30/4/09

Antonio Gramsci: “Marxista independiente”


Roberto Matta [Chile] "Redness of Blue"
Alain de Benoist

 

Hubo un tiempo en que se leía a Marx. Hoy, es dogma. No solamente está de moda: la inmensa mayoría de lo que se publica en el dominio ideológico se sitúa en el interior del marxismo. El marxismo, y sus epígonos que introdujeron un cierto número de variaciones personales (Lukács, Rosa Luxemburgo, Wilhelm Reich..), se han instalado en la cultura popular y en los análisis massmediáticos de un modo subliminal, penetrándolo todo, aun sin darnos cuenta.

Antonio Gramsci es, junto con Lukács, el más célebre de los "marxistas independientes". Es también, y sobre todo, el teórico del "poder cultural".

Nacido en Cerdeña en 1891, una leyenda a lo Don Bosco hizo de él el hijo de un pastor. De hecho, su padre fue un funcionario estatal. A los tres años, a consecuencia de una desgraciada caída por la escalera, se deforma la columna vertebral, quedando jorobado para el resto de su vida. A los diecisiete años, una beca le permite acceder a la universidad de Turín, a donde llega en 1911.

Dos años más tarde se afilia al Partido Socialista Italiano (PSI), donde milita en el "ala izquierda". Comienza a escribir en el diario "Avanti" y en el semanario "Grido del popolo". El 1 de mayo de 1911, junto con Terracini y Palmiro Togliatti, lanza el semanario "L´Ordine nuovo".

El mundo comunista se encontraba entonces en plena ebullición. A partir de 1918 ciertas corrientes se pronuncian por un "apoyo crítico" al bolchevismo ruso. Estas corrientes rechazan aceptar sin contestación la hegemonía de la Komintern (la Internacional Comunista). En Alemania, es el caso de los grupos que, en 1920, se agruparon en el KAPD (Partido Comunista Obrero Alemán), con Rosa Luxemburgo y Karl Korsch; en los Países Bajos, de los "consejistas" de Pannekoek. Su oposición queda mostrada en la acción parlamentaria, que consideran inadecuada para la lucha por el socialismo, y en el papel de los sindicatos, puesto que dudan de sus virtudes revolucionarias.

Esta posición será duramente criticada por Lenin en su obra El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo.

En Italia, en el interior del PSI, se enfrentan dos grupos "izquierdistas": el dirigido por Amadeo Bordiga y el liderado por Antonio Gramsci.

Reagrupados desde Nápoles en torno al diario "Il Soviet", los bordiguistas proponen la creación de un partido revolucionario ultrajerarquizado y ultracentralizado. La dirección de "L´Ordine nuovo", al contrario, opone el "comunismo de los consejos" al "comunismo del partido": denuncian el “fetichismo organizativo”; es decir, la idea de que todo debe estar subordinado a los intereses del partido.

El sindicato, escribe Gramsci, “tiene un objetivo que podríamos llamar comercial”, consistente en “valorizar, sobre el mercado burgués del trabajo, la categoría de los trabajadores”, lo cual nada tiene que ver con la revolución. En cuanto a la “religión de partido”, ligada al burocratismo y al elitismo, se traduce en “el deseo de cultivar el aparato por el aparato” (Notas sobre Maquiavelo). Conclusión: el partido y el sindicato pueden ser agentes de la revolución, pero no pueden ser formas privilegiadas, ni la revolución puede confundirse con ellos.

Con su figura corvada, su gruesa nariz, su melena negra y sus eternos "quevedos", Gramsci está presente en todos los congresos, donde lanza su célebre palabra de orden: “Sólo la verdad es revolucionaria”.

Paralelamente elabora una teoría del "consejismo de las factorías". La idea central es que el proletariado debe instituir su dictadura mediante organismos creados espontáneamente en su seno. Aquí, la palabra-clave es "espontáneamente": implica un retorno a la base.

Bordiguistas y "social-traidores"

Gramsci se vuelca hacia los "consejos de las factorías", que supone la síntesis entre la infraestructura económica y la superestructura política: en el penúltimo estadio de la sociedad comunista, el Estado mundial de los proletarios nacerá de la coalición entre los consejos de las factorías y los consejos de los campesinos. Será la “democracia directa”.

“Los comisarios de las factorías –escribe Gramsci– son los únicos y verdaderos representantes sociales (económicos y políticos) de la clase obrera, puesto que son los únicos elegidos mediante el sufragio universal de todos los trabajadores en su mismo lugar de trabajo”.

Desde abril hasta septiembre de 1920, un inmenso movimiento de huelga general sacude el norte de Italia. Es todo un acontecimiento: “El proletariado ha iniciado, por vez primera en la historia, la lucha por el control de la producción sin haber sido empujado a tal acción por el hambre o el paro” ("L´Ordine nuovo", 14-04-1921). Desde Turín, Antonio Gramsci anima los "soviets de empresa". “Cada factoría –dice– es un estado ilegal, una república proletaria que vive el día a día”.

Pero el entusiasmo se derrumba con la misma rapidez con la cual había surgido. El ala derecha del PSI "rompe" el movimiento. La socialdemocracia pierde terreno. Por lo demás, la decisión de Lenin de acelerar las escisiones comunistas en el seno de los partidos comunistas precipita los acontecimientos. El 21 de enero de 1921, en Livorna (Suiza), la "Fracción Comunista" (FC) del PSI se transforma en el Partido Comunista Italiano (PCI). Gramsci y Togliatti participan en su fundación, pero es Bordiga quien toma el control del partido.

Poco tiempo después una nueva crisis se declara en la Internacional. Inquieto ante los progresos de la "reacción", Lenin propone una estrategia de Frente Popular. Bordiga, en Italia, rechaza colaborar con los "social-traidores". Asegura que el fascismo, “instrumento de la burguesía”, desaparecerá automáticamente con ella. Esta actitud sectaria le priva del apoyo de las masas. El 29 de octubre de 1922, los fascistas llegan a Roma después de su larga marcha; al día siguiente, Mussolini accede al poder.

Pocos meses antes, en Moscú, Gramsci había sido designado miembro del Comité Ejecutivo de la Komintern. Meditando la importancia y la gravedad del desacuerdo entre el PCI y el Kremlin, decide atacar a los bordiguistas y tomar, desde el interior, el control del partido. Pero los apoyos que esperaba no se materializan. En Alemania, una tentativa de alianza entre socialistas y comunistas fracasa en octubre de 1923. Moscú, que creía en la posibilidad de la formación de una internacional de izquierdas, animada por Bordiga con el apoyo de Trotsky (ya en la oposición), encuentra la ocasión para desarrollar una ofensiva contra la "derecha". Gramsci se encuentra solo.

En enero de 1924 es elegido diputado por Venecia. El 12 de febrero lanza el diario "L´Unitá". En enero de 1926, el congreso del PCI debe celebrarse en Lyon, en Francia. Gramsci imponen sus tesis y es nombrado secretario general. Pero es demasiado tarde: carente ya de electorado, desgarrado por luchas intestinas, el partido es ilegalizado el 8 de noviembre y entra en la clandestinidad. Gramsci es arrestado y enviado a la isla de Utica, condenado a veinte años de prisión.

Allí, en su celda, escribe sus textos más importantes: los Cuadernos de la Cárcel. Treinta y tres tomos, tres mil páginas manuscritas.

Libre de las contingencias de la acción, Gramsci repasa toda la praxis del marxismo-leninismo. Reflexiona, en particular, sobre la gran huelga general socialista de 1920. ¿Cómo lograr que la conciencia de los hombres actúe según aquello que debería dictarle su situación de clase? ¿Cómo es que los estratos dominantes se hacen obedecer "naturalmente" por los estratos dominados? Gramsci responde a estas cuestiones mediante el estudio de la noción de "ideología", y operando una distinción decisiva entre "sociedad política" y "sociedad civil".

 La teoría del poder cultural

Por "sociedad civil" (termino ya usado por Hegel y, por cierto, criticado por Marx) Gramsci designa el conjunto del sector "privado"; es decir, el sistema de necesidades, la jurisdicción, la administración, las corporaciones, pero también los dominios intelectual, religioso y moral.

El gran error de los comunistas ha sido creer que el Estado se reduce a un simple aparato político. Pero, “el Estado organiza también el consentimiento”; es decir, dirige por medio de una ideología implícita, que reposa sobre los valores admitidos por la mayoría de los societarios. Este aparato "civil" comprende la cultura, las ideas, los modos, las tradiciones –e incluso el "sentido común".

En otras palabras, el Estado no es solamente un aparato coercitivo. Al lado de la dominación directa, del mando que ejerce por medio del poder político, también se beneficia, gracias a la actividad del poder cultural, de “una hegemonía ideológica, de la adhesión de los espíritus a una concepción del mundo que le consolida y le justifica” (cfr. la distinción hecha por Althusser entre el “aparato represivo del Estado” y los “aparatos ideológicos del Estado”).

Separándose aquí de Marx, que reduce la “sociedad civil” a la infraestructura económica Gramsci asegura (sin percibir todavía que la ideología también está ligada a las mentalidades; es decir, a la constitución mental de los pueblos) que es en la sociedad civil donde se elaboran y difunden las visiones del mundo, las filosofías, las religiones y todas las actividades intelectuales o espirituales, explícitas o implícitas, por medio de las cuales se forma y se perpetúa el consenso social. Por ello, reintegrando la sociedad civil al nivel de la superestructura y agregándole la ideología, de la que ella depende, Gramsci distingue, en Occidente, dos formas de superestructura: por una parte la sociedad civil, por la otra la sociedad política o el Estado propiamente dicho.

Mientras en Oriente el Estado lo es todo, en tanto la sociedad civil es “primitiva y gelatinosa”, en Occidente, los comunistas deben ser conscientes del hecho de que lo "civil" se ajusta a lo "político". Si Lenin, que ignoraba tal cosa, pudo acceder al poder, fue precisamente porque en Rusia la sociedad civil era prácticamente inexistente. En las sociedades desarrolladas, no es posible la toma del poder político sin la previa captura del poder cultural: ”La toma del poder no se efectúa solamente por una insurrección política de asalto del Estado, sino, sobre todo, por un largo trabajo ideológico en la sociedad civil que permita preparar el terreno” (Hélène Védrine, Las filosofías de la historia, 1975). El "paso al socialismo" no pasa ni por el putsch ni por el enfrentamiento directo, sino por la subversión de los espíritus.

El premio de esta "guerra de posiciones": la cultura, que es el puesto de mando de los valores y las ideas.

Gramsci rechaza a la vez el leninismo clásico (teoría del enfrentamiento revolucionario), el revisionismo estaliniano (estrategia del Frente Popular) y las tesis de Kautsky (constitución de una vasta concentración obrera). El "trabajo de partido", pues, consistiría en reemplazar la “hegemonía de la cultura burguesa” por la “hegemonía cultural proletaria”. Conquistada por valores que ya no serán los suyos, la sociedad vacilará sobre sus bases. Y entonces será la hora de explotar la situación sobre el terreno político.

De ahí el rol designado a los intelectuales: “ganar la guerra de posiciones por la hegemonía cultural”. El intelectual es aquí definido por la función que ejerce frente a un tipo dado de sociedad o de producción. Escribe Gramsci: “Cada grupo social, nacido sobre el terreno original de una función esencial, en el mundo de la producción económica, crea al mismo tiempo que él,orgánicamente, una o varias capas de intelectuales, que le dan su homogeneidad y la conciencia de su propia función, no solamente en el dominio económico, sino también en los dominios social y político (Los intelectuales y la organización de la cultura).

A partir de esta definición (demasiado extensa), Gramsci distingue entre los intelectuales orgánicos, que aseguran la cohesión ideológica de un sistema, y los intelectuales tradicionales representantes de los antiguos estratos sociales que persisten a través de las relaciones de producción.

A partir de los intelectuales "orgánicos", Gramsci recrea el sujeto de la historia y de la política, el Nosotros organizador de los otros grupos sociales, por retomar la expresión de Henri Lefebvre (El fin de la historia, 1970). El sujeto ya no es Príncipe, ni el Estado, ni el Partido, sino la Vanguardia intelectual ligada a la clase obrera. Es ella quien, mediante un “trabajo de termita”, cumple una "función de clase" convirtiéndose en portavoz de los grupos representantes en las fuerzas de producción.

La Vanguardia intelectual es quien debe dar al proletariado la “homogeneidad ideológica” y la conciencia necesaria para asegurar su hegemonía –concepto que, en Gramsci, reemplaza y desborda al de "dictadura del proletariado" (en la medida en que desborda la política para englobar la ideología).

Pluralismo y consenso evanescente

De paso, Gramsci detalla todos los medios que estima propios para la “persuasión permanente”: apelación a la sensibilidad popular, inversión de los valores del poder creación de “héroes socialistas”, promoción del teatro, del folklore, del cine. Para la definición de estos objetivos, se inspira en la experiencia inicial del fascismo y su estrecha vinculación con la cultura vanguardista (con el futurismo, particularmente). L comunismo, dice, debe resolver sus problemas teniendo en cuenta la experiencia soviética, pero sin seguir pasivamente este modelo. Esto le conduce a subrayar la especificidad de las problemáticas nacionales. La acción y la estrategia políticas no pueden, a sus ojos, negar la complejidad de las sociedades, ni el temperamento, la mentalidad, la herencia histórica, la cultura y la tradición de las naciones, ni mucho menos las relaciones de las clases entre sí (incluyendo sus aspectos ideológicos), etc.

Gramsci comprende muy bien que el postfascismo no será socialista. Pero piensa que este periodo, durante el cual reinará de nuevo el liberalismo, será una excelente ocasión para practicar la subversión cultural, pues el socialismo estará moralmente en una posición de fuerza.

De este “rodeo democrático” surgirá un nuevo bloque histórico, bajo la dirección de la clase obrera, en tanto que los intelectuales tradicionales serán asimilados o destruidos. Por “bloque histórico”, noción formada a partir, especialmente, de la situación en el Mezzogiorno italiano, Gramsci entiende un sistema de alianzas políticas que asocien la infraestructura y la superestructura, centrado en torno al proletariado y basado en la "historia"; es decir, sobre las clases y la estructura de las clases en la sociedad.

Esta visión se ha revelado profética. No solamente porque es en los regímenes liberales donde la subversión tiene una mayor libertad de actuación, sino también porque tales regímenes, siendo pluralistas, son el lugar de un débil consenso que favorece la inmersión de los intelectuales en las luchas políticas. “El orden pluralista –escribe Jean Baechler– se caracteriza por un consenso evanescente. En efecto, el pluralismo político; es decir, el reconocimiento institucional de la legitimidad de los proyectos divergentes y concurrentes, es intrínsecamente corruptor del consenso. La pluralidad de partidos, por el único mecanismo de la concurrencia, conduce a percibir más y más netamente la multiplicidad y la variabilidad de las instituciones y los valores. En el límite, no hay nada que consiga la unanimidad de los societarios” (¿Qué es la ideología?, 1976).

Se llega así a un círculo vicioso. La actividad de los intelectuales contribuye a destruir el consenso general, la difusión de las ideologías subversivas se ajusta a los defectos intrínsecos de los regímenes pluralistas. Pero, contra más se reduce el consenso, más se fortalece la demanda ideológica, a la cual responde la actividad de los intelectuales. Así, el efecto es contrario a la mayoría ideológica.

Antonio Gramsci murió de tuberculosis el 25 de abril de 1937. Su hermana Casilda reunió sus Cuadernos y los puso en circulación.

En la primavera de 1944, el PCI aguardaba su gran día bajo la dirección de Palmiro Togliatti (1893-1964). Retomando por cuenta una parte de las tesis de Gramsci se convirtió en el abogado del "policentrismo" –de la ortodoxia plural de los diferentes partidos comunistas. A principios de 1960, esta tesis ejercerá una fuerte influencia sobre los jóvenes comunistas disidentes.

En Italia, la obra completa de Gramsci fue publicada entre 1948 y 1950. Su biografía "oficial" apreció en 1951.

El izquierdismo europeo (el "marxismo occidental", en la terminología de Gramsci) pronto comprendió la lección esencial de Gramsci. A saber: que la mayoría ideológica es más importante que la mayoría parlamentaria y que la primera siempre anuncia la segunda, en tanto la segunda, sin la primera, está llamada a derrumbarse.

Rosa Luxemburgo y su obra “¿Reforma o Revolución?”


Francisco "Chino" Hung [Venezuela] "Materias Flotantes"

Romina Soledad Bada

Algo de su historia

Rosa Luxemburgo nació en la pequeña población polaca de Zamosc, el 5 de marzo de 1871. Desde muy joven fue activista del movimiento socialista. Se unió a un partido revolucionario llamado Proletariat, fundado en 1882, alrededor de 21 años antes de que se fundara el Partido Social Demócrata Ruso (bolcheviques y mencheviques). Proletariat estuvo desde sus comienzos, tanto en principios como en programa, señaladamente adelantado con respecto al movimiento revolucionario en Rusia. Mientras el movimiento revolucionario ruso estaba todavía restringido a actos de terrorismo individual llevados a cabo por una heroica minoría de intelectuales, Proletariat organizaba y dirigía a miles de trabajadores en huelga. No obstante, en 1886, éste fue prácticamente decapitado por la ejecución de cuatro de sus líderes, el encarcelamiento de otros veintitrés bajo largas condenas a trabajos forzados y el destierro de otros doscientos. Sólo se salvaron del naufragio pequeños círculos, y a uno de ellos se unió Rosa Luxemburgo a los 16 años. Alrededor de 1889, su actuación llegó a oídos de la policía y tuvo que abandonar Polonia, pues sus camaradas pensaron que podría realizar tareas más útiles en el exterior que en prisión. Fue a Zurich, en Suiza, que era el centro más importante de emigración polaca y rusa. Ingresó en la universidad, donde estudió ciencias naturales, matemáticas y economía. Tomó parte activa en el movimiento obrero local y en la intensa vida intelectual de los revolucionarios emigrados. Apenas dos años más tarde, Rosa ya era reconocida como líder teórico del partido socialista revolucionario de Polonia. Llegó a ser colaboradora principal del diario del partido, Sprawa Rabotnicza, publicado en París. En 1894, el nombre del partido, Proletariat, cambió por el de Partido Social Demócrata del Reino de Polonia; muy poco después, Lituania se añadió al título. Rosa siguió siendo líder teórico del partido -el SDKPL- hasta el fin de su vida.

En agosto de 1893, representó al partido en el Congreso de la Internacional Socialista. Allí, siendo una joven de 22 años, tuvo que lidiar con veteranos muy conocidos de otro partido polaco, el Partido Socialista Polaco (PPS), cuyo principio más importante era la independencia de Polonia, y que demandaba el reconocimiento de todos los miembros de mayor experiencia del socialismo internacional. La ayuda para el movimiento nacional en Polonia tenía tras de sí el peso de una larga tradición: también Marx y Engels habían hecho de esto un principio importante en su política. Impertérrita ante todo esto, Rosa cuestionó al PSS, acusándolo de tendencias claramente nacionalistas y de propensión a desviar a los trabajadores de la senda de la lucha de clases; se atrevió a tomar una posición diferente a la de los viejos maestros y se opuso al slogan de "independencia para Polonia". Sus adversarios acumularon injurias sobre ella: algunos, como el veterano discípulo y amigo de Marx y Engels, Wilhelm Liebknecht, llegó a acusarla de ser agente de la policía secreta zarista. No obstante, ella se mantuvo en sus trece.

Intelectualmente crecía a pasos agigantados. En 1898, se dirigió al centro del movimiento obrero internacional en Alemania, que la atrajo irresistiblemente.

Comenzó a escribir asiduamente, y después de un tiempo llegó a ser uno de los principales colaboradores del periódico teórico marxista más importante de la época, Die Neue Zeit. Invariablemente independiente en el juicio y en la crítica, ni siquiera el tremendo prestigio de Karl Kautsky, su director -"Papá del marxismo", como se le llamaba-, lograba apartarla de sus opiniones elaboradas, una vez que estaba convencida de ellas.

Rosa entregó cuerpo y alma al movimiento obrero en Alemania. Era colaboradora regular de numerosos diarios socialistas -y en algunos casos directora-, dirigió muchos mítines populares y tomó parte enérgicamente en todas las tareas que el movimiento le requería. Desde el principio hasta el fin, sus disertaciones y artículos eran trabajos creativos originales, en los que apelaba a la razón más que a la emoción, y en los que siempre abría a sus oyentes y lectores un horizonte más amplio.

En este momento, el movimiento de Alemania se dividió en dos tendencias principales, una reformista -con fuerza creciente- y la otra revolucionaria. Alemania había gozado de creciente prosperidad desde la crisis de 1873. El nivel de vida de los trabajadores había ido mejorando ininterrumpidamente, aunque en forma lenta: los sindicatos y cooperativas se habían vuelto más fuertes. En estas circunstancias, la burocracia de estos movimientos, junto con la creciente representación parlamentaria del Partido Social Demócrata, se alejaba de la revolución y se inclinaba con gran ímpetu hacia los que ya proclamaban el cambio gradual o el reformismo como meta. El principal vocero de esta tendencia era Eduard Bernstein, un discípulo de Engels. Entre 1896 y 1898, escribió una serie de artículos en Die Neue Zeit sobre "Problemas del Socialismo", atacando cada vez más abiertamente los principios del marxismo. Estalló una larga y amarga discusión. Rosa Luxemburgo, que acababa de ingresar en el movimiento obrero alemán, inmediatamente salió en defensa del marxismo. De forma brillante y con magnífico ardor atacó el propagado cáncer del reformismo en su folleto ¿Reformismo Revolución?.

Poco después, en 1899, el "socialista" francés Millerand participó de un gobierno de coalición con un partido capitalista. Rosa siguió atentamente este experimento y lo analizó en una serie de brillantes artículos referentes a la situación del movimiento francés en general, y a la cuestión de los gobiernos de coalición en particular. Después del fiasco de Macdonald en Gran Bretaña, el de la República de Weimar en Alemania, el del Frente Popular en Francia en la década de los 30 y los gobiernos de coalición posteriores a la Segunda Guerra Mundial en el mismo país, queda claro que las enseñanzas impartidas por Rosa no son únicamente de interés histórico.

Entre 1903-1904, Rosa se entregó a una polémica con Lenin, con quien disentía en la cuestión nacional, y en la concepción de la estructura del partido y la relación entre el partido y la actividad de las masas. En 1904, después de "insultar al Káiser", fue sentenciada a nueve meses de prisión, de los cuales cumplió solo uno.

En 1905, con el estallido de la primera revolución rusa, escribió una serie de artículos y panfletos para el partido polaco, en los que exponía la idea de la revolución permanente, que había sido desarrollada independientemente por Trotsky y Parvus, pero sostenida por pocos marxistas de la época. Mientras que tanto los bolcheviques como los mencheviques, a pesar de sus profundas divergencias, creían que la revolución rusa había de ser democrático-burguesa, Rosa argüía que se desarrollaría más allá del estadio de burguesía democrática y que podría terminar en el poder de los trabajadores o en una derrota total. Su slogan era "dictadura revolucionaria del proletariado basada en el campesinado".

Sin embargo, pensar, escribir y hablar sobre la revolución no era suficiente para Rosa Luxemburgo. El motto de su vida fue: "En el principio fue el acto". Y aunque no gozaba de buena salud en ese momento, entró de contrabando en la Polonia rusa tan pronto como pudo (en diciembre de 1905). En ese momento el punto culminante de la revolución había sido superado. Las masas todavía estaban activas, pero ahora vacilantes, mientras la reacción alzaba su cabeza. Se prohibieron todos los mítines, pero los obreros todavía los celebraban en sus fortalezas: las fábricas. Todos los periódicos de los trabajadores fueron suprimidos, pero el del partido de Rosa seguía apareciendo todos los días, impreso clandestinamente. El 4 de marzo de 1906 fue arrestada y detenida durante cuatro meses, primero en la prisión y posteriormente en un fuerte. A causa de su mala salud y de su nacionalidad alemana, fue liberada y expulsada del país. La revolución rusa dio vigor a una idea que Rosa había concebido años atrás: que las huelgas de masas -tanto políticas como económicas- constituían un elemento cardinal en la lucha revolucionaria de los trabajadores por el poder, singularizando a la revolución socialista de todas las anteriores. A partir de allí elaboró aquella idea en base a una nueva experiencia histórica.

Al hablar en tal sentido en un mitin público fue acusada de "incitar a la violencia", y pasó otros dos meses en prisión, esta vez en Alemania. En 1907, participó en el Congreso de la Internacional Socialista celebrado en Stuttgart. Habló en nombre de los partidos ruso y polaco, desarrollando una posición revolucionaria coherente frente a la guerra imperialista y al militarismo.

Entre 1905 y 1910, la escisión entre Rosa Luxemburgo y la dirección centrista del SPD -del que Kautsky era el portavoz teórico- se hizo más profunda. Ya en 1907, Rosa había expresado su temor de que los líderes del partido, al margen de su profesión de marxismo, vacilarían frente a una situación que requiriera acción. El punto culminante llegó en 1910, cuando se produjo una ruptura total entre Rosa y Karl Kautsky por la cuestión de la vía de los trabajadores hacia el poder. Desde ese momento, el SPD se dividió en tres tendencias diferenciadas: los reformistas, que progresivamente fueron adoptando una política imperialista; los así llamados marxistas de centro, conducidos por Kautsky (ahora apodado por Rosa Luxemburgo "líder del pantano"), quien conservaba su radicalismo verbal pero se limitaba cada vez más a los métodos parlamentarios de lucha; y el ala revolucionaria, de la que Rosa Luxemburgo era la principal inspiradora.

En 1913, publicó su obra más importante: La acumulación de capital. (Una contribución a la explicación económica del imperialismo). Ésta es sin duda, desde El Capital una de las contribuciones más originales a la doctrina económica marxista. Este libro -como lo señalara Mehring, el biógrafo de Marx- con su caudal de erudición, brillantez de estilo, vigoroso análisis e independencia intelectual, es de todas las obras marxistas, la más cercana a El Capital. El problema central que estudia es de enorme importancia teórica y política: los efectos que la expansión del capitalismo en territorios nuevos y atrasados, tiene sobre sus propias contradicciones internas y sobre la estabilidad del sistema. El 20 de febrero de 1914, Rosa Luxemburgo fue arrestada por incitar a los soldados a la rebelión. La base de esta acusación fue una arenga en la que declaró: "Si ellos esperan que asesinemos a los franceses o a cualquier otro hermano extranjero, digámosles: ’No, bajo ninguna circunstancia’". En el Tribunal se transformó de acusada en acusadora, y su disertación -publicada posteriormente bajo el título Militarismo, guerra y clase obrera- es una de las más inspiradas condenas del imperialismo por parte del socialismo revolucionario. Se la sentenció a un año de prisión, pero no fue detenida ahí mismo. Al salir de la sala del tribunal fue de inmediato a un mitin popular, en el que repitió su revolucionaria propaganda antibélica.

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, prácticamente todos los líderes socialistas fueron devorados por la marea patriótica. El 3 de agosto de 1914, el grupo parlamentario de la socialdemocracia alemana decidió votar a favor de créditos para el gobierno del Káiser. Sólo quince de los ciento once diputados mostraron algún deseo de votar en contra. No obstante, después de serles rechazada su solicitud de permiso, se sometieron a la disciplina del partido, y el 4 de agosto, todo el grupo socialdemócrata votó por unanimidad en favor de los créditos. Pocos meses después, el 3 de diciembre, Karl Liebknecht ignoró la disciplina del partido para votar de acuerdo con su conciencia. Fue el único voto en contra de los créditos para la guerra.

La decisión de la dirección del partido fue un rudo golpe para Rosa Luxemburgo. Sin embargo, no se permitió la desesperación. El mismo día que los diputados de la socialdemocracia se unieron a las banderas del Káiser, un pequeño grupo de socialistas se reunió en su departamento y decidió emprender la lucha contra la guerra. Este grupo, dirigido por Rosa, Karl Liebknecht, Franz Mehring y Clara Zetkin, finalmente se transformó en la Liga Espartaco. Durante cuatro años, principalmente desde la prisión, Rosa continuó dirigiendo, inspirando y organizando a los revolucionarios, levantando las banderas del socialismo internacional.

El estallido de la guerra, separó a Rosa del movimiento obrero polaco, pero debe de haber obtenido profunda satisfacción, porque su propio partido en Polonia permaneciera en todo sentido leal a las ideas del socialismo internacional.

La revolución rusa de febrero de 1917 concretó las ideas políticas de Rosa: oposición revolucionaria a la guerra y lucha para el derrocamiento de los gobiernos imperialistas. Desde la prisión, seguía febrilmente los acontecimientos, estudiándolos a fondo con el objeto de recoger enseñanzas para el futuro. Señaló sin vacilaciones que la victoria de febrero no significaba el final de la lucha, sino solo su comienzo; que únicamente el poder en manos de la clase trabajadora podía asegurar la paz. Emitió constantes llamamientos a los trabajadores y soldados alemanes para que emularan a sus hermanos rusos, derrocaran a los junkers y al capitalismo. Así, al mismo tiempo que se solidarizarían con la revolución rusa, evitarían morir desangrados bajo las ruinas de la barbarie capitalista.

Cuando estalló la Revolución de Octubre, Rosa la recibió con entusiasmo, ensalzándola con los términos más elevados. Al mismo tiempo, no sustentaba la creencia de que la aceptación acrítica de todo lo que los bolcheviques hicieran fuera útil al movimiento obrero. Previó claramente que si la Revolución Rusa permanecía en el aislamiento, un elevado número de distorsiones mutilarían su desarrollo; bien pronto señaló tales distorsiones en el proceso de desarrollo de la Rusia soviética, particularmente sobre la cuestión de la democracia. El 8 de noviembre de 1918, la revolución alemana liberó a Rosa de la prisión. Con todo su energía y entusiasmo se sumergió en la lucha revolucionaria. Lamentablemente las fuerzas reaccionarias eran poderosas. Líderes del ala derecha de la socialdemocracia y generales del viejo ejército del Káiser unieron sus fuerzas para suprimir al proletariado revolucionario. Miles de trabajadores fueron asesinados; el 15 de enero de 1919 mataron a Karl Liebknecht; el mismo día, el culatazo de rifle de un soldado destrozó el cráneo de Rosa Luxemburgo. El movimiento internacional de los trabajadores perdió, con su muerte, uno de sus más nobles espíritus. "El más admirable cerebro entre los sucesores científicos de Marx y Engels", como dijo Mehring, había dejado de existir. En su vida, como en su muerte, dio todo por la liberación de la humanidad.

Aspectos centrales de su obra ¿Reforma o Revolución?

En un principio, se puede mencionar dos ideas centrales: (1) La Socialdemocracia ve en las reformas sociales el camino a la revolución; (2) Reforma y revolución constituyen etapas sucesivas. Ambas ideas, llevadas adelante por Bernstein y los integrantes de la Socialdemocracia, plantean una interpretación del contexto político de fines del s. XIX y principios del s. XX que difiere del de Rosa Luxemburgo. Por esto, la autora inicia el presente escrito y lo titula “Reforma o Revolución”.

Luxemburgo realiza dos aclaraciones pertinentes antes de iniciar su argumentación en contra de las tesis sostenida por Bernstein y la Socialdemocracia: primero, se está debatiendo por la validez de la existencia de la Socialdemocracia y, segundo, es un debate teórico que debe implicar a los trabajadores, porque son ellos los que deben apropiarse del socialismo científico para anular el pensamiento pequeño burgués.

Para comenzar enunciaré las principales afirmaciones de Bernstein para sostener su tesis y luego veré las críticas de Luxemburgo.

Bernstein parte de la idea que el sistema capitalista no se dirige a su destrucción, sostiene que no ha una contradicción insalvable entre el capital y el trabajo. En consonancia con esto, el autor habla de una “adaptabilidad del capitalismo”, que se basa en tres ejes: (a) El sistema de crédito, que produce el reingreso del capital a la producción y la variación de las mercancías; (b) El perfeccionamiento de la comunicaciones; (c) Las nuevas asociaciones creadas por los capitales (trust y carteles), que terminarán con la anarquía de la producción. Respecto a esto Luxemburgo, desglosa cada uno de los ejes propuestos por Bernstein y los somete a la crítica: el crédito, en el momento de encontrar una sobreproducción, elimina las fuerzas productivas que generó, además se constituye en un agente que fomenta constantemente la especulación. Entonces, el crédito no actúa para eliminar la crisis sino que es una herramienta para su creación, anulando la rigurosidad de las relaciones del sistema capitalista; es, en realidad, un elemento de destrucción de gran valor revolucionario. La autora no se detiene demasiado en el análisis del perfeccionamiento de las comunicaciones y pasa al estudio de las organizaciones creadas por los capitalistas, sobre las cuales concluye: los trust y carteles, constituyen un mecanismo del capital para terminar con la caída del beneficio. Esto, se traduce en la competencia a escala mayor entre países capitalistas, pero también en un mayor conflicto entre capital y trabajo. Siguiendo al mismo Marx, Luxemburgo sostiene que las últimas crisis de 1847, 1857 y 1873 fueron consecuencia de la expansión del capital que originó crisis comerciales. Finalmente, afirma que los “medios de adaptación” generan mayores crisis, prueba de esto es que las crisis mayores se dan en los países más desarrollados, donde los “medios de adaptación” son mayores.

Bernstein propone también, la idea de que las reformas sociales, la actividad sindical y la democratización política del Estado son los medios para lograr un cambio radical en el sistema capitalista. En el caso de los sindicatos, brindan a los trabajadores los medios para enfrentar la ley capitalista de los salarios. Por otra parte, el Estado capitalista y su mayor control de la sociedad, va aumentando la unificación del Estado y la sociedad, el mayor ejemplo lo constituyen las barreras aduaneras y el militarismo. El primer elemento, se encarga de auxiliar a los mercados mediante las tarifas y cartelizando la industria, deteniendo así la anarquía del sistema. El segundo, generado por la guerra, posibilita el desarrollo de capital mediante nuevas industrias y, visto desde el capitalismo, el militarismo es obligatorio. La autora responde a estas afirmaciones y razonamientos de manera contundente: por una parte, los sindicatos pueden colocar límites a la explotación del capital, pero jamás anularla; por lo tanto, no actúan a favor de la liberación del proletariado sino en una dirección contraria. Debido a esto, la teoría de la “apropiación gradual”, en la cual el obrero se haría progresivamente de la propiedad burguesa, es falsa. En este marco, las leyes que protegen al trabajo tiene el mismo beneficio para el proletario que las de alumbrado público. Respecto al Estado y sus funciones argumenta que, éste, asistiendo a la lucha de clases deja su apariencia de un Estado para toda la sociedad y muestra su carácter clasista, burgués: aumentando el control sobre la sociedad y su intervención el la vida social; lo que implica un carácter clasista de la democracia. Finalmente, habla de que no se puede introducir el socialismo por medio del parlamentarismo.

Como la autora debate nada más y nada menos que los mecanismos de actuación política del proletariado destruye la teoría de que el partido y el sindicato llevarán al obrero al poder. En la propias palabras de Luxemburgo: “(...) el condicionamiento de la teoría de Bernstein es el detenimiento del desarrollo capitalista, de forma tal que su teoría se reprueba a si misma.” (p. 78), mas adelante enuncia lo siguiente: “Su teoría deja de lado el mecanismo completo económico del capitalismo y también deja de lado estos detalles del contenido de la vida económica” (p. 79). Para terminar recurre a la siguiente afirmación: “La teoría revisionista tiene su definición: es una teoría de la paralización del socialismo ayudada por la economía vulgar y construía sobre una teoría del estancamiento capitalista.” (p. 85)

No queda demasiado por decir, la tesis de Bernstein y la Socialdemocracia han mostrado su debilidad ante un análisis pertinente desde el materialismo histórico impulsado por Rosa Luxemburgo, muestra como principales falencias un análisis erróneo de la situación de la economía capitalista, del Estado burgués y de las posibles acciones a tomar por el proletario. Esto seguramente se debe a que parte de un marco de análisis burgués-liberal y no del materialismo histórico.

Bibliografía

Howard, M., Roger Louis, W.: Historia Oxford del Siglo XX. Ed. Planeta.

Hobsbawm, Eric.: Historia del s. XX. Barcelona. Crítica.

Luxemburgo, R.: ¿Reforma o Revolución?. 2001. Ed. Longseller. Buenos Aires, Argentina

Vera, J. M.: Rosa Luxemburgo y la Democracia. Fundación Andreunin.

Gramsci y la crisis cultural del 900: En busca de la comunidad



Juan Carlos Portantiero

 Si hubiera que encontrar, entre tantos otros, un rasgo para definir la crisis cultural del 900, ese podría ser el sentimiento, en la conciencia de la intelectualidad, de la pérdida de la noción de totalidad de la vida. Nietzsche -tan influyente en la maduración del pensamiento de Max Weber- fue el máximo profeta de esos tiempos de desencantamiento, de fragmentación, de disgregación. Dos empresas teóricas buscaron superar las fracturas de la desintegración: la sociología académica en los tiempos de su segunda fundación (hasta llegar a mediados de los 30 a la construcción del edificio conceptual de Parsons) y el llamado "marxismo occidental" emblematizado en las figuras de Geörgy Lukács y Antonio Gramsci.

La relación entre ambas corrientes emergentes de la crisis jamás fue pacífica: Lukács, por ejemplo, pasó de ser en su juventud uno de los discípulos dilectos de Weber -con huellas muy hondas de esa influencia en Historia y conciencia de clase- al libelista injusto de La destrucción de la razón y Gramsci jamás dejó de demostrar su desprecio intelectual por la sociología, como lo demuestran varios fragmentos de los Cuadernos de la cárcel. Sin embargo y pese a la diversidad de las respuestas que propusieron, sociología y marxismo occidental compartieron un campo común de preocupaciones en el combate contra el utilitarismo y el individualismo y en la identificación de un malestar social acerca del cual el credo positivista no podía dar respuesta. 

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Tus palabras, Carlos Marx, tus palabras


Wilfredo Lam [Cuba] "La Espada de Kiriwina"

Raúl Bracho

“Para nosotros no se trata de reformar la propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de paliar los antagonismos de clase; sino de abolir las clases; no se trata de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva.” “Nuestro grito de guerra ha de ser siempre la revolución permanente!”: Carlos Marx [Mensaje a la Liga Comunista, 1.850]

Leer de nuevo, en el siglo XXI, tus palabras ante la liga Comunista en el XVIII, es como leer un poema. Que claridad y puntería tan certera en definir la misión de una Revolución. Que envidia. Como quisiéramos tantos en este siglo poder ser igual de frontales, de claros y precisos en definir lo que se sueña y lo que se lucha. Hasta Fidel pudo ser como tú, ya no se puede. Ahora las guerras son de 2ª, 3ª y hasta 4ª generación, hay golpes “suaves”, múltiples estilos y modelos disponibles de ataque y de defensa. Pero una declaración tan elemental, clara, pura y necesaria en nuestro siglo sería revivir a tu fantasma y a los perseguidores de tu fantasma. Las guerras ya no son posibles cuerpo a cuerpo, fusil contra fusil, como en tu siglo, no, se acabó.

Cuando más hace falta tu discurso, tu claridad combativa y militante, los signos de la era nos imponen que sería una tentación al holocausto, una justificada y segura invasión con aviones intripulados, rayos infrarrojos, ubicaciones GSMicas y satelitales y ejércitos de robocop armados con armas de láser, bombardeos de racimos y toda una muy refinada tecnología contra la que combatir seria invocar a la derrota.

¡Pero cómo te extraño, como quisiera que se pudiera hablar tan claro, como añoro los combates de guerrillas, los balazos, los morteros y hasta las bombas molotov y los volantes!. Las pintas sobre los muros, la clandestinidad y la certeza del triunfo.

Ahora la Revolución es de baja densidad, algo así como que en cámara lenta. Un camino pacífico y democrático, donde en vez de balas hay noticias, en vez de bombas hay videos.

Yo solo quise recordarte, para cantar de nuevo el a bella ciao y rememorar aquellos días de militancia en la Juventud Comunista, en mis años del liceo. Solo quise escribirlo para que se te oigan de nuevo esas palabras tan bellas, tan gallardas y comprometidas y como a ver si de pronto la gente se recuerda de lo que era la revolución hasta aquel primero de enero del 59, cuando triunfó la hermosa revolución cubana y nació, de sus barbas y boinas con estrellas nuestra Cuba libre y soberana. Para escribirlas en esta pantalla y ver que se siente y por lo menos volver a sentirme subversivo.