14/5/09

Somalia: nos mienten sobre los piratas



Johann Hari

 

¿Quién podría imaginar que en 2009, los gobiernos del mundo declararían una nueva guerra a los piratas? Mientras está leyendo esto, la marina británica -apoyada por los buques de más de dos docenas de naciones, desde los Estados Unidos hasta China- se está internando en aguas de Somalia para perseguir a hombres que todavía vemos como villanos de circo con un loro en el hombro.

Pronto estarán luchando contra buques somalíes y hasta persiguiendo a los piratas en tierras de Somalia, uno de los países más rotos de la tierra. Pero detrás de la extravagancia de este cuento, hay un escándalo por contar. La gente que nuestros gobiernos etiquetan como “una de las grandes amenazas de nuestros tiempos” tiene una historia extraordinaria que contar – y algo de justicia de su parte.

Los piratas nunca han sido exactamente lo que creemos que son. En la “edad dorada de la piratería” –desde 1650 hasta 1730– la idea del pirata como el ladrón salvaje e insensato que perdura hasta nuestros días fue creada por el gobierno británico en un gran esfuerzo propagandístico. Mucha gente corriente creyó que esto era falso: con frecuencia la muchedumbre los rescataba de la horca. ¿Por qué? ¿Qué vieron entonces que nosotros no vemos ahora? En su libro Villains of all nations (Villanos de todas las naciones), el historiador Marcus Rediker escudriña las pruebas para averiguarlo. Entonces, si te alistabas en la marina mercante o en la marina británica –reclutado en los muelles de Londres, joven y hambriento– terminabas en un infierno flotante de madera. Trabajabas a todas horas en un buque angosto y medio muerto de hambre, y si remoloneabas algo, el todo poderoso capitán te azotaba. Si remoloneabas constantemente, te podrían tirar por la borda. Y después de meses o años soportando esto, a veces te timaban en la paga.

Los piratas fueron los primeros en rebelarse contra este mundo. Se amotinaron contra sus capitanes tiránicos y crearon un modo distinto de trabajar en la mar. Una vez tomado un buque, los piratas elegían a su capitán, y tomaban todas sus decisiones colectivamente. Compartían el botín, lo que describe Rediker como “uno de los planes más igualitarios del siglo dieciocho para aprovechar los recursos disponibles”. Hasta acogían a esclavos africanos y convivían con ellos como iguales. Los piratas demostraron “de forma bastante clara y subversiva que no hacía falta llevar el buque en la manera opresiva y brutal que lo hacían la marina mercante y la marina británica”. Es por esto que eran populares, a pesar de ser ladrones improductivos.

Las palabras de un pirata de esa edad perdida –un joven británico llamado William Scott– deberían tener eco en esta nueva edad de piratería. Justo antes de que lo ahorcaran en Charleston, Carolina del Sur, dijo: “Lo que hice fue para no perecer. Fui obligado a hacerme pirata para sobrevivir”. En 1991, cayó el gobierno de Somalia, situado en el Cuerno de África. Sus nueve millones de habitantes han estado al borde de morirse de hambre desde entonces y muchas de las fuerzas más feas del mundo occidental han visto esto como una estupenda oportunidad para robar las provisiones de comida del país y verter nuestros residuos nucleares en sus mares.

Sí: residuos nucleares. En cuanto desapareció el gobierno, llegaban misteriosamente buques europeos a la costa de Somalia, vertiendo enormes barriles en el océano. La población de la costa empezaba a enfermar. Al principio, padecieron extrañas erupciones, nauseas y nacieron niños malformados. Entonces, después del tsunami de 2005, cientos de estos barriles vertidos y con fugas terminaron en la orilla. La gente empezó a enfermar de la radiación y más de 300 personas murieron. Ahmedou Ould-Abdallah, el enviado de Naciones Unidas a Somalia, declara: “Alguien está vertiendo material nuclear aquí. También hay plomo, y materiales pesados, tales como cadmio y mercurio –o sea, de todo.” Se puede seguir su rastro hasta los hospitales y las fábricas europeos, y se entrega a la mafia italiana para que ésta se deshaga de ello de la manera menos costosa. Cuando pregunté a Ould-Abdallah qué hacían los gobiernos italianos para combatir esto, dijo con un suspiro: “Nada. Ni se ha limpiado, ni ha habido compensación ni prevención.”

Al mismo tiempo, otros buques europeos han estado saqueando los mares de Somalia de su mayor recurso: el marisco. Hemos destruido nuestras propias existencias de pesca por sobreexplotación y ahora queremos las suyas. Enormes palangreros roban cada año más de 300 millones de dólares en atún, gambas, langosta, etc. al internarse ilegalmente en los mares no protegidos de Somalia. Los pescadores locales han perdido de buenas a primeras su sustento, y se están muriendo de hambre.

Mohammed Hussein, un pescador de la ciudad de Marka, a 100 kilómetros de Mogadishu, declaró a Reuters: “Si no se hace nada, pronto no quedará pesca en las aguas de nuestra costa”.

Éste es el contexto en el que han surgido los hombres que nosotros llamamos “piratas”. Todo el mundo está de acuerdo en que eran pescadores corrientes somalíes que primero intentaron disuadir con lanchas veloces a los que vertían residuos desde los palangreros o por lo menos cobrarles un tributo. Se llaman a sí mismos los Guardacostas Voluntarios de Somalia –y no es difícil entender por qué. En el transcurso de una entrevista telefónica surrealista, uno de los dirigentes piratas, Sugule Ali, dijo que su propósito era “parar la pesca ilegal y vertidos en nuestras aguas... No nos consideramos bandidos de los mares. Los bandidos son aquellos que pescan, vierten residuos y llevan armas en nuestros mares.” William Scott habría entendido estas palabras.

No, esto no justifica la toma de rehenes, y sí, algunos son evidentemente gángsteres –especialmente aquellos que han retenido los suministros del Programa Mundial de Alimentos. Pero los “piratas” tienen el apoyo abrumador de la población local por algo. El sitio web de noticias independiente somalí Wardher News encuestó a la población local sobre su opinión del tema. El 70 por ciento “apoyó la piratería como forma de defensa nacional de las aguas territoriales del país”. Durante la Guerra de Independencia de Estados Unidos, George Washington y los padres fundadores pagaron a piratas para proteger las aguas territoriales de su país porque no tenían marina ni guardacostas propios. La mayoría de los estadounidenses los apoyaron. ¿Es esto tan diferente? ¿Esperábamos que los somalíes hambrientos nos mirasen pasivamente desde sus playas o mares en medio de nuestros residuos nucleares mientras robábamos sus peces para comerlos en los restaurantes de Londres, París y Roma? No actuamos cuando se cometían estos crímenes –pero cuando algunos pescadores respondieron interrumpiendo el pasillo de tránsito del 20 por ciento del suministro de petróleo mundial, empezamos a gritar sobre la “maldad”. Si de verdad queremos ocuparnos de la piratería, necesitamos erradicar su causa – nuestros crímenes – antes de mandarlos cañoneros para erradicar a los criminales somalíes.

La guerra contra la piratería, también ésta de 2009, fue resumida por otro pirata que vivió y murió en el cuarto siglo antes de Cristo. Se lo capturó y llevó ante Alejandro Magno, que quiso saber “qué quería decir con guardar el mar”. El pirata sonrió y respondió: “Lo que quiere decir Vd. con apoderarse de toda la tierra; pero como yo lo hago con un barco insignificante, soy un ladrón, mientras que a Vd., que lo hace con una gran flota, lo llaman emperador.” Una vez más, nuestras grandes flotas imperiales navegan hoy - ¿pero quién es el ladrón?

¿Quién es K’Naan?

K’Naan emigró de Somalia cuando estalló la guerra civil en la que murieron tres de sus amigos más cercanos. Desde entonces compone canciones sobre los temas más delicados de su país, como los piratas del océano Índico: “Qué sabe sobre los piratas que siembran el terror en los océanos/ y no estar ni un solo día sin una gran conmoción” Proveniente de una familia de artistas, K'Naan, cuyo nombre significa 'el viajero' en su idioma nativo, rápidamente siguió el camino de sus allegados y hoy es uno de los raperos más conocidos en la escena musical, hasta el punto que cuando tenía 23 años acompañó al famoso cantante senegalés Youssou N'Dour en su tour mundial. K'Naan, quien fue calificado por Los Angeles Times como una figura para ver en 2009, cantó con Nelly Furtado y logró en su más reciente trabajo, el segundo de su carrera, la colaboración de Adam Levine, miembro de Maroon 5, y hasta de Kirk Hammett, el legendario guitarrista de Metallica. Según Banning Eyre, editor de la página afropop.org, "K'Naan es un músico con grandes posibilidades de éxito, que ha logrado entender tanto la música africana como su propia realidad. Además lanzó el CD más emocionante que he escuchado en 2009".

Barack Obama ante un desafío sin precedentes



Aurelio Alonso 


En los cincuenta años que corren desde el triunfo en Cuba de la Revolución de 1959, han pasado por la Casa Blanca diez presidentes; uno de ellos cayó víctima de un de magnicidio que quedó judicialmente sin solución, otro tuvo que renunciar a causa de verse involucrado en un escándalo de espionaje político interno; las armas invasoras del país sufrieron la más impresionante derrota de su historia en Vietnam; el liderazgo estadounidense de la economía y las finanzas mundiales contribuyó a incrementar dramáticamente la miseria y a concentrar la riqueza en el mundo. 

Mediante los resortes del poder los Estados Unidos implantaron, toleraron, apoyaron y utilizaron en América Latina dictaduras militares que masacraron durante décadas a todo el que diera señas de oposición o inconformidad y, para coronar el período, el último de jefe de Estado saliente ha dejado en herencia a su sucesor una nación sumida en la crisis financiera más aguda que se ha padecido desde hace ocho décadas; junto a una estela tal de deshonor que ya no parecía posible armar una campaña electoral exitosa por la presidencia que no se sostuviera sobre una propuesta del cambio. 

El régimen nacido de la Revolución en Cuba, repudiado desde los Estados Unidos sobre la base de muchos argumentos (todos impostados, ninguno el verdadero, el de haber rescatado la soberanía para la nación cubana frente al poder combinado del capital y de la Casa Blanca), ha conocido sólo dos gobernantes legítimos: Fidel Castro, que condujo el país hasta fecha reciente, y a continuación Raúl Castro, su hermano y compañero de lucha desde los comienzos de la insurrección que llevó al movimiento a derrocar la dictadura que Washington había sostenido casi hasta el final. 

Fidel ha sobrevivido al inventario más enjundioso de atentados terroristas fraguados bajo la sombrilla de los aparatos de inteligencia norteamericanos. Raúl le ha acompañado todo el tiempo, con sabiduría y lealtad, en la organización y conducción de unas fuerzas armadas poderosas, orgánicamente revolucionarias, ajenas al peligro de ambiciones militarizantes o golpistas, e imbuidas de un conocido espíritu de solidaridad internacionalista: tropas cubanas, voluntarias, se destacaron combatiendo junto a las angolanas en la consolidación de la independencia de aquel país, la liberación de Namibia, y la eliminación del régimen de apartheid en Sudáfrica. 

La dramática situación económica interna del país es tributaria de la acumulación de sucesivas medidas de exclusión que integran lo que insistimos en caracterizar como bloqueo y no simplemente como embargo, aplicado sin tregua por cinco décadas desde Washington. Sin que hayan podido impedir, no obstante, que el país cuente hoy con más de un millón de graduados universitarios, y una población escolarizada cercana al nivel secundario, su principal capital. 

Quien lea estas líneas podrá objetar que contabilizo lo negativo de un lado y lo positivo del otro, y tendrá razón. Pero es que lo positivo ha permanecido ausente en la política norteamericana hacia Cuba, mientras los errores, arbitrariedades, excesos, y si se quiere hasta desatinos que pudiéramos mencionar en esta historia no pueden dejar que ignoremos que todo lo que se ha hecho, lo que ha salido bien y lo que ha salido mal, se ha tenido que hacer en condiciones de «plaza sitiada». Ni siquiera en el momento de las moderadas flexibilidades introducidas bajo la presidencia de James Carter se puede constatar un alivio efectivo del cerco económico. 

Comienzo por estas apreciaciones porque no sería honesto avanzar sin fijar un punto de partida sobre la perspectiva de cambio que podríamos prever en las ... continuar la lectura


Roque Dalton: La historia en ayuda de las futuras rebeldías



Néstor Kohan 

 

Hace cuatro décadas Roque Dalton apeló al viejo militante salvadoreño Miguel Mármol para desenterrar y desempolvar una historia de rebeldía olvidada. No reconstruyó su testimonio para ganar una beca ni para coronar una tesis universitaria. Con ayuda de Mármol, Roque fue en busca del pasado para así iluminar el presente y cargarlo de energía. De esta manera pretendía conjurar los fantasmas del quietismo, el “realismo”, el culto de “lo posible” y la impotencia política que levanta altares paganos a la sempiterna “correlación de fuerzas objetivas”.

Atravesados por esa misma inquietud espiritual y con intenciones análogas hoy recurrimos a Roque para pedirle socorro, inspiración, consejo y guía. Ahora le toca a él dar testimonio, aportar experiencias, reflexiones, pensamientos y sugerencias políticas, para así ayudar a una nueva generación a salir del impasse político y el desconcierto ideológico en que nos sumergió el neoliberalismo. 

Lenin y el poder 

Después de las derrotas insurgentes de los ’60 y los genocidios militares de los ‘70, de la socialdemocratización y el postmodernismo de los ‘80, del desprecio de fundaciones y ONGs por el marxismo revolucionario y la cooptación desfachatada de los ‘90, Roque nos ofrece nuevamente la fruta prohibida. “Es conveniente leer a Lenin”, nos sugiere, “actividad tan poco común en extensos sectores de revolucionarios contemporáneos”. 

Pero su consejo para las nuevas generaciones de militantes no queda detenido allí. Burlón, incisivo, irónico y mordaz, Dalton pone el dedo en la llaga. Luego de los relatos posmodernos y de aquellas tristes ilusiones que pretendían “cambiar el mundo sin tomar el poder”, Roque nos provoca:

“Cuando usted tenga el ejemplo de la primera revolución socialista hecha por la «vía pacífica», le ruego que me llame por teléfono. Si no me encuentra en casa, me deja un recado urgente con mi hijo menor, que para entonces ya sabrá mucho de problemas políticos”.

A contramano de modas académicas y mercantiles, cruzando las fronteras tanto de la vieja izquierda eurocéntrica como de los equívocos seudolibertarios y falsamente horizontalistas de las ONGs, la propuesta radical de Roque Dalton acude presurosa a llenar un vacío. Su relectura de Lenin nos permite responder los interrogantes que a nuestro paso nos presenta la esfinge. Roque focaliza la mirada crítica y la reflexión teórica en el problema fundamental del poder, desafío aún irresuelto por los procesos políticos contemporáneos de nuestra América. Tras varias décadas de eludir, ocultar o silenciar ese nudo problemático de todo pensamiento radical, recuperar la perspectiva antiimperialista y anticapitalista de Roque puede ser de gran ayuda para someter a crítica las mistificaciones y atajos reformistas del posmodernismo, disfrazados con jerga aparentemente —sólo aparentemente— libertaria. 

La redacción de este libro 

El puntapié inicial para la redacción de esta obra iconoclasta y provocadora responde a una invitación de un reconocido intelectual cubano, el poeta Roberto Fernández Retamar, director de Casa de las Américas. En 1970, al cumplirse 100 años del nacimiento de Lenin, Fernández Retamar convoca a varios poetas a escribir sobre él. De los muchos trabajos seleccionados, se eligen dos, uno de Roque y otro del intelectual haitiano René Depestre. 

Esa puntada inicial, redactada en La Habana, se fue entretejiendo posteriormente con múltiples materiales que Dalton va acumulando para su investigación sobre la obra del principal teórico de la filosofía de la praxis —según lo definiera Antonio Gramsci. 

Aquella primera redacción acerca de Lenin se termina de completar recién tres años más tarde, en julio de 1973, en Hanoi, Vietnam del norte. El libro nace entonces en La Habana y concluye en Vietnam. Un itinerario geográfico que es también político, índice expresivo de lo que Roque concibe como actualidad del leninismo. 

El propio autor aclara al final del último poema de su libro, el “Ensayo de himno para la izquierda leninista”, que su texto queda, adrede, inconcluso. Lo concibe como una obra abierta a los avatares de la revolución latinoamericana y a las nuevas lecturas que eventualmente se derivarán sobre Lenin en el ... continuar la lectura

Nota 1

Roque Dalton nace el 14 de mayo de 1935 en San Salvador. Estudia derecho y antropología en las Universidades de El Salvador, Chile y México. Desde muy joven se dedica al periodismo y a la literatura, obteniendo diversos galardones en certámenes nacionales y centroamericanos. Publica sus primeros poemas en la revista Hoja (Amigos de la Cultura, San Salvador, 1956) y en Diario Latino de la misma ciudad. Por su militancia política, sufre cárceles y destierros. Vive emigrado en Guatemala, México, Cuba, Checoslovaquia, Corea, Vietnam del Norte y otros países. Muere asesinado por sus propios compañeros el 10 de mayo de 1975. Roque publicó una vasta obra poética: “Mía junto a los pájaros” (San Salvador, 1957),  “La Ventana en el rostro” (México, 1961), “El Mar” (La Habana, 1962), “El turno del ofendido” (La Habana, 1962), “Los Testimonios” (La Habana 1964), “Poemas” (Antología, San Salvador, 1968), “Taberna y otros lugares” (Premio Casa de las Américas, 1969), “Los pequeños Infiernos” (Barcelona 1970). Entre sus ensayos se encuentran “César Vallejo” (La Habana 1963), “El intelectual y la sociedad” (1969), “¿Revolución en la revolución?” y “La crítica de la derecha” (La Habana 1970). “Miguel Mármol y los sucesos de 1932 en El Salvador” (1972) y “Las historias prohibidas del pulgarcito” (México, 1974). Póstumamente se publica su novela “Pobrecito Poeta que era yo” (1981) y las obras poéticas: “Los Hongos, Un libro levemente odioso” (1989) y “Contra ataque”.

Nota 2

Dalton murió en una casa del barrio Santa Anita y después fue trasladado a las cercanías volcánicas de Quezaltepeque, el 10 de mayo de 1975. En esa zona rural, su cuerpo fue abandonado, devorado por animales, semienterrado, descubierto por autoridades y perdido para siempre en una barranca, según lo estableció, en 1993, un informe de la Misión de Observadores de las Naciones Unidas para El Salvador (ONUSAL). Las acusaciones vertidas en su contra para justificar su asesinato desataron condenas de sectores políticos e intelectuales del planeta entero. Entre ellas se destacan las voces de Julio Cortazar y de Mario Benedetti, quien años más tarde preparó la primera antología poética de Dalton conocida a nivel internacional, publicada en La Habana (1980), San Salvador (1981) y Madrid (2000).