reconocer ese derecho teóricamente y quererlo ahogar en la práctica es que principalmente ha sobrevenido la presente crisis, o que ella se ha hecho, caso de que hubiera sido inevitable, tan anárquica y desastrosa. Mas aún es tiempo de poner remedio; devolvamos a las secciones la libertad de acción que les dan las leyes; que la Unión no figure en los Estados sino por el mando legal aislado. Al principio éste puede ser desatendido o menospreciado, pero al fin la reacción del patriotismo venezolano y el criterio que produce la paz le darán una autoridad irresistible que desahuciará toda ambición, todo mal propósito local. Los pueblos no querrán sino vivir en paz interior y protegidos por la fuerza moral de la unión.

Es de esta manera, amigos míos, que yo aprecio la situación y percibo los medios de cambiarla fácil y rápidamente, sin el concurso de los odios y prescindiendo de la guerra feroz que ellos engendran. Tiempo es ya de que a semejante labor se dedique el patriotismo desinteresado, los corazones generosos y las almas no profanadas, o por el egoísmo, o por pasiones indomables. Tiempo es ya de que la patria de Bolívar y de Sucre vuelva a ser digna de sus gloriosos antecedentes y de la virtud inagotable de sus masas.

Si para ayudar en semejante obra se necesitase el concurso de este anciano que ha sembrado con sus huesos y regado con su sangre el suelo de la patria, pronto estoy a prestarlo, cualquiera que sea la senda que nos veamos obligados a tomar para realizarla, siempre que se me permita volver al servicio activo de la República, con los brazos hábiles nada más que para estrechar entre ellos a todos mis conciudadanos.

José Tadeo Monagas. El Roble, 25 de marzo de 1868

Las elecciones iraníes: el timo del robo electoral


Kamrooz Aram [Irán] Visión fosfórea

James Petras / Rebelión


“Para los pobres, el cambio significa alimento y empleo, no un código más permisivo en el vestir o el ocio… La política en Irán tiene mucho más que ver con la lucha de clases que con la religión.”: Financial Times, editorial (15.6.2009)



Introducción

No hay prácticamente unas elecciones en las que la Casa Blanca tenga algo en juego, en las que la derrota electoral del candidato pro estadounidense no sea denunciada como ilegítima por toda la élite política y de los medios de comunicación. Últimamente, la Casa Blanca y sus seguidores proclamaron que había fraude en las elecciones libres (y supervisadas) celebradas en Venezuela y Gaza, a la vez que celebraban alegremente el éxito electoral en Líbano, a pesar de que la coalición liderada por Hezbolá recibió más del 53% de los votos.

Las elecciones iraníes del pasado 12 de junio son un ejemplo clásico: el candidato nacionalista-populista, Mahmoud Ahmadineyad, recibió el 63,3% de los votos (24,5 millones), mientras que el candidato de la oposición, apoyado por los países occidentales, Hosein Musaví recibía el 34,2% (3,2 millones). Estas elecciones alcanzaron una participación récord de más del 80% del electorado, con un número de votos provenientes del extranjero de 234.812, de los que 111.792 fueron a parar a Musaví y 78.300 a Ahmadineyad. La oposición liderada por Musaví no aceptó la derrota y organizó una serie de manifestaciones masivas que desembocaron en actos de violencia, como quema y destrucción de automóviles, bancos, edificios públicos y confrontaciones armadas con la policía y otras autoridades. Casi todo el espectro de comentaristas occidentales, entre otros los de los principales medios impresos y electrónicos, y los principales sitios Internet de tendencia liberal, izquierdista, libertaria y conservadora, se hicieron eco de la afirmación de la oposición de fraude electoral a gran escala. Los neoconservadores, los conservadores libertarios y los trotskistas se unieron a los sionistas para aclamar a los manifestantes de la oposición como avanzadilla de una revolución democrática. Demócratas y republicanos condenaron al gobierno iraní, se negaron a reconocer los resultados de la votación y dieron respaldo a los esfuerzos de los manifestantes por revocar el resultado electoral. El New York Times, la CNN, el Washington Post, el ministerio de Asuntos Exteriores de Israel y todos los líderes de las principales organizaciones judías estadounidenses pidieron sanciones más duras contra Irán y anunciaron la defunción del diálogo propuesto por el presidente Obama con Irán.

El timo del fraude electoral

Los líderes occidentales rechazaron los resultados porque sabían que su candidato reformista no podía perder… Durante meses publicaron diariamente entrevistas, editoriales e informes desde el terreno detallando los fallos del gobierno de Mahmoud Ahmadineyad y citando el apoyo aportado por los clérigos, ex funcionarios, comerciantes y sobre todo mujeres y jóvenes urbanos que hablan inglés, con el fin de probar que Hosein Musaví iba a ganar con toda facilidad. La victoria de éste se describía como la de las voces de la moderación, es decir, la versión de la Casa Blanca de este vacío tópico. Destacados académicos progresistas dedujeron que el recuento de los votos fue fraudulento porque el candidato de la oposición, Musaví, perdió en su propio enclave étnico azerí. Otros académicos aseguraron que el voto joven –basándose en entrevistas con jóvenes universitarios de clase media y alta de los barrios del norte de Teherán– estaban abrumadoramente a favor del candidato reformista.

Lo que resulta asombroso de la condena occidental general de los resultados electorales por fraude es que no hay ni asomo de pruebas sobre papel o fruto de la observación presentadas antes o una semana después del recuento. Durante toda la campaña electoral, no hubo ninguna acusación creíble (o incluso dudosa) de manipulación de votos. Mientras los medios occidentales creían su propia propaganda de una inminente victoria de su candidato, describían un proceso electoral altamente competido, con encendidos debates públicos y niveles sin precedentes de actividad pública, sin ningún obstáculo para el proselitismo. La creencia en una elección libre y abierta era tan fuerte que los líderes y los medios occidentales estaban convencidos de que ganaría su candidato favorito.

Los medios occidentales confiaban en sus reporteros que cubrían las grandes manifestaciones de los seguidores de la oposición, a la vez que ignoraban o quitaban importancia a las favorables a Ahmadineyad. Peor aún, los medios occidentales no prestaban atención a la composición de clase de las diferentes manifestaciones, sin percatarse de que el candidato presidente recibía el apoyo de la mucho más numerosa clase trabajadora pobre, los campesinos, los artesanos y los funcionarios, mientras que el grueso de las manifestaciones de la oposición estaba formado por estudiantes de clase media y alta y miembros de la clase profesional y de negocios.

Además, la mayor parte de las proyecciones de los líderes de opinión y reporteros occidentales basados en Teherán eran extrapolaciones de sus observaciones en la capital, y pocos fueron los que se aventuraron en las provincias, las poblaciones pequeñas y medias y los pueblos, donde Mahmoud Ahmadineyad tiene su base de apoyo. Asimismo, los seguidores de la oposición eran una minoría de estudiantes fácilmente movilizables para realizar actividades de calle, mientras que el apoyo de Mahmoud Ahmadineyad contaba con la mayoría de los jóvenes trabajadores, hombres y mujeres, y amas de casa, que expresaron su opinión ante las urnas y no tenían tiempo o ganas de participar en la política de la calle.

Una serie de expertos periodísticos, entre otros Gideon Rachman del Financial Times, afirma como evidencia del fraude electoral el hecho de que Mahmoud Ahmadineyad consiguiera el 63% de los votos en una provincia de lengua azerí, contra su oponente Musaví, de la etnia azerí. La suposición simplista es que la identidad étnica o la pertenencia a un grupo lingüístico es la única explicación posible del comportamiento electoral, y no otros intereses sociales o de clase. Una mirada más atenta al comportamiento electoral en la región de Azerbayán oriental iraní revela que Musaví ganó sólo en la ciudad de Shabestar entre las clases alta y media (y solo por un estrecho margen), mientras que fue derrotado estrepitosamente en las zonas rurales, en las que las políticas redistributivas del gobierno han contribuido a que los azeríes se librasen de las deudas, obtuviesen créditos asequibles y préstamos para los campesinos. Musaví ganó, es cierto, en la región de Azerbayán occidental, donde utilizó sus vínculos étnicos para conseguir el voto urbano. En la provincia de Teherán, densamente poblada, Musaví ganó a Mahmoud Ahmadineyad en los centros urbanos de Teherán y Shemiranat gracias a los votos de los distritos de clase media y alta, mientras que perdió por mucha diferencia en los suburbios cercanos de clase trabajadora, las pequeñas ciudades y las zonas rurales.

El énfasis en el voto étnico, superficial y distorsionado, que aportan los colaboradores del Financial Times y del New York Times para justificar que la victoria de Ahmadineyad se debe al “robo de votos” es equiparable a la negativa deliberada de los medios de comunicación a reconocer una encuesta de opinión, rigurosa y de ámbito nacional, llevada a cabo por dos expertos estadounidenses tres semanas antes de las elecciones, que mostró que Mahmoud Ahmadineyad tenía a su favor un porcentaje de votos de dos a uno, más incluso que el obtenido en su victoria electoral del 12 de junio. La encuesta reveló que entre los azeríes Ahmadineyad superaba en una proporción de dos a uno a Musaví, demostrando así cómo los intereses de clase representados por uno de los candidatos pueden vencer la identificación étnica del otro candidato (Washington Post 15.6.2009). El único grupo que apoyó decididamente a Musaví fue el de los estudiantes y licenciados universitarios, los comerciantes propietarios y la clase media alta. El voto de los jóvenes, que los medios occidentales presentaron como pro reformistas, fueron una clara minoría inferior al 30%, pero venían de un grupo privilegiado, conocedor de la lengua inglesa y con capacidad para hacerse oír, que gozó del monopolio de los medios occidentales. Su presencia abrumadora en las noticias de prensa occidentales creó lo que se ha calificado de síndrome del norte de Teherán, en referencia al confortable enclave de la clase alta de donde vienen muchos de estos estudiantes. Aunque sepan expresarse, vistan bien y hablen inglés correctamente, fueron vencidos con claridad en el secreto de la cabina de voto.

En general, Ahmadineyad obtuvo buenos resultados en las provincias petroleras y de la industria petroquímica, lo que podría ser un reflejo de la oposición de los trabajadores de esta industria al programa reformista, que incluye la privatización de empresas públicas. Del mismo modo, el presidente tuvo buenos resultados en las provincias fronterizas con su énfasis en el reforzamiento de la seguridad nacional ante las amenazas estadounidenses e israelíes, a la vista de una escalada de ataques terroristas patrocinados por Estados Unidos a partir de Pakistán, y de incursiones israelíes desde el Kurdistán iraquí, que han matado a docenas de ciudadanos iraníes. El patrocinio y la financiación masiva de los grupos que realizan estos ataques forma parte de la política oficial de EE UU desde el gobierno Bush, que no ha sido repudiada por el presidente Obama, al contrario, se han incrementado en el periodo previo a los comicios.

Lo que los comentadores occidentales y sus protegidos iraníes han ignorado es el fuerte impacto que las devastadoras guerras y ocupación de Iraq y Afganistán han tenido en la opinión pública iraní. La decidida postura de Mahmoud Ahmadineyad en materia de defensa contrasta con las adoptadas por muchos de los propagandistas de campaña de la ocupación, débiles y pro occidentales.

La gran mayoría de votantes de Ahmadineyad probablemente pensaron que los intereses de seguridad nacional, la integridad del país y el sistema de seguridad social, con todos sus defectos y excesos, estarían mejor defendidos y mejorarían con éste que con unos tecnócratas de clase alta apoyados por una juventud privilegiada pro occidental que anteponen los estilos de vida individuales a los valores comunitarios y la solidaridad.

La demografía de la votación revela una auténtica polarización de clase que ha enfrentado a un grupo de individualistas capitalistas de alto nivel de ingreso y orientación librecambista con una clase trabajadora de bajos ingresos, defensores de base de la economía moral en la que la usura y el beneficio están limitados por preceptos religiosos. Los abiertos ataques por parte de economistas de la oposición a los gastos sociales del gobierno, el crédito fácil y las altas subvenciones para los productos básicos de alimentación no han contribuido a congraciarlos con la mayoría de los iraníes que se benefician de dichos programas. Del Estado persiste la imagen de protector y benefactor de los trabajadores pobres contra el mercado,que representa la riqueza, el poder, el privilegio y la corrupción. Los ataques de la oposición contra la intransigente política exterior y posiciones que alienan a Occidente sólo fueron bien acogidos entre los estudiantes universitarios liberales y los grupos de negocios de importación y exportación. Para muchos iraníes, el rearme militar del régimen es visto como lo que impide un ataque estadounidense o israelí.

La escala del déficit electoral de la oposición debería indicarnos hasta qué punto está fuera de contacto con las preocupaciones vitales de su propia gente. Debería recordarles también que al acercarse a la opinión occidental se han alejado de los intereses cotidianos de seguridad, alojamiento, empleo y alimentos subvencionados que hacen la vida tolerable a los que viven por debajo del nivel de la clase media y fuera de las privilegiadas puertas de la Universidad de Teherán.

El éxito electoral de Ahmadineyad, visto en una perspectiva histórica comparada, no debería ser una sorpresa. En competiciones electorales similares en que se han enfrentado nacionalistas-populistas contra liberales pro occidentales, los populistas han ganado. Ejemplos del pasado serían Juan Domingo Perón, en Argentina, y, más recientemente, Hugo Chávez, en Venezuela, Evo Morales, en Bolivia, e incluso Lula da Silva, en Brasil, todos los cuales han demostrado su capacidad para conseguirse en torno o por encima del 60% de los votos en elecciones libres. Las mayorías votantes de estos países prefieren la seguridad social a los mercados sin trabas y la seguridad nacional al alineamiento con los imperios militares.

Las consecuencias de la victoria electoral de Mahmoud Ahmadineyad están abiertas a discusión. Estados Unidos puede sacar en conclusión que seguir apoyando a una minoría dotada de voz pero duramente derrotada tiene pocas perspectivas de conseguir concesiones en materia de enriquecimiento nuclear o de abandono del apoyo de Irán a Hezbolá y Hamás. Un enfoque realista sería abrir unas conversaciones amplias con Irán, y reconocer, tal como el senador John Kerry destacó recientemente, que el enriquecimiento de uranio no constituye una amenaza existencial para nadie. Este enfoque sería radicalmente diferente del de los sionistas estadounidenses instalados en el gobierno de Obama, que siguen la línea de Israel de promover una guerra preventiva con Irán y utilizar el espurio argumento de que no hay negociación posible con un gobierno ilegítimo en Teherán, que ha robado las elecciones.

Acontecimientos recientes sugieren que los líderes políticos europeos, y algunos de Washington, no aceptan la argumentación de los medios sionistas de que ha habido elecciones robadas. La Casa Blanca no ha suspendido su oferta de negociaciones con el gobierno recién reelegido, pero se ha centrado en cambio en la represión de los opositores (y no en el recuento de votos). Del mismo modo, los 27 países que forman la Unión Europea han expresado su “seria preocupación por la violencia” y han instado a que “las aspiraciones del pueblo iraní se cumplan por medios pacíficos y se respete la libertad de expresión.” (Financial Times, 16.6.2009, p.4). Excepto Nicolas Sarkozy, ningún líder de la UE ha puesto en cuestión el resultado de los comicios.

El comodín en este epílogo de las elecciones es la respuesta israelí: Netanyahu ha indicado a sus seguidores sionistas estadounidenses que deben utilizar el timo del fraude electoral para ejercer una presión máxima sobre el gobierno de Obama para que ponga fin a todos sus planes de reunirse con el gobierno reelegido de Ahmadineyad.

Paradójicamente, los comentadores de Estados Unidos –de izquierda, derecha y centro– que se han tragado el timo del fraude electoral proporcionan, sin proponérselo, a Netanyahu y sus seguidores estadounidenses argumentos y mentiras: donde ven guerras religiosas, nosotros vemos lucha de clases; donde ven fraude electoral, vemos desestabilización imperial.

James Petras es especialista de la política sionista estadounidense y analista de la prensa judía israelí y estadounidense. Es también autor de "Zionism, Militarism and the Decline of US Power", Clarity Press 2008. S. Seguí, el traductor, es miembro de Rebelión y Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística. Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y la fuente.

¡Venezuela será condenada y embargada por jueces y árbitros extranjeros!


Luis Britto García

1.- Celeridad contra los venezolanos, lentitud para defender la soberanía de Venezuela

El 14 de junio de 2009 aparecieron en La Razón mis declaraciones sobre un fallo del Tribunal Supremo de Justicia que permite someter a Venezuela a la jurisdicción de tribunales y árbitros extranjeros en las controversias sobre sus contratos de interés público. Al día siguiente el TSJ ya publica un comunicado anónimo donde intenta desvirtuar tales declaraciones. Por contraste, el 12 de marzo de 2008 Fermín Toro Jiménez y yo introdujimos ante dicho Tribunal un Recurso de Interpretación a fin de que declarara que Venezuela no puede ser sometida a árbitros ni a tribunales extranjeros. La decisión requería urgencia, pues se jugaba el sometimiento de Venezuela por la EXXON a juntas arbitrales del extranjero y el embargo de bienes de la República, incluidas las reservas internacionales. El Tribunal tardó UN AÑO en sentenciar sobre dicho recurso, y lo hizo en contra de nuestro país. Preferible sería que tardara un día en defender a Venezuela, y un año en atacar a los ciudadanos venezolanos.

2.-Los ciudadanos venezolanos no tendrían competencia ni interés para defender la soberanía de Venezuela, pero sí para ser contradichos

La demanda que introdujimos el 12 de marzo de 2009 en defensa de la soberanía de Venezuela fue rechazada por el TSJ con el alegado de que “la Sala estima insuficiente el interés procesal de los accionantes y, por tanto, la presente demanda resulta inadmisible al carecer los accionantes de la legitimación requerida para intentarla”. Es inaudito que un Tribunal Supremo dictamine que los venezolanos carecemos de legitimación e interés para reclamar la protección de la soberanía de Venezuela. Y más insólito que tras denegar justicia sobre los recursos que le interponemos, salga sin que nadie se lo pida a pronunciarse sobre las opiniones de los ciudadanos a quienes considera despojados de “interés y legitimación”.

3.-Ahora se sentencia por Boletín de Prensa

¿Cómo debemos interpretar esta proclama pública espontánea de un tribunal que sólo puede pronunciarse a instancia de parte y mediante sentencias? ¿Su boletín es una sentencia? ¿Crea una nueva forma de jurisdicción, la mediática? ¿Hace jurisprudencia? ¿Debe ser aplicada? ¿Fue acordada por la mayoría de los magistrados? ¿Si es así, por qué ninguno la firma? Al parecer, porque hay desacuerdo. Según Juan Francisco Álvarez, de El Universal, el pronunciamiento “sorprendió a más de uno de los 31 magistrados del máximo juzgado y a varios de ellos les disgustó”, pues “no fueron consultados sobre su contenido”. "Nunca en mi trayectoria había visto que un juez del país ni del exterior tuviera que emitir un escrito para explicar una o varias de sus sentencias", aseveró uno de los miembros del organismo rector del Poder Judicial, quien no dudó en calificar como un "hito" la difusión del documento. Añade Álvarez que otro magistrado criticó el boletín por considerar que éste rompía con la máxima de la actual directiva: "Las sentencias no se interpretan, se acatan", con la cual “había hecho frente a las críticas lanzadas desde, por ejemplo, la Asamblea Nacional contra la decisión de la Sala Constitucional que anuló parcialmente la Ley Orgánica de la Defensa Pública”.Asimismo “recordó que cualquier duda en relación con un dictamen se puede despejar mediante las peticiones de aclaratoria o las revisiones”.

4.-Sentencias y boletines contradictorios

En todo caso, sentencias o boletines contradictorios no son válidos. Examinemos (pues nuestro Derecho ha llegado a tal grado que la soberanía se entrega en boletines de prensa) el párrafo siguiente: “Es falso que con base a las mismas, se afirme que el Poder Judicial venezolano no tiene potestad soberana para decidir las controversias sobre contratos de interés público suscritos por la República o someta las controversias derivadas de los mismos a los tribunales extranjeros, por el contrario, las mencionadas sentencias reiteran que el Estado es absolutamente soberano, por lo que no puede someterse a tribunales extranjeros en tanto no exista una manifestación válida, expresa e inequívoca para dirimir sus conflictos en órganos jurisdiccionales extranjeros” . Más claro no canta un boletín: Venezuela “no puede someterse a tribunales extranjeros”, pero si debe someterse a ellos previa “manifestación” para “dirimir sus conflictos en órganos extranjeros”. Ni una sentencia ni un boletín pueden sostener a la vez ni lo úno ni lo otro, sino todo lo contrario. Si éste es el boletín que aclara, me ahorro recordarle al lector cómo fue la sentencia que oscurece.

5.-Confusión entre contratos de interés público y tratados internacionales

Tampoco pueden una sentencia ni un boletín confundir el sujeto de la controversia. Nuestra demanda y nuestras declaraciones afirman que Venezuela no puede ser llevada ante tribunales ni árbitros foráneos para resolver controversias surgidas de sus contratos de interés público. El boletín sentencia o sentencia boletín contesta: “en el caso de arbitrajes de inversión o la aprobación de cualquier otro mecanismo que suponga el sometimiento a una jurisdicción internacional -vgr. Corte Penal Internacional, Corte Interamericana de Derechos Humanos, Tribunales subregionales como el Tribunal Andino, centros de arbitraje, conciliaciones, entre otros-, su validez y eficacia requiere, no solo de la manifestación de voluntad del Presidente de la República, sino además de una ley aprobatoria del tratado por parte de la Asamblea Nacional”. Sorprende que un pronunciamiento del TSJ confunda contratos de interés público con tratados internacionales, que requieren “una ley aprobatoria”. Con razón informa Juan Francisco Alonso que según los juristas Pedro Nikken y Adalberto Urbina, en dicho boletín habría un “error conceptual”.

6.-Boletines por venir

Ahora que en Venezuela se imparte justicia mediante boletines inconsultos, contradictorios y que confunden tratados internacionales y contratos de interés público, esperamos que otros fallos de la misma índole nos informen sobre materias de igual pertinencia. Por ejemplo, reseña Juan Francisco Alonso que “El primero de los consultados se preguntó por qué la directiva no había emitido comunicados en otras ocasiones y puso como ejemplo lo ocurrido con la sentencia de la Sala Constitucional que en 2006 reformó el artículo 31 de la Ley del Impuesto Sobre la Renta. A dos años de la publicación de ese fallo hay muchos venezolanos que no saben a ciencia cierta cómo deben declarar el impuesto. Todavía hay quienes se preguntan si deben incluir los bonos o no", precisó el miembro del TSJ interrogado. Ciertamente, los ciudadanos a quienes el TSJ estima sin “interés procesal”y sin “legitimación requerida” para defender la soberanía, pero que pagamos sus sueldos con nuestros impuestos, querríamos respetuosamente saber cómo logran no cancelar los tributos que deben sobre los cuantiosos bonos de que disfrutan. Conocemos de magistrados que sentencian para no pagar impuestos sobre sus bonificaciones. Necesitamos jueces que defiendan la soberanía de Venezuela.

PD: El próximo jueves 25 de junio se preestrena en el Teatro Teresa Carreño Zamora, Tierras y Hombres Libres, dirigida por Román Chalbaud, y se presenta mi título número 65, el guión de la película con imágenes de la filmación.

¡Ni justicia ni sentencias anónimas!

Entrevista de Luis Britto García

“La Razón”, 21-6-2009

1.-¿A que atribuye el pronunciamiento del Tribunal Supremo de Justicia, del pasado lunes 15 de junio, en torno a sus declaraciones del domingo 14 de junio en “La Razón”, sobre la reciente sentencia de la Sala Constitucional en relación al artículo 155 de la Constitución?

-A que los autores del supuesto pronunciamiento no se han leído la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, cuyo artículo 57 establece: “No se permite el anonimato, ni la propaganda de guerra, ni los mensajes discriminatorios, ni los que promuevan la intolerancia religiosa”. El TSJ sólo puede pronunciarse mediante sentencia, que exprese en forma indubitable el parecer de una mayoría calificada e identificada de sus miembros, y eso a instancia de parte. No puede el Tribunal pronunciarse espontáneamente, por ejemplo, sobre las candidaturas de las reinas de belleza, ni sobre las opiniones que un ciudadano expresa en uso de la libertad de expresión. Y mucho menos puede pronunciarse anónimamente, vale decir, ocultando los nombres y apellidos de quienes supuestamente apoyan la decisión o salvan su voto sobre ella. Señores jueces: las sentencias y las opiniones se firman, como firmo yo siempre las mías, porque las apoyo con mi conciencia y mi razonamiento. En ausencia de firmas, debo considerar dicho documento como un anónimo inconstitucional, cuyos autores no se atreven a respaldarlo con sus nombres. En Venezuela habíamos tenido Sociedades Anónimas; lo que no hay ni debe haber es Justicia Anónima.

2.- ¿Cómo explica que el TSJ se haya pronunciado mediante un boletín de prensa y no a través de una sentencia aclaratoria?

-Obviamente, quienes lo confeccionaron en forma inconstitucionalmente anónima consideran que la sentencia que emitió el TSJ es tan confusa, que no puede ser aclarada.

3. ¿Qué opina de los nueve puntos expuestos por el TSJ en su comunicado?

-Yo creo que quien hace circular un documento que en violación de la Constitución no se atreve a suscribir, carece de interés y legitimación para que sus aseveraciones sean tomadas en cuenta. Pero señalo que quienes admiten el sometimiento de las controversias sobre contratos de interés público de Venezuela a tribunales o juntas arbitrales extranjeras apoyan la posición mantenida por la Exxon en su intento de enjuiciar a Venezuela y embargar sus activos en el exterior. En este sentido, todos y cada uno de los puntos de la inconstitucional comunicación anónima apoyan y justifican implícitamente la posición inconstitucional de la Exxon, y el embargo contra los bienes y reservas internacionales de Venezuela que ésta intentó. El boletín carece de firmas, pero estoy seguro de que lo suscribirían sin problemas los abogados de la Exxon.

4.-En el pronunciamiento del TSJ se señala que “se ha consolidado la inmunidad de Venezuela frente a tribunales extranjeros”. ¿Comparte usted esa opinión?

-Quien no la comparte es el propio TSJ, o los anónimos que inconstitucionalmente dicen expresarse en su nombre. Para que juzguen los lectores, utilizo las comillas. En el boletín sentencia o sentencia boletín, dice el anónimo autor que “las mencionadas sentencias reiteran que el Estado es absolutamente soberano, por lo que no puede someterse a tribunales extranjeros en tanto no exista una manifestación válida, expresa e inequívoca para dirimir sus conflictos en órganos jurisdiccionales extranjeros” . Más claro no canta un boletín: Venezuela “no puede someterse a tribunales extranjeros”, pero si debe someterse a ellos previa “manifestación” para “dirimir sus conflictos en órganos extranjeros”. Bastaría una “manifestación” para borrar la soberanía y la inmunidad de nuestro país, que el artículo 1 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela proclama como derechos irrenunciables y no enajenables.

5.-Hay quienes señalan que el TSJ confunde los términos “tribunal extranjero” y “tribunal internacional”. ¿Qué opinión tiene usted al respecto?

-Hay una evidente confusión. Un tribunal extranjero o una junta arbitral foránea, que deciden sobre contratos, que son actos de alcance particular (y en respeto de la soberanía, sólo deben decidir sobre los de su propio país) son distintos de un tribunal internacional, que decide sobre la aplicación de la Ley Internacional comprendida en tratados internacionales, que son leyes, normas de alcance general. También el documento anónimo confunde en forma inexcusable contratos de interés público con tratados internacionales, los cuales, según su propia expresión, requieren “una ley aprobatoria”.

5.-¿Venezuela debe respetar las decisiones de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, establecida en la Convención Americana de Derechos Humanos (“Acuerdo de San José”), suscrita por Venezuela, o debe denunciar dicha Convención, tal como exhortó la Sala Constitucional al Poder Ejecutivo, mediante sentencia Nº 1.939/08?

-Venezuela sólo debe respetar las decisiones que no atenten contra su soberanía e inmunidad, consagrada en términos indubitables en el artículo 1 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, cuyo segundo párrafo pauta:“Son derechos irrenunciables de la Nación la independencia, la libertad, la soberanía, la inmunidad, la integridad territorial y la autodeterminación nacional.” La soberanía y la inmunidad, vale decir, el derecho a no ser juzgada ni condenada por órganos jurisdiccionales extranjeros, son derechos irrenunciables, que no pueden ser por tanto renunciados, cedidos ni suspendidos o negociados mediante Convenciones, sentencias ni boletines de anónimos. Pero quien ignora que la Constitución prohibe el anónimo, tampoco debe saber que impide renunciar a la soberanía y la inmunidad de Venezuela.

6.¿Hay injerencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el derecho interno venezolano?

-Hay pretensión de injerencia, pero mientras la República sea soberana y mientras conserve su vigencia la Constitución de la República Bolivariana, dicha injerencia ni es válida ni puede materializarse, y todos los venezolanos dignos de tal nombre debemos oponernos a ella. Más les convendría a esa Corte injerirse sobre las prisiones ilegales y centros de tortura que Estados Unidos mantiene o mantuvo en Guantánamos y en otros sitios del planeta.

7. ¿Debe igualmente Venezuela denunciar el tratado de creación de la Corte Penal Internacional de La Haya, suscrito por Venezuela?

-Es materia a considerar. Si una Corte intenta irrespetar la Soberanía, es hora de que la Soberanía no respete esa corte.

8.-Venezuela está a punto de ingresar a la comunidad del Mercosur. ¿Deberá Venezuela respetar los organismos jurisdiccionales de ese organismo multilateral?

-En la medida en que lo acuerden los tratados internacionales que se suscriban al respecto, y en la medida en que dichos tratados no violen la soberanía y la inmunidad de Venezuela, que son atributos no enajenables de nuestra República, según nuestra constitución.

9.- ¿El Derecho Internacional debe estar sometido al Derecho interno o al revés?

-Mientras los Estados sean soberanos, determinan la medida en la cual el Derecho Internacional es aplicable en el orden interno, mediante tratados internacionales que a su vez son expresión de la soberanía, puesto que han de ser sancionados mediante leyes aprobatorias del respectivo Poder Legislativo. Pero dichos tratados no pueden renunciar a la soberanía o a uno de sus atributos sin perderla.

10.-Diversas versiones de prensa señalan que el referido boletín no le fue consultado a todos los magistrados. ¿No era más conveniente convocar a una sesión de la Sala Plena del tribunal, debatir el tema y fijar una posición, en lugar de emitir un boletín?

-Obviamente, es inconstitucional que un anónimo o anónimos pretendan expresarse válidamente en nombre de un cuerpo colegiado. Menos pueden hacerlo a través de un boletín, porque el TSJ únicamente debe pronunciarse mediante sentencias debidamente suscritas por mayorías de magistrados debidamente identificados, y sólo a instancia de parte, vale decir, cuando es consultado por alguien revestido de interés y legitimación, como lo somos todos los ciudadanos venezolanos en materia de defensa de la soberanía. No hemos pedido opinión de ningún anónimo, por lo cual ese boletín debe tenerse por no escrito.

11. ¿Aún mantiene su posición crítica frente a la doctrina del TSJ en materia de derecho internacional? ¿Sigue sosteniendo que la posición de ese tribunal lesiona la soberanía nacional?

-Lo mantengo, y lo sostengo con nombre, apellido y cédula. Las controversias sobre un contrato de interés público, llamado así porque su contenido y ejecución interesa a todos los venezolanos y al orden público, vale decir, al conjunto de normas jurídicas que no son renunciables por voluntad de parte, contrato que es por lo regular ejecutado en nuestro país con sujeción a nuestras leyes, dichas controversias, repito, no pueden ser resueltas por tribunales o juntas de árbitros extranjeros, según leyes foráneas o por el arbitrio de los integrantes de tales juntas. Piense usted que una parte importante de la explotación de nuestros hidrocarburos se efectúa mediante contratos de asociación. Piense usted que las transnacionales lleven estos contratos a tribunales o juntas extranjeras, y que éstas unánimemente fallen contra Venezuela, sin atender, por ejemplo, a las normas que impiden enajenar el subsuelo de la República. Venezuela podría perder, no sólo su industria de los hidrocarburos, sino el mismo subsuelo y la riqueza que éste contiene. De eso se trató la demanda de la Exxon. De eso se tratarán la infinidad de demandas que en un futuro no lejano intentarán las transnacionales para apoderarse del recurso más precioso del planeta. Ya se han declarado guerras por él: por ahora intentan que nos condenen tribunales extranjeros. Es hora de que los venezolanos nos definamos en dos bandos: los que están de acuerdo con las transnacionales y la Exxon, y los que defendemos a Venezuela y su soberanía.