1/6/09

¿Por qué la ‘izquierda’ es un problema difícil para Cuba?


Necesitamos otra definición de ‘izquierda’, si queremos hacer compatible la realidad que la experiencia cubana nos muestra y nuestro deseo de transformar el mundo

Oswaldo Guayasamín [Ecuador] "Maternidad"
Miguel Manzanera | Kaos en la Red

Después de leer las observaciones de Boaventura de Sousa Santos sobre Cuba (en su artículo, ¿Por qué Cuba es un problema difícil para la izquierda?, publicado en ‘kaos en la red’ a finales de mayo), me ha parecido necesario escribir acerca de lo que yo creo que es la importancia que la República de Cuba tiene para la humanidad actual. Quizás es porque soy de los cree que la pregunta del título está mejor formulada de forma inversa y que el modo en que se organiza la vida social en Cuba es la solución a muchos problemas de la humanidad actual.
Lo primero es aclarar qué significa ‘izquierda’ en la pregunta retórica que encabeza el artículo. Estoy de acuerdo con Santos cuando señala que el objetivo de la izquierda es conseguir una democracia participativa; las organizaciones de izquierda son aquellas que contribuyen a los procesos de profundización de la democracia, en los que -como ahora se suele decir- se produce el empoderamiento de la sociedad civil. El pensamiento de izquierda da la razón de esos procesos y, para ello, desarrolla una confianza crítica en la razón de las gentes y los pueblos. Además en base a la experiencia histórica, percibe que los obstáculos, que el orden social capitalista opone a la realización democrática de la sociedad, son tan fuertes, que se hace necesario modificar ese orden social hasta dar lugar a una nueva sociedad socialista.
La derecha por el contrario, dirá que los obstáculos a la democracia participativa no están en el capitalismo, sino en la naturaleza humana. Por tanto, hay que demostrarle al pensamiento de derechas -¡y a nosotros mismos!-, primero, que el problema de la democracia no es natural, sino histórico; y segundo, que la democracia es necesaria para resolver los graves problemas de la humanidad actual de un modo razonable y racional. Por eso, se trata de establecer si en la República de Cuba se han producido los procesos de participación pública en las decisiones políticas, si existe un empoderamiento de la sociedad y cuáles son las consecuencias de ese empoderamiento. Por mi parte, intentaré demostrar que la República de Cuba es la mejor prueba que conozco de que se pueden superar los obstáculos a la democracia participativa en un sistema social adecuado.
¿Qué es una democracia radical o participativa?
En toda sociedad existe un tejido asociativo de organizaciones civiles, nacidas para satisfacer los intereses de los ciudadanos, -intereses de todo tipo, culturales, científicos, artísticos, religiosos, deportivos, etc.-; todo sistema político se asienta sobre un sistema de relaciones sociales prepolíticas, que constituyen la moralidad ciudadana. Cuando esas redes asociativas son activas en la determinación de la agenda política, surgen los movimientos sociales –pacifismo, ecologismo, feminismo, etc.-; y si éstos tienen la capacidad de incidir sobre las decisiones que afectan al desarrollo de la vida ciudadana, entonces nos encontramos con lo que llamamos una democracia participativa.
Para que las asociaciones ciudadanas puedan influir en la agenda política, llamando la atención sobre los problemas esenciales que atañen a la sociedad, es necesario que las personas hayan tomado conciencia de ellos. Por poner un ejemplo, hasta hace relativamente poco tiempo, en la época de Aznar la violencia contra las mujeres no parecía ser un problema para el Estado español, hasta el punto de que los ciudadanos que estamos sometidos a ese Estado, no sabíamos que asesinaban a varias decenas de mujeres todos los años. Lo fuimos descubriendo porque el movimiento feminista hizo posible que el problema apareciera en los medios de comunicación y se hiciera una ley que intenta evitar el problema. El problema está ya en la agenda política, pero todavía no se ha resuelto; en parte por la manera en que ese problema está tratado por el poder y por los medios de comunicación, y en parte también porque la sociedad civil no ha construido todavía los resortes que puedan resolverlo. En una sociedad tan conservadora como la española, dominada por una jerarquía eclesiástica profundamente misógina como es la católica, incluso lo que se ha conseguido en el terreno legal podría quedar sin efectividad práctica. Si se produjera una contrarrrevolución conservadora en ese terreno -conociendo España y sus tradiciones-, puedo imaginar con espanto que quizás alcanzara proporciones semejantes a lo que sucedió con la clase obrera en la guerra civil.
El ejemplo histórico debe aclarar lo que quiero señalar. El objetivo de la izquierda es conseguir una democracia participativa en la que los ciudadanos pueden determinar las decisiones políticas que les afectan, sobre el fundamento del robustecimiento de la sociedad civil, el fortalecimiento de la conciencia personal, alcanzando una mayor justicia en la organización social. Sólo con esa condición pueden las leyes ser efectivas. ¿De qué sirve una ley que la sociedad no reconoce? A menos que el Estado pueda ejercer la violencia suficiente para imponerla contra la opinión pública. Otra cosa es que la sociedad civil ande dividida y el Estado se apoye en un sector contra el otro; lo que constituye el problema de las clases sociales. Para ser más precisos, el Estado tiene siempre un carácter de clase, y es claro que más democrático es el Estado obrero que el burgués. Aunque el Estado obrero puede también fracasar al construir la democracia radical, el burgués suele convertirse indefectiblemente en una oligarquía.
Como intenta mostrar Santos, en una democracia participativa el Estado depende de la sociedad civil, y no a la inversa como sucede en el Estado capitalista; para que eso sea posible es necesario la existencia de dicha sociedad civil, compuesta por asociaciones de personas conscientes, cuya práctica tiende a obtener fines racionales de organización social. En Cuba el entramado institucional de asociaciones sociales han alcanzado un alto nivel de conciencia política y social, si bien el papel tutelar del Estado no ha sido todavía superado. Es este aspecto el que Santos parece criticar, puesto que además una especie de sociedad civil independiente ha aparecido en el terreno económico clandestino. Así nos encontramos en una típica paradoja hegeliana, según la cual el concepto de sociedad civil se refiere a los individuos egoístas que se relacionan a través del mercado. En ese sentido la situación es explosiva, y quizás ya habría explotado si no fuera porque hay una evolución latinoamericana hacia el socialismo.
Pero hay un pequeño detalle que demuestra que la situación no es tan grave, como podría parecer. Me refiero al control del dólar en la economía cubana, cuando el Estado fue capaz de sacar el dólar de la circulación monetaria de la economía cubana. Un ejemplo nada desdeñable, por cuanto la economía latinoamericana está dolarizada y países mucho más fuertes que Cuba en aquel continente, estarían contentos de poder hacer lo mismo. La fortaleza de la relación entre la sociedad civil y el Estado cubano, viene a mostrarse en este detalle.
¿Qué izquierda ha fracasado en el siglo XX y por qué?
Santos comienza definiendo a la izquierda como la aspiración a un sistema social postcapitalista, una sociedad alternativa a la actual que sería necesariamente socialista. Sobre la base de esta definición resulta claro que existirán entonces muchas izquierdas, tantas como imágenes del futuro postcapitalista quepan en la fantasía de las personas. Por eso dijo Marx que el futuro hay que dejárselo a nuestros descendientes y no prejuzgar cómo va a ser. Lo que no significa que tengamos que actuar irresponsablemente, ni mucho menos. Todo lo contrario, si tenemos un mínimo de personalidad, convendremos en que nuestra obligación es dejar a los que vengan detrás un mundo mejor, o al menos, no peor que este que nos ha tocado a nosotros. Por eso debemos pensar en las consecuencias de nuestros actos –por ejemplo, en lo que toca a las cuestiones ambientales-.
Lo que ha cambiado radicalmente en el siglo XX es la percepción del futuro. La Ilustración nos legó en herencia un puñado de ideales que constituyen el fundamento moral de nuestra civilización. Pero también nos dejó el legado de las ilusiones acerca del Progreso. Y esas ilusiones son las que se han acabado en el siblo XX. Por eso, una ‘izquierda’ que se funda en un futuro ilusorio para la humanidad, en un mundo de abundancia como Jauja de las fantasías populares, no tiene nada que decirnos en el siglo XXI. Estoy pensando en Breznev proclamando el comunismo en la extinta U.R.S.S., o en Stalin imponiendo un desarrollo de las fuerzas productivas fundado en el terror. Pero también en los socialdemócratas prometiendo el desarrollo económico sin fin del capitalismo y el Bienestar consumista. Son corrientes de pensamiento en dependencia de la idea ilustrada de Progreso, una izquierda con connotaciones liberales. Y es para éstos que Cuba puede ser un ‘problema difícil’. Ya nos advirtió Walter Benjamin que una izquierda no reformista y revolucionaria no se fundaría en la idea de un futuro mejor, el paraíso postcapitalista, sino en la idea de una justicia que se realiza en la historia, es decir, en la memoria de las víctimas.
Esa izquierda progresista contaminada de utilitarismo, considera que la felicidad es la satisfacción de múltiples necesidades y deseos a través de los bienes producidos socialmente. El otro día vi un mapa sobre el sufrimiento humano, producido por una ONG respetable y políticamente correcta, en la que los países occidentales gozaban de una envidiable posición en el ránking de la felicidad, entendida como la satisfacción de necesidades gracias al consumo de bienes. Así, la ausencia de sufrimiento se entiende como acceso a los productos del mercado, y los países pobres son también países sufrientes. Cuba aparece entre los países que no han conseguido alcanzar el máximo de felicidad que permite el mercado; por tanto, un país no deseable.
Conviene aclarar el origen del equívoco, que a mi juicio está en una interpretación de marxismo con raíces en la tendencia socialdemócrata, aunque aparezca disfrazada de comunismo; ésta prometía que el socialismo iba a ser un modo de producción más eficaz en la creación de utilidades públicas. Pero ¿qué hemos de entender por utilidades? A veces parece que se entienden esas utilidades como bienes de consumo, lo que debe ser radicalmente corregido.
La versión del marxismo que se practicó en la U.R.S.S. -y que se estrelló contra la realidad-, proclamó la superioridad económica del socialismo, pero no fue capaz de demostrarlo. En realidad se limitó a imitar las técnicas más avanzadas de producción capitalista, como el fordismo y el taylorismo, en condiciones de planificación política de la economía. Una versión que está dispuesta a militar en el comunismo sólo en la medida en que resulta necesario para el desarrollo económico de países periféricos, como en el caso actual de la República China. Es claro que eso es insatisfactorio, aunque no se le puedan negar a países como China o Rusia su derecho al desarrollo.
El socialismo será un sistema de máximo bienestar para el pueblo, no me cabe duda, pero habrá que saber en qué consiste ese bienestar y qué máximo es posible alcanzar. Tener coches para todos los ciudadanos no es posible de alcanzar, y ni siquiera es bienestar. Y es cierto que la economía marxista debe sustituir los valores monetarios del marcado por la utilidad de los bienes; pero hay que descubrir qué es útil a los ciudadanos: ¿tal vez, el conocimiento y la salud?; ¿por eso en Cuba se ha construido un extraordinario edificio estatal que produce educación y sanidad para los ciudadanos?
Quizás alguien esté pensando en aquellos ciudadanos que prefieren tener un coche último modelo, antes que saber resolver un algoritmo matemático, aunque sea de los más sencillos. Entre mis alumnos abundan este tipo de ciudadanos producidos en masa por el sistema social en el que vivimos. El único problema que tienen esas preferencias es que son injustas: es imposible que todo el mundo pueda disfrutar de un coche último modelo, y si uno lo disfruta es que algún tipo de fraude se está produciendo.
¿Qué izquierda, pues?
Pero el mundo da muchas vueltas y en cincuenta años la izquierda ha evolucionado mucho. En primer lugar, la gente inteligente, bien informada y sin prejuicios partidistas, se ha hecho ecologista al darse cuenta de la magnitud imponderable de la crisis ambiental creada por el capitalismo. Para esta izquierda el problema difícil no es Cuba, se lo aseguro, puesto que Cuba es un país sostenible según las investigaciones realizadas por una ONG nada sospechosa (ADENA-WWF en su Informe Planeta Vivo 2006). Eso demuestra que Cuba no es un problema de difícil solución desde el punto de vista ecológico; por el contrario, Cuba es la solución al difícil problema ambiental de la sociedad capitalista tardía, que se origina por la necesidad y la costumbre de consumir sin tasa ni moderación, lo que nos lleva al colapso ecológico y el desastre ambiental.
Son aquellos izquierdistas que consideran que se trata de producir más y mejor bienes de consumo para satisfacer sin restricciones cualesquiera necesidades o deseos humanos los que temen que Cuba sea la verdad del socialismo como única posibilidad de la humanidad futura. Izquierda liberalizante o socialdemócrata, que creen en sofismas del tipo ‘vicios privados, públicas virtudes’, hay que multiplicar los deseos y necesidades para incrementar la  producción; la naturaleza humana como un pozo sin fondo de deseo insaciables excitado por la publicidad.
El problema es definir la felicidad, y es aquí donde esa izquierda se muestra como una segunda versión de la tradición capitalista. Pero la exploración del concepto de felicidad por los individuos de la especie humana es mucho más rica y variada de lo que suponen los izquierdistas contaminados de capitalismo. Podríamos hablar de la felicidad masoquista de los cristianos –participando de la pasión de Cristo por el sufrimiento-, pero es claro que parece inaceptable en ciertos ambientes. Es más justo mencionar la coherencia moral de la ética clásica griega, que conocemos a través de la filosofía, y que cifraba la felicidad en el autodominio de la personalidad por la razón humana, la capacidad reflexiva y el conocimiento de sí mismo. Este es un programa de felicidad mucho más coherente con los problemas ambientales de la coyuntura histórica, que exigen la moderación del consumo y una extraordinaria racionalidad de la producción económica; si es que de verdad queremos resolver esos problemas.
Lo que nos muestra esa tradición filosófica -que es la nuestra-, es que los ideales juegan un papel importante en la construcción de la personalidad individual. Y aquí aparece otro de los aspectos de lo que hemos llamado hasta ahora ‘izquierda’, lo que Marx llamaba el ‘materialismo vulgar’, un materialismo sin ideales –y que un poeta de nuestro pagos definió como ‘ciencia sin raíces’-. Un aspecto fundamental de una sociedad avanzada son sus personalidades formadas mediante una conciencia basada en ideales –y el ideal evidente de la satisfacción de los Derechos Humanos de todos y cada uno de los seres humanos-.
En este sentido la República de Cuba y sus ciudadanos son ejemplares. Admirable es que uno encuentre médicos, educadores y asistentes cubanos entre los desheredados de la tierra, resolviendo algunas necesidades básicas y nada espurias. Es claro que esa atención no genera dividendos ni permite aumentar en mucho el consumo. Por tanto, que no vengan a hablar de los derechos de la minoría cubana liberal, que quiere hacer valer su derecho al consumo y está dispuesta a apoyar el uso del terrorismo para acabar con el socialismo. La libertad de mercado, defendida por las armas del Imperio, frente a las numerosas libertades y derechos a los que una persona se hace acreedora en pleno siglo XXI. Como todos saben, Cuba ha pertenecido a la Comisión de Derechos Humanos de la ONU., organismo de máxima confianza en este terreno. Comisión que por otra parte ha condenado reiteradamente a algunos países que presumen de democráticos.
Por tanto yo diría que necesitamos otra definición de ‘izquierda’, si queremos hacer compatible la realidad que la experiencia cubana nos muestra y nuestro deseo de transfomar el mundo. No vale cualquier modelo, por más ilusiones que nos hagamos; vale el modelo que resiste la prueba de la práctica. Y lo que propongo es una izquierda que se caracterice por el combate a favor de lo que vamos a llamar la ‘profundización de la democracia’, esto es, la extensión y la radicalización de los derechos democráticos de la ciudadanía, la participación de los ciudadanos en la toma de decisiones que les afectan, la resolución de los problemas humanos a partir de la conciencia personal y no mediante tecnologías más o meno sofisticadas. La resolución moral de los problemas y no la solución técnica.
No quiero decir que no haya que progresar científica y tecnológicamente. Pero hay que saber que cada transformación tecnológica exige modificaciones en la cultura y en las instituciones sociales, y por tanto también en la moral pública y la conciencia de las personas. El tremendo problema del crecimiento de la población mundial, tiene una sencilla solución en la emancipación de las mujeres respecto del yugo machista. Está comprobado que la independencia de las mujeres es mucho más eficaz para hacer descender la tasa de natalidad, que una legión de médicos recetando anticonceptivos o practicando operaciones de esterilización forzosa. Y la emancipación de las mujeres es una cuestión moral, no técnica.
Y esto es así porque estamos llegando a los límites del desarrollismo capitalista, con la destrucción ambiental y el agotamiento de las materias primas. Por lo tanto, señores socialdemócratas vayan revisando su doctrina, porque el mundo se acaba en la próxima esquina del tiempo, a menos que seamos capaces de vivir de otra forma. Cosa, por lo demás, que sería cada vez más dudosa después de varias décadas de neoliberalismo, sino fuera porque Cuba está ahí para darnos la esperanza; Cuba, la auténtica esperanza de la humanidad. En América Latina han empezado a comprenderlo. En Europa quedan muchos años para reconocerlo.

¿Por qué Cuba se ha vuelto un problema difícil para la izquierda?


Esta pregunta puede parecer extraña y muchos pensarán que la formulación inversa acaso tuviera más sentido: ¿por qué la izquierda se volvió en un problema difícil para Cuba?
Oswaldo Guayasamín [Ecuador] "Las manos de Fidel"

Boaventura de Sousa Santos  /  Rebelión

 

De hecho, el lugar de la Revolución Cubana en el pensamiento y en la práctica de izquierda a lo largo del siglo XX es ineludible. Y lo es más en tanto el enfoque incida menos en la sociedad cubana en sí misma, y más en la contribución de Cuba a las relaciones entre los pueblos, tantas fueron las demostraciones de solidaridad internacionalista dadas por la Revolución Cubana en los últimos cincuenta años. Europa y América del Norte podrían ser lo que son al margen de la Revolución Cubana, pero no se puede afirmar lo mismo de la América Latina, de África y de Asia, o sea, de las regiones del planeta donde vive cerca del 85% de la población mundial. La solidaridad internacionalista protagonizada por Cuba se extendió a lo largo de cinco décadas por los más diversos ámbitos: político, militar, social y humanitario.

¿Qué es «izquierda» y qué es «problema difícil»?

A pesar de todo, pienso que la pregunta que trato de responder en este texto tiene sentido. Pero antes de intentar una respuesta, se necesitan varias precisiones. En primer lugar, la pregunta puede sugerir que fue solo Cuba la que evolucionó y se volvió problemática a lo largo de los últimos cincuenta años y que, por el contrario, la izquierda que la interpela hoy es la misma de hace cincuenta años. Nada sería tan falso. Tanto Cuba como la izquierda se desarrollaron mucho en este medio siglo y son los desencuentros de sus respectivos desarrollos los que crean el «problema difícil». Si es verdad que Cuba trató activamente de cambiar el escenario internacional de manera de hacer más justas las relaciones entre los pueblos, también es cierto que los hostiles condicionamientos externos en que la Revolución Cubana fue forzada a desarrollarse impidieron que el potencial de renovación de la izquierda que la Revolución ostentaba en 1959 se realizara plenamente. Tal hecho hizo que la izquierda mundial no se renovara, en los últimos cincuenta años, sobre el legado de la Revolución Cubana, sino a partir de otros referentes. La solidaridad internacional cubana pudo mantener una vitalidad muy superior a la solución interna cubana. 

En segundo lugar, debo precisar lo que entiendo por «izquierda» y por «problema difícil». Izquierda significa el conjunto de teorías y prácticas transformadoras que, a lo largo de los últimos ciento cincuenta años, resistieron a la expansión del capitalismo y al tipo de relaciones económicas, sociales, políticas y culturales que genera, y que se hicieron con la convicción de la posibilidad de un futuro poscapitalista, de una sociedad alternativa, más justa por estar orientada a la satisfacción de las necesidades reales de los pueblos, y más libre, por estar centrada en la realización de las condiciones del efectivo ejercicio de la libertad. A esa sociedad alternativa generalmente se la llamó socialismo. Sostengo que para esta izquierda, cuya teoría y cuya práctica evolucionaron mucho en los últimos cincuenta años, Cuba es hoy un «problema difícil». Para la izquierda que eliminó de su horizonte el socialismo o el poscapitalismo, Cuba no es siquiera un problema. Es un caso perdido. De esa otra izquierda no me ocupo aquí. Por «problema difícil» entiendo el que se sitúa en una alternativa a dos posiciones polares respecto a las cuales se cuestiona: en este caso, Cuba. Las dos posiciones descartadas por la idea del «problema difícil» son: Cuba es una solución sin problemas; Cuba es un problema sin solución.

Declarar a Cuba un «problema difícil» para la izquierda significa aceptar tres ideas: 1) en las presentes condiciones internas, Cuba dejó de ser una solución viable de izquierda; 2) que los problemas que enfrenta, sin ser insuperables, son de difícil solución; 3) que si tales problemas fueran resueltos en los términos de un horizonte socialista, Cuba podrá volver a ser un motor de renovación de la izquierda. Será entonces una Cuba distinta, que genere un socialismo diferente del que fracasó en el siglo XX y, de ese modo, contribuya a la urgente renovación de la izquierda. Sin ella, la izquierda nunca entrará en el siglo XXI.

La resistencia y la alternativa

Hechas estas precisiones, el «problema difícil» se puede formular como sigue: Todos los procesos revolucionarios modernos son procesos de ruptura que se basan en dos pilares: la resistencia y la alternativa. El equilibrio entre ellos es fundamental para eliminar lo viejo hasta donde sea necesario, y hacer florecer lo nuevo hasta donde sea posible.

Debido a las hostiles condiciones externas en que el proceso revolucionario cubano se desarrolló -el embargo ilegal por parte de los Estados Unidos, la forzada solución soviética en los años 70, y el drástico ajuste ocasionado por el fin de la URSS en los años 90-, ese equilibrio no fue posible. La resistencia terminó por superponerse a la alternativa. Y de tal modo, que la alternativa no se pudo expresar según su lógica propia (afirmación de lo nuevo) y, por el contrario, se sometió a la lógica de la resistencia (la negación de lo viejo). De este hecho resultó que la alternativa ha permanecido siempre como rehén de una norma que le era extraña. Esto es, nunca se transformó en una verdadera solución nueva, consolidada, creadora de una nueva hegemonía y, por eso, capaz de desarrollo endógeno según una lógica interna de renovación (nuevas alternativas dentro de la alternativa). En consecuencia, las rupturas con los pasados sucesivos de la Revolución fueron siempre menos endógenas que la ruptura con el pasado prerrevolucionario. El carácter endógeno de esta última ruptura pasó a justificar la ausencia de rupturas endógenas con los pasados más recientes, incluso cuando eran conocidamente problemáticos.

Debido a este relativo desequilibrio entre resistencia y alternativa, la alternativa ha estado siempre a un paso de estancarse, y su estancamiento siempre disfrazado por la continua y noble vitalidad de la resistencia. Esta dominancia de la resistencia acabó por atribuirle un «exceso diagnóstico»: la necesidad de la resistencia podía invocarse para diagnosticar la imposibilidad de la alternativa. Aun si es errada, en los hechos tal invocación siempre ha sido creíble.

El carisma revolucionario y el sistema reformista

El segundo vector del «problema difícil» concierne al modo específicamente cubano como se desarrolló la tensión entre revolución y reforma. En cualquier proceso revolucionario, el primer acto de los revolucionarios después del éxito de la revolución es evitar que haya otras revoluciones. Con ese acto comienza el reformismo dentro de la revolución. Reside aquí la gran complicidad -tan invisible como decisiva- entre revolución y reformismo. En el mejor de los casos, esa complementariedad se logra por una dualidad -siempre más aparente que real- entre el carisma del líder, que mantiene viva la permanencia de la revolución, y el sistema político revolucionario, que va asegurando la reproducción del reformismo. El líder carismático ve el sistema como un confinamiento que limita su impulso revolucionario, y lo presiona hacia el cambio; en tanto el sistema ve al líder como un fermento de caos que hace provisionales todas las verdades burocráticas. Esta dualidad creativa fue durante algunos años uno de los rasgos distintivos de la Revolución Cubana.

Sin embargo, con el tiempo, la complementariedad virtuosa tiende a transformarse en bloqueo recíproco. Para el líder carismático, el sistema, que comienza por ser una limitación que le es exterior, con el tiempo se convierte en su segunda naturaleza. Se hace así difícil distinguir entre las limitaciones creadas por el sistema y las limitaciones del propio líder. El sistema, a su vez, conociendo que el éxito del reformismo terminará por erosionar el carisma del líder, se autolimita para prevenir que tal cosa ocurra. La complementariedad se transforma en un juego de autolimitaciones recíprocas. El riesgo es que, en vez de desarrollo complementario, ocurran estancamientos paralelos.

La relación entre carisma y sistema es, pues, muy sensible a veces, y particularmente en momentos de transición. (1). El carisma, en sí mismo, no admite transiciones. Ningún líder carismático tiene un sucesor carismático. La transición solo puede ocurrir en la medida en que el sistema reemplaza al carisma. Pero, para que tal cosa suceda, es necesario que el sistema sea suficientemente reformista para lidiar con fuentes de caos muy diferentes de las que emergían del líder. La situación es dilemática, siempre y cuando la fuerza del líder carismático tenga objetivamente bloqueado el potencial reformista del sistema. Este vector del «problema difícil» puede resumirse así: el futuro socialista de Cuba depende de la fuerza reformista del sistema revolucionario; no obstante, esta es una incógnita para un sistema que siempre hizo depender su fuerza del líder carismático. Este vector de la dificultad del problema explica el discurso de Fidel en la Universidad de La Habana el 17 de noviembre de 2005. (2).

Las dos vertientes del «problema difícil» -desequilibrio entre resistencia y alternativa, y entre carisma y sistema- están íntimamente relacionadas. La prevalencia de la resistencia sobre la alternativa fue simultáneamente el producto y el productor de la del carisma sobre el sistema.

¿Qué hacer?

La discusión precedente muestra que Cuba es un «problema difícil» para aquella izquierda que, sin abandonar el horizonte del poscapitalismo o socialismo, evolucionó mucho en los últimos cincuenta años. De las líneas principales de esa evolución el pueblo cubano podría extraer propuestas para la solución del problema a pesar de la dificultad de este. O sea, la Revolución Cubana, que tanto contribuyó a la renovación de la izquierda, sobre todo en la primera década, podrá ahora beneficiarse también de la renovación de la izquierda que ocurrió desde entonces. Al hacerlo, volverá dialécticamente a asumir un papel activo en la renovación de la izquierda. Resolver el «problema difícil» implicaría, pues, concretizar con éxito el siguiente movimiento dialéctico: renovar a Cuba renovando la izquierda; renovar la izquierda renovando a Cuba.

Principales pasos de renovación de la izquierda socialista en los últimos cincuenta años:

1- En los últimos cincuenta años se ha ensanchado la brecha entre teoría de izquierda y práctica de izquierda, con consecuencias muy específicas para el marxismo. En tanto la teoría de izquierda crítica se desarrolló, principalmente, a partir de mediados del siglo XIX, en cinco países del Norte global (Alemania, Inglaterra, Italia, Francia y los Estados Unidos), y tomando en cuenta particularmente las realidades de las sociedades de los países capitalistas desarrollados, las prácticas de izquierda más creativas ocurrieron en el Sur global y fueron protagonizadas por clases o grupos sociales «invisibles», o seminvisibles para la teoría crítica y hasta para el marxismo, tales como pueblos colonizados, pueblos indígenas, campesinos, mujeres, afrodescendientes, etc.3 Se creó así una brecha entre teoría y práctica que domina nuestra condición teórico-política de hoy: una teoría semiciega que corre paralela a una práctica seminvisible. (4)

Una teoría semiciega no sabe dirigir, y una práctica seminvisible no sabe valorizarse. A medida que la teoría fue perdiendo en la práctica su papel de vanguardia -ya que mucho de lo que iba ocurriendo se le escapaba del todo-, (5) paulatinamente fue abandonando el estatus de teoría de vanguardia y ganando un estatus completamente nuevo e inconcebible en la tradición nortecéntrica de la zquierda: el estatus de una teoría de retaguardia. En el sentido que yo le atribuyo la teoría de retaguardia significa dos cosas. Por un lado, es una teoría que no guía con base en la deducción a partir de principios, leyes generales, por que se rige supuestamente por la totalidad histórica, sino con base en un examen constante,crítico y abierto de las prácticas de transformación social. Así, la teoría de retaguardia se deja sorprender por prácticas cambiantes progresivas, las acompaña, las analiza, intenta enriquecerse con ellas, y busca en ellas los criterios para profundizar y expandir las luchas sociales más progresistas. Por otro lado, una teoría de retaguardia mira en esas prácticas transformadoras tanto los procesos y actores colectivos más avanzados como los más retrasados, los más tímidos y al borde de la desistencia. Como diría el subcomandante Marcos, es una teoría que camina con los que van mas despacio. Es una teoría que concibe el avance y el retraso, los de adelante y los de atrás, como parte de un proceso dialéctico de tipo nuevo que no supone la idea de totalidad sino la idea de diferentes procesos de totalización, siempre inacabados y siempre en competencia. Siguiendo la lección de Gramsci, este es el camino para crear una contrahegemonía socialista o, como en el caso cubano, para mantener y reforzar una hegemonía socialista.

Para limitarme a un ejemplo, los grandes invisibles u olvidados de la teoría crítica moderna, los pueblos indígenas de la América Latina -visibles a lo sumo como campesinos-, han sido uno de los grandes protagonistas de las luchas progresistas de las últimas décadas en el Continente. Desde la perspectiva de la teoría convencional de la vanguardia, toda esta innovación política y social parecería de interés marginal, cuando no irrelevante. Y como resultado, fallaría en aprender con las luchas de los pueblos indígenas, con sus nociones de economía y de bienestar (el suma kawsay de los quechuas o suma qamaña de los aymaras, es decir, el «buen vivir»), hoy consignadas en las constituciones de Ecuador y de Bolivia, con sus concepciones de formas múltiples de gobierno y de democracia -democracia representativa, participativa y comunitaria, como está establecido en la nueva Constitución de Bolivia-. El fracaso en aprender de los nuevos agentes de cambio da lugar, al cabo, a la irrelevancia de la propia teoría.

2- El final de la teoría de la vanguardia marca el final de toda forma de organización política asentada en ella, en particular el partido de vanguardia. Los partidos que fueron moldeados por la idea de la teoría de vanguardia no son hoy partidos ni de vanguardia ni de retaguardia (como la definí arriba). Son de hecho partidos burocráticos que cuando están en la oposición resisten fuertemente al status quo, pero no tienen alternativa, y que cuando están en el poder, resisten fuertemente al surgimiento de alternativas. Como reemplazo del partido de vanguardia habría que crear uno o más partidos de retaguardia que acompañen el fermento de activismo social que se genera cuando los resultados de la participación popular democrática se hacen transparentes hasta para los que todavía no participan y que, de esta manera, son atraídos a participar.

3- La otra gran innovación de los últimos cincuenta años fue el modo como la izquierda y el movimiento popular se apropiaron de las concepciones hegemónicas (liberales, capitalistas) de democracia y las transformaron en concepciones contrahegemónicas, participativas, deliberativas, comunitarias, radicales. Podemos resumir esta innovación afirmando que la izquierda decidió finalmente tomar la democracia en serio (lo que la burguesía nunca hizo, como bien señaló Marx). Tomar la democracia en serio significa no solamente llevarla mucho más allá de las fronteras de la democracia liberal sino también crear un concepto de democracia de tipo nuevo: la democracia como todo el proceso de transformación de relaciones de poder desigual en relaciones de autoridad compartida. Aun cuando no se asiente en el fraude, en el papel decisivo del dinero en las campañas electorales, o en la manipulación de la opinión publica a través del control de los medios de comunicación social, la democracia liberal es de baja intensidad, toda vez que se limita a crear una isla de relaciones democráticas en un archipiélago de despotismos (económicos, sociales, raciales, sexuales, religiosos) que controlan efectivamente la vida de los ciudadanos y de las comunidades. La democracia tiene que existir mucho más allá del sistema político, en el sistema económico, en las relaciones familiares, raciales, sexuales, regionales, religiosas, y en las relaciones de vecindad y comunitarias. Socialismo es democracia sin fin.

De aquí la conclusión de que la igualdad tiene muchas dimensiones y solo puede realizarse a plenitud si se percibe también el reconocimiento de las diferencias. Es decir, si transformamos las diferencias desiguales (que crean jerarquías sociales) en diferencias iguales (que promueven la diversidad social como vía para eliminar las jerarquías).

4- En las sociedades capitalistas son muchos los sistemas de relaciones desiguales de poder (de opresión, de dominación, de explotación, racismo, sexismo, homofobia, xenofobia, machismo). Democratizar significa transformar relaciones desiguales de poder en relaciones de autoridad compartida. En tanto las relaciones desiguales de poder actúan siempre en redes, raramente un ciudadano, clase o grupo es víctima de una de ellas por separado. Del mismo modo, la lucha contra ellas tiene que darse en redes, o sea, sobre la base de amplias alianzas donde no es posible identificar un sujeto histórico privilegiado, homogéneo, definido a priori en términos de clase social. El pluralismo político y organizacional se convierte así en un imperativo dentro de los límites constitucionales sancionados democráticamente por el pueblo soberano. En la sociedad cubana las relaciones desiguales de poder son diferentes de las que existen en las sociedades capitalistas, pero existen aunque que sean menos intensas, son igualmente múltiples e igualmente actúan en redes. La lucha contra ellas, al margen de las necesarias adaptaciones, tendría igualmente que guiarse por el pluralismo social, político y organizativo. 

5- Las nuevas concepciones de democracia y de diversidad social, cultural y política, en tanto pilares de la construcción de un socialismo viable y autosustentable, exigen que se repiense radicalmente la centralidad monolítica del Estado, así como la supuestamente homogénea sociedad civil.(6)

Posibles puntos de partida para una discusión con el único objetivo de contribuir a un futuro socialista viable en Cuba:

1- Cuba es tal vez el único país del mundo donde los condicionamientos externos no son una coartada para la incompetencia o la corrupción de los líderes. Son un hecho cruel y decisivo. Esto no implica que no haya espacio de maniobra, el cual puede aumentar ante la crisis del neoliberalismo y los cambios geoestratégicos previsibles a corto plazo. Tal capital no puede dispersarse a través del rechazo a examinar alternativas, por más que se disfrace con reclamos excesivos a la resistencia. A partir de ahora, no se puede correr el riesgo de dejar que la resistencia domine a la alternativa. Si sucediera tal cosa, la resistencia terminaría por agotarse.

2- El régimen cubano llevó a su límite la tensión posible entre legitimación ideológica y condiciones materiales de vida. De aquí en adelante, los cambios que cuentan deben ser los que transformen las condiciones materiales de vida de la abrumadora mayoría de la población. A partir de aquí, la democracia de ratificación, si se mantiene, sería para ratificar lo ideológico solo en la medida en que tenga un sentido material. En caso contrario, la ratificación, en lugar de consentimiento, llegaría a significar resignación.

3- La temporalidad a largo plazo del cambio civilizatorio estaría por algún tiempo subordinada a la temporalidad inmediata de las soluciones de urgencia.

4- Una sociedad capitalista no lo es porque todas las relaciones económicas y sociales sean capitalistas, sino porque estas determinan el funcionamiento de todas las otras relaciones económicas y sociales existentes en la sociedad. Inversamente, una sociedad socialista no es socialista porque todas las relaciones sociales y económicas sean socialistas, sino porque estas determinan el funcionamiento de todas las otras relaciones existentes en la sociedad.

En este momento, en Cuba hay una situación sui generis: de una parte, un socialismo formalmente monolítico que no alimenta la emergencia de relaciones no-capitalistas de tipo nuevo ni puede determinar creativamente las relaciones capitalistas, aunque tiene que convivir a disgusto con ellas, incluidas las franjas de corrupción (como denunció oportunamente Fidel). De otro lado una forma de capitalismo que, salvaje y clandestino, o semiclandestino, se hace muy difícil de controlar. En esta situación, no hay motivación para el desarrollo de otras relaciones económicas y sociales de tipo cooperativo y comunitario, de las cuales habría mucho que esperar. Al respecto, sería muy útil para el pueblo cubano estudiar y evaluar con mucha atención los sistemas económicos consignados en la constitución de Venezuela y en las constituciones de Ecuador y de Bolivia recientemente aprobadas, y las respectivas experiencias de transformación. No para copiar soluciones, sino para apreciar los caminos de la creatividad de la izquierda latinoamericana en las últimas décadas. La importancia de este aprendizaje está implícita en el reconocimiento de errores pasados hecho de manera contundente por Fidel en el discurso en la Universidad de La Habana ya referido: «Una conclusión que he sacado al cabo de muchos años: entre los muchos errores que hemos cometido todos, el más importante error era creer que alguien sabía de socialismo, o que alguien sabía de cómo se construye el socialismo».

5- Desde el punto de vista del ciudadano, la diferencia entre un socialismo ineficaz y un capitalismo injusto puede ser menor de lo que parece. Una relación de dominación (basada en un poder político desigual) puede tener en la vida cotidiana de las personas consecuencias extrañamente semejantes a las de una relación de explotación (basada en la extracción de la plusvalía).

Un vasto y apasionante campo de experimentación social y política a partir del cual Cuba puede volver a contribuir a la renovación de la izquierda mundial:

1- Democratizar la democracia. He argumentado contra los teóricos liberales -que sostienen que la democracia es la condición de todo lo demás- que para que la democracia sea aplicada genuinamente, existen condiciones. Me atrevo a decir que Cuba puede ser la excepción de mi regla: creo que en Cuba la democracia radical, contrahegemónica, no liberal, es la condición de todo el resto. ¿Por qué? La crisis de la democracia liberal es hoy más evidente que nunca. Es cada vez mas evidente que la democracia liberal no garantiza las condiciones para su sobrevivencia frente a los múltiplos «fascismos sociales» como llamo a la conversión de las extremas desigualdades económicas en desigualdades políticas, no directamente producidas por el sistema político del Estado capitalista pero con la complicidad de él. Por ejemplo, cuando se privatiza el agua, la empresa propietaria pasa a tener un derecho de veto sobre la vida de las personas (si no pagan la cuenta no tienen agua). Esto es mucho más que un poder económico o de mercado. A pesar de evidente, esta crisis tiene dificultad en abrir espacio para la emergencia de nuevos conceptos de política y de democracia. Esta dificultad tiene dos causas. Por un lado, el dominio de las relaciones capitalistas cuya reproducción exige hoy la coexistencia entre la democracia de baja intensidad y los fascismos sociales. Por otro lado, la hegemonía de la democracia liberal en el imaginario social muchas veces a través del recurso a supuestas tradiciones o memorias históricas que legitiman la democracia liberal. En Cuba ninguna de las dos dificultades está presente. Ni las relaciones capitalistas dominan ni hay una tradición liberal mínimamente creíble. De ahí, la posibilidad de asumir la democracia radical como punto de partida sin tener que cargar con todo lo que está superado en la experiencia dominante de la democracia en los últimos cincuenta años.

2- De la vanguardia a la retaguardia. Para que tal cosa ocurra, que lo democrático no quede en un inventario de logros y argumentaciones retóricas sino que alcance a consumarse en sistema, un importante paso debería ser la conversión del partido de vanguardia en partido de retaguardia. Un partido menos de dirección y más de facilitación; un partido que promueva la discusión de preguntas fuertes, para que en la cotidianidad de las prácticas sociales los ciudadanos y las comunidades estén mejor capacitados para distinguir entre respuestas fuertes y respuestas débiles. Un partido que acepte con naturalidad la existencia de otras formas de organizaciones de intereses, con las cuales busca tener una relación de hegemonía y no una relación de control. Esta transformación es la más compleja de todas y solo se puede realizar en el ámbito de la experimentación siguiente.

3- Constitucionalismo transformador. Las transiciones en que hay cambios importantes en las relaciones de poder pasan, en general, por procesos constituyentes. En los últimos veinte anos varios países en África y la América Latina vivieron procesos constituyentes. Esta historia más reciente nos permite distinguir dos tipos de constitucionalismo: el constitucionalismo moderno propiamente dicho y el constitucionalismo transformador. El constitucionalismo moderno, que prevaleció sin oposición hasta hace poco, fue un constitucionalismo construido desde arriba, por las elites políticas, con el objetivo de construir Estados institucionalmente monolíticos y sociedades civiles supuestamente homogéneas, lo que siempre implicó la superposición de una clase, una cultura, una raza, una etnia, una región, en detrimento de otras. Por el contrario, el constitucionalismo transformador parte de la iniciativa de las clases populares, como una forma de la lucha de clases, una lucha de los excluidos y sus aliados que tiene como objetivo crear nuevos criterios de inclusión social que pongan fin a la opresión clasista, racial, étnica cultural, etcétera.

Tal democratización social y política implica la reinvención o la refundación del Estado moderno. Tal reinvención o refundación no puede dejar de ser experimental, y ese carácter se aplica a la propia Constitución. O sea, de ser posible, la nueva Constitución transformadora debería tener un horizonte limitado de validez, por ejemplo cinco años, al final de los cuales el proceso constituyente sería reabierto para corregir errores e introducir aprendizajes. Limitar el período de validez de la nueva Constitución tiene la ventaja política -preciosa en tiempos de transición- de no crear ganadores ni perdedores definitivos. Cuba tiene las condiciones ideales en este momento para renovar su experimentalismo constitucional.

4- Estado experimental. Por distintos caminos, tanto la crisis terminal por que pasa el neoliberalismo como la experiencia reciente de los Estados más progresistas de la América Latina revelan que estamos en camino de una nueva centralidad del Estado, una centralidad más abierta a la diversidad social (reconocimiento de la interculturalidad, la plurietnicidad, e incluso de la plurinacionalidad, como en el caso de Ecuador y Bolivia), económica (reconocimiento de diferentes tipos de propiedad, estatal, comunitaria o comunal, cooperativa e individual) y política (reconocimiento de diferentes tipos de democracia, representativa o liberal, participativa, deliberativa, refrendaria, comunitaria). De una centralidad asentada en la homogeneidad social a una centralidad asentada en la heterogeneidad social. Trátase de una centralidad regulada por el principio de la complejidad. La nueva centralidad opera de maneras distintas en áreas donde la eficacia de las soluciones esta demostrada (en Cuba, la educación y la salud, por ejemplo, a pesar de la degradación de la calidad y de la equidad provocada por la desconexión posterior al derrumbe de los 90), en áreas donde, al contrario, la ineficacia está demostrada (en Cuba, el crecimiento de las desigualdades, o la agricultura, por ejemplo) y en áreas nuevas que son las más numerosas en procesos de transición (en Cuba, por ejemplo, remover la institucionalidad política, y reconstruir la hegemonía socialista sobre la base de una democracia de alta intensidad que promueva simultáneamente la reducción de la desigualdad social y la expansión de la diversidad social, cultural y política). Para las dos últimas áreas (áreas de ineficacia demostrada y áreas nuevas) no hay recetas infalibles o soluciones definitivas. En estas áreas el principio de la centralidad compleja sugiere que se siga el principio de la experimentación democráticamente controlada. El principio de la experimentación debe recorrer toda la sociedad, y por eso el propio Estado se volvería también un Estado experimental. En una fase de grandes mutaciones en la función del Estado en la regulación social, es inevitable que la materialidad institucional del Estado, rígida como es, esté sujeta a grandes vibraciones que la hacen un campo fértil de efectos inusitados.

Considérese además que esa materialidad institucional está inscrita en un tiempo-espacio nacional estatal que está sufriendo el impacto cruzado de espacios-tiempo locales y globales. Como lo que caracteriza a las épocas de transición es que coexistan en ellas soluciones del viejo paradigma con soluciones del nuevo paradigma, y que unas y otras sean igualmente contradictorias entre sí, pienso que se debe hacer de la experimentación un principio institucional de creación siempre y cuando las soluciones adoptadas en el pasado se hayan revelado ineficaces. Al hacerse imprudente tomar, en esta fase, opciones institucionales irreversibles, el Estado se debe transformar en un campo de experimentación institucional, que permita a diferentes soluciones institucionales coexistir y competir durante algún tiempo, con carácter de experiencias-piloto, sujetas a la monitorización permanente de colectivos de ciudadanos con vistas a la evaluación comparada de los desempeños. El método podría ser familiar de acuerdo, a los bienes públicos, sobre todo en el área social, (7) se apliquen y adopten donde solo después de que las alternativas se lleven al escrutinio de su eficacia y calidad democrática por parte de los ciudadanos.

Considero que esta nueva forma de un posible Estado democrático transicional se debe asentar en tres principios de experimentación política. El primero es que la experimentación social, económica y política exige la presencia complementaria de varias formas de ejercicio democrático (representativo, participativo, comunitario, etcétera). Ninguna de ellas por separado puede garantizar que la nueva institucionalidad sea eficazmente evaluada. Se trata de un principio difícil de respetar sobre todo por la presencia complementaria de varios tipos de práctica democrática y por ser, ella misma, novedosa y experimental. En este contexto cabría recordar la frase de Hegel: «Quien tiene miedo del error tiene miedo de la verdad».

El segundo principio es que el Estado solo es genuinamente experimental en la medida en que las diferentes soluciones institucionales reciben iguales condiciones para que se desarrollen según su lógica propia. O sea, el Estado experimental es democrático en la medida en que confiere igualdad de oportunidades a las diferentes propuestas de institucionalidad democrática. Solo así es posible luchar democráticamente contra el dogmatismo de una solución que se presenta como la única eficaz o democrática. Esta experimentación institucional que ocurre en el interior del campo democrático no puede dejar de causar alguna inestabilidad e incoherencia en la acción estatal. Además, la fragmentación estatal que de ella eventualmente resulte puede generar nuevas exclusiones furtivamente. 

En estas circunstancias, el Estado experimental no solo debe garantizar la igualdad de oportunidades a los diferentes proyectos de institucionalidad democrática, sino que también debe -y este sería el tercer principio de experimentación política- garantizar patrones mínimos de inclusión que hagan posible la ciudadanía activa necesaria para monitorear, acompañar y evaluar el desempeño de los proyectos alternativos. En los términos de la nueva centralidad compleja, el Estado combina la regulación directa de los procesos sociales con la metarregulación, o sea, la regulación de formas no estatales de regulación social que deben ser respetadas en su autonomía, siempre y cuando respeten los principios de inclusión y de participación consagrados en la Constitución.

5- Otra producción es posible. Esta es una de las áreas más importantes de experimentación social, y Cuba puede asumir en este ámbito un liderazgo estratégico en la búsqueda de soluciones alternativas, sea a los modelos de desarrollo capitalista, sea a los modelos de desarrollo socialista del siglo XX. En los comienzos del siglo XXI, la tarea de pensar y luchar por alternativas económicas y sociales se hace particularmente urgente por dos razones relacionadas entre sí. En primer lugar, vivimos en una época en que la idea de que no hay alternativas al capitalismo obtuvo un nivel de aceptación que probablemente carece de precedentes en la historia del capitalismo mundial. En segundo lugar, la alternativa sistémica al capitalismo, representada por las economías socialistas centralizadas, se mostró inviable. El autoritarismo político y la inviabilidad económica de los sistemas centralizados quedaron dramáticamente expuestos por el colapso de estos a fines de los años 80 y principios de los 90.

Paradójicamente, en los últimos treinta años el capitalismo reveló, como nunca antes, su orientación autodestructiva, del crecimiento absurdo de la concentración de la riqueza y de la exclusión social a la crisis ambiental, de la crisis financiera a la crisis energética, de la guerra infinita por el control del acceso a los recursos naturales a la crisis alimentaria. Por otro lado, el colapso de los sistemas de socialismo de Estado abrió el espacio político para la emergencia de múltiples formas de economía popular, de la economía solidaria a las cooperativas populares, de las empresas recuperadas a los asentamientos de la reforma agraria, del comercio justo a las formas de integración regional según principios de reciprocidad y de solidaridad (como el Alba). Las organizaciones económicas populares son extremadamente diversas y si algunas implican rupturas radicales (aunque locales) con el capitalismo, otras encuentran formas de coexistencia con él. La fragilidad general de todas estas alternativas reside en el hecho de que ocurren en sociedades capitalistas donde las relaciones de producción y de reproducción capitalistas determinan la lógica general del desarrollo social, económico y político. Por esta razón, el potencial emancipador y socialista de las organizaciones económicas populares termina siendo bloqueado. La situación privilegiada de Cuba en el ámbito de la experimentación económica está en el hecho de poder definir, a partir de principios, lógicas y objetivos no-capitalistas, las reglas de juego en que pueden funcionar las organizaciones económicas capitalistas.

Para realizar todo el fermento de transformación progresista contenido en el momento político que vive, Cuba va a necesitar de la solidaridad de todos los hombres y mujeres, de todas las organizaciones y movimientos de izquierda (en el sentido que se le atribuye en este texto) del mundo, y muy particularmente del mundo latinoamericano. Es este el momento para que el mundo de izquierda devuelva a Cuba lo mucho que debe a Cuba para ser lo que es.

Coimbra, 20 de enero de 2009

Boaventura de Sousa Santos es Doctor en Sociología del derecho por la Universidad de Yale, profesor catedrático de la Facultad de Economía de la Universidad de Coímbra, director del Centro de Estudios Sociales y del Centro de Documentación 25 de Abril de esa misma universidad, profesor distinguido del Institute for Legal Studies de la Universidad de Wisconsin-Madison. Boaventura de Sousa Santos es uno de los principales intelectuales en el área de ciencias sociales con reconocimiento internacional. Es un activo participante en el Foro Social Mundial en Porto Alegre. Es uno de los académicos e investigadores más importantes en el área de la sociología jurídica a nivel mundial.

Traducción del portugués por Rodolfo Alpízar

Notas 
1. Aurelio Alonso distingue dos procesos de transición en curso: una se refiere al rumbo de la dinámica de cambios dentro de «una transición mayúscula que comenzó hace casi medio siglo», y otra se refiere al peso de la subjetividad: la cuestión de la impronta que quedará de Fidel en el imaginario de los cubanos de las generaciones que lo sobrevivan. («Continuidad y transición: Cuba en el 2007» Le Monde Diplomatique, edición colombiana, Bogotá abril de 2007)

2. En las palabras lapidares de Fidel: «Este país puede autodestruirse por sí mismo; esta Revolución puede destruirse, los que no pueden destruirla hoy son ellos; nosotros sí, nosotros podemos destruirla, y sería culpa nuestra». En comentario a la intervención de Fidel, Aurelio Alonso se pregúnta: «Qué tiene de extraño que la primera preocupación de Fidel gire en torno a la reversibilidad de nuestro propio proceso?». Y responde con una claridad tajante: «Fidel valora que la Revolución no puede destruirse desde fuera, pero que puede destruirse a sí misma, y centra en la corrupción el mal que puede obrar su destrucción. Yo pienso que es cierto, pero que no lo ha dicho todo. Me pregunto además si el derrumbe del sistema soviético fue, en esencia, un efecto de corrupción, aunque la corrupción estuviera presente en el entramado de las deformaciones. Creo que al socialismo lo puede revertir, junto con la corrupción, el burocratismo y la falta de democracia. No hablo de sistemas electoralistas, de confrontaciones pluripartidistas, de contiendas en campaña, de alternancias en los cargos de poder. Hablo de democracia, de la que no hemos sido capaces de crear sobre la Tierra, aunque todos creamos saber de qué se trata» «Una mirada rápida al debate sobre el futuro de Cuba» La Jiribilla, 17 de mayo de 2006.

3. La creatividad teórica inicial de la Revolución Cubana reside realmente en este hecho. Los drásticos condicionamientos externos a que la revolución estuvo sujeta terminaron por confiscar parte de esa creatividad. Por esa razón, Cuba fue forzada a acogerse a una concepción del marxismo que, sin ser la del Norte global, era más subsidiaria de la realidad del bloque soviético, también ella poco semejante a la cubana. En la III Conferencia Internacional «La obra «de Carlos Marx y los desafíos del siglo XXI», realizada en La Habana en 3 de mayo de 2006, Ricardo Alarcón de Quesada afirmo: «La conversión de la política soviética en particular para quienes en otros lugares libraban sus propias luchas anticapitalistas, y la imperiosa obligación de defenderla frente a sus enconados y poderosos enemigos, condujo a la subordinación de gran parte del movimiento revolucionario a la política y los intereses de la URSS». Nature Society and Thought, vol 19, 2006, p. 20. En este contexto es especialmente notable y será siempre un motivo de orgullo para el pueblo cubano la autonomía soberana de Cuba al decidir ayudar Angola en su lucha por la independencia. El impulso internacionalista se sobrepuso a los intereses geoestratégicos de la Unión Soviética.

4. En el caso del marxismo hubo mucha creatividad para adaptar la teoría a realidades noeuropeas que no habían sido sistemáticamente analizadas por Marx. En el caso latinoamericano basta recordar a Mariátegui. Todavía durante mucho tiempo las ortodoxias políticas no permitieron transformar esa creatividad en acción política y de hecho los autores más creativos fueron perseguidos por eso (como en el caso de Mariátegui, acusado de populismo y romanticismo, una acusación que en los años treinta era muy grave). Hoy la situación es muy distinta, como lo demuestra el hecho de que otro gran renovador del pensamiento marxista en Latinoamérica, Álvaro García Linera, sea vicepresidente de Bolivia.

5. O sea, la supremacía de la inteligencia y de la audacia política sobre la disciplina, que fue la marca de la vanguardia, acabo siendo convertida en su contrario: la supremacía de la disciplina sobre la inteligencia y la audacia como medio de ocultar o controlar la novedad de los procesos de transformación social no previstos por la teoría.

6. Para una visión lúcida de la sociedad civil en Cuba, véase «Sociedad Civil en Cuba: ¿un problema de geometría? Entrevista con el sociólogo cubano Aurelio Alonso», en la revista Enfoques, No. 23, diciembre de 2008, La Habana. 

7. Por ejemplo, transportes públicos estatales al lado de transportes cooperativos o de pequeños empresarios; producción agrícola en empresas estatales, al lado de empresas cooperativas, comunitarias o de pequeños empresarios capitalistas.  

Alexandra Kollontai: Amores y desamores contra el heroico y trágico telón de fondo de la revolución rusa


¿Quién era esta mujer que podía editar una novela sobre la vida en Rusia al mismo tiempo que el creador del Ejército Rojo era expulsado del partido en el décimo aniversario de aquella gesta heroica?

Foto: Alexandra Kollontai  

Andrea D´Atri 

 

La bolchevique enamorada Alexandra Kollontai Txalaparta Buenos Aires, 2008 232 p

Mi amigo vio el libro que apoyé sobre la mesa y preguntó de qué trataba.

–Es una novela de Alexandra Kollontai que acabo de leer y me pareció buenísima.

–¿Y cómo termina? ¿Al final, la protagonista se casa? –ironizó mi amigo sobre el título que llamaba su atención, demasiado romántico para lo que suponía podía escribir Kollontai.

–¡No! –le dije, redoblando su ironía- esta novela tiene un final feliz.

La novela que tenía sobre la mesa era La bolchevique enamorada, la única de Alexandra Kollontai quien, antes y después de esta experiencia literaria, se dedicó a escribir casi exclusivamente –con excepción de algunos relatos cortos[1]- artículos y folletos de propaganda. Quizás a esa escasa trayectoria se deban el tono duro de sus diálogos, la austeridad de recursos en la descripción de personajes y escenarios y la falta de pretensiones de su estilo. 

Como señala Jacqueline Heinen respecto de sus relatos cortos, y que bien puede atribuirse también a esta novela, “podemos irritarnos en más de una ocasión por el vocabulario empleado, la tonalidad a veces algo necia de ciertas escenas, pero ello no quiere decir que las lectoras de fines del siglo XX no se sientan muy afectadas por los problemas de fondo que plantea Kollontai a propósito del amor y de la vida de la pareja.”[2]
Sin embargo, a pesar de no tratarse de una excelente obra literaria, desde el punto de vista formal, La bolchevique enamorada es una novela de amor, histórica, de propaganda comunista y, además, de esas que provocan que no se pueda parar de leerlas hasta llegar al final, de un tirón. 
La bolchevique enamorada fue publicada en Moscú en 1927 y su autora decidió presentarla diciendo que no se trataba de “un estudio ético ni un cuadro de la vida en Rusia soviética. 

Es puramente un estudio psicológico de las relaciones sexuales del período de la postguerra.(…). Mi intención al escribir este libro es que sirva, aunque sea un poco, para combatir la vieja hipocresía burguesa de los valores morales y para demostrar una vez más que empezamos a respetar a la mujer, no por su ‘moral buena’, sino por su actuación, por su sinceridad, con respecto a los deberes de su clase, de su país y de la Humanidad en general.”[3]

Pero ¿quién era esta mujer que podía editar una novela sobre la vida en Rusia al mismo tiempo que el creador del Ejército Rojo –quien fuera junto con Lenin uno de los máximos dirigentes de la revolución de 1917- era expulsado del partido en el décimo aniversario de aquella gesta heroica?

De una infancia rica a la toma del poder

Alexandra había nacido en San Petersburgo el 31 de marzo de 1872, en el seno de una familia de ricos terratenientes, lo que le permitió educarse con un instructor particular en una nación donde sólo de cada trescientas muchachas tenía acceso a la educación media.[4] Siendo joven estudió historia del trabajo en Suiza y, en 1899, se afilió al Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR) donde se enroló en la fracción menchevique.[5]
Después de presenciar los acontecimientos del Domingo Sangriento, cuando centenares de obreros perecieron bajo los fusiles de la autocracia mientras –conducidos por un pope de la iglesia ortodoxa- peticionaban al Zar, Alexandra se involucró en el proceso revolucionario que conmocionó a Rusia, escribiendo artículos y organizando a las mujeres trabajadoras. Frente al ataque que recibió de la reacción por su labor entre las obreras, la corriente menchevique aclaró que se oponía a la política de organización independiente de las trabajadoras que ella llevaba adelante, en la editorial de su periódico Voz Socialdemócrata. Rápidamente, con la publicación de su artículo “Finlandia y el socialismo” –en el que Kollontai hace un llamamiento a la insurrección contra el régimen zarista- le llegó el exilio. En Europa, entró en contacto con los partidos socialdemócratas de Alemania, Gran Bretaña y Francia. Su nivel cultural y sus viajes son los que, el resto de su vida, le permitieron hablar fluidamente más de media docena de idiomas.

En el inicio de la Primera Guerra Mundial se opuso a ésta, al mismo tiempo que se unía definitivamente a los bolcheviques, viajando por Europa en una campaña contra la contienda imperialista. Algo similar a lo que sucede con su personaje de La bolchevique enamorada que “Fue admitida en la organización, pero Vassilissa no se hizo bolchevique inmediatamente. Discutió con los miembros del Partido. Les hizo varias preguntas, y se marchó indignada. Después de larga deliberación volvió por su propio impulso, diciendo: ‘Quiero trabajar con vosotros.’”[6]

Sin embargo, a pesar de su compromiso con esta causa, Kollontai no pudo participar de la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas convocada por Clara Zetkin en la que se acuñó la fórmula de compromiso de “guerra a la guerra”, entre las distintas delegaciones. La compañera de Lenin lo recuerda con estas palabras: “Kollontai había dejado a los mencheviques para esa época. 

En enero ella escribió a Vladimir Ilich y a mí, enviándonos un panfleto. ‘Mi estimada camarada –escribió Vladimir Ilich en retorno- (…). Según parece, usted no concuerda del todo con la consigna de la guerra civil y le asigna, por así decir, un lugar subordinado (y quizás aún condicional) ante la consigna de la paz. Y usted subraya que ‘debemos adelantar una consigna que nos una a todos’. Le diré francamente que lo que yo más temo en el momento presente es una unidad indiscriminada que, estoy convencido, es la más peligrosa y dañina para el proletariado.’”[7] 

Finalmente, Alexandra Kollontai pudo participar de la Conferencia de Zimmerwald, donde se reunieron delegaciones internacionalistas de la socialdemocracia europea. Allí acompañó la posición de la delegación bolchevique encabezada por Lenin quien planteaba, en minoría, que los socialistas debían romper la colaboración con los gobiernos burgueses, que era necesaria la movilización de las masas contra el social-chauvinismo y la transformación de la guerra en guerra revolucionaria. “Simpatizaba con los bolcheviques y admiraba a Lenin porque se oponía a la guerra de una manera muy resuelta.”, dice de su personaje Vassilissa, como si esta joven obrera bolchevique se tratara de su alter ego. [8]

Al estallar la revolución, en febrero de 1917, Alexandra Kollontai regresa a Rusia y es electa para el Comité Ejecutivo del Soviet de Petrogrado. Entretanto, Stalin sostiene que hay que consolidar las conquistas democrático-burguesas, proponiendo que el partido bolchevique apoye al gobierno provisional de Kerensky, cuando Lenin aún no había regresado de su exilio. 

Pero una minoría de obreros metalúrgicos, apoyados por Kollontai, resiste esta postura de Stalin, en sintonía con la visión del dirigente bolchevique que sostenía que los soviets eran organismos para el ejercicio del poder y que era necesario superar la revolución burguesa con la revolución proletaria.

En julio, Alexandra fue encarcelada junto a centenares de bolcheviques, después de que fueran derrotadas las jornadas donde miles de obreros y soldados levantaron la consigna de “todo el poder a los soviets”. “Cuando llegué a Rusia, Kollontai estaba en prisión”, relata la periodista norteamericana Louise Bryant. “Había sido exiliada por su oposición al zarismo. 

Fue encerrada nuevamente por discrepar con el gobierno provisional. Sabían que era una bolchevique y por aquel ‘crimen’ fue detenida en la frontera rusa bajo el vergonzoso cargo de ser una espía alemana. Fue liberada nuevamente porque no encontraron pruebas para procesarla. Fue detenida nuevamente y encarcelada por Kerensky después del levantamiento de julio, por haber dicho abiertamente que los soviets eran la única forma de gobierno para Rusia…”[9] Aún permanecía prisionera cuando fue elegida para integrar el Comité Central del Partido Bolchevique, el mismo que condujo la insurrección de octubre con el voto negativo de sólo dos de sus miembros: Zinoviev y Kamenev.

Tras la toma del poder, Alexandra Kollontai fue nombrada Comisaria del Pueblo para la Asistencia Pública, un cargo de nivel ministerial. “Jueves 8 de noviembre. Amaneció el nuevo día sobre una ciudad presa de la excitación y el desorden, sobre una nación agitada por una formidable tempestad. (…). Se nombraron comisarios temporales para los diferentes ministerios: para el de Negocios Extranjeros, Uritski y Trotsky; para el del Interior y Justicia, Rykov; para el de Trabajo, Chliapnikov; Hacienda, Menjinski; Asistencia Pública, Alejandra Kollontai… (…). Movidos por un solo impulso, todos nos encontramos súbitamente de pie, uniendo nuestras voces al unísono y lento crescendo de La Internacional. Un viejo soldado entrecano sollozaba como un chiquillo. Alejandra Kollontai contenía las lágrimas. El canto rodaba vigorosamente por la sala, estremeciendo las ventanas y las puertas y yendo a perderse en la calma del cielo. ¡La guerra ha terminado! ¡La guerra ha terminado!, gritó cerca de mí un joven obrero, con el rostro radiante.”[10]

Diez años más tarde, el mismo año en que se publicaba La bolchevique enamorada, la misma Alexandra homenajeaba a las mujeres que habían participado en esta gran gesta de la clase obrera rusa con las siguientes palabras: “Las mujeres que tomaron parte en la Gran Revolución de octubre, ¿quiénes fueron? ¿Individuos aislados? No, fueron muchísimas, decenas, cientos de miles de heroínas sin nombre quienes, marchando codo a codo con los trabajadores y los campesinos detrás de la bandera roja y la consigna de los Soviets, pasaron sobre las ruinas de la teocracia zarista hacia un nuevo futuro... (…). Cuando se rememoran los hechos de Octubre, no se ven rostros individuales sino masas. Masas sin número como olas de humanidad. (…). En el año de 1917, el gran océano de la humanidad empuja y se balancea, y una gran parte de ese océano está hecho de mujeres. Algún día el historiador escribirá sobre las hazañas de estas heroínas anónimas de la revolución, que murieron en el frente, que fueron baleadas por los blancos y soportaron las incontables privaciones de los primeros años después de la revolución, pero que continuaron manteniendo en alto la Bandera Roja del poder del Soviet y el comunismo.”[11] 

A una de esas heroínas, Alexandra la sacó del anonimato, le puso de nombre Vassilissa y la transformó en el personaje principal de su novela, esa “muchacha obrera” que “vestía blusa, falda y un cinturón de cuero” que también se había enrolado en el Partido Bolchevique al comienzo de la guerra, como la autora que le dio vida.

Asuntos públicos y privados de la “pequeña camarada”

Desde el ministerio de Asistencia Pública, la “pequeña camarada” –como la llamaban afectuosamente sus colaboradores- será una de las artífices de gran parte de las reformas que se introducen en la legislación sobre la mujer y la familia. Ahora, las mujeres soviéticas podrán elegir libremente su profesión, obtendrán un salario igual por el mismo trabajo que los hombres, tendrán asegurado su acceso en los empleos del Estado, quedarán prohibidos los despidos de mujeres embarazadas, las casadas ya no estarán obligadas a seguir a su marido y la educación será mixta. “Cuando fui nombrada delegada del pueblo para la Asistencia Pública, mi primera preocupación fue trabajar en la elaboración del decreto sobre la protección maternal. Fue entonces cuando la comisaría del pueblo para la Salud creó una sección encargada de la protección de las madres y de los niños e instaló el ‘palacio de la maternidad’.”[12]

Pero, a pocos meses de asumido el cargo, Kollontai renuncia por “razones de discrepancias de principio con la política actual.”[13] Se oponía al tratado de paz de Brest-Litovsk, firmado en marzo de 1918, después de arduas negociaciones para conseguir el armisticio con el fin de sacar al naciente estado obrero de la Primera Guerra Mundial, mientras se esperaba el avance de la revolución proletaria en Alemania. León Trotsky, comisario de Asuntos Exteriores, recuerda los debates suscitados por la firma del tratado: “La lucha, dentro del partido, hacíase cada día más violenta. (…). Lenin era partidario de que intentásemos diferir las negociaciones, capitulando inmediatamente caso de que se nos dirigiese un ultimátum. Yo era de opinión de que provocásemos la ruptura de las negociaciones, afrontando el riesgo de que Alemania volviese a atacarnos, para, en este caso, capitular ante la imposición evidente de la fuerza. Bujarin pedía que se llevase adelante la guerra, para de este modo abrir los horizontes revolucionarios.”[14] 

El 21 de enero, la posición de Bujarin ganó, provisoriamente, por 32 votos contra 15 para la de Lenin y 16 para la de Trotsky. Entre esos últimos votos obtenidos por el comisario de Asuntos Exteriores, se contaba el de Alexandra Kollontai. “‘¿No te da lástima de tu madre? ¡Eres la vergüenza de la familia! ¡Mezclada con los bolcheviques! Estás vendiendo tu país a los enemigos.’”, le recrimina a Vassilissa su madre, cuando en la novela, ésta apoya las negociaciones de Brest-Litovsk y decide irse a vivir con una amiga, abandonando la morada familiar.[15]

Las discrepancias de Kollontai sobre este asunto no impidieron, sin embargo, que impulsara la organización del Primer Congreso Panruso de Trabajadoras, donde se resuelve la creación de comisiones de agitación y propaganda entre las mujeres que fueron el embrión del Zhenotdel, la Secretaría de la Mujer del partido que publicará el periódico La Comunista. La tarea central del Zhenotdel era la organizar a las mujeres que no eran miembros del partido, para enseñarles sus derechos y comprometerlas en la construcción del estado obrero. La misma Kollontai rememora aquel congreso en sus recuerdos sobre Lenin: “En el tiempo en que el congreso fue convocado, algunos no apreciaron su importancia y significado. Recuerdo que había oposición de Rykov, Zinoviev y otros. Sin embargo, Vladimir Ilich declaró que el congreso era necesario.”[16]

Esta falta de comprensión y oposición de viejos dirigentes bolcheviques también aparece representada en su novela. “Vassilissa se enfadaba; discutía con los compañeros y se peleaba con el secretario del distrito. ‘¿Por qué han de ser los problemas de las mujeres menos importantes? Esta idea es común en vosotros. Por eso están las mujeres tan atrasadas. Pero no triunfaréis en la Revolución sin las mujeres.’”[17] 

En relación a los derechos de las mujeres, como el personaje de su novela, Alexandra “sabía lo que quería y, por lo tanto, no transigía. Muchos habían perdido el entusiasmo; poco a poco se quedaron rezagados, hasta que terminaron por quedarse en casa.” La dirigente bolchevique, como su personaje, continuaba igual “siempre luchando, siempre organizando algo, siempre insistiendo sobre un punto determinado.”[18]

Pero a pesar de la intensa actividad de estos primeros meses posteriores a la toma del poder, Alexandra Kollontai se hizo tiempo para casarse por segunda vez –según el nuevo código civil- con un camarada diecisiete años menor que ella, un héroe de la flota del Báltico. Trotsky, a propósito de retratar la vulgaridad de Stalin, en su inacabada biografía de éste, apunta una anécdota que involucra a la pareja: “De detrás del tabique llegó hasta nosotros el vozarrón de Dybenko: estaba hablando con Finlandia y la conversación era un tanto tierna.

El corpulento y arrogante marinero de veintinueve años y negra barba había intimado hacía poco con Alexandra Kollontai, mujer de antecedentes aristocráticos, que conocía media docena de lenguas extranjeras y se acercaba a los cuarenta y seis. En ciertos círculos del Partido se murmuraba no poco a propósito de aquello. Stalin, con quien hasta entonces no había sostenido yo una conversación personal, vino hacia mí con una especie de inesperado alborozo, y señalando con el hombro hacia el tabique, dijo a través de una sonrisa forzada: ‘¡Ahí está ése con Kollontai, con Kollontai!’ Sus gestos y su risa me parecieron fuera de lugar y de una vulgaridad insoportable, especialmente en aquella ocasión y aquel lugar. No recuerdo si le contesté algo, volviendo la cabeza a otro lado, o si le respondí secamente: ‘Es asunto suyo.’”[19] Pero a pesar de la ternura demostrada en estos primeros días de matrimonio, Alexandra abandonará a Dybenko. Cuatro años más tarde le escribe: “No soy la esposa que necesitas, soy un individuo antes que una mujer.”[20]

La NEP y la Oposición Obrera

El invierno de 1920 a 1921 fue extremadamente crudo, las bajas temperaturas y el hambre causaron dos millones de muertes. La revolución persistía en medio de enormes dificultades: la producción agrícola había descendido en un 60% respecto de 1914, la producción industrial había quedado reducida a un 15%. Lenin decía: “El proletariado es la clase que participa en la producción de bienes materiales en la industria capitalista a gran escala. En la medida en que la industria a gran escala ha sido destruida, en la medida en que las fábricas están paradas, el proletariado ha desaparecido.”[21] 

Y esto tenía consecuencias políticas: el Estado se apoyaba en una clase obrera diezmada por la guerra civil, el hambre y porque los trabajadores se volvían al campo en busca de comida.

Los marineros de Kronstadt, en el Báltico, se amotinan; entre sus demandas incluyen un mercado libre para el grano. La oposición de los campesinos –que constituían nada menos que el 80% de la población- al gobierno de los soviets hacía peligrar el futuro de la revolución. Es entonces que, el Xº Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética promulga, por decreto del 21 de marzo de 1921, la nueva política económica (NEP), requiriendo una cantidad específica de productos agrícolas o materias primas a los campesinos como medida de emergencia y dando la libertad para vender el resto de la producción.

La crisis obligaba a los bolcheviques a restaurar la propiedad privada, en algunos sectores de la economía, reemplazando la política de “comunismo de guerra” de los años anteriores. Con estas medidas, la producción agrícola se incrementó considerablemente. Pero esta política también fortaleció a los campesinos ricos y a los especuladores, esos hombres y muchachas de la NEP que son los personajes más despreciables de La bolchevique enamorada. Cuando Vassilissa emprende el viaje en tren para reencontrarse con su amado, comparte el camarote con una de estas mujeres que se beneficiaban con las actividades especulativas. “Su compañera de viaje era una muchacha de la NEP, muy llamativa, vestida con sedas, perfumada, con pesados pendientes”, un comportamiento ajeno e impensado para millones de mujeres trabajadoras hundidas en la miseria.[22]

Para Lenin y Trotsky, estos cambios en la política económica constituían un retroceso ordenado, para hacer tiempo hasta la próxima oleada de la revolución internacional. Sin embargo, no desconocían los peligros que acarreaban estas medidas: la NEP abría las puertas a las presiones de clases antagónicas con el proletariado que podían provocar una ruptura en el Partido Comunista, dando paso a la restauración. Por eso, al mismo tiempo que introducía la NEP, Lenin proponía, como medida preventiva y excepcional, la prohibición del derecho a fracción dentro del partido.

Pero en medio de esta situación, Lenin enfrenta aún a otro grupo que se denomina Oposición Obrera: “Una desviación ligeramente sindicalista o semianarquista no habría sido muy grave porque el partido la habría reconocido a tiempo y se habría preocupado de eliminarla. Pero, cuando tal desviación se produce en el cuadro de una aplastante mayoría campesina en el país, cuando crece el descontento del campesinado ante la dictadura proletaria, cuando la crisis de la agricultura alcanza su límite, cuando la desmovilización del ejército campesino está liberado a centenares y millares de hombres deshechos que no pueden encontrar trabajo y no conocen más actividad que la guerra, pasando a alimentar el bandidaje, ya no es tiempo de discusiones acerca de las desviaciones teóricas. Debemos decir claramente al Congreso: no permitiremos más discusiones sobre las desviaciones, es preciso detenerlas (...). El ambiente de controversia se está haciendo extraordinariamente peligroso, se está convirtiendo en una auténtica amenaza para la dictadura del proletariado.”[23] 

En la Oposición Obrera se encontraba enrolada Alexandra Kollontai. Se trataba de un grupo de trabajadores metalúrgicos, encabezado por ella y el dirigente sindical Alexander Shliapnikov, quienes consideraban que había que entregar la dirección de la economía a un congreso de productores, dar la dirección de las fábricas y empresas a los sindicatos y elegir a los directores por el voto directo. Lenin responde: “En estos últimos meses se ha revelado claramente en el seno del Partido una desviación sindicalista y anarquista, que exige las medidas más enérgicas de lucha ideológica, así como la depuración y el saneamiento del Partido.(…). En primer lugar, el concepto de ‘productor’ engloba al proletario con el semiproletario y con el pequeño productor de mercancías, apartándose así radicalmente del concepto fundamental de la lucha de clses y de la exigencia básica de diferenciar con precisión las clases. En segundo lugar, orientarse hacia las masas sin partido o coquetear con ellas, como se hace en la tesis citada, es apartarse del marxismo de un modo no menos radical. (…). El marxismo nos enseña (…) que sólo el partido político de la clase obrera, es decir, el Partido Comunista, está en condiciones de agrupar, educar y organizar la vanguardia del proletariado y de toda la masa trabajadora, la única capaz de resistir a las inevitables vacilaciones pequeñoburguesas de esta masa, alas inevitables tradiciones y recaídas en la estrechez de miras gremial o en los prejuicios gremiales entre el proletariado y dirigir todo el conjunto de las actividades de todo el proletariado…”[24]

En la ficción, corre el año 1922 y la autora hace reflexionar al personaje: “… Vassilissa tampoco era la misma. ¿Por qué? ¿De quién era la culpa? Con las manos en la cabeza, Vassilissa pensaba. En aquellos años nunca había tenido tiempo para pensar. Vivía y trabajaba. Pero ahora tenía la sensación de haber olvidado o descuidado algo. ¿El qué? Discordia dentro del Partido, disgustos en las organizaciones…”[25] Ella también se junta, con otros compañeros, para presentarse como un grupo de opinión en el siguiente congreso del partido. “La tendencia de Vasya fue derrotada. Pero había obtenido más votos de los que ella esperaba. Eso también era una victoria.”[26]

En la vida real, la Oposición Obrera impugna las decisiones del Xº Congreso del partido ante la Internacional Comunista, mediante una carta conocida como la “Declaración de los 22.” En el congreso siguiente, una comisión propone la expulsión de Kollontai y Shliapnikov entre otros, pero es rechazada.

En La bolchevique enamorada, transcurren los meses en que Vassilissa se reencuentra con su amor, pero éste ya no es el mismo. Ahora, Vladimir ocupa un cargo de director en una empresa y mantiene relaciones comerciales con los especuladores de la NEP. Cuando quiere congraciarse con su Vasya, ésta se enfurece. “-¿Ése es tu sueldo? ¿Tu sueldo mensual? Pero ¿cómo te atreves tú, un comunista, a gastarlo en tales tonterías? ¡Y cada vez mayor pobreza! ¡A tu derredor miseria y hambre! ¿No habrás hecho algo que no debías para llegar a ser director?”[27], interroga Vassilissa, cuando ve los muebles del nuevo hogar que van a compartir.

La vida de la pareja no se parece a la que ella imaginaba en aquel viaje en tren que la conducía a los brazos de Vladimir. Todas las noches la casa se llenaba de invitados que no le simpatizaban a la obrera bolchevique: directores de empresas, hombres de la NEP, oficiales de la GPU… y, para peor, sus esposas que vestían de seda, con abrigos finos y los dedos relucientes de sortijas. “La dama dijo que era religiosa y que se confesaba, aunque no ayunaba. ¿Cómo podía ser eso?, ¡un compañero de la GPU casado con una creyente! Vasya frunció el ceño. Se puso de mal humor. Vladimir tenía la culpa también. ¿Qué clase de amigos tenía?”[28]

Pocos años más tarde, Alexandra recorrería el mundo, viviendo en embajadas suntuosas de la Unión Soviética, convertida en cárcel y tumba de miles de auténticos revolucionarios. Pero en la novela, es Vladimir el que ha cambiado enormemente. “Vasya miraba con indignación a su marido dormido. ¿Era posible que este hombre fuese su amante, que alguna vez hubiera sido su amigo y compañero? ¿Era éste el hombre con el que había luchado por el Soviet? Era un extraño, un desconocido. ¡Qué sola estaba!”[29]

Un final silencioso

Hacia el final de la novela, Vassilissa se recobra a sí misma, recobra nuevos bríos y el placer de dedicar su vida a la actividad revolucionaria, después de haber intentado, infructuosamente, recuperar el viejo amor de 1917 que había cambiado tanto bajo la influencia de la NEP. Pero cuando regresa a su habitación en la vieja comuna que ella había ayudado a construir con su propio esfuerzo, llueven las quejas: el club de niños había sido disuelto porque no representaba más que un gasto; los libros de la biblioteca se habían vendido cuando se instituyó la nueva política económica. “¡Que la NEP se ocupase de sus asuntos, pero que dejase en paz las cosas que los obreros habían edificado laboriosamente!”, piensa Vassilissa.[30]

Su vieja amiga Grusha le dice: “Eso es lo peor de todo; el modo como nuestros hombres desertan para convertirse en directores. Pero no te sientas desgraciada, Vasya. ¡Quedan muchos más de los nuestros! Fíjate en ésos que no pertenecen al Partido. Entre ellos encontrarás comunistas de verdad, proletarios comunistas sinceros.” Los otros “hace tiempo que cambiaron sus ideas proletarias por lámparas y colchas. No nos comprenden.”[31] Sin embargo, advierte que entre los miembros de la clase trabajadora, reinan el desgano y la apatía: “Guarda tu amor, tu corazón para los trabajadores; su situación es difícil ahora. Muchos de ellos han perdido la fe en sí mismos.”[32]

Ese sentimiento se expande en la Unión Soviética, más aún con la muerte de Lenin, ocurrida el 21 de enero de 1924. Algunos meses antes, Alexandra se incorpora al cuerpo diplomático de la Unión Soviética, siendo la primera mujer embajadora de la historia, ejerciendo su cargo en Noruega, Suecia y México. Esto la aleja del centro de las actividades políticas de Moscú y Petrogrado, pero a cambio, le evitan el riesgo de deportación y ejecución de los que son víctimas sus compañeros junto a otros oposicionistas, de ahí en adelante. Shliapnikov no pudo escapar a este destino: en 1932 fue obligado por Stalin a autocriticarse públicamente; al año siguiente fue expulsado del Partido Comunista; más tarde fue arrestado y, en 1937, fue ejecutado.

Hasta su muerte, acaecida en Moscú el 9 de marzo de 1952, Kollontai permaneció en el exterior y la mayoría de sus escritos trataron sobre temas relativos a la mujer, la familia y la sexualidad. También publicó su autobiografía.

¿Cuánto hubo de desconocimiento acerca de lo que acaecía en el Estado obrero aprisionado por la bota de Stalin? ¿Cuánto de desazón, de escepticismo, de desmoralización y cansancio como para emprender una nueva batalla por sus convicciones? Lo cierto es que, Alexandra Kollontai, quien en numerosas ocasiones mantuvo divergencias con las líneas directrices de Lenin y que, sin embargo, siempre acató la decisión mayoritaria y las resoluciones del partido, esta vez guardó silencio.

¿Una vez más trató de acatar la disciplina sin miramientos? ¿O más bien fue un intento de escapar a las garras de la reacción que aplastaba cualquier discrepancia con los campos de trabajo forzoso, los juicios sumarios y los fusilamientos?

Trotsky, como miles de oposicionistas de izquierda al régimen termidoriano impuesto por Stalin, no escapó a este destino. En 1932, al fundador del Ejército Rojo perseguido por todo el mundo, Suecia le negaba una visa por pedido de Alexandra Kollontai que cumplía, así, con las órdenes del Kremlin. “La fracción stalinista tomó una posición vergonzosa en la contienda clasista sobre el problema de la visa. A través de sus agentes diplomáticos hizo todo lo posible para impedir que se le diera la visa al camarada Trotsky. Kobetski en Dinamarca y Kollontai en Suecia amenazaron con represalias económicas y de todo tipo.”[33]

La bolchevique enamorada termina antes de estos acontecimientos dramáticos que golpearon a la clase trabajadora soviética. El final transcurre en medio de estruendosas risas y el grito de Vassilissa a su amiga: “¡Vivamos, Grusha, vivamos!” Lamentablemente, Alexandra eligió hacerlo en el silencio y bajo una falsa disciplina que le salvó la vida a costa de no denunciar los crímenes contra los revolucionarios, que, paradójicamente, se cometían en nombre del socialismo.

Sus oscilantes posiciones políticas y su reclusión en los lujosos salones de las embajadas para evitar mirar al monstruo de frente, no invalidan sin embargo, su notablemente audaz pensamiento sobre las nuevas formas de las relaciones humanas liberadas del yugo capitalista. Esos escritos han perdurado por su perspicacia para reconocer hasta qué punto el amor y la sexualidad obedecen también a los resortes sociales y económicos del mundo en el que vivimos. Pero, fundamentalmente, por su capacidad de imaginar nuevos vínculos igualitarios entre los seres humanos.

Vassilissa así lo sueña, hasta lo que conocemos de su historia ficticia. Alexandra supo que los sueños que los bolcheviques fueron capaces de concebir en 1917 estaban siendo estrangulados por “el puño del gendarme y la filosofía del cura” que imponía la burocracia stalinista.

Pero hoy, cuando acaban de cumplirse 90 años de la revolución rusa y Txalaparta edita La bolchevique enamorada, el libro adquiere nuevas dimensiones. Y más allá de las defecciones de su autora, se muestra como un lienzo que expone otras formas y colores del amor, en el marco del compromiso y la convicción revolucionarias.
Contra el individualismo que impregna nuestra cultura, La bolchevique enamorada es una lección no sólo de cuánto las mujeres necesitan luchar por su propia individualidad, sino también de cuánto más rico es el amor cuando su objeto es la comunidad y no la posesión del otro.

Notas

[1] Kollontai escribió El amor de las tres generaciones, Las hermanas y El amor libre, en 1923.

[2] Jacqueline Heinen, Introducción a Mujer, Historia y Sociedad. Sobre la liberación de la mujer, de A. Kollontai, Fontamara, México, 1989.

[3] Citado por Zaloa Basabe en el prólogo a la edición de La bolchevique enamorada, en español.

[4] Introducción de Bárbara Funes al capítulo V de Luchadoras. Historias de Mujeres que hicieron Historia, Ediciones del IPS, Bs. As., 2006.

[5] Los mencheviques eran la fracción moderada del POSDR, quienes bregaban por un partido “amplio” y consideraban que en Rusia estaba planteada una revolución burguesa como primera etapa del proceso revolucionario, donde el partido obrero debía ubicarse como ala izquierda.

[6] Alexandra Kollontai, La bolchevique enamorada, Txalaparta, Bs. As., 2008, p. 20.

[7] Nadezhda Krupskaya, Lenin. Su vida, su doctrina, Editorial Rescate, Bs. As., 1984.

[8] Kollontai, op.cit., p. 20.

[9] Louise Bryant, Six Red Months in Russia: An Observers Account of Russia Before and During the Proletarian Dictatorship, George H. Doran Company, New York, 1918. Versión electrónica en <> [T.de A.]

[10] John Reed, Diez días que conmovieron al mundo, Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1967.

[11] A. Kollontai, “Mujeres Combatientes en los días de la Gran Revolución de Octubre”, versión en < option="com_content&task=" id="487&Itemid=">

[12] A. Kollontai, Mujer, Historia y Sociedad. Sobre la liberación de la mujer, Fontamara, México, 1989.

[13] Citado en nota al pie de Jacqueline Heinen a Mujer, Historia y Sociedad, op.cit.

[14] L. Trotsky, Mi vida, Antídoto, Bs. As., 1996.

[15] A. Kollontai, La bolchevique enamorada, p. 34.

[16] A. Kollontai, “V.I. Lenin and the First Congress of Women Workers”, versión electrónica en <>

[17] A. Kollontai, La bolchevique enamorada, p. 21

[18] íd.

[19] Trotsky, Stalin, versión electrónica en <>

[20] Citada por Jacqueline Heinen en Introducción a Mujer, Historia y Sociedad, op.cit.

[21] Citado por Ted Grant en Rusia, de la revolución a la contrarrevolución, Fundación Federico Engels, Madrid, s/f.

[22] Kollontai, op.cit., p. 31

[23] Citado por Pierre Broué en El Partido Bolchevique, Editorial Ayuso, Madrid, 1974.

[24] Lenin, “Primer proyecto de resolución del X Congreso del PC de Rusia sobre la desviación sindicalista y anarquista en nuestro partido”, en Acerca de los sindicatos, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Moscú, 1958.

[25] A. Kollontai, op.cit., p. 51.

[26] Íd., p. 75.

[27] Ibíd.., p. 83.

[28] Ibíd., p. 93.

[29] Ibíd., p. 177.

[30] Ibíd., p. 201.

[31] Ibíd., p. 216.

[32] Ibíd., p. 218.

[33] “Una declaración de los bolcheviques leninistas sobre el viaje del camarada Trotsky”, noviembre de 1932, en Escritos de León Trotsky, CD ROM del CEIP “León Trotsky”, Bs. As., 2000.