12/6/09

“Una bendición”. Toni Morrison desvela el origen de los males de Norteamérica


"Una bendición" de Toni Morrison [Edición catalana]

Maud Vergnol   /  L’Humanité

 

Toni Morrison, premio Nobel de Literatura en 1993, regresa a los orígenes de la nación norteamericana y a la barbarie del Nuevo Mundo a través de los relatos entremezclados de cuatro mujeres en una granja de Virginia a finales del siglo XVII. Novela lírica de una gran intensidad literaria y política, “Una bendición” indaga en los comienzos de la segregación racial.

“No tengas miedo, mi relato no puede hacerte daño”, susurra la narradora en la primera frase de “Una bendición”, como un aviso de Toni Morrison a los lectores. Con esta undécima novela, ella, que ya había explorado las páginas más negras de la historia de los Estados Unidos, profundiza en el motivo recurrente de su literatura: el nacimiento traumático de la nación norteamericana. En esta corta narración, la novelista desmonta sutilmente los mitos fundadores de una nación que se ha construido con sangre, lejos del ideal de la tierra prometida. “Al no tener ningún vínculo con el espíritu de la tierra, escribe, los primeros inmigrantes tenían como objetivo a toda costa comprar tierras y, como todos los huérfanos, se mostraban insaciables. Su destino era comerse el mundo y escupir los horrores que destruirían a todos los pueblos nativos.” En el siglo XVII, los europeos desembarcan en el “Nuevo Mundo” con sus esclavos, ladrones, prostitutas y disidentes que han arrancado de sus familias para deportarlos a tierras de América al lado de mercaderes o de grupos religiosos. En el centro de estos paisajes salvajes y anárquicos arrebatados a las diezmadas comunidades indias, la granja de Jacob Van Mark ofrece el marco perfecto para la tragedia a cuatro voces que es “Una bendición”. La primera es la de Florens, hija de esclava africana “entregada” por su madre al propietario del lugar para pagar sus deudas, lo que nos recuerda el sacrificio de Sethe, en la memorable “Beloved”, que había elegido matar a su hija para ahorrarle una vida de esclava. Encontramos las obsesiones omnipresentes en la obra de Morrison, que articulan y dan ritmo a la novela hasta el desenlace final, donde la joven comprenderá el gesto de su madre. En esta época salvaje que la novelista retrata, donde la vida es una amenaza permanente para las mujeres que no tienen ningún derecho, se inician las solidaridades.

Entre Sorrow, una extraña niña superviviente de un naufragio, y Lina, una esclava amerindia cuya tribu ha sido diezmada por una epidemia, cada uno de los personajes que se incorporan al relato en las narraciones entremezcladas es un superviviente del abandono y del desarraigo. “Ser mujer aquí, es ser una herida abierta que no puede cerrarse”, nos dice la autora.

Sólo los blancos Willard y Scully luchan por comprar su libertad. Ya que, para los inmigrantes más pobres, el viaje, “a las Américas” puede igualmente costarles la servidumbre de por vida. La explotación y la esclavitud todavía no tienen color. Una idea que la novelista desarrolla con mucha lucidez, mostrando los comienzos de la segregación, del puritanismo, de la institucionalización del racismo que anulan las posibles solidaridades entre los explotados, blancos o negros. Ya que la novela se sitúa justo después de la “Rebelión de Bacon”, en 1676. En Virginia, “un ejército de negros, indígenas, blancos y mulatos” de miles de personas se une para derrocar el poder establecido. Son pequeños propietarios o esclavos negros, indios o blancos. Serán capturados y ahorcados por un gobierno desestabilizado, que responde en ese momento promulgando las primeras leyes racistas, que autorizan a un blanco “a matar a un negro por cualquier razón”. Los legisladores, escribe la autora, “separaron y protegieron a los blancos de los otros y para siempre”.

Al volver a los orígenes del “Nuevo Mundo”, profundizando en las fuentes del racismo y de las desigualdades de género, Toni Morrison plantea los tabús más problemáticos de la identidad norteamericana con el arte de derribarlos, en el que ha sido siempre experta. En esta nueva novela, entona nuevos versos de un largo blues que compone desde hace casi cuarenta años.

“Una bendición” de Toni Morrison. Traductor: Jordi Fibla Editorial : Lumen 190 páginas.

¿Un Taller para vivir la Revolución?


Parecería imposible o más bien una metáfora que despierta la curiosidad. Tal vez movidos por la duda y el compromiso, llegaron quienes inauguraron este singular espacio, al Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello (ICICJM)

Tamara Roselló Reina     Caminos

 

Más que vivir, se trata de pensar lo que se ha vivido en 50 años del proceso revolucionario cubano. La apuesta por un encuentro con ese propósito se ha mantenido mes tras mes, los últimos viernes. Convoca la cátedra Antonio Gramsci de esa institución y coordina un grupo de jóvenes inquietos, investigadores e investigadoras de las ciencias sociales. 

Primeras impresiones 

Confieso que asistí por vez primera sin referencias de nadie y aunque no sé exactamente qué esperaba, lo que encontré me sorprendió. Irrumpí en un subgrupo que hablaba sobre diversidad sexual. Y yo creyendo que se ocuparían del carácter socialista, de las bases marxistas, de la influencia del modelo soviético, del Período Especial, de los salarios, del internacionalismo, de las conquistas sociales y sus retos. Una larga lista que popularmente la gente sintetiza en “la cosa”, “la política que no cabe en la azucarera”, pero que hace falta repasar con agudeza y sin prejuicios. 

La interrogante ¿cómo desde el ejercicio de una libre orientación sexual se puede alcanzar la emancipación de las mujeres y los hombres?, me aterrizó de una vez, ante esta nueva forma de encontrar las claves fundamentales para la construcción social del país que somos. 

Sentados frente a frente, en círculos de límites irregulares, cuatro grupos protagonizaban el debate, el mismo y a la vez diferente. Era abril y la mirada a la realidad versaba indistintamente sobre el género, la sexualidad, la racialidad y la religión, como fuentes para la igualdad social. El punto de partida en todos los casos, la experiencia de quienes aceptaron el desafío de “tallerear” la Revolución. 

Faltaba poco menos de un mes para la II Jornada cubana de Lucha contra la Homofobia (16 de mayo, en el Pabellón Cuba y la sede de la UNEAC). Los ecos de la celebración del año anterior, coordinada por Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX), sirvieron de pretextos para escudriñar en las causas de la discriminación a quienes asumen su sexualidad de “otro modo”. 

Por ejemplo, la abogada Rita Pereira, contó sobre su labor investigativa a favor de las personas con una orientación sexual homosexual o bisexual. Desde su ejercicio profesional y más aun en la cotidianidad, lucha por una ley que sancione la discriminación homofóbica. Para ella: “la política del Estado es la que tiene que propiciar un cambio de paradigma y la construcción de relaciones más democráticas y humanas al interior de la sociedad cubana. Es cierto que la Ley no resuelve el problema pero al menos se convierte en un referente que expresa esa voluntad política. 

Claro que hay que acompañarla de una estrategia educativa”, puntualizó. 

Lirian Gordillo, periodista del propio CENESEX, notó la ausencia de voces no heterosexuales en la discusión. “¿Quiénes somos nosotros—apuntaba— para decir cuáles son sus derechos? Yo no tengo que «reconocerlos», porque son ciudadanos como cualquier otro…” Pero alcanzar esa compresión “requiere una educación cívica elemental.” ¿Es responsabilidad de la escuela, de la familia, de los medios de comunicación, de las religiones, de la ciencia…? Lo cierto es que hay una diversidad que no se puede desconocer, compleja y tan legítima como los colores mismos. 

En apenas tres minutos, máximo de tiempo para cada intervención, una estudiante de la Universidad de La Habana, situaba a la familia en el centro de la atención, por ser “un espacio de reproducción de normas y no de diálogo, ni de construcción de nuestras identidades, más bien existe una concepción sobre ella, relacionada con la imposición.” Esa falta de debate a lo interno de la familia poco contribuye a orientar una sexualidad placentera, no discriminatoria, emancipadora. 

Sandra Valmaña, una joven psicóloga, enfatizaba que “la política sin educación y cambio cultural no tiene sentido.” A lo que alguien añadió la “falta de información y de espacios de debate público que cuestionen cómo se están abordando y asumiendo estos temas.” 

Un poco después nuestro círculo se diluía entre la totalidad de participantes en la cuarta sesión del Taller. Una síntesis de los debates que no alcanzamos a oír, daba cuenta de múltiples puntos en común al abordar a la emancipación frente a la discriminación racial, sexual, religiosa y de género. En mi libreta anoté algunas de las frases: 

“Nuestra sociedad es patriarcal y las familias reproducen esas concepciones en la educación…Están muy arraigados en la educación determinados roles para niñas y niños, que reproducen desde pequeños las relaciones de dominación o de superioridad del hombre sobre la mujer…La figura (lo físico), el color de la piel, pueden ser marcas de exclusión…El sometimiento de las mujeres se sella en el ámbito privado, lo que hace que exista cierta invisibilización de la discriminación…Está concebida la inclusión de los negros en la institucionalidad, de manera similar a como se atiende la presencia (cuantitativamente por lo general) de las mujeres…Se mantienen expresiones en el lenguaje, el humor y la música, racistas y sexistas…Existe cierta naturalización de múltiples exclusiones… Tenemos que propiciar la aceptación de la diversidad como algo natural en nuestra cultura…El reino de Dios está en la Revolución.” 

Tocando fondo 

Las (i)lógicas de la dominación que se reproducen en escenarios públicos o al interior de las relaciones familiares o de parejas, se aprenden o desaprenden a lo largo de la vida; forman parte de nuestra comprensión del mundo y nuestro posicionamiento en él. Desmontar esas “verdades” que le dan poder a unos sobre otros, que legitiman más o menos acciones y comportamientos, implica ir al fondo de procesos históricos y culturales que han conmocionado a la sociedad y han marcado giros o momentos de estancamientos. 

Georgina Alfonso, integrante de GALFISA, del Instituto de Filosofía, recordó varios desafíos que se presentan en el contexto de hoy, entre ellos “pensar otros significados éticos, políticos, humanos para el mundo donde vivimos…” Y ante la pregunta ¿cómo construir la igualdad en la sociedad que queremos sin detrimento de la diversidad?, sugirió una mayor socialización de las decisiones, así como despenalizar la diferencia, porque esta frena la participación genuina y fomenta el miedo. “Está en nosotros que la Revolución cubana continúa siendo un referente histórico importante en el continente latinoamericano y el resto del mundo.” 

Entre las certezas que refuerza este ciclo taller, está el ejercicio de pensar el proceso revolucionario, no como un hecho concluido, sino en constante evolución, que se transforma junto con nosotros mismos y que es posible solo desde la implicación colectiva, —que se ejerce, no desde el extrañamiento, sino desde el compromiso. 

Otra de sus ganancias es sentir que se puede ser parte activa, porque desde el diseño mismo se comparte el poder de decir, de reflexionar, de proponer, de discrepar, de regresar… Es difícil que alguien no tenga qué aportar o al menos que no se sienta aludido por las historias de vida que se cuentan, críticamente. 

Una metodología participativa logra conectar más fácilmente a los asistentes, por lo general, de procedencias disímiles, con la polémica. “Hagamos nuestra la Revolución” es el llamado y eje central que atraviesa cada discusión, para enlazarlas armónicamente dentro de una jornada y mantener los vasos comunicantes entre una y otra edición. 

Los temas que se han abordado podrían desatar polémicas estériles, o conducir a una catarsis colectiva, de autoflagelación social. En cambio la coordinación ha procurado que el cauce no se desvíe por caminos infértiles. La apuesta es por el debate colectivo, participativo, propositito. Y eso es en parte lo que ha impresionado a quienes intentan estar en cada nuevo encuentro: la posibilidad de ir más allá del análisis, en busca de una (otra) apropiación de la Revolución. 

Entonces ¿de qué modo podemos honrar este medio siglo de construcción socialista en la Isla? La apropiación cronológica de cada suceso significativo a partir de enero de 1959, puede servir de pretexto a la memoria para socializar y problematizar lo que en cada momento hizo historia. Pero no basta. 

El presente también requiere que pasemos de espectadores a actores. Solo así nuestro más legítimo homenaje será reconsiderar a la Revolución como nuestra oportunidad para ser sujetos del hoy y del mañana. En eso me hizo pensar el Taller luego de su sesión de abril, por eso regresé al mes siguiente, buscando esa energía esperanzadora que impulsa con nuestras ideas y manos las utopías colectivas. 

Por partida doble 

Era mayo y la propuesta que nos reunió, siguió el itinerario de las escuelas y los medios de comunicación, como escenarios donde se articula lo público y es posible influir en la formación de un sujeto popular revolucionario. Con la sociedad cubana como contexto, afloraron disímiles preocupaciones sobre la instrucción que reciben los más jóvenes a través del sistema de enseñanza. 

No solo es cuestión de contenidos, sino también de forma, por eso hubo críticas a los métodos escolásticos, que reproducen concepciones y prácticas bancarias en los procesos educativos; no los de hace uno o dos siglos atrás, sino, en los de hoy. 

También se aludió el uso desmedido de los recursos tecnológicos, que restan oportunidades al intercambio cara a cara, entre los estudiantes y sus educadores y educadoras. Quizás el mejor reclamo en ese sentido lo hicieron un grupo de integrantes de La Colmenita, alumnos de secundaria básica, quienes aseguraron que prefieren a su profesor (a) en el aula, porque pueden preguntarles e intercambiar directamente con ellos; algo que no es posible en las teleclases. 

Cerca de mí, una estudiante de Comunicación Social, compartió su angustia sobre el empleo de diapositivas y el monólogo, en las clases que recibe curricularmente sobre técnicas grupales y participación. Un absurdo que desató otros comentarios de alarma o nuevos relatos sobre el día a día, en el que somos blanco, de un bombardeo de información unilateral, verticalista, que tiende a anular nuestras capacidades dialógicas, cuestionadoras, creativas. 

Por esa misma cuerda llegaron las opiniones sobre los medios masivos de comunicación, que alguien prefirió renombrar como medios de información, para dar cuenta con mayor precisión, de la función que desempeñan. La comunicación supone no la transmisión o imposición de contenidos, sino la construcción de sentidos, el pronunciamiento y la escucha de la palabra. Para articular ambos actos urge una educación para la recepción crítica de los productos comunicativos a los que nos exponemos y sobre todo, un cambio de paradigma, que supere esa visión reduccionista de la comunicación y que sitúe a los seres humanos como sujetos activos, tanto en los procesos educativos como en los comunicativos (a todos los niveles: interpersonal, grupal, comunitaria, organizacional, masivo). 

Solo así será posible que escuelas y medios refuercen la formación de personas comprometidas con su realidad y dispuestas a participar en esa obra colectiva que es la Revolución cubana y que adquiere mayor sentido cuando la gente puede hacer por sí misma y por ella, todo lo que está a su alcance. 

Esta vez el tiempo pareció poco para asomarse a dos temas tan complejos y necesitados de un análisis colectivo y en profundidad, como el educativo y el comunicativo. Tal vez en otra sesión del Taller sería conveniente retomar estas problemáticas desde nuevos ejes que permitan repasar prácticas y apreciaciones al respecto. Aunque como bien dijo el profesor Diosvany Ortega, estas son cuestiones que se han abordado de uno u otro modo, en cada una de las ediciones anteriores, porque ¿qué tema de nuestra realidad no pasa por la enseñanza o el papel de los medios de comunicación? De seguro volveremos a tropezar con estas “mismas piedras”, en los encuentros que  siguen. 
Convocatoria en pie 

Es junio y el 26 volverá a correr sus cortinas el Taller Vivir la Revolución, a 50 años de su triunfo, en su sede habitual de Boyeros. Para esa ocasión estarán en el centro de la atención los jóvenes. Con el fin del curso recesarán estas citas, pero no para tomarse literalmente unas vacaciones. 

Sus coordinadores anuncian que harán una evaluación del semestre transcurrido y facilitarán el enlace entre experiencias que apuestan por la participación social y la transformación socialista en la Isla. 

En septiembre tendremos más pretextos para el reencuentro y para ir tejiendo poco a poco, relaciones humanas y profesionales, que nos permitan seguir viviendo desde los más disímiles escenarios y con una multiplicidad de actores, nuestra Revolución.