14/6/09

”Vida de Antonio Gramsci”, la biografía


Un fragmento de la biografía: Gramsci conoce al amor de su vida

Foto: Julia Schucht, en 1920

Giuseppe Fiori

 

Llegó a Moscú con una fuerte depresión. Estaba enfermo. Pagaba la tensión polémica de los últimos tiempos, las amarguras y las incomprensiones y, además, unas fatigas que no podía soportar sin grave detrimento un hombre como él, que al cuerpo desgraciado unía la desnutrición y los choques psicológicos sufridos de pequeño. Sus compañeros de trabajo se dieron cuenta pronto de sus pésimas condiciones de salud y a principios de verano, Grigori Zinoviev, que presidía entonces la Internacional, quiso que fuese a recuperarse en el sanatorio del Serebriani Bor (el “bosque de plata”), en la periferia de Moscú. Tenía tics nerviosos, altibajos “casi feroces”, convulsiones. “Algunas personas muy amables, que venían a hacerme compañía –contará–, me dijeron más tarde que habían tenido miedo, sabiendo que era sardo, ¡de que intentase degollar a alguien!” Entre estas personas “muy amables” había una enferma, Eugenia Schucht, algo mayor que él, que hablaba perfectamente el italiano. Una forma grave de agotamiento psicofísico le impedía andar, y gracias a la posibilidad de comunicación inmediata por su conocimiento del italiano y de Italia se hicieron amigos. Al poco tiempo, Antonio sabía ya muchas cosas de Eugenia y de su larga estancia con la familia en Italia, en Roma.

Había nacido en Siberia, durante la deportación del padre, Apolo Schucht, antizarista de origen escandinavo. Era la tercera hija. Antes que ella habían nacido Nadina y Tatiana. Hacia 1890, la familia se trasladó a Francia, a Montpellier concretamente, y después a Ginebra. En la emigración nacieron Ana, en 1896, Julia y finalmente Víctor, el único varón. A principios de siglo la familia se instaló en Roma. Apolo Schucht, hombre rico, versado en el estudio de la literatura francesa y con una buena cultura musical, era de familia de militares y tenía un patrimonio que le permitía vivir tranquilamente sin penurias. Todas las hijas estudiaban: Nadina hizo dos licenciaturas y regresó a Rusia, a Tiflis, para casarse; Tatiana siguió los cursos de ciencias naturales de la Universidad de Roma; Eugenia fue al Instituto de Bellas Artes de la calle Ripetta; Ana y Julia, ambas con vocación musical, eran alumnas del curso de violín del Liceo Musical, anexo a la Academia de Santa Cecilia. Pasaron en Roma los años de la adolescencia y de la primera juventud. Habitaban en la calle Montserrato y después en la calle Buonconsiglio, cerca del Coliseo. Finalmente se trasladaron a la calle Adda. Apolo no trabajaba, con excepción de una época en que dio clases de ruso a los oficiales en el Ministerio de la Guerra. En el otoño de 1913 la familia comenzó a dispersarse. Las primeras que dejaron Italia fueron Eugenia y Ana. Se trasladaron a Varsovia: Eugenia enseñaba en una escuela israelita y Ana se casó el 13 de mayo de 1915 con Teodoro Zabel. Pocos meses después, Julia, que había terminado los estudios de violín, dejó Italia seguida al cabo de poco tiempo por su madre. Apolo y el hijo Víctor se trasladaron a Suiza. El 29 de septiembre de 1915 Apolo escribió a Leonilde Perilli, una amiga romana de las hijas: “He recibido carta de Moscú: Genia tiene trabajo, Julia todavía no. Ana irá a vivir con la madre de su marido en un pueblo cerca de Moscú”. A principios de 1916, Eugenia, Ana, Julia y su madre estaban en Ivanovo Vosniesiensk, una ciudad textil a un centenar de kilómetros de Moscú. En diciembre de 1916 toda la familia volvió a reunirse en Moscú, con excepción de Nadina, de la que no se han tenido más noticias, y de Tatiana, que había permanecido en Italia. El régimen zarista estaba a punto de caer. Los Schucht estaban también en Moscú cuando estalló la Revolución de Octubre. Después de la Revolución volvieron a separarse: Eugenia y Víctor en Moscú, Julia con el padre y la madre y la nueva familia de Ana, Teodoro Zabel y su hijo, en Ivanovo. Cuando Eugenia conoció a Gramsci sus familiares seguían en Ivanovo. Iban a visitarla asiduamente al sanatorio del Bosque de Plata. A mediados de julio de 1922, Gramsci, vio por primera vez a Julia. Hasta entonces Eugenia le había demostrado una viva simpatía. Pero fue Julia la que lo impresionó. Era alta, de tez clara; tenía un rostro bello y ovalado, con grandes ojos tristes. Dos largas trenzas le descendían por la espalda. Tenía veintiséis años, cinco menos que el joven italiano. Hacía siete años que estaba en Rusia y sentía nostalgia por Italia. Siempre le había pesado el alejamiento de Italia. Después de la partida, a los diecinueve años (se trasladaba a Rusia, que todavía no conocía) decía a Leonilde Perilli en una carta escrita el 21 de junio de 1916 desde Tzarikov: “Estoy en Bulgaria. Me he acercado a Rusia, pero me he alejado de Italia, de Roma...” Y en septiembre de aquel mismo año escribió desde Moscú: “Por aquí ya hace frío. Me siento melancólica pensando que en Roma... es hoy el 15 de septiembre”. Ahora daba clases en el Liceo Musical de Ivanovo.

Gramsci se sintió intimidado. Tenía treinta y un años y hasta entonces nunca se había abierto completamente a una muchacha. Se dominaba por miedo a la desilusión: le oprimía la conciencia de su estado físico. “Desde hace muchos, muchos años, me he acostumbrado a pensar que existe una imposibilidad absoluta, casi fatal de que yo pueda ser amado.” La visión de Julia le turbaba. Después de uno de los primeros encuentros le escribió: “¿Ha venido a Moscú, como me había anunciado? La he esperado durante tres días. No me he movido de mi habitación, por temor de que pudiese ocurrir lo de la otra vez... ¿No ha estado en Moscú, de verdad? Estoy seguro de que si hubiese estado se habría acercado a mi casa, aunque fuese sólo un momento... ¿Vendrá pronto? ¿Podré verla otra vez...? Escríbame. Sus palabras me hacen mucho bien, me dan más fuerza”. Durante las visitas de Julia a Eugenia pasaban largos ratos juntos. Aquel joven italiano, de miembros débiles pero con tanta dulzura en los ojos azules y con tanta fuerza interior, la cautivaba. Gramsci recordará con nostalgia los primeros encuentros en el sanatorio y el comienzo del idilio: “Sigo con el pensamiento todos los recuerdos de nuestra vida común, desde el primer día que te vi en Serebriani Bor, cuando no me atrevía a entrar en la habitación porque me habías intimidado (de verdad, me habías intimidado y hoy sonrío recordando esta impresión), hasta el día en que te fuiste a pie y yo te acompañé hasta la gran carretera que atraviesa el bosque y me quedé mucho rato allí, viendo cómo te alejabas sola por la gran carretera, hacia el mundo grande y terrible”.

Para aquel joven que un día había confesado que sólo había vivido con el cerebro y no con el corazón, todo esto representaba alcanzar un nuevo equilibrio. Hasta entonces, la vida de Gramsci había consistido en replegarse continuamente sobre sí mismo, en encerrarse dentro de sentimientos contradictorios: por un lado, el instinto de sociabilidad y por el otro, la voluntad de ser fuerte sin necesidad de ningún apoyo afectivo.

“Cuántas veces –escribirá a Julia– me he preguntado si era posible ligarse a una masa sin haber amado a nadie ni siquiera a los propios padres, si era posible amar a una colectividad sin haber amado profundamente a criaturas humanas singulares. ¿No habrá tenido esto un reflejo sobre mi vida de militante? ¿No habrá esterilizado y reducido a un puro hecho intelectual, a un puro cálculo matemático mi cualidad de revolucionario? He pensado mucho en todo esto y he vuelto a pensar en ello estos días, porque he pensado mucho en ti, en ti que has entrado en mi vida y me has dado el amor, me has dado lo que siempre me había faltado y me hacía a menudo malo y torvo.”

Descubría finalmente que “no se puede desmenuzar y hacer trabajar una sola actividad; la vida es unitaria y toda actividad se apoya en las demás; el amor refuerza toda la vida... crea un equilibrio, da una mayor intensidad a las demás pasiones y a los demás sentimientos”. Pero las circunstancias iban a convertir aquella relación en una serie de encuentros intermitentes y de largas y penosas separaciones.

De Italia llegaban voces de catástrofe. El 28 de octubre de 1922 había tenido lugar la Marcha sobre Roma; al día siguiente, el rey había confiado a Benito Mussolini el encargo de formar gobierno. Habían pasado dos años y medio desde que, en abril de 1920, Gramsci escribía: “La fase actual de la lucha de clases en Italia es la fase que precede o a la conquista del poder político por parte del proletariado revolucionario... o a una tremenda reacción por parte de la clase propietaria y de la casta gobernante”. La segunda profecía se cumplía.

Las Cámaras del Trabajo eran saqueadas e incendiadas, las escuadras fascistas asaltaban las redacciones de los periódicos democráticos, los dirigentes de izquierda eran perseguidos, encarcelados, apaleados, asesinados. Todo esto ocurría en vísperas del IV Congreso de la Internacional, que iba a iniciarse en Moscú el

5 de noviembre de 1922.

(...) Los dirigentes comunistas italianos no comprendían las diferencias entre el fascismo y los partidos democráticos tradicionales. Y al no advertir su peligrosidad, tampoco se planteaban el problema de una dictadura burguesa que se disponía a suplantar la democracia burguesa. La nueva directiva de la Internacional (el cambio del objetivo inmediato y el paso de una línea de ataque a una de defensa: la lucha por la defensa de las libertades democráticas y no, al menos por el momento, la revolución proletaria) no era, pues, comprendida; y todavía se comprendía menos la necesidad de las alianzas o de la fusión con fuerzas que, a juicio de la mayoría de los comunistas, no representaban nada más que el ala izquierda de las fuerzas burguesas. Gramsci fue uno de los pocos que supieron captar la nueva sustancia del fascismo, la gravedad del peligro que éste representaba, y la justeza de la línea defensiva propuesta por la Internacional.

“En Italia no existen autores de memorias y son raros los biógrafos y los autobiógrafos”

Fernando Bogado

“En Italia no existen autores de memorias y son raros los biógrafos y los autobiógrafos. Falta interés por el hombre vivo, por la vida real.” Antonio Gramsci (1891-1937) escribió la presente cita en su cuaderno octavo, durante el período de prisión pasado en la cárcel Turi, a treinta kilómetros aproximadamente de Bari. Ir al “hombre vivo”, a la “vida real”: toda buena biografía trata de desprenderse de características meramente escritas de su objeto-sujeto biografiado, valen más aquellas líneas redactadas en el límite de lo vital (cartas, diarios), o esos testimonios inéditos, o todo aquello que configura los restos de una obra antes que la “Obra” misma. Allí habrá, entonces, una excelente biografía, una que respeta a rajatabla las leyes del género. Hagamos una pregunta obligatoria, casi: ¿Cómo, entonces, escribir una biografía sobre Gramsci? ¿Cómo biografiar a un autor “vivo”, en la medida en que no tiene “Obra”, sino cuadernos manuscritos y publicaciones periodísticas creadas para no superar el día?

Giuseppe Fiori, en 1966, resolvió el dilema con un texto que con el paso del tiempo ha adquirido carácter de ineludible, no sólo por su rigor biográfico sino por su afán de recuperar ese rasgo vital del pensamiento gramsciano al contextualizar cada una de sus preocupaciones teórico-prácticas con momentos particulares de su rutina: hasta esa muerte en vida que es la cárcel conserva aún el impulso de una voluntad inquebrantable, reflejada en su correspondencia o en los mismos cuadernos. Y si la primera edición en castellano de Vida de Antonio Gramsci data de 1968 (Península), es notable el acierto de la editorial Peón Negro de corregir y volver a publicar el trabajo de Fiori –uno de los más completos, incluso en la actualidad–, poniendo así en primer plano las vicisitudes de una existencia breve, dolorosa, pero enormemente significativa para el pensamiento filosófico contemporáneo, para las preocupaciones del “hombre vivo” de nuestros tiempos.

El fantasma de la propia muerte –un tópico ineludible de la biografía como género, quizá por la constancia de este tema en la existencia de cualquier persona– ronda ya desde muy temprano la vida de Gramsci, nacido en Ales, Cerdeña, en 1891, como el cuarto de los siete hijos que tendrían Francesco “Ciccillo” Gramsci y Peppina Marcias. Apenas unos años antes de que su padre fuera injustamente encarcelado por las rencillas locales entre los fuertes políticos terratenientes de la isla, el cuerpo de Nino ya había empezado a padecer los dolores y transformaciones que le otorgarían las características físicas con las que suele ser identificado: la de jorobado, la de giboso. De grande, nunca pasaría el metro y medio de altura, su espalda poseía una especie de “nuez”, rasgo que venía acompañado de hemorragias y convulsiones que lo afectaron desde muy pequeño y que afloraron en diversos momentos de su vida, sobre todo en los tiempos de prisión. Hasta 1914, cuenta él en sus cartas, su madre conservaba un ataúd y las ropas con las que tendrían que enterrarlo, por las dudas.

Alejado de los demás, comienza a refugiarse en un “caparazón sardo”: su carácter se vuelve parco e irónico, juega con muy pocos niños, prefiere pasar el tiempo encerrado en sus amplias lecturas antes que participar en una actividad física que lo dejaría extenuado. Este rol de autodidacta le permitirá llenar los vacíos de una educación bastante deficiente, con prolongados baches que duran incluso años: luego de atravesar sus estudios iniciales, logra inscribirse gracias a una beca en la Facultad de Letras de Turín para estudiar lingüística y filología. Entre grandes padecimientos, Antonio comienza a interesarse por los problemas específicos de Cerdeña, marcando su adhesión a las corrientes regionalistas. En estos tiempos conoce a compañeros como Palmiro Togliatti (también sardo) o Angelo Tasca, futuros compañeros de L’Ordine Nuovo, e ingresa en la lectura de Marx, “sólo por curiosidad”.

Los movimientos obreros cambiarán su perspectiva regionalista-sarda por una nacionalista-revolucionaria: el enemigo no son los continentales, sino la clase burguesa que oprime tanto a los campesinos de Cerdeña como a los obreros de Milán y Turín. Comienza así a participar en el debate público con respecto a temas tan preocupantes como la Primera Guerra Mundial y el rol de Italia y del Partido Socialista Italiano (PSI) en la contienda: en el artículo Neutralità attiva ed operante, se opone a una neutralidad absoluta del proletariado, enfrentándose a las opiniones del dirigente socialista Bordiga y colocándose, con distancias sumamente destacables, en la misma línea que sostenía en el Avanti! (impreso simpatizante del partido), una de las voces más fuertes y con mayor popularidad del movimiento, alguien cuyo nombre volverá una y otra vez como mortífero fantasma a la vida de Gramsci: Benito Mussolini.

Giacomo Leopardi (1798-1837), también encadenado a un cuerpo giboso, escribió: “Hermanos a la vez creó la suerte / al amor y a la muerte”. Gramsci, casi un siglo después, no podría estar más de acuerdo: mientras Mussolini marcha por Roma en 1922, haciendo desfilar a la muerte y creando un importante hecho de la oscura mitología fascista, Nino conoce en Rusia a la que sería el amor de su vida, Julia Schucht.

La relación es extraña, inconstante: pasan mucho más tiempo separados que juntos, y el contacto más vivo que tienen parece ser el epistolar antes que el físico. Julia le da dos hijos: Delio y Giuliano. Gramsci reparte como puede su tiempo entre su familia y las necesidades del PCI (surgido en 1921), ambas tareas de enorme demanda amatoria. Julia ya comienza a funcionar para Gramsci como los ojos con los que ve su proyecto revolucionario: logra abrirse de esa capa protectora que había construido a base de un carácter huraño, y comprende por fin lo que es amar a las masas en lugar de plantear teorías de dudoso cariño. Julia es el vínculo entre Gramsci y el mundo.

Pronto el compromiso político muestra su revés más oscuro: Gramsci es capturado en 1926 por las fuerzas fascistas y sometido a un juicio que lo condena a numerosos, infinitos, años de prisión. El contacto que a duras penas mantenía con su primer hijo, Delio –el cual lo llamaba “diadia” (tío)–, ni siquiera existe con el segundo, al que nunca llega a conocer: Julia, días antes de la captura de Nino, vuelve de Roma a Moscú para el nacimiento de Giuliano. En el juicio, el fiscal lanza un argumento atroz que obligará a Gramsci a recluirse en un nuevo encierro, acaso harto más cruel que todos los anteriores: “Hemos de impedir durante veinte años que este cerebro funcione”.

En una de las cartas enviadas a Tatiana Schucht, una de sus cuñadas y la única persona que lo acompañó durante sus tristes últimos años de vida, Gramsci le detalla un futuro plan de escritura, un índice temático que busca superar las contingencias a las cuales estuvo sujeto durante su vida periodística, un texto für ewig, “para la eternidad”, concepto que retoma de Goethe. Aferrado a algunos cuadernos y ciertos libros que superan las restricciones carcelarias, Gramsci transformaría este término aparentemente metafísico y totalizador en una obra perenne por fragmentaria, mínima y vital. Leer los cuadernos de Gramsci es encontrarse con las observaciones teóricas más certeras de nuestro tiempo, algunas veces presentadas como meras anécdotas o conceptos a revisar en el momento de darles la forma definitiva que nunca tuvieron. Sin noticias de Julia –quien, si le escribe cartas, serán rápidas, a lápiz–, casi sin visitas, desconectado de los sucesos de su familia (nunca le comunicarán la muerte de su madre, a la que “cortazarianamente” le sigue escribiendo), Gramsci muere en 1937 víctima de diversos males, entre los que se encontraban el mal de Pott y la tuberculosis pulmonar. Había interrumpido la escritura de sus cuadernos en 1935: hasta allí llegó su voluntad.

Giuseppe Fiori presenta con sumo cuidado y cariño la figura de un pensador de gran importancia no sólo para la historia contemporánea, sino también para él mismo: proveniente de Silanus, en Cerdeña, Fiori llevó una carrera como periodista y, luego, como senador de la Izquierda Independiente por tres legislaturas. Fallecido en el 2003, antes de su muerte vuelve a Gramsci en un libro de 1991, Gramsci, Togliatti, Stalin, revisando su trabajo de 1966.

En Vida de Antonio Gramsci notamos un repaso exhaustivo por la existencia del líder comunista, intercalando entrevistas realizadas por el autor con extractos de cartas inéditas hasta el momento (la mayor parte de la correspondencia se editaría treinta años después de este trabajo, en los noventa), dejando en claro que Nino pensó siempre en mantener abierto el panorama del pensamiento crítico marxista para poder adaptarlo a las contingencias de los diferentes lugares del mundo en donde surjan movimientos revolucionarios. La biografía es ágil, nunca deja de matizar un comentario teórico con uno correspondiente a las anécdotas de la vida personal de su hombre: de capítulos breves e incisivos, esta devenida obra fundamental de Fiori nos presenta a Gramsci como un apasionado pensador cuyo concepto del amor sobrepasa cualquier triste caracterización melodramática.

Las notas preliminares de David Viñas –un importante agregado de la presente edición–, crítico corporal si los habrá, no sólo se detiene en la contraposición de Gramsci y Mussolini, políticos que provienen del mismo caldo de cultivo (la Italia insurgente de comienzos del siglo XX), de Gramsci y Leopardi (dos figuras románticas a su manera), sino también en la oposición de Gramsci y Julia, interrogando el misterioso silencio de la amada que tiñó todo el compromiso de alguien que también escribió “todo es político”.

El amor revolucionario, parece confirmarnos tanto Fiori como su “hombre vivo” retratado, es también un extraño, particular, pero no por eso menos definitivo amor por la vida.

La editorial Peón Negro mantiene su particular modo de llegar a los lectores mediante presentaciones, ventas cuerpo a cuerpo, casa por casa, en bares y otros sitios por donde pululan los lectores. Su dirección electrónica, para los interesados en Vida de Antonio Gramsci es: peonnegroediciones@gmail.com

Nuestro Marx


Juan Gris [España] Retrato de Picasso

Antonio Gramsci

 

¿Somos marxistas? ¿Existen marxistas? Tú sola, estupidez, eres eterna. Esa cuestión resucitará probablemente estos días, con ocasión del centenario, y consumirá ríos de tinta y de estulticia. La vana cháchara y el bizantinismo son herencia inmarcesible de los hombres. Marx no ha escrito un credillo, no es un mesías que hubiera dejado una ristra de parábolas cargadas de imperativos categóricos, de normas indiscutibles, absolutas, fuera de las categorías del tiempo y del espacio. Su único imperativo categórico, su única norma es: "Proletarios de todo el mundo, uníos". Por tanto, la discriminación entre marxistas y no marxistas tendría que consistir en el deber de la organización y la propaganda, en el deber de organizarse y asociarse. Demasiado y demasiado poco: ¿quién no sería marxista?

Y, sin embargo, así son las cosas: todos son un poco marxistas sin saberlo. Marx ha sido grande y su acción ha sido fecunda no porque haya inventado a partir de la nada, no por haber engendrado con su fantasía una original visión de la historia, sino porque con él lo fragmentario, lo irrealizado, lo inmaduro, se ha hecho madurez, sistema, conciencia. Su conciencia personal puede convertirse en la de todos, y es ya la de muchos; por eso Marx no es sólo un científico, sino también un hombre de acción; es grande y fecundo en la acción igual que en el pensamiento, y sus libros han transformado el mundo así como han trasformado el pensamiento.

Marx significa la entrada de la inteligencia en la historia de la humanidad, significa el reino de la conciencia.

Su obra cae precisamente en el mismo período en que se desarrolla la gran batalla entre Tomás Carlyle y Heriberto Spencer acerca de la función del hombre en la historia.

Carlyle: el héroe, la gran individualidad, mística síntesis de una comunión espiritual, que conduce los destinos de la humanidad hacia orillas desconocidas, evanescentes en el quimérico país de la perfección y de la santidad.

Spencer: la naturaleza, la evolución, abstracción mecánica e inanimada. El hombre: átomo de un organismo natural que obedece a una ley abstracta como tal, pero que se hace concreta históricamente en los individuos: la utilidad inmediata.

Marx se sitúa en la historia con el sólido aplomo de un gigante: no es un místico ni un metafísico positivista; es un historiador, un intérprete de los documentos del pasado, pero de todos los documentos, no sólo de una parte de ellos.

Este era el defecto intrínseco a las historias, a las investigaciones acerca de los acaecimientos humanos: el no examinar ni tener en cuenta más que una parte de los documentos. Y esa parte se escogía no por la voluntad histórica, sino por el prejuicio partidista, que lo sigue siendo aunque sea inconsciente y de buena fe. Las investigaciones no tenían como objetivo la verdad, la exactitud, la reconstrucción íntegra de la vida del pasado, sino la acentuación de una determinada actividad, la valoración de una tesis apriórica. La historia era dominio exclusivo de las ideas. El hombre se consideraba como espíritu, como conciencia pura. De esa concepción se derivaban dos consecuencias erróneas: las ideas acentuadas eran a menudo arbitrarias, ficticias. Y los hechos a los que se daba importancia eran anécdota, no historia. Si a pesar de todo se escribió historia, en el real sentido de la palabra, ello se debió a la intuición genial de algunos individuos, no a una actividad científica sistemática y consciente.

Con Marx la historia sigue siendo dominio de las ideas, del espíritu, de la actividad consciente de los individuos aislados o asociados. Pero las ideas, el espíritu, se realizan, pierden su arbitrariedad, no son ya ficticias abstracciones religiosas o sociológicas. La sustancia que cobran se encuentra en la economía, en la actividad práctica, en los sistemas y las relaciones de producción y de cambio. La historia como acaecimiento es pura actividad práctica (económica y moral). Una idea se realiza no en cuanto lógicamente coherente con la verdad pura, con la humanidad pura (la cual no existe sino como programa, como finalidad ética general de los hombres), sino en cuanto encuentra en la realidad económica justificación, instrumento para afirmarse. Para conocer con exactitud cuáles son los objetivos históricos de un país, de una sociedad, de un grupo, lo que importa ante todo es conocer cuáles son los sistemas y las relaciones de producción y cambio de aquel país, de aquella sociedad. Sin ese conocimiento es perfectamente posible redactar monografías parciales, disertaciones útiles para la historia de la cultura, y se captarán reflejos secundarios, consecuencias lejanas; pero no se hará historia, la actividad práctica no quedará explícita con toda su sólida compacidad.

Caen los ídolos de sus altares y las divinidades ven cómo se disipan las nubes de incienso oloroso. El hombre cobra conciencia de la realidad objetiva, se apodera del secreto que impulsa la sucesión real de los acaecimientos. El hombre se conoce a sí mismo, sabe cuánto puede valer su voluntad individual y cómo puede llegar a ser potente si, obedeciendo, disciplinándose a la necesidad, acaba por dominar la necesidad misma identificándola con sus fines. ¿Quién se conoce a sí mismo? No el hombre en general, sino el que sufre el yugo de la necesidad. La búsqueda de la sustancia histórica, el fijarla en el sistema y en las relaciones de producción y cambio, permite descubrir que la sociedad de los hombres está dividida en dos clases. La clase que posee el instrumento de producción se conoce ya necesariamente a sí misma, tiene conciencia, aunque sea confusa y fragmentaria, de su potencia y de su misión. Tiene fines individuales y los realiza a través de su organización, fríamente, objetivamente, sin preocuparse de si su camino está empedrado con cuerpos extenuados por el hambre o con los cadáveres de los campos de batalla.

La comprensión de la real causalidad histórica tiene valor de revelación para la otra clase, se convierte en principio de orden para el ilimitado rebaño sin pastor. La grey consigue conciencia de sí misma, de la tarea que tiene que realizar actualmente para que la otra clase se afirme, toma conciencia de que sus fines individuales quedarán en mera arbitrariedad, en pura palabra, en veleidad vacía y enfática mientras no disponga de los instrumentos, mientras la veleidad no se convierta en voluntad.

¿Voluntarismo? Esa palabra no significa nada, o se utiliza en el sentido de arbitrariedad. Desde el punto de vista marxista, voluntad significa conciencia de la finalidad, lo cual quiere decir, a su vez, noción exacta de la potencia que se tiene y de los medios para expresarla en la acción. Significa, por tanto, en primer lugar, distinción, identificación de la clase, vida política independiente de la de la otra clase, organización compacta y disciplinada a los fines específicos propios, sin desviaciones ni vacilaciones. Significa impulso rectilíneo hasta el objetivo máximo, sin excursiones por los verdes prados de la cordial fraternidad, enternecidos por las verdes hierbecillas y por las blandas declaraciones de estima y amor.

Pero la expresión "desde el punto de vista marxista" era superflua, y hasta puede producir equívocos e inundaciones fatuamente palabreras. Marxistas, desde un punto de vista marxista...: todas expresiones desgastadas como monedas que hubieran pasado por demasiadas manos.

Carlos Marx es para nosotros maestro de vida espiritual y moral, no pastor con báculo. Es estimulador de las perezas mentales, es el que despierta las buenas energías dormidas que hay que despertar para la buena batalla. Es un ejemplo de trabajo intenso y tenaz para conseguir la clara honradez de las ideas, la sólida cultura necesaria para no hablar vacuamente de abstracciones. Es bloque monolítico de humanidad que sabe y piensa, que no se contempla la lengua al hablar, ni se pone la mano en el corazón para sentir, sino que construye silogismos de hierro que aferran la realidad en su esencia y la dominan, que penetran en los cerebros, disuelven las sedimentaciones del prejuicio y la idea fija y robustecen el carácter moral.

Carlos Marx no es para nosotros ni el infante que gime en la cuna ni el barbudo terror de los sacristanes. No es ninguno de los episodios anecdóticos de su biografía, ningún gesto brillante o grosero de su exterior animalidad humana. Es un vasto y sereno cerebro que piensa, un momento singular de la laboriosa, secular, búsqueda que realiza la humanidad por conseguir conciencia de su ser y su cambio, para captar el ritmo misterioso de la historia y disipar su misterio, para ser más fuerte en el pensar y en el hacer. Es una parte necesaria e integrante de nuestro espíritu, que no sería lo que es si Marx no hubiera vivido, pensado, arrancado chispas de luz con el choque de sus pasiones y de sus ideas, de sus miserias y de sus ideales.

Glorificando a Carlos Marx en el centenario de su nacimiento, el proletariado internacional se glorifica a sí mismo, glorifica su fuerza consciente, el dinamismo de su agresividad conquistadora que va desquiciando el dominio del privilegio y se prepara para la lucha final que coronará todos los esfuerzos y todos los sacrificios.

La obra de Lenin


Oswaldo Guayasamín [Ecuador] Maternidad

Antonio Gramsci

 

La prensa burguesa de todos los países, y especialmente la francesa (esta particular distinción obedece a claras razones), no ha disimulado su inmensa alegría por el atentado contra Lenin. Los siniestros enterradores antisocialistas han celebrado su obscena juerga sobre el presunto cadáver ensangrentado (¡oh destino cruel! ¡Cuántos píos deseos, cuántos dulces ideales has quebrado!), han exaltado a la gloriosa homicida y han dado nuevo verdor a la táctica esencialmente burguesa del terrorismo y del delito político.

Los enterradores han quedado decepcionados: Lenin vive, y nosotros, por el bien y la suerte del proletariado, deseamos que recobre pronto el vigor físico y vuelva a su puesto de militante del socialismo internacional.

La bacanal periodística habrá tenido también su eficacia histórica: los proletarios han comprendido su significación social. Lenin es el hombre más odiado del mundo, igual que un día lo fue Carlos Marx.

[Doce líneas tachadas por la censura.]

Lenin ha consagrado toda su vida a la causa del proletariado: su aportación al desarrollo de la organización y a la difusión de las ideas socialistas en Rusia es inmensa. Hombre de pensamiento y de acción, su fuerza está en su carácter moral; la popularidad de que goza entre las masas obreras es homenaje espontáneo a su rígida intransigencia con el régimen capitalista. Lenin no se ha dejado nunca deslumbrar por las apariencias superficiales de la sociedad moderna que los demás confunden con la realidad para precipitarse luego de error en error.

Lenin, aplicando el método forjado por Marx, descubre que la realidad es el abismo profundo e insalvable que el capitalismo ha abierto entre el proletariado y la burguesía, y el antagonismo constantemente creciente entre ambas clases. Al explicar los fenómenos sociales y políticos y al señalar al Partido la política que ha de seguir en todos los momentos de su vida, Lenin no pierde nunca de vista el motor más potente de toda la actividad económica y política: la lucha de clases. Lenin se cuenta entre los sostenedores más entusiastas y convencidos del internacionalismo del movimiento obrero. Toda acción proletaria debe estar subordinada al internacionalismo y coordinada con él; ha de ser capaz de tener carácter internacionalista. Cualquier iniciativa que en cualquier momento, y aunque sea transitoriamente, llegue a entrar en conflicto con ese ideal supremo, tiene que ser inexorablemente combatida; porque toda desviación del camino que lleva directamente al triunfo del socialismo internacional, por pequeña que sea, es contraria a los intereses del proletariado, a los intereses lejanos o a los inmediatos, y no sirve más que para dificultar la lucha y prolongar el dominio de la clase burguesa.

El, el "fanático", el "utópico", da realidad a su pensamiento y a su acción, y a la del partido, exclusivamente sobre la base de esa realidad profunda e indestructible de la vida moderna, no en base a fenómenos superficialmente llamativos que arrastran siempre, a los socialistas que se dejan deslumbrar por ellos, a ilusiones y errores que ponen en peligro la solidez del movimiento.

Por eso Lenin ha visto siempre el triunfo de sus tesis, mientras que los que le reprochaban su "utopismo" y glorificaban su propio "realismo" eran míseramente arrastrados por los grandes acontecimientos históricos.

Inmediatamente después de estallar la revolución y antes de salir para Rusia, Lenin había mandado a sus camaradas el aviso: "Desconfiad de Kerenski"; los acontecimientos posteriores le han dado toda la razón. En el entusiasmo de la primera hora por la caída del zarismo, la mayoría de la clase obrera y muchos de sus dirigentes se habían dejado convencer por la fraseología de ese hombre, el cual, con su mentalidad pequeño-burguesa, por la falta completa de programa y de visión socialista de la realidad, podía llevar la revolución a la desintegración y arrastrar al proletariado ruso por un camino peligroso para el porvenir de nuestro movimiento.

[Tres líneas tachadas por la censura.]

Una vez llegado a Rusia, Lenin se puso en seguida a desarrollar su acción esencialmente socialista, la cual podría sintetizarse con el lema de Lassalle: "Decir lo que hay": una crítica rigurosa e implacable del imperialismo de los cadetes (partido constitucional-democrático, el mayor partido liberal de Rusia), de la fraseología de Kerenski y del colaboracionismo de los mencheviques.

Basándose en el estudio crítico profundo de las condiciones económicas y políticas de Rusia, de los caracteres de la burguesía rusa y de la misión histórica del proletariado ruso, Lenin había llegado ya en 1905 a la conclusión de que, por el alto grado de conciencia de clase del proletariado, y dado el desarrollo de la lucha de clases, toda lucha política en Rusia se transformaría necesariamente en lucha social contra el orden burgués. Esta especial posición en la cual se encontraba la sociedad rusa quedaba también probada por la incapacidad de la clase capitalista para realizar una lucha seria contra el zarismo y sustituirle en el dominio político. Tras la Revolución de 1905, en la cual se probó experimentalmente la enorme fuerza del proletariado, la burguesía tuvo miedo de todo movimiento político en el que participa el proletariado, y se hizo sustancialmente contrarrevolucionaria por necesidad histórica de conservación. La fiel expresión de ese estado de ánimo se encuentra en uno de los discursos de Miliukov mismo ante la Duma, al afirmar que prefería la derrota militar a la revolución.

La caída de la autocracia no cambió en nada los sentimientos ni las orientaciones de la burguesía rusa, sino que, por el contrario, su sustancia reaccionaria fue en aumento a medida que se concretaban la fuerza y la conciencia del proletariado. Se confirmó la tesis histórica de Lenin: el proletariado se convirtió en gigantesco protagonista de la historia; pero era un gigante ingenuo, entusiasta, lleno de confianza en si mismo y en los demás. La lucha de clases, realizada en un ambiente de despotismo feudal, le había dado conciencia de su unidad social, de su potencia histórica, pero no le había educado en un método frío y realista, no le había formado una voluntad concreta. La burguesía se encogió astutamente, disimuló sus caracteres esenciales con frases altisonantes. Utilizó, para esa operación ilusionista, a Kerenski, el hombre más popular entre las masas al principio de la revolución; los mencheviques y los socialistas-revolucionarios (no marxistas, sino herederos del partido terrorista, intelectuales pequeño-burgueses) la ayudaron inconscientemente, con su colaboracionismo, a esconder sus intenciones reaccionarias e imperialistas.

Contra ese engaño se levantó vigorosamente el partido bolchevique con Lenin en cabeza, desenmascarando implacablemente las verdaderas intenciones de la burguesía rusa, combatiendo la táctica nefasta de los mencheviques que entregaban el proletariado atado de pies y manos a la burguesía. Los bolcheviques reivindicaban todos los poderes para los Sóviets, porque ésa era la única garantía contra las maniobras reaccionarias de las clases posesoras.

Los Sóviets mismos estaban al comienzo bajo la influencia de los mencheviques y de los socialistas-revolucionarios, se oponían a esa solución y preferían repartiese el poder con los diversos elementos de la burguesía liberal; hasta la masa, salvo una minoría más avanzada, permitía esa acción, sin ver claramente la realidad de las cosas, mistificada por Kerenski y por los mencheviques que estaban en el Gobierno.

[Diecisiete líneas tachadas por la censura.]

Los acontecimientos se desarrollaron de un modo que dio completa razón a la constrictiva y detallada crítica de Lenin y de los bolcheviques, los cuales habían sostenido que la burguesía no tenía ni voluntad ni capacidad de dar una solución democrática a los objetivos de la revolución, sino que, ayudada inconscientemente por los socialistas colaboracionistas, llevaría el país a la dictadura militar, instrumento político necesario para alcanzar los fines imperialistas y reaccionarios. Las masas obreras y campesinas empezaron a darse cuenta de lo que estaba ocurriendo gracias a la propaganda de los bolcheviques, y consiguieron capacidad y sensibilidad políticas crecientes: su exasperación se manifestó por vez primera en el levantamiento de Petrogrado, fácilmente reprimido por Kerenski. Esa sublevación, aunque justificada por la funesta política de Kerenski, no contó con la adhesión de los bolcheviques y de Lenin porque los Sóviets eran aún reacios a tomar todo el poder en sus manos y, por tanto, toda sublevación se dirigía virtualmente contra los Sóviets, los cuales representaban, mejor o peor, la clase.

Por tanto, había que seguir con la propaganda clasista y convencer a los obreros de que mandaran a los Sóviets delegados convencidos de la necesidad de que esos organismos tomaran todo el poder del país. También eso evidencia el carácter esencialmente democrático de la acción bolchevique, orientada a dar capacidad y conciencia política a las masas para que la dictadura del proletariado se instaurara de un modo orgánico y resultara forma madura de un régimen social económico-político.

El desarrollo de los acontecimientos se aceleró por la actitud cada vez más provocadora de la burguesía, y, sobre todo, por el intento militar de Kornilov de marchar sobre Petrogrado para hacerse con el poder, así como por los gastos napoleónicos de Kerenski al formar un gabinete compuesto por conocidos reaccionarios, por el parlamento no elegido mediante sufragio universal, y, por último, por la prohibición del Congreso Pan-Ruso de los Sóviets, verdadero golpe de estado contra el pueblo e indicio de la traición burguesa a la revolución.

Las tesis de Lenin y de los bolcheviques, sostenidas, argumentadas y propagadas con un trabajo perseverante y tenaz desde el comienzo de la revolución, consiguieron confirmación absoluta en la realidad: el proletariado ruso, todo el proletariado de las ciudades y de los campos, se formó resueltamente alrededor de los bolcheviques, derribó la dictadura personal de Kerenski y entregó el poder al Congreso de los Sóviets de toda Rusia.

Como era natural, el Congreso Pan-Ruso de los Sóviets, convocado a pesar de la prohibición de Kerenski, confirió la presidencia del Consejo de los Comisarios del Pueblo, con un entusiasmo general, a Lenin, que habla probado tanta abnegación por la causa del proletariado y tanta clarividencia al juzgar los hechos y formular el programa de acción de la clase obrera.

[Treinta y cinco líneas tachadas por la censura.]

La prensa burguesa de todos los países ha presentado siempre a Lenin como un "dictador" que se ha impuesto por la violencia a un pueblo inmenso y le oprime ferozmente. Los burgueses no llegan a entender la sociedad si no se encuadra en sus propios esquemas doctrinarios: la dictadura es para ellos Napoleón, o acaso Clemenceau, el despotismo centralizador de todo el poder político en las manos de uno sólo y ejercido a través de una jerarquía de siervos armados de fusil o evacuadores de expedientes burocráticos. Por eso ha entrado la burguesía en orgiástico espasmo al llegar la noticia del atentado contra nuestro camarada y ha decretado su muerte: desaparecido el "dictador" insustituible, todo el nuevo régimen tendría que hundirse míseramente según su concepción.

[Sesenta y tres líneas tachadas por la censura.]

Lenin ha sido agredido mientras salía de unos talleres en los que había pronunciado una conferencia para los obreros: el "feroz dictador" sigue, pues, su misión de propagandista, sigue en contacto con los proletarios, a los que lleva la palabra de la fe socialista, la incitación a la obra tenaz de resistencia revolucionaria, para construir, mejorar y progresar a través del trabajo, el desinterés y el sacrificio. Lenin ha sido herido por el revólver de una mujer, una socialista-revolucionaria, una vieja militante del terrorismo subversivo. Todo el drama de la Revolución rusa se concentra en ese episodio. Lenin es el frío estudioso de la realidad histórica, que tiende a construir orgánicamente una nueva sociedad sobre bases sólidas y permanentes, según los dictámenes de la concepción marxista; es el revolucionario que construye sin hacerse ilusiones frenéticas, obedeciendo a la razón y a la prudencia. Dora Kaplan era una humanitaria, una utopista, una hija espiritual del jacobinismo francés, incapaz de comprender la función histórica de la organización y de la lucha de clases, convencida de que el socialismo significa paz inmediata entre los hombres, paraíso idílico de goce y amor. Incapaz de comprender lo compleja que es la sociedad y lo difícil que es la tarea de los revolucionarios en cuanto que se convierten en gestores de la responsabilidad social. Sin duda procedía de buena fe y creía llevar la humanidad rusa a la felicidad al librarla del "monstruo". No proceden, ciertamente, de buena fe sus glorificadores burgueses, los asquerosos enterradores de la prensa capitalista. Ellos han exaltado al socialista-revolucionario Chaikovski, que aceptó en Arkangelsk ponerse en cabeza del movimiento antibolchevique y derribó allí el poder de los sóviets; pero ahora que ha consumado ya su misión antisocialista y los burgueses rusos, dirigidos por el coronel Chiaplin, le han enviado al exilio, esos mismos enterradores se ríen del pobre viejo loco, del soñador.

La justicia revolucionaria ha castigado a Dora Kaplan; el viejo Chaikovski purga en una isla de hielo su delito de haberse convertido en instrumento de la burguesía, y quienes lo han castigado y se ríen de él son los burgueses mismos.

Perú: la sangre fluye en el Amazonas


Los veteranos combatientes indígenas no se dejaron intimidar por el terror del Estado y su resistencia ante los ataques de la policía resultó en bajas de ambos bandos


James Petras    /   La Haine   

 

A principios de junio el presidente peruano Alan García, aliado de Barack Obama presidente de EEUU, envió blindados de transporte, helicópteros con artillería y cientos de tropas de asalto para dispersar una manifestación pacífica y legal, una protesta organizada por los miembros de las comunidades indígenas de la Amazonía del Perú que rechazaban la entrada de multinacionales mineras en sus tierras tradicionales. Decenas de indígenas fueron asesinados o están desaparecidos, decenas han sido heridos y detenidos por la policía peruana, mantenidos como rehenes. El presidente García declaró la ley marcial en la región a fin de hacer cumplir su mandato unilateral e inconstitucional de concesión de derechos de explotación de la minería a empresas extranjeras, lo que viola la integridad de las tierras comunales de los indígenas amazónicos.

Alan García no es extraño a las matanzas patrocinadas por el gobierno. En junio de 1986, ordenó a los militares bombardear a los prisioneros hacinados en las cárceles de la capital con cientos de presos políticos que protestaban contra las condiciones de su encierro, resultando más de 400 las víctimas conocidas. Más tarde, la existencia de siniestras fosas comunes reveló decenas más. Esta notoria masacre tuvo lugar mientras García era el anfitrión de una reunión en Lima de la denominada Internacional "Socialista". Su partido político, el APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana), un miembro de la «Internacional», se vio ante la vergüenza de la exhibición pública de sus tendencias "nacional-socialistas", ante cientos de funcionarios socialdemócratas europeos.

Acusado en 1990 de apropiación indebida de fondos del gobierno y dejar su cargo con una tasa de inflación de casi 8.000%, aceptó apoyar al candidato presidencial Alberto Fujimori a cambio de una amnistía. Cuando Fujimori impuso una dictadura en 1992, García se auto-exilió en Colombia y más tarde en Francia. Regresó en 2001, cuando los cargos en su contra habían prescrito y Fujimori se vio obligado a renunciar en medio de acusaciones de crear escuadrones de la muerte y espionaje contra sus adversarios. García ganó las elecciones presidenciales de 2006 en una segunda vuelta contra el candidato indigenista y nacionalista ex oficial del Ejército Ollanta Humala, gracias al apoyo financiero y mediático de la derecha de Lima, los oligarcas descendientes de europeos, y las agencias de “ayuda” de EE.UU.

Ya en el poder, García no dejó dudas acerca de su programa político y económico. En octubre de 2007 anunció su estrategia de colocar a las multinacionales mineras en el centro de su programa económico de "desarrollo", mientras justificaba el brutal desplazamiento de los pequeños productores de las tierras comunales y pueblos indígenas en nombre de "modernización".

García presionó al Congreso para aceptar el Área de Libre Comercio de las Américas, ALCA, promovido por EEUU. Perú fue uno de los tres únicos países de América Latina en apoyar esa propuesta de EE.UU., y se abrió al saqueo sin precedentes de recursos, mano de obra, tierra y mercados por las multinacionales. A finales de 2007, García empezó a conceder enormes extensiones de tierras tradicionales de los indígenas en la región del Amazonas para la explotación de la minería y la energía a multinacionales extranjeras. Esto fue una violación del acuerdo de la OIT de 1969 que obliga al gobierno peruano a consultar y negociar con los indígenas lo que tenga que ver con la explotación de sus tierras y ríos. Bajo su política de "puertas abiertas", el sector minero de la economía se expandió rápidamente y obtuvo enormes ganancias a partir del récord mundial de precios de productos básicos y el aumento de la demanda de materias primas por parte de Asia (China).

Las empresas multinacionales fueron atraídas por la baja de impuestos y un prácticamente libre acceso al agua con cánones baratos y la subvención del gobierno a las tarifas de electricidad. La suspensión de los reglamentos ambientales en estas regiones ecológicamente frágiles, aumenta la contaminación de los ríos, las aguas subterráneas, el aire y el suelo en los alrededores de las comunidades indígenas. El envenenamiento provocado por las operaciones mineras llevó a la muerte en masa de peces y hacen que el agua no sea apta para beber. El diezmado de bosques tropicales socava el sustento de decenas de miles de pobladores que participan en el trabajo artesanal tradicional de subsistencia, en la recolección forestal y las actividades agrícolas.

Los beneficios de la bonanza de la minería van principalmente a las empresas extranjeras. El régimen de García distribuye los ingresos del Estado a sus partidarios financieros y especuladores inmobiliarios, los importadores de artículos de lujo y la camarilla política en la Lima fuertemente custodiada de zonas residenciales y clubes exclusivos. Mientras los márgenes de beneficio de las multinacionales llegan a un increíble 50% y los ingresos del gobierno superan los mil millones de dólares, las comunidades indígenas carecen de caminos pavimentados, agua potable, servicios básicos de salud y escuelas. Peor aún, han experimentado un rápido deterioro de su vida cotidiana porque la afluencia de capital minero provocó un aumento de los precios de los alimentos básicos y medicinas. Incluso el Banco Mundial en su Informe Anual para 2008 y el Financial Times de Londres, instaron al régimen de García a hacer frente a la crisis y el descontento creciente entre las comunidades indígenas.

Delegaciones de las comunidades indígenas habían viajado a la ciudad de Lima para tratar de establecer un diálogo con el Presidente a fin de evitar la degradación de sus tierras y comunidades. Los delegados se encontraron con las puertas cerradas. García sostuvo que "el progreso y la modernidad proviene de las grandes inversiones realizadas por las multinacionales..., (y no de) los pobres campesinos que no tienen un centavo para invertir“. Interpretó los llamamientos al diálogo pacífico como un signo de debilidad de los habitantes indígenas de la Amazonia y aumentó las sus concesiones de explotación a las multinacionales extranjeras, incluso más adentro en el Amazonas. Cortó prácticamente toda posibilidad de diálogo y compromiso con las comunidades indígenas.

La respuesta de las comunidades indígenas amazónicas fue la formación de la Asociación Inter-étnica para el Desarrollo de la Selva Peruana (AIDESEP). Se celebraron protestas públicas durante más de 7 semanas que culminaron en el bloqueo de dos carreteras transnacionales. Esto enfureció a García, quien se refirió a los manifestantes como "salvajes y bárbaros" y envió unidades policiales y militares para reprimir la acción de masas. Lo que García no tuvo en cuenta fue el hecho de que una proporción significativa de los hombres indígenas en esas aldeas se había desempeñado como conscriptos en el ejército que peleó en la guerra de 1995 contra Ecuador, mientras que otros habían sido entrenados en la defensa de la autonomía local por las organizaciones de la comunidad.

Estos veteranos combatientes no se dejaron intimidar por el terror del Estado y su resistencia ante los primeros ataques de la policía resultó en bajas de ambos bandos, la policía y los indígenas. García declaró "la guerra a los salvajes" y envió una gran fuerza militar con helicópteros, blindados y tropas con órdenes de "tirar a matar". Los activistas de la AIDESEP cuentan más de un centenar de muertos entre los manifestantes indígenas y sus familias: los indios fueron asesinados en las calles, en sus hogares y lugares de trabajo. Se cree que los restos de muchas víctimas han sido arrojados en las quebradas y ríos.

Conclusión

Como era previsible el régimen de Obama no emitió ni una sola palabra de preocupación o de protesta ante una de las peores masacres de civiles en esta década perpetrada por uno de sus más cercanos aliados en América Latina. García, tomando su libreto de una conversación con el Embajador de los EE.UU., acusó a Venezuela y Bolivia de haber instigado el "levantamiento indígena", citando como “prueba” una carta de apoyo que el presidente de Bolivia Evo Morales envió a una conferencia intercontinental de las comunidades indígenas celebrada en Lima en mayo. Se impuso la ley marcial y toda la región amazónica del Perú está siendo militarizada. Están prohibidas las reuniones y los miembros de las familias tienen prohibida hasta la búsqueda de sus parientes desaparecidos.

A lo largo de América Latina, las principales organizaciones indígenas han expresado su solidaridad con los movimientos indígenas del Perú. En ese país, los movimientos sociales, sindicatos y grupos de derechos humanos han organizado una huelga general para el 11 de junio. Temiendo la propagación de las protestas masivas, El Comercio, el diario conservador de Lima, aconsejó a García adoptar algunas medidas de conciliación para evitar un levantamiento urbano generalizado. Un día antes, el 10 de junio, se declaró una tregua, pero las organizaciones indígenas se negaron a poner fin al bloqueo de las carreteras a menos que el gobierno derogue su decreto de concesión ilegal de tierras.

En el ínterin, un extraño silencio se cierne sobre la Casa Blanca. Nuestro Presidente, el habitualmente bullanguero Obama, experto en recitados acerca de la diversidad y la tolerancia y alabar la paz y la justicia, no puede encontrar en su secuencia de frases preparadas, una sola para condenar la matanza de decenas de habitantes indígenas de la Amazonía peruana. Cuando se cometen graves violaciones a los derechos humanos en América Latina, EE.UU. respalda a un presidente- cliente que sigue las fórmulas de Washington de "libre comercio", desregulación de la protección del medio ambiente y hostilidad hacia los países anti-imperialistas (Venezuela, Bolivia y Ecuador). Obama antepone la complicidad a la condena.

Artículo original: http://petras.lahaine.org/articulo.php?p=1780 - La rebeldía de los inmigrantes. Revisado por La Haine